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Zombi Volumen Aurora

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domingo, 11 de junio de 2017

No podéis iros a casa, pero no tenéis que quedaros aquí

HISTORIA DE CRISTINA:
Episodio 2
Episodio 3
Episodio 4
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EPISODIO 1 

Cristina apura los últimos tragos de su copa ya aguada, mientras desvía la mirada, como todos, hacia el camarero que se les acerca.
—Lo siento chicos, no tenéis que iros a casa, pero no podéis quedaros aquí. —Sonríe como buscando complicidad por la broma.
Ella suelta una carcajada breve, aunque ayudada por los calores a que no suene demasiado falsa.
—¡Vamos Miguel! Siéntate con nosotros y ponte una copa. —Juan, abrazando con un solo brazo a Ainoa.
—No puedo, ya me gustaría, hoy me toca cerrar, y como vuelva a llegar tarde y borracho la parienta me echa a dormir al felpudo.
—¿No está Antonio por ahí?
—¡Qué va! Se fue hace más de una hora, por atrás.
—Que cabrón, curra menos que la chaqueta de un guardia.
—Y que vosotros me digáis eso... así va el país.
Ríen todos, esta vez con algo más de sinceridad por su parte. Busca a su chico con la mirada, que le devuelve un gesto de asentimiento fugaz desde sus preciosos ojos azules.
—¡Oye cabronazo!, ya me dirás quién te va a hacer que trabajes tan contento si te metes con nosotros. Dile a Raquel que afloje un poco la correa, anda.
—De verdad, hoy no puedo; si será que no os voy a ver mañana, y pasado y...
—La verdad es que deberíamos recogernos nosotros, mañana entro temprano —suelta bajito, como si hablara con Luis, pero para que todos la oigan.
—Es verdad. Mañana tenías guardia, ¿no?
—Sí, Juan, sí... —Pone los ojos en blanco, si no le recordara ella sus turnos, el cabrón no iría nunca a comisaría... Se apiada de su madre.
Tiene ganas de seguir alargando la velada un poco, sabe que no quedan muchas noches de poder estar a gusto en la terracita, pero hoy en concreto tiene muchas más de poder volver pronto y disfrutar sin agobios de sentir a Luis entre sus piernas.
—Bueno, voy a ir echando a los de dentro... —Miguel hace mutis por el foro.
—Esta noche pago yo, para celebrar la indemnización.
—Ni hablar, hoy me toca a mí. —Ella.
—No, leche, ¡déjame que presuma de cicatriz!
Una luz se zarandea azul-verdosa desde el cielo. Mira por instinto. Eclipsando las farolas de Madrid, que empiezan a titilar unos segundos, una enorme aurora boreal se agita tapando estrellas y luna.
—Os-tia-pu-ta... —Juan.
—¿Qué es eso? —Ainoa.
Mira a Luis sabiendo de su boca abierta y de sus ojos perplejos, mientras señala sobrecogida hacia arriba.
Y de repente, un pitido se incrusta en sus oídos y la cabeza empieza a dolerle con una nitidez de puro blanco y verde. Las tripas se le revuelven y empieza a vomitar rodando hacia el suelo.
Entrevé que el resto han caído con ella y se están retorciendo a su lado llevando las manos hacia sus vientres y sienes. Oye caerse la mesa cercana en la que había otro grupo remolón. Suena estrépito por las esquinas y calzadas.
Todo cesa. No hay luz en el firmamento que no sean los pequeños soles de la calle. Siente un tibio azul tras sus ojos, disipándose rápidamente, como si nada hubiera pasado.
Se intenta incorporar. Luis también lo está haciendo. Ainoa mete un chillido, casi ininteligible, "¡Juan!", desarticulado. Tuerce la cabeza a mirar bajo la mesa, guiada por impulso por los gestos de la amiga.
Juan le ha agarrado de uno de sus finos tobillos en sandalias y está mordiéndola muy raro en la pantorrilla. Hay sangre, ella está forcejeando con las piernas gritando cada vez más su nombre.
—¡Juan!, ¡¿qué coño haces?! —Salta la mesa derribada para ir a agarrarlo.
Un grito muy asustado llega desde dentro del bar y Miguel viene corriendo por el pasillo, chocando contra las mesas.
Algo responde entre las calles. Muchos algos. Chillando en graves y agudos. Casi con chirridos en vez de voz... sin decir palabras, solo gritos por decenas. Y gente, mucha gente, como si de repente hubiera una manifestación escandalosa y generalizada. Los bloques de pisos se pueblan de luces.
Agarra de los hombros a Juan y empieza a tirar hacia atrás, mientras él hinca las uñas en la carne de su novia y la hace caer al suelo llorando histérica. Ve de reojo a su novio recibiendo a Miguel. Dice algo de que se han vuelto locos dentro, sofocado.
Tira con más fuerza.
—¡Juan suéltala!, ¡la haces daño!
De un tirón acuclillada, ejerciendo mucha tensión con las piernas, consigue separarlos, arrancando él una tira de piel de la otra con sus dedos y llevándose todo un pedazo de Ainoa entre los dientes, quien profiere un alarido desesperado. Cae de culo, con Juan abrazado por las axilas. El compañero empieza a retorcerse y gira antinaturalmente el cuello, y la mira. La mira... Sus ojos... Lanza una dentellada hacia su nariz. Nota su aliento, intentando sostenerlo hecha un nudo consigo misma y el cuerpo descontrolado del otro.
—¡¿Qué te ocurre, Juan!? ¡Para ya!
Una dentellada se cierra a un milímetro de su mejilla mientras ladea la cara en forcejeo desesperado.
Una enorme fuerza los levanta a ella y a Juan del suelo. Aprovecha a soltarse escapando de las manos que intentan cogerla y rueda para ir a ponerse de pie unos pasos a un lado. Nunca ha agradecido tanto los poderosos músculos de Luis.
Él coloca a Juan recto, lo aparta de un empujón que el amigo vuelve a acortar andando lentamente y le grita "¡¿Qué coño haces?!".
Luis, con ojos iracundos y sorprendidos, le lanza casi con gesto indignado un puñetazo directo a la boca... Normalmente Juan debería poder hacer un llavero de su novio, él nunca ha aprendido a pelear... pero no hace nada, recibe el impacto de pleno.
Cae de espaldas dando con la nuca contra un coche. Se acerca a su chico que sacude la mano como si se hubiera hecho daño, a voz casi inaudible de "¿Estás bien?". Tiene sangre por los nudillos, con varias heriditas de la marca de los dientes del otro. "¿Qué coño le está pasando?".
Desde dentro del establecimiento vienen dos mujeres y un hombre caminando muy despacio... haciendo unos ruidos de borrachos profundos, como si tuvieran curiosidad. Levantan los brazos ridículamente mientras andan. Oye unos quejidos lastimeros tras ellos.
—No salgáis —ordena, interponiéndose en el umbral—. Soy policía, tenemos un incidente aquí fuera. —Juan va a perder el trabajo por esto, piensa... Mientras, Ainoa no para de balbucear llorosa contra la pared.
—¡Son esos! ¡Se han vuelto locos! ¡Estaban mordiendo a un chaval en la barra por todas partes! ¡Su amigo saltó a defenderle y le han arrancado el cuello!
Los observa. Están a cinco o seis pasos. Sus ojos... tienen la misma mirada inexpresiva, vacía, profunda, que su compañero... Y hay sangre fresca en sus bocas. Gira rápido la cabeza, casi como si Dios le enviara un aviso.
Juan se está levantando, a cuatro metros de ellos. Torpemente, sin decir nada, sólo gruñendo vocales...
Agarra a Miguel del uniforme.
—¿Queda alguien más dentro?
—¡¿Qué?!
—¡¿Que si queda alguien más dentro?!
—¡Creo que no!
—¡Luis, coge a Ainoa! ¡Nos vamos de aquí! —Luis niega con la cabeza, no como si rechazara, sino como sobrepasado, quieto, fijándose en la gente del pub—. ¡Vamos!
Asiente abruptamente y salta a coger a la chica, que se deja arrastrar, llevándose una mano entre quejidos a la pierna que sangra abundantemente. Miguel los acompaña mientras corren hacia la carretera.
Tiene que avisar de lo que está ocurriendo. Mierda, no lleva el walkie encima. Saca el móvil mientras acelera y empieza a marcar el "112", pensando qué decir: "Estamos en las inmediaciones del metro de Paseo de las Carabelas, hay un disturbio generalizado, necesitamos todos los coches disponibles, soy Cristina Uriel, agente número...". ¿Sin servicio? ¡¿Qué coño?!
Trotan todo lo que pueden, ralentizados por el camarero y Ainoa. Tal vez tenían razón los compañeros que se llevaban siempre el arma a casa...
Revisa una y otra vez el entorno en busca de ideas, intentando marcar sin éxito cada segundo el número de emergencias. Hay gente por todas partes, muchos se echan a las calles desde sus casas; muchos se echan desde las calles a los portales. Varios coches pasan como un trueno muy por encima del límite de velocidad. Ve un autobús nocturno estamparse contra el cierre de un ultramarinos reventándose los cristales. Hay gente quieta dentro, y mucha que salta fuera pidiendo socorro... ¡¿Dónde están las sirenas?! Las hay distantes, de ambulancias, de bomberos, de policía... nada parece acercarse. ¿Qué está pasando? Tiene ganas de llorar; están ocurriendo tantas cosas, tanta gente chillando por los suelos, no sabe a qué atender...
Y tanta gente... lenta. En cada rincón. Es difícil distinguirla, se mezcla entre todo el mundo que corre. Los hay que se chocan con ellos y ruedan mientras empiezan a devorarlos. Mire donde mire hay personas comiéndose a personas. Ve sus ojos muertos aquí y allá. Parece que muchos ya han entendido que son la amenaza, y corren hasta acercarse a ellos sin darse cuenta, momento en que salen disparados berreando de miedo; suplicando a veces.
Se queda quieta en medio de la vorágine. Su novio le está gritando algo muy cerca, pero es como si no lo oyera. La boca del metro...
—¡Luis! ¡Trae las cizallas del coche! ¡Ya! ¡YA!
Hay un hombre con los brazos extendidos muy cerca. Se aparta de su abrazo. Le da una patada en una pierna y le pone las esposas, agarradas a los soportes metálicos de un árbol joven.
—¡Vamos!
Luis ha abierto el maletero del coche aparcado en la acera y le trae la herramienta.
—¡¿No nos vamos al coche!?
—¡No! ¡Revienta el cierre del metro con ellas! ¡Vamos!



Comprobando por un momento que tanto él como Miguel estén obedeciéndola, se sube a uno de los muros de cemento de la estación y empieza a gritar a pleno pulmón a todo el mundo de la calle, dirigiéndoles para que vayan a guarecerse al subterráneo. De reojo, demasiado tarde, ve una mujer en camisón y alpargatas que intentando agarrarla provoca que se caiga por el dique a las escaleras de acceso... Entre resplandores de puro dolor rojo y blanco mientras rueda, le llega un flashazo verde al dar contra la pared y pierde el sentido.

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