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Zombi Volumen Aurora

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jueves, 29 de junio de 2017

Por un trabajo...

HISTORIA DE ANTONIO:
Episodio 2
Episodio 3
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EPISODIO 1

¡Maldita sea! ¡¿Qué le está ocurriendo?! Jaqueca muy aguda en las sienes y hacia las fosas nasales, pasando por las cuencas orbitales. Pérdida de equilibrio, pérdida de sentido inminente... Caída, posible traumatismo en el área del escafoides de ambas manos. Pérdida de control sobre los esfínteres a causa del estímulo doloroso... Causas... desco... Desmayo.
—¡¿Antonio?! —Es la voz de Ana.
—¡Joder! —Miriam.
—¿Ana?
Se incorpora. El dolor ha cesado. La habitación huele a ácido clorhídrico y urea. Observa. Ha desordenado imperdonablemente la mesa al caer. El resto del material de laboratorio está intacto, salvo por una probeta rota de sangre en la mesa de Miriam. Ana se está levantando tras la encimera central. Apoya una mano sobre el metal del fregadero y se ayuda a levantarse. Miriam también se está incorporando.
—¿Tú también...? —Ana.
Evidentemente. Todos parecen haber sufrido lo mismo. Causas posibles...
—Sí, sí, ¿os ha dolido la cabeza?
—Sí...
—¡Joder! —Miriam.
Un escape de gas. No. Imbécil. Sumamente improbable que se produzca un desmayo simultáneo... pero el dolor de cabeza sería un síntoma extremadamente raro...
—Miriam, ¿también te dolió la cabeza a ti?
—¿Qué? Sí...
—Gracias.
—¿Qué?
—Perdón, ¿os encontráis bien?
—No lo sé... —Miriam habla con voz aturdida todavía, Ana calla y mira a su alrededor.
Escape de gas descartado. Intoxicación por monóxido de carbono también. La causa debe ser ambiental, y no puede ser biológica. ¿Veneno?
—¿Estás bien? —Ana. Mira sus pantalones.
—¿Qué? —Se mira—. Sí, sí... —Incontinencia... Hay dos charcos de vómito en el suelo. Uno cerca de él, el otro de ella—. ¿Tú?
—Sí, sí... ¿Qué ha pasado?
—No lo sé...
Va a preguntar qué estaban haciendo, pero se detiene. Ya lo sabe. Nada peligroso. Nada remotamente cercano a ese resultado. No ha sido el producto de sus acciones.
—Miriam, descontamina tu mesa.
Suenan gritos en la calle. Se acerca a una de las ventanas. Suenan gritos histéricos en la planta de abajo.
Mira por la ventana. La oscuridad de la madrugada a la sombra del hospital de La Paz le dificulta ver a los fumadores armando escándalo... No es un escándalo normal. Miriam se acerca con él a mirar, Ana se ha quedado quieta en el centro de la sala, como escuchando paralizada.
Abajo, distante, a la luz de la entrada, hay un par de personas forcejeando con una tercera... está en el suelo, sobre otra tendida y que patalea.
—Bueno, ¿estáis bien?, ¿no?
—Sí...
—¿Qué está pasando ahí?
—No lo sé. No importa. Voy a informar de lo ocurrido y pedir que nos atiendan.
Va hacia el teléfono empotrado en la pared y descuelga marcando la extensión interna de urgencias. No tiene muy claro qué describir, más que los síntomas...
—Abrid las ventanas, que se descontamine la sala... —Si hubiera sido un gas... tendría que ser de descomposición rápida... No. No tiene sentido su orden. Que obedezcan igualmente—. Y Miriam, descontamina ya tu mesa.
—Antonio, ¿qué diablos ha pasado?
—Controla el lenguaje. —Miriam pone los ojos en blanco.
—Vale, perdón, qué ha ocurrido.
—No lo sé, estoy intentando informar de que vamos a abandonar el puesto y de que vamos a urgencias.
—Gracias... Ana, ¿cómo estás? —Susurra.
Empiezan a cuchichear. De repente suena un alarido casi bajo sus pies y empiezan a oírse golpes, súplicas y gritos de dolor. En la calle cada vez hay más escándalo. Nadie se lo coge. Oye sirenas, las de las ambulancias aparcadas en el hospital...
—¿Qué está pasando?
No lo sabe. Estallan cacharros abajo.
—No lo sé. No me lo cogen.
—¡Vámonos!, ¡joder!
—Espera. Miriam.
Vuelve a marcar. Nadie responde. Los chillidos se intensifican rápidamente y luego empiezan a desaparecer, convirtiéndose en gemidos... Marca la extensión de la garita de seguridad. Nada.
Saca el teléfono móvil y marca a emergencias para avisar de la situación. Por la ventana puede ver a muchísima gente corriendo. Ana se ha colocado contra una esquina, con la pared en su espalda y las manos apoyadas contra las sienes. Miriam lo observa boquiabierta. No hay cobertura.
—Voy a ver qué ocurre.
—¡¿Vas a bajar?! —Ana.
—Sí.
Sale por la puerta. Las dos chicas parecen dudar un momento y después lo acompañan, andando rápido para ponerse a su altura, un poco por detrás de su paso. Llega a las escaleras. Los ruidos, ahora inclasificables, provienen del segundo, justo por debajo de ellos.
Empieza a andar acelerado. ¿Dónde están los de seguridad? Le duelen las manos, pero no cree haberse llegado a lesionar...
Tuerce la esquina de la escalera y se detiene. A los pies, justo en el rellano de entre plantas, está Marcos, de hematología, reclinado sobre el otro Antonio, jefe de laborotario como él. Yace inmóvil bocarriba sobre un charco de sangre que ha brotado de su costado derecho, abierto y exponiendo sanguinolento lo que casi seguro debe de ser su estómago. Marcos está metiendo las manos dentro de la enorme herida y arrancando vísceras que se lleva a la boca y mastica. El compañero muerto presenta multiples marcas de mordiscos menores ensangrentadas en varias áreas del cuerpo. Marcos, por su parte, tiene una jeringuilla incrustada contra la escápula derecha, y del pasillo a la planta proviene un surco de sangre y cristales.
Miriam grita y retrocede tres pasos en carrera que para abruptamente. Ana le agarra del hombro y profiere bajo un sonido como si fuera un intento de palabra.
El compañero tuerce la cabeza hacia ellos, se yergue y gira lentamente. Extiende los brazos cubiertos de residuos humanos y empieza a arrastrar los pies mientras musita un lánguido "¡ohhh!".
—¿Marcos, qué estás haciendo? —Miriam sube a saltos, gritando socorro.
—Antonio... —Ana. ¿Se refiere a él o al muerto? El apretón de manos contra sus hombros debe de significar que a él.
—¿Marcos? —Repite.
—"Aeehh...". —Marcos.
Nada mas llega al primer escalón, tropieza y cae de bruces, sin interponer las manos. Chocando la frente contra el sexto peldaño. Se le abre en una fisura alargada y rojiza.
—Marcos, creo que estás enfermo. —No hace ningún ademán de acercarse a ayudarlo.
—"Ehhh".
Estira los brazos a un escalón superior mientras hiperextiende las cervicales para mirarlo desnucado, y empieza a arrastrarse tumbado, con gesto inexpresivo, escalando más que gateando las escaleras.
Una mano le aprieta muy fuerte del antebrazo y tira de él. Es Ana. Está llorando e intentando hacerle subir. La mira con fugaz censura y vuelve a encarar al empleado.
—Marcos, intentaré ayudarte.
Se da la vuelta, y sin perder un segundo, con el pulso acelerado, sube dejándose empujar por la subordinada.
Llegan a su piso. Cierra tras de sí las puertas de las escaleras y ordena a Ana que le traiga todas las gomas para transporte de fluidos que haya, mientras él se queda sujetando los cierres. Miriam parece estar teniendo un ataque de ansiedad. El protocolo dicta que la atienda y le aconseje como respirar, pero se lo merece... pero el protocolo lo dicta, pero tiene que sujetar la puerta...
Le traen las gomas. Empieza a enrollarlas a un lado y a otro de las barandillas de apertura por empujón. Ana se ha puesto con Miriam.
Desde la calle cada vez llegan más voces. La mayoría son gritos ininteligibles aquí y allá. Algunos parecen intentar comunicar algo. De repente una mano golpea la puerta con fuerza. Tanto él como las dos técnicos pegan un bote. Marcos gruñe al otro lado y vuelve a golpear. Y ya no cesa.
—Tranquilia Miriam. Respira. Estamos a salvo. Respira. Coge aire... suéltalo... Ya está. Antonio ha cerrado la puerta, no puede pasar...
—¡Antonio está muerto!
—No... no lo sabemos. Antonio, ¡llama a emergencias!
Se acerca al ventanal abierto y saca la cabeza. Hay otros berridos en la noche. A parte de los de la gente... otros. Están furiosos y apenas solo chillan vocales mal articuladas. Empiezan a oírse disparos. Algunos próximos, la mayoría no, solamente como ecos ilocalizables. Ve vehículos estamparse en la autopista. Sale humo de algunas casas. Al otro lado de la carretera, desde las viviendas, parte una estampida de gente. Hay sirenas por todas partes.
—Ya lo he intentado —contesta no sabe muy bien a qué.
—¡Vuélvelo a intentar!
Hay más gente como Marcos. Están por todas partes. Del hospital a su lado también llegan gritos. Casi todas las luces, están encendidas, en contra de la política de ahorro energético, y puede distinguir siluetas moviéndose apresuradas de un lado a otro por las ventanas, aquí y allá.
Saca mecánicamente el móvil. No tiene cobertura. Ah, sí, eso... Marca, lo pone en altavoz y lo deja sobre la mesa para que Ana no vuelva a insistir. Comunica tras un breve pitido. Miriam no ha descontaminado su mesa.
—¡¿Qué hacemos!?
—Ana, vuelve a llamar al hospital, si te lo cogen pásamelo.
Lo que les ha ocurrido a ellos en la habitación está relacionado muy probablemente. La ciudad entera parece afectada. Lo que haya sido tiene un claro componente neurológico. Pero parece que la reacción varía de individuo a individuo, aunque los síntomas claramente generalizados son los de incitación al comportamiento violento... No, no se puede descartar que la causa de diferentes manifestaciones del problema sea ambiental y no biológica. Ellos estaban en interiores... Marcos podría haber estado asomándose a la ventana...
Los contaminantes biológicos son demasiado lentos y tienen una manifestación en periodos más irregulares. Debe de ser químico. Algún agente neurotóxico desconocido. Revisa mentalmente la lista de agentes que está estudiando para su futuro examen. Sí, desconocido. Método de propagación... Sin duda aéreo dada la escala y velocidad. Eso deja únicamente como posibilidad un bombardeo de armas químicas, pese a que la homogeneidad de su impacto sigue siendo intrigante. En ese caso están en guerra.
—¡No responden!
Sí, es la conclusión más razonable. No es incuestionable, pero es defendible. Es correcto entonces que hasta que se presente una autoridad superior con instrucciones, se encargue de poner en marcha él mismo protocolos de emergencia. Un buen servicio podrá ayudarle a hacer méritos para entrar con buen currículum en el CSIC cuando apruebe el examen.
—Ana. Ayúdame. Tenemos un espacio seguro. Los servicios de emergencia están colapsados. Tenemos que identificar cuanto antes el agente contaminante, es probable que la vida de Marcos y las nuestras estén en peligro.
—¡¿Qué?!
—No hay tiempo para explicártelo. Estamos en una situación de crisis. El hospital tiene sus propios protocolos que deberían de estar llevando a cabo ahora mismo. Si nos necesitan se pondrán en contacto con nosotros. Mientras tanto, nuestro trabajo es precisamente descubrir lo que está causando esto y cómo atajarlo.
—¿Esto?
—Sí. —Hace un gesto con la cabeza hacia la ventana, intentando recalcar la obviedad del jaleo y los destrozos que se pueden divisar con algo de esfuerzo. La chica parece tardar en ver nada, oteando a través de él, pero teme que si la acerca a la ventana le provoque una reacción psicológica irracional y poco productiva como la de su compañera... ¿Dónde está Miriam?
—Pero... ¿cómo? —Parece confundida todavía. Él sale al pasillo y contesta desde allí.
—No podemos descartar que el compuesto esté aún en nuestros sistemas, luego nos haremos análisis a nosotros... Pero Marcos esta claramente bajo su influencia. Puede que siga en él o que haya dejado daños en su sistema nervioso. —Sigue golpeando con desgana y fuerza la puerta...
—¡¿Qué?!
—Su conducta es sumamente inusual. Como la de muchos de los afectados en la calle. Tenemos que hacerle pruebas.
—¡¿Qué?! —Esta vez es Miriam. Está en una esquina y ya reactiva— ¿Pretendes abrirle?
—Tenemos que enfocar primero como contenerle, sí.
—¡Ha matado a Antonio!
—A eso me refiero.
—¡Estás loco!
—Si quieres, puedes ir a buscar a los de seguridad mientras Ana y yo nos encargamos de él. Nos vendrá bien tenerles a mano, seguramente vayamos a necesitar acceso al resto de laboratorios...
—¡No pienso permitir que habráis esa puerta!
—Miriam, no vuelvas a alzarme la voz.
—¡Vete a la mierda Antonio! —Es habitual que la gente se vuelva inestable en situaciones de crisis...
—Miriam, cálmate. Ana, ve a por un extintor y a por un desfibrilador del almacén, tengo una idea por si los de seguridad no están.
—¡Que no! ¡No vais a abrir esa puerta!
Miriam corre y se interpone en medio del pasillo. Ana se ha quedado en el umbral mirando.
—No vamos a abrir solos salvo que los de seguridad no puedan asistirnos. Aprovecha las escaleras exteriores para ir a llamarlos; no parecen poder atender al teléfono interno...
—Estás loco... no pienso quedarme a que me ocurra lo mismo que a Antonio... —Pasa muy rápidamente por su lado, en dirección al otro extremo, a la salida de emergencia.
—Miriam, si te marchas sin cumplir lo que te digo, estás despedida.
—¡Que me importa una mierda Antonio! ¡¿No ves lo que está pasando?! Ana. No te quedes con este psicópata... Vente. Tenemos que irnos...
Miran a Ana ambos. Ella les devuelve el vistazo de uno a otro. Y después, susurra muy bajito "lo siento" a Miriam.
—Yo también lo siento... —Abre empujando de las barandillas y sale, a la par que una fresca corriente se cuela en el vacío corredor.



—Ana, por favor, tráeme un extintor y un desfibrilador. Cuando termines, no te olvides de descontaminar la mesa de Miriam. Yo voy a intentar avisar a los de seguridad.
—De acuerdo... —tartamudea.

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