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jueves, 22 de junio de 2017

Caníbales y túneles

HISTORIA DE CRISTINA:
Episodio 1
Episodio 3
Episodio 4
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EPISODIO 2 

Abre los ojos parpadeando en rápida sucesión unos instantes. La cabeza le balbucea imágenes de movimiento. Sombras que eclipsan sombras sobre un fondo de baldosa marrón. Quieta. Ella está quieta. Huele a vómito alcohólico… es su manga y su pierna… ¿Tanto bebió anoche? Hay luces aquí y allá.
“¡Mierda!”, recuerda a Juan borracho cagándola por…
—¡¿Cristina?!   
No, pasó algo…
—¡Cristina!
Tuvo que lidiar con una pelea en el bar de Miguel. Y luego se lio mucho la cosa… ¿fue un disturbio de barrio? Y Juan la cagó con Ainoa… Le pasa la luz de una linterna súbita frente al ojo haciendo que la resaca le abrase las sienes.
—¡Cristina!, ¡tienes que levantarte!
Ainoa… ¡Ainoa!
Sacude brusca la cabeza, con mirada atónita hacia su novio frente a ella, reviviendo en un instante eterno la comprensión de la situación.
—¡¿Qué ha pasado?!
Acostumbrándosele la vista a la escasez de las luces de emergencia, reconoce estar en el hall principal del intercambiador. A la vez, un creciente dolor morado, generalizado y mullido, le saluda para quedarse en su cuerpo; instalándose sobre todo en su nuca, sus costillas y su codo izquierdo.
—¡Menos mal que estás bien…! —a su alrededor hay mucha gente asustada, algunos se han arremolinado cerca de ellos, aunque a un par de pasos expectantes, otros, con ciertas prisas, van saltándose los torniquetes—, ¡…estaba muy preocupado! —Vienen más por el acceso a las escaleras, entre el trote y el paso apresurado.
—Sí, sí, estoy bien… —Se incorpora, temblando primero, como pidiendo permiso al dolor, que por ahora, le concede sin demasiado reproche. Busca a Ainoa —¿Estás bien?
No le contesta. Miguel ha cargado su axila a la espalda y la sostiene, blanca ella como un taxi, con la pierna izquierda hinchadísima, roja de inflamación y sangre seca.
—Creo que sólo se ha mareado un poco… —Miguel.
—¿Ainoa?
La amiga levanta débilmente la cara, revelando las mejillas sonrosadas de llorar y los ojos irritados. Mueve los labios hablando sin llegar a decir nada y luego parece que esboza un intento de sonrisa… El gemelo ha dejado de sangrarle, pero alguien tendría que mirarle esa herida… Debería tapársela al menos.
—Tranquila, no es nada, todo va a ir…
—¡Ya vienen! —grita alguien desde el pasillo de salida.
Entre gritos y tropezones, las treinta o cuarenta personas guarecidas con ellos se lanzan hacia el interior del subterráneo.
—¿Qué hacemos agente?
Conforme gira la cabeza para encarar a su interlocutor la nuca le da un pinchazo agudo y se lleva involuntariamente los dedos a ella, que vuelve a chillarle bajito. Un latino, alto para la raza, entrado en canas, sigue junto a ellos; adelantado a las que, da por sentado, son su mujer y sus dos hijas… ¿menores? Sus dedos se manchan de algo húmedo viscoso…
Sin poder ver exactamente desde dónde, tras la gente que aún va llegando, huyendo cada vez más desesperada, suenan ruidos secos de impactos y gemidos gangosos largos.
—¡Luis!, ayuda a Miguel con Ainoa, ¡nos vamos!
Su novio sigue con rostro preocupado, pero tragando saliva asiente. Ella, con un simple gesto de cabeza, da por incluida a la familia y encabeza el grupo rauda hacia la profundidad.
Gira el cuerpo cada dos por tres… Los extranjeros se les han unido y cooperan en ayudar a cruzar el torno a Ainoa. No consigue distinguir a los caníbales entre los que se van apelotonando en carrera para llegar, pero está claro que son ellos los que vienen… Los mismos que había fuera… ¿Quién es esa gente?, ¿por qué…?
—¡¿Hacia dónde?! —jadea Luis tras bajar las primeras escaleras con la amiga ya del todo desvanecida.
—¡A ver…!
Comprueba los carteles que distribuyen las distintas líneas, deteniendo a varias personas más con ellos, que también parecen pararse a decidir; aunque la mayoría se ha dividido en dos grupos grandes que van en masa en direcciones opuestas, sin parar, dejándolos atrás.
Llegan gritos, vienen de arriba, tal vez de la calle… Son roncos, largos y muy salvajes… casi simiescos… Tiene que decidir. Tiene que decidir. Se acercan gemidos; algo cae rodando por las escaleras… alguien, algo, ¡no lo sabe! Tiene que decidir, tiene que decidir. El codo empieza a abrumarla de dolor. Los gritos empiezan a hacer eco a través de los pasadizos. Alguien más se desploma hasta su altura y se levanta como si no acabara de comerse decenas de escalones.
—¡Cristina! —El primero se acerca.
“¡Decide!”.
—¡Por aquí!, ¡al norte!
Pueden intentar ir a la parada de Bogotá, no está lejos de su casa…
Casi esprintan. Ella va adecuando el ritmo a lo máximo que ve poder sostener a Luis y Miguel. Salvo la familia extranjera, el resto se les han disgregado hacia los grupitos.
Tuercen, bajan, tuercen; no se ve demasiado mal. Los berridos están cada vez más cerca.
Aparecen por el andén. Hay un par de grupos yendo dirección sur ya. Baja de un salto y ayuda a recibir a la herida. Vuelven a cargarla y trotan a la oscuridad del túnel. Luis le pasa la linterna, que vuelve a encender y alumbra el suelo con ella lo más firme que puede.
Va revisando sus espaldas. La oscuridad del tubo es inquietante. Casi están dentro.
Y un gutural alarido inhumano inunda todo calándole en los huesos. Gira, parándose por acto reflejo. Cree que el resto han hecho lo mismo… o no, siente pasos que se alejan.
Un hombre delgado y bien vestido salta de boca, desde el apeadero a las vías, encima del chico más rezagado en la otra dirección. Lo derriba y ruedan brutalmente, chocando con el dique contrario.
El muchacho queda en el suelo, el otro, con un codo dislocado, se yergue un segundo, mira hacia abajo, hacia el cuerpo inconsciente, y vuelve a abrir la boca desmesuradamente. Ruge como una bestia y un momento después, incrusta su cara en el vientre indefenso, mordiendo grotescamente.
Todos los que se habían parado como ella, pero al otro lado, cerca del asesino, corren gritando ininteligiblemente; salvo una mujer madura. Paralizada un instante, al siguiente carga chillando “¡no!” incluso más alto que el enemigo. Quiere detenerla, pero a la vez sus piernas retroceden. El corazón se le acelera hasta dolerle los huesecillos magullados del tórax.
El psicópata se gira, encarándola agachado, gruñendo bien alto. La señora levanta el bolso como para lanzárselo o golpearlo, en pura furia.
Un chaval, desde el mismo acceso que, cree, se abalanzó el otro, cae a su espalda; placándola con otro grito desbocado que se suma a la jauría.
Ve como la pobre intenta ponerse de pie, claramente confundida, pero el otro la levanta él mismo. Con una mano en su cogote y la otra en su cadera, la alza hercúleamente sobre su propia cabeza y la lanza con un arrebato de saña innecesaria otra vez al hormigón, sin jadear de esfuerzo, sin demostrar cansancio… La vuelve a coger y la vuelve a estampar.
La vuelve a coger y la vuelve a estampar; la vuelve a coger y la vuelve a estampar… La madre deja de llorar, deja de berrear, deja de moverse… La… cosa… empieza a comérsela.
Sabiéndose llorar silenciosa, se tapa la boca con la mano que no le duele, tratando de contener todo sonido, y empieza a hacer gestos mientras recula, ordenando retroceder muy despacio, sin ruido, sin ruido…
Otro más de esos hay caído entre andenes y se ha sumado a comer del cuerpo de la segunda víctima.
Está ya totalmente envuelta en la negrura. No encuentra a los latinos por ninguna parte. A su lado sí distingue los bultos conocidos.
“¡La linterna!”. Apaga la linterna con nerviosismo. “¡Clic!”.
“No…”
Uno de ellos levanta la cabeza y la ladea, casi como una fiera animal alertándose. Mira en su dirección. Se pega a la pared, empujando a los que alcanza con el brazo malo para que también lo hagan.
Se acerca. Es el hombre de traje. Empapado de… muerto. Gruñe un par de veces; casi como con curiosidad. Se acerca. Sus ojos se mueven a un lado y a otro mientras avanza… es como si mirasen a través del mundo. Cada vez que se cruzan con ella, siente un abismo en ellos.
No la está viendo, no la está viendo, no la está viendo. Ha entrado en la zona de oscuridad. Vuelve a gruñir. Muy cerca. Lo oye respirar pesado y emitir chilliditos. Casi no puede contenerse de gemir. Cree que nadie más, ni ella, está respirando. Aprieta la linterna preparada para estampársela.
Providencial, llega un eco de exclamación asustada por el extremo opuesto de túnel. El monstruo, sólo silueta en contraste con las luces leves del andén, gira ciento ochenta grados, convulsiona de pie medio segundo como epiléptico y grita tan hondo y próximo que a ella le zumban los oídos.
Se aleja más a saltos que a pasos, rápido como un atleta. Los otros dos han mirado en la dirección del ruido, han mirado al que se les acerca corriendo, y ahora sin parar de escandalizar, se han levantado y corren en la misma dirección.
Respira.
Respira.
La familia está también cerca, más adentro que ellos simplemente.



Lleva algo más de una hora caminando. Respirar le duele de rojo todo el pecho, aunque al menos la nuca se le ha calmado un poco. Al intentar salir en Bogotá se han encontrado el hall con más gente de la que camina despacio y gime, que ha empezado a perseguirlos.
Intentan ir más al norte; llegando ya a Océano de espejos. Ojalá y puedan salir por allí. Ainoa necesita atención médica urgente.
El andén está a la vista. No parece haber nadie…
Se sube la primera junto con el padre extranjero. Entre los dos aúpan primero a la amiga, que habla en delirios mal pronunciados, y luego ayudan a los demás.
Sabe haberse percatado demasiado lenta de un paso a su espalda.
—¡Quieto todo el mundo!
La voz de autoridad hace que se gire instintivamente despacio. Un hombre vestido de militar les apunta con un G36, a unos doce metros de distancia. Ni armada tendría tiempo de reaccionar.
—¡Decid vuestros nombres!
—Soy… Soy  policía… Cristina…
—Enrique…
—…Uriel.
—Miguel.
—Susana.
—Sofía.
—Luis.
—Marisol.
—Ella es Ainoa… ha perdido mucha sangre… necesita ayuda… No puede hablar…
Se hace un silencio tenso de tres segundos.
—Sargento, han llegado otros tres varones y cinco mujeres por el túnel oeste. Están cuerdos… una de ellas herida.
—¿Todos cuerdos? —Llega atenuado desde el walkie.
—Sí, señor.
—Súbelos, te envío a dos más, si intentan algo extraño, dispara.
—Recibido.



Por fin, tras haber ofrecido sus servicios al sargento, puede sentarse y descansar unos momentos… Le tranquiliza saber que arriba tienen un tanque, pero no ha entendido eso de que “algo” no les deja salir… Por el momento, le da igual, solo espera que logren ayudar a Ainoa.
Suspira extrañamente relajada. En el pasillo del metro en el que están hay otros treinta desconocidos, distribuidos a lo largo de los laterales, todos con miradas de incertidumbre y pocas palabras.
Se deja deslizar junto a su chico y abrazada a él, se acurruca en su brazo, besándole la frente sudada… Está muy caliente.
Tiene fiebre.

HISTORIA DE CRISTINA:
Primer episodio 

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