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Zombi Volumen Aurora

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jueves, 27 de julio de 2017

Fuera de la póliza

HISTORIA DE NURIA:
Episodio 2
Episodio 3
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EPISODIO 1

Retorciéndose suavemente en el suelo, con ese extraño placer tenue que queda tras un dolor muy intenso, gira la cabeza alertada por un carraspeo.
Es verdad. Sigue en el despacho. Juan está allí, todavía sentado en la silla, con los pantalones y calzoncillos bajados hasta los tobillos. ¿Qué habrá pensado de ella? Justo tenía que ocurrirle en ese momento... ¿Cuánto tiempo ha estado así? ¿No había una luz extraña en el cielo por la ventana...?
El carraspeo suena más bien como un atragantamiento. Su jefe se zarandea un segundo en el asiento, desequilibrado, y cae, lanzando sin control la silla ergonómica contra la pared. Por la comisura de sus labios se desliza un hilo de vómito amarillento. El hedor que le golpea suave le recuerda el, hasta el momento inconsciente, sabor de él en su paladar; con una repugnancia incluso exagerada. Dada la situación siente algo de alivio de no haber llegado hasta el final.
Juan hinca los dedos en la moqueta y arrastra, con su brazo, todo su cuerpo; acercándose hacia ella, mirándola con un gesto de lascivia envejecida que hasta le asusta... produciendo unos gemidos muy extraños. Tiene que estar arrastrando sus partes por todo el suelo aterciopelado... qué asco...
—¡Juan! ¿Qué haces? ¡Para...
—"Greeehhh".
—...no me encuentro bien! ¡Juan! ¡JUAN!
Justo en el momento en que va a agarrarle de su desnudo tobillo, ella patalea golpeándolo con los tacones en las manos y arrastrando el culo de su ajustado traje hacia atrás.
En cuanto gana un metro y medio de espacio, chocando con la pesada mesa de reuniones privadas, se levanta apoyándose para ganar agilidad extra.
Él se ha puesto de rodillas y la mira con una expresión... No sabe qué significa... ¿es suplicante? es como si la estuviera traspasando...
—Juan, esto es demasiado raro, quiero ir al médico...
—"Ehhhhhh".
Sigue sin decirle nada. No le gusta. Está dejando que la pequeña masa de vómito se le desparrame por todo su hombro izquierdo, embutido en su cara camisa sudada... Dios. Tiene que irse. Corre hacia la puerta negando con la cabeza.
En ella se detiene y observa de nuevo. Él se ha puesto de pie y camina muy despacio hacia ella, como si quisiera abrazarla. No para de balbucear como un suspiro alargado... el vómito sigue secándosele a lo largo de su barba canosa y su ropa... ¡Dios!
Abre casi saltando fuera y cierra tras de sí. Sujetando el pomo unos segundos. Respirando...
En un extremo de la sala está el becario... ¿estuvo allí todo el tiempo? Su cuerpo está ladeado hacia la ventana, pero ahora la observa torcido. Fuera de las paredes silenciadas del despacho se da cuenta de un inaudito escándalo deslocalizado.
—¿Iván?
—Nuria... ¿qué está pasando? —Habla con aliento entrecortado.
—¿Qué?
El otro, sin responder, vuelve a observar afuera, sincronizado con el ruido de una frenada muy brusca culminada en un aparatoso choque.
Se lanza hacia las cristaleras a otear asustada, pero un impacto ronco y potente contra la puerta de Juan la detiene. Ambos miran. Suena otro. Y otro. Y otro...
Iván camina hacia allí.
—¡NO IVÁN! ¡NO LE ABRAS! —chilla histérica.
—¿Qué?
—¡No sé qué le ocurre!
—¡¿Qué le has hecho?!
El otro ahora corre hacia el lugar. "¡No!". Mira hacia su mesa. Sobre ella hay un abre cartas de latón. Se abalanza y lo agarra con ambas manos.
—"Aehhhhh".
—¡Juan! ¿Qué...?
Juan se abraza al compañero y agarra su oreja entre los dientes.
—¿Qué haces...? —empieza con una risita nerviosa—. ¿Juan? ¡Ah! ¡Me haces daño!
Ha empezado a roerle la oreja; brota sangre.
—¡JUAN!
Iván forcejea empujándolo con ambos brazos y, de repente, cede triturada toda la parte superior de su oído, cayéndose de culo entre llantos y berreos. Juan recula un par de pasos y después se inclina dejándose caer sobre el subordinado. Éste intenta interponer los brazos y lo golpea con las piernas. La boca pringosa del jefe agarra la mejilla del otro.
Sabiéndose gritar sin control, pidiendo auxilio, agarra su bolso y sale hacia las escaleras; tiene que encontrar a alguien. Cierra tras de sí con llave en un impulso que nota llegarle desde algún lugar muy profundo de su cabeza.
Empieza a bajar sin detener el escándalo, tropezándose amenazadoramente una y otra vez con tacones y escalones, mientras los alaridos de Iván arriba incluso eclipsan los suyos... Hasta que... hasta que se da cuenta de que no están solos chillando. El edificio puede que esté vacío... pero... fuera... fuera hay cientos de voces. Por todas partes voces, en un caos indiscernible. Cláxones y golpes. ¡¿Disparos?!
Saca el teléfono móvil y llama a la policía; todavía hincándose en la otra mano el abrecartas que no suelta.
El teléfono le devuelve pitidos en la oreja. Vuelve a intentarlo. Vuelve a intentarlo. Se apoya contra la pared del rellano entre el bajo y la primera planta, intentando controlar su corazón, que descubre desbocado, respirando, y vuelve a intentarlo...



Aterrada, como si un pequeño lapso de relativo silencio en los alrededores le infundiera el valor que necesita, desciende los pocos peldaños que le quedan hasta el nivel de suelo. Hace tiempo que Iván calló... No sabe cuánto...
Los ruidos regresan. Estrepitosos... Se esconde en el quicio de las escaleras y otea el portal. La calle vacía se pinta de tanto en cuando por alguien solitario, o un grupito, corriendo en una dirección y en otra... puede ver la Glorieta de Vitoria saturada de coches. Tiene que llegar a su casa, en la Plaza del Levantamiento. Todo lo que puede considerarla su casa. Está cerca... Tiene que hacerlo. Tiene que esconderse allí. Tiene que llegar.
Parte las puntas traseras de sus zapatos e, incómoda por la forma de la falsa suela, acelera hacia el pórtico de enrejado.
Sale del edificio de seguros, golpeándose con el fresco contra sus piernas en medias y cuello desprotegido. A su derecha gruñe una mujer. Empieza a arrastrar los pies hacia a ella, con los brazos por delante... Corre. Atraviesa todos los carriles sin detenerse a nada; siente el aire de un coche pasándole al lado entre pitidos que apenas oye.
Dobla la primera calle a la derecha. Choca con un niño... ¿pequeño? Le suplica que no encuentra a nadie... Lo aparta con una mano y sigue corriendo. Esquiva una pequeña masa de gente en el suelo... intentan agarrarla... corre y tuerce ahora a la izquierda y sigue dando zancadas sobre los adoquines que repican.  Los gemelos le arden. Sigue esprintando.
Lanza una cuchillada a una mano que intenta agarrarla desde el umbral de un bar, apartándola. Los edificios se abren mostrándole el pequeño parque al que distribuye su portal. Corre hacia él.
Desde una esquina un hombre negro ruge con una rabia estremecedora y sale corriendo hacia ella. Rebusca en su bolso sin pararse. Llega a los hierros embrollándose con el llavero. El cuerpo enorme se le acerca muchísimo. Aparta la pesada plancha y trata de cerrar. El impacto del otro contra la puerta le asiste en ello.
Corre subiendo. Descomunales patadas contra el acceso hacen retumbar de ecos todo el descansillo. En la primera planta, desde una puerta abierta, sale una anciana arrastrándose en alpargatas tras ella. Llega al segundo. Ansiosa mete temblando la pieza adecuada en la cerradura y empieza a girarla. Algo revienta en el bajo... La anciana aparece, subiendo los escalones. Uno de los vecinos de enfrente está asomado a su puerta, gritándole algo.
Entra y da un portazo histérico, y se queda apoyada contra la madera reforzada, mientras las lágrimas le resbalan a borbotones por las mejillas.
Segundos, minutos... en algún momento, lanza sus zapatos contra la pared y, descalza, se tira sobre su cama deshecha, y empieza a recordar.
Las personas en la plaza comiéndose las unas a las otras. La enorme masa de gente que se acercaba por la avenida principal al mismo paso vacío... Los coches hechos pedazos unos contra otros. Gente comiéndose dentro de ellos, gente desde fuera intentando entrar en ellos. Los dos policías reventando a golpes a alguien. El niño con un brazo lleno de sangre y torcido extrañamente. Los bares llenos de sangre y cadáveres. Los gritos, tantos gritos... Y el negro... su boca abierta de ira, empapada de rojo... con algo rojo dentro... sin masticar... y sus ojos... sus ojos que la miraban como si nada les importase.
Vomita hacia un lateral mientras no puede parar de temblar.



Abre su armario desnuda del incómodo traje. En él hay unos pantalones de montaña marrón y unas deportivas grises...

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