¡Zombi Volumen Aurora llega en un mes!

Zombi Volumen Aurora

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jueves, 3 de agosto de 2017

Volumen Aurora - Capítulo 1 - Libro de Álvaro (Episodio 2)

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Volumen Aurora:
Prólogo
Episodio 1 - Capítulo 1, Libro de Danko
Episodio 2 - Capítulo 1, Libro de Álvaro
Episodio 3 - Capítulo 2, Libro de Andrea
Episodio 4 - Capítulo 2, Libro de Diana
Episodio 5 - Capítulo 3, Libro de Merlo
Episodio 6 - Capítulo 3, Libro de Carla
Episodio 7 - Capítulo 3, Libro de Hugo
Episodio 8 - Capítulo 3, Libro de Álvaro
Episodio 9 - Capítulo 4, Libro de Adán
Episodio 10 - Capítulo 4, Libro de Danko
Episodio 11 - Capítulo 4, Libro de Diana
Episodio 12 - Capítulo 5, Libro de Esteban   
Episodio 13 - Capítulo 5, Libro de Álvaro
Episodio 14 - Capítulo 5, Libro de Hugo 



Capítulo 1 – El precio de sobrevivir
"Todos creen que tener talento es cuestión de suerte; nadie piensa que la suerte puede ser cuestión de talento" – Jacinto Benavente.



Libro de Álvaro
06/10/2012; 02:01 – Madrid
Población humana viva: 6.055.188.837



Se recobra de la peor jaqueca de su vida y pone una mano en el sofá  levantándose, sudoroso y con trazas de humedad en la ropa interior; le preocupa que le haya dolido tanto como para llegar a la incontinencia, pero se alegra de que nadie lo haya visto y pueda conservar la dignidad. Queda convencido de que debería beber mucha más agua de la que bebe. Se lo tomará como una advertencia, pero si se repite irá al médico.
Contempla la mujer desnuda que tiene en la pantalla del ordenador, tocando sus partes íntimas en diferido. No tiene ganas ahora mismo de seguir haciendo lo que estaba haciendo; va a beber algo y mudarse de ropa, sabe que el apetito le volverá pronto.
Álvaro Cid tiene veintidós años; ha crecido con una constitución muy esbelta y algo huesuda, sobrepasando el metro ochenta de altura. Su cabello es largo y negro, peinado lacio hacia atrás; su rostro, largo y anguloso, poblado de una barba parda finamente recortada, posee reminiscencias castizas castellanas en consonancia con su nombre. Viste siempre una mirada suspicaz, de un color indeciso entre el verde y el castaño; así como, a menudo, una sonrisa dentada y burlona. Desde hace bastantes años va aprendiendo con su padre el oficio de joyero, aunque también está estudiando su segundo año de sociología, después de un malentendido con una ingeniería, y se considera una persona astuta, con capacidad para comprender e influenciar a las personas. Es muy aficionado a las investigaciones tecnológicas, la robótica, la ciencia ficción, las series, los juegos digitales y el imaginario asiático; hasta el punto de haber practicado, durante media década de su juventud, el arte marcial del Iaido Kenjutsu para sintonizar con el universo samurái.
Está solo en casa; el trago de Coca-Cola le sabe francamente bien, lo necesitaba y, ya limpio, aprovecha el viaje a la cocina para echar los calzoncillos usados a la lavadora. 
Sus padres, su hermano y su hermana han ido a pasar el fin de semana a la casa del pueblo. Él había tenido dos oportunidades de tener unos días excepcionales y se le habían escapado entre los dedos: primero sus amigos lo invitaron a irse con ellos a disfrutar de un evento de rol en vivo en un pueblo de Guadalajara relacionado con zombis, tema que le apasiona, y declinó. Lo hizo porque, tras haber descubierto que su familia se marchaba de viernes a domingo, pensó que podría aprovechar para pasar un tiempo en intimidad con su novia. Sin embargo, en el último momento, ésta le informó de que le habían puesto un control de la universidad el lunes y que tendría que pasar todos los días estudiando. Ahora ha de contentarse con el porno. Un fin de semana a solas con la shisha y los videojuegos no está tan mal al fin y al cabo. Pretende pasar cada segundo de esa soledad dedicándose a la más absoluta indolencia.
Regresa al amplio salón; diáfano en su centro, con muebles clásicos a los laterales, un minibar a la entrada y el sofá en un extremo, justo bajo las ventanas y frente a la mesa de café en la que ahora tiene instaladas la tele, el portátil y una videoconsola último modelo. Es una habitación muy luminosa durante el día, gracias a estratégicos espejos, y fresca por la noche. Es una gozada poder disponer de ella para sí mismo y “sus actividades”, dado que normalmente, en una casa tan poblada donde comparte cuarto, debe andar mendigando a hurtadillas espacios para tales empeños.
Hay bastante jaleo en la calle. ¿Nunca termina el verano para los quinquis del barrio? Una muchacha chilla muy alto; ya estarán regresando borrachas… Se alegra de vivir en un noveno que amortigua, con su altura, el rumiar del gentío. Se sienta frente al PC. Decide posponer el onanismo, aún algo revuelto por la experiencia pasada, y enciende la consola. Está de humor para competir a espadazos en un popular juego de lucha contra algún oriental que se encuentre conectado a esas horas; y perder con estoicismo, como siempre ocurre cuando se mide contra viciados del este.
Una pantalla de carga del sistema operativo precede a la pantalla de carga del juego, tras la cual, y la introducción de breves comandos por su parte, accede a la ventana de espera de conexión para la partida multijugador: “Buscando oponente…”, “Buscando oponente…”… “Error de conexión”. Sale del menú y vuelve entrar, consiguiendo, al cabo de la molesta espera, el mismo resultado. Contempla la pantalla fastidiado. ¿Estaba pagada la suscripción on-line? Sí, sí que lo está; la había pagado la semana anterior, recuerda.
Cambia de juego; uno de disparos habrá de ser. Tampoco funciona la red. “¡Argh!”. Apaga el sistema y cambia de postura para enfrentar el ordenador. No le apetece ya ese vídeo, prefiere volver a encenderse con otro y clica en el enlace al directorio principal. Tras unos segundos, el diseño de la página cambia drásticamente, mostrando sucinta: “Error de conexión”, y luego en letras más pequeñas información irrelevante. Se levanta y va a su cuarto a comprobar el router, que descubre con una luz roja en el piloto que identifica la señal de internet. 
Así que sólo era eso, se asiente. Llevaba bastante tiempo sin ocurrir, pero no era algo del todo inusual. Lo apaga, espera diez segundos y lo vuelve encender. A continuación, y por orden, varios parpadeos verdes pueblan sus diversas ranuras; pero, fatídicamente, la bombilla de red vuelve a brillar roja. Repite el proceso y se repite el resultado; hasta el momento eso había funcionado siempre, y a esas horas ya no podía llamar a la compañía telefónica. Genial, simplemente genial. Apaga el aparato con la esperanza de que “dejarlo respirar” sirva de algo.
Regresa frustrado y se sienta enfurruñado, de brazos cruzados, en el cómodo pero algo desvencijado sofá, a mirar al techo. ¿Qué puede hacer? ¿Le apetece jugar a algún juego singleplayer?

Pronto enciende inconscientemente la tele en un canal de dibujos animados, visualizando sólo parásitos y ruido blanco. Cambia de programa, obteniendo parásitos y ruido blanco. Pulsa otro botón llegando a más parásitos y ruido blanco… Recobra atención sobre lo que está haciendo. ¿La tele tampoco funciona? Eso es más extraño. Se levanta a reajustar la antena, apostando por que ambas cosas sean sólo una coincidencia, pero tras varios intentos infructuosos lo da por perdido.
Si al menos hubiera mantenido activa la pestaña del vídeo, ya cargado en el buffer; habría, aunque fuera, podido contentarse con él.
“¡Está bien!”, se irá a dormir. Realiza una última e insatisfactoria prueba con el router y se tumba en su cama a tratar de hacer un salto en el tiempo hasta el próximo día. Confía en que por la mañana todo se haya solucionado solo; o que, en el peor de los casos, la compañía que les provee el servicio se lo arregle cuando les llame. Comprueba su teléfono, son las tres menos cuarto de la madrugada; muchísimo más pronto de lo que deseaba acostarse.
Poco a poco, mientras su conciencia va menguando, arrullada por el traqueteo de distantes pero poderosos petardos y algunas sirenas, juguetea con la idea de que todo empezó a torcerse a partir de que le entrara la migraña, y maldice esa coincidencia que le ha traído una muy desagradable y decepcionante noche; ¿también hay helicópteros?, joder… Tiene sueños intranquilos que no logra recordar al alba.
Se despierta con la luz del amanecer; son las ocho pasadas de la mañana. Aún podría bajar las persianas y dormir por bastante más rato. Cierra los ojos media hora más y después vuelve a plantearse la pregunta. No. Ya tiró la noche pasada, iba a sacarle algo de partido al día.
Enciende ansioso el cacharro que tiene a su vera. Casi providencialmente, de nuevo luce en rojo. Se incorpora con la intención de buscar en internet el número de la compañía de telefonía, pero antes de tocar el suelo se percata del absurdo que sería intentarlo. Se enorgullece, sabe que se habría sentido muy estúpido si hubiera llegado siquiera a abandonar su cuarto con esa pretensión. ¿Cuál era el número? ¿El cuatro mil uno? Lo prueba. El teléfono comunica.

Tras darle varias vueltas, se resigna a llamar a un número de información de pago para consultarles la duda. La llamada comunica de nuevo. Comprueba la pantalla de su móvil y se escama al ver que está sin cobertura. Se apresura al teléfono fijo y, nada más descolgarlo, recibe el pitido continuo que significa falta de servicio en su oído. Empieza a inquietarse. Se arrastra somnoliento al cuarto de baño y se refresca la cara; al menos la calefacción aún funciona, piensa cínicamente. Camina hasta el salón y se asoma a la ventana, a la calle trasera, meditabundo sobre qué hacer.
¿A qué podría deberse todo aquello? El teléfono fijo e internet estaban relacionados, así que el mismo motivo que hiciera fallar uno, podría hacer fallar también al otro. En la carretera divisa a un hombre arrodillado sobre otro, haciéndole algo en el pecho. Pero el teléfono móvil no está vinculado a la instalación de la casa, así que no debería faltarle la cobertura; bueno sí, si el problema era tal vez en el lado de la compañía, pero entonces eso sería una avería muy grave… Por la calle a la que da su falsa terraza ve muchísimos coches estampados, contenedores derribados, personas yaciendo en el concreto y algo de gente deambulando pesada en procesión. Aunque la compañía telefónica estuviera irremediablemente rota y no proveyese servicio, ¿eso qué diablos tendría que ver con la tele?, ellos no tenían contratado ningún servicio adicional de televisión, sino que sintonizaban por antena los canales. El bloque de enfrente tiene toda una fachada ennegrecida, de un color sucio a quemado, y aún humea lánguidamente; una pared de una habitación se ha desplomado en añicos sobre el asfalto y queda expuesta al aire, calcinada. ¿Y qué podía hacer ahora? ¿Buscar a alguien que le dejase un teléfono para tratar de llamar a la compañía? Desde el centro de la ciudad se ven ascender verticales, llenando el horizonte, gigantescas humaredas negras; y al noroeste, desde más allá de los barrios, una única y colosal masa de humo más ancha que los edificios que la tapan.
Espera… ¡¿Qué?!
Abre los ojos desmesuradamente y pone una mueca asombrada y deforme, procesando por fin el panorama que tiene delante. Se siente temblar, sus dedos agarran casi dolorosamente la barandilla. “¡¿Qué cojones está pasando?!”.
Escucha atentamente. La ciudad está queda, pero hay algo en el ambiente. ¿Un quejido tal vez? Suena generalizado, suave y grave; y viene de todas partes. De tanto en cuando, petardos lejanos hacen eco retumbante pero tenue, brevemente, y después devuelven el silencio a Madrid. Álvaro mira a la gente congregada, casi en el extremo de la calle, frente a un supermercado. Parecen una turba desganada, golpean rítmica pero parsimoniosamente la chapa de los cierres metálicos, mientras los que están más atrás parecen simplemente aguardar con los brazos extendidos. En los apartamentos más cercanos da la impresión de que sólo quedan cenizas. Hay dos coches de policía, abandonados en medio de la calzada, justo en el cruce con la avenida principal. ¿Se ha perdido todo eso por la noche? ¿Están en guerra? ¿Qué quiere toda esa gente?
Por un portal se asoma tímidamente un joven, con mochila a la espalda y una gorra cubriéndole el cabello; el sol golpea recio aunque no bochornoso las calles. Sale corriendo de su escondrijo tratando de cruzar hasta el otro extremo. “¡Huooo!”: un extraño sonido, infantil y sorprendido, asciende amortiguado hasta los oídos de Álvaro, que contempla incrédulo. Los hombres y mujeres repartidos por el lugar se giran hacia el chico, que va pasándolos, serpenteando entre ellos. De un todoterreno cercano sale una mano aferrándolo del tobillo. Cae de bruces. Saca algo pequeño y afilado de su bolsillo y lo ve comenzar a apuñalar los dedos que lo sostienen, con una agresividad que le sorprende. 
Observa una niña, a lo sumo muchacha, que se agacha tendiendo la mano al apurado, pero con la gorra queda fuera de su visión y él sigue obcecándose en las cuchilladas. La chiquilla toca su hombro primero con la zurda y luego con la diestra, en un gesto parecido a un abrazo. Siente protestar asustado al veinteañero, sin poder descifrar qué dice. De repente la niña lo besa en el cuello, desencadenando un estremecedor chillido de dolor, mira hacia un lado al tiempo que recibe una cuchillada desapuntada en una pierna, su cara y su vestidito de lunares están empapados en sangre. Se cae al suelo y continúa mordiendo, ahora en un brazo. Es arrastrada junto con la víctima debajo del vehículo por la zarpa de antes. Terribles alaridos llenan el cerebro de Álvaro y espantan a un par de cuervos de un árbol cercano; mientras, una docena de personas se acerca y tumba para reptar a meterse también debajo del todoterreno. Los gritos angustiados van atragantándose en llanto y cesan abruptamente en pocos segundos.
De un salto acto reflejo, se mete a esconderse dentro del cuarto, con pavor de ser visto.
Se araña, sin darse cuenta, la mejilla izquierda con los dedos; mientras observa aterrado su mano derecha extendida frente a él, tiritando sin control. Se siente ensartado por la imagen del chico, revolviéndose entre lloros histéricos, mientras era irresistiblemente deslizado hacia su muerte; sojuzgado ante su descuido por una niña incluso más joven que su hermana.

Su hermana… La mano le tiembla. Llama a sus padres fútilmente con el fijo y el móvil. Vuelve a agarrar el teléfono y trata de contactar con emergencias, le suena que, a veces, ese número puede dar señal incluso cuando otros no lo hacen. Nada. “¡Tranquilidad!” Protesta vehemente; ahora mismo se encuentra a salvo, no hay nadie en la casa y la puerta es blindada. Los dedos se le estabilizan un poco. Debe enfriar su sangre, se sabe una persona muy racional cuando lo necesita, es el mejor momento para demostrárselo. Su familia está en Navadalpinar, están juntos, confía en que estén a salvo; deberían estar en el chalet, bastante recóndito en el monte.
Pero empieza a calcular y se preocupa: aunque un problema tan grave hubiera ocurrido solamente en Madrid, entonces no se habrían cortado todas las emisiones. Habría un despliegue coordinado; sin duda los cielos, al menos, no estarían abandonados. Para algo se paga a los militares, ¿no? 

No; lo que quiera que estuviera ocurriendo debía estar pasando a una escala mayor, como mínimo nacional, para que la ciudad pareciese abandonada a su suerte de la noche a la mañana. O como poco debía haber sido puesta en algún tipo de cuarentena muy estricta, incluso de información. ¿Se podía bloquear hasta el acceso a internet? Supone que sí, con el apoyo de las compañías; pero, ¿con qué propósito harían algo así? Esa opción era buena para su familia, pero mala para él, no obstante la encuentra improbable. Si los militares no están aquí, si la policía no está aquí, si ambulancias y bomberos no están aquí, es porque o están demasiado ocupados o han sido eliminados; y si es que están demasiado ocupados, aun siendo Madrid la capital del país, es porque lo que ocurre está ocurriendo por todas partes y no pueden focalizar esfuerzos. Como mínimo, lo que está viendo debe significar un colapso casi total de la nación… ¿Por cuánto tiempo? ¿En sólo una noche?
Ha recobrado el ritmo de sus latidos y el control de sus extremidades. Se levanta a mirarse la cara que le escuece. Pensar con lógica le ayuda mucho siempre a tranquilizarse, siente que ahora, gracias a haber reflexionado brevemente, es capaz de comprender un poco mejor lo que quiera que esté ocurriendo, como si hubiera recuperado una parcela, diminuta, de control. Tiene un lateral del pómulo enrojecido así que decide echarse agua tibia y jabón para calmarlo.
Opta por congelar sus pensamientos y preparar una cerámica de  su cachimba. Más que nunca, necesita fumar. En la cocina, limpia con agua y papel la cacerola de arcilla; elige el tabaco: frambuesa y menta, lo amasa, lo corta y lo coloca con cuidado en el recipiente. Sus amigos habían ido ese fin de semana a jugar un evento sobre zombis… Quiere que esté rica, así que vuelve al salón; coge la botella de cristal, unida al cuerpo cilíndrico de metal por una goma, los separa y retorna a cambiarle el agua, echarle unos hielos y terminar el trabajo. La escena en la calle se le repite a ratos, como una huella en la arena que no termina de borrarse, acariciada por un mar que amenaza en tornarse bravío. 
Coloca dos capas de papel de plata sobre el tabaco y agujerea la película generosamente con una aguja muy fina, acoplada a la misma cajita en la que guarda sus tabacos. Su familia le preocupa mucho, son gente sedentaria como él, no cree que ninguno de ellos esté preparado para lo que quiera que esté pasando; al menos allí tienen algunas armas medievales de colección… se le antoja pueril pensar en eso, y a la vez siente que le daría gran confianza tener una espada a mano, al menos hasta saber más. Encaja todas las piezas del instrumento y se traslada a sentarse en el sofá. Prende un carbón y un fragmento de otro, los coloca sobre el recubrimiento trinchado de “albal” e inicia el proceso de arrancar la shisha con hondas caladas.
Está bien, puede volver a ponerse a pensar… Echa una amplia bocanada de humo blanco, el carbón se enrojece e ilumina conforme aspira. Viendo lo que había visto, son los zombis lo primero que le viene a la cabeza. Muchas veces había fantaseado y jugueteado con la posibilidad de un holocausto zombi e imaginado qué haría en tal situación. Prefiere optar por ser cabal y descartar a los zombis de momento. Expulsa otra informe voluta de tono gris pálido por la boca.
Las comunicaciones e internet habían sido neutralizadas. Eso no podía ser sino premeditado, o tratarse de un gravísimo accidente. ¿Las armas nucleares no tenían el poder de incapacitar aparatos electrónicos a gran distancia? No, los aparatos seguían funcionando, eran sólo las redes las que no funcionaban. No sabe nada de cómo funcionan, más allá de que lo hacen a través de ondas y “magia”; pero decide que seguramente algún aparato, tal vez futurista, podría destruirlas. Si no, habían de estar asentadas en algún sitio; antenas, centrales, satélites… todo eso tenía que ver con ellas; tal vez las hubieran eliminado de una forma más logística y bruta. ¿Serían algo tan frágil como para que si sólo hubiera un problema humano, dejasen de funcionar al instante? ¿Necesitarían de operación humana constante? No cree que eso sea así. Sea como fuere, que hubieran incapacitado las redes de Madrid le inclina a inducir que también habrían bloqueado las nacionales. De ser así, empieza a temerse que cabe la posibilidad de que la escala sea mundial, aunque comprende que es pronto para afirmarlo, sólo es razonable aventurarlo.  Juega echando aritos.
¿El dolor de cabeza que sintió podía tener alguna vinculación? Da rienda suelta a su imaginación y cavila que si un artefacto de ciencia ficción hubiera sido usado para aniquilar las telecomunicaciones, entonces es posible que produjera efectos secundarios en las personas. En ese caso, a más gente tendría que haberle pasado lo mismo. El chico de la mochila… le duele recordarlo. Él y ese muchacho no pueden ser las únicas personas que quedasen vivas o cuerdas, simplemente es demasiado improbable… bueno, ahora sólo él. No, tiene que haber más supervivientes en medio de ese caos; tratando de comprender, como él, qué ocurre. Sería muy útil encontrarlos, pero ha de tener cuidado; la gente también es peligrosa. Agradece al muchacho su sacrificio, al menos le servirá a él para saber a qué atenerse. Pese a descartar que se trataran de zombis, no queda más remedio que aceptar que son enemigos, tal vez locos desbocados, o miembros de algún muy extraño ejército, pero enemigos… Se comportaban tan extraños… le cuesta ahora mismo no abandonarse a tomarlos por zombis, pero se dice que debe ser racional y aguardar más información.
Ante esta situación lo más seguro sería quedarse en casa y esperar a observar cómo van evolucionando las cosas. A lo mejor sus padres aparecen en cualquier momento por la puerta y le brindan esa seguridad que todo hijo encuentra en sus progenitores. No, tiene madurez suficiente como para comprender que eso no va a pasar, al menos pronto. En cualquier caso esperará. Tiene tabaco y carbón para un par de semanas, y alimento para… Se levanta y va a la nevera y la despensa. Un paquete de galletas abierto y otro sin abrir, dos botellas de Coca-Cola, ambas a medias, y dos pizzas congeladas; así como un poco de chorizo, un pack de arroz, medio cartón de leche e indeseables manzanas de su madre. Bueno, un par de días, tal vez un par más si descubre cómo interactuar con el arroz. Su plan original para esos días era haberse ido alimentando de pizzas y “guarrerías” que hubiera ido comprando. El súper está al lado de su portal en caso de necesitar de bajar… Espera que no se encuentre en las mismas condiciones que el que ha visto por la ventana.
En el bloque hay muchos vecinos. Alguno tiene que estar en casa también, podría buscarlos y pedirles ayuda… Ve muy arriesgado salir a buscar apoyo con la poquísima información de que dispone. En esos momentos, lo que más seguro le hace sentirse es la gruesa puerta, con plancha interior de acero, que lo separa del mundo. Pero estar a solas en esas circunstancias lo asusta igualmente. Cómo agradecería que su novia hubiera ido a pasar esos días con él. “Oh Dios… Marta…”. Se atraganta fumando.
Él sabe de sobra que no es ni un superviviente, ni un hombre de acción ni nadie preparado para una crisis real no dada en un entorno digital, controlado por un mando a distancia; pero sabe que ella es, si cabe, aún más zoquete que él en ese aspecto. Cínicamente, piensa que, por desgracia, viven demasiado cerca como para no tratar de ayudarla y protegerla.
Piensa en tratar de telefonearla, pero decide no seguir insultando su propia inteligencia con vanas esperanzas. Cambio de planes: habrá de salir a buscarla, así que ahora debe poner todo su modestamente privilegiado intelecto a trazar la mejor estrategia para hacerlo. Jamás se perdonaría no haber ido al menos hasta su casa y después descubrir que le había pasado una tragedia que podría haber evitado. No es una idea lógica ni racional, no es inteligente ni, desde luego, buena para optimizar su supervivencia, sino un deber, una idea del honor, de la hombría y del corazón; y esas son cosas que también respeta.
Traga saliva, tira el carbón al cenicero y se levanta, con más talante que convicción, poniéndose a deambular por la casa, para ayudarse con sus pisadas a meditar cómo proceder a continuación. Mira el reloj, son escasamente las diez de la mañana y en menudo berenjenal se encuentra. “Esto va a ser problemático”, se sonríe a sí mismo, sin saber si reír o llorar.
Realmente, bajo la fachada de autoengaño, que se sabe estar creándose, está muy preocupado por ella, no para de imaginársela ahora sola, en medio de alguna calle, acorralada por esas personas queriendo hacerla daño. Lo más lógico es que siga en su casa; encerrados ella, su hermano y sus padres, a salvo… pero quién sabe, él no presenció cómo empezó todo esto; tal vez en plena confusión y caos, como han dejado testimonio los coches, los destrozos, los cadáveres y los ¿locos?, mucha gente se lanzase, a saber con qué propósitos, a las calles… ¿a buscar ayuda, refugio o a tratar de huir?

Con estos pensamientos se mete a la ducha. Quiere salir corriendo ya a por ella, pero lo primero que ha asumido es que, incluso si es pensando por ella, si quiere maximizar las posibilidades de ayudarla, debe ir mejor preparado, con una estrategia. No digamos ya pensando por su propia seguridad. Bajo el agua realiza algunas deducciones:
Si la gente ha salido perdida a las calles, lugares como hospitales, comisarías e incluso estaciones de bomberos habrán sido centros de conflicto. No sabe si los enemigos seguirán en aquellos sitios; si al final se trata de zombis, por lo que las historias que ha leído de ellos cuentan, desde luego, precisamente se habrán multiplicado allí. Si no, puede que se hayan marchado, pero lo más cauto sería evitarlos igualmente. Por el poco tiempo que ha pasado, los supermercados, farmacias y otros puntos de distribución de bienes prioritarios estarán siendo ahora o serán pronto nuevos centros de peligro, aunque supone que la peor parte ocurrirá en unos días. Piensa en el que hay en la calle de atrás, con los cierres echados y esos hombres golpeándolos. ¿Qué otra cosa podría haberles llevado a hacer tal cosa que ser atraídos por objetivos potenciales? Imagina entonces que debe de haber algún grupo de personas allí dentro encerradas. No se tiene por un héroe, lo primero será ayudar a la gente que le importa, que ya bastante poco preparado está para intentarlo, como para buscarse más problemas ¿El de su calle estará igual? Le gustaría muchísimo que su casa tuviera alguna ventana con ángulo a su propio portal. Diría que le estaba sacando partido a la asignatura de “gestión de crisis” que estaba cursando, pero por ahora estaba echando mano del sentido común y no de algún manual interiorizado.
“Supongamos que se trata de zombis”, piensa secándose. En ese caso, las cosas debieron irse de madre en torno a las dos de la madrugada. No es verosímil que un grupo de pacientes cero haya propagado la enfermedad a ese nivel en tan poco tiempo. Aunque fuera de transmisión aérea, y hubiese algunos inmunes ¿cómo él?, ese ritmo de propagación sería imposible. En su calle debía de haber lo menos un par de docenas pululando, y por las vías de acceso juraría que también divisó desde la ventana otros deambulando; pero no recuerda claramente. No, aun con vectores de transmisión por mordisco y aire y un tiempo de transformación de cero segundos, no podría parecer todo tan desierto en esas escasas horas. Cabía pensar que su zona fuera una especialmente afectada, pero no había sonidos de sirenas, no parecía haber actividad en ninguna parte, más allá de algún tiroteo de esos que había confundido con petardos. La ciudad les pertenecía en demasiado poco tiempo. Si eran zombis el contagio tenía que haberse producido en masa y deslocalizadamente… No conocía de ninguna ficción que hubiera sentado tales precedentes. ¿Podría ser una enfermedad portada de forma latente, activada de golpe de alguna manera? ¿Algún vector ubicuo como… ¡el agua!? Recientemente él sólo había estado bebiendo Coca-Cola… Mira la ducha y traga saliva; se cruje el cuello tratando de deshacerse de la idea, ya se ha lavado cara y manos varias veces y no le ha pasado nada, pero prudencialmente no beberá agua corriente. Lamenta no haberse quedado a mirar por si el chico que acribillaron bajo aquel todoterreno se transformaba…
“Supongamos que no son zombis”, prosigue desnudo frente al armario, tratando de decidir qué ropa es la más adecuada. Debe darse prisa, ella puede estar en peligro; pero los minutos que se tome planificando ahora serán seguramente los más valiosos de todos después, puede merecer la pena estirarlos aun contra sus instintos. En ese caso toda esa gente agresiva viene de alguna parte. Si son enemigos, alguien debe haberlos distribuido, igual que si se trata de locos. ¿En unas horas? Demasiado improbable, descontando el hecho de que nadie cuenta con un ejército tan numeroso, prescindible y extravagante; y vestían ropas de paisano. Aunque no sean zombis deben de ser de algún modo gente local afectada, o por algún control mental mágico o futurista, o por alguna patología genética manifestada de golpe por algún agente ambiental, o alguna enfermedad que tiene cierta capacidad de contagio. Sea como fuere, es de suponer que uno puede verse también influenciado, y la transmisión aérea no hay razones suficientes para descartarla, lo más conveniente sería no abandonar el hogar, pero en caso de hacerlo lo mejor será minimizar el contacto con absolutamente todo el mundo: 
Si, por ejemplo, se tratase de algún tipo de control mental, podría haber gente lúcida detrás de lo ocurrido; que hayan inutilizado las telecomunicaciones apoya esa idea.
En paralelo ha estado sopesando los pros y los contras de las piezas de ropa que tiene ante él. Se introduce en unos pantalones vaqueros negros bastante ajustados, pensando en dificultar que puedan agarrarlos; además su tela es dura y espera que le pueda brindar cierta protección. Se calza unas botas de montaña gruesas, que sujetan y protegen por completo el tobillo y parte de la espinilla, por considerarlas óptimas para movimientos hostiles y protección, aunque con cierta indecisión frente a unos zapatos con punta de acero que no cubren el tobillo. Cubre su torso con una camiseta de manga corta, ágil y de algodón que absorbe el sudor, y sobre ella se  coloca una chaqueta vaquera “rockera”; pese al calor que pueda darle, servirá de capa de defensa extra y, si no es capaz de regresar a casa, lo abrigará algo por la noche. Cuando salga la cerrará pensando en minimizar de nuevo la posibilidad de agarres. Observa sus brazales protectores de plástico endurecido de los tiempos en que entrenaba; definitivamente va a usarlos, incluso con la incomodidad que acarrean. Mira también una bufanda tipo pañuelo, de tres franjas, una negra, otra blanca y otra roja, que hace eternidades que no se pone si no es como ornamento atado al cinturón. La llevará consigo por si acaso necesita cubrirse la boca, y tal vez pueda servir de cuerda improvisada, pero mejor la arrebuñará en la mochila cuando la prepare. Muy a su pesar, se quita los varios pendientes que recorren su oreja izquierda. 
Mochila… ¿Debería llevar comida? No quiere ir cargado, pero valora que puede encontrarse sin poder volver fácilmente así que opta por algo ligero y energético: las galletas. Echa Coca-Cola en una botellita de medio litro y la suma al bolso; ha escogido uno de cuero, compacto y con dos correas duras para llevarlo a la espalda, pequeño pero generoso en bolsillos; cuanto más pequeño sea menos probabilidades hay de que le obstruya el movimiento o se lo enganchen. ¡Llaves de casa!, muy importantes como para olvidarlas; para adentro que van. La bufanda también. Sigue pensando. Empieza a estar bastante inquieto. Va a su caja de herramientas y coge un punzón, unas pincitas de artesanía, unas tijeras de chapa y un martillo con un lateral dentado para desclavar. Las primeras dos pueden servirle para forzar una cerradura, no está entrenado en el oficio, pero sabe la teoría de cómo hacerlo y alguna vez ha practicado. Las segundas son herramientas versátiles que se le ocurren oportunas. Finalmente guarda en su bolsillo una navaja multiusos bastante profesional; es de esas personas que saben para qué sirve cada módulo de los que porta.
El equipaje está listo; ahora le queda pensar en qué armas llevarse; aunque lamenta no tener mucho por casa. Tras un vistazo rápido a la cocina y su habitación, se decanta por el cuchillo para cortar jamón, largo y liviano, algo quebradizo, pero con buen filo; espera que le sea más o menos igual de cómodo que el tanto. Realmente en sus clases de katana casi siempre practicó con bokken, un palo de madera sólida cilíndrico, con guardas talladas asemejando una espada real; pero alguna vez sí que utilizaron cuchillas de verdad, nunca unos contra otros, de entre las cuales la más ligera y pequeña era el tanto. Jamás ha estado, de hecho, involucrado en una pelea real con nadie, fuera del entrenamiento; y sabe que no puede conocer cómo reaccionará llegado el caso, pero espera que la imagen que tiene de sí mismo como alguien capaz de defenderse sea verídica. Cavilando un momento más, añade también un cuchillo ancho; no sabe muy bien cuál es su funcionalidad culinaria, pero espera que el grosor extra le confiera robustez, y que le pueda ser útil en movimientos cerrados. Cuelga ambos del lado izquierdo de su cinturón; si tuviera más minutos que gastar les fabricaría una funda improvisada, pero espera que apretándose la hebilla no se le desprendan al andar o maniobrar. 
Justo al ir a llegar a la puerta, observa el paragüero y le acontecen unas revelaciones que considera brillantes. Primero engancha un largo y ancho paraguas entre la mochila y su propia espalda, y al comprobar que le reduce movilidad se decanta por uno casi igual de extenso, pero mucho más corto. Cree que puede servirle como un escudo de usos limitados. Luego regresa al cuarto de baño y recoge en su saco un bote de laca, uno de desodorante y marcha hasta la shisha, de donde incorpora a su inventario el mechero de tipo soplete que utiliza para prender los carbones. ¿Podrán combinados, como en las películas, funcionar a modo de lanzallamas caseros? Lo prueba. La laca casi le prende el sofá haciéndole sonreír malvadamente y con sorpresa por un instante; el desodorante es algo más decepcionante, pero puede quemar igualmente. 
No cabe perder más tiempo. Apremia rumbo al recibidor y se detiene frente a la mirilla; todo cuanto atisba es una nada negra sobre un fondo negro; su pasillo es estrecho y no está conectado a ninguna ventana o tragaluz. Pone una mano en el pomo y lo hace descender lentamente. Con un ruido seco, la madera choca contra los cierres… Se encuentra rebuscando en su mochila para poder abrir, cuando un golpe romo le hiela el aliento desde el otro lado, mientras un rugido ronco y agudo, atragantado, empieza a escucharse atenuado. Otro golpe hace vibrar la pared… y otro… ¿Ya? Pues sí que ha llegado lejos. Vuelve a estar temblando, enfrentado al desganado retumbar. Echa raudo la cadena de seguridad; la estructura no parece estar siendo dañada, aunque los impactos se notan cargados de mala fe.
¿Y ahora qué puede hacer? Lleva su mano derecha al cuchillo más alargado, pero la detiene antes de agarrarlo. Vuelve a mirar entre confundido y paralizado a la salida; otro golpe lo devuelve del ensimismamiento. Con semblante decidido termina de destrabar su única barrera, y, aún con la cadena puesta, abre.
La fuerza de la plancha deslizándose lo desborda sin contemplaciones, derribándolo de culo al suelo; chocando estrepitosamente al alcanzar el límite del seguro. Una mano se ha colado por el quicio y se zarandea vigorosa pero torpemente, apuntando de forma vaga en su dirección. Parece un brazo huesudo y femenino; puede verlo parcialmente cubierto por una blusa azul oscuro, con el borde de la manga empapado en sangre seca. Un cierto hedor, a bilis y cuarto de baño, llega desde la escalera. Se marea de la impresión, y de un arrebato, empujándose como un sapo, placa con el hombro la puerta. Ésta aplasta momentánea pero reciamente el brazo intruso, rebotando y quedándose entornada de nuevo.
Apoya sus botas contra el muro, manchando de gris la pared con la suela de su zapato, empujando con toda su espalda. El paraguas se le incrusta entre los omoplatos, pero es por completo incapaz de lograr que se cierre, el hueso y el músculo polizontes son demasiado resistentes y no muestran signos de ceder en su empeño de agarrarle, pese a estar siendo presionados de aquella forma. Consigue apartarse justo a tiempo de notar un dedo rozando su hombro. “¡Guarrg!” es todo lo que repite una y otra vez su interlocutora.
A metro y medio de distancia del peligro contempla cómo la mujer intenta entrar temerariamente por la escasa ranura que queda entre el umbral y la puerta sostenida por el cerrojo. Ve el rostro de su agresora, encajándose por el quicio. La reconoce; es Malva, su vecina de al lado, una señora de unos cincuenta años que vive con su marido, sin hijos que él sepa, aunque algunas veces había visto niños pequeños por el pasillo. Ella lo mira con ojos secos y dilatadísimos, de mirada profunda y vacía; tiene los labios retraídos enseñando toda su amarillenta dentadura y suelta rabiosos bocados al aire, como si lo amenazase con su garra huesuda extendida en un ángulo contorsionado hacia él. 
Una y otra vez se sacude, ya atrancada sin poder avanzar ni retroceder, ha conseguido colar el cuello dentro, desgarrando su oreja derecha, que ahora se exhibe parcialmente arrancada, sangrando un líquido lodoso y negruzco, con trazas rojizas.
“¡A mí que no me jodan, esto son zombis!” Mira aterrorizado y sorprendido la escena, pero no del todo incrédulo… No tiene toda la información, pero si esa es la amenaza, entonces es uno de los escenarios menos malos posibles para él, de entre los que temía poder tener que enfrentar; pero hasta estar seguro, extremará precauciones. Nota mental rápida, no dejar ni que te toquen; que otros realicen los estudios empíricos sobre el contagio, él no va a hacerlo.
Sabe que va a tener que enfrentarse a ella, pero es su vecina… En las ficciones no existe cura para los infectados, pero matar a alguien, encima a quien conoce, sin saberlo… Empieza a valorar opciones para reducirla dañándola lo mínimo posible. Divaga hacia las ficciones, ¿qué probabilidades hay de que algo así se haya hecho realidad? Definitivamente tiene que haber algo más detrás de todo. Recuerda un programa de internet en el que se aisló y engañó a una persona para que también creyera que estaba en medio de un apocalipsis “zeta”; pero Álvaro estaba en su casa, con cuchillos y muchos otros objetos peligrosos como el lanzallamas que se había fabricado. Sería desmesuradamente ilegal y arriesgado como para que se tratase de una broma bien financiada. No, ese no podía ser el caso; su vecina era, por lo menos, algo parecido a un zombi y tenía que hacerse cargo de ello.

Ahora mismo es un objetivo fácil, debe hacer una prueba. Desenvaina el cuchillo jamonero, se coloca a sólo unos centímetros de la persistente pezuña, que más excitada ante su cercanía, ha empezado a abrirse y cerrarse compulsivamente tratando de tocarlo. Levanta el arma con ambas manos, tuerce la cabeza y cierra los ojos contritamente, en un gesto compungido; y finalmente, con más asco y remordimiento que verdadera intención, la hace descender con fuerza.
El tajo se detiene en los huesos, habiendo cortado entre los dedos de la señora, y el filo queda atascado. Álvaro lo suelta y da un bote hacia atrás, descerrando los parpados sin querer hacerlo. Nada ha cambiado; la víctima no ha proferido ningún quejido y aún continúa tratando de alcanzarlo, con el cuchillo medio atravesado y zarandeándose con los propios movimientos de la mano. Aunque ahora sus dedos índice y corazón, aún en su posición, cuelgan inertes y ya ni se cierran ni se abren. Por la hoja metálica se desliza una fangosa y lenta pulpa de un granate muy oscuro.
“Dios…”. Sí, sí es algo parecido a un zombi: insensible, estúpido, agresivo, hambriento; incansable… ¿Eso es ahora su vecina? ¿Eso va a ser él tarde o temprano?
El pulso le late a ritmo de motor y la visión se le llena de chiribitas, está muy mareado y tiene ganas de vomitar. Sale corriendo al cuarto de baño y expulsa el escaso contenido de su estómago, si es que aún hay algo más que líquido amarillento. “Piensa”. “Piensa… ¡Joder, piensa!”. De repente, pese a su estado psicológico, le vuelven a la cabeza los dos dedos muertos que dejó su ataque. Algo de información ha obtenido; serán seres insensibles, e imposibles para la racionalidad, pero parece que conservan aún limitaciones biológicas; si algo es cercenado, no puede moverse. ¿Respirarán? ¿Usarán su estómago o su corazón? En las ficciones no lo hacen, pero eso va más allá de los límites de la lógica, tienen que hacerlo, supone. Aunque esa sangre era tan espesa… Vuelve a marearse y a revolverse en arcadas.
Siente que ha asimilado demasiado rápido que mucha gente es ahora como su vecina; se sorprende de haber llegado a esas conclusiones en tan poco tiempo y ahora, como un vórtice del que quiere salir desesperado, no quiere escuchar los golpes en el recibidor; no quiere mirar por la ventana… Si sólo le hubiera tomado más tiempo comprender, podría haber preparado su mente; pero sobre todo, haber visto tan temprano a su vecina, una persona que conoce, en aquel estado… ha sido un golpe inesperado; y su inteligencia ha jugado en contra de su cordura esta vez. Pero su novia le necesita. “Me necesita”, reza incorporándose a duras penas.
Sale y recoge a la vuelta un par de alpargatas de su padre, abiertas por delante. Contempla. El cuchillo ha caído finalmente al suelo en un charquito grumoso, frente a la pierna introducida. Así que, definitivamente, ni siquiera tienen interés por usar las armas a su alcance. “Sólo quieres mi carne, ¿eh?”.
Se acerca y, calculando la trayectoria, encaja una de las suelas en la mano del zombi; sujetándola brevemente por los dedos para que encaje, deteniéndose después a cerciorarse de que haya quedado bien sujeta. Cuando se siente seguro se pone a su alcance. La mujer le asesta un zapatazo torpe en la mejilla, haciéndole recular. No ha dolido mucho; parece mucho menos peligroso que sus dedos, y sobre todo que sus uñas… ¿infecciosas?
Recoge el cuchillo recibiendo otro par de guantazos en la nuca, nota al zombi mucho más inquieto ahora que están tan cerca. Con sus ojos en perpetuo hieratismo, en verdad le transmite toda la angustia por devorarlo que, cree, está sintiendo. Debe probarlo; no tendrá, sabe, otra ocasión tan fácil. Con la mirada muerta él también, tratando de no pensar lo que está haciendo, extiende el brazo rápidamente y le apuñala dos veces el pecho, supone que en el corazón. Nada ocurre, más allá del fluir viscoso y leve de sangre a través de la blusa hendida. Se asombra de la escasa cantidad que ha brotado; lo que sea que tiene delante no está vivo y le azota ahora el brazo con la zapatilla, tratando de alcanzarle inútilmente una dentellada, medio ahorcada contra la plancha.
No sabe de medicina, ni de anatomía; pero dos puñaladas en el torso así incapacitarían a cualquiera, sienta o no dolor. Sus órganos deben de serle inútiles. A los zombis se les mata en la cabeza… pero no tiene coraje para comprobarlo. Su vecina es un zombi, pero él no va a matarla, de nuevo… Demasiado duro ha resultado ya acuchillarla; ¿y si se hubiera muerto?
Con todas sus fuerzas, lanza una coz para empujarla fuera. El golpe da certero en su vientre, expulsando la pierna de su casa, pero no tiene fuerza para desatorarla de donde se encuentra. Vuelve a intentarlo; siente como algo cede y cruje en el cuerpo de ella, pero nada cambia, más allá de recibir, él, otro alpargatazo vengativo.

Mira valorando opciones y, con un plan en mente, tensa los músculos y se prepara…
Empuja con ahínco la puerta para liberar tensión sobre la cadena, ganarle espacio y, ya con libertad de movimiento, la descorre desatrancando su única defensa. Pega un salto hacia atrás a tiempo de ver la madera estamparse de un portazo contra el gotelé.
Ella entra con el pelo enmarañado, vestida en su prenda de andar por casa, las piernas y los pies desnudos e, inconfundible para cualquier friki de los zombis, un mordisco enorme marcado en un costado. Va con paso constante aunque lento, casi como si arrastrara cada pierna en un espasmo suave.
Él desenfunda su paraguas, lo estira y se prepara para recibir fuerza, posicionando una pierna avanzada y la otra retrasada como acto reflejo, igual que le enseñaron en Iaido. Ella es muchísimo más fuerte de lo que esperaba, y chocando contra la tela de su “escudo”, tratando de rodearlo con los brazos, lo arrastra por el pasillo. Él, perdiendo distancia, agarra el mango con ambos brazos y, aplicando muchísima tensión en la cadera, gira propulsándola por el corredor hasta haber invertido posiciones. Con libre acceso ahora a su cuarto de estar, situado justo a un lateral de la entrada, suelta la herramienta y corre a por una silla; regresando con ella agarrada por el respaldo. Se lanza a la carga como si de un tridente se tratara y engancha a su enemigo con los brazos entre las patas, derribándolo al suelo y casi siguiéndolo en el proceso.
Se pone de rodillas en el asiento para que su peso le ayude a contener al casi cómico oponente. Éste ha lanzado ambos brazos a los lados de su jaula y con uno lo golpea, pero con el otro está hincando las uñas en su pantalón; por suerte, sin atravesarlo.
Pronto le coloca la otra chancla en la mano que todavía tenía libre, del mismo modo que antes, y el monstruo queda impotente, contenido bajo él, zarandeándose sin tratar de realizar ninguna maniobra calculada, sino sólo intentando levantarse a fuerza bruta. Y esta fuerza es muy superior a la que Álvaro imaginaba, que se ve obligado a cargar todo su peso para que no lo levante. Sigue pensando y termina de urdir el último detalle de su maniobra.
Se aparta de la silla permitiendo que la vecina comience a incorporarse lentamente y va hasta la cocina a por una bolsa de basura. Con ella en la mano, vuelve corriendo y bruscamente se la echa encima de la cabeza, introduciéndose temerariamente dentro del área de los brazos del monstruo, que espera sean ahora inofensivos. Enrolla en su calavera muy rápido el exceso de plástico y, abrazado, tira de las correas de cierre del saco, anudándolas rápidamente con un nudo de doble lazo.
Caen ambos al suelo, él está encima de ella, que no le deja levantarse, tratando de morder a través del tejido morado. Él mira hacia un lado y, comprobando que tiene espacio suficiente, comienza a cimbrear buscando rodar; cuando nota haber cogido impulso suficiente comienza a girar desbocado, enrollándose ambos como si de un baile se tratase.
Nada más nota que la potencia de la presa cede, gatea chocando con la pared y se aparta incorporándose. El “bicho” queda atrás, cegado y anulado, zarandeándose en todas direcciones como un gusano, tratando de levantarse sin lograr coordinación suficiente para ello.
Él está resollando del esfuerzo; lo agarra de los pies y arrastra por el pasillo de su casa sin contemplaciones, hasta la enjuta terraza de su cocina, donde lo abandona y cierra la puerta tras de sí.
Corre al rellano. Su bloque es isométrico en cada planta a partir del portal. El cuerpo principal es un vestíbulo con el ascensor centrado, opuesto a las escaleras construidas en ángulos rectos, sin espacio de cortesía central, conectando, con cada revolución, cada planta. A los laterales del recibidor hay dos puertas de madera con cerradura, horadadas en el medio y decoradas con cristal espeso y apenas translúcido; que distribuyen sendos pasillos, ahora tenebrosos. Cada uno de estos corredores interiores da acceso a dos viviendas; una con entrada al extremo contrario al vestíbulo central y la otra en la pared opuesta del ascensor, como es el caso de su casa, en el último piso del ala derecha. 
Desde la penumbra se detiene a observar; la luz que entra desde su piso ilumina suficientemente el lugar como para entrever. La puerta que da a los espacios comunes tiene el cristal reventado. Al otro lado la vivienda de sus vecinos está abierta de par en par; suena algo de ruido desde dentro, como quejidos cochambrosos. Corre sin pensarlo hacia allí y, nada más alcanza el pomo, tira con saña sellando lo que quiera que haya dentro.
Se deja caer deslizando la espalda por el cemento. No logra terminar de recobrar el aliento; no por el cansancio, sino por los nervios. ¿Todo ha salido bien? Mira de frente y piensa lo que tiene por delante. Ni en sueños va a utilizar el ascensor, si es que funciona, así que va a tener que pasar por delante de todas y cada una de las casas del bloque para poder llegar a pie de calle.
Debe seguir. Recupera su equipo, el paraguas y el arma de nuevo en el suelo, mientras oye golpeteo desde la cocina; se asoma a comprobar que todo sigue como lo dejó, sin atreverse a entrar en la sala.
Llega al vestíbulo entre las dos alas del edificio. La puerta de enfrente está cerrada y silenciosa, permitiéndole respirar aliviado un momento. Fija la atención en los peldaños que descienden y concentra todo lo que puede su oído, atento a cada crujir que rompa la quietud. El aire llega hediondo y saturado, con un olor a desechos humanos, pero también a algo más sutil que no consigue identificar.
Suplica por no encontrarse con nadie más; entiende que no puede hacer el mismo esfuerzo con cada posible enemigo, pero no se siente con empaque para matar a ningún vecino.
Como si portarlo en la mano pudiera ayudarle a reunir valor para ello, desenfunda el cuchillo más alargado y comienza a caminar, con él asido nerviosamente. Pone mucho empeño en pisar ligero, bajando cada escalón apoyado en la barandilla para amortiguar su peso, muy despacio, como temiendo que el suelo vaya a quebrarse a sus pies si perdiera el tiento.
Antes de darse cuenta, ha doblado la esquina y puede otear en la penumbra la octava planta. Una puerta está abierta aunque entera, la otra cerrada. ¿Debería encender la luz? No quiere poner en guardia a esas cosas. Se acerca hasta el peligro por la pared y se asoma al corredor. Está oscuro y no puede distinguir si los hogares que oculta están expuestos. Cierra con muchísimo cuidado y el leve “clic” de la cerradura le enerva y acelera el pulso de puro pavor. Permanece inmóvil unos segundos sin respirar, escuchando como si la vida le fuera en ello, de un modo tan literal que jamás lo habría imaginado. Suelta el aliento.
Da media vuelta y continúa su marcha. Frente a él hay una silueta negra. Pega tal bote que sólo su inconsciente le salva, en el último momento, de chocar contra la madera a sus espaldas estrepitosamente. El hombre está al otro lado del cristal contrario; éste es denso y gracias a ello y la iluminación pobre sólo se distingue su contorno. Álvaro tiene la boca en posición de grito y siente que le debe unas cervezas a la parte de su cerebro que sea que haya logrado evitar que chille. Si llama su atención, el vidrio es seguro que no lo contendrá, y por cómo está de quieto, se la jugaría a que es otro zombi. No sabe si está de frente o de espaldas. Se pega todo lo que puede a los escalones y trata de cruzar sin entrar dentro del posible campo de visión de la cosa; caminando todo lo despacio que necesita para asegurarse de no producir el más mínimo crujido.
Cada pisada se le hace eterna e insoportable de miedo; cuando por fin llega a poder reanudar el descenso, debe reprimir el deseo de comenzar a trotar histérico. Pasito a pasito se aleja hacia la séptima planta.
Ésta tiene las dos puertas cerradas y todo parece en orden. “Menos mal”. Tuerce sin aligerar precauciones.
La sexta planta también parece segura. No se ha cruzado con el ascensor en ninguna de ellas; el numerito electrónico indica que se encuentra en el piso cero. Uno de sus pasos produce un tenue sonido pegajoso; mira al suelo. Está empapadísimo de algo entre líquido y sólido. Busca más concienzudamente, y encuentra: 
En una esquina hay un hombre tendido en el suelo. No sabe qué hacer. ¿Irá a convertirse? ¿Lo estará ya? ¿Seguirá vivo? La idea de darle la espalda le preocupa. No se atreve a hacerlo.
Acorta distancia hasta él; cuchillo en mano, notando a cada sigilosa zancada el leve esfuerzo extra por tener la suela llena de aquella sustancia adherente. El charco se extiende como un rastro hacia él. No oye ninguna respiración, ningún gemido como los de la calle, ni los gruñidos roncos a que se enfrentó en casa.
—¡Oye…! —susurra temeroso, erguido sobre él y convenciéndose de lanzar cuchilladas a diestro y siniestro nada más algo brusco ocurra, con un tono tan bajo que ni él mismo se siente casi.
—¡Oye! —repite tan sólo un poco más alto, después de volver a haber hecho acopio de valor.
Le da una patadita. Le propina otra algo más fuerte. Se reclina extendiendo el brazo y apartando el cuerpo para tocarle una mano. Con la yema de un dedo nota que apenas está tibia. 
Roza su rostro y lo encuentra húmedo. Una grima infinita lo recorre.
Saca el cuchillo más grueso. ¿Podrá hacerlo? Lo apoya en su sien y respira hondo y rápido; cierra los ojos para no ver la silueta entre sombras. Carga su peso en sus codos y deja que la gravedad haga casi todo el trabajo. El filo produce un tenue y muy característico sonido a carne siendo penetrada. Un escalofrío de algo similar al asco, pero mucho más vívido, le recorre y le congela la sangre.
Recupera el arma; espera que lo que acaba de hacer tenga algún sentido. El cuerpo sigue en su sitio… descansando. Vuelve a coger el tanto sustituto y guarda su daga de cocina, alejándose con lágrimas reprimidas.
Quinta planta; su calzado, aunque ya seco, se ha vuelto ligeramente más ruidoso. Todo parece algo tranquilo aquí también, pero distingue multitud de cristales por el suelo, reflejando pobremente destellitos de luz en varios ángulos. Ya no hay tanto silencio; unos gemidos lúgubres pueden oírse muy amortiguados. No parecen estar a su altura, sino aún más abajo. Las vidrieras de las puertas de ambos lados habían sido rotas. ¿Debería intentar entrar a los pasillos para cerrar las posibles casas abiertas?, ¿y si lo rodeaban? Pero, ¿no sería aún más peligroso verse obligado más tarde a hacer ruido y que lo atacasen desde arriba, mientras tratara de solucionar los problemas que se hubiera encontrado? Ya había dejado a un zombi, no demasiado neutralizado, en otra planta…
Toma primero la entrada a su izquierda. Inevitablemente su andar despierta evanescentes crujidos de la miríada de añicos que hay desparramada. Ya en oscuridad absoluta lamenta no haber cogido una linterna. Podría volver… Su novia… No, hacia adelante. Cuchillo por delante palpando, llega al umbral de la que sería su casa si estuviera en ese nivel. La puerta está entreabierta y entra algo de claridad. Con sumo cuidado tira de ella cerrando, aunque con un ligero portazo al tener que vencer la resistencia de la cerradura.
“¡¿Huooo?!”. Frente a él, alarmantemente cerca, algo acaba de emocionarse sorprendido y ha comenzado a arrastrar los pies. No puede verlo. Vertiginosamente pega una carrera en la misma dirección que el ruido; reza porque su oído no le haya engañado midiendo distancias. Extiende la mano a la altura a la que cree que debería estar su objetivo. ¡Sí! En un gesto intrépido, poniendo toda su fuerza y velocidad en el empeño, ha logrado agarrar el pomo de la entrada; aún más ágil, da unos pasos atrás, sellando a lo que quiera que hubiera ahí al otro lado de la plancha blindada. Había calculado que, dado el poco espacio que quedaba de pasillo,  la “cosa” debería de encontrarse dentro de la vivienda. ¿Tal vez hubiera salido de una y hubiera logrado entrar en la otra?
Una serie de golpes romos contra la estructura comienzan a traquetear, acompañados de un casi inaudible balbuceo gorgoteante. Ahora está habiendo mucho ruido; se preocupa por el otro pasillo justo al tiempo de escuchar de nuevo “¡¿Hueee?!”, “¡¿Ahoo?!”. ¡Ahora son dos! Y no consigue ubicarlos.
No habiendo dado por perdido totalmente el sigilo, pese a lo que los incesantes manotazos a su espalda se empeñasen en contraargumentar, se lanza de puntillas al vestíbulo. Mira recto; nada viene por ahí, aún. Tampoco ha sentido romperse nada sobre él, la octava debe de estar demasiado lejos como para que, al menos todavía, se haya alertado el “inquilino”. Carga tratando de evitar pisar los trocitos por el suelo, en la medida de lo posible, hasta alcanzar el nuevo pasadizo. Al borde de las sombras se detiene un instante y apunta la oreja hacia ellas. No oye nada y lo toma como señal para adentrarse. Una puerta está milagrosamente cerrada; la otra, a cambio, de par en par. Con muchísimo cuidado, esta vez usando ambas manos, una como tope para graduar la fuerza, la vuelve a colocar cerrada, muy sutilmente.
Un fuerte y seco impacto, con timbre de mármol golpeado, hace eco en algún lugar a sus espaldas, cayéndole como agua fría por la nuca. Se vuelve con vehemencia preparado para atacar, pero no hay nada. Lentamente camina hasta asomar la cabeza afuera; los bramidos son bastante intensos y por encima de su cabeza se entona otra exclamación sorprendida. “¡Mierda…!”.
El susurro monocorde y quejumbroso se acerca, subiendo, acompasado por el insistente llamar a la puerta, de pesadez casi gatuna. Divisa una cabeza que aparece doblando la escalera. Un hombre desconocido va tropezando con cada escalón, pero apañándoselas para mantener una velocidad de crucero suficientemente preocupante. La luz del tragaluz entre plantas lo ilumina lo necesario para ver que va vestido de traje, cual comercial de enciclopedias. Sin signos de daño, ofrece un aspecto impactante; todo él, y especialmente la cara, cuello y pecho, está empapado de sangre roja y seca; y no parece suya. Su mirada está dirigida hacia el rellano del que proviene el golpeteo, y desganadamente parece querer llegar hasta el lugar.
Encima, en algún lugar, se rompen cristales…
De repente, otra silueta se muestra. Va por el suelo, apoyando las manos en los peldaños para tomar impulso; parece que una y otra vez trata de encorvarse e incorporarse con las piernas, pero que el desnivel lo obliga a tropezarse y continuar de aquel modo su patético ascenso. Es un chico joven, vestido en chándal, con el pelo muy corto y castaño. Tiene vastas heridas abiertas por todo el cuerpo y la ropa destrozada, con el costado derecho completamente consumido, exponiendo subrepticiamente, entre girones sanguinolentos, la espina dorsal. Dentro de sus pantalones cuelga algo abultado y húmedo; su pestilencia lo alcanza. Lo reconoce, es un chaval del edificio, aunque no sabe de qué hogar…
Se lleva las manos a la boca para tratar de contener cualquier ruido, aunque ni siquiera sabe qué quiere salir por su garganta. Retrocede sin levantar los pies, al abrigo de la negrura, superficialmente consolado de que no van en su dirección, pues ahora su mente sólo quiere llorar. Ese adolescente había sido devorado vivo hasta el hueso. ¿Por el otro, al que ahora acompañaba como aliado? ¡No era justo! ¡No podía serlo! ¡Cómo una criatura a la que le habían hecho eso podía, ahora, verse obligado a engrosar las filas de aquellos que lo habían torturado! Se encuentra al borde del shock. Totalmente paralizado.
Primero uno y después el otro pasan por delante de él, ambos ya erguidos, en sentido a la casa cerrada. Contempla masoquistamente la enorme ausencia en el cuerpo del zombi, que revela fragmentos del costillar y la columna, así como a saber qué órgano, asomando escuetamente, también mordisqueado.
Lágrimas insonoras de ira, de miedo, de impotencia y de autocompasión resbalan por su mejilla entretanto ellos desaparecen también y, brevemente después, empiezan a atacar con la misma apatía la entrada a la vivienda de enfrente.
Con un estrépito insoportable en el intermitente silencio, retumbante como un terremoto, algo se desploma rodando, golpeándose secamente. Después de un momento de calma acongojada por las nuevas exclamaciones sorprendidas, se sucede un nuevo despeñamiento y, con gran energía, cae derrapando hasta el centro del vestíbulo un zombi, por las escaleras de arriba. Supone que aquel que abandonó en el octavo infierno.
Ha quedado tendido en el suelo, con el brazo absolutamente dislocado bajo su espalda, mirando boquiabierto al techo y con un pie del revés. Los anteriores reaparecen y se quedan junto a él pululando unos segundos, tras los cuales regresan hacia la fuente constante de ruido. Él sigue mirando escondido, sin espíritu para hacer nada.
El zombi que se acaba de desplomar le resulta también familiar, aunque no es capaz de ver sus facciones, y ahora está incorporándose, no demasiado torpe. Después, arrastrando el pie torcido y con una extremidad colgando inerte, se suma a los otros.
La desesperación lo invade. ¿Siquiera podrá salir? Debe recobrar el coraje, pero sólo quiere quedarse allí, arrebuñado en sus rodillas… “¡Piernas, moveos, están de espaldas!”, “¡Joder!, hemos aprendido mucho de esto que hemos visto. ¡Moveos!”. No le obedecen.
Cierra el puño izquierdo, como si quisiera amenazar a sus piernas con castigarlas pero, como si supieran que no se atreverá a hacer ningún ruido, se ríen de él en su insubordinación.
“¡Moveos!”, “Por favor… me necesitan”, suplica en ficticio soliloquio. Eso tampoco funciona. Los zombis… ya no tiene reparo en considerarlos como tales, la lógica ha escapado de su cráneo y saltado por su oreja al suicidio; sin embargo, estertórica, sigue ilustrándole: los zombis se guían como polillas por estímulos. Unos atraen estúpidamente a los otros si no son capaces de diferenciarse, aunque parece que ellos mismos no se interesan entre sí, sino por la actividad que producen. Y dado que sigue vivo, no deben de tener sentidos extraordinarios, la oscuridad los ciega también. Parece razonable deducir que su olfato y oído tampoco son sobrehumanos. También es coherente pensar que están limitados biológicamente a sus órganos de los sentidos, de algún modo. Y sobre todo, que cuando no hay nada que les llame la atención, apenas se mueven sino que sólo aguardan. ¿Habrá un límite a su paciencia? A parte del ruido, ¿qué otras cosas les provocan?
Divagando, sin haberse percatado, se ha puesto en pie, algo tembloroso. “¿Así que esta es la única forma de convenceros, eh? Daros algo a lo que agarraros. Os entiendo…”.
Acaparando valor mientras se decide a salir, con la respiración incontrolablemente más profunda de lo que desearía, reza por que al menos lo ocurrido haya servido para atraer, a todos los que hubiera, a ese lugar. Espera poder darles esquinazo en silencio y olvidarse de ellos; que su propio ruido los ensordezca a sus leves movimientos. “¡Mierda!” Los cristales… no puede salir de allí sin pisarlos. Sería imposible que no se oyera el crujido a esa distancia.
Solo tiene una opción y no está seguro de que funcione. Descuelga su mochila y se quita la chaqueta. En el quicio, seguramente ya visible, con muchísimo cuidado la coloca en el suelo, como un islote entre él y el inicio de la escalera. Ahora en manga corta, con las protecciones en los antebrazos, pero los codos y parte del bíceps expuestos, vuelve a colocarse las cosas. Los botecitos dentro del saco han tintineado medio segundo. Se sorprende realmente del muchísimo ruido que hacen todos sus movimientos, tan cargado de cosas sueltas. Pese a ser casi inaudibles, en aquel silencio y con esa tensión, desearía poder fusilar inclemente cada uno de sus sonidos. Por suerte no parecen haber llegado a captar la atención de nada.

Llega el momento de la verdad y de tragar saliva. Pisa despacio sobre la chaqueta. “¡Cric!”. Algunos cristales han crujido amortiguados. Los golpes de este lado se han detenido un segundo, pero ante un nuevo aporreo por parte del que sigue encerrado, vuelven a escucharse. “¿Eres tonto?” “¡Cuenta!”.
Allí quieto, con un pie fuera y otro dentro del umbral, se detiene y empieza a acompañar el ritmo del golpeteo con una mano. ¡Es casi regular! ¡Puede anticiparlo! Se sincroniza agitando muy suavemente el cuchillo…
¡Ahora! “¡Pum!, cric”. Los dos pies en la chaqueta y todo sigue igual. ¡Ahora! “¡Plas!, cric”. Ya está medio fuera; espatarrado con las piernas muy separadas. ¡Ya! “¡Bam!, cric”.
Lo ha logrado; con las manos en la barandilla, respira muy rápido bocanadas cortas y quedas. Nota muchísima presión y le zumban los oídos. El corazón le galopa en el pecho, acelerado súbitamente ante el riesgo, ahora relajándose. No se atreve a recoger la chaqueta, inseguro de poder arrastrar cristales que chirríen. Descanse en paz, chaqueta favorita.
Desciende, desciende, desciende. Escalón a escalón, apoyándose con ambas piernas en el mismo antes de continuar al siguiente.
La cuarta planta está llena de sangre, sobre todo en una de las esquinas… pobre muchacho. Con las puertas de acceso a las viviendas totalmente abiertas. No puede haber nada allí, habría salido ante aquel ruido, no va a acercarse a comprobar las habitaciones esta vez, por si despertara la atención de algo. Se para a escuchar precaviéndose. Sólo nota los ruidos que ha dejado atrás. De la curva para continuar bajando se ve proyectada en la pared algo de luz rojiza…
Redobla el cuidado, asomándose sólo con un ojo a la tercera:
La puerta más cercana, la izquierda, está en su sitio, cerrada. La derecha está arrancada de las bisagras y yace desplomada en el suelo, en otro infierno de cristales. Eso le inquietaría si no estuviera helado por el ascensor: la gruesa puerta de chapa está partida, llena de abolladuras; ha sido descuadrada y devastada a golpes, doblada y atravesada ahora en el hueco expuesto, que ilumina la estancia con los pilotos rojos de emergencia. Se acerca evitando las virutas, y se asoma. Ve el techo del elevador detenido varias plantas por debajo, cree que en el bajo. “¡¿Qué cojones ha pasado?!”. En la superficie metálica de la caja que tiene a la vista hay una proyección de sangre muy coagulada y negra. ¿Han reventado la puerta de aquella forma esas cosas?
Muy despacio, se aleja y mira el pasillo que está desprotegido. Hay tendido algo en el límite de lo visible. Más cerca, ve que es un hombre bocabajo. Le han estampado la cara contra el suelo hasta la muerte y tiene la nuca descuartizada irregularmente a dentelladas. Esas dos plantas tienen un hedor a sangre que, sin ser denso, ha ido calándole la nariz y ya no consigue quitárselo de encima; era el mismo olor, más nítido, que notó desde que emprendió aquel periplo.
Prosigue, no hay marcha atrás. La segunda planta está entera. Una de las puertas se encuentra abierta de un modo humano. La cierra. Empieza a poder percibir el mismo murmullo ubicuo que llegaba a su terraza.
La primera planta tiene mucha más claridad, de la luz que se filtra desde el portal. Está abierta pero sin signos de nada extraño. Asegura ambos lados: tira de todos los pomos, pero no es realmente necesario, todo está en su sitio.
“Bueno, esta ha sido la parte fácil”, se sonríe, “ahora toca la calle”. Con paso algo más despreocupado, sin llegar a ser ruidoso, termina de bajar. La luz que entraba habría delatado cualquier sombra humana en el lugar. 
El descansillo del edificio muestra signos de caos y pelea. Hay varios espejos rotos, una mesa que antes poseía un jarrón decorativo tirada en el suelo y éste hecho pedazos de porcelana por el piso, y trazas de sangre en algunas paredes y baldosas. Pero no queda un alma. El ascensor, cerrado, se encuentra presente allí, y a su espalda unas escaleras que conducirían al rellano del garaje, custodiado por una puerta de chapa sólida. Nada que temer desde esa dirección, espera.
Ahora, por fin, hay mucha luz. Tiene los ojos desacostumbrados y prefiere tomarse un momento. De un vistazo rápido comprueba que, afortunadamente, no hay nadie enfrente de la celosía acristalada que lo separa del exterior, al menos.
Jamás se le había hecho tan eterno bajar su escalera. Siente como si acabase de vivir una odisea. ¿Cuánto tiempo habrá pasado? Se reprocha la irresponsabilidad de no haber cogido un reloj. El teléfono móvil, que había dado por inútil, lo había dejado abandonado en su salón.
Tal vez no hubiera sido tan mala idea haber cogido el ascensor, visto lo visto. Pulsa el botón para comprobar que funcione. Los motores, bastante silenciosos, cierran y abren las planchas correderas con leves sonidos mecánicos y de chapa.

“¡Graaaaarg!” Gutural y agudísimo, inhumano y desgarrado; un chillido prolongado retumba y reverbera haciendo vibrar las barandillas. Nace desde debajo de la máquina, en algún lugar al nivel del garaje. Alguien corre iracundo. Sigue gritando descontrolado. Unos segundos después, mientras Álvaro permanece inmóvil, con todo su cuerpo en tensión… “¡Bum…!”, “¡Bum, bum, bum!” Algo golpea con fuerza desmesurada la puerta del garaje. No puede verla pero escucha claramente el impacto romo contra el metal, y al pasar los segundos, los golpes se vuelven mucho más rápidos sin perder intensidad. La voz sigue chillando y rugiendo al son de los impactos. Parece como si estuviera tratando de derribar la puerta al otro lado en un cabreo inarticulado e histérico. Sin poder oírlos por el escándalo, supone las exclamaciones de los zombis en las plantas superiores.
No sabe qué está ocurriendo, ni qué es esa cosa, pero no tiene intención de quedarse a averiguar si es capaz de tirar la puerta, sobre todo teniendo en cuenta el estado del ascensor en la tercera planta y que seguramente ya estuvieran emprendiendo su descenso las criaturas abandonadas escaleras arriba.
Corre hacia la luz tibia de octubre, de nuevo revolucionado por el miedo, incrustado en su piel como si se hubiera duchado en él.
Pulsa el botón de apertura situado en la pared. Duda mucho que sean capaces de abrir puertas convencionales, menos aún aquella; así que implora por que los barrotes forjados del pórtico de su edificio les constituyan, especialmente al monstruo del sótano, una celda inquebrantable.
Con un chirrido desengrasado sale al pavimento, asegurándose de cerrar tras de sí. La cristalera decorativa que cubría los resquicios entre el metal de la celosía está por los suelos a trocitos.

“¡¿Huooo?!” Debe correr y mucho; no tiene intención de darles la oportunidad de rodearlo. “Nota mental: recordar pisar lejos de los coches…”.
Sale al trote y a ciegas, desde su casa sólo pueden verse las calles aledañas por la ventana, pero no la de acceso al portal. Nada más poner el pie fuera y mirar a su izquierda, salta y rueda algo torpemente hacia el otro lado. Una mano de mujer ha tratado de agarrarlo. La maniobra ha sido un tanto exagerada, pues el peligro no estaba tan cerca como para no poder haberse apartado en carrera, pero el susto de la silueta a escasos dos metros de distancia ha hecho que sus músculos reaccionen más rápido que su cerebro. Ahora le duele un poco el hombro.
Justo a su vera, de la misma dirección de la que venía la señora, está el hipermercado de su calle. Éste, a diferencia del que podía divisarse en la vía trasera de su edificio, no tiene una congregación de zombis frente a sus cierres, por suerte para él. Se pregunta dónde estarán los dueños chinos del establecimiento; los tópicos racistas dicen que viven y duermen en sus negocios… ¿Serán verdad?, ¿se habrán parapetado dentro?

La calle está bastante desierta; hay dos accidentes de tráfico bastante próximos, justo en el medio, y apenas seis zombis repartidos en las cercanías; aunque a lo lejos, en la dirección que debería tomar, puede ver varias siluetas más que parecen no haberse dado cuenta todavía de su presencia. Tirados en el suelo hay tres ¿cadáveres?, completamente abandonados, surcados de mordiscos y con algunas vísceras expuestas… No cree ir a poderse acostumbrar a esa clase de escenas; procura no mirarlos demasiado.
Los muertos vivientes han empezado a caminar en su dirección; por ahora sólo la mujer anda cerca y confía en poder esquivarlos, el espacio libre aún es generoso.
Durante su largo descenso a través de los nueve infiernos algo ha evolucionado en él: ha tenido tiempo suficiente como para pensar sin verdaderamente reflexionar sobre ello; ha entendido que no puede salir vivo de ésta teniendo contemplaciones o remilgos hacia esas cosas; no desea acabar como su vecino… Prepara el cuchillo. No quiere hacerlo, pero sabe que debería luchar, probar a enfrentarse a uno ahora que no está en una muy mala situación. Tiene bastantes metros hasta los siguientes. ¿Está preparado para matar a alguien?
Con las dos manos en posición, carga hacia el frente y, confiando en sus reflejos, espera a que ella trate de agarrarlo con ambos brazos para dar un bote a un lado, apoyar todo su peso en el pie derecho girando sobre su propio eje y usando la inercia para lanzar el corte. El movimiento va directo hacia el cuello de su oponente, no ha apuntado conscientemente, pero esa técnica ya interiorizada está diseñada para atacar a la altura adecuada, y con una mínima corrección queda perfectamente alineada con su nuca.
El filo se incrusta y choca contra las vértebras, deteniéndose. Su arma parece no tener el afilado o el peso suficiente para llevarse la cabeza, o tal vez no aplicase la presión necesaria. “¡Joder!” Con la cuchilla clavada, la criatura se las ha apañado para rotar y agarrar con una de sus manos, terriblemente fuerte, el propio brazo de Álvaro que sostenía el arma. Ahora ya no puede separarse. Comienza a darle puñetazos con el revés protegido de la mano, tratando de contener la cabeza de la no-muerta para que no se acerque a darle dentelladas. Ésta, ignorando el dolor o aturdimiento de los golpes que está recibiendo, todavía tratando de acercarse a morderle, extiende su mano libre hacia la cara de él, con los dedos en forma de zarpa. Se ve obligado a dejar de golpearla y utilizar su antebrazo como escudo para evitar ser arañado. El zombi le gana espacio. Ahora está puesto a la defensiva, siendo arrastrado por la calle mientras ha de emplear todas sus fuerzas en sujetar el empuje del monstruo por los brazos, que amenaza con acortar distancias entre sus dientes y la carne de Álvaro a cada pequeño flaqueo en la tensión. No deliberadamente está siendo deslizado hacia otro de los zombis; debe pensar muy rápido. Retrasa el pie izquierdo y deja de empujar con ellos dejándose mover ingrávido por un instante; ladea la cadera y, con todas sus fuerzas, soltando su arma para tomar el hombro del zombi por punto de apoyo, tirando de la muñeca con la otra, realiza una llave casi elegante que arroja al enemigo al suelo. ¡Aún sigue agarrándolo con mucha fuerza de la muñeca, despatarrado! Si no llevase su protección, sin duda estaría sufriendo daño ahora mismo de la fuerza con que lo amarraban.
Él, medio agachado por el desplome del peso muerto de la criatura que sigue sujetándolo, apunta al codo que lo encadena y lo patea con todas sus fuerzas. El brazo se tuerce en ángulo recto y queda libre. La cosa empieza a incorporarse mientras él se aparta unos segundos sin saber qué hacer. Ya sólo le quedan unos cinco metros hasta el siguiente más cercano, y por más o menos todos los ángulos está empezando a verse rodeado.
Desenfunda la hoja más ancha y salta encima de la mujer subiéndose a su chepa, en un acto poco calculado y algo desesperado. Ella se echa las manos a la espalda tratando de agarrarlo sin mucho ángulo, cayendo de rodillas al suelo por el súbito cambio de equilibrio. Él, con el mango cogido del revés, empieza a apuñalar sin descanso el cráneo de la otra, con movimientos secos descendentes. Cada choque rebota haciendo muescas grimosas hasta que, de repente, con un ruido grotesco, una de las estocadas se incrusta entera dentro de la cavidad cerebral; salpicando potente una ráfaga de sangre grumosa que le impacta en la mejilla, muy cerca del ojo izquierdo.
Los brazos del zombi caen inertes. El cuerpo se vence un momento… Vuelve a levantar los brazos y a gruñir justo al tiempo que Álvaro respiraba aliviado. ¡¿Aún está vivo?! Agarra con ambas manos el puñal y empieza a retorcerlo sin desclavarlo, causando que el monstruo convulsione descontrolado dos veces y finalmente, como un plomo, se precipite hacia el asfalto bocabajo; ¿definitivamente inerte?
Álvaro mira a un lado y otro. Está en peligro, desincrusta el cuchillo y se levanta trotando a recoger el otro. Acto seguido, con uno en cada mano, esprinta flanqueando a los dos que le venían por la espalda para dejar a todos encarados en la misma dirección, ganando el suficiente terreno como para tener unos segundos para pensar. Ruidos estrepitosos de hierro y ruedas resuenan de tanto en cuando no demasiado lejos, como si un coche impactara contra otros.
¿Ha matado a alguien? No siente nada extraño, sólo los nervios y la tensión, el miedo por su vida que lo recorrió cuando se vio momentáneamente superado por el zombi y conducido hacia una muy mala situación; sólo la preocupación por su chica y la ira sin objetivo que lo inundó de adrenalina mientras peleaba. Teme que lo que acaba de hacer le golpee más tarde, pero ha aprendido algo más. Esas cosas son mortales, pero definitivamente no está preparado para enfrentarlas; no imaginaba que fuera a ser tan difícil atravesar un cráneo, claro que nunca antes había hecho algo semejante; deberá evitar el conflicto todo lo posible.
Se lleva inconsciente el antebrazo a la mejilla, limpiándose. “Mierda…” Observa la sangre negruzca transferida a su guarda de plástico endurecido. Esas cosas salpican… ¿será peligroso tenerla en contacto con la piel? Es la misma mejilla que se irritó rascándose hace unas horas… Bruscamente, como si fuera la sustancia más asquerosa del mundo y desease desprenderse histéricamente de ella, estira de la tela del hombro de su camiseta y empieza a limpiarse con rápidos frotes. Pese a todo no consigue sentirse limpio, como si notase un contacto fantasma del líquido viscoso con su carne.
El salpicón le cayó también muy cerca del ojo. Recuerda unas gafas de sol de vanidad que él mismo se hizo, partiendo de la base de unas de su padre, añadiéndole chapas a los lados para que tuvieran ese aspecto de “steampunkeras” que le encanta, pero que además, gracias a su modificación, envolvían por completo los ojos, casi como unas gafas de bucear. Pese al engorro de llevar algo suelto en la cabeza, cree ahora que habría sido una muy buena idea haberlas traído consigo. Nota mental: acordarse de llevarlas a la vuelta y, a ser posible, pese a lo poco estiloso, ponerles un cordón que las sujete para evitar que se caigan al hacer movimientos bruscos. Demasiadas notas mentales. En su vida diaria tenía la costumbre de llevar una libreta para anotar sus reflexiones… Nota mental adicional: llevar la próxima vez la libreta para apuntar las notas mentales.
¿Tan poco le había importado matar a alguien? Bueno, ahora tiene que centrarse en ir a por su novia. Sigue retrocediendo conforme avanzan los zombis. A lo lejos, los que estaban más calle abajo parecen haber emprendido su marcha en su dirección.
La ciudad sigue arrullada por los lánguidos gemidos deslocalizados. Hiede suavemente; ya de pie en la calle se ha fijado en que ahora, de tanto en cuando, el viento trae algún grito o algún ruido de motores y vehículos a toda velocidad. Aunque no puede ubicarlos, parece que no está todo tan muerto. Apenas han pasado, qué, ¿ocho horas?, ¿diez?, desde que empezara todo… Parece que queda gente resistiendo… Claro y nítido, muy espaciados, suena algún disparo y, normalmente, cuando suena uno suenan varios antes de que se vuelva a hacer el silencio.
¿Policías?, ¿militares?, ¿o civiles bien preparados?
También, helándole el sudor de la nuca, de vez en cuando se oyen gritos guturales y desgarrados como el que sonaba desde su portal. “Hay más de esas cosas…”.
Traga saliva y esprinta. Él vive en un barrio exterior de la ciudad, colindante con la periferia, justo al lado de la parada de metro de Las Ninfas. Tiene que hacer toda la distancia hasta otra línea de metro cercana, a la estación de Torres Claras, dónde vive Marta, esperanzado en que siga en casa. Son casi dos kilómetros y no tiene ni idea de qué va a encontrarse.
Trota por el centro de la calzada para tener espacio a ambos lados, esquivando a todos con amplio margen, pero pronto ve que esa no es la mejor de las estrategias, cuando algo más adelante se ve cercado por tres infectados que lentamente van cerrándose sobre él, distribuidos a lo ancho de la calle de tal modo que resulta difícil tratar de pasar sin acercarse a uno u otro.
Tiene una idea. Se detiene. Si no son muy inteligentes, como parece, y los tres van a por él, irán centrándose para acercarse lo máximo posible, liberando espacio a los laterales. Empieza a caminar hacia atrás despacio, comprobando cuánto margen tiene hasta los que se le aproximan desde la retaguardia. No es demasiado espacio tampoco pero sí el suficiente. En efecto, en breves segundos se demuestra que ellos simplemente se mueven tratando de seguir la línea más recta hacia sus objetivos, sin optimizar en absoluto el espacio del que disponen… Otra nota mental al archivo.

Aprovechando la apertura, reanuda la carrera pegándose a la pared de uno de los bloques de edificios, sobrepasándolos a todos. Desde ese momento ve que trotar así es mucho más práctico, va todo lo pegado que puede al extremo de la acera hasta que los que vienen de frente se acumulan en ese lado y entonces cambia con una rápida diagonal al lado recientemente vaciado. Vale. Puede hacerlo, si sigue usando bien su cerebro puede lograrlo. Añade esa forma de proceder también a su lista de cosas que apuntar en la libreta. Mucho más cercano esta vez, un aparatoso estallido de impacto de chapa viene desde algún punto más adelante.
Ya está llegando al límite de la vía, cortada tangencialmente por otra. Sólo tiene que girar una vez a la izquierda y luego otra a la derecha y estará al comienzo de una muy larga recta hacia su destino. Normalmente, en bici, no le llevaría demasiado tiempo, pero la bici está en la plaza de garaje de sus padres… ni se planteó cogerla al salir, no es tan buen ciclista como para atreverse a usarla en una situación tan extraña, pero en cualquier caso, visto lo visto, no es que tenga posibilidades de ir a por ella. Además, cada poco en la carretera hay coches abandonados, o alguien tendido, o algún obstáculo como cubos de basura… caerse de la bici en un mal momento podría resultar fatal. Caminar se le antoja más seguro… pese al tiempo que le cueste.
“¡Dios!” Esas cosas no se aburren de seguirlo, gruñendo y gimiendo; ya lleva como una docena acumulada, el primero a unos veinte metros, acercándose a su cansino paso; pero incluso el último de la fila, al cual abandonara frente a su portal, todavía persigue su rastro…
Suena un ruido de motor pesado acercándose por la esquina del cruce, desde la misma ruta que él ha de tomar. Algo en su cabeza le induce a ser precavido, recordando algunas de sus deducciones y, revisando que no haya nada debajo, se esconde tras la parte frontal de un coche, mirando a través de las lunas delantera y trasera. No tiene mucho tiempo antes de que esté peligrosamente cerca el primer zombi: un hombre calvo y gordo que, con su papada colgando de su boca abierta, le provoca especial repugnancia.

Por la calle aparece frenando en seco, justo alineado con el centro de la carretera, una especie de carro de combate totalmente acorazado. Todo pintado de blanco prístino, tiene en la parte delantera una enorme cuña metálica como la de una quitanieves y, en los laterales sin puertas, a una altura de metro y medio recorriendo ambos costados, gruesas cuchillas. Sus ruedas son dos pares de orugas como la de una tanqueta y sus ventanas están tintadas impidiendo ver el interior, seguramente también blindadas. En el flanco que queda a la vista se ve, pintada en negro, una cruz esvástica e inclinada; como la del movimiento nazi, ¿o está invertida? El brazo más superior de la misma tuerce hacia la izquierda; no sabe ahora mismo cuál es la versión del Tercer Reich… Todo el vehículo está cubierto de salpicones rojinegruzcos de sangre y algunas marcas más localizadas y abundantes. “¡¿Qué cojones…?!”.
Sobre él hay apostado, con la escotilla abierta de la única entrada aparente al vehículo, un hombre de pie, agarrado a una ametralladora enorme, con una ristra de balas que cae hasta dentro del habitáculo, vistiendo una armadura a juego con el color del transporte, que lo cubre y oculta totalmente. El casco, cerrado con una visera tintada, recuerda vagamente al de los stormtroopers; aunque el resto de la coraza parece mejor diseñada: más sólida, hecha de láminas de metal bien articuladas. Hasta las manos parecen estar totalmente protegidas. 
El tubo de la ametralladora está coronado por un largo cilindro que parece un silenciador.
En efecto lo es. “¡Joooder!”. En unos segundos limpia por completo la calle sin hacer apenas ruido; las estelas producidas por las balas y el amartilleo del percutor suenan bastante potentes a los escasos diez metros que los separan, pero seguramente al final de la calle solo puedan sentirse los impactos de los proyectiles. Ha podido ver como la cabeza del zombi seboso, que ahora había cambiado de objetivo, ha estallado en trocitos pulposos. “¡¿Qué puto calibre están disparando?!”. Sea como fuere está claro que no son exactamente el ejército español. ¿Algún grupo civil demasiado colgado de lo militar?
Tras la breve ráfaga letal, el hombre que asoma por el techo mira hacia abajo. Aunque algo amortiguada por el casco, puede escuchar su conversación.
—¡Yo me bajo aquí! Sustituidme, haré la comprobación del sector y nos vemos en el punto de recogida.
Empieza a auparse para sacar el cuerpo por completo mientras se asoma otra persona, idénticamente ataviada.
—¡No! Necesito estirar ya las piernas; ¡yo me encargo! —La segunda figura también se dispone para salir; hay algo extraño en su voz.
—¡Eh! ¡Me toca a mí ahora! —protesta seriamente el otro.
—Te deberé una —prosigue ya saltando a la carretera, ignorando a su compañero. En su pectoral izquierdo y ampliamente en su espalda hay también esvásticas negras—. De verdad que necesito salir de ahí dentro.
—¡Que no cojones! —También se baja; se fija en que ambos tienen en el lado derecho, colgando desde una correa azabache, un arma de fuego, ¿un subfusil?; y al otro lado, una vaina de diseño que contiene ¿un sable?
—A ver… que me meo encima, ¡joder! Si quieres lo hago ahí dentro…
—¡Por favor! ¡Ayudadme!
Una mujer de escasos treinta años, de larga melena y ojos claros, medianamente atractiva a su gusto; ha abierto un portal cercano y corre hacia ellos. Tiene la camiseta azul y los vaqueros llenos de sangre clara, pero ninguna herida visible.
—¡Mi hermana ha atacado a mi hijo! ¡La he encerrado…!
—¡Tranquila, ciudadana! ¡Ya está a salvo! —El primer interlocutor camina a horcajadas presuntuosas hacia ella, abriendo los brazos en gesto entre heroico y amistoso.
—¡No sé qué la ocurre! ¿Qué está pasando? Mi hijo se ha desmayado hace unos minutos; está ahí en el portal—. Ella se lanza a sus brazos, descorazonada.
—Ya estamos aquí, serénese, todo va a salir bien…
De su espalda, en una cartuchera, saca una pequeña pistola acabada en una aguja y sigilosamente la acerca al cuello de la mujer. Cuando hace contacto aprieta el gatillo y, con un ruido de succión, se llena un pequeño vial de sangre en la parte trasera. Ella chilla y salta hacia atrás, desconcertada. Él mira unos instantes el cacharro, hasta que se enciende un piloto rojo.
—No es apta… —profiere entre dientes. La mujer retrocede unos pasos, asustada. Él desenfunda su ametralladora, también silenciada, y le apunta con una mano.
—¡Mateo, no! —El segundo ¿soldado? extiende la mano y se acerca corriendo a él.
Aprieta el gatillo y escupe muerte en breve ráfaga sobre la incrédula y desconsolada mujer, que se desploma aún con una mirada inocente en los ojos.
Álvaro salta al lateral del vehículo escondiéndose por completo, con las rodillas pegadas al pecho y los ojos vidriosos, tapados por las manos, gritando de angustia por dentro. “¡¿…?!”.
—¡Qué cojones haces! ¡No tenías que matarla! ¡Podría haber sobre…!
—¡Aparta el arma de mí! ¡No se te ocurra apuntarme en la puta vida!
—¡…vivido! ¡¿Estás loco?!
—¡Eh! He quitado morralla de en medio. No es la misión; pero son puntos.
—¡¿Tú estás mal?! ¡¿Puntos?! ¡¿Qué importa eso?! ¡Estaba viva y limpia, joder!
—¡Será mucho más fácil encontrar a los válidos si quitamos de en medio a todos los que van sobrando! ¡Si tú no quieres ascender es tu puto problema, pero yo no pienso seguir de raso durante todo esto!
—¡Muérete cabrón!
—¡¿Tú no tenías que mear?! Pues ale, lárgate y sigue con el trabajo. No me voy a olvidar de esto. —El otro parece gruñir algo para sus adentros—. Ah, y si la tía es un zombi y el niño se ha desmayado ya, tampoco valen una mierda, no pierdas tiempo y cíñete a revisar las calles como dijeron.
La voz que le había llamado la atención está ahora en silencio mientras suenan unos pasos alejándose.
—¡Ah por cierto! —Suena mucho más distante—. No te olvides de mirar el DNI de la puta para marcarlo, te dejo llevarte ese tanto. Una pena… me habría gustado montarla… en el coche quiero decir —rezuma una carcajada repugnante y ruidos tenues de chapa contra chapa, como cuando se bajaron.
Poco después el motor se revoluciona y escucha las orugas cogiendo velocidad, alejándose.
—Central… aquí Lima Treintaisiete, pasadme con Doce, por favor.
La voz de antes suena ahora totalmente quebrada, está claro que está llorando. Se ha hecho de nuevo un breve silencio, ¿está hablando directamente desde el casco? ¿Quién diablos son esa gente? ¿Qué estarían usando para poderse seguir comunicando a distancia? Abruptamente:
—¡Lima Treintaisiete reportando, señor! No hace falta mayor observación, señor. El soldado Mateo; código Lima Treintainueve… —La voz le tiembla y va bajando de volumen—. Es definitivamente adecuado para Centuria; recomiendo su retirada inmediata de las calles y acceso al entrenamiento especializado. —Se produce una pausa, no puede ni siquiera oír mínimamente lo que esté diciéndole su interlocutor—. Sí, señor. De acuerdo, señor. También… —Su voz, ya es casi un susurro lagrimoso; parece estar agachándose y rebuscando algo en el suelo, ¿el DNI que le pidieron? —. Me gustaría solicitar un cambio de asignación; ¡me da igual ser cabeza de pala! No puedo más con esta labor…
Otra vez queda callado brevemente, tras lo cual simplemente profiere: “De acuerdo, gracias por sus palabras, señor. Seguiré haciéndolo lo mejor que pueda, señor”, con tono totalmente derrotado y apagado.
Álvaro lo compadece momentáneamente, aunque no puede parar de pensar que esa gente ha matado a sangre fría a una madre que suplicaba ayuda, y que son extremadamente sospechosos de tener todo que ver con lo que esté ocurriendo.
Algo más tranquilo, aunque lleno de rabia, decide seguir escondido hasta que se marche; no para de darle vueltas a que hay algo familiar en la voz acolchada del otro hombre. Pero ni de broma va a tratar de resolver sus dudas.
Desatento, se da cuenta demasiado tarde de los gemidos de un zombi apareciendo por la esquina. Lo ve. Extiende los brazos en su dirección y empieza a gemir lúgubremente, arrastrando sus pies. Apenas está a seis o siete metros. Si sólo hubiera mantenido la guardia alta habría podido arrastrarse debajo del coche o algo… ¿Qué puede hacer? Si lucha o corre arruinará su escondite. ¿Dejará el otro hombre que se marche después de haber oído aquellas conversaciones y visto lo que ha visto? Parecía mucho más humano que su compañero, pero aun así… ¿Es el fin del camino? Ya sólo está a tres metros, ¡si sigue sin hacer nada lo morderá! ¡¿Por qué no podría haberse fijado en el otro, en vez de en él?!
Un disparo silenciado rompe un ladrillo de la pared agujereando la cabeza del zombi, que cae muerto justo a sus pies, derramando lentamente un chorrito de sangre muy viscosa sobre la acera. Silencio.
—¡Sal de ahí!
“Piensa, piensa… ¡Piensa!”.
—Sé que estás detrás del coche; los zombis sólo se comportan así cuando van a por alguien; así que sal de ahí. —Todo asomo de llanto o debilidad ha desaparecido del interlocutor, ahora autoritario.
“¡Joder, piensa!”. Por ahora sólo es capaz de seguir fingiendo infantilmente no existir.
—Si no sales tú, te saco yo… —Suena muy decidido.
Inconfundible para él, como un hielo contra la nuca, escucha el característico sonido del acero siendo desenfundado. Tiritando como si tuviera frío, muerto de miedo hasta el punto de tener que contenerse las ganas de orinar, comienza a incorporarse; instintivamente con las manos en alto. Sabe que no puede hacer nada contra alguien tan pertrechado, descontando que él no es siquiera un militar entrenado y que todo lo que sabe pelear son unas cuantas clases de adolescencia, que en este momento siente como si sólo hubieran sido un juego de niños. Impotencia y sumisión es lo que ahora mismo llena su espíritu. La cara de Marta pasa por delante de su mente. “Lo siento Marta… y lo siento yo, por habernos fallado…”.
El hombre está frente a él a unos metros, con su increíble equipamiento, sosteniendo con una mano la ametralladora en su dirección y con la otra un larguísimo machete, estrecho en la empuñadura y redondeado y ancho en el extremo, con un refuerzo cuadrado en el lado contrario al filo, dentado en la parte curvada. Ese refuerzo acaba en un largo punzón piramidal; parece una herramienta de calidad aunque fea, específicamente diseñada,  ¿tal vez para matar a los zombis?
Silencio. Silencio. Silencio… La brisa le molesta la sudorosa melena.
El militar tuerce un momento la cabeza mirando en la dirección por la que se marchó la tanqueta. Es su única oportunidad. Álvaro, con toda su alma puesta en ello, esprinta casi al traspié hacia la esquina.
—¡Álvaro, quieto!
Sin procesar nada alcanza la esquina, frenando inconscientemente y apoya la espalda contra ella puerilmente escondido. ¿Por qué no sigue corriendo? ¡¿Álvaro?!
Casi cómicamente, asoma solo un poco la cabeza a su calle, mientras se da cuenta de que ni siquiera se ha fijado en si había no-muertos cerca. Está demasiado confuso ahora mismo.
El otro está quitándose el casco. Es Jesús. Lleva sin verle unos meses y parece mucho más delgado, dado que normalmente era gordito. Además tiene el pelo y la barba afeitadas muy cortas ahora, pero es Jesús; su amigo desde los dieciséis años, desde que se conocieron por otro amigo en una tetería… Jesús… Hasta donde que sabe de él, era un estudiante de filosofía y escritor aficionado, tan friki como ellos; tal vez algo antisocial, pero nada que hubiera indicado nunca que pudiera pertenecer a algún grupo paramilitar. De hecho es una de las personas que ha conocido con las que más le gustaba poderse sumir en largas charlas y divagaciones, y cuyo intelecto respetaba. Es un muchacho un año menor que él, de constitución ancha y grande, de su misma estatura; con piel clara, y cabello, ojos y barba de color castaño oscuro; con la cara bastante redonda, y ahora aspecto de skinhead con el rapado que lleva.
—¡¿Jesús?! —pregunta, aún entre asustado e incrédulo.
—Hola Álvaro… —saluda con tono apesadumbrado. Tiene el semblante consternado, marcado de ojeras, y los ojos tristes.
Con paso no del todo confiado, se acerca a su amigo.
—Hola, Jesús… —responde él, algo más decidido; poco a poco va acostumbrándose a la idea de que es él, y quiere exigirle explicaciones.
—Siento que hayas visto “eso” —atropella antes de que puedan hablar nada, llevándose la mano del machete a la nuca.
—¿Qué está pasando Jesús?
A dos metros se detiene y le mira a los ojos; él le esquiva la mirada. Aún lleva las armas agarradas, aunque tiene ambos brazos caídos y parece que si las sostiene es simplemente porque se ha olvidado de enfundarlas; no obstante, ahora mismo Álvaro le tiene un poco de miedo.
—¿Sabes? Me asignaron a un equipo que iba a encargarse de toda esta zona, así que he hecho lo posible para venir aquí precisamente a buscarte. Al menos quería ayudar a algún amigo…
—¿Qué está pasando, Jesús? —repite él, con tono aún más serio. De nuevo tarda en recibir respuesta.
—Bueno… más o menos lo que ves. Zombis. Yo no supe hasta el final que iba a ocurrir nada de esto…
Jesús llevaba desaparecido casi tres meses para el grupo. Últimamente nunca había cogido el teléfono y, alguna vez que llamó a su casa, su madre contestó que estaba encerrado estudiando y que no podía ni ponerse. Eso le pareció extraño en aquellos momentos dado que, por lo que sabía de él, era esa clase de personas que estudiaba en el último momento; incluso llegó a suponer que podía ser que estuviera enfermo y trató un par de veces sin éxito de ir a verlo… Pero… ¿Realmente había estado todo ese tiempo desaparecido por “éste” motivo? Es decir… ¿“Esto” había sido definitivamente planificado?
—Jesús; por favor, cuéntamelo todo —Por fin su… ¿compañero? le devuelve la mirada.
—Lo siento. No puedo.
—¡Jesús! —exclama indignado, con un cierto tono de petición, alargando su nombre.
—Mira, te diré lo que puedo decirte… Esto no es un accidente; es una guerra. No. Una masacre. Y nosotros ya hemos perdido.
—¿Quiénes?
—Los humanos…
—¿Qué quieres decir? —Comienza a enfadarse, y no lo oculta en su tono.
—Los zombis; todo ha ocurrido en una noche, han soltado esto por todo el planeta, y mi gente se ha asegurado de que ni los militares ni nadie pueda reaccionar…
—¡¿Tu gente?! ¡¿Vosotros?! ¿O sea que estás con ellos, con los que han hecho esto?
—…La batalla ya está perdida. No… Sí… No sabíamos nadie exactamente lo que iban a hacer.
—¡¿Lo que iban a hacer quiénes?!
—No puedo decírtelo.
—¡Joder! ¡¿Y por qué lo han hecho?!
—No puedo… —él le suplica con la voz; Álvaro tiene ganas de meterle un puñetazo.
—¡Jesús! ¡No te entiendo joder!
—Mira… cuando descubran que he estado contigo, y te aseguro que esta gente lo descubre todo, me castigarán… Soy algo importante para ellos, no me pasará nada muy grave, pero si te cuento ciertas cosas, me matarán… y luego te buscarán y te matarán a ti también.
Se crea de nuevo un momento tenso. No sabe si creerle, pero parece sincero. Mira su cara, analiza su gesto apretado en los labios y sus dedos cerrados. Todo en su análisis le indica arrepentimiento, pena; pero no engaño.
—Y si no puedes decirme nada, ¿para qué has venido a verme desde un principio? Pareces ocupado… —contesta con animosidad. 
Sabe estar siendo cruel, pero ahora mismo le guarda mucha hostilidad, si es que realmente representa a aquellos que han asesinado directa o indirectamente a tantas personas y que lo han puesto a él, a su familia y a su novia en peligro. Si algo les ocurre no cree ir a poder perdonárselo.
—Por favor, no seas así conmigo. Estoy intentando hacer las cosas lo mejor que puedo. Al menos gracias a estar aquí he podido ayudar a bastante gente hoy, y voy a seguir haciéndolo.
—¿Como a esa chica? —Álvaro señala con el cuchillo al cadáver tendido a escasos metros de ellos. Entretanto ya un par de muertos vivientes ha aparecido por un parquecito lejano, acercándose a ellos aún distantes. Jesús mira en dirección a la mujer.
—No, a ella no he podido…
—Ya.
—Lo siento.
—Eso no creo que la valga mucho, ¿no?
—Por favor Álvaro… —Vuelve a tener los ojos llorosos… Él cambia el peso de sus piernas mirándolo de arriba abajo muy rápido.
—Entonces, ¿a qué has venido si no puedes contarme nada…?
—Hay cosas que sí puedo contarte. Ya te he dicho: esto está pasando por todas partes. No va a solucionarse, no lo esperes; debes pensar desde ya en sobrevivir.
—¿Vas a ayudarme?
—No puedo. Esta noche nos marchamos por ahora de Madrid.
—¿Qué hacéis aquí? ¿Para qué era esa sangre que tomasteis? —Ante la mirada silenciosa del otro prosigue, comprendiendo que tampoco le responderá a eso—. ¿Y qué más me puedes decir?
Jesús se gira guardando su sable; apunta con el subfusil a los dos que se acercan. Sería una oportunidad para intentar atacarle… Dispara tres veces abatiéndolos a ambos.
—Lo mejor que puedes hacer es meterte en tu casa; esperar un par de días a que se calmen un poco las cosas. Los zombis son atraídos por el ruido y las personas, así que se irán congregando poco a poco en el centro y las salidas de la ciudad. Cuando parezcan más seguras estas calles haz equipaje y lárgate de Madrid, la capital va a ser siempre un infierno…
—No puedo quedarme en casa…
—Busca un pueblo o a ser posible una isla. Creo que las cosas están mucho mejor por allí.
—Tengo que encontrar a Marta.
—Álvaro… es muy peligroso.
—Voy a hacerlo; no vive muy lejos.
—¿Dónde vive?
—En Torres Claras.
Jesús mira en la misma dirección hacia la que Álvaro tiene que dirigirse.
—Acabamos de venir casi de allí. Hemos ido matando a los zombis que nos estorbaban, así que tendrás algo de suerte si te das prisa.
—En ese caso me iré ya. ¿Me acompañarás? —Pese a que ahora mismo no sabe qué sentir o qué actitud tener hacia su amigo, no se le escapa que contar con él nivelaría por completo la balanza a su favor.
—Lo siento; en diez minutos me recogen en Las Ninfas; no voy a hacer mi trabajo aquí tampoco, pero te aseguro que no quieres que me busquen y me encuentren contigo.
—Vale. —Se resigna, pensando en el tal Mateo, está de acuerdo en que no quiere encontrarse con ellos—. ¿Y si me encuentro con más de vosotros?
—No creo que ocurra, no somos demasiados, así que no vamos a pasar dos veces por los mismos sitios. Pero si lo haces, escóndete, huye, o si te encuentran y quieren algo de ti, haz lo que te digan… Pero si temes por tu vida, y ves la oportunidad, y sólo si ves la oportunidad, porque están muy preparados, mátalos y corre.
—¿Tú estás muy preparado?
—¿No has visto que acabo de fallar? No. Sólo estos tres meses. Mi trabajo es otro.
—Te escuché.
—Ya…
—¿Y a dónde dices que vayamos? —Ya está pensando en qué hacer cuando encuentre a Marta.
—Si al final consigues encontrarla, escondeos unos días. Luego a un pueblo, o a la montaña, o a donde podáis lo más lejos posible de la civilización. Si tenéis suerte podréis encontrar gente con la que ir consiguiendo comida de los supermercados, hasta que podáis plantearos hacer vuestras propias cosechas.
—¿Cosechas?
—Álvaro… No hay vuelta atrás. Según lo que nos han dicho, como poco van a pasar años hasta que las cosas cambien.
—Entiendo… —Mira hacia atrás. Le gustaría preguntarle cómo se encuentra, darle también ánimos; pero no va a hacerlo. Además siente que está pasando tiempo y que cada segundo puede serle crítico a su novia—. ¿Y después?
—No…
—No me puedes decir, ¿no?
—No, no es eso. Es que no lo sé. Todo mejorará.
—¿Mejorará? —ríe sarcástico.
—Sí…
—Escucha Jesús. Sabes que eres una de las pocas personas a las que respetaba, así que no me creo que te hayas vuelto loco. Dime sólo una vez, quiero oírtelo decir. Y a la mierda con el “no puedo decírtelo”. Dime que todo esto tiene algún sentido.
Jesús respira hondo un momento y, cabizbajo, responde.

—¿Confiarías en mí si te digo que sí?
—No lo sé… Pero dímelo.
—Sí, sí que lo tiene. —Vuelve a mirarle a los ojos; esta vez con cierta determinación indescriptible en la mirada. 
De repente, Álvaro se da cuenta de que su compañero lamenta mucho todo lo que está ocurriendo y todo el daño que la gente está sufriendo, pero que ese es su arrepentimiento, no la decisión que ha tomado de apoyar la causa que quiera que esté apoyando. Eso le hace replantearse brevemente las cosas. Su semejante no es alguien estúpido, ni mucho menos malvado; debe tener buenos motivos para hacer lo que hace, de hecho conoce que siempre ha sido alguien que busca tener buenos motivos para vivir la vida del modo en que lo hace. Aunque no lo entienda, decide respetarlo, por el momento…
—Vale Jesús; por ahora, y recalco el por ahora, no voy a juzgarte. Te deseo mucha suerte. —Él le asiente agradecido, claramente conmovido. Se abrazan con fuerza—. ¿Está bien tu familia?
—pregunta al cabo.
—No lo sé… En ese sentido no tenemos ningún privilegio. Haré lo que pueda por llegar a mi casa a ver si puedo rescatar a mi madre cuando termine aquí. Dejé algunas armas en casa; ella piensa que me he metido a militar y que me da vergüenza decírselo a nadie; supongo que le servirán. Sé que alguno más lo ha hecho; no sé si les castigarán después.
—Joder; lo siento.
—Yo también. ¿Tu familia no está?
—En el pueblo…
—Mucho mejor entonces. Mi padre también debería estar en el pueblo. Allí todo será algo más fácil. —Álvaro sabe que sus padres están divorciados.
—Gracias. Espero que estén bien.
—Yo también te lo deseo Álvaro, y que tu chica también lo esté.
—Gracias… —Hacen una pausa corta—. Los zombis… ¿tienen cura?
—No que yo sepa. Y evidentemente, no dejes que te muerdan, te arañen o te salpiquen. Contagia.
—¿Sólo con la piel? —Se preocupa súbitamente.
—No creo; a nosotros nos han advertido de que no nos caiga nada en ojos, boca o heridas abiertas.
—¿Y tiene solución?
—Ninguna. En algunos casos la amputación si se es rápido, hasta donde nos han contado. Pero no todo es igual de peligroso. Parece que los arañazos o sus fluidos son mucho menos contagiosos que su sangre o sus mordiscos. No obstante, según la central, hay gente que incluso parece poder resistirse al contagio si tan sólo ha sido mordida pocas veces… —Hace una pausa—. Dicen que hay gente más y menos resistente a esto; que no es cosa de los zombis, que son igual de contagiosos; pero han dejado claro que no existe inmunidad total ni nada mínimamente cercano.
—Ya veo… ¿y cuánto se tarda en…?
—¿Convertirse? – Termina él ante su reticencia a terminar la palabra.
—Depende. La conversión ocurre a partir de la primera hora de la muerte, hasta cuatro o cinco como mucho, cuentan. Pero cuánto tiempo tarda alguien en morirse por la infección es muy variable; depende de la constitución de cada uno, creo. Según tengo entendido puede ir desde unas pocas horas hasta un par de días. —Recuerda el hombre muerto al que le clavó un cuchillo durante su descenso por las escaleras…
—¿Y hay forma de saber si una herida te ha… infectado? —Piensa en su mejilla.
—Sí, más o menos. Nos han explicado que si la herida no ha resultado infecciosa, será como una herida normal. Puede hasta infectarse y ponerse fea, pero será algo localizado. Si uno se ha contagiado, en cambio, poco a poco se irá poniendo muy fea y negruzca el área… y la piel del cuerpo irá palideciendo desde ahí —Álvaro lamenta no haber examinado con detenimiento las heridas de los zombis con que ha entrado en contacto para hacerse una idea; pero no los ha visto especialmente pálidos.
—Los que hay por aquí no están muy pálidos.
—Al principio es muy sutil, supongo. ¿Poco a poco se irán pudriendo?
—¿Morirán solos?
—Ni idea…
—¿Y todos los que no han sido mordidos?
Su aliado vuelve a utilizar la ya clásica mirada de “no puedo decírtelo”.
—Entiendo…
—Por cierto, ten cuidado; la mayoría son lentos como los de esta calle, pero hay más tipos…
—En mi casa había algo en el garaje que no paraba de chillar y golpear.
—Esos los llamamos gritones… son muy, muy fieros —enfatiza con severidad sus palabras—.
Tan ágiles o más que una persona; hemos abatido alguno, precisamente por donde vas a ir.  Si te los cruzas, escóndete, o lucha, o enciérralos; pero no trates de correr a no ser que sea a esconderte. Sólo te agotarás y ellos no.
—¡¿Hay más tipos aún entonces?!
—¡Puf…! No lo tengo claro; por el comunicador dijeron que algo inidentificado destrozó uno de nuestros vehículos… Y también nos advirtieron al llegar que si veíamos algún zombi especialmente torpe, como abstraído, corriéramos o lo abatiésemos de lejos en el acto.
—Ya… —No suena demasiado bien lo que le cuenta—. No suena demasiado bien lo que me cuentas…
—Lo siento… Pero sí, dicen algunos de los chicos que hay algunas de esas cosas que desafían la lógica.
—Quieres decir, que desafían la lógica de desafiar ya a la lógica, ¿no?
Ambos ríen como si lloraran, y vuelven a abrazarse. Pasan bastantes segundos.

—Bueno… yo me marcho ya, estoy muy preocupado por mi chica. ¿Vale? Me alegro de haberte visto, Jesús. Gracias por haber venido a buscarme. —El otro tiene cara de querer interrumpir.
—¡Espera! Una cosa más. Toma. —De su faltriquera saca un pequeño cilindro de metal negro, con una tapa de plástico protegiendo un botón en un extremo. Tiene un piloto verde encendido.
—¿Qué es?
—Las llamamos granadas negras. Si pulsas el botón, emitirá en tres segundos una luz que matará a todas esas cosas en un radio de unos cincuenta metros. Pero ten cuidado; tarda unos segundos en hacer efecto creo. Te doy la mía.
—Joder… ¿No la necesitas?
—Me las apañaré, voy con gente. Diré que me vi obligado a utilizarla. Si te diera cualquier otra cosa…
—No te preocupes. Muchas gracias, de verdad. ¿Funciona seguro?
—No las hemos probado… debería… Pero sólo tiene un uso, después el piloto se apagará.
—¿Y cómo los mata? ¿Es peligrosa?
—No tengo ni idea de cómo funciona, pero han dejado claro que a los humanos no nos hace nada.
—Muchísimas gracias Jesús. —Guarda el artefacto en su mochila y se quedan mirándose callados—. En fin… hasta luego. ¿Volveremos a vernos? —arranca sin querer hacerlo.
Temporalmente, pese a haber estado precisamente hablando sobre los zombis, se ha olvidado de ellos y ha vuelto a sentirse un poco “en casa”.
—No creo… —Con una breve pausa, mostrando en el gesto darse cuenta de la dureza de sus palabras, corrige—. Pero ojalá que sí… ¡Una última cosa!, no intentes unirte a nadie que quiera luchar contra nosotros; en un futuro los habrá…
—De acuerdo… Hasta pronto entonces, camarada.
—Hasta siempre, amigo —termina con una sonrisa agridulce.
Álvaro dobla la esquina con las mejillas humedecidas en lágrimas. Se habría pasado todo el día hablando con su amigo. Tiene grabada la expresión de Jesús, preocupada y cómplice, con la que lo estuvo siguiendo mientras se alejaban despidiéndose con la mano. Le desea suerte de todo corazón.
Se restriega el puño derecho por los ojos y mira al frente. Sólo hay un zombi caminando pesadamente hacia él; a bastante distancia. Parece que realmente le han despejado en gran medida el camino. Algo más que debe agradecerle.
Ha recibido mucha información muy importante después de todo. Caminando y repasando lo que ha escuchado, ignorando al zombi que le hace ahora procesión, le queda una duda. El grupo con el que está su compañero se ha asegurado de que ni los ejércitos puedan reaccionar a todo esto, por a saber qué motivos, y a saber de qué modo… ¿pero han sido también los causantes? No lo ha dejado claro. Es de suponer que sí, están muy informados, preparados, y definitivamente organizados para lo que está ocurriendo… Pero… Tiene dudas. ¿Y por qué las esvásticas? Deduce como algo evidente que deben de haber sido ellos los que hayan destruido las telecomunicaciones.
Conforme va pasándosele la emoción final de haberse reencontrado con un aliado en aquella situación, vuelve a sentir como le atraviesa una punzada de odio hacia aquella gente, recordando a la mujer tendida a balazos en el concreto. No es capaz de imaginar una sola situación coherente que justifique mínimamente todo lo que ese grupo parece estar haciendo… Interferir en la capacidad de los militares para defender a su pueblo de la tragedia más terrible que jamás haya ocurrido; inutilizar las comunicaciones de las personas, impidiéndoles ayudarse, organizarse, o simplemente reconfortarse; fomentar el asesinato de civiles inocentes, que no olvida la conversación que escuchó, y eso tan cruel sobre los “puntos”.
Y además esas pistolas para extraer sangre y lo de los DNI; todo indica que hay algo demasiado oscuro detrás de esa organización, que parece tener recursos suficientes como para haber ayudado a muchísima gente y no lo hace.
Le alegra el detalle de que una dentellada no tiene por qué ser letal. No obstante decide que es mucho más adecuado considerarlas como tal, que confiarse en poder recibir alguna no es buen lujo que tomarse.
Hay sin embargo tres datos mucho más importantes que andar cavilando en la escala de las conspiraciones mundiales y poderes totalmente fuera de su alcance; y que debe grabarse bien dentro: 
Hay varios tipos de zombi, y ninguno tiene pinta de ir a resultar amistoso; en primer lugar. Luego, la escala es mundial; no hay tierra prometida a la que emigrar. Finalmente, si esa gente no se equivoca y su amigo no le miente, y no hay motivos para pensar lo contrario, por lo menos la crisis, por usar un eufemismo, va a durar años, así que hay que empezar a fomentar pronto el pensamiento a medio y largo plazo… “Joder, realmente está pasando esto…”
Haber hablado de todo ello con alguien, que además tenía información privilegiada, lo ha convertido en algo muchísimo más real en su cabeza. Hasta el momento se ha estado comportando como si fuera real, actuando tomándoselo todo muy en serio desde el principio, pero ahora ha entendido que realmente… es real. Y que ha venido para quedarse. Casi parece mentira que esté ocurriendo. Sigue teniendo la esperanza de levantarse en la cama de una larga y vívida pesadilla; sigue sabiendo que la próxima noche que duerma, cuando se levante, todo se le hará extrañísimo, pero ahora por fin ha comprendido que esto es un apocalipsis, y que en su mano está sobrevivirlo o no.
Sus piernas caminan decididas. Con todo, sabe que debe bendecir la suerte que ha tenido. Y ha conseguido algo que debe guardar como un tesoro, porque, más que ninguna otra cosa, es un seguro de vida. “¡Maldita sea!”; ¿por qué no le pidió también su sable? Analizando el lenguaje corporal durante la conversación, quedaba más que claro que el otro estaba en un momento de debilidad, y si lo hubiera presionado un poco, es muy probable que se lo hubiera dado. Supone que en aquel momento fue más importante para él la empatía que el egoísmo; pero ahora podría haber tenido una buena espada…
Termina la pequeña callejuela que estaba siguiendo sin percances, escoltado por un no-muerto nada más, y llega por fin a la avenida de dos carriles para cada sentido que conecta al final con la casa de su novia. Se fija en el panorama. Hay bastantes cadáveres, a lo largo; no sabría diferenciar ahora mismo cuales serán víctimas y cuales zombis abatidos, pero está claro que la tanqueta ha pasado por allí. En el centro de ambos carriles hay una línea completamente recta despejada y se ven de tanto en cuando coches abollados como si hubieran sido apartados con una fuerza irresistible. Parece que la cuña delantera del acorazado era algo más que decorativa…
Sin embargo, también hay zombis. No muchos, están separados unos de otros, pero son casi dos kilómetros de recorrido y, si se adentra en la travesía, es seguro que arrastrará consigo un séquito numeroso. Parece que podrá sortearlos por ahora.
Con una mano en la correa de la mochila y la otra en su cuchillo, emprende a paso ligero el inicio de la marcha. Ha decidido que correr no es una buena idea; piensa que sólo tiene que andar un poco más rápido que ellos y así ahorrar energía para el futuro indeterminado. No obstante tampoco quiere eternizarse en un paseo tan expuesto.
Los laterales del camino están cercados, primero por bloques de viviendas, algún parquecito y algún edificio público como colegios y un polideportivo. Conoce que pronto el paisaje cambiará al de un barrio de chalets adosados sin demasiadas rutas de escape ni callejuelas por las que dar rodeos… Desde un lado ascienden pequeñas torres nubosas negras, visibles sobre toda edificación, pero al otro sigue ardiendo lo que quiera que sea la inquietantemente gigantesca humareda.
Lo que más le preocupa es sin embargo una comisaría cercana; está situada en la calle paralela a la avenida vertebral que ahora sigue. Muy cerca. Si han sido atacados, teme que pueda encontrarse con una muchedumbre de muertos vivientes. No obstante, reflexiona mientras camina: Jesús le ha dicho que venía casi desde Torres Claras. Esa gente… ¿habrá pasado por alto una comisaria? Si han ido por allí habrán reducido mucho los problemas; seguramente se hayan podido llevar cualquier cosa de utilidad que pudieran necesitar, o hecho sus misteriosas comprobaciones; pero parecían más que suficientemente armados. Tal vez pudiera encontrar algo de mayor calibre que su cuchillo jamonero. Podría merecer la pena inspeccionar el área. Si sólo no tuviera tanta prisa… Está bien; nota mental: comprobar la comisaría en un futuro cercano.
Escucha un grito gutural y ronco perdido entre los adoquines, acompañado de chillidos humanos y estrépito de forcejeo y carreras; todo un tanto apagado, como en la distancia. 
El sol va pegándole en la nuca; parece que sea casi mediodía y las aceras están tibias; está siendo un día caluroso para las fechas de otoño que son ya. Esquiva con amplio margen a una pareja de zombis que está comiendo de un cuerpo en el suelo y se ha levantado ahora a perseguirle. Incesantes, nunca callan los gemidos y aullidos de sorpresa distantes. ¿Por qué se comen a algunos y a otros los ignoran? Siguen retumbando muy de vez en cuando disparos; y aún se percibe algún vehículo en movimiento. Regatea, con su misma estrategia de caminar pegado al borde de la calle, a otra criatura que venía en su dirección desde hacía ya cien metros. Juraría que a veces oye voces humanas hablando no muy alto, pero duda que nadie aparezca en la calle por la que camina. No es en absoluto segura. Momentáneamente se preocupa por una pequeña aglomeración de cinco monstruos que golpeaban la entrada de un portal y ahora ha captado su atención; pero de una carrera cambiándose de lado los deja atrás. Fijándose en los edificios cercanos, está casi seguro de entrever en las sombras a algunas personas mirándole. Espera que le deseen suerte; él se la desea a ellos. Otros cinco o seis acaban de aparecer muy juntos por uno de los cruces, ya cerca de la comisaría. ¿Les atraerán sus propios gemidos de sorpresa, o habrá sido una coincidencia? Todos ellos exclaman también excitados antes de empezar a gruñirle y rastrearle con los brazos por delante. El viento que sopla ha dispersado, al menos, la pestilencia sosegada, y aunque de vez en cuando le llega algún olor desagradable, no es ni parecido al aroma concentrado en su escalera.
Empieza a divisar chalets. Se alegra de pensar rápido. La mayoría tienen vallas de barrotes no muy altas. No tiene ganas de ser sorprendido por una mano traicionera saliendo del enrejado, así que, sin abandonar su idea de un lado a otro, camina ahora por el medio de la acera; sin pegarse demasiado a los coches aparcados tampoco.

Hasta ahora ha ido recorriendo todo el camino extremando la precaución en los cruces con otras calles, para asegurarse de que no hubiera nada demasiado cerca al otro lado. Pero sobre todo, tratando de gestionar y anticipar la posibilidad de encontrar alguno de esos “gritones”. Mira atrás.
“Joder”. Toda la calle que ha ido sobrepasando es, a su espalda ahora, un frente terrorífico de no-muertos, tras el cual le cuesta divisar nada. Aún están algo desperdigados, pero sería imposible correr entre ellos. ¿Cuántos habrá?, ¿cincuenta?, ¿cien? Poco a poco y por goteo, no se ha ido dando cuenta del número que se ha estado filtrado callejuela a callejuela, pero empieza a comprender hasta qué punto pueden resultar peligrosas esas cosas. No es ya el riesgo de cada uno de ellos por separado, sino su facilidad para congregarse en gran número. Si se viera atrapado por demasiado tiempo o apareciera otro grupo como aquel por el frente, estaría perdido, supone. No le gusta tener que confiar en su suerte.
Ha dejado ya el edificio de policía atrás, sin haberlo visto; aunque quisiera, siendo así de popular entre los zombis como está siendo ahora, no podría desviarse a hacer una parada. De hecho se pregunta qué va a hacer con la multitud que lo persigue. Siempre pueden encerrarse él y su novia juntos en la casa de ella, hasta que se dispersen atraídos por otra cosa, confía.
En el horizonte aparecen, con la ligera curvatura del camino, las tres urbanizaciones de pisos, en una de las cuales vive Marta, destacando nítidamente entre el resto de viviendas tipo casa baja de la zona. El resto del terreno que hay junto a la parada de metro, divisable ya difícilmente, es un gran descampado, usado habitualmente como parking gratuito, parque para perros y, dicen, área para drogarse por las noches.

Poco a poco las cosas han ido poniéndose peores y ya no puede avanzar sin tener que ir esquivando cada pocos pasos algún obstáculo, coche o zombi. Ha llegado al punto, cree, por el que no pasaron los hombres de la esvástica.
Observa con detenimiento su objetivo. Las urbanizaciones construidas en ladrillo rojizo a las que se dirige están elevadas del suelo por columnas de cemento, y tienen custodiado todo su perímetro por un enrejado pintado en tono naranja, desde el cual se vislumbra a veces el patio interior en torno al cual se han edificado. La de su novia, frente a la puerta principal, tiene congregada una masa de no menos de una veintena de monstruos. Será mejor que planifique cómo entrar antes de toparse con ellos. 
Algunos de los atontados transeúntes de la calle ya están fijándose en él y empezando a acercársele. Comprueba con nitidez como una de las exclamaciones sorprendidas de uno de ellos causa que otro se gire y se sume a vociferar “¡¿Huooo?!”. Vale, unos atraen a los otros; como mínimo exclamando, pero es de suponer que también con sus gruñidos y golpes, tal y como comprobó en su propia casa. ¿Sus gemidos también les llamarán la atención? No lo parece… pero habrá que hacer pruebas para comprobarlo. Toda información es poder ahora mismo.
Empieza a torcer el rumbo hacia el descampado; tal vez la parte de atrás del bloque, que no conecta a ninguna calle sino sólo a tierra baldía y que no tiene puertas de acceso, esté en mejores condiciones. Si no, ¿qué podrá hacer? No va a poder detenerse ni unos minutos a pensar sin que le den caza sus rastreadores. Lo único que se le ocurre, si no ve nada claro, es tratar de dar un amplio rodeo para que lo persigan a ver si se marchan momentáneamente de esta zona, para volver a venir luego corriendo. No parece una muy mala idea después de todo, si se ve obligado a ello. Pero siente que le gustaría haberlos estudiado un poco más antes de poner en práctica teorías sobre cómo se comportarán. Durante un momento su mente se desvía y juega con la idea de bautizar e inaugurar el área de investigación “dinámica de zombis” y trata de valorar sus potencialidades.
Se sacude los pensamientos inútiles de encima y vuelve a su tarea. Algunos de los que se encontraban aporreando los cierres de acceso también se han desviado hacia él, pero la mayoría siguen tozudamente intentando derrotar al metal. Pone un pie en la asilvestrada explanada, alfombrada de ortigas, cactus y algo de césped, aunque en su mayoría simplemente con la tierra seca expuesta a la intemperie. La ropa que lleva lo protege por completo, pese a que alguna vez siente un leve pinchacito de los cardos en las espinillas, no llegan ni a enganchársele; no cree que estén siquiera atravesando su pantalón.
Se asoma a la esquina. “¡Bien!”, la trasera está despejada. Se agacha un momento y abre su mochila; puede que al otro lado tenga que luchar, así que se enrolla y ata la bufanda como un bozal; luego, cogiendo el macuto en la mano sin llegar a ponérselo, pega una carrera hasta el centro para recuperar el tiempo perdido y, sopesando unos segundos, lo lanza por encima de la alambrada. Cae romo al otro lado. “¡¿Eeehí?!”, balbucea algún zombi. “¡Mierda!”.
Antes de dejar tiempo a reaccionar a quien quiera que se haya sorprendido, pone las manos contra los barrotes y, como un mono, empieza a subir andando contra el hierro, intercalando los movimientos de piernas y brazos. No está muy en forma, pero también pesa poco, así que tiene vigor suficiente para hacer algo como aquello si no es muy de seguido.
Se descuelga al otro lado, cayendo no demasiado elegantemente. Ha impactado con ambos pies separados y ahora le molesta la cadera. ¡Está dentro! Quiere correr al portal de Marta, pero se contiene; mejor no “cagarla” justo al final.
Recoge su equipaje justo al tiempo de ver doblar la esquina a una de esas cosas. No es ella. De repente se da cuenta de que esa es una posibilidad… que puede haber ocurrido. Lo aparta de su cabeza; es la única de las opciones ante las que no va a prepararse, porque no quiere pensar en ella. El monstruo se acerca. Él lo espera hasta el último segundo y, luego de una carrerita de lado, se aleja ganando terreno; pasando después a caminar deprisa, pero sigilosamente, hacia el centro.
Cuando por fin sale del rellano techado en que se encuentra, que sirve de jardín de columnas para los pisos sobre su cabeza, consigue una buena panorámica de la plaza interior.
Es de baldosas rojas, con varios portales perimetrales que dan acceso a cada grupo de viviendas. La parte más meridional tiene una piscinita vallada, ahora recubierta por una lona verde sucio. La mayoría de las casas tienen las persianas entreabiertas y las ventanas cerradas. ¿Cuánta gente viva habrá en ellas? Mira hacia la ventana de su novia, situada a su izquierda, a unos treinta metros. Está bajado el cristal, pero la persiana alzada. La diferencia de claridad le impide ver nada dentro.
Sea como fuere, aún no ha acabado. Frente a la entrada del vestíbulo al que necesita llegar hay siete no-muertos pidiendo el paso a la nada. Han reventado las vidrieras, pero no han podido con el acero. Y no están solos. Por todo el patio hay varios pululando, entre charcos de sangre y un par de cadáveres: cuenta otros cinco en otro de los portales; otro más que abandonó a su espalda; otros dos aproximándose por la derecha rugiendo; uno en el área de la piscina, pataleando enmarañado sobre la lona endeble. Y tal vez alguno más, le parece, en una esquina que no puede ver bien por culpa de la caseta de la depuradora de mantenimiento, junto al agua.
Mira a su alrededor en busca de ideas. Hay macetas grandes de hormigón con palmeritas plantadas; una de ellas torcida y con la tierra removida y manchada. ¿Se han comido a alguien allí? Un rastro de sangre se aleja de ella hacia una de las puertas, en la que hay estampada la huella sanguinolenta de una mano. No tiene tiempo para divagaciones; cada vez están más cerca. También hay, por cada lateral, sendos extintores. Junto a la verja más próxima un salvavidas… Un palo ensangrentado en el suelo. Muchísimos cristales y algunas ventanas rotas. ¿Ventanas rotas? “¡Maldita sea!”. Los primeros están muy cerca ya. “¡Haz algo, joder!”. ¿Qué sabe de ellos? “¡Sí!”. Van en línea recta, ¿no? Pero suben escaleras… ¡Puede funcionar!
Corre con todas sus fuerzas a recoger uno de los extintores; guardándose, de nuevo, el cuchillo. Está atrancado, y no sabe por qué. Sin miramientos, apoya un pie contra la pared y tira con fuerza hasta arrancarlo, casi cayéndose al suelo tras que ceda la resistencia. Da media vuelta y empieza a correr hacia la piscina; se cruza con el que lo estaba siguiendo. Cogiendo el armazón de metal que ahora porta por un extremo, batea con todas sus fuerzas la cabeza de su contrincante, derribándolo al suelo. No se detiene a comprobar si se levanta; basándose en experiencias anteriores supone que sí. Doblando la esquinita del recinto cerrado, llega a la puerta de tela metálica. Tiene el candado echado. Sabio Álvaro; enhorabuena a su yo del pasado. De la mochila extrae las tenacitas; no para usarlas contra la urdimbre de chapa, le llevaría demasiado tiempo, sino contra el cierre. Salta sin problemas. ¿Alguien había echado el candado con esa cosa dentro? Le cuesta imaginarse la situación; supone que debió de ocurrir justo al principio y alguien trató de encerrarlo allí, sino no tendría sentido. Sea como fuere, ¿qué había ocurrido para que todos aquellos zombis se quedasen atrapados allí, pero lograran salir de sus casas? Igual que había pasado en su edificio… parecía ser un denominador común que hubiera zombis fuera de las viviendas, atrapados en los espacios comunes interiores, pero aún no consigue visualizar bien la línea causal.
Da toda la vuelta a la playa hormigonada y se sitúa centrado y enfrentado a la puerta de acceso, con la bañera entre medias, apoyando la espalda en la pared de la caseta. A continuación desenrosca el manguito del extintor y agarra con una mano la válvula de apertura, mientras que con la otra encara a sus futuros rivales sujetando el extremo cónico del tubo. Por fin…
—¡Marta! —Alarga muchísimo el berrido. Todos los zombis que aún no se habían preocupado por él exclaman satisfechos e inician su marcha—. ¡Marta! ¡Asómate a la ventana de tu cuarto!
—Está gritando forzando al límite sus pulmones. Es imposible que si está en casa no lo haya oído. 
Le escuece la garganta; el primer enemigo asoma a la entrada abierta. Parece que, como sospechaba, tienen capacidades cognitivas suficientes como para distinguir una ruta de acceso a su destino, en vez de apolillarse contra la alambrada. Ahora debe comprobar su segunda teoría… Varias ventanas se abren por la urbanización y hasta una docena de personas observan, con aspecto entre asustado y curioso, tratando de susurrarle advertencias.
—¡Marta! —insiste una vez más.
De repente, como un milagro obrándose, se desliza la sufrida frontera hacia arriba y ella se muestra como una aparición, sacando la mitad del torso por la ventana, con los ojos extremadamente abiertos. Casi ni se fija en que la segunda parte de su plan está teniendo éxito; pues el monstruo, confundiendo la lona con suelo sólido por el que trazar la línea recta más óptima hacia él, ha caído a su inclemente trampa acuática.
—¡Álvar…!
—¡Cállate! ¡No llames su atención! —chilla ahora en un tono mucho menos forzado, acallando también a los espectadores, con una voz que le surge casi enfadada, aunque su verdadera intención era sólo darle rotundidad a sus palabras. Al menos consigue ese efecto y la silencia—. ¡Preciosa, he venido a por ti! —sentencia cambiando la entonación, sintiéndose de golpe henchido de virilidad.
Ella, con una sonrisa que reconoce, a la vez aliviada y consternada, y también definitivamente deslumbrada, lo saluda tímidamente con la mano derecha vendada. “Oh…” Tiene la mano derecha vendada… ¡Da igual! ¡Ahora no! Un nubarrón de demonios surca su mente mientras trata de espantarlos. Ahora no; ha llegado muy lejos. Ahora no; se siente como un héroe después de tanto esfuerzo. Todo va a acabar bien, a saber qué le ha pasado. ¡Ahora no va a pensar en eso!
—¡Escucha mi vida! —continúa—. ¡En nada voy a estar ahí, ¿vale?! ¡Necesito que me eches una mano! ¡No digas nada! ¡Sólo ve al telefonillo y pulsa el botón para abrirme el portal! ¡En cuanto me encargue de esto subo!
Ella asiente y corre hacia adentro.
Todos los muertos vivientes más cercanos se han atorado en la entrada compitiendo, sin verdadera intención de hacerlo, por entrar primero; y poco a poco van accediendo al recinto. Suena brevemente el timbre ronco del portal. Un par de los infectados gira la cabeza, pero Álvaro vuelve a captar su atención gritándoles. La mayor parte de ellos cae  como una cómica bandada de “lemmings” en la piscina, retorciéndose patéticamente después, envolviéndose en la lona que ya se ha desprendido de los laterales y ha comenzado a convertirse en un jirón amorfo de zombis y plástico sumergido en el agua. Una mujer, no sabe si por inusitada astucia o coincidencia, ha conseguido evitar el señuelo y emprende la marcha por el borde de la piscina hacia él. Quedan muy pocos ya. Él corre hacia ella y, situándose de tal modo que quede entre su extintor y la pecera, aprieta la válvula apuntando a su cara y torso, moviendo el brazo en sacudidas verticales. La espuma blanquecina ciega por completo a su rival que, como esperaba, sin saber a dónde dirigir sus esfuerzos, es arrastrada por la presión del chorro hasta zambullirse aparatosamente también. ¡Se siente increíble! 
Al ver que dos de los tres últimos que quedaban por entrar también han evitado caer en la prisión clorada, decide precaverse de que el éxito se le suba a la cabeza. ¿Tal vez el hecho de que la lona se haya descorrido haya dejado de hacer tan efectivo el engaño?, ¿o será que como ahora está en un lateral, en vez de enfrente, deciden tomar rutas más oblicuas hasta él? Está bien darse una palmadita en la espalda a uno mismo, pero en esa situación un paso en falso y se acabó. Mira a la ventana y comprueba que Marta ha vuelto a asomarse, se alegra de que lo vea en un momento tan triunfal, en el que está demostrando toda su inteligencia y voluntad.
Repite el proceso con ambos, sentenciándolos a lo que, espera, sea una eternidad atrapados. Por fin se aparta la bufanda de la boca, que está agobiándolo de un modo insufrible, y corre por la ahora desértica plazoleta hacia el portal, cargando el extintor en la mano; acompasado por chapoteos y gruñidos burbujeantes. Le gustaría haber podido cerrar la puertecita de nuevo para mayor seguridad, porque un número tan grande de ellos tal vez logre acabar saliendo de ahí, aunque sea por pesadez… En fin.
—¡Álvaro…! —grita por fin ella—. ¡Te quiero muchísimo! —prorrumpe llorosa.
Mientras, dos de los espectadores empiezan a aplaudir arrastrando al resto a hacerlo también, y le vitorean palabras de ánimo y alabanza. Él, sin decir una sola palabra, se sonríe de oreja a oreja y abre el pórtico al torreón de su princesa, completamente eufórico y hasta algo ruborizado. 
Llama al ascensor, y durante unos segundos se comprime temiendo volver a escuchar a algo chillando histérico, reprochándose la imprudencia. Después se relaja y saborea el descanso mientras espera a que llegue a su planta. Resopla un poco y va recobrando el ritmo cardiaco por el esfuerzo realizado, aunque ahora no lo ha pasado tan mal ni ha estado tan asustado, confiando en la eficacia de su plan. Más bien va notando como empieza a acumulársele el agotamiento general.
Las puertas se abren lateralmente, permitiéndole el acceso. Pulsa el botón de la tercera planta. El motor se pone en marcha y lo eleva hacia su reposo del guerrero. 
“¡Ding!”. Las puertas se abren y un zombi se le echa encima gruñendo con la boca abierta y flemosa.
“¡Ostia puta!”. El corazón le estalla en el pecho. Salta con pavor de espaldas hasta estamparse contra la pared del elevador. Lanza una patada con todas sus fuerzas que impacta en el vientre del hombre, propulsándolo hacia atrás. Por suerte, las escaleras de bajada están casi alineadas con la cabina, y el señor rebota contra la esquina, rodando después escalones abajo. “¡Joder Álvaro; eso ha estado demasiado cerca! ¡Aprende la lección! No te confíes ni un segundo mientras estés ahí fuera”. Definitivamente, hay que evitar los ascensores…
Corre al descansillo. Una de las puertas del vestíbulo se abre y aparece Marta tendiéndole una mano. Entran dentro de un bote y cierran tras de sí.
—¡Perdona! ¡Abrí para recibirte, pero vino esa cosa! —le implora desconsolada—. ¡No sabía cómo avisarte!
—Tranquila preciosa… —Le recoge una lágrima que se le desliza por la mejilla con el dedo índice; la abraza con muchísimo cariño y le besa en los labios—. Te quiero, Marta, mucho.
Marta es una chica delgada, un año mayor que él, de larga melena de color castaño tirando a rubio, un poco seca. Tiene la piel bronceada, con un cuerpo muy bien definido. Su cara es algo alargada, de pómulos altos, con unos ojos de tono gris gato. Está terminando la carrera de historia del arte, y aunque no es demasiado aficionada a la ciencia ficción, o los juegos e historias frikis, sí que comparte Álvaro con ella muchas inquietudes culturales, filosóficas y artísticas. Tienen en verdad buena complicidad. Ahora mismo está en su pijama blanco de lunares negros; sonriéndole con su dentadura inmaculada, abrazada con los ojos cerrados, llorando de alegría y besándole a ratos.
No hablan nada por un tiempo; sólo se dejan caer allí mismo frente al umbral de la puerta, que no tarda mucho en comenzar a ser aporreada, y se quedan juntos acurrucados el uno en el otro, ignorando los gruñidos cansinos que llegan amortiguados desde el pasillo. 
Álvaro ha ido soltando todas sus cosas desordenadamente por el suelo. Siente las lágrimas tibias de ella humedeciéndole el rostro; tiene muchas cosas que hablar con ella y que preguntarle… no se le escapa que no hay nadie más en casa. Pero decide olvidarse temporalmente de todas ellas. Sólo quiere atesorar el momento. Ella está bien, y por fin están juntos. 
—Muchas gracias por venir conmigo… —le susurra rompiendo el hielo.
—Claro que he venido preciosa.
—De verdad; muchas gracias… No sabes el miedo que he pasado —Se lo imagina, en verdad…—.  ¿Qué está pasando Álvaro?
—Esto… es complicado.
—He hablado por la ventana con algún vecino y nadie sabe nada… No funciona ni la tele ni el ordenador… ¡Te he llamado mil veces!
—Nada de todo eso va a funcionar…
—¿Qué está ocurriendo? —Se han separado un poco para poder mirarse a la cara mientras hablan.
—Cuenta tú primero; ¿qué ha ocurrido aquí? —Empieza a recordar… su mano… Se la agarra cariñosamente; por ahora sin tocarle las vendas.
—¡No lo sé! —profiere en un chillidito quedo; mientras, el “toc, toc” sigue incordiando. Ella mira hacia la puerta con miedo.
—Vámonos a tu cuarto, ¿vale? Y charlamos allí.
Se encaminan por la casa hasta la habitación de ella, de paredes malva; decorada modestamente con un escritorio sobre el que reposa un portátil, algún póster adolescente, un armario de ropa, una repisa cajonera y una cama vestida de sábanas azuladas, con peluches repartidos. Comprueba la hora en un reloj de pared. Son las doce y media pasadas de la mañana.
Se tumban sobre el colchón sin deshacerlo, bastante juntos. Desde aquí suena mucho más distante el golpeteo. Vuelven a hablar en susurros mientras él le acaricia delicadamente el pelo.
—Cuéntame, cómo empezó todo.
—Yo… estaba dormida y me despertó una jaqueca horrible. —Así que eso era un denominador común…—. Cuando recobré el sentido me quedé sentada un rato en el suelo; luego traté de ir al baño, pero mi padre estaba gritando de golpe… —Él profiere un “hum” asintiéndole para que siga—. Entonces me fui hasta su cuarto y vi que mi hermano estaba sobre él mordiéndole en un brazo.
—¿Qué más? —Le coloca un mechón detrás de la oreja y le aprieta en el hombro, como tratando de compensarla por la parte del dolor.
—Salté sobre él y traté de agarrarlo y de hablar con él. Mi madre estaba quieta, como paralizada. —“Hum” —. Lo aparté al final de mi padre, pero me mordió en la mano y se me cayó al suelo. Entonces se giró y vino a por mí. Sus ojos eran muy raros…  
—Tranquila… —La habían mordido… “¡Joder!”.
—¡Era como si no nos viese!
—Ya lo sé; lo siento mucho cielo… cuéntame qué pasó luego. 
—Mi padre saltó de la cama y agarró a Cristian y lo sacó de la habitación. ¿Cómo lo sabes?
—Lo que le ha pasado a tu hermano le ha pasado a más gente hoy; ya lo has visto por la ventana.
—¿Qué está ocurriendo Álvaro?
—“Por fa”, termíname de contarme tu primero.
—Pues mi madre salió de la habitación. Le pregunté qué pasaba pero ella tampoco sabía. Al rato vino mi padre y dijo que se llevaba a Cristian al hospital; le había puesto el bozal de Bruma. —Bruma era la difunta perra de Marta—. Mi madre se puso la chaqueta y dijo que también iba. —Parece muy alterada; él trata de calmarla acariciándola.
—Marta, lo siento; venga cuéntame. No quiero ser pesado, es una mierda, sé que has pasado mucho miedo, pero necesito saber qué ha pasado, ¿vale?
—Vale… —Se la nota muy confusa—. Pues no sé, yo les dije que también iba, pero se oían muchos gritos fuera y papá me mandó quedarme en casa. Protesté… aunque la verdad es que tenía miedo de salir.
—Pobre, has hecho bien cielo; no tenía sentido que tú fueras también—. No cree que sus padres tengan muchas posibilidades de seguir vivos a estas alturas.
—Pero es mi hermano…
—Ya lo sé, mi vida; ¿luego qué hiciste?
—Me asomé a la terraza y vi a mucha gente corriendo hacia afuera; había un hombre peleando con otro y lo acabó tirando a la piscina. — “Hum”—. Algunas personas se cayeron por las ventanas y después se levantaron y empezaron a atacar a los que pasaban cerca. —Entiende algo nuevo… Las ventanas pueden ser peligrosas…—. Desde un portal salió un hombre agarrado por dos o tres chillando. Cuando vi salir a mis padres con Cristian en brazos… Les grité que me llamaran pero se fueron corriendo. ¡Sonaban accidentes fuera! Y luego más tarde sonaron disparos también… Yo me escondí aquí esperando que me dijeran algo… Te llamé…
—Lo siento Marta, no funcionaban los teléfonos…
—Ya lo sé… has venido, ¿no?
—Claro que sí. Y luego qué pasó.
—No sé… me quedé tumbada mucho rato, con mucho miedo. A veces se oían más ruidos en el patio. Como si alguien peleara. ¡Muchas veces que pasaba eso se oía al final a alguien gritando de dolor! A veces se quedaba todo callado… Creo que una de esas veces me dormí.
—¿Y cuándo te has despertado?
—Como a las nueve o así… fui a salir, pero vi a toda esa gente fuera y no me atreví. Me escocía muchísimo la mano así que me la curé un poco; me ha arrancado todo un trocito de piel…
Luego traté de estudiar… Pero no he podido. ¡¿Por qué no ha venido la policía ni nadie?!
—Vamos a verte esa mano, ¿vale? Y luego te cuento todo lo que sé con calma.
—¿En tu casa están todos bien?
—No lo sé… se han ido a Navadalpinar. —Se levantan para ir al baño.
—¡Ah!, es verdad…
—A ver… voy a quitarte la venda y a lavarte la herida, puede escocer un poco. —Le besa el reverso de la mano, allí donde hay piel en vez de venda, antes de proceder con ternura, despacito.
Con muchísimo miedo de lo que se pueda encontrar va desenroscando el vendaje. En cuanto llega a la última capa ensangrentada ella se queja un poco, así que lo despega muy suavemente, milímetro a milímetro. Antes de terminar, se quita las protecciones sucias de los brazos y continúa con sus manos desnudas. Con un último gritito lastimero, cede el lino que cubre la dentellada.
Mira de cerca la parte dañada. Su hermano le ha arrancado unos tres o cuatro centímetros de carne a lo largo, y uno de profundidad como mucho. Toda el área está muy inflamada y enrojecida. Se ha formado una película blanquecina y parda tapando el orificio recién abierto… pero parece bastante saludable; ni siquiera ve signos de pus o infección. Sabe que marta ha estudiado primeros auxilios, así que supone que se habrá desinfectado bien…
Le coge la otra mano, sin que ella oponga resistencia, y acuclillado acerca la una a la otra para compararlas.
—¿Qué haces?
Él permanece en silencio unos segundos, cerciorándose. Toda el área afectada de su mano derecha tiene un tono purpúreo distinto del de la otra mano, pero por lo demás ambas pieles se ven igual de morenas, no hay signos de nada ennegrecido, ni de ninguna palidez. “Gracias”. “De verdad… gracias”.
—Nada… ¿Cuándo dices que te mordieron…?, digo, ¿que te mordió tu hermano? —Corrige rápidamente al darse cuenta de que aunque él ya sabe que es un zombi, es demasiado fuerte despersonalizarlo con ella.
—No sé… ¿Sobre las dos? Dime qué ocurre por favor… —Empieza a notarla algo exasperada ante sus rodeos, pero él está contento, han pasado más de diez horas; según los tiempos que le dijo su amigo, cree que puede ser optimista. Ella puede ser una de esas personas resistentes.
—Sí, de verdad. Vamos a lavarla de nuevo y volvemos a la habitación; “por fa”.
Con los ojos apretados y gesto de dolor, ella deja que le eche jabón y agua en la herida, antes de aplicarle el Betadine y vendarle con nuevas gasas. Luego caminan agarrados por los dedos hasta el cuarto y vuelven a tumbarse juntos. La besa en la frente antes de empezar a darle las malas noticias.
—A ver mi vida… me duele mucho contarte esto.
—Cuéntame por favor.
—Lo que ha ocurrido aquí está pasando por todas partes. Por eso no ha venido la policía…
—Ante su silencio, continúa hablando—. De camino a aquí me he cruzado con Jesús; ¿te acuerdas de él?
—Sí.
—Estaba con un grupo de gente que parecía saber bastante de lo que está pasando, pero han tenido que marcharse rápido a hacer algo. —Decide que va a omitirle todo lo que no sea necesario que sepa ahora. Mejor irle contando las cosas poco a poco.
—¿Y eso?
—No lo sé… El caso es que me ha contado un poco qué está ocurriendo. Esto es una plaga zombi.
—¿Zombi?
—Sí… a ver, es una de esas cosas sobre las que nosotros —da entender haciendo un gesto hacia atrás con la cabeza que se refiere a él y sus amigos—hemos leído, y de las que nos gusta jugar a veces. Una de nuestras cosas frikis.
—¿Qué tiene que ver eso?
—Pues… esta ficción al parecer… no lo es tanto. Los zombis son gente que ha muerto, pero que sigue pudiendo caminar. Y que trata de atacar a los vivos propagando su enfermedad.
—¡Venga ya Álvaro! ¿No mientes? ¡¿Dices que mi hermano ha muerto?!
—No lo sé —miente—; lo que sé es que hay que tener mucho cuidado con ellos; porque no tienen dolor, son muy fuertes y agresivos… —Prefiere dejar que ella vaya haciendo sus propias deducciones a su ritmo—. Y que si te muerden hay muchas probabilidades de que te contagien.
—Yo… ¡¿Piensas que estoy contagiada?! —Se aparta un poco de él, horrorizada.
—¡No, no! Todo lo contrario. Por eso te he mirado la herida. Según lo que Jesús me ha contado los síntomas aparecen rápidamente y la herida se te habría puesto pálida y negra.
—¿Pálida y negra?
—Sí… no lo sé muy bien, pero está claro que no tienes ninguna de las dos cosas.
—¿Entonces…?
—Me ha dicho que hay gente más resistente que otra a esto, pero a lo mejor significa que tu hermano no tiene nada que ver en verdad. —Trata de reconfortarla con vanas esperanzas.
—¿Y cómo ha ocurrido…?
—No lo sabía él tampoco, ¿has bebido agua del grifo?
—¿Sí? —Responde asustada de nuevo.
—Vale, tranquila que no pasa nada. Eso debe significar que esa no es la causa. No obstante yo la evitaría por si acaso.
—¿Y cómo ha pasado entonces?
—No lo sé… empiezo a pensar que el dolor de cabeza tiene algo que ver… a mí también me ocurrió.
—Ah… lo siento mucho cariño…
—No pasa nada…
—¿Y cuándo va a llegar ayuda?
—Eso es lo más importante… no va a llegar.
—¿Qué quieres decir?
—Pues… según él esto ha pasado por todo el mundo.
—¡Eso es imposible!
—Yo no sé mucho más que tú. Pero las calles están llenas de esas cosas. Ha sido muy duro llegar hasta aquí.
—Cielo…
—Estoy bien, tranquila. ¡Soy fuerte! —Le guiña un ojo y sonríe tratando de aliviar tensión.
Ella parece agradecerle el gesto, pero no ha surtido efecto.
—Pero hay militares…
—Esto se les queda grande… además, Jesús ha escuchado que, por algún motivo, hay un grupo que está tratando de impedirles que puedan ayudar.
—¡¿Por qué?!
—No lo sé… lo siento.
—Joder… —Empieza a llorar otra vez.
—Me ha dicho que tenemos que empezar a pensar en cómo sobrevivir por nuestra cuenta… Solos.
—¿Solos? Pero si no sabemos hacer nada.
—Yo voy a cuidar de ti. —Ella le mira con las pupilas humedecidas.
—Pero… ¿y la comida? ¿y el dinero? ¡Tú no sabes nada de esas cosas ni tienes trabajo! Y yo tampoco…
—Estaremos aquí unos días —contesta sin poder contener una risita—, y tranquila, desde anoche a las dos… el dinero no vale nada. —Ella, incrédula, lo observa unos instantes. No debería haber usado su tono cínico. Con gran dolor de su corazón por presenciar su desplome, ve como por fin comprende, abrazándosele y escondiendo la cabeza en su pecho con un gemido.
—¡Álvaro! ¡¿Qué vamos a hacer?!
—Por lo pronto. —Alisa su pelo dulcemente—. Estaremos juntos. Haremos acopio de la comida en la casa y la alargaremos lo que podamos. Luego nos marcharemos lejos de la ciudad a algún lugar más tranquilo, tú y yo.
—¿Y si no han vuelto mis padres aún? —Él la mira de soslayo, sin responder—. Crees… ¿crees que están muertos?
—¿Quieres la verdad?
Marta se separa un segundo y lo mira de frente, luego asiente muy sutilmente cerrando los párpados. El también apaga la vista y se aprieta contra ella.
—Lo siento… sí. Los hospitales son ahora mismo el peor sitio posible.
Ambos se quedan juntos anudados, totalmente desconsolados. Él ahora está pensando en su familia y amigos, entendiendo que, por mucho tiempo como poco, debe darlos por perdidos.
Ella es ahora la familia que le queda, y debe volcarse en cuidarla.
Los minutos pasan lentamente y va notando como el cansancio y el sueño acumulado de la noche anterior se apoderan de él. Los ecos del aporrear en la puerta resultan adormecedores y el mundo se difumina lentamente en meditaciones desordenadas e informes. 
Cree que se ha quedado dormido al calor de su compañera por un rato, porque de golpe la oye respirar profundo y la claridad del cuarto le resulta cegadora. Decide abandonarse voluntariamente de nuevo al merecido reposo…



—Esto sigue pasando, ¿verdad? —Él contesta somnoliento, solamente dibujando una mueca con los labios mientras extraña el peso de su novia a su lado y nota su ausencia—. Joder… si no fueras tú quien me lo está diciendo no me lo creería aunque lo esté viendo.
Ella está mirando medio escondida por la ventana abierta, envuelta en la luz blanquecina que entra desde el cielo ahora nublado. ¿Cuánto tiempo habrá pasado? Entra una suave brisa fresca que le acaricia la piel. Se siente renovado, como tras una espléndida siesta. ¿Ha atardecido un poco?
—¿Qué hora es?
—Casi las cuatro cielo.
—Vaya… ¿Llevas mucho despierta?
—Un poco… he estado acariciándote viéndote dormir… Álvaro se ruboriza por dentro encantado—. No sabes cómo me alegro de tenerte a mi lado…
—Y yo Marta… No sé qué habría hecho si no te hubiera encontrado.
—No me imagino lo que has tenido que pasar para llegar hasta aquí.
—No ha sido tanto preciosa. Por ti haría lo que fuera.
—Ya lo he visto… Te quiero muchísimo.
—Y yo a ti.
Pasan unos segundos mirándose.
—¿Sabes? Cuando te he visto por la ventana tirando a todos esos hombres… ¿zombis dices?; me has parecido muy sexy…
—Lo sé —responde socarrón estirándose. Se alegra de la inteligencia y resiliencia de su pareja, que parece estar consiguiendo racionalizar lo que ocurre medianamente entera y rápido.
Ella se le echa encima, fugazmente sonriente, y comienza a besarlo. Sabe, y sabe que ella sabe también, que no es un buen momento para hacer nada. No podrían disfrutarlo verdaderamente. Así que no va a ocurrir mucho, pero se deja querer un poco y devuelve el afecto. Cree que ambos necesitan poderse relajar un poco, y la envuelve con sus piernas sin desnudarla, para besarla y acariciarla con dulzura. Es consciente sin embargo de que no debe oler demasiado bien ahora mismo. Ella en cambio siempre huele bien. 
No pasan muchos minutos hasta que vuelven a quedarse ambos callados, mirándose tensamente. Tratando de evitar que vuelvan a emerger las emociones, se incorpora con un bostezo fingido.
—¡Bueno! —Alarga mucho la palabra—. Tengo un poco de hambre… ¿tú?
—Un poco…
—¿Miramos qué hay de comer?
—Vale… Creo que hoy había dejado cocinado mi madre… unas judías. —Claramente su cabeza está pensando en sus padres. Él odia las legumbres…
La agarra de los dedos de la mano vendada y tira de ella cuidadosamente, invitándola a levantarse de la cama. Ella mira un momento, hace ademán de levantarse, pero acto seguido se deja caer de nuevo, ocultando la cara en la almohada, sollozando.
Él se reclina a su lado y le aprieta el hombro, después le acaricia el costado y se abraza a su espalda tratando de compadecerla; no cree que decirle nada ahora mismo sea buena idea, ¿qué va a decirle?; ¿que no pasa nada?, ¿que se tranquilice? Ella no responde, sólo sigue con la cabeza puesta entre la mullida tela. Decide dejarla llorar lo que necesite.
—Voy a calentarte un plato de comida, ¿vale? —Ella asiente sin girarse.
Se pone en pie, rumbo a la cocina. Pobrecilla… Maldita sea, judías… Abre la nevera; frente a él tiene un generoso “tupper” sellado, rebosante de fabada. También hay dos botellas y media de refrescos, una fiambrera con embutidos variados y quesos dentro, yogures, una docena de huevos y unos filetes de ternera envueltos en papel de carnicería. Las tripas le rugen quejándose: tiene hambre, pero no es eso… ¿cuánto tiempo hará que no…? Le gustaría hacer inventario antes, de la comida que hay en la casa, aunque sabe que no puede posponerlo demasiado.
Se da un paseo abriendo armarios y revisa también la terraza. En total, también hay dos paquetes de arroz y otros dos de pasta; junto con seis latas de conservas en la despensa. Carne picada en el congelador; así como otra tartera con lentejas petrificadas. Un bol grande con naranjas y peras en la terraza, y al lado, dentro de una bolsa de rejilla, varias patatas. Qué enorme diferencia respecto de su casa… Otro movimiento visceral lo sacude.
Resignado, saca dos platos hondos y los llena de las judías envasadas, gastando aproximadamente un tercio del contenido; al menos no es pescado. Pone a calentar en el microondas por cuatro minutos el primero; luego calentará el suyo. Se marcha y se sienta en el inodoro cerrando la puerta.
“¡Joder!” ¿Cómo no se había dado cuenta antes de lo descompuesto que estaba? Supone que ha sido ahora que se ha relajado cuando todo su cuerpo… se ha relajado también. Después de la pertinente higienización personal se dispone a salir, tirando de la cadena; pero en el último momento decide darse un agua rápida sin jabón. Ya se duchó por la mañana, ahora sólo quiere quitarse el sudor pegado al cuerpo; aunque lamenta no poder ponerse ropa más limpia.
Finalmente, envuelto en vapor caliente, sale del cuartito y regresa a la cocina. Marta ya está allí y lo mira con una sonrisa forzada, que no desvía la atención de sus ojos enrojecidos. Ha puesto la mesa, servido unos vasos de Fanta, y también ha calentado su plato.
—¿Comemos? —le dice forzando aún más el gesto.
—¡Claro! —responde, esbozando él también una mueca amable que, espera, quede más natural—. ¡Gracias! Ahora iba a terminar yo…
—No pasa nada.
Se sientan juntos y degluten en silencio el guiso. La verdad es que con el hambre que tiene no se le hace tan tedioso acabarse el plato que, por respeto hacia la madre de ella, decide dejar completamente limpio. No sabe si a Marta le importaría o no que no le gustase la comida, pero prefiere no tentar a herirle los sentimientos.
—Parece que te ha gustado, ¿no? —le pregunta cuando termina.
—¡Sí! ¡Mucho!
—Es que mi madre cocina muy bien —le dice con cierto orgullo en el tono.
Bien, parece que tomó la decisión correcta.
—Friego yo, ¿de acuerdo?
—No te preocupes…
—¡Insisto! —sentencia con juguetona rotundidad; levantándose de la silla y llevando los cacharros al fregadero.
—Bueno; entonces te ayudo —acompaña ella.
Juntos hacen equipo, él enjabona y aclara mientras ella seca evitando mojarse los vendajes.
Aprovechando un momento risueño le da un cachete, tratando de perpetuar una dinámica de buen humor, ante el cual ella reacciona pegándole en broma, mientras exclama exagerada.
Acaban la tarea y vuelve a hacerse el silencio… ¿ahora qué? Dado que parece inevitable que vuelva a surgir el tema, decide intentar ser productivo y se marcha al salón de la casa, cuyas ventanas apuntan al exterior de la urbanización, a una callejuela entre éste y el siguiente bloque de pisos; pero desde ella tal vez pueda verse un poco el estado de la calle principal. Ni los gemidos, ni los chapoteos, ni los manotazos contra la puerta han cesado en ningún momento, aunque a veces ya acostumbrado no los perciba.
Ella lo acompaña y se asoma también. La multitud que atrajo consigo ha crecido en vez de disiparse. Sólo divisa una esquina del edificio, pero ve que arremolinados junto a ella, y más distribuidos a lo largo del flanco, hay una doble fila, y hasta en algunos sitios triple, de zombis peleando contra la valla. ¿Estará todo el edificio igual de rodeado? Sólo podría comprobarlo bajando al patio, pero no quiere excitarlos innecesariamente, a lo mejor hay alguna oportunidad de que se marchen. ¿Cuántos serán? De seguro al menos unos pocos cientos…
Justo parece que ella quiere preguntarle algo cuando les interrumpen unos gritos bajo sus pies.
—¡No mamá! ¡No! —Silencio—. ¡Joder! ¡Vuelve a tu cuarto por favor!
Ellos se miran intrigados e, instintivamente, se encogen un poco y se acercan a la cocina, encima de donde viene la voz.
—¡Mamá! ¡Ahora mismo te llevo más comida! ¡Yo no, por favor!
De repente suena un estrépito de utensilios metálicos y golpes. Después vuelve a quedarse todo más callado, aunque suenan cosas metálicas siendo arrastradas, chocando caóticamente.
—¡Mamá! ¡Por Dios! ¡El aceite! —Breve pausa—. ¡No! ¡“Aaahg”! —Ese chillido suena terriblemente lastimero y familiar…—.  ¡Por favor, no!
Siguen oyendo más lamentos doloridos y súplicas por poco tiempo; antes de que, mucho más pesada, se haga de nuevo la calma, velada por casi imperceptibles gruñidos y sonidos grimosos.
Marta tiene las manos en la cara, con un gesto sumamente asustado. Álvaro va rápido a la terracita que da al patio y mira hacia abajo con esperanzas ilógicas de descubrir algo. Los zombis siguen atorados en la piscina, al menos. Salvo un chico joven que, empapado, está deambulando ahora precisamente hacia su pared, y poco después después comienza a golpear los ladrillos. Se fija en que su piel está definitivamente pálida ahora. No llega a ser cerúlea, pero el color no es sano. Y alrededor de los ojos tiene unas ojeras amoratadas marcadísimas.
¿Habrá sido efecto del agua, o será de lo que le habló Jesús?
No consigue distinguir nada de lo que quiera que haya pasado en la casa de abajo. Aunque se lo imagina y le aterra. ¿Habrá alguien encerrado a su madre muerta en la habitación, y habrá estado intentando alimentarla al ver que todo lo que quería era comer? Pobre diablo…
Vuelve y abraza a su chica. Ella se aprieta contra él y contempla resignada. Poco a poco, piensa; poco a poco tendrás que irte acostumbrando… Le duele mucho no poder hacer más por ella… ni por él mismo.
Se dan la mano y esperan en la cocina, por si aún se oyese algo; pero nadie más vuelve a hablar.
—¿Se ha muerto?
—Yo me temo que sí…
—Joder… —ahoga ella. Álvaro conoce que su forma de ser no le permite distanciarse tanto como él del prójimo—. Podríamos intentar ayudarle…
—¿Cómo? —responde, más como un cierre de conversación que como una verdadera pregunta.
—Ya… no se puede supongo…
—Cielo, nuestra prioridad ahora debemos ser nosotros. Apenas podemos intentar ayudarnos a nosotros mismos…
—¡¿Te da igual lo que les pase a otros?! —Por primera vez desde que se han visto ella le habla enfadada, pero él da por seguro que realmente es una reacción más a las muchas cosas que está teniendo que afrontar.
—Marta… Por favor, no seas dura conmigo.
—¿Entonces?
—¿Realmente piensas que me da igual? —Ella tarda unos segundos en responderle, con la vista fija en sus ojos.
—No…
—Me gustaría poder ayudar a más gente… —Finge una mueca con los labios. En verdad, por supuesto que le gustaría poder ayudar a todo el mundo, pero aunque no pueda, es cierto que tampoco sería su máxima prioridad; está conforme consigo mismo sabiendo que no es esa clase de persona realmente—. Pero sinceramente, aunque trate de hacerlo todo bien, ahora mismo yo también estoy desbordado.
—Lo siento Álvaro… Perdona… no quería decirte eso.
—Tranquila… —La besa y después al apartarse aspira notoriamente con la nariz—. ¿No hueles a gas?
—Es verdad… —Ella también olfatea.
Álvaro se levanta de un respingo, pero no consigue tiempo para reaccionar. De repente, grave y tremebunda, siente por sus carnes una explosión en la planta de abajo, que hace retumbar las paredes, revienta los cristales cercanos, abre las puertas de los armarios, arrastra las sillas incluida la de marta unos centímetros, y lo derriba a él al suelo. Un destello rojizo ha iluminado la ventana fugazmente, desde algún sitio inferior.
Se incorpora con un tenue pitido en el oído derecho; no ha llegado a quedar ensordecido. Su novia está agarrada a la mesa tensa, con expresión de pánico. Corre de nuevo a la terraza, por la que ve ascender humo, y se asoma.
Enseguida aire caliente e irritante lo golpea en la cara, mientras con los ojos entrecerrados por el escozor ve que se manifiestan tímidas lenguas de fuego por la ventana de la cocina de la vivienda sobre la cual están, justo en la misma vertical que ellos.
Entra y toca las baldosas del centro con la mano. Se están poniendo tibias.
—¿Marta, estás bien?
Ella, un poco recompuesta, le asiente ya de pie.
—¡El imbécil de abajo se ha dejado el gas encendido! —No puede contener el insulto aunque sea cruel—. ¡Corre y prepara una mochila rápida! ¡Tenemos que irnos!
—¡¿Qué?! ¿A dónde? 
—¡Date prisa! ¡No tengo ni idea de cuánto tardará en llegar aquí!
Marta sale de la cocina hacia su habitación; él va detrás, aunque deteniéndose primero a recoger las cosas que había dejado tiradas por el suelo. Luego quedan juntos en el cuarto; ella está en ropa interior, aunque apenas se fija en ese momento en su cuerpo.
—¿Qué me debería poner?
No logra evitar que su mente haga un chiste interno, imaginándose una situación de crisis en que “la chica” pierde tiempo para ponerse guapa; aunque sabe perfectamente que lo que le está es pidiendo consejo sobre cómo prepararse.
—Ponte algo duro y ceñido; todo largo; y si puedes una chaqueta ajustada y que puedas cerrar.
—Ella asiente—. Busca también un pañuelo o algo para cubrirte la boca. —Él también empieza a colocarse todas sus cosas rápidamente.
—¿Cojo algo en concreto?
—Toma —Le acerca sus dos protecciones para los brazos.
—¿Y esto?
—Póntelas; si te agarrasen e intentasen morder, trata de bloquearles con ellas.
—¿Y tú?
—Me las apañaré…
—¡Álvaro…!
—¡Date prisa leñe! —Niega con la cabeza rechazando las protestas y termina de ponerse todo.
—¿Algo más? —Le quedan un poco grandes, pero encajan.
—Busca un cuchillo o la mejor arma que veas. Ya llevo yo comida y bebida… ¡si tienes a mano unas gafas de bucear guárdalas en un bolsillo! —No ha deshecho la mochila.
Él va hasta la habitación de los padres de ella; abre el armario, se detiene a observar un momento y se viste una chaqueta forrada. No quiere ir con los brazos completamente desnudos.
Se cruzan en el rellano. Ella lleva unos pantalones vaqueros apretados, una camiseta rojiza de manga larga y aspecto cómodo, y una chaquetilla de cuero. Se ha puesto una palestina anudada en la boca y sostiene con una mano un cuchillo tosco similar a uno de los que él lleva.
—No he encontrado las gafas…
—No pasa nada —Mira a la puerta sabiendo que hay un zombi al otro lado.
—¿A dónde vamos a ir,…?
—No lo sé aún.
—¿… no crees que podamos quedarnos a esperar?
—No, no tengo ni idea de incendios; podría atraparnos.
Desenfunda su paraguas con un plan en mente.
—Escóndete en el salón, y cuando me veas pasar con el zombi, sal fuera.
Cuando ella se ha ocultado tras la esquina, despliega el “escudo” y abre la puerta.
La criatura entra, él la recibe interponiendo la tela. Empieza a verse arrastrado por el pasillo, sin oponer verdadera resistencia. Ella sale de su escondite y cruza, permitiéndole pelear por fin. El no-muerto tiene fuertemente agarrada la herramienta; él trata de forcejear para arrebatársela, pero no lo consigue. Temiendo que pueda haber también problemas fuera, lo empuja hacia un lado regalándole la pieza y cruza por su lado corriendo. Nada más llega al umbral cierra tras de sí, encerrándolo dentro de la vivienda.
Ase de la muñeca a Marta y, tratando de mostrarle una sonrisa confiada, la conduce hacia las escaleras. No se siente nada seguro de tener que cuidar de los dos a la vez.
No sabe a dónde podrían dirigirse; desde luego quedarse allí, sin saber si el fuego devoraría sólo aquella cocina, toda la casa, todas las plantas del bloque o directamente la urbanización entera; no era una opción. Era mejor salir cuando aún podían tomarse tiempo para pensar.
Podrían volver a su casa, pero eso les arriesgaría encontrarse con el ¿“gritón”? del garaje.
Pasan por la segunda planta caminando despacio; han hecho mucho ruido hasta el momento, pero eso no significa que el sigilo no siguiera siendo una estrategia viable de ahí en adelante.
Él le indica con un dedo en los labios acompañado de un gesto descendente de la mano que intente ser silenciosa.
Por suerte, las puertas de las viviendas de este bloque dan directamente al rellano, y unas grandes vidrieras iluminan los niveles generosamente; permitiendo a golpe rápido de vista evaluar el peligro hacia el que se acercan. En esta altura, todas las casas están cerradas y no hay nada sospechoso.
La primera planta tiene una entrada abierta de par en par. ¿Tal vez de donde saliera el zombi de antes?
Curándose en salud, Álvaro se acerca y la cierra suavemente, girando después y terminando el descenso al pie de calle. En algún sitio por encima de ellos retumba el eco de un cuerpo desplomándose escaleras abajo, seguramente alertado de su presencia. “Si salimos al exterior… no será mi puto problema”.
Inevitablemente, al abrir el pórtico captan la atención del muerto viviente en el exterior.

—Marta; intenta asomarte a las verjas a ver si hay alguna salida. Yo voy a tirarle de nuevo al agua.
—Vale…
—Procura, eso sí, que no te vean.
Prepara su extintor y, colocándose delante de él para asegurarse de ser el blanco de su agresividad, empieza a recular dándole un rodeo, introduciéndose en el recinto de la piscina.
Una vez allí, perseguido como por una mosca, el otro se le acerca hacia su trampa. Con una inclemente vaporización espumosa, lo devuelve a su lugar en el mundo y marcha al encuentro de Marta. Un par de ventanas se han abierto, aunque se siente observado por más personas aún. Allá ellos si deciden quedarse. Alguien trata de preguntarle en un susurro; pero él no responde, queriendo evitar excitar a los zombis del exterior.
Ella le hace gestos, con la espalda pegada a la esquina del portal ensangrentado, y cuando se encuentran más cerca le señala. Mira exponiendo solamente un ojo. Es el lateral por el que el dio el rodeo, y está algo despejado. Tanto en la esquina de la calle principal, como en el extremo por el que entró, puede ver atorados zombis en las verjas; pero tienen una ventana de unos treinta metros libres. Le parece que puede ser suficiente como para saltar y correr antes de que les dé tiempo a reubicarse y encerrarles.
—Marta —susurrando—, ¿te ves capaz de trepar a la valla rápido?
—Supongo… —Se encoge de hombros sin inspirarle mucha decisión.
—Está bien, te ayudo; coge mis cosas al otro lado.
—Están muy cerca…
—No te preocupes, son lentos; sólo no perdamos el tiempo ¿vale? —Asiente, mostrando no estar muy convencida.
—Preciosa, no voy a dejar que te pase nada. —Le acaricia una mejilla—. Ya he llegado hasta aquí, ¿recuerdas?
Cogidos por las manos, corren hasta la barrera; él le pasa la mochila y luego la va ayudando a auparse, poniéndole las manos primero en la espalda y luego en el culo. Ella recorre el último trecho por su cuenta y cae a plomo al otro lado.
Álvaro se resigna a abandonar el extintor y también cruza. Esta vez cayendo con la suficiente flexión de piernas como para evitar hacerse daño.
La empuja con apremio y corren, por el momento sin destino; sólo alejándose de la gigantesca masa de zombis que ha empezado a perseguirles.
—¡¿A dónde vamos?! —jadea ella.
—Esto… —Tras aquella primera palabra se toma un buen rato para volver a hablar, casi al límite del extenso descampado y observando como de frente gotean una cantidad, no demasiado amenazante todavía, de infectados—. ¡A mi casa! —concluye sin haber sido capaz de planificar nada más. Los problemas de uno en uno.
A sus espaldas retumba un grito gutural y profundo, que lo obliga a detenerse. No consigue ubicar de dónde proviene; por suerte no está a la vista, pero reafirma su decisión de encaminarse hacia un objetivo e ir tratando de resolver la dificultad de camino. ¿Tal vez podrían pasar por la comisaría?
No, la comisaría queda definitivamente descartada. Ha conducido la marcha dando un amplio rodeo para pasar por delante, antes de llegar a la vía vertebral que conecta sus dos casas. El camino ha sido en su mayor parte bastante tranquilo: sólo han tenido que pasar molestamente cerca de un par de zombis; el resto han sido por el momento figuras distantes sorprendiéndose cavernícolamente. Se plantea que de algún lado tuvieron que haber salido todos aquellos que estaban rodeando la urbanización de Marta, ¿no?
Con todo el alboroto que ellos mismos estaban montando… seguramente sirvieran de imán para sus semejantes, convirtiendo en un infierno el lugar en que se encuentran, pero haciendo mucho más transitables las circunvalaciones.
No obstante, ahora, en las proximidades del edificio de policía, se topan con una aglomeración semejante a la que habían abandonado, y que espera haya perdido su rastro tras los varios cruces; al menos parcialmente.
—¡Socorro! ¡Por favor ayudadnos!
Desde la ventana de la segunda planta del recinto público un hombre y una mujer de aspecto maduro les gritan y hacen señas.
Marta lo mira muy preocupada; él le pide silencio con un dedo y pasan por la calle caminando agachados tras los coches aparcados. En la retaguardia del frente muerto. Se alegra de que los zombis no sepan interpretar ni el lenguaje corporal ni el lenguaje verbal de los humanos. Su novia camina con la vista clavada en el suelo a su lado. Sabe que tiene que resultarle excepcionalmente duro verse así de impotente para ayudar a nadie. A él también; se alegra de que ella comprenda la situación y no quiera hacer ninguna locura. Los otros, indignados y desesperados, les dedican, ante su inacción, entremezcladas súplicas e insultos.
Los dejan atrás. Supone que habrán sido supervivientes que, como él, hayan sopesado las oportunidades que un edificio policial podría ofrecer; y se alegra de no encontrarse en esa situación ahora; aunque espera que no haya sido culpa suya, y del séquito de zombis que hizo pasar por allí hace unas horas, el que esas personas se encuentren en problemas ahora. Esos pensamientos lo atormentarán más tarde, no lo duda.
Ella le manifiesta por el camino lo inquietante de aquella humareda que llena el horizonte noroeste del viaje… dice creer que viene del aeropuerto.
Finalmente alcanzan la calle que les conducirá directos hasta su casa, cruzándose con una moto que desde un callejón les pasa casi atropellándolos sin mediar disculpas. La gente está muy asustada imagina. Se ha ido planteando opciones. Está bastante vacía ahora mismo, aunque sigue habiendo nuevos visitantes que les ralentizan la marcha, teniendo que recalcular una y otra vez sus trayectorias para evitar la confrontación. Nuevamente también están acumulando por decantación una nueva procesión a sus espaldas. Marta tiene el rostro pálido y muestra signos de estar aterrada, escondiéndose en él, agarrando con tal fuerza cada vez que silenciosamente tienen que regatear alguna de aquellas cosas, que le hace daño; lo cual encaja estoicamente para no alterarla más. Cuando lleguen a su portal, lo primero será tratar de escuchar por si la aberración chillona sigue encerrada. De ser así subirán todo lo rápido que puedan las escaleras, sin renunciar a tratar de evitar toparse con los zombis encerrados; pero si no lo consiguen, sólo correrán a enclaustrarse en su casa. En caso de no poder oír ningún sonido, abrirá la puerta y aguardará por si el ruido llamare la atención de algo; en caso de sentir los gritos liberados, es decir sin ir acompañados de golpes contra el metal, cerraran quedándose fuera y habrán de buscar otro lugar al que ir; no considera factible una confrontación; si por el contrario vuelven a sonar encerrados, reanudará el primer plan.
Suponiendo que la puerta al abrirse no provoque a nada, se adentrará él sólo, dejándola a ella en el quicio para que pueda protegerse de las cosas de fuera y, equilibrando sigilo y velocidad, asegurará que tanto la puerta del garaje como el propio ascensor siguen en su sitio y que por tanto no ha podido escaparse de ahí abajo “ello”. Al menos no hacia los apartamentos; en ese caso reanudarán el primer plan. Si, por el contrario, parece haberse salido y estar suelto en alguna de las plantas, tendrán que decidir si tratan de subir extremadamente despacio y sigilosos o si se marchan y dan su casa por perdida, buscando un nuevo refugio. Esa última opción será seguramente la más cabal.
El último kilómetro que recorre se le hace especialmente largo, ya no tan pacífico, con un cielo encapotado que amenaza precipitarse. Parece que la limpieza que hicieran el grupo paramilitar, y él mismo, congregando las criaturas, hubiera dejado de hacer ecos a esa distancia en tiempo y espacio, y ahora nuevos transeúntes lánguidos y gimientes hubieran conquistado el barrio. Se ha ido fijando en que sí que parece que aquellos que se ha ido cruzando están algo más demacrados que por la mañana, aunque no tanto como el de la piscina. El agua debe acelerar el proceso. Se alegra y preocupa a partes iguales de, al menos, poder hacerlo con la compañía de ella. Cerca de su casa, le aprieta la mano y le da un beso en la mejilla que espera le resulte esperanzador. Ella le devuelve el apretón de manos y esboza una sonrisa triste. Caminan en silencio para ahorrar centrar en ellos más atención de la necesaria.
Lo pasan bastante mal una vez en que casi se atascan entre un grupo frontal y otro que sale insospechadamente de una esquina, perpetuamente perseguidos por ya decenas de adoradores.
Giran a izquierdas y luego a derechas, llegando al nacimiento de su calle. Está muy vacía, apenas un par de no-muertos a la entrada que dejan atrás y otros dos: uno a mitad del tramo aproximadamente y otro casi frente a su portal, en la acera de enfrente sentado contra el muro.
Si es rápido incluso puede plantearse enfrentarlos en caso de que les den problemas, antes de que llegue la masa que les persigue. Sólo teme, y sabe que sólo puede atenerse a su suerte, que otra jauría pueda aparecer frente a ellos por azar. Desde su calle no habría forma de salir si no es casi por uno de los dos extremos; como mucho podrían tratar de saltar las vallas del colegio que cierra uno de los laterales. Pero no queda más remedio que correr el riesgo.
Al primero lo sobrepasan, inmisericordes ante su patética velocidad, sin llegar siquiera a exponerse. Pasan por delante del supermercado, casi en su portal. El otro zombi es, de hecho, un cadáver con los ojos abiertos, que no estaba ahí antes. Tiene una brutal herida de dentelladas en el perfil derecho del cuello y en el omóplato, mostrando la alarmante ausencia de carne y exponiendo parte del hueso; parcialmente recubiertos de un abundante pringue de sangre negra. La ropa de su torso está calcinada, sin daños en su piel; ¿qué le habrá pasado?
Casi parece estar mirándolos desde al vacío abismal de sus ojos. Supone que debe de estar cercano a convertirse; ¿se habrá arrastrado hasta ahí hasta que la muerte se lo llevó?
Saca el llavero y busca para abrir su portal, envuelto en silencio. ¿Sangre negra? Se gira con curiosidad para examinarlo, sólo los zombis tienen la sangre así; ¿será que antes de la conversión ya empiezan a manifestar algunas de sus características? No parecó que la sangre del hombre que remató en la sexta planta de su edificio estuviera así todavía; sería interesante poder reconocer una transformación inminente… 
El hombre está en pie, dos pasos más cerca de donde se encontraba antes. Ahora completamente quieto sin haber alzado los brazos; mirándolos sin alma. Marta, que también se ha girado, profiere un chillidito del susto, que acalla con su propia mano; él se coloca con el cuchillo doblemente agarrado entre ella y el zombi, y trata de hacerla recular hacia el portal. Si reacciona, tienen espacio más que suficiente para intentar abrir y entrar, pero no quiere verse flanqueado a un lado por él y al otro por la locomotora destructora y gritona de dentro, así que sería conveniente librarse del rival ahora y rápido. Por el principio de la vía ya ha empezado a asomar la vanguardia de sus descerebrados acólitos.
¿Acaba de asistir a la conversión de uno de ellos? ¿Por eso parece especialmente alelado? El enemigo sigue quieto, mirándolo, sin hacer nada. Sin hacer ningún ruido. Sólo observando.
No sabe qué hacer. ¿Se lanza al ataque? Espera… ¿La sangre negra habiendo fluido lenta y abundantemente hasta recubrir sus heridas?… ¿Era un cadáver antes, cuando llegaron? ¿No dijo Jesús que había unos muy abotargados…?
Sin mediar provocación, la criatura comienza a convulsionar muy violentamente y su estómago se hincha rápidamente, como si una voluta de gas lo inundase. El relieve esférico asciende bruscamente por su torso y garganta.
Álvaro salta instintivamente a un lado justo a tiempo de esquivar una gigantesca salva de un vómito de color verde amarillento rancio, con un fortísimo hedor nauseabundo, que resuena impactando y salpicando contra algo sólido a sus espadas.
Da con la barbilla en el suelo abriéndosela de su precipitada maniobra. Se levanta confuso, preparado para defenderse o correr con Marta. Marta está a su derecha, con los brazos en cruz en un gesto desesperado de autoprotección; completamente recubierta de una película viscosa y densa que cae colgando, fluyendo lentamente. Sin tiempo de proferir ningún sonido, su cabeza y manos se han deshecho en el líquido y se derrumba a plomo contra el suelo, disolviéndose con todas sus pertenencias en menos de unos segundos; entremezclándose en un charco de pulpa de colores indescriptibles, que empieza a formar un pequeño cráter de reguero por toda el área en donde han salpicado la bilis y las gotas que rebotaron.
El cuerpo de Álvaro empieza a vibrar tambaleante, con el rostro absolutamente desencajado, los labios apartados mostrando sus dientes algo amarillentos, gritando descontrolado.
Contempla al hombre boquiabierto que tiene delante, de cuya boca gotea cada poco una pequeña bolita de hiel que produce una humeante marca en el suelo al tocarlo.
Éste empieza a caminar en su dirección; sin correr, pero no es ni por asomo lento. Álvaro se da la vuelta y sale trotando. ¡VIVE! 
Introduce la llave en la cerradura, con manos y piernas temblorosas, y salta dentro del portal.
Un berrido desgarrado, ronco hasta el extremo, reverbera desde las plantas superiores, y alguien baja corriendo a ruidosos trompicones. Un nuevo salpicón suena desde detrás; la celosía de hierro empieza a desaparecer entre derrames del fluido. ¡VIVE!
Pulsa el botón de la pared y la cabina del elevador se abre lentamente. Se sube en él y pulsa el botón del noveno. Las puertas se cierran y empieza a ascender pesadamente.
Abandona la planta baja. La primera; los gritos se vuelven audibles otra vez. Segunda; el sonido es casi palpable. Tercera; algo se estampa contra las puertas rugiendo vehemente justo conforme las sobrepasa, y corre. Cuarta; algo se estampa contra las puertas rugiendo vehemente justo conforme las sobrepasa, y corre. Quinta; algo se estampa contra las puertas rugiendo vehemente justo conforme las sobrepasa, y corre. Sexta; algo pasa corriendo chillando, algo antes de que el ascensor llegue al nivel. Séptima; algo pasa corriendo chillando, algo antes de que el ascensor llegue al nivel. Octava; escucha por encima de él una carrera estampándose contra las paredes, a ritmo de histriónico alarido.
Novena. Las puertas, siendo golpeadas, se abren. Ve una figura humana, con la ropa recubierta de sangre, la mandíbula extendida hasta la dislocación profiriendo un aullido ensordecedor; tiene una brecha gigantesca en la frente, hundida en un lateral de forma evidente, deformando y aplanando la sien y la curvatura de la parte superior de su cráneo. Se abalanza sobre él con los dos brazos por delante, extendidos como guadañas. ¡VIVE!
Da una patada con todas sus fuerzas. Apenas consigue expulsar al otro de la cabina, haciéndole dar un par de pasos hacia atrás. ¡VIVE! 
Salta al rellano mientras el otro salta hacia él. Ya no tiene las guardas para sus brazos. Placa con el hombro, recibiendo una dentellada, fallida por unos centímetros, contra la cara. La fuerza los derriba a ambos al suelo. Se incorporan a la vez, el uno hacia el otro; él lanza una cuchillada contra su cuello, el filo desgarra su garganta hasta la tráquea y le sirve de tope que empuja los dientes del otro momentáneamente fuera del área de peligro. Sin verlo venir, recibe un golpe directo del puño cerrado de la diestra del otro. El impacto es brutal y le lanza de espaldas, golpeando la pared con la nuca; la mandíbula le arde y toda la boca le sabe a sangre, nota algo duro y pequeño suelto sobre su lengua. El cuchillo ha volado tintineando contra el suelo.
Se desploma muy aturdido boca arriba en el suelo. La criatura está volando furiosa hacia su vientre. Coloca un pie entre medias y acompaña su velocidad, provocando que se choque contra la puerta de detrás, rompiéndola.
Se pone de pie torpemente; busca el cuchillo con los ojos, pero el mundo da demasiadas vueltas. Tiene la nuca húmeda. El gritón ha realizado un giro rápido y ahora, casi a cuatro patas, vuelve a arremeter. Desde abajo vienen gruñidos y gemidos tenues. Deja caer la mochila de sus hombros, recuperando algo de su movilidad marchitada. Placan hacia su estómago. Él sujeta la cabeza del otro con sus manos evitando el mordisco, pero vuelve a impactar con el cogote contra las baldosas. El mundo se vuelve de un dolor negro brillante. ¡VIVE! Recobra la vista; sus brazos autónomamente retienen a la cosa que está tendida sobre él por el cuello, con los dedos de la mano izquierda metidos en la herida recientemente abierta; la sangre espesa del otro y sus babas le caen en el pecho a cada batir de sus dientes que trata de asestarle. Sus extremidades están aporreándole la tripa a rítmicos golpes, causándole vibrantes punzadas de agonía restallantes contra su mente. ¡VIVE!
Extiende el brazo hacia sus cosas y mete la mano frenético, hasta notar el martillo; lo saca sin aire, lanzando con todas sus fuerzas un golpe apuntado contra el punto débil en la frente del otro. Su movimiento es interceptado por un puñetazo de derechas contra su sien que desplaza de la fuerza las imágenes que tiene delante. El arma vuela violenta hacia la nada y cae escaleras abajo. La boca del otro va a cerrarse ante el flaqueo en la tensión contra su oreja ladeada, gritando. La retiene con la muñeca en la nuez de su agresor en el último momento. Recibe un codazo desde la zurda en su ojo derecho; la nariz le sangra. Lanza un puñetazo en gesto de martillo con todas sus fuerzas hacia el mismo área que intentó atacar antes. El hueso del otro cruje y su peso cae inerte sobre él; tiene la bufanda que le cubre la boca y las mejillas empapadas de un mejunje baboso y sanguinolento; trata de evitar respirar y aparta el cuerpo de sí, rodando para levantarse a un flanco. Se marea y cae de rodillas sujetándose por los antebrazos, escupiendo un diente al suelo.
El muerto viviente convulsiona un momento bocabajo y, con vigor redoblado, se incorpora de un ágil bote, ladea la cabeza, lo observa durante una fracción de segundo y vuelve a desencajar su rostro en puro rugido, corriendo hacia él con todas sus ansias.
Álvaro se lanza hacia sus piernas agarrándolas ambas a la vez; el monstruo pierde el equilibrio, tropezando a su espalda. Él rueda torpemente, agotado, y se gira colocándose de cuclillas en posición de desenvaine, enfilando al oponente. Éste desde el suelo realiza un salto propulsado contra él, con los puños cerrados. Él ha sacado el cuchillo ancho y lo sostiene del revés en la diestra.
Recibe un desmesurado manotazo contra las costillas, que le arranca la respiración, mientras alza su brazo; el rostro del otro, por delante, va directo hacia su yugular. Perfectamente sincronizado, hace descender con implacable salvajismo, también él gritando, el cuchillo; en movimiento de azada. La punta se incrusta en la placa ósea dañada del otro, hundiéndola dentro de la cavidad visceral que protege, provocando que se le derrame, sobre los ojos cerrados en acto reflejo y uno de los lados de su tez, una ingente cantidad de coágulos sanguinolentos semisólidos.
La criatura rueda rematada, estrellándose contra la cabina del ascensor. “Vive…”.
Álvaro se yergue quebradizo aferrando su mochila. Por el quicio de los escalones asoman dos figuras humanas subiendo renqueantes. Las mata con la mente en blanco como si no fueran un problema. Se encamina hacia la puerta de su pasillo interior, abandonando todas sus cosas desperdigadas, la abre y avanza zigzagueante. “Vive…” Se desenrosca la bufanda bozal y, con uno de los extremos limpios, empieza a fregarse lenta pero tenazmente la cara. Cada pasada por la nariz y las mejillas le provocan insufribles pinchazos.
Entra dentro de su casa soltando las llaves y cerrando tras de sí. Las costillas le arden. El vientre le pesa caliente y contusionado. Tiene una ausencia fulgurosa en la dentadura izquierda. La barbilla le araña inflamada. Su pómulo derecho vibra incandescente. Su nariz hinchada quema al respirar. El ojo le abrasa al abrirlo. La nuca le hormiguea crepitante.
Recorre la distancia hasta su cuarto, a la vez ingrávido y estertórico. Un runrún de lánguidos choques caóticos acaricia el silencio desde la terraza de su cocina. Ve su puerta, su mesa, sus armarios, su ropa por los suelos y sus juguetes por doquier; y pasa. “Vive… ¿y qué?”.

Se desploma en su cama, sin sentir, de súbito, dolor físico alguno; sólo queriéndose morir…
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