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jueves, 20 de julio de 2017

¿Vivisección o autopsia?

HISTORIA DE ANTONIO:
Episodio 1
Episodio 3
-

EPISODIO 2

Nada más pone un pie en la plataforma de entramado metálico que es la salida de emergencia, recibe abundantemente dos informaciones. La primera el frío. Leve pero presente. No espera exponerse a él el tiempo suficiente como para que suponga una amenaza, así que es innecesario que busque sus ropas de calle u otras barreras. La segunda, el ruido, mucho menos amortiguado ahora. Por todas partes la gente parece estar corriendo, chillando, luchando, intentando organizarse, pidiendo ayuda, muriendo...
En cuanto va a emprender el descenso escalonado lo sobrecoge un trueno que hace vibrar resonantes las barandillas y suelo que lo sujetan. El apogeo acústico es muy breve, pero deja un eco residual y grave muy prolongado. Instintivamente gira buscando la fuente.
Siguiendo la sinuosa y oscuramente difusa línea de la autopista hasta más allá de su final visible, encuentra una enorme bola de fuego ascendiendo en el cielo e iluminando el humo que la circunda. Su ojo atento no pierde el detalle de otra humareda mucho más consumida cercana a aquella, iluminada gracias al fulgor de la nueva.
Dada la dirección y proximidad, proviene sin duda del aeropuerto... La causa mas probable es la caída de alguno de los aviones... Quince minutos desde el ataque... un tiempo extraño... requiere de mayor meditación concentrada. Ahora no tiene tiempo para ella.
Sacudiendo la cabeza algo sobrecogido, se entretiene en el descenso con la estimación de bajas. Sin duda en la aeronave la tasa habrá sido del 100% y dada la densidad media de pasajeros para ese horario debe de ser de ciento cincuenta, valor medio. A ésta habría que agregarle las bajas en tierra, totalmente dependientes del punto exacto de impacto. Por suerte las instalaciones debían de encontrarse a punto del cierre. En el peor caso de haber ocurrido contra la terminal principal podrían sumarse hasta otros cincuenta más, teniendo en cuenta visitantes, empleados y otros servicios como taxis, policía, etcétera... De las mejores cifras esperables para una catástrofe aérea.
Desde el alfeizar de la primera planta divisa a Miriam, saliendo del aparcamiento de empleados con su coche. Mala decisión tratar de desplazarse en vehículo ante una crisis de caos generalizado... no... definitivamente desde el hospital no existen rutas de carreteras secundarias para la huida. Si desearle suerte pudiera servir de algo lo haría.
Parece que muchos de los coches de empleados han desalojado ya las instalaciones. Uno de los enfermeros jefe del hospital está corriendo hacia uno de ellos. Está claro que conoce estar desatendiendo sus obligaciones. Darle una voz no sería productivo en ningún sentido. Sigue bajando el último trecho que le queda.
Nota una punzada de miedo racional al ir a acercarse al nivel de suelo. Lejos, junto a la puerta principal, parece divisarse una pequeña melé de gente, luchando algunos por intentar salir y otros por intentar entrar...
Empieza a trotar por el estrecho corredor para contenedores que comunica directo a una de las garitas.
Al doblar la esquina la encuentra sin el empleado en ella. Decide acercarse con esperanza de dar con alguno de sus walkies.
Junto a ella hay una mujer quieta al lado del teléfono empotrado. Parece... observarlo.
—Señora... éste área es privada —advierte desde la distancia, temiéndose ya que se trate de una de las personas afectadas; estimando que su riguroso entrenamiento le permitirá correr mucho más rápido que ella de regreso al edificio, que además de mujer, parece algo entrada en edad.
—"¿Greee?".
En efecto. La enferma tuerce la cabeza hacia él con un desarticulado ruido interrogativo y empieza a acercarse arrastrando los pies en movimientos sumamente descoordinados. El daño neurológico se hace evidente ante la presencia de multitud de cristales ahora visibles, clavados a lo largo de todo su pecho, cuello, boca y ojos. Heridas que incapacitarían toda acción a una persona con un sistema nervioso sano. Un coche estampado contra el muro del recinto y la luna delantera hecha añicos son evidencia suficiente de que ella era la ocupante del vehículo.
No va a ser posible contactar con el personal de seguridad, de encontrarse en activo sus labores los habrán llevado a cualquier parte. El sujeto que se le acerca no muestra indicios de ir a iniciar carrera alguna, pero previsoramente, decide hacerlo él regresando.
De vuelta en su laboratorio encuentra a Ana desinfectando la mesa de Miriam, y los solicitados extintor y desfibrilador portatil junto a la entrada. Vuelve a comprobar haber cerrado la salida de emergencia, imposible de abrir sin llave desde fuera.
—Buen trabajo Ana.
—Gracias...
—Avísame en cuanto termines, he de comunicarte el plan de contingencia para atender a Marcos.
—Ya he terminado, solo me queda esperar a que se seque y pasar el papel...
—Bien, pues espera a que se seque y luego pasa el papel...
—Sí...
Se retira a su despacho.
Un avión caído tras quince minutos... el humo más antiguo que había tenía mucho más sentido. Si el efecto del ataque atrapó alguna aeronave aterrizando o despegando y los pilotos sufrieron dolores semejantes a los suyos la caída sería casi inevitable... sin embargo quince minutos después significa que algún agente externo o interno derribara el avión... Tal vez si alguno de los tripulantes se hubiera visto afectado por ese comportamiento violento, justificaría todo con la misma causa... Un momento... aviones derribados. No, el problema es aún mayor... suponen un contraejemplo significativo contra la teoría del ataque por armas químicas de dispersión aérea... Los aviones, no sólo se encuentran parcialmente sellados frente al intercambio de gases, sino que generalmente su presión interior es positiva respecto de la exterior, al menos en las áreas para el personal y pasajeros... Ningún gas debería de poder penetrarlos fácilmente sin haber causado primero brechas en el fuselaje... sin embargo no hay evidencia alguna de acción corrosiva o similar en nada de lo observado... La teoría del ataque gaseoso se debilita. Solamente podría sostenerse asumiendo una causa diferente para la caída de los aviones, que de estar en guerra abierta podría haberla... Si no... El evento debe haber ocurrido mediante un agente diferente...
—Antonio...
—¿Sí?
—Ya está limpia la mesa.
—¿Sólo limpia?
—Está desinfectada.
—Bien —Se levanta—. Tenemos trabajo que hacer Ana.
—De acuerdo...
Sale de nuevo al pasillo y enfrenta con la mirada la puerta tras la cual se distingue el rostro de Marcos. Sigue golpeándola y gimiendo...
—Ana, ¿a estas alturas ya habrás llegado a las conclusiones pertinentes verdad?
—Yo... Lo siento Antonio, ahora mismo me encuentro un poco sobrepasada...
—Bueno, es aceptable, está comprobado que las crisis pueden al afectar a personas al margen de su capacidad intelectual o esperadas competencias profesionales —Ana es buena empleada... Si termina de graduarse no le importaría contar con ella para un equipo futuro. Depende de como se desenvuelva precisamente ahora, no dudará en recomendarla cuando se encuentre trabajando en un mejor puesto.
—Gracias...
—Bien, tenemos que ayudar a nuestro compañero. Si no podemos salvarlo a él, tal vez pueda arrojar luz sobre qué está ocurriendo.
—Sí, lo entiendo.
—Por ahora he concluido que la ciudad y muy probablemente el país se encuentran bajo ataque. Seguramente una reflexión inductiva podría revelar los enemigos más probables, pero aún no la he realizado.
—¿Habla de guerra?
—Sí...
Ella parece asustarse.
—Tranquila, todo evidencia que se trata de guerra terrorista, lo más posible es que el ataque ya haya pasado... ahora hay que lidiar con las consecuencias.
—Lo siento.
—Dadas las diferencias en nuestras constituciones físicas y entrenamientos seré yo quien emprenda la aproximación más física al sujeto...
—Si me dice cómo, puedo hacerlo yo...
—No, eso reduciría las probabilidades de éxito —siente una punzada de miedo—. No me contradigas, por favor. —¿Ha alzado un poco la voz?
—Lo siento...
—Abriré las puertas. Usted se habrá colocado en un flanco de las mismas y a dos metros de distancia por detrás de ellas, con el extintor preparado. Antes habrá realizado una descarga breve comprobando su correcto funcionamiento. Nada más él entre en el pasillo descargará un torrente sostenido sobre su rostro y parte superior por tres segundos, con el propósito de cegarlo. A continuación yo procederé a darle una descarga eléctrica para inutilizarlo. Antes de ello habremos preparado una de las mesas de autopsia del otro departamento para recibirlo, con correas para inmovilizarlo, con el propósito de mantenerlo en paro el menor tiempo posible y proceder a su reanimación. ¿Lo entiendes?
—¿Habla de... de chocarle el corazón?
—Sí. Debes comprender que dadas las circunstancias y nuestros recursos humanos y materiales, ésta es la vía de actuación con riesgos calculados que maximiza los beneficios y posibilidades para todas las partes afectadas. Todos los estudios corroboran que a mayor tiempo se prolongue un daño neuronal más aumentan los pronósticos de que se vuelva crónico, y para ayudar a Marcos y garantizar nuestra seguridad es necesaria una aproximación violenta hacia él.
—De acuerdo...
—Si no logra sobrevivir, garantizo que serás llamada a testificar sobre lo ocurrido.
Ella solamente le asiente.
"Bien, tenemos trabajo". Los preparativos les toman otros cinco minutos. El extintor y las palas funcionan adecuadamente. Tiempo total transcurrido, treintaicuatro minutos. Cada segundo cuenta para el paciente.
Abre las puertas, con los ojos cubiertos por gafas homologadas, minimizando el riesgo de salpicaduras incapacitantes. Da un paso atrás. Ana cumple eficientemente su tarea, lanzado una muy ruidosa salva de espuma a la cara del compañero.
Nada más la nube de polvo blanco inicial se dispersa, revelando la silueta totalmente empapada de un Marcos muy desorientado y torpe, él se acerca, apoyando la herramienta contra su pecho y dejando que se libere la descarga.
El aparato emite su pitido que confirma el funcionamiento y los brazos y piernas del otro se sacuden violentamente derribándolo al suelo.
Se prepara para arrastrarlo raudamente... Marcos se arrodilla y empieza a incorporarse lentamente, como la última vez en las escaleras.
Vuelve a encender el aparato, y esperando tener tiempo para que cargue una nueva electrocución, le apoya las palas esta vez en la espalda, única parte de su cuerpo fácilmente accesible.
El sujeto intenta girarse y atraparlo. Él tiene que irse recolocando mientras aguarda el sonido de confirmación de carga, y nada mas lo escucha, presiona.
Otra vez, Marcos convulsiona un agitado instante estampándose contra el suelo. Y otra vez intenta incorporarse.
Retrocede, la mayor parte del mejungue ignifugo se le ha desprendido ya y se yergue encarándolos. Empieza a arrastrarse hacia ellos. Ana balbucea reculando. Él se da una carrera hasta ella y le quita el extintor de las manos. Vuelve hacia el compañero, que lanza sus brazos hacia él intentando agarrarlo. Esquiva a un lado con un paso más que ensayado y certeramente le golpea con el culo de la herramienta en la rótula...
La pierna del otro empleado se dobla antinaturalmente y cae al suelo. Apresuradamente se hecha en su espalda y agarrándole de la mano derecha, se la dobla contra sus riñones y levanta con gesto marcial su hombro hasta dislocárselo. Marcos no profiere sonido de dolor alguno, solo protesta forcejeando como antes. Repite la misma maniobra contra su otro brazo, liándose solo momentáneamente al tener que invertir las posiciones de sus propias manos.
Marcos solo puede mover con eficacia una pierna y la cabeza ahora, y lo arrastran hasta la mesa de autopsia...



Como cada hora, vuelve a hacer una ronda de llamadas a los jefes de todos los departamentos del hospital.
De repente le responden de oncología. Es Cristina, doctora del departamento. Asume que no se encontrará el jefe en su puesto.
—¿Hola?
—Hola, soy Antonio, jefe del laboratorio de...
—Ah, hola Antonio... —Cree captar un tono decepcionado en la otra que decide ignorar...
—¿Puede informarme de la situación allí?, no he conseguido contactar con el hospital hasta ahora...
—Lo siento... no sabemos nada... Algunos pacientes han empezado a atacar y morder a todo el mundo. El Doctor Sánchez también se encontraba afectado... Hemos conseguido aislarnos algunos médicos y enfermeros con los heridos en los despachos... ¿Qué esta ocurriendo? —Parece muy nerviosa.
—Hemos sufrido un ataque que afecta multisistémicamente al cuerpo. Marcos, empleado del laboratorio de hematología, se encuentra en mi mesa de autopsias. —Ahora es suya al fin y al cabo...—. Fue afectado también... todos sus órganos internos se encuentran con irrigación disminuida que indica muerte reciente y el corazón se halla en asistolia, y su sangre presenta una coagulación demasiado acelerada... Esperamos los resultados de las pruebas que le estamos haciendo a la sangre, pero dada su degeneración seguramente no sean significativas... Pero Marcos... Sigue vivo.
—¿Qué?
—Le recomiendo que inicien un tratamiento de desintoxicación radiactiva en todo aquel que no muestre síntomas neurológicos directos. Tengan cuidado, los más dañados son extremadamente agresivos...
—¿Qué?
Cuelga y se queda mirando al frente. Radiación... es lo único que encaja con los datos y velocidades... No existen antecedentes. Debería volver a llamar y explicarse mejor. Debería...

HISTORIA DE ANTONIO:
 Primer episodio

2 comentarios:

  1. " —Avísame en cuanto termines, he de comunicarte el plan de contingencia para atender a Marcos.
    —Ya he terminado, solo me queda esperar a que se seque y pasar el papel...
    —Bien, pues espera a que se seque y luego pasa el papel...
    —Sí..."

    Ai... qué taraillo está.
    Espera, tarao, quería decir "sociópata altamente funcional".

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