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Zombi Volumen Aurora

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jueves, 8 de junio de 2017

Volumen Aurora - Capítulo 1 - Libro de Danko (Episodio 1)

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Volumen Aurora:
Prólogo
Episodio 1 - Capítulo 1, Libro de Danko
Episodio 2 - Capítulo 1, Libro de Álvaro
Episodio 3 - Capítulo 2, Libro de Andrea
Episodio 4 - Capítulo 2, Libro de Diana
Episodio 5 - Capítulo 3, Libro de Merlo
Episodio 6 - Capítulo 3, Libro de Carla
Episodio 7 - Capítulo 3, Libro de Hugo
Episodio 8 - Capítulo 3, Libro de Álvaro
Episodio 9 - Capítulo 4, Libro de Adán
Episodio 10 - Capítulo 4, Libro de Danko
Episodio 11 - Capítulo 4, Libro de Diana  
Episodio 12 - Capítulo 5, Libro de Esteban  
Episodio 13 - Capítulo 5, Libro de Álvaro
Episodio 14 - Capítulo 5, Libro de Hugo 




Capítulo 1 – El precio de sobrevivir
"Todos creen que tener talento es cuestión de suerte; nadie piensa que la suerte puede ser cuestión de talento" – Jacinto Benavente.



Libro de Danko
05/10/2012; 20:03 – Monte del Jar
Población humana viva: 7.046.613.002



Tomó el cuchillo por el filo; hecho de una sola pieza de metal, sin mango ni embellecedores, contrapesado y perforado para facilitar un vuelo óptimo. Balanceó el brazo hacia abajo y luego con un rápido movimiento ascendente, tal y como le había enseñado su padre, soltó el cuchillo en mitad del arco arrojándolo a gran velocidad. En las películas de acción siempre arrojaban los cuchillos con movimientos que partían del codo descendiendo; no es que no pudiera hacerse así también, pero él sabía que esta forma de hacerlo era más precisa y daba más fuerza al vuelo.
El proyectil voló recto limpiamente hasta incrustarse con ruido seco y escaso cerca del centro de su objetivo. No contento con el resultado cambió de mano el hacha que sostenía en la izquierda, pequeña y también de una sola pieza agujereada y, elevando el brazo; el lanzamiento no quedaba ahora más remedio que hacerlo con trayectoria descendente para que el arma adquiriese giro en el aire; sacudió brusco hombro y codo, descargando con fuerza el ataque. Este impacto sonó más estrepitoso y en vez de clavarse, el hacha rebotó y cayó al suelo.
Se acercó caminando despacio, recuperó su “juguete” de la arena, y después desclavó el cuchillo del tronco con el que se estaba divirtiendo. La gente de los alrededores lo miraba de soslayo. Por internet habían dejado completamente claro que las armas estaban terminantemente prohibidas en el juego en que iban a participar dentro de pocas horas. Él no tenía intención de llevarlas luego, las dejaría en el maletero del coche, pero no tenía muchas oportunidades de poder jugar con ellas en su día a día y, en el fondo, le gustaba secretamente convertirse en el centro de atención de aquella manera.
¿Puedo? Esteban se le acercó y extendió la mano como petición, con un gesto de sonrisa habitual en él, torciendo la comisura derecha de la boca ligeramente más que la izquierda.
—¡Claro! —respondió de buen humor y le cedió un par de cuchillos y el hacha.
Esteban agarró uno por la hoja y con un gesto intuitivo lo arrojó hacia el tronco provocando que su larga melena castaña se sacudiera caótica. El arma dio varias vueltas en el aire antes de rozar el tocón y salir despedida descontrolada un par de metros. Cautelarmente no había nadie cerca de ellos así que no fue un acto tan temerario como cabría imaginar.
¿Cómo se hace? inquirió ocioso su amigo.
¡Mejor al revés!, de abajo arriba, no que gire, sino que la punta toque recta. Acompañó su frase con un gesto certero de dos dedos hacia delante.
Con el siguiente lanzamiento consiguió que se clavara, aunque no muy profundo, en una de las vetas de la madera; luego con el hacha buscó su mirada para que le diera instrucciones, pero éste sólo le sonrió, esperando aprovecharse un poco y reírse. Ante el silencio Esteban arrojó de nuevo con gesto ascendente, y sorprendentemente el arma se clavó toscamente en la madera; por el mango.
—¡Vale! El hacha se tira al revés, pero se ha clavado… —Estaba a la vez fastidiado porque le hubiera salido bien, pero también entretenido, era algo raro de conseguir.
—¡Ahora yo!, ¡ahora yo! —Carla se acababa de sumar a la escena saltando a la chepa de su novio, Esteban.
Percibió un gesto de fastidio momentáneo en la cara del otro, que atribuyó a que se había asustado con el abordaje repentino. Un momento después el chico asintió y se marchó a recoger los proyectiles mientras Carla le preguntaba con los ojos. Sólo respondió con un gesto obvio de manos y rostro, y un sí insonoro. Cuando el otro regresó le entregó los utensilios a su novia en la mano, dándole un beso y rozando su cintura con los dedos cariñosamente.
En sus lanzamientos ella consiguió que el hacha se incrustase estéticamente, aunque no tuvo suerte con los puñales.
¿Oye y éstos…? consultó al cabo Esteban.
No sé… Miró alrededor y ambos dejaron sus frases en el aire al ver que ya se acercaban Merlo y Adán hacia ellos. Merlo con un “mini” de cerveza en la mano.
¡Me lo han regalado unos exclamó jocoso y triunfante con su bebida, ladeando la cabeza vagamente, unos coches para allá!
En serio macho… ¡¿Cómo lo haces?! interrogó Esteban de nuevo sin esperar una respuesta, que de hecho no obtuvo, más allá de una sonrisa de autocomplacencia por parte de Merlo.
¡Oh! ¡Danko! ¿Puedo?, ¿puedo? Adán se abalanzó hacia las armas que ahora volvía a tener su dueño en las manos.
Todos juntos ya; Adán y Carla se pusieron a jugar por turnos, mientras Esteban y Merlo compartían la cerveza y charlaban, y él se dividía a ratos entre ambos frentes.
Danko Gordanov tenía veintidós años; era un chico de constitución sólida y esbelta; con piel clara, pelo rizado, negro y corto; y unos ojos siempre surcados de ojeras por la falta de sueño, de un tono azul oscuro que delataba su origen búlgaro. Él mismo sabía que a causa de sus ojeras, su mirada intensa, y su rostro afilado, mucha gente lo tenía por una persona inquietante y que incluso intimidaba en las primeras impresiones, y esto lo halagaba pese a que no reflejase su personalidad. La última década se había criado en España y ahora estudiaba una formación profesional de informática, alargando las noches para jugar en el ordenador más allá de lo saludable. Su padre, piloto militar soviético prejubilado en su país, había traído a la familia a Madrid para trabajar de responsable de mantenimiento en un complejo hotelero, y le había enseñado de tanto en cuando cosas sobre armamento, aviones y reparaciones; incluso algún verano trabajó con él en “ñapas” domésticas. Ese viernes había viajado con algunos de sus amigos a un pueblo distante de la ciudad para participar juntos de un evento al que se habían inscrito por internet.
A Adán lo conocía desde que compartieron clase en el instituto, aunque se habían vuelto más cercanos recientemente, después de haber ido al mismo gimnasio por un par de años. Tenía su misma edad, su cuerpo era muy fibroso y atlético, con piel morena, rostro redondo y lampiño, de ojos azul claro y pelo corto muy oscuro con bucles; su mirada, pese a que también penetrante, le transmitía confianza. Le gustaba practicar actividades físicas con él porque tenía un vigor sorprendente y una tolerancia al dolor rayana a lo inhumano. Le caía bastante bien, le gustaban mucho las motos, los mismos juegos y andar cacharreando con electrónica y armas variopintas; y le parecía una persona espontánea y sencilla, si alguna vez le resultaba monotemática, enseguida encontraban algo que hacer. Sabía que tuvo el sueño de ser bombero, pero ahora trabajaba en un taller.
Por lo que me han dicho los de aquel coche va a haber nueve sitios “secretos” con pruebas que hay que encontrar. Merlo estaba hablando con los otros dos mientras se desenvolvía un bocata de chorizo que, había mencionado, estaba hecho por su madre.
¿Pruebas? ¿Qué hay que hacer? Esteban.
“Nu sé”, no sabían ellos. En el centro del pueblo dan unos mapas, ¿vamos…?
¡Yo gano! Carla estaba compitiendo con Adán en ese momento y su exclamación le llamó.
¡Ni de coña! Se acercó para unirse a la competición, sin muchas ganas de ir ahora al centro del pueblo, mientras veía a Merlo y Esteban levantarse y alejarse.
¡Ahora venimos! gritó Esteban, ya a varios metros.
A los otros tres los conocía por un amigo común, Jesús, que no había podido ir con ellos ese día, de hecho empezaba a inquietarle no saber nada de él desde hacía mucho tiempo. Aunque ya tenía confianza con los demás. Merlo conocía de antes a Adán y también había ido al mismo instituto, pero era un año menor y nunca habían cruzado entre ellos, en aquella época, más de dos palabras. Era un chico no muy alto pero robusto y velludo, con facciones muy mediterráneas, piel ligeramente bronceada, y profusa barba y bigote negros; su pelo le caía hacia atrás a media melena poblada. Sus ojos eran de un tono pardo profundo y tenía un semblante muy expresivo. Nunca había tenido demasiada intimidad con él, pero se divertían fácilmente y compartían aficiones y tiempo a menudo.
Carla se integró al grupo a la vez que Esteban, y por lo visto habían conocido al amigo que les hizo de puente en una tetería de la ciudad que frecuentaban todos, pues en aquel grupo era un hábito común el fumar shisha de tabaco juntos. Era una chica muy bonita de veintiséis años, de cuerpo y rasgos finos, piel pálida y muy lisa, ojos oscuros, y cabello largo y granate intenso teñido, ahora recogido en una coleta; su sonrisa era especialmente blanca y con un toque inocente. No la conocía mucho, a menudo le mostraba una personalidad alegre y juguetona, jovial y extrovertida; pero también con cierta frecuencia la había visto cambiar rápido a un humor más ensimismado y huidizo. No era infrecuente que ella y Esteban discutieran brevemente por algo, más como piques rápidos y con temprana solución. Compartía con ella gustos por las actividades de ocio frikis y eso le bastaba para ser amistoso e ir entablando la relación.
Esteban era delgado y alto, pero mucho más fuerte de lo que aparentaba; también de tez clara y redonda, y ojos avellana, con algo de barba y la melena más larga de todos, castaña y suelta. Tenía bastante contacto con él, aunque a la vez era hacia el que más reservas guardaba. La mayor parte del tiempo era una persona muy entretenida, que sabía mantener el espíritu y las ganas de todo el mundo, e incluso apoyar y ayudar a quien lo necesitaba, de hecho era quien había encontrado el juego al que iban a participar; pero a veces se le antojaba demasiado expansivo, que tal vez tomaba la voz cantante incluso cuando no era necesario, tratando de controlar demasiado las situaciones.
¡Danko! ¡Contigo no vale! protestó en broma Carla. Tú ya sabes cómo lanzarlos…
Ahora que se había concentrado estaba ganándoles sistemáticamente, aunque le parecía que, realmente, lo que a todos les apetecía era jugar con las armas, así que a nadie le suponía un problema.
Se encontraban en las lindes arboladas de un aparcamiento de arena al exterior de un recogido pueblo castellano; edificado en círculo alrededor de una plaza central, constituido en su mayoría por pequeñas y antiguas casas de paredes de cal, ladrillo o piedra, formando un conglomerado de estrechas callejuelas y patios comunes. Desde donde jugaban se veían por doquier extensos campos sembrados cercando todo el lugar.
Apenas se hubieron quedado solos compitiendo, dos chicas bastante atractivas para él se quedaron mirándolos relativamente cerca, con expresión de querer hablar con ellos. Por un momento se sintió tentado de invitarlas a unirse, o al menos de charlar y flirtear un poco, más instintiva que premeditadamente, pero súbitamente esto precipitó que echase de menos a su novia, que había vuelto por estudios a su pueblo en Bulgaria, y se abstrajo en la competición. Jamás le contaría a nadie sin que mediase pregunta ese tipo de pensamientos, pues era “muy hombre” y opinaba que no servía de nada darle importancia a esos sentimientos. Se sabía un chico apuesto, aunque creía que bien podrían estar fijándose más en Adán, al que tenía también por un chaval bastante atractivo.
Las muchachas, tras largos segundos de ser tácitamente ignoradas, continuaron paseando por entre los coches y se alejaron. Adán parecía haberse fijado igualmente en ellas y conforme les dieron la espalda hizo un gesto con la cabeza en su dirección mientras esbozaba una sonrisa traviesa, y exclamaba:
¡Madre mía! Adán también tenía novia; Liliana, “Lili”, que no había querido venir.
¿Qué ocurre? Carla se le antojó muy inocente en ese momento, pues estaba por completo enfrascada en intentar ganarles.
Fingió no haberles prestado mucha atención ante el comentario de Adán, encogiéndose simplemente de hombros. Los dos se rieron cómplices y contestaron parcamente “nada” volviendo a su quehacer. Carla, con semblante algo confuso, también se reincorporó.
Conforme la luz del día fue mermando decidieron recoger ya las armas, antes de poder hacer daño a alguien con ellas, y las devolvieron al maletero del coche de Esteban, a esperar a que regresaran él y Merlo.
Poco a poco se había ido amontonando bastante gente en el aparcamiento; ahora estaban la mayoría por grupos; charlando, cenando y bebiendo. Diversas músicas desde los vehículos se entremezclaban en la atmósfera sin llegar a formar estrépito. Podía distinguir, en muchos de los casos, a los dos tipos de jugadores que iban a participar un rato después. Unos interpretarían supervivientes y otros zombis.
Los zombis eran unos seres fantásticos bastante desconocidos; él y sus amigos estaban recientemente muy interesados en la ficción que los rodeaba y por eso habían venido. Era el primer evento del que tuvieran constancia que alguien había organizado sobre ellos, y creía que seguramente todos los que sabían algo del tema y les gustaba, de Madrid y los alrededores, habrían ido allí también; pues aunque ahora habían parecido cobrar algo de notoriedad en las comunidades más frikis, siempre habían sido, y seguían siendo, algo bastante reservado y de culto.
La idea general detrás de ellos, en las pocas obras que se conocían, consistía en que eran el resultado de una enfermedad que afectaba al ser humano y que lo convertía en un muerto viviente, es decir, una criatura que ya no realizaba sus funciones biológicas, pero que seguía siendo capaz de moverse. En la mayoría de los casos los reflejaban como monstruos medio descompuestos, casi sin inteligencia y torpes, pero que se desplazaban en grandes grupos con el único propósito de devorar carne humana o sus cerebros, y que propagaban la enfermedad a través de sus mordiscos o arañazos. Según había escuchado, decían que la idea original había sido inspirada por ciertos ritos ancestrales con drogas de la religión vudú. O en la peste negra europea…
Los que iban a interpretarlos habían empezado a caracterizarse de ellos, vistiendo ropas artificialmente desgarradas y muchos empleando maquillaje para aparentar heridas y putrefacción. Los que irían como supervivientes, en su mayoría vestían ropas cómodas o de imitación militar y llevaban mochilas, linternas, y algunos también habían traído walkie-talkies.
Danko se había puesto unos pantalones de chándal gris oscuro y una camiseta de manga corta negra; en la mochila llevaba una chaqueta a juego con los pantalones por si a la madrugada refrescaba. Adán vestía, al igual que Carla, unos pantalones de camuflaje caquis. Él también llevaba una camiseta negra, en su caso muy ceñida; ella de tirantes y color azul marino, tapada por una sudadera fina de tono ocre. Merlo había preferido unos pantalones de camuflaje urbano y, antes de marcharse hacia el pueblo con Esteban, se puso su incombustible sudadera tipo “ska” de tono verde oscuro junto con una palestina blanca al cuello. Esteban había escogido sus pantalones de escalada marrón apagado y una camiseta térmica deportiva de manga larga y tono humo, completada con una braga beige al cuello…
¡Cuánto tardan éstos! exclamó Carla al cabo, algo aburrida de esperar otros quince minutos sobre el capó del coche.
Qué capullos… Llama a tu novio a ver…
Voy contestó ella perezosamente. No sé dónde tengo el móvil.
Mientras rebuscaba la chica en su mochila, se fijó en que parecía hacerlo remolona y preparó su propio móvil para llamar a Merlo, aunque a la vez ella sacó el suyo y quedó en suspenso.
“¡Piiii…!”. El teléfono de Carla estaba bastante alto de volumen y podía escucharse parcialmente. “¡Piiii…!”. ¡¿Sí?, ¿Carla?!
Sí… bajó un poco el tono de voz—. ¿Que dónde estáis?
Esto… ¡¿Merlo dónde estamos?! Sonó una voz ininteligible de fondo, envuelta por bastante ruido humano—. Que… no lo sé, por el centro concluyó tras un breve silencio.
Por el centro, ¿dónde?
¡No sé, al lado de la iglesia! Cada vez había más ruido y en consecuencia Esteban estaba alzando la voz inconscientemente.
¿Vais a venir?
¡¿Qué?!
¡¿Que si vais a venir?!
¡Sí, ahora vamos! Carla se quedó sosteniendo el teléfono unos momentos mientras éste sólo emitía jaleo.
Déjalo, ahora vamos nosotros.
¡¿Qué?! ¡Oye!, ¿por qué no os venís vosotros? ¡Ya se está juntando mucha peña aquí!
Carla colgó la llamada y tras unos segundos, en que le pareció algo enfadada, preguntó con media sonrisa “¿Vamos?”. Ellos dos asintieron, cogieron sus cosas, y la esperaron. Ella cogió las dos mochilas, la suya y la de Esteban, cerró el coche y se pusieron en marcha. Eran las veintiuna treintaidós horas, y la noche ya había caído por completo.
Conforme fueron adentrándose hacia el centro, buscando el campanario de la iglesia como referencia, comprobó que, en efecto, se habían empezado a arremolinar multitudes y que la mayor parte de los participantes estaban zascandileando por las calles. Los lugareños del pueblo, en su mayoría gente mayor, salvo algún que otro grupo joven, parecían entretenidos y curiosos respecto de los, algunos, esperpénticos visitantes. Supuso que los organizadores de la actividad debían de haber pagado algún dinero al ayuntamiento local para que avalase el juego; la participación le había costado quince euros. El premio que esperaba, si lograba ganar con su equipo, era un viaje en helicóptero de combate a una base militar real, tal y como prometían en la web del evento. Aunque supuestamente nadie sabía en qué consistiría el ganar o perder, había escuchado rumores de favoritismo cuando llegaron.
De camino a su destino, mientras pasaban por la plaza central del lugar, atestada, vio que en el centro habían montado un quiosco con aire a tienda de campaña de guerra, donde había dos hombres y una mujer muy bien ataviados con chaquetas galardonadas, botas gruesas, pañuelos rojos cubriéndoles la boca y gafas de sol, unos brazaletes con el logo de la organización, y cada uno con un kalashnikov a la cintura de aspecto realista; apostados tras unos sacos de arena y con actitud de lucir y pavonear uniforme.
¡Eh! Ninguno de ellos reaccionó a la primera llamada a causa del barullo, pero al poco se giraron instintivamente y vieron a los dos que faltaban acercándoseles, filtrándose entre la multitud.
¡Hola! exclamó Adán saludando con la mano.
¡“Ey”! Merlo venía con otro “mini”, esta vez de calimocho; no sabía si éste lo habría pagado, porque había muchos puestos por la calle en los que los comercios locales aprovechaban para vender comida y bebida, o si de nuevo habría realizado su magia; pero supuso que éste sí era comprado, dado que Esteban venía con una litrona de cerveza también.
Nos la podemos ventilar antes de que empiece dijo éste último enseñándosela a todos con un gesto de ofrenda; y acto seguido se acercó a dar un pico a Carla.
Ella le devolvió el beso, sin que a Danko se le escapase que lo hizo con un gesto serio y al instante se lo llevó lejos del resto.
Dijiste que ibais a venir… empezó a discutir bajando la voz—. Podíamos habernos quedado echando raíces esperando, ¿no?
Ah… yo… titubeó un momento aún con tono desenfadado—, estábamos aquí y nos pusimos a charlar con la gente; ¡pero nos hemos enterado de bastantes cosas! ¿“Verceza”?
He tenido que coger tu mochila y todo…
Lo siento… no te pongas así tampoco… Toma, ¡jo!, ¡invito a “verceza”! ¿Cerraste el coche? terminó atropellando las palabras de ella fingiendo un tono de no estar discutiendo.
No es eso… ¡Sí, cerré el coche…!
Dejó de prestar atención a esa conversación y se acercó a los otros, que tenían un mapa abierto ante ellos y parecían estar comentando algo mientras Adán se preparaba un porrillo.
Entonces, ¿de qué va esto? interrogó con la esperanza de que reiniciaran la conversación.
A ver contestó poniendo los ojos en blanco por una fracción de segundo—, estos mapas los dan esos, los del quiosco de allá; son del pueblo. Pero no cuentan nada, sólo dicen que si queremos los exploremos. Esteban y yo nos hemos pasado por unas cuantas de las letras que hay apuntadas; algunas no tienen nada, creemos, en otras hay unos cartelitos tapados por un logo de la organización.
Ajá…
Tienen celo, así que creo que luego los quitarán y se verá lo que haya debajo. Supongo alargó la palabra dándole énfasis—, que cuando empiece tendremos que ir a estos sitios.
¿Y cuándo empieza?
Pues en la página ponía que a las diez y media, pero dicen que seguramente a las once aquí en la plaza. Se supone que luego hay de tiempo hasta las seis de la mañana.
Ok, ¿y eso de las pruebas? Adán les seguía la conversación como distraído mientras comenzaba a fumar, ¿porque todo eso acababa de escucharlo ya?
Pues no nos han dicho mucho; unos creen que en algunos sitios habrá unas pruebas que hacer que serán más importantes… para lo que sea.
Ya… ¿Cuántos mapas tenemos?
Éste… ¿Por?
No sé. Miró un momento a su alrededor y localizó el puesto oficial—. ¡Voy a por más!
¿“Pa” qué?
Por si se pierden, o lo que sea, mejor más, ¿no? terminó sin esperar respuesta, alejándose ya de ellos.
Le gustaba adquirir ventaja. Secretamente estaba empezando a conspirar unas cuantas ideas.
¡Friki! le gritó un chico que paseaba junto a otros dos muy cerca de él. Tenía aspecto de lugareño borracho.
Se fue a detener un momento, pero como el grupo ya se alejaba caminando y le parecían más unos idiotas que unos camorristas, al final, siguió paseando. No era una persona violenta, y seguramente evitaría salvo que fuera necesario una pelea, pero eso tampoco significaba que no tuviera agallas y que no respondiera ante una provocación.
Perdona, ¿puedo coger un par de mapas? Había un puñado de ellos amontonados en una mesa de madera rústica, adornada con compases, una brújula, y otros instrumentos de logística distribuidos al azar, simulando un puesto de decisión estratégica.
¡Claro ciudadano!, tenga precaución —respondió dentro su papel uno de los soldados.
Dobló uno de ellos en su bolsillo y se alejó un par de pasos a estudiar el otro. Había una marca en él por cada letra del abecedario español; algunas de ellas bastante fuera del pueblo, en los campos de los alrededores y en algunas edificaciones que no sabía lo que eran. El mapa era completamente realista, tenía la sensación de que hubiera sido sacado de Google Maps.
Miró la letra “zulú”; estaba bastante a las afueras, tras un camino de tierra que se alejaba a algún tipo de edificio. Lo escudriñó acercándoselo a la cara y se dio cuenta de algo: era un cementerio. Dada la temática y la letra que le habían asignado, pensó que estaba más que claro que sería algún sitio importante. Ya iría. Se puso a dar un paseo a buscar las más cercanas, bastante rápido, sin perder el tiempo en charlar con nadie como habían hecho los otros.
Un poco antes de las veintidós diez horas estaba de vuelta; había hecho un perímetro de las ocho ubicaciones más cercanas, colándose entre las personas que iban y venían. En seis de ellas, como le habían descrito, había encontrado logos de la organización sobre postes, farolas, o paredes, escondiendo algo tras ellos; en uno de los lugares no vio absolutamente nada pese a perder algo de tiempo en él, obcecándose en encontrar lo que fuera. En el último, a diferencia del resto, había un sello del evento pintado en la puerta de un bar, que por lo demás estaba funcionando normalmente y no parecía tener nada de especial.
Cuando regresó le tomó unos momentos encontrar a sus amigos que ya no estaban frente a la plaza, sino sentados sobre un falso muro de piedra algo apartado del bullicio central. Carla estaba sentada entre las piernas de Esteban y éste le acariciaba el pelo mecánicamente, aunque con dulzura; ambos miraban a Adán que estaba “haciendo el cabra” con las piedras de la fachada de un edificio cercano. Merlo parecía un poco aburrido en aquel momento.
Conforme se les acercó buscó la litrona con la vista, y cuando la localizó puso un gesto desencajado con la mandíbula, apremió el ritmo y empezó a emitir un gruñido simulando un zombi mientras extendía los brazos hacia la botella.
Nada más lo vio, Esteban sonrió, le hizo un gesto a Merlo y este le pasó lo que quedaba, que apenas le sirvió para un trago.
Creo que habría que ir pronto a zulú.
¿Zulú?, ¿por? Esteban apartó amablemente a Carla y se le acercó a mirar su mapa.
No sé, es la letra “zeta” ¿no?, ¡zombi! Empezó a reírse mientras acompañaba con un gesto del dedo pulgar e índice en vaivén desde la muñeca.
Esteban se rio y le devolvió cómplicemente el movimiento. Siempre realizaba ese movimiento cuando hacía un chiste especialmente malo.
Pero está un poco lejos, ¿no crees?
Mira. Indicó el lugar con el dedo—. ¡Es un cementerio!
¡¿No jodas?! Esteban acercó la nariz al plano—. ¡Es verdad! ¡Qué bueno! Sí, hay que ir allí. ¡Qué guay!
Los otros se acercaron también a verlo y después volvieron a sus despropósitos durante escasos quince minutos más por allí; hasta que la mayoría de la gente se aglutinó en torno a la tienda de campaña, momento en el cual decidieron aproximarse también para no estar demasiado lejos.
De pie entre tanta gente los cinco se le empezó a hacer cansado esperar, eterno. No le gustaba demasiado estar tan rodeado de personas, sobre todo si además eran ruidosas. A las veintidós cincuentaiséis horas, súbitamente las farolas de la plaza se apagaron y empezó a sonar desde el centro una tenue música tensa.
Una lámpara rojiza y potente se encendió, revelando que aprovechando la oscuridad habían desmontado la tienda de campaña y ahora, en donde antes estaba ésta, había equipo de ambientación, con amplificadores y una máquina de humo que acababa de ponerse a funcionar. Justo conforme aquello comenzó a pasar se dio cuenta de que hacía algún tiempo que no veía a ningún jugador de los que iban de zombis.
¡Compañeros supervivientes! comenzó uno de los falsos militares a través de los altavoces—. ¡Lamento muchísimo comunicaros que se avecina una noche aciaga! La plaga zombi ha alcanzado Monte del Jar. En ese momento, también por la megafonía, comenzaron a escucharse gemidos y gruñidos dispersos.
Nos comunican que acaban de caer los últimos puestos de defensa y que se han avistado algunos zetas por las calles, acercándose hacia aquí. Tomó la palabra la mujer del equipo—. Por si fuera poco, los altos mandos han decidido dar esta tierra por perdida, y al alba la bombardearán.
¡Pero no perdáis toda esperanza! Se incorporó el otro hombre que faltaba, haciendo una larga pausa; casi todo el mundo se había quedado en silencio, como embelesados por el despliegue y la puesta en escena, que aunque relativamente baratas, cumplían bien su función y parecían bastante profesionales—. No voy a mentiros, ¡la mayoría de nosotros no sobreviviremos a esta noche!; pero tenemos noticia de que unos compañeros han aterrizado un helicóptero cerca de aquí, el problema es que no sabemos dónde, ni cómo contactarles.
Para casos como éste volvió a tomar turno la mujer—, repartieron por este último bastión del país fragmentos del número de teléfono que se podía usar para contactarles. Escondidos tras nueve pruebas por si había aquí algún infiltrado de esos locos que desean la extinción. Tenéis todos unos mapas con las ubicaciones más probables de pistas que puedan conducir al paradero de dichos números. Si conseguís llamarlos a tiempo, tal vez puedan realizar una extracción antes de que sea demasiado tarde. ¡Os deseo la mejor de las suertes! Nosotros mantendremos la posición en la plaza por si cualquiera necesita ayuda.
¡Recordad que el espacio máximo del helicóptero es para cinco personas! Así que si os movéis en un grupo más numeroso habréis de dejar camaradas en tierra. Entonces volvió a hablar el primer hombre; Danko recordaba que ese dato ya lo habían dado en la página web—. No obstante estamos seguros de que algunos lugares supondrán pruebas tan difíciles que no podréis sobrevivirlas menos de tres personas. Empezó a tener bastantes ideas.
Pero lo más importante de todo; respetad y no involucréis a la población civil. No son soldados como vosotros, no pueden ayudaros y molestarlos va contra el código de conducta del buen militar. Recordad también que estamos tan escasos de munición que está terminantemente prohibido enfrentarse a los zombis, de modo alguno, en ninguna circunstancia. Si os consiguen tocar deberéis daros por muertos; ningún posible infectado subirá al helicóptero. Si consiguen tocaros será mejor que os quitéis vuestro brazalete y se lo entreguéis al zombi que ahora será vuestro dueño y os llevará al lugar donde podréis completar la transformación.
Recordó que cuando llegaron al lugar del evento y se inscribieron como grupo les dieron a todos unos brazaletes verdes; a los que iban a participar como zombis se los dieron morados, y les explicaron a todos que los de la organización llevarían brazales rojos o dorados y que quienes quisieran y fueran infectados podrían acudir a un lugar a ser maquillados como zombis por dos euros y unirse a sus filas. Los zombis también podían conseguir algún tipo de premio, aunque no sabía cuál.
También está terminantemente prohibido invadir o alterar cualquier propiedad civil, incluso si se es invitado, debemos ser éticos y no llevarles la guerra cerca, si tienen alguna posibilidad de sobrevivir no podemos ponerla en riesgo.
De repente, por una de las calles de acceso empezó a surgir una leve bruma y un montón de figuras tambaleantes irrumpieron en la plaza. Los militares gritaron “¡Corred!” y empezaron a disparar ráfagas de fogueo desde sus “AKs”, mientras la gente se lanzaba en estampida en dirección contraria. Antes de unirse a su grupo, que trataba de tirar de él, Danko se sorprendió al fijarse en ellos; juraría que las armas, por el modo de escupir casquillos, eran de verdad, pese a que estuvieran disparando munición falsa.
Empujado por Esteban se unió a la carrera.



Sonaban gritos de susto por doquier mientras zigzagueaban entre callejuelas, tratando de alejarse de la masa principal de corredores, aunque por ahora, nunca estaban solos en ninguno de los cruces que tomaban. Supuso que durante toda la charla habrían distribuido zombis por muchos lugares cercanos para hacer la situación lo más arriesgada posible.
Sonaban los tiros, sonaban los gritos, sonaban los pasos y sonaban algunos gruñidos falsos mientras ellos corrían; calle arriba y calle abajo, a derecha e izquierda, huyendo lo máximo posible del caos del centro. Algunos pueblerinos los miraban muy divertidos. Merlo y Carla fueron los primeros en perder el aliento, y al cabo de unas cuantas carreras, en un pequeño soportal aparentemente tranquilo, ya lejos de ningún otro grupo, les pidieron pararse a tomar aire.
Juraría haber visto brazales morados entre la oscuridad unas cuantas calles más atrás, pero no estaba seguro. Parecía que por ahora habían apagado casi todas las luces del pueblo, salvo las de las viviendas. Ellos en verdad todavía no habían visto ningún zombi.
¡Vale! resolló Esteban tomando aliento—. ¡¿Qué hacemos?!
Está claro empezó él—, tenemos que separarnos.
¿Qué? No tío; ¿no has oído? Las pruebas no pueden hacerlas menos de tres personas.
¡Por eso mismo! Lo va a hacer todo el mundo. Pronunció muchísimo la “o” tónica—. Todos van a ir juntos, a buscar las letras para encontrar los sitios de las pruebas; eso es “mu” lento.
¡Sí! Pero si nos separamos no podemos hacer las pruebas, somos cinco, aunque fuéramos dos y tres, unos irían justos y otros ni siquiera.
¡Es que ahora no hay que hacer pruebas!; ahora tenemos que cubrir terreno, averiguar dónde están todas. Una en la zeta, seguro; ¡luego ya nos juntamos y las hacemos todas seguidas!
Que no macho, que así no vamos a lograrlo; son muchas ubicaciones como para recopilarlas todas.
¡Por eso! Separados mejor, las cubrimos mucho más rápido.
En serio, que no; y si pillan a alguno, nosotros ni lo sabremos. Esteban empezó a mostrar un tono molesto.
¡Pues llama por el móvil y lo dice! Puso una voz un tanto gutural en tono de burla, por considerarlo un problema de solución obvia, algo fastidiado por la reticencia del otro—. Bueno; yo me piro; Merlo, ¿te vienes conmigo?
Anda macho, no seas así insistió Esteban—. Será más divertido que si pringamos lo hagamos juntos y que si no, ganemos juntos.
Que no, que me voy a conseguir todos los sitios; ganar ganamos juntos así. Quedamos entre las dos con treinta y las tres en la iglesia, y ya está. Si no, nos llamamos por el móvil antes; y ya vamos todos a las pruebas, ¡ahora no tiene sentido!
¡Tío! protestó.
Si queréis id vosotros cuatro a piñón a la zeta ahora y una menos por delante.
“Nah”, ¡yo voy contigo también! Merlo se sumó a la refriega y Esteban lo miró con incredulidad y disgusto.
Vale, ¡pues vamos! Él se puso ya en marcha hacia uno de los extremos de la calle, con el mapa arrebuñado en la mano, y Merlo lo siguió de cerca. Esteban tomó unos segundos antes de contestar.
¡Pues ale! ¡Hasta luego eh! Su voz sonaba bastante indignada—. Vaya unos capullos dijo finalmente en voz más baja, aunque audible, mirando a Adán, buscando evidentemente complicidad al utilizar su misma muletilla.
Ya no se fijó en si los otros asentían o no. Pronto doblaron la esquina y los perdieron. Le molestaba un poco que le dijera qué tenía que hacer; comprendía que también tenía su punto de razón, pero a él le gustaba jugar tomándose las cosas en serio, sobre todo si era una competición como aquella, y sabía que a Esteban también, así que no entendía por qué no veía claro que era mucho mejor hacer las cosas de aquel modo. No es que lo tuviera por un amigo autoritario, nunca les había tratado mal y es cierto que cuando jugaban a algo y tomaba el rol de líder lo hacía inteligentemente bien; pero en esta situación era contraproducente.
Pararon de nuevo a cierta distancia y sacó el mapa para organizarse y ubicarse, escrutándolo con una linternita en la boca. Merlo se sumó a verlo con él.
¿Nos encargamos del sur, y les dejamos a estos el norte, con la zeta?
Vale… Oye, ¿cuándo te marchaste por unos mapas ya tenías esto “pensao”?
No contestó riéndose—; bueno, pensé que a lo mejor nos separábamos, ¿no? Así que mejor tener de más. Toma.
Desdobló el que tenía en el bolsillo y se lo dio a su compañero.
De aquí al sur hay unas cuantas en línea, pero después seguramente sea mejor que tú y yo nos separemos también.
Sacó su teléfono y escribió un mensaje para Esteban: “Nosotros nos encargamos de la mitad sur del pueblo, para no repetir letras”. Sabía que no le respondería, pero que le haría caso, después de todo era lo más inteligente que hacer y debería admitirlo.
Dos personas con pulseras verdes aparecieron abruptamente desde una esquina y pasaron corriendo a su lado; se giró a mirar. Al mismo tiempo, de uno de los portales se asomó una señora mayor en pijama, con actitud de curiosear. De la misma esquina, nada más que unos segundos después, concurrieron siete personas a paso lento, con los brazos endeblemente extendidos hacia adelante y gruñendo desganadamente con una leve sonrisa. Iban bastante bien disfrazados, con manchitas de algo rojo por la ropa y heridas ficticias puestas por la cara; en la semioscuridad del callejón eran casi impactantes.
¡Corre!
Ambos dos empezaron a trotar, era su primer encuentro. Los dos que les habían pasado sin decirles nada pegaron un brinco en el primer cruce un poco más adelante, en aquel pasillo entre casas de piedra vieja. De un salto y un grito habían conseguido esquivar por los pelos a otros tres zombis que se les habían echado encima agazapados en el rincón. Ellos tenían peor suerte; ahora mientras corrían se acercaban a esos tres mismos zombis, que avanzaban despacio hacia ellos, encerrándoles contra los otros siete que venían por detrás en la calle.
Estaba prohibida cualquier acción de escalada o de parkour, así que no era una opción subirse a una fachada. El tiempo se les echaba encima. A un lado siete, al otro tres. Escogió la opción menos mala y azuzó a Merlo para cargar hacia el grupo menos numeroso. Corrió haciendo una larga diagonal hacia una de las paredes y en el último momento, cuando los tres que venían a por él se colocaron para tratar de bloquearle todo movimiento (después de todo sólo necesitaban tocarle para eliminarle), él pegó un brinco, hizo un regate y saltó al suelo hacia la pared contraria, con cabeza y brazos por delante. En el mismo momento en que su hombro rozó tierra rodó y se incorporó al otro lado de la línea enemiga.
Merlo no fue tan intrépido y se quedó momentáneamente atrás; pero tuvo astucia y aprovechó que dos de aquellos se habían dado la vuelta tratando de rozar inútilmente a Danko para intentar atravesar caminando de lado justo por sus espaldas.
Uno lo advirtió, lanzó el brazo hacia él, que pegó un bote hacia atrás, echando el culo primero y haciendo un gesto bastante atlético. Dio contra la pared con la nuca, haciendo un ruido bastante seco. Otra mano iba recta hacia su pecho. Se agachó y quedó de rodillas en el suelo; gateó todo lo rápido que pudo. Los tres zombis caminaban a apresarlo, pero ya estaba al otro lado. Él, mientras le veía hacer todo esto, se acercó y le tendió la mano. En vez de ayudarlo a levantarse directamente lo lanzó con todas sus fuerzas. Vio como casi volvía a caerse del impulso.
¡Corre!
Corrieron.
Se habían salvado.
Él estaba con la respiración entrecortada, a Merlo directamente podía verle subir y bajar el diafragma mientras se recobraba.
¡Ves! —exclamó resollando, buscando apoyo—. Si aquí hubiéramos estado todos. Respiró de nuevo—. Todos fuera —sentenció sin poder hablar mucho de seguido, acompañando sus palabras de un movimiento de manos de degüello.
¡Sí! Merlo tenía la cara roja.
Habrían corrido, calculaba, algo más de un kilómetro, hasta llegar a uno de los límites oeste del pueblo, pues desde aquí hasta donde estaban antes habían encontrado, en casi todas las calles, zombis; la mayoría ocupados con otros grupos, pero que indudablemente los habrían percibido y luego irían a por ellos si se quedaban por la zona. Muchos gritos breves se escuchaban cada dos por tres, más habitualmente femeninos que masculinos, resonando entre los adoquines, y algunos perjurios perturbando la noche estrellada. En su carrera habían visto impotentes a tres personas por completo rodeadas que no tuvieron más remedio que dejarse atrapar. Donde estaban ahora, con todo el campo para correr, era mucho más difícil que les encerrasen y podían descansar un par de minutos.
¿Estás bien? ¿Te has hecho daño antes? Se tocó la nuca para referirse a la de su amigo.
¿Qué? Sí, bueno… ¡Au! —exclamó y se rio ya más recobrado.
Eran las veintitrés veintiuna horas de la noche. Cerca de ellos se percató de un par de hombres sentados a la fresca que los miraban, y nada más cruzaron sus ojos les interpelaron jocosos.
¡¿Qué?! ¿Vais ganando?
—“¡Shhh!” —expresó él poniendo un dedo en sus labios y sonriendo tratando de causar empatía—. Creo que sí —mintió en un susurro.
¡Vale, vale! ¡Suerte chavales! —terminó el interlocutor entre risas.
Se apartaron un poco.
Yo creo que se lo están pasando mejor los del pueblo que nosotros.
Danko se encogió de hombros asintiendo y volvió a comprobar su mapa.
Vale, estamos aquí. Puso un dedo en una parte e invitó al otro a mirar—. Mira, tenemos todas estas en línea y aquí.Señaló otro lugar más o menos centrado—. Yo tiro para el sur, hacia el aparcamiento haciendo todas estas letras; que esta calle cuando cruzamos estaba muy mal, y te dejo a ti estas cuatro hacia el este, que no parecen tan chungas. Respiró—. Luego si acabamos nos llamamos a ver qué pasa y cómo van los demás.
¿Vamos a entrar de nuevo al pueblo? Pero si estaba fatal.
No hay otra; antes estábamos en el puto medio y no sabíamos dónde estaban. Si ahora vamos mirando podemos asegurarnos de que no nos cierren por detrás. Debería ir bien.
Vale…
Aún cansado, se puso a andar, dando un rodeo para entrar por una calle distinta.
¿Y por qué no empezamos por fuera, dando un rodeo para mirar todas las exteriores?
¡Uf…! Una vuelta muy grande. Mucho tiempo yo creo.
Vale sí, pero joder…
Ya…
Entraron de nuevo en el pueblo. Apenas hubieron penetrado un par de calles se cruzaron con tres chicos y dos chicas sudorosos que venían a paso rápido en dirección contraria.
No vayáis, que vienen mogollón —les advirtieron sin detenerse.
Se miraron. Negó con la cabeza y siguieron avanzando lentamente. Al poco oyeron pasos acercarse. La calle hacía curva y no podían ver qué había al otro lado. Si les aparecían por la espalda estarían en otro cuello de botella tal vez incluso peor. Decidió que no cabía otra opción que volver a retroceder y buscar otro acceso; pero cuando fue a tirar de Merlo él ya no estaba a su lado. Lo buscó con la mirada y lo vio agachado tras un cubo de basura en un rincón oscuro de un portal, haciéndole señas de que se uniera y volviendo a negar.
Era imposible que no los vieran allí en cuanto pasaran por su lado. Sin hacer ningún ruido le hizo un montón de gestos bruscos con la mano para que se levantara y corriera; ya se veían siluetas en la pared de enfrente; a causa de la luz de una de las viviendas abiertas, a lo mejor. Eran muchas. Su amigo seguía obstinado; no quería dejarlo atrás… Se encogió de hombros y corrió a pegarse a él contra la pared y el cubo, justo al tiempo que sentía aparecer unas siluetas por el quicio del camino, cuchicheando.
No es justo que a nosotros no nos dejen correr; sólo podemos atraparles cuando los rodeamos.
De eso va esto, a mí me mola, además como van diciendo por dónde andan no es tan difícil encerrarles.
Los zombis estaban muy cerca, podía escucharlos nítidamente. Iban a atraparlos; pensó en si podría esprintar lo suficientemente rápido. El primero apareció por el borde del cubo; mirando hacia el lado contrario hablando con su compañero. Éste sí miró en su dirección, el corazón se le subió a la garganta y empezó a crepitarle en las sienes; aunque iban hablando como personas normales, su aspecto llegaba a producir engaño. ¡No les vio!
Breves pasos después, tres más doblaron la esquina; ¡pero iban distraídos, confiados de sus compañeros delante de ellos!
Otros tres más los seguían paseando desatentos, estaban en medio. No se lo creía. Del portal un hombre salió causando que todos lo mirasen, abrió la tapa del cubo para tirar la basura. Todos miraron la bolsa de basura y los ignoraron. ¡Pero si estaban ahí mismo, justo al lado! Había oscuridad, pero no tanta. Pensó todo lo rápidamente que podía. Al otro lado de la calle había luz… debía de ser que ahora mismo tenían la visión nocturna desacostumbrada… Pero eso significaría que tenían que haber deambulado mucho rato con buena iluminación… Eso iba a complicarlo todo luego.
Una chica pasó finalmente, cerrando el séquito de zombis, dejándolos atrás sin titubear, sin fijarse en ellos dos allí acurrucados tras los contenedores. Ni siquiera el señor se percató de ellos. Merlo fue a salir a correr nada más la última zombi hubo cruzado. Él lo frenó reciamente con una mano en el hombro.
Así que era eso, los zombis estaban siempre en el peor sitio porque se comunicaban de algún modo. Entonces no era sólo peligroso estar cerca de ellos, sino simplemente ser visto si no se sabía a dónde se iba… De ahí en adelante no obstante habría luz, así que no podrían moverse más entre las sombras, sería mejor ser rápidos en vez de sigilosos después.
Los zombis se comunican. Si corremos ahora nos tienden una trampa luego le susurró al oído.
Una vez se hubieron alejado bastante los otros y se difuminaron en la oscuridad de las calles castizas de pueblo, continuó susurrando.
Tú y tu suerte… es increíble. Merlo le sonrió satisfecho—. Ahora habrá luz, así que tenemos que tratar de hacer esta parte muy rápido.
Se levantaron y salieron al trote; no estaban muy lejos de la primera letra. En efecto, en aquella zona volvían a estar las farolas encendidas. Cuando llegaron se aproximaron cautamente. Asomó la cabeza momentáneamente a la nueva vía. Un zombi custodiaba la ubicación marcada de cerca: había un papel escrito pegado en un poste, con un logo grande estampado. Debía ser allí.
Mira tú lo que pone en el papel; pero espera unos segundos.
Salió corriendo todo lo rápido que pudo hacia el poste; el zombi lo interceptó poniéndose entre los dos. Él se acercó hasta el alcance de su mano y cuando intentó tocarle dio un saltito y empezó a simular rodearlo, encarándolo hacia la dirección contraria de la que habían venido. Fingió estar todo el tiempo tratando de sobrepasarlo para llegar al palo con la nota. Cuando lo hubo colocado en el extremo contrario, hizo una señal con la mano y Merlo salió deprisa de entre el quicio de las calles acercándose al madero.
¡Joder! —bufó el zombi e hizo ademán de ir a correr hacia el otro, pero luego se contuvo y empezó a andar deprisa.
No había mucho espacio así que deseó que su amigo fuera rápido; no obstante le molestó el comportamiento del zombi, uno “de verdad” no habría perdido su atención en él.
Vio que Merlo ponía una cara extraña y de fastidio al mirar el poste y sacó rápidamente su teléfono en el que empezó a teclear, apurando hasta el último segundo. Luego cogió un poco de carrerilla hacia atrás, y con espacio de sobra, dio un rodeo al actor y llegó a reunirse con él.
¿Qué pone?
¡Letras! jadeó—. Sólo letras, muchas, aunque faltaban algunas; he apuntado creo que todas.
Danko miró el móvil; había dieciocho letras.
Mándamelo si puedes en un mensaje.
Merlo asintió y comenzó a hacerlo mientras trotaban sin prisa alejándose del zombi; hacia la siguiente ubicación.
Barrieron tres lugares más del mismo modo. No tuvieron mucho riesgo, sin perder él la sospecha de que deberían de estar preparándoles algo, salvo que hubiese muchos otros grupos por la zona de los que preocuparse. Todos fueron iguales; uno en la fachada de una casa, otro en una parada de autobús y el último dentro de la vidriera de una tienda. Letras. Dieciocho siempre.
Enseguida cayó en la cuenta. Faltaban nueve letras en cada caso. Nueve números que tiene un teléfono, y nueve pruebas repartidas por la zona. Las letras que faltaban servían para descartar lugares. Las mismas nueve letras que aparecieran en todos los papeles deberían ser las ubicaciones que realmente importaban. Pensó en el bar en el que había visto el símbolo del evento cuando exploró; esa debía de ser una de ellas, la letra “bravo”, así que ya le faltaban sólo siete, contando con zulú que daba por sentada.
Mientras caminaba atento a los alrededores, sacó su teléfono y abrió una aplicación de bloc de notas donde escribió una primera fila con todas las letras del abecedario; acto seguido empezó a escribir en fila, debajo, de nuevo las letras de los tres papeles que habían apuntado; dejando huecos vacíos para las letras que faltaban, con intención de poder cotejarlas todas luego visualmente rápido. Finalmente subrayó en la primera fila que había escrito las letras “bravo” y “zulu”. En total había podido descartar trece letras, pues en las tres tablillas que tenía había muchas desaparecidas por repetido. Casi la mitad…
Fue a mandar un mensaje a Esteban con la información, pero estaban acercándose a la última ubicación antes de separarse y decidió hacerlo luego, cuando estuviera a solas. Miró la hora antes de guardar su celular; las cero, cero con diecisiete horas. Se preguntaba cómo irían otros equipos. Tenía esperanza en que no estuvieran tan avanzados en descubrir el truco. Les había llevado un buen rato llegar a tener esta información; pero confiaba en que ahora que sabían esto, todo fuera mucho más rápido.
Un chirrido, un grito fuerte y grave; y una silueta enorme se descolgó a su lado desde encima del muro de un jardín. Medía al menos metro noventa, con melena greñuda; llevaba pantalones militares agujereados, una casaca enorme manchada de algo que parecía sangre; una máscara de gas cubriéndole la nariz y ojos, y un brazalete dorado sobre la manga. Danko chilló como acto reflejo y saltó a un lado; Merlo se quedó paralizado un segundo y luego dio pasos muy cortos y rápidos hacia atrás. Volvió a vociferarles muy fuerte en la cara. Sintió como se le disparaba la adrenalina y el pulso de nuevo.
¡Yo! comenzó con voz teatral—. ¡Soy cincuenta y tres!, experimento fallido con la enfermedad de la organización; ¡y puedo correr e infectar!
Esprintó hacia ellos desbocado. Corrieron gritando momentáneamente. Daba bastante miedo su aspecto, pero al menos él se recompuso pronto y se concentró en seguir corriendo; agarró de la muñeca a Merlo para tirar de él en las encrucijadas y que no acabasen separándose caóticamente.
¡Cuando —jadeó en la carrera—, lleguemos jadeó—, al jadeó—, sitio jadeó—, que dijimos…! jadeó.
¡Vale! —contestó aturdido.
¡Hacemos… como… dijimos… donde… dijimos! —insistió irreflexivo ante que su amigo ya le había contestado entendiéndole.
¡Sí!
Les pisaba los talones. Era bastante rápido, aunque parecía que con todo aquello que llevaba iba perdiendo algo de ritmo; pero no el suficiente. Tenía que estar en forma para seguirles tan pertrechado. Calle a la derecha; un poco perdido… El aire de una mano en su nuca… Zombis al acercarse a otra esquina; tres. Empujón de un amigo al otro para apartarse, escapando casi sin contarlo por los lados; dando contra las paredes. Su perseguidor gruñendo fuerte por en medio de los zombis, volviendo a estar muy cerca. Calle a la izquierda. Luego recto. Dos zombis solitarios en una callejuela estrecha. Problema. Driblar. Su perseguidor chocando contra el primero. ¡Segundos extra, a por el otro!, uno por cada flanco. Al decidirse el chaval caracterizado a por quién va, los dos aprovechando para virar y pasarle por la otra dirección. Menos mal que esos no tenían permitido ser rápidos. Carrera. Carrera… Bifurcación con cartel del evento en una pared y zombi custodiándolo. Sin tiempo para leerlo. Bifurcación para ellos también. Merlo de frente, él a la derecha. El corredor… ¿persiguiendo a Merlo? Carrera. Carrera…
Se detuvo. Respiró.
Estaba en un cruce y no había zombis. Pero sabía que sabían que estaba por ahí. Siguió caminando de frente; hacía el sur. Le dolían las piernas. ¿Cuánto tiempo habría estado corriendo con toda su alma? Estaba siendo muy divertido; se sentía satisfecho y cansado. Al a llegar a un pequeño descampado abierto, con cuatro accesos, se sentó en una piedra a respirar y revisar el mapa, sin idea de dónde se encontraba; se había aprendido más o menos la ruta hasta la bifurcación. Confiaba en que no pudieran rodearlo por cuatro sitios a la vez.
Gracias al plano se acabó encontrando. Coincidentemente no estaba muy lejos del bar al que habían adjudicado la letra “bravo”. No estaba exactamente de camino a la próxima pero decidió acercarse a ver si podía descubrir de qué iban las pruebas.
Las calles allí estaban bien iluminadas y seguían escuchándose sustos por entre los adoquines, aunque mucho menos frecuentemente. Supuso que la mayor criba habría ocurrido al principio, cuando empezaron todos hacinados; y que los que aún siguieran participando estarían ya escondidos o sobreviviendo como ellos.
Reflexionó unos segundos sobre si le iría bien a su amigo o no. Ahora estaban solos cada uno por su lado, y debían aprovechar esa desventaja para obtener la mayor información posible y poder ir a realizar las pruebas todos juntos cuanto antes.
Pasaron cerca de él dos mujeres mediterráneas compartiendo una bolsa de pipas y decidió ponerse a caminar cerca de ellas, por lo menos hasta que dejasen de llevar su misma ruta. No iba a incumplir las normas e involucrarlas, pero paseando a su lado era más fácil pasar desapercibido como si fuera uno más del pueblo, y sin esconder su emblema de superviviente, eso tampoco estaba prohibido.
Contra el primer zombi solitario que se cruzó funcionó la estratagema, pero no así con otros dos con que se topó un par de calles más tarde y que comenzaron a seguirle. Se dio una carrera alejándose de las señoras; sabía que iba a tener que avanzar un poco a ciegas y eso no le gustaba, así que prefirió tomar un rodeo para perderles y no desvelar su verdadera dirección.
Tras haber alargado ligeramente su paseo, se sorprendió al ir a acceder a la calle del bar; en la entrada de la misma había construida una valla improvisada de tablones con la silueta dibujada de un hombre armado en negro y unas letras que rezaban “¡No pueden entrar zombis!”
Sonrió y, aunque no del todo confiado, se apresuró a la vía. Por lo demás la calle era como cualquier otra del pueblo. Iluminada y bastante más viva que el resto, sin embargo. En los otros dos cruces de la misma también podía ver la parte de atrás de unas señales semejantes. Estaba en tierra segura, esperó. Lo agradecía.
Se dirigió derecho hacia el bar, responsable de la actividad extra que había en el sitio; muchos lugareños jóvenes parecían haber hecho de él su centro de reunión y estaban bebiendo por grupos en la terraza.
Cuando se acercó se fijó en que lo miraban risueños, pero también con cierta picardía, así que decidió mantenerse alerta.
Dentro había también gente en la barra. Uno de los camareros, aunque atareado en su labor, llevaba un brazal dorado sobre la chaqueta. Recordó al último que había visto con uno semejante y se preocupó; mas supuso que sería un brazal para indicar miembros de la organización que participaban de algún modo en el juego.
Nada más se acercó a la barra notó como el camarero se fijaba en su brazal verde; y al poco de atender a un cliente se le acercó.
¡“Psss”! ¡Camarada! —susurró en grito—. ¿Estás buscando información? Aquí hemos oído muchos rumores… Aunque su tono sonaba algo fabricado, percibió que se esforzaba por interpretar su papel—. Acompáñame a la trastienda; estoy seguro de que tengo algo que te interesará.
No, gracias; yo también he oído muchos rumores… —contestó siguiéndole el juego, al fin y al cabo estaba sólo; como para participar de una prueba…—. Ponme una Coca-Cola por ahora.
El otro lo miró confuso por un momento, luego asintió y le sirvió, regresando a su rutina de camarero. Él quería esperar a ver si tenía suerte y algún grupo se presentaba.
No tuvo que esperar demasiado; tres cuartos de lata y medio trago exactamente. Cuatro chicos con insignias verdes de aspecto cansado, dos de ellos en absoluto atléticos, se adentraron con paso algo titubeante. Él empezó a mirarlos sólo de reojo esperando pasar desapercibido.
¡“Psss”! ¡Camaradas! ¿Estáis buscando información? Aquí hemos oído muchos rumores…  Acompañadme a la trastienda; estoy seguro de que tengo algo que os interesará. Le hizo gracia que fuera exactamente la misma frase.
Los muchachos se demoraron un momento intercambiando miradas, y después asintieron con decisión y lo siguieron hacia una puerta tras la barra. Esta segunda vez que había escuchado el guion, se fijó en que cuando empezaba a decir la oración “acompañadme a la trastienda”, lo hacía con un cierto tono malicioso que sin duda había de ser parte del papel.
Todos desaparecieron tras el umbral y él apuró el vaso para estar atento de qué oía. Silencio y ruido del bar. De golpe, apenas un minuto después, chillidos bruscos de susto, seguidos de risa instintiva de vergüenza y nerviosismo. Volvió a no poder oír nada por unos segundos hasta que, de repente, escuchó un nítido “¡Cago en la puta!”, sucedido de un par de “¡Joder!” ahogados y después protestas apagadas por las paredes. Enseguida reapareció el miembro de la organización como si nada, aunque con una sonrisita malevolente, y se puso a seguir atendiendo las mesas. ¿Sería un empleado del bar por el que habría pagado la organización, o un miembro de la misma que habrían ofrecido para trabajar allí por esa noche?
Tardaron medio minuto más en volver los miembros del grupo, porfiando entre dientes, demasiado bajo como para oírlos; sin sus brazales, y escoltados por un zombi con un brazalete morado sobre la manga raída y cuatro verdes entre sus dedos, también con aspecto satisfecho.
Sonrió para sus adentros, pidió la cuenta y se marchó. No había obtenido toda la información que querría, pero sí toda la que necesitaba.
Justo al salir por la puerta recordó que no había escrito a Esteban. Sacó su teléfono; eran las cero, cero cincuentaitrés horas; y tecleó: “En las letras hay carteles con + letras; 18 en cada uno. las 9 q faltan se descartan; las q esten en todos son pruebas. Nosotrs ya sabemos q la “a d g h i k l m n q s v x” no son nada. Bravo y zulu son algo. q tal ha ido por alli? Las pruebas son trampas; en bravo t llevan a la parte d dentro d un bar. No se q ocurre dentro pero se han cargado 1 equipo entero”.
Hacia el sur tenía a su alcance la letra “india”, sabía que no era una prueba, pero si tenía un cartel con nueva información merecería la pena revisarla. Con el tiempo que había pasado supuso que ya no le seguirían la pista así que volvería a ir despacio, tratando de pasar desapercibido, sentía que iban bien de tiempo si para las dos y algo pretendían tener toda la información.
Por un buen rato se topó con calles vacías; la letra “india” estaba abandonada y gracias a ella pudo descartar también las letras “oscar” y “romeo”. Tecleó la información de nuevo, escondido tras un árbol grueso, y mientras estaba en ello le llegó un mensaje de respuesta.
“Ey! Muchas gracias! Nosotros muy bien. No sabes lo que te estás perdiendo tío! La “z” ya la tenemos, es el tercer número del teléfono, un 4! Ha estado muy guay! Había un enterrador y un montón de zombis con unas mangueras, como si escupieran… y había que ponerles unas cadenas; casi pringan a Adán! Nosotros encontramos un cartel. Qué tal vosotros?”.
Le pareció que ya no estaba enfadado, aunque sí que pensó que había algo de animosidad en ese “no sabes lo que te estás perdiendo”. No le preocupó, él también se lo estaba pasando muy bien.
“Aquí todo ok, ‘o r’ descartadas tb, nos hemos separado de nuevo, no se nada de merlo. Todo muy guay, mola mucho, nos persiguio un zombi dorado que corria. Cuidado”.
Eran las cero, uno cero ocho horas. Se dirigió a la siguiente letra, podía escoger entre dos así que fue a la ñoño, que no sabía nada de ella.
—“¡Guarg!” Una voz no muy lograda y ronca lo atacó por un flanco.
—“¡Uuuuu!” Otro zombi más se unió tomándose menos en serio su trabajo.
—¡Joder! —chilla en bajo del susto.
Le saltaron desde una esquina y le rozaron la mochila cuando los esquivó. Eran feos y pintados de verde. Se había llevado un buen susto; corrió rápido dejándolos atrás, sabía que de nuevo había revelado su posición. Fue todo lo deprisa que pudo; había otros dos zombis en la siguiente calle, pero era ancha. Hicieron ademán de perseguirle pero lo acabaron dando por imposible. Cada vez tenía más claro que, al menos para ir por dentro del pueblo, moverse en grupos numerosos habría sido mucho más difícil.
Corriendo, llegó a un cartel de “prohibido zombis”, se tranquilizó momentáneamente, pero luego entendió que debía de ser otra prueba. Era una encrucijada a las afueras del pueblo, desde allí podía verse el inicio de los campos sembrados; era diáfana y en medio de los caminos había un hombre tumbado boca abajo en el suelo con un brazalete dorado. De acuerdo, era una prueba, y ésta parecía menos amistosa que la del bar. No iba a arriesgarse a investigarla; cruzó corriendo todo lo rápido que pudo en dirección a los campos. Oyó unos gruñidos detrás de él pero con un rápido vistazo mientras trotaba no logró atisbar nada. Está bien, la ñoño era una prueba con trampa también, pensó.
Llegó a terreno abierto y respiró de nuevo. Empezaba a estar bastante cansado; le escocía un poco la garganta de respirar corriendo aire frío, así que decidió ponerse la chaqueta.
A su espalda quedaban las casas de cal y piedra del pueblo y frente a él tenía espacio en oscuridad rural. El cielo, no obstante, estaba anticiclónico y se podían ver con claridad la luna casi llena, algo menguante, y constelaciones como Orión o las osas. Gracias a su poca luz pudo distinguir senderos y algunas siluetas de edificios entre los surcos y las suaves colinas. Soplaba una leve brisa fresca revolviéndole el pelo y dificultándole extender el mapa, linterna entre dientes y apuntando al suelo. Había mucho silencio ahora, aunque a su espalda reverberaban brumosos ecos de voces del gentío.
No muy lejos de él, en medio de ninguna parte, había otra letra; analizó un poco más el mapa para tratar de hacer una ruta eficiente. Desde esa iría a otra situada entre unos edificios, seguramente aquellos que intuía en la distancia; luego habría de desandar parte del camino rumbo sudoeste.
Caminar entre piedras y agujeros en la tierra se le hizo pesado. Ahora que había dejado de estar en tensión el cansancio acumulado se le echó encima; todavía lejos del agotamiento. Simplemente algo menos ágil que de costumbre, anduvo sobrellevando el esfuerzo. Se secó entre tramo y tramo el sudor del cuello y de la nuca con las mangas de la chaqueta, procurando evitar que se lo enfriase el aire que corría.
Llegó al lugar. Un espantapájaros en medio del arado, diáfano por completo. Pegado a él con un clavo había otro cartel. Lo iluminó con la linternita cerciorándose de que contenía letras y se aproximó tras echar un vistazo a los alrededores. Ya no había ningún ruido más allá de sus pisadas, el viento y algún que otro crujir inidentificable.
Puso un pie frente al letrero y sacó el teléfono para apuntar. Tecleó. Silencio. Tecleó. Entonces… silencio. Fácil.
Se puso en marcha alejándose del monigote, hacia los edificios que tenía al frente. Veinte siluetas oscurecidas como chuchos nocturnos entre basuras se incorporaron a pocos pasos de él, tumbadas antes en los surcos de la tierra. Profirió un grito ahogado cayendo al suelo de culo. “¡Bum, bum!”; el corazón le resonaba en las sienes. Reculó empujándose con talones y manos mientras se giraba para levantarse. “¡Bum, bum!”; se atragantó con su propia respiración. Era consciente de que se le había caído la linterna. Corrió hacia atrás. Entonces, otras quince personas lo estaban cerrando desde esa dirección. “¡Bum, bum!”; la garganta le sabía a hierro. Habían salido de la nada, de las líneas de siembra. “¡Joder!”, volvió a maldecir. Andaban despacio hacia él entre gruñidos y carcajadas, encerrándole a cada paso. “¡Bum, bum!”; dialogó con sus músculos enviándoles adrenalina y sangre desbocadamente. Sólo tenía un estrecho pasillo formado entre los dos frentes para intentar escapar, y multitud de brazos extendidos entre medias. “¡Bum, bum!”; esprintó y tropezó con todas sus fuerzas, corriendo al traspiés agitando los brazos descontroladamente, cabeza por delante y agachado, tratando de recuperar el equilibrio. El túnel a la salvación se estrechaba. Apretó aún más tomando gigantescas bocanadas de aire frío; ya casi llegaba, una mano quería tocarle… saltó como si fuera a una piscina, cuerpo estirado por delante. “¡Mierda!” exclamaron a su espalda, “¡Cogedle!”, “¡Que no se escape!”. Aterrizó en el suelo de tierra seca y guijarros, impactando primero con las manos y antebrazos y después con el pecho, la barbilla y el vientre, deslizando unos centímetros con estrépito de derrape. Lo recorrió un destello violeta de dolor, tenue y relampagueante. Como un perro se propulsó unas zancadas a cuatro miembros, incorporándose torpemente en carrera.
¡Joder!
¡Cabrón!
¡Era nuestro!, ¡mierda!
Corrió todo lo que pudo alejándose muchísimo, con el susto en el cuerpo. “¡Joder!”, pensó él también. Los zombis lo persiguieron brevemente, pero sin poder correr, se retiraron. Entre ellos se vislumbraba un brazalete dorado. Ese debía haber organizado aquello. Se detuvo y paseó.
“¡Bum, bum!”, el corazón fue recuperando su ritmo. Se detuvo. Estaba a un estadio de fútbol de los zombis, a los que podía entrever escondiéndose de nuevo. Tosió con fuerza, la garganta le ardía. ¡Había sido increíble! Estaba entusiasmado. Los antebrazos le escocían como ascuas; trató de revisarlos pero estaba demasiado oscuro, los notaba rugosos, algo húmedos y pegajosos. Supuso que se había hecho un raspón extenso y sangrante; tenía las mangas desgarradas. También notaba herida la barbilla. Llevó un par de dedos hasta ella pero no descubrió nada. Se crujió el cuello y los hombros; estiró las falanges y las manos, se sacudió tierra y polvo del pecho y los pantalones y, entusiasmado, empezó a pasear magullado hacia los edificios, agarrando con un brazo la correa de su mochila y con una sonrisa de oreja a oreja. Empezó a reírse solo.
Fue percatándose de que estaban más lejos de lo que parecía. ¿Cómo iría Merlo? No había escrito nada así que, al menos, no deberían haberle atrapado. Eran las cero, una treintainueve horas. Él tenía ya quince letras, si entre los otros dos grupos hubieran conseguido tan solo las tres que faltaban ya estaría todo hecho; prácticamente podía permitirse volver a la iglesia; pero tenía el orgullo de conseguirlas todas él sólo ya, para restregárselo a Esteban; así que quería apurar esa última localización al menos. Aunque no tuvieran las que faltaran, ya no quedaban demasiadas letras como para que fuese mucho problema tener que hacer alguna ubicación de más. Ahora le preocupaba más cómo iban a lograr pasar las pruebas. Para eso tenía intención de confiar en Esteban, que era buen estratega y ya había hecho una por lo visto.
“¡Bip!”. Sonó un mensaje en el móvil. “Como stas? e hecho 3 sitios. Vuelvo para la iglesia q n puedo mas. Ahora llamo a esteban”. “Bien todo bien. Yo voy aora. Dame 30 minutos.”. Eran las cero, una cuarentaisiete horas, y estaba llegando ya a los edificios. Parecían un par de almacenes agrícolas en medio de unas calles pavimentadas y varios solares cerrados por verjas, con andamiajes y armazones de construcción… ¿Un futuro barrio a las afueras del pueblo? Había un par de farolas encendidas y sobre una de ellas otro cartelito; menos mal que había más luz que su móvil. Casi tropezó varias veces. Por desgracia había dos zombis custodiando el papel. Demasiados para él sólo. Le chorreaba sudor por ambas sienes, y sentía la frente empapada; ya había desistido de tratar de secárselo.
Tenía que esperar a que alguien se acercase. De rato en rato se había cruzado con destellos de linternas en la distancia, así que confió en que más supervivientes fueran a venir, y tomaría ventaja de ellos. Oculto en una esquina de ladrillo medio construida aprovechó su rato de descanso para sacar la botella de agua, beber un buen trago, y después limpiarse las heridas de los brazos con la misma.
En la penumbra pudo examinarlas algo mejor. Multitud de arañazos ya secos y terrosos le recorrían desde la muñeca hasta el codo. Escocían bastante. Se sentía molesta la barbilla, pero parecía que sólo era una contusión. Se la apretó un poco con cierto gusto y dolor, comprobando que efectivamente todo estaba en su sitio, una pizca hinchada tal vez. Había destrozado las mangas de su chaqueta, era lo que más le fastidiaba, le gustaba esa chaqueta. Eran las cero, uno con cincuentaisiete horas.
Un grupo de tres chicas y dos chicos apareció, raudo por una esquina hacia el centro del cruce. Una de las chicas era bajita y bastante rellenita, con movimientos agotados, pero curiosamente nada pesados. Otra rubia y muy delgada, vistiendo en vaqueros cortos y una camiseta dedicada a la banda Nirvana; casi le pareció guapa. La otra, más castaña que de pelo claro, tenía una constitución algo fina también, y esperaba contra la pared de un modo similar al que había hecho Merlo en las últimas ocasiones, vestida de camuflaje. De los dos chicos, uno dudaba si llegaría a los dieciocho años obligatorios para participar, era pelirrojo, vestía de militar y tenía la cara llena de granos y pecas. El otro era gordito, con pelo castaño rizado y una camiseta ajustada que no le favorecía nada; moviéndose pesadamente. Todos con insignias verdes. Entre los cuatro que estaban activos zigzagueaban, mareando a los dos zombis tratando de abrir un hueco para mirar el cartel.
Miró el móvil, las cero, una cincuentainueve horas. Perfecto para ir acto seguido a la iglesia. Se incorporó dispuesto a ayudar para obtener él mismo su tajada también. Aceleró el ritmo al grito de “¡Os ayudo!” y, pasos después, inició un trote.
De repente se detuvo; algo llamó súbitamente su atención y la de los demás. Miró al cielo; entre la negrura rutilante, una miríada de centelleos verdes chisporrotearon en la noche, recorriendo instantáneamente franjas de un horizonte a otro; como un relampaguear turquesa e inexplicable; completamente inaudible. Se hizo la paz siete segundos. Y ominosa e inquietante se desplegó una gigantesca aurora boreal, bandereando calma en el firmamento e iluminando de azul todo sobre el reino. Siete segundos más se arremolinó y desenredó, llenando todo el paisaje, antes de desaparecer translúcidamente en la nada.



Danko fue a bajar la vista interrogante hacia el resto, cuando sin aviso un chirrido agudísimo e insoportable llenó sus oídos, lo mareó; y un dolor de cabeza extremo lo sacudió hasta derribarlo incontrolado de rodillas al suelo, llevándose las manos a los oídos. Entre parpadeo y parpadeo, incapaz de mantener la vista quieta, observó que también se revolvían en el suelo patéticamente los otros participantes y los falsos zombis. Trató de gritar pero no supo si lo logró, todo su mundo era chirrido. ¿Iba a morir? Se sentía morir… Cree que vomitó.
Tal y como viene, se marcha el dolor, se marcha el ruido y se queda desahogado. Se extiende y estira, liberado, en el suelo, bocarriba; su mano se apoya en algo húmedo y caliente, su vómito; nota también humedad tibia en su entrepierna y traga saliva abochornado. Se siente como si todavía estuviera enfermo pero ya no le pasara nada, no quedan rastros del malestar y descansa unos segundos doliendo solo de revivir el mal trago. Oye algo de movimiento a su derecha; ladea la cabeza y trata de incorporarse sin muchos problemas. Cinco de las personas que allí había también se están levantando, con rostros confusos y asustados como el suyo.
Uno de los zombis se incorpora algo más lentamente. Gime profundo y ronco y extiende los brazos hacia el chico pecoso, con la cabeza ladeada.
¡“Ey” tío! ¡Para! Ahora no… ¿Qué coño ha pasado? Gira la cabeza hacia la chica rubia que tiene al lado—. ¿María?
La amiga lo mira paralizada e incrédula. El zombi lo agarra de un brazo y el joven reacciona girándose abruptamente, exponiendo todo su torso. El cuerpo del otro se abalanza sobre él y lo derriba al suelo. Oye un alarido desgarrador que le retuerce los huesos y ve al agresor realizar un gesto seco y rápido, arqueando toda la columna, desmembrando de cuajo con los dientes un trozo del cuello del muchacho, en un estallido de sangre; y sin contemplaciones, introduce los dedos en la herida agarrando y tirando de trozos sanguinolentos para llevárselos a la boca goteante, que no para de masticar, ante los impotentes y desvanecientes gemidos del pelirrojo.
Dos de las chicas chillan descontroladas mientras el muchacho gordito tiembla contra la pared completamente blanco.
El otro zombi da unos pasos hacia atrás tiritando y balbuceando “¿Qué haces?”. Choca de espaldas contra la superviviente bajita. Ésta le agarra de la cabeza con ambas manos y tira de él causando que se caiga sobre ella desplomándose los dos. Comienza a acercarse a ellos con la mente por completo obscurecida. Antes de poder reaccionar o pensar, la veinteañera se ha colocado sobre el otro y dirige su boca hacia la suya. Lo muerde en los labios y estira de ellos hasta arrancárselos. Los chillidos del zombi falso se expanden y le llenan hasta su nariz en toda su terrible agonía. Éste golpea a la chica con brazos y piernas mientras patalea tratando de zafarse histéricamente, llorando y suplicando, siendo mordido una y otra vez en cada parte del cuerpo que se acerca a la boca de ella.
Durante unos segundos se detiene, mira. Sólo mira. Y después empieza a correr hacia ellos para tratar de ayudar. La chica rubia ha dejado de gritar y se abalanza contra el zombi que está mordiendo a su amigo.
Éste gira la cabeza al verla venir. Ella trata de empujarle con una pierna; pero no pone la intención suficiente, parece algo dudosa, como si estuviera tratando de calibrar la fuerza para no hacer daño a nadie realmente. El monstruo le agarra la pierna. Danko ve sus ojos; completamente inexpresivos. Dilatados al extremo y sin mirar a nada en concreto, sólo centrados en su posición. La criatura se lleva la pierna a los dientes, con tal fuerza que derriba a la otra al suelo y la arrastra. La piel desnuda de su tobillo está totalmente expuesta. Los dientes blancos, iluminados por la amarillenta farola, se hunden en ella, que empieza a quejarse de dolor mientras lo patea con el talón del otro pie intentando escapar. Ahora ya con todas sus fuerzas, demasiado tarde…
La compañera de pelo castaño ha desaparecido. El zombi que se retorcía en el suelo ha conseguido heroicamente librarse de la presa que le habían hecho y comienza a correr aleatoriamente hacia el campo, sangrando viscosamente por muchas heridas. Ni siquiera grita ahora, sólo corre. El muchacho más grueso reacciona y agarra al que está mordiendo a su aliada desde detrás, por los brazos, y comienza a intentar tirar de él para ayudarla, pero éste está agarrándola con tal fuerza que por ahora tira de los dos.
Él está a punto de llegar, quiere echar una mano. Frente a él se cruza la chica rellenita, con la boca y dientes ungidos en sangre, y trozos de carne que sigue masticando boquiabierta, en un gesto que se asemeja a una sonrisa macabra. Los ojos muertos lo miran sin mirarlo. Para bruscamente. Ella se acerca despacio, arrastrando los pies, extendiendo los brazos hacia sus hombros. Tiene muchísimo miedo; apenas los separan dos metros. Podría intentar rodearla. Podría intentar golpearla. Tiene la imagen de ella incrustada en la retina. Al otro lado los otros dos siguen forcejeando con el ¿zombi? caracterizado de zombi. La chica sigue acercándose. Tiene demasiado miedo.
Se da la vuelta llorando. No tiene el juicio por completo nublado, pero nota el terror que lo cimbrea. Esa “cosa” acaba de casi comerse vivo a uno. Esprinta; chilla y se detiene a unos metros con aún más lágrimas extranjeras. Mira hacia atrás y vuelve a esprintar.
Corre unos cientos de metros y se desploma en los campos. Devuelve otra vez. Se siente enfermo, se siente un cobarde, se siente culpable y se siente como una mierda. Está envuelto en la oscuridad y llora junto a su reflujo. Aunque no sea por él, que consigan salvarse los otros… A lo lejos, aún iluminada por la farola, puede vislumbrar la silueta rechoncha de la chica zombi pisando lenta en su dirección. Debe recomponerse. “¿Debería volver?”. Ahora sólo supondría arriesgarse inútilmente después del tiempo pasado…
Ve salir del lugar dos figuras corriendo. Suspira aliviado. Cierra el puño hasta incrustarse las uñas y se jura que jamás volverá a hacer eso; a ser así de esclavo de sus emociones. Se ha fallado. Mira con decisión hacia el pueblo y empieza a trotar. ¡Sus amigos! Para. Llama iracundo a Esteban. El teléfono no da siquiera señal. Mira la pantalla, no tiene cobertura. ¿Qué demonios está ocurriendo? Trata todavía de llamar irracionalmente a Adán, a Carla y a Merlo. Piensa. ¡Las armas! El aparcamiento estaba en este extremo del pueblo; no debería estar demasiado lejos. Saca atropelladamente el mapa de su bolsillo, lo tira al suelo y lo ilumina con su móvil. Nada más se ubica mínimamente lo arrebuña, esta vez en la mochila, y corre en la dirección.
Divisa humo desde un par de sitios entre las casas. Los vientos traen y se llevan gritos y caos a los sembrados de rato en rato. Lo que quiera que haya pasado está pasando allí también. Por entre las sombras de las últimas calles ve surgir por goteo gente corriendo al refugio de los espacios abiertos. Un grito ronco y retumbante, inhumanamente gutural, retumba y estremece desde los adoquines. Redobla el paso ya redoblado. Ve los coches al fondo; un infierno de luces encendidas y cláxones hacia el que se precipita. Una pequeña furgoneta salta una zanja desde allí y conduce a toda prisa por el irregular terreno en su dirección, tan cerca que casi tiene que esquivarla, justo para verla estamparse y detenerse pocos metros después contra una piedra traicionera, demasiado grande para sobrepasarla, demasiado pequeña para verla en la noche. Da la vuelta y se acerca hacia allí; abre la puerta del conductor, sale algo de humo del capó. Parece desorientado, le desabrocha el cinturón y lo ayuda a incorporarse. Tiene las manos ensangrentadas pero no hay nada roto dentro del coche que lo justifique. El ocupante le mete un puñetazo y sale corriendo y chillando “¡Socorro!”. Danko cae al suelo, se cruje la mandíbula y mira al superviviente con confusión. Se levanta casi divertido ante el absurdo y vuelve a concentrarse. Debe llegar al aparcamiento. Le duelen los dientes un poco. Corre.
Restallan ráfagas de disparos secas en algún lugar centrado en Monte del Jar. ¿Los kalashnikovs? No es tan friki como para reconocer un arma por su sonido, pero sabe que no son de bajo calibre.
A la entrada del solar aplanado comprende que debe tener cuidado. Muchos coches están tratando de salir maniobrando incautamente, chocando unos con otros. Nada más llegar ve un atropello, por suerte a baja velocidad; ayuda a la muchacha a levantarse. Es la chica de pelo castaño de antes. Ésta lo mira sin demostrar reconocerlo y como en trance señala en una dirección y dice “¡Mi coche!”. La ayuda a llegar hasta él. Varios vehículos están logrando salir a la carretera, pero ésta se encuentra taponada por varios accidentes; poco a poco parecen ir sorteándolos, aunque hay un atranco gigantesco. Otros están intentando probar suerte por los arados: cada vez se ven más vehículos siniestrados como siluetas contra el relieve del terreno. Se siente por completo desbordado. Con el ruido de los cláxones le resulta imposible tratar de usar su oído como sentido de alerta. Mira cada dos por tres en todas direcciones. Advierte varias personas llegando desde el pueblo. Muy lentas. Demasiado lentas. Conforme se van acercando más y más gritos desesperanzados saltan aleatoriamente.
En medio del parking hay un mozo moreno quieto, cambiando de dirección una y otra vez hacia cada cual que pasa ignorándole cerca; extendiendo los brazos hacia unos y otros. La mayoría de los que circulan parecen del grupo que vino a jugar, pero también hay algunos de aspecto lugareño. El transeúnte torpe centra su rumbo hacia una señora que parece no lograr abrir su coche. Está a tres metros de ella. Luego a dos. Tiende un brazo para tocarle el hombro.
¡Señora! Llega él vociferando una y otra vez sin lograr hacerse oír.
Pone por fin la mano en su espalda. Lo logra… a tiempo. Le da una patada con todas sus fuerzas en ambas piernas, derribándolo. Tiene la mirada muerta y ni siquiera parece manifestar sorpresa. Abraza a la mujer por la cintura y la lanza hacia un lado como si le fuera la vida en ello, haciéndola caerse y rodar por el suelo, pero al menos lejos del peligro inminente. Un coche pasa a toda velocidad por su lado y lo empuja hasta el hierro del vehículo de la pueblerina. La criatura le ha agarrado una pierna y, sin siquiera levantarse, tracciona arrastrándose hacia su muslo con la boca desencajada.
Él carga todo su peso en esa misma pierna, levanta la otra, y con la peor de sus intenciones le asesta un puntapié apuntado al centro de la garganta. Pese al barullo oye un crujido grotesco y el chico; que apenas tendría su edad, sale propulsado hacia atrás soltándole, arrancando un trozo de su pantalón; con el cuello desnucado en ángulo recto sobre la espalda. La transmisión del momento lineal había sido perfecta; la masa de su pie multiplicada por su velocidad se habían transformado íntegramente en la masa por la velocidad de la cabeza del otro. Y aun así, mirando perpetuamente del revés y hacia atrás, con las cervicales indudablemente dislocadas y el nervio pinzado entre ellas, la criatura se incorpora de nuevo. No cabe duda, la cosa es un zombi de verdad. Aunque no tenga sentido, aunque no sea posible, comprende que no es el momento de buscar respuestas. Debe asumirlo como una variable válida por el momento.
Ahora mismo no se siente preparado, ni psicológica ni armamentísticamente, para tratar de rematarlo; le barre ágil las manos con los pies para volver a tumbarlo y se dirige raudo a la señora desconcertada, sin quitarle la vista de encima al desgraciado. Parece que con la cabeza desubicada es aún más torpe y no consigue encontrar tiento para ponerse en pie. Mejor. Le pide las llaves; ésta se las entrega incrédula. Hay suerte, tienen un botón de abrir a distancia. Cada vez están más cerca los zombis que venían del pueblo. Se enciende un Ford; pero no es el que estaban intentando abrir antes, sino otro del mismo modelo. Danko niega con reproche bienintencionado; le devuelve las llaves a su deudora, que las coge esbozando un “gracias” y sale corriendo a montarse. Desde allí, casi inaudible:
¡¿Te llevo?!
¡No!
La otra no espera más y arranca para sumarse a la vorágine. Él le desea suerte silenciosamente al cruzarse y siente, o al menos se imagina, que le devuelven el deseo. Se reconcilia un poco consigo mismo. Mira al zombi de antes; se ha conseguido levantar, hace un giro brusco para tratar de atacar al automóvil que pasa por su lado, la cabeza se sacude inerte en su extraña posición y cruje. De repente, cae como un plomo. “Vale, son mortales…”. ¡Aún pega bocados la cabeza! “¿Casi mortales?”.
Por fin puede ver el coche de Esteban; tiene el parachoques y un faro destrozados; alguien lo ha embestido. Va al maletero; los zombis entran en el aparcamiento por el otro extremo. “¡Calma!, aún hay tiempo”. Cerrado. Evidente.
Mira a su alrededor. Vuelve a mirar a su alrededor sintiéndose estúpido. Zombis, caos; gritos, unos chicos encerrados en un coche necesitarán ayuda pronto. Él necesita ayuda ahora; o unas llaves adecuadas, lo que llegara antes. Ninguna. Gruñe y farfulla “¡Arggg!”. Pega una patada a una rueda. Tan cerca… Se ilumina una luz en su cabeza. Ahora mismo nada importa. Da unos pasos hacia atrás a por una piedra como un puño. Vuelve frente al asiento del conductor. La estampa brutamente. Saltan cristales. Vuelve a estamparla y por fin estalla la ventana. Mete la mano derecha y abre la puerta cortándose en el ya herido antebrazo y sintiendo una punzada de dolor purpúrea al quemar sobre quemado. Se quita la chaqueta rota y la echa sobre los añicos en el asiento; se sienta encima despacio, decidiendo que no le apetece cortarse también el culo. Se pone a buscar el botón del maletero. Que no sea eléctrico. Que no sea eléctrico. No recuerda cómo era en ese coche, y él debería acordarse de esas cosas. ¡No es eléctrico! Con un “cloc” se desbloquea la puerta. ¡Hurra por los coches viejos! ¿Por qué se está tomando las cosas un poco como a chiste? “Da igual”. Se siente pasado de rosca; a la vez como si lo del chico que vio morir hubiera ocurrido hace una eternidad, y sin poder parar de revivirlo sin embargo. Le falta tiempo para saltar fuera y correr a por el tesoro.
Abre con nerviosismo. Allí están todas desordenadas, resplandecientes a sus ojos. Sonríe y coge el cinturón para cuchillos, lo carga hasta su máximo, siete en total a la espalda y dos delante. Abre la caja de herramientas despacio; cuelga libremente de la correa un destornillador plano y un martillo de mano. Saborea el momento unos segundos y después coge un hacha con cada mano, cerrando con el codo de un portazo. Se cruje el cuello y mira el escenario.
Pensó mientras venía que podría ser un problema distinguir a los zombis maquillados de los verdaderos, pero ve que no lo es. Si corre o se asusta es humano; si es torpe e inexpresivo, zombi. Más problemáticos son algunos zombis vistos de espaldas, quietos en la calle en busca de objetivo, que hasta que no se mueven no delatan su naturaleza.
Vuelve a mirar a un coche en medio del barullo; uno de los… ¿infectados?, ha llegado hasta él. Parece haber tres personas dentro y el vehículo no arranca. La criatura golpea la ventanilla del conductor y del primer impacto astilla los cristales y deja estampada su sangre en ella, desincrustando virutas de vidrio clavadas en su palma al retirarla de la ventana; preparada de nuevo para asestar otro manotazo. Por el otro lado del automóvil se acercan dos… ¿no-muertos? más. Dentro los chavales están en pánico y comienzan a pitar.
Subrepticiamente se ha ido haciendo más silencioso el lugar; la turba de vehículos se ha desplazado unos cientos de metros por la carretera, donde está el nuevo atolladero, y al estruendo del claxon escucha un nuevo sonido. Todas las criaturas que ahora deambulan por el aparcamiento se giran al unísono hacia la fuente del ruido, profiriendo un curioso alarido… “Huooo”, grave y ronco, pero que se desliza con el alargo de la “o” hacia el agudo de un modo que casi parece una onomatopeya de sorpresa, infantil o cavernícola. De acuerdo, el ruido es mala idea.
Danko ya está yendo hacia allí. Lo rodean quejidos apagados, casi lastimeros, casi como se los habría imaginado; pesados y perpetuamente ahogados. Se coloca detrás del zombi que de un último impacto acababa de destrozar la ventana del conductor y, seguramente, algunos de sus dedos. El chico que se sentaba allí salta como puede al asiento de al lado, sin muchas esperanzas pues por allí ya están golpeando dos bestias más.
Sólo un paso por detrás, alza hasta su límite ambos brazos; no tiene mucho tiempo, sabe que los están rodeando; y, letalmente, hace descender con saña ambas armas contra el cráneo del zombi. Salpica sangre en todas direcciones, incluida su cara. “Asegurarse de tener la boca cerrada”. Esta vez por suerte no traga nada. Las armas se incrustan ambas hasta la mitad en el hueso, y el hombre se convierte instantáneamente en un peso muerto. No lo espera y las hachas han quedado atrancadas, así que el desplome de su objetivo lo empuja hacia el suelo, evitando derrumbarse por el reflejo de soltarlas. Pone un pie en la nuca del muerto y con fuerza las destraba. Tiene una mujer al lado, con la mandíbula medio destrozada y la comisura de la boca goteando sangre. Le da un zarpazo con el filo que le sesga media nariz, sin efecto alguno. La patea y derriba. Abre la puerta del coche y tiende una mano a los ocupantes, sacándolos por su lado uno a uno. Las ventanas de detrás estallan.
¡Corred! ¡Al campo! ¡Escondeos y no hagáis ruido!
¡Muchísimas gracias, tío…!
¡Ya! “Joder”, murmura entre dientes.
Está muy rodeado y se plantea correr con los demás, pero nada más empieza el trote, por el rabillo del ojo ve un bidón de basura abrirse tímidamente, con un chico asomando la cabeza desde dentro. “¡¿Hugo?!”. Para en seco. La tapa vuelve a bajar; un zombi casi lo agarra así que salta y corre dando un rodeo hacia los cubos, situados en uno de los bordes del descampado. Sabe que la mayoría de los zombis tienen su atención puesta ahora en él, pero una chica maquillada como una muerta ha comenzado a zarandear el tanque y a golpearlo. Ha sido un muy mal momento para sacar el hocico. “¿Hugo de verdad?”.
En una carrera apretada llega raudo al lugar; salvo esa ¿muchacha? no hay ningún otro cerca por el momento. Recuerda fugazmente que está cansado. Decide aprovechar el tiempo extra de que dispone para hacer una prueba.
Desde un lado tensa el brazo y asesta un tajo lateral hacia el cuello. El hacha corta embrutecida hasta frenarse contra la columna. Medio incrustada, lo deja vendido. La zombi se gira y extiende sus brazos hacia él, que sin soltar la mano del arma clavada, tratando de agitarla como un serrucho, empieza a lanzar hachazos con la zurda uno tras otro al rostro muerto, tratando de no dejarla respirar.
—¡Joder! ¡No te acerques! ¡Muérete ya!
Cada impacto le hace una mella en la cara y la empuja hacia atrás, lo suficientemente como para no dejarla ganar terreno con los dientes, que por otra parte han empezado a salir despedidos.
Se siente en ese momento como un animal rapaz y desesperado. Por la herida del gaznate va rezumando sangre muy oscura e imposiblemente espesa, pero no termina de ceder. “No, muchacha no es”. No sabe si son contagiosos, pero tiene muchas heridas abiertas y le dan miedo hasta los arañazos que pueda hacerle. Sigue golpeando; sigue cortando. Su experimento está yendo muy mal. ¿Le habrá salpicado sangre en los brazos?, ¿y si eso ha ocurrido…? Con ese pensamiento en la cabeza y un resucitado terror comprende que tiene que acabarlo cuanto antes. Se gira sobre su eje enroscando su brazo en el hacha y después, con todo su peso, se desenrolla salvajemente. Por fin salta la cabeza y el cuerpo se desploma.
Aún intenta morderlo, sólo con la mandíbula. Grotesco. ¡La cabeza separada todavía vive!
No le presta atención, ya inofensiva. Se agacha como un espasmo y saca la botella de agua de su mochila, vaciándola frenéticamente en sus antebrazos y restregándoselos con asco e histeria. Le escuece muchísimo y se le abren de nuevo las costras, sangrando por capilaridad. Tal vez se haya limpiado, pero lo ha empeorado para el futuro próximo.
Se levanta brusco. Abre la tapa. Hugo le tira, emitiendo un chillidito, una zapatilla vieja a la cara, y después se queda patéticamente aovillado entre las bolsas pestilentes.
¡Sal!
¡¿Danko?!
¡Sal! No para de pensar en que puede estar contagiado.
Ve que mira sus dos hachas y después, no demasiado elegantemente, sale del cubo.
¡Vamos!
Sin cortesías, lo coge del brazo y arrastra con él hacia las lindes de los campos; hacia tierra segura. Los persigue un lento pero tozudo frente de no-muertos.
¿Qué coño está pasando? —le increpa al rato.
¡Y yo que sé! Lo suelta y da un par de pasos sin dirección verdadera, dándole la espalda mientras hace una pausa para hablar—. Yo que sé… —termina. Su cabeza sigue obsesionada con la posible infección.
¿Estás bien? Le pone una mano en el hombro pasados unos segundos.
Se da la vuelta; el candor de su amigo y la preocupación en su rostro lo desmontan. Lo abraza con fuerza y después se separa un paso. El otro devuelve torpemente el abrazo; sabe que le es incómodo el contacto físico próximo y la suciedad, y él está pringadísimo y sudoroso. Tal vez hasta esté infectado. Conforme ese pensamiento vuelve a su cabeza lo bloquea.
Lo mira, ¿qué hacía en la basura Hugo, siendo él?
¿Qué haces aquí?
Los infectados siguen caminando, todavía bien lejos, hacia ellos. De las calles del pueblo se han filtrado unos cuantos más no tan distantes.
Estaba jugando… con una amiga. ¿Tú también?
Yo… sí. ¿Con una amiga? ¿Solos? Yo estaba con Esteban, Carla…
Sí, tenía muchas ganas de venir ella, y me apunté…
…Adán y Merlo. ¿Qué amiga? ¡¿Virginia?! – Virginia era la amiga más cercana que conocía de Hugo y no estaba preparada para aquello, aún antes de que hubiera muertos vivientes de verdad.
…Sí, solos. No, Virginia no. Una compañera del curro, no la conocéis —Callan mirándose mientras vigilan de soslayo.



Hugo tiene su misma edad. Extremadamente delgado, casi esquelético. Largo; una pizca más alto que él. Siempre decía que era su constitución, que comiera lo que comiere no engordaba un gramo; y es cierto que, al menos con los amigos, lo ha visto comer bien. Su rostro huesudo tiende a las formas rectas; con ojos y cabello pardos; el pelo le cae lacio, cortado con flequillo hacia un lado, escalado a lo largo de la frente. Trabaja de informático en una empresa y había terminado hacía unos años la misma formación que estaba estudiando ahora él. Solía ir de traje incluso para ir a casa de alguien; lo que sumado a su altura y su actitud le dotaba de cierta elegancia y presencia a su gusto. Hoy sin embargo viste unos pantalones vaqueros, unas deportivas grisáceas y un abrigo negro acolchado. Habían ido a la misma clase del instituto un año en el bachillerato, aunque de nuevo, su relación se había vuelto más próxima tiempo después, cuando compartiendo amigos empezaron a juntarse para jugar a cosas frikis juntos. Es una persona totalmente volcada a los videojuegos, las series y otros temas de culto. Los demás suelen llamarle “Tuna”; sin embargo, él desconoce el motivo y generalmente no le gusta poner motes a la gente. Sabe que él y Adán son muy cercanos, así que se le hace extraño que no supieran nada el uno del otro hoy.
¿Y dónde está ahora? reanuda.
No lo sé… Se encoge de hombros mirando alrededor de nuevo y luego tarda en responder poniendo un gesto extraño que no sabe descifrar—. Se largó nada más esto empezó, dejándome en la basura. Esboza una sonrisa que Danko adjudica al doble sentido de “me dejó en la basura”.
Pues qué valiente… ¿no?
Supongo… —consiente dudoso Hugo.
¿Vamos a por el resto? Les dije que me esperaran en la iglesia.
¡¿Has podido hablar por el móvil?!
No. Lo acordamos antes de la aurora… ¿Aquí también se vio lo del cielo, no?
¿Y crees que seguirán allí?
Eso espero… —Hace una pausa.
Sí… se vio Encoge el rostro con sufrimiento evidente ante lo ocurrido justo después de las luces.
…Más les vale —sentencia—. ¿Tú tienes cobertura?
Qué va…
¿Vamos?
¿Al pueblo?
Sí.
¿Seguro? Mira preocupado a las calles desde las que se acercan los ¿enfermos?.
Sí.
Vale… —termina no del todo convencido.
Empiezan a caminar; Danko se ve los brazos y vuelve a preocuparse, pidiendo que se paren de nuevo. Le pide a Hugo que vigile tendiéndole un hacha sanguinolenta. Éste observa con asco, pone ambas manos hacia arriba y niega con la cabeza.
Yo no sé qué hacer con eso.
Vale… —responde censurándolo con la mirada y con un atisbo de enfado.
Deja las dos hachas en el suelo y se quita los pantalones sin sacarse los zapatos. Separa los cordones de los mismos y coloca las perneras frente a él. En calzoncillos y ante la mirada sumamente extrañada del amigo, empieza a cortar generosamente una manga de ambas piernas con un cuchillo limpio. Mete una mano por cada una, estira y ajusta los extremos a sus hombros y después anuda el exceso de tela a su muñeca con los cordoncillos para evitar que se deslicen. Muchísimo mejor. Vuelve a ponerse sus shorts improvisados y, ahora con las rodillas peludas al aire y más tranquilo, recoge las armas y pide reanudar la marcha. Hace frío. Andando:
¿Qué te pasó? Señala sus antebrazos.
Salté para esquivar unos zombis… antes de que fueran zombis. Y me raspé.
Jo… Te raspaste mucho.
Hugo le mira la piel empáticamente. A ratos se le caen hasta el codo las protecciones y tiene que andar reajustándolas cada poco. Se alegra de tener un amigo a su lado, pero tiene que encontrar al resto; se siente solo, espera que, como puedan, hayan decidido esperarlo donde acordaron. Tiene que encontrar al resto. Puede ayudarles, es fuerte y quiere que sobrevivan. No han ido al coche. ¿No habrán podido? ¿O habrán deducido que no era la mejor idea? Puede ayudarles, es fuerte y quiere que ellos lo ayuden a no sentirse tan extraño y pasado de rosca cómo se siente ahora. Son las cero, dos treintaisiete horas; y en media hora ha visto demasiado sobre lo que no quiere tener que pensar estando solo.
Encuentran en su rodeo una calle que parece solitaria para entrar hacia el casco urbano. Dentro todo está calmado. Por entre los giros y los quicios suenan ilocalizables gemidos graves. De rato en rato algún grito de susto, muy distinto de los que sonaran hace poco… Y de tanto en cuando, las antes maldiciones por la derrota de un jugador, se han convertido en alaridos de muerte. Entrevé una mujer mayor asomada a una ventana, sólo superficialmente, tapada casi al completo por una cortina. Ya no es curiosidad lo que distingue en su rostro. Las calles están llenas de un cierto hedor a sangre y a leña, varias humaredas se despliegan entre imponentes brillos rojizos; y también algo muy leve y almizclado, pero nauseabundo: varios de los zombis que ha visto en el aparcamiento tenían rastros en la ropa inferior de haberse soltado sus heces y orina encima… y entre ladrillos, toma más presencia.
Doblan la primera esquina con cuidado, asomándose, y ve una calle diáfana, casi vacía, con un hombre anciano tendido en el suelo y las tripas abiertas en un charco de sangre, y una mujer en bata, algo gruesa, arrodillada sobre él devorándolas, con cara y pelo pintados de granate.
Hugo se queda paralizado mirando, ante lo cual lo atrapa de la pechera del abrigo y tira de él, quien lo sigue inerte. Pasan al lado de ella. La dejan atrás y ella los sigue con la cabeza; se incorpora reverencialmente lenta. Gruñe profundo, casi como un carraspeo, rechinando los dientes aún masticando. Empieza a acercarse a ellos. Paran. Suspira. Deduce que les llaman más la atención los vivos que la comida fácil. Corre hacia ella cansado; nota que su cuerpo cada vez está más fatigado; carga con la rodilla y la empuja para tirarla al suelo de espaldas. Tiene las hachas, pero ha visto que no son tan absolutamente letales como le gustaría, así que prefiere tratar de pelear guardando las distancias. Por el rabillo del ojo siente a Hugo acercarse, pero más como un reflejo, como si no supiera qué hacer. Él empieza a patearla en la cara, tratando de evitar que se levante.
—¡Muere cabrona!
Le agarra un tobillo; se agacha y rítmicamente asesta fuertes tajos en la muñeca del zombi, tirando con la pierna, hasta que la desmiembra. Totalmente insensible, ella empieza a incorporarse utilizando el propio muñón como punto de apoyo, con la cara deformada y rota por los golpes. Asesta otra patada y la devuelve al suelo. Le pisa varias veces en el rostro con ruidos secos de choque contra el adoquinado; siente crujidos pero aún intenta agarrarle.
—¡Que te mueras, joder!
Por la calle de la que venían aparece otra silueta.
Sigue golpeando; le duele el gemelo de la tensión anaeróbica constante. Con un golpe seco final el movimiento se detiene. Le arde la pierna pero marcha hacia el otro. Aparecen justo detrás un viejo cano y un niño dados de la mano. ¿Dados de la mano? Se detiene a fijarse; tienen la mirada muerta. ¿Qué diablos pasa? Le impacta la imagen, y son tres. ¿Familia? Piensa momentáneamente en la suya y se le sube el corazón a la garganta. ¿Estará ocurriendo esto también en Madrid? ¿Y en Bulgaria? Su novia…
¡Sigamos! vocifera en susurro a Hugo, dándose la vuelta y trotando con la esperanza de dejarlos pronto atrás.
No han corrido ni treinta metros cuando a su diestra, desde dentro de una casa, se oyen gritos y súplicas, así como ruidos de destrozo y cacharreo. A su alrededor, de nuevo frustrantemente inubicables, se disparan varios “¡Huooo!” asmáticos. De cuando en cuando nuevos tiroteos breves hacen eco entre las rocas. Pregunta a Hugo con los ojos; no quiere dejar a nadie atrás a su suerte así, pero están en una muy mala situación ahora mismo, aún perseguidos ellos mismos por tres zombis. Su compañero está blanco y claramente aterrado, no responde; parece que está poniendo toda su alma, sólo, en lograr seguirle. Cada vez hay más olor a brasas, y el aire se ha ido densificando.
Traga saliva y sigue corriendo, seguido como un autómata por el otro. Trata de no escuchar las protestas y llamadas de auxilio masculinas desde detrás de la puerta que está abandonando.
Tuercen una esquina y ven una llamarada saliendo por las ventanas, y humo por el umbral, de casi el último edificio de la vía, antes de un cruce en diagonal. Se puede divisar un muro de la iglesia al fondo de una de las salidas. A su retaguardia, por el paseo al que han entrado se aproximan cinco no-muertos renqueantes; cuatro chicas jóvenes aún con brazales verdes y un chico disfrazado. Por el camino del que vienen sabe que seguirán los otros tres en los que no quiere ni pensar demasiado. No hay más remedio que avanzar.
Trotan con prisa por delante del hogar hecho pira; suena movimiento dentro. Casi están en el cruce. Dos pasos más. Los cierra un zombi a la derecha, doblando su calle; reculan un momento, quieren ignorarlo y avanzan. Por el sendero a la iglesia vienen dos más; todavía están lejos; habrá que pasarlos por encima. Corren. Desde detrás, por la otra calle del cruce se, suman lentos otros dos. Siguen la curva de la calle. Los dos que venían de frente, con algo viscoso y mojado colgando en los pantalones, resultan ser los primeros de otros cuatro más. Son demasiados. Retroceden. Están en un cuello de botella. Desde las tres rutas que han dejado atrás tienen cinco perseguidores próximos y varios más en la lejanía; de frente son seis. “¡Bum, bum!”, el pulso explotando en las sienes. “¡Bum, bum!”, impotencia…
“¡Bum, bum!” Cierra los ojos un momento. Hugo llora. Lo coge de los dos brazos. “¡Bum, bum!”, va a salvarlo. “¡Bum, bum!”, corre de espaldas tirando a trompicones de su amigo con mucha velocidad. Sortea a los dos primeros en la ruta. Los otros cuatro son infranqueables. Placa con todas sus fuerzas usando el omóplato derribándose a sí mismo y a dos de ellos al suelo. Propulsa el escaso peso del compañero hacia atrás, proyectándolo un par de metros fuera del frente de muertos vivientes.
¡Corre!, ¡corre!, ¡CORRE! ¡Diles a todos que se escondan! Y en un susurro—: Sobrevivid, por favor…
“¡Bum, bum, bum, bum, bum!” Hugo, incrédulo y contusionado por la caída, corre, tras el segundo que tarda en comprender. “¡Bum, bum, bum, bum, bum, bum!”. ¡Luchar!
Se yergue de un salto con las dos hachas encima, notando como los brazos de los que tiene debajo tratan de asirlo, afortunadamente sin éxito. Está rodeado por los seis. Corre hacia el centro de la calle donde sólo hay momentáneamente dos, para ganar espacio. En su trote pasa el hacha a la zurda sosteniendo ambas en la misma mano y desenfunda un cuchillo delantero. Calcula. Lo arroja con fuerza hacia la cabeza del primero que se le acerca. Se incrusta limpio en su frente. No lo detiene. Como suponía, si no acierta en un ojo no logrará mucho. Prueba con el otro cuchillo delantero. Esta vez falla y cae tintineando al suelo. No hay tiempo para eso. Recupera su postura de hachas duales y ya en cuerpo a cuerpo, empieza a perpetrar cortes sin ton ni son, apuntados frenéticamente al cráneo; tratando de concentrarse en imprimir fuerza a cada impacto. No lo devasta lo suficientemente rápido; al final cae muerto pero justo al tiempo que el otro que tiene encarado consigue agarrarle uno de los brazos. Empieza a retroceder para no dejarle que pueda hincarle los dientes y, mientras, con la otra mano martillea el hacha contra la sien y frente de su acosador. Muere por fin. Lo recorre un destello azulado y punzante desde la mano derecha; dolorosísimo: ha chocado retrocediendo contra un zombi sin darse cuenta y éste le acaba de descuartizar el dedo meñique con los dientes, al pasar el puño cerca de su cara, durante el retroceso de sus golpes. ¡Mierda! Es hombre muerto.
—¡JODER! ¡Voy a mataros a todos! ¡CABRÓN!
Se gira y lo patea. Otro lo agarra por la espalda; él lo golpea con la nuca soltándose, aunque mareándose del impacto. Corre de nuevo hacia el centro de la calle. Su mano derecha lo castiga y sangra abundantemente. Ha perdido el hacha. Vienen los cinco primeros ya desde aquella dirección, y aún tiene cuatro a la espalda. Y más siguen filtrándose. “¡Bum, bum!” ¿Está ya muerto viviente?
No. Todavía está vivo. Le escuecen los ojos, los siente inyectados en sangre y lacrimosos. Aprieta la mano derecha, con el último dedo casi colgando, y corre de frente a por los cinco que se le acercan. Suelta el hacha de su izquierda; no tiene ni el suficiente filo ni el suficiente peso. Agarra el martillo. Nada más llega a su altura, le mete un puñetazo de diestra con saña desmedida en la boca. El dolor prorrumpe en su cerebro desbordándolo. Apaga un botón dentro de él y deja de sentirlo. Deja de pensar. Es un monstruo él también ahora. Con la mano incrustada en la garganta del otro, lo arrastra hacia atrás separándolo del grupo que quería agarrársele. Sus dientes se le están clavando en la muñeca, pero con la mandíbula descuajaringada apenas puede roerle. Apartado de los demás lo golpea salvajemente dos veces con el martillo en el mismo punto de la frente y la piraña se convierte en un peso inerte. De un izquierdazo, con martillo incluido, arranca su mano de las fauces ponzoñosas del otro, haciéndole saltar también un par de dientes. Corre a por el próximo, que al verlo acercarse abre la boca como un besugo. Le agarra la tráquea desde dentro con toda su saña como antes, arrostrando las dentelladas, y tira de él lejos del grupo. Busca su sien torciendo el peso para colocarle la cabeza de lado, y de un solo martillazo le separa los huesecillos. Aún se mueve. Otra vez, el segundo golpe lo remata incrustándole sus propios tejidos en el cerebro.
Mira todos los que todavía le quedan y esboza una sonrisa tal, que pese a su estado enajenado llega a sentir una punzada de preocupación.
Agarra un cuchillo con los tres dedos que aún es capaz de usar de su mano devastada y corre a por otro. Cada vez tiene menos espacio. Introduce violentamente su brazo en la boca de un nuevo zombi, esta vez con el cuchillo recto por delante. Lo siente salir por el otro lado mientras los brazos del monstruo se le echan encima y le muerde. Hace palanca caminando unos pasitos hacia atrás. Y con un golpe restallante lo atiza con el martillo de derecha a izquierda en la sien, haciendo un movimiento de tijera, sacudiendo con todas sus fuerzas el brazo del cuchillo hacia la diestra. Esta vez, gracias a la maniobra cruzada, un trozo de cabeza salta del primer golpe, dejando la víctima inmóvil en el suelo con la materia gris al aire.
Ve salir de la casa ardiendo a un hombre envuelto en llamas, arrastrando los pies, sumando sus gruñidos graves a los del resto. Dios sube el nivel de dificultad…
Carga con vehemencia apartando de un empujón a los dos que tiene aún en su trayectoria. Quiere medirse ya con ese. ¿Se está divirtiendo? No, no es eso; pero sí lo está disfrutando. Llega al fuego, quema sólo estar cerca de él. Comprende que tirarlo al suelo sería una pésima idea, no podría acercarse a él ante el calor que ascendería. Traga saliva y le incrusta el cuchillo en la nuez zarandeándolo contra la pared con ese nuevo agarre. Le abrasa la mano ya entumecida; pero gracias al daño que ya había recibido ahí, no siente demasiado. Lo mira de frente; su cabello de fuego, su piel carbonizada, sus ojos vacíos hirviendo… Lo amartilla. Lo amartilla una y otra vez muchas veces; muchas más después de que haya dejado de moverse. Le ponen una mano en el pelo y tiran con fuerza. Suelta el cuchillo en la garganta del otro; sus dedos están quemados. Gira, causando que le arranquen un mechón extenso de cabello. Codazo, golpe de rodilla y cabezazo de Zidane; el primer zombi cae al suelo. Otro a su flanco; ya han llegado. Coge el cuchillo. Aprieta con fuerza el martillo…



Son las cero, dos cuarentaiséis horas. Danko resopla y respira estertórico; diafragma arriba y diafragma abajo. Cubierto de pies a cabeza de sangre ajena. Porta un martillo escarlata y pulposo; la mano derecha tiene todos los dedos dislocados y mordisqueados, con un agujero en un lateral que expone hasta el hueso, y ya no puede moverla; el cuchillo yace abandonado. La garganta le arde y tose cada poco; la tiene llena de frío y hollín. Frente a él, tal vez quince, tal vez veinte cuerpos inertes; uno aún en ascuas.
Gira la cabeza hacia el hogar consumiéndose fulgurosamente mientras resuella. Sabe lo que tiene que hacer. Traga saliva. Deja caer el martillo y recoge un hacha del suelo. Entra.



Sale. Con su hacha colgando de un par de dedos. Su paso es tembloroso. Empieza a caminar zigzagueando. Muy lento. Primero un pie y luego el otro. Luego un pie y detrás el primero. El mundo se le nubla. De un hito a otro el universo entero es un lugar demasiado brillante, que daña las retinas; y luego pasa a ser demasiado oscuro y no poder ver nada. A veces no puede sentirse a sí mismo. A veces de repente se despierta y se da cuenta de que ha avanzado unos pocos pasos más sin saberlo. Está muy cansado. Debe llegar a la iglesia.
Quiere que no le hayan hecho caso. Que aún estén ahí. No quiere morir solo. Pone un brazo en la pared dejando una mancha de sangre. Cae de rodillas. Oye una música extraña dentro de su cabeza. Está muy mareado y alucina. Ve colores, brillos y chiribitas; cada movimiento de algo se propaga en su mente proyectando miles de imágenes incomprensibles. Se siente drogado. Apoya su mano y su hacha en su pierna y con tiento se levanta.
Otro paso, otro paso, otro paso… Ve la puerta de la iglesia abierta, distante, a kilómetros de distancia. Hay sangre en el suelo. Seguro que están todos muertos. Ve el cadáver de Hugo y de los demás colgando de cuerdas frente a la fachada. Ya no están ahí. Sigue alucinando. Otro paso, otro paso, otro paso…
Hace zigzags, de una pared a la otra, de un lado de la calle a una piedra; a una farola, o un alféizar. Coge impulso y aliento a cada tramo; como etapas de un ascenso imposible. La virgen María y el niño Jesús le observan desde la calle a su izquierda.
El umbral está oscuro, no ve nada dentro; aún tiene completamente grabadas las llamas en los ojos. Entra como sonámbulo. Se le cae el hacha de la mano. Da otro paso, casi como un zombi. Mira hacia el frente muerto como un zombi.
¡Danko!
Algo pita en sus oídos; no sabe lo que es.
¡Danko!
El zumbido sigue ahí. Mira a la nada buscando respuestas. Vislumbra formas. Tras algo parecido a un banco abandona su refugio algo parecido a una persona yendo hacia él.
¡Danko!
Una voz lo llama, ¿es Hugo?, ¿es Esteban?, ¿es Carla?, ¿es Adán?, ¿es Merlo?
¡Danko! ¡Tu mano!
Es Esteban, y corre. Va a mirarse cuando, súbito, cae tieso como un árbol, de bruces contra el suelo. Da con la cabeza, lo nota porque la vista ha cambiado de ángulo y ahora vibra rebotando. Nadie ha llegado a tiempo a recogerle. No tiene tacto. Todo es un pitido lejano. El mundo se aleja. Mueve el brazo derecho y contempla, sin ánimo, el muñón calcinado y humeante, que ahora tiene… donde debería haber una mano.
Cierra los ojos a descansar…
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