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Zombi Volumen Aurora

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jueves, 24 de agosto de 2017

Volumen Aurora - Capítulo 2 - Libro de Andrea (Episodio 3)

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Volumen Aurora:
Prólogo
Episodio 1 - Capítulo 1, Libro de Danko
Episodio 2 - Capítulo 1, Libro de Álvaro
Episodio 3 - Capítulo 2, Libro de Andrea
Episodio 4 - Capítulo 2, Libro de Diana
Episodio 5 - Capítulo 3, Libro de Merlo
Episodio 6 - Capítulo 3, Libro de Carla
Episodio 7 - Capítulo 3, Libro de Hugo
Episodio 8 - Capítulo 3, Libro de Álvaro
Episodio 9 - Capítulo 4, Libro de Adán
Episodio 10 - Capítulo 4, Libro de Danko
Episodio 11 - Capítulo 4, Libro de Diana
Episodio 12 - Capítulo 5, Libro de Esteban  
Episodio 13 - Capítulo 5, Libro de Álvaro
Episodio 14 - Capítulo 5, Libro de Hugo  

Capítulo 2 – On the road
"The best teacher is experience and not through someone's distorted point of view" – Jack Kerouac.



Libro de Andrea
06/10/2012; 02:49 – Monte del Jar
Población humana viva: 5.143.379.143



“¡Joder!”, ese chico ha entrado en la iglesia… No parecía uno de “ellos”… Aunque tampoco parecía estar bien. ¡Que la ahorquen si no le faltaba una mano! ¡¿Y llevaba un hacha también?!
Debe cuidar de su hermano… pero al menos debería avisarle de la muchedumbre que le está siguiendo los talones a ella; si se queda ahí se lo comerán vivo. Escucha voces desde el edificio. Tira un poco de la muñeca de Jónatan y con la derecha aprieta el mango de su escopeta de perdigones; acercándose hacia el umbral del edificio.
Andrea Esquirol es una mujer de veinticinco años de ascendencia catalana, de constitución robusta sin llegar a lo varonil; afincada su familia en Guadalajara desde hace casi un siglo, sin embargo. Terminó la educación obligatoria, pero abandonó el bachillerato para irse a vivir una aventura con un chico; a su regreso, con diecinueve años, empezó a trabajar aquí y allá. Mide un metro setenta de altura y tiene curvas marcadas, con algo de grasa localizada en sus caderas y abdomen, pero manteniendo una silueta estilizada y femenina, de generosos favores. Su melena, que luce orgullosa, es negra, ondulada y larga hasta sus riñones, recogida en una complicada coleta. Sus iris tienen un tono azul claro profundo, de mirada intimidante. Siempre suele llevar pintalabios rojo y algo de sombra de ojos, que reclaman la atención sobre su calavera, muy ovalada y expresiva. Sus aficiones pasaban por ver películas y series en su ordenador y hacer actividades al aire libre, o tomarse algo con sus amigas; rara vez salía de su pueblo, a no ser que alguien las llevara a Guadalajara o a Madrid para salir a alguna discoteca. Ahora mismo viste unos pantalones negros y una camisa de color vino abrochada.
Cuando todo empezó estaba trabajando en uno de los bares del pueblo; hoy habían estirado la hora de cierre en vista de los extraordinarios visitantes, y esperaba poder haberse llevado un plus en extras y propinas esa jornada. A aquellas horas su novio ya estaba allí esperándola a que terminara, medio borracho, para irse a casa, y a ser posible a la cama, con ella. Su padre no aprobaba en absoluto, y ella hasta cierto punto tampoco, que durmieran juntos, pero dada su reciente invalidez por su accidente con la segadora, poco podía imponer su voz sobre qué ocurría bajo su techo. Ella sabía que el zángano de Sergio se acostaba con otras si podía, pero tampoco le importaba demasiado, según se mentía a sí misma, porque ella hacía lo mismo. Sin embargo le daba cierta pereza compartir lecho con él cuando estaba sudoroso y hediondo a alcohol como aquel día. Realmente le interesaba más que fuera capaz de traer comida a casa en un futuro, y en ese sentido, Sergio con el taller de su padre, no parecía un mal partido. Ella desde la muerte de su madre y lo sucedido a su padre era la principal fuente de ingresos de su casa, dado que su otro hermano, “el listo”, estaba estudiando en Madrid. Y si no fuera por su hermanito, habría mandado a tomar… a su viejo hace ya tiempo. En verdad lo quiere, supone; le preparaba las comidas y las cenas cuando podía…, pero es un gilipollas igualmente.
Tras el momento en que todos cayeron al suelo, cree que por el mismo dolor de cabeza que ella, y después de que los primeros locos se abalanzaran sobre los clientes, Sergio ya estaba desaparecido. No le culpa, ella también salió corriendo en cuanto pudo; todo fue un caos. ¡Pero joder! Ella es su novia supuestamente, qué menos que haberla esperado en algún sitio a ver si estaba bien… Ella se fue a su casa; fuera lo que fuese aquello, también le había tocado el ala a su padre. Menos mal que apenas se podía mover. Recogió a su hermano dormido en su cuarto y la escopeta de perdigones del abuelo, y salió a buscar ayuda de la guardia civil, dado que no podía llamarles. Todas esas personas… ¿Qué cojones estaba pasando?
En ese momento una turba la persigue atestando la calle por la que camina.
Justo conforme se asoma a la puerta, con algo de margen hasta que doblen la esquina sus perseguidores, capta una conversación viniendo desde dentro.
—¡¿Qué le ocurre?! —Un chico alto y muy delgado está inclinado sobre el muchacho que ha visto pasar.
—Está en shock; creo que ha perdido sangre —responde otro algo menos esmirriado, con una larga melena castaña.
Junto a ellos hay una muchacha bastante mona y otros dos chavales mirando.
—Chicos… —La chavala atractiva la está señalando; ellos la miran.
—¿Quién eres? —Toma la palabra el del pelo largo.
—Yo… —Instintivamente se interpone entre ellos y su hermano—. Escuchad, viene mucha de… “esa gente” por la calle. Ya os he avisado. ¡Me largo!
—¡Lleva una escopeta! —apunta el chico del pelo más corto.
—¡Espera! —la interrumpe el de antes— ¿Eres de aquí?
—Sí…
—Por favor, ¡ayúdanos a salir del pueblo!
Ella los mira por un momento y el otro, tomando su silencio por una concesión, da órdenes al que acababa de hacer un comentario y, entre los dos, cargan al inconsciente pasándose cada uno un brazo por sus hombros.
—¡Vámonos rápido! —termina.
Salen a su encuentro; ella mira hacia atrás, los primeros ya están apareciendo por la curva de la panadería. Empieza a trotar arrastrando al niño que apenas puede seguirla; los otros también tienen problemas para acompañarla cargando con su compañero.
Giran una calle, luego otra, divisa más gente acumulada así que decide replantear el camino; conoce las calles del pueblo de toda la vida, sólo quiere llegar al exterior, a la seguridad de los campos y de la noche, lo más rápido posible. “¡Mierda!” Otra encerrona… Los conduce por un nuevo callejón, pero hay dos al frente. Ahora están atrapados. Suelta al hermano, que la sigue totalmente pálido, con ojos llorosos pero en silencio, y los apunta con la escopeta. No se atreve a disparar…
—¡Adán! ¡Como la otra vez!
—¡Vale!
—¡Carla, Merlo; sujetad a Danko!
Los dos chicos que estaban cargando con el caído se lo pasan a sus amigos, mientras las dos personas de enfrente se van acercando, balbuceando gemidos. El del pelo corto se acerca al más próximo mientras el otro saca de su mochila un ladrillo. Esperando el momento adecuado, lo agarra de un brazo y lo lanza con mucha fuerza hacia su compañero, quien le golpea en la cara derribándolo al suelo, y luego se lanza sobre él, sujetándole los brazos y el cuello con las rodillas, preparando el ladrillo en alto, aunque sin rematarlo. El primero mientras tanto ha corrido a por el que quedaba, lo ha rodeado y se ha colocado a su espalda, pasándole las manos por debajo de los sobacos y uniéndolas en su nuca sin permitirle girarse ni alcanzarle a morderle. ¿Por qué están tan empeñadas en morder esas personas?
Se asusta. Los están atacando, ¿así sin más?
—¡¿Qué hacéis?! —les interroga sin conseguir respuesta.
El joven que tiene agarrado al segundo le patea en las corvas haciéndole vencer de rodillas; después, cargando todo su peso en él, lo tumba en el suelo y grita “¡Vamos!”, haciéndoles gestos con las manos.
Ella, dudosa, cruza hasta el otro lado. Su hermano parece no poder más. Poniendo los ojos en blanco por un segundo, le permite montarse a caballito en su espalda. Todos pasan también y, finalmente, el moreno, suelta al hombre que se revuelve en el suelo, y corre al encuentro.
Los dos peleones vuelven a intercambiar posiciones y montan sobre sus espaldas al incapacitado. Aprietan el ritmo a paso de marcha con dificultad. El poblado apesta suavemente y varios tiros resuenan desde el centro. Son ametralladoras sin duda; le recuerdan en el sonido al del CETME de su abuelo, que a saber dónde andará…
Otra curva; no se siente muy confiada de esos nuevos compañeros que se ha echado, debe preocuparse de proteger a su familia; si intentan cualquier cosa rara les disparará, seguro. Pero parecen útiles… tal vez pueda aprovecharse de ellos un poco. Nuevo cambio de rumbo, al fondo se divisa el fin de las calles y el principio de los campos sembrados.
—¡Vamos! —les apremia. Su hermano le pesa un poco en la espalda y además le hace daño al agarrarse, pero puede con ello.
Por fin, salen a la custodia de la luna cómplice y la brisa de naciente. “¿De dónde son aquellas palabras?”. Seguramente de algún poeta maricón. Que buena está la chica pelirroja, ¿qué edad tendrá?
Por entre las sombras se divisan siluetas desperdigadas en la vasta anchura del horizonte; algunas se alejan rápidas; otras parecen sólo deambular perdidas y algunas, mucho más quietas, parecen perseguir a unas y otras; de tanto en cuando se escuchan gritos, gemidos lánguidos, sonidos de ruedas y el distante zumbido de una moto de motocross.
Sumándoseles, se convierten ellos mismos en borrones negros en la noche. Siente sus piernas agotadas; odia tener que correr. Sabe que tiene más fuerza que ninguna otra moza del pueblo, pero el tabaco le ha pasado factura a su aguante. Lo que daría por poderse parar a echarse un cigarrillo ahora…
Avanzan entre surcos hasta un repecho a unos doscientos metros, en el que se paran, dejando el pueblo oculto por la ondulación, y ella se sienta a descansar.
—Chacha —empieza su hermano al dejarlo en el suelo—. ¿Por qué tienes tanto miedo? ¿Pasa algo malo? —Qué jodido que es… ¿cómo será tan listo el capullín? Menos mal que está bien educado y se ha quedado callado todo el viaje. A veces no sabe si es que no tiene sangre o es que es demasiado inteligente.
—Espera un segundo Yoni, los mayores tenemos que hablar.
—Pero Andrea, chacha…
—Espera Yoni…
—… ¿Qué le pasaba a papá?
Ella lo mira un instante; luego se levanta y se gira hacia los otros, que también parecen agradecer el descanso.
—Bueno tíos… ya os he sacado. Ahora, suerte; yo voy a llamar a la guardia civil. —Habla encogiéndose de hombros; apretando ligeramente con sus brazos su pecho, sin ser mínimamente sospechosa, en un gesto de naturalidad ya ensayadísima.
—¡Hola, Andrea! Andrea… ¿no? —Ella asiente sonriéndose; se le acerca el chico del pelo largo que, ayudado, ha tumbado al “muerto” en el suelo—. Yo me llamo Esteban… —Ella lo mira intencionadamente callada, ante lo cual él prosigue—. Yo creo que sería mejor que siguiéramos juntos… No vas a poder llamar a nadie; por algún motivo los móviles no funcionan. —Eso ya empezaba a temérselo—. Mira… tú ya conoces esto —continúa él ante su redoblado silencio; en la oscuridad apenas pueden verse sus rostros; la chica debe ser su novia dado que la siente mirándola mal—, pero nosotros somos unos cuantos; podemos ayudarte, además creo que sabemos qué son esas cosas.
—Chacha…
Bien, han picado en su anzuelo; qué fáciles son los hombres, una juega un poco el papel de damisela, encubierto, mezclado con el de tía dura, y no quieren sino seguir cerca… No niega que ella también pueda serles útil, pero ahora está en la posición de poder; no le parecen demasiado peligrosos, pese a la agresividad que demostraron antes. Mejor ahora hacerle un poco de caso a su hermano para mantenerles un poco en suspenso. ¿Saben lo que está pasando? Deberá sonsacárselo sin salir desfavorecida, ahora más que nunca le es muy importante saber ganarse el respeto…
—Mira Yoni, ¡nos vamos a ir de acampada hoy tú y yo!
—¿Sin papá? —Será listo…
—Sí, se queda en casa, ya sabes que está malo.
—Pero hoy no era como siempre… ¡Estaba paupérrimo! —¿De dónde había sacado aquel palabro? ¿Estaba bien usado?
—Sí… por eso no puede venir. Vamos a divertirnos tú y yo. Es un juego; tú no te separes de mí y papá te dará un regalo al volver.
—Pero papá parecía mal…
—Yoni, pórtate bien anda. ¿No quieres venirte de acampada conmigo?
—Tengo sueño… —protesta.
—Bueno, tienes que aguantar un ratito despierto como los chicos mayores; ¡mira qué de chicos mayores que vienen con nosotros! —Él asiente; parece que al fin y al cabo, como con todo hombre, apelar a su orgullo funciona.
Ella se gira, el niño se arrebuña a su pierna; verdaderamente parece muy somnoliento.
—Está bien —continúa de nuevo mirando a Esteban—. ¿Y cómo sabéis qué está pasando?
—No lo sé. —Él sonríe, supone que porque se piensa haberse salido con la suya—. Estoy igual que tú realmente; pero creemos que son zombis.
—¿Zombis? ¿Esa no es la “frikada” de los que han “venío” hoy al pueblo? ¿Sois de esos? —Por otro lado, de qué iban a ser sino unos desconocidos, justo hoy…
—Bueno… supongo que sí —responde rascándose la cabeza.
—¡¿Entonces es culpa vuestra?!, ¡¿qué coño le pasa a toda esa gente?!
—¡No, no! Nosotros no hemos hecho nada… Bueno, hay algo raro en todo esto. —Casi inconscientemente ha movido un poco su escopeta, y parece que el otro se ha dado cuenta—. Mira… esto se suponía que iba a ser un juego.
—¿Qué dices?
—A ver… los zombis son… eran; no sé… un cuento. Una historia friki como tú dices. Una historia de muertos vivientes.
—¿Muertos vivientes?
—Sí… como vampiros y esas cosas.
—No me tomes el pelo macho, que te meto —Realmente está planteándoselo un poco; son más que ella, pero va armada y ellos no; los balines pueden ser muy, muy dolorosos, y a esa distancia hasta peligrosos, que le pregunten a “cuatro dedos”…
—Tranquila, ¿vale?; de verdad que no quiero mentirte. Si me dejas te cuento todo lo que sé. Hay que ver qué humos.
—Habla… pero si me parece que me vacilas te meto.
—De acuerdo. —Extiende su mano con un suspiro exagerado. ¿De qué va?—. A ver; nosotros somos unos… frikis, que habíamos venido a jugar a escapar de unos zombis de mentira. —Hace una pausa—. Los zombis se supone que son personas que cuando mueren se levantan como cadáveres… andantes, y que tratan de comerse a la gente… o a veces sólo sus cerebros. El caso está en que son inmortales y lentos, no escuchan a nada y sólo se mueven para comer, como toda esa gente.
—Ajá…
—Y bueno, según dicen las historias sobre ellos, cuando te muerden te conviertes en uno más, como si te contagiaran… El caso es que nosotros no nos lo habríamos creído si no fuera porque cuando la aurora pasó…
—¿Aurora?
—¿Tú no la viste?
—¿El qué?
—¿Tuviste de golpe un dolor de cabeza muy fuerte, con más gente?
—Sí…
—Pues justo antes de eso brilló una luz extraña en el cielo. —Decide mirarle con cierto desdén, reservándose para ella misma si le cree o no—. Bueno, el caso es que cuando eso pasó, estábamos con más gente y empezaron a atacarse. Uno incluso se volvió loco y empezó a chillar como si se estuviera muriendo persiguiendo a unos chavales…
Ella acaricia en el suelo a Yoni, preocupada de qué pueda estar pensando, pero parece medio dormido. Se fija en que el otro lo está mirando también mientras habla; parece como si estuviera valorando qué puede decir… le agradece ese gesto al menos.
—Adán —hace un gesto para señalarlo— se lanzó a intentar separar a uno de una chica; Carla fue también a ayudarlo, pero no había forma; la estaba mordiendo por todas partes… Intentamos buscar ayuda pero todo era un caos. Al final él —vuelve a señalar al mismo—se atrevió a apuñalarle porque iba a matarla… Pero no le hacía nada… Hasta que no le dimos en la cabeza no paró, tal y como cuentan de los zombis. Por eso hemos decidido considerarlos como tales…
Ella se concede una larga pausa antes de contestar.
—No me creo una mierda. —sentencia.
—Si te soy sincero… yo tampoco. Ninguno de nosotros, creo, pero parece que lo único lógico ahora mismo es comportarse como si lo fueran.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno… esas cosas… gente… está matando a otra gente. No sé si tú, pero nosotros lo hemos visto claramente.
—Sí… sí lo he visto.
—Bien, pues si están haciendo eso y se están comportando como zombis, hasta que llegue la policía, o nos escondamos, o lo que sea… creo que hay que tratar de comportarse como tal.
—¿Cómo tal qué?
—Como si fueran zombis. —Ante su silencio largo continúa—. Mira, de verdad; nosotros no sabemos mucho. Estamos igual de asustados que tú, y posiblemente más cansados, y tenemos a un amigo malherido, que ni sé lo que le ha pasado. Hugo estaba con él… —Señala a otro, el delgaducho—. Ni hemos tenido tiempo de que nos lo cuente. Está claro que esto es muy raro; si alguien sabe algo son los que han organizado esto… Pero no los hemos visto desde entonces; creo que son los que están metiendo tiros…
—¿Y qué queréis hacer?
—Lo hemos hablado un poco… escondernos. Desde nuestro punto de vista, o esto está pasando aquí y han bloqueado las comunicaciones, entonces hay que irse lejos y esperar a que lo resuelvan… o no… en ese caso más motivo para esconderse.
—¿O no?
—En los libros, cuando esto ocurre… siempre es una plaga gigantesca; como ya te he dicho, mejor comportarse como tal…
—Creo que estáis mal de la olla.
—Eso no te lo discuto. —Le sonríe tratando de acercarse un poco, ella le apunta deteniéndolo.
—Oye —habla el que le han presentado como Adán, medio acuclillado sobre su compañero caído—, si aprietas ese gatillo, más vale que sea apuntándome a mí, porque te juro que te la meto por el culo. —Parece que está enfadado, ¿debería replantearse su estrategia de seguir siendo borde? Pero no puede dejarse achantar ahora…
—¡Tú qué cojones me dices gilipo…! —bravuconea apuntándole.
—¡Adán! —la interrumpe el de antes, ¿Esteban?, cubriendo con su propio cuerpo a su compañero y extendiendo las manos hacia ambos lados. —Eso te ha sobrado. Mírala; está asustada…
—¡Yo no tengo miedo!
—…Como todos nosotros, y con razón. No nos conoce, ¿de acuerdo?; es normal. ¿Por favor —vuelve a mirarla—, te importaría no apuntarnos si no te estamos haciendo nada? Te prometo que estamos del mismo lado ahora mismo.
Ella baja el cañón solamente un poco; siente la adrenalina en sus sienes… Bueno ha demostrado tener ovarios al menos, aunque parece que esos tíos son algo más impredecibles de lo que imaginaba.
—¿Cómo está Danko?
—Ni idea —responde la chica, con tono seco; Esteban se les acerca—. ¿Ya has dejado de ligar? — Lo dice muy bajito, pero la oye.
—Carla… —responde él con un cierto tono entre reproche y súplica, también en voz apagada.
¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Una hora? ¿Cómo pueden no estar tan confusos y perdidos como ella? Tal vez si sólo contara con algún amigo en el que apoyarse como ellos; pero en el pueblo todos son unos cobardes, lo sabe. Su novio… “Ojalá y se lo hayan comido esos ‘zombis’”, se miente. Tiene ganas de llorar. ¿De verdad va en serio todo esto? Joder, le fastidia lo organizados que parecen estar los otros. “¡No!”. Tiene su orgullo también, joder. Además, qué cojones se van a preocupar unos desconocidos, en verdad, por ella.
Los que conoce, Carla, Esteban y Adán, excepto Hugo, están ahora cerca arrodillados alrededor del tal Danko. ¿Qué clase de nombre es ese? Esteban está tomándole el pulso. ¿Sabrá lo que hace? Podría ayudar a su hermano si tuviera problemas… Lo mira, ahora respira definitivamente profundo, pobrecillo. No, en cuanto deje de serles útil la dejaran tirada… Su jefe… ya ha visto a otros como él, tiene novia, así que ni siquiera va a poder jugar esa baza. “Solos tú y yo Yoni, pero yo cuidaré de ti”.
—Hay que llevarle a un hospital —susurran entre ellos.
—Pero ¿cómo?, ¿dónde? El coche está en el aparcamiento, pero Hugo ya dijo que no se podía ir allí…
—No os rayéis, no tiene el pulso tan débil, ni parece estar perdiendo más sangre. Lo más peligroso es que se le infecte esa quemadura… Necesitamos encontrar jabón, y algo que sirva de gasa… Y mejor si se puede esta noche. —Parece que Esteban sí que sabe algo de esas cosas; ella no tiene mucha idea… al médico van los niños y las “niñitas”.
Se levanta cerciorándose de que su hermano esté bien y da un paso hacia ellos; mira a los dos que han permanecido callados todo el tiempo.
—¿Cómo os llamáis? —Se traiciona a sí misma, buscando integrarse un poco.
Uno, el más bajito y de pelo medio largo, negro, se queda callado por el momento.
—¡Hola! Yo soy Hugo —responde el otro sin hacerla esperar, esbozando una sonrisa falsa; tiene el semblante casi amarillo de puro pálido... está claro que está jodido... pero en todo el tiempo que han ido juntos, apenas ni la ha mirado, a diferencia de los demás. ¿Será gay?
—Yo Andrea.
—Encantado. —Le hace una pequeña reverencia. Definitivamente es gay.
—Yo soy Merlo… —El otro se suma y se acerca; parece que quiere darle dos besos, de un modo un tanto torpe, como si acabase de decidirlo consigo mismo.
De repente un berrido rasgado, femenino en el fondo, pero totalmente grave en la forma, les interrumpe estallando muy cerca de ellos. Algo corre. Todos se agachan por reflejo y se acercan casi a gatas hacia el repecho tras el que se ocultan. Se asoma con los demás.
La imagen es abrumadora; un frente de muchas decenas de aquellos hombres camina pesadamente en su dirección. ¿Cómo no se han fijado en el paulatino incremento del volumen de los gemidos? Ahora sólo están a unos cincuenta o sesenta metros de las figuras. ¿Han salido del pueblo persiguiéndolos? Algo corre y chilla al fondo, abriéndose paso entre la multitud. Está muy asustada, cree que si alguien se fijase en ella la verían temblar. “Contente…”.
Joder, aunque salgan pitando; con su niño y el “fiambre” no van a poder ir más rápido que aquella que corre… y se van a agotar. Todo lo que tienen por delante es una llanura ondulada; si les persiguen sin cansarse como hasta ahora, les van a ir siguiendo los talones en cuanto ellos se desgasten… “¡Joder, joder, joder…!”. ¡Pero si siguen escondidos van a pasarles por encima! ¿El “zombi” que grita les habrá oído hablar? ¿Irá ya a por ellos? ¡¿Ya los está llamando zombis?! ¡Pero si ni sabe lo que son! “Joder… ¡Sergio, cabrón! ¡¿Dónde coño estás…?! ¿Cómo estarás?”.
Esteban y los otros la miran y se miran entre ellos; parecen compartir preocupaciones y meditaciones en silencio.
De repente un foco de un vehículo se enciende un poco más adelante de donde ellos se encuentran, como a unos cien metros, desde una pequeña arboleda, deslumbrándola; acto seguido el motor ruge y arranca, pasándoles de largo una mujer con casco, a lomos de una moto de motocross, con gran estrépito y con la silueta más hermosa que jamás haya visto, que salta por encima de la loma y derrapa interponiéndose entre ellos y la muchedumbre.
—¡Corred! ¡Yo me encargo de ellos!
Todos parecen confusos.
—¡Que os levantéis y os vayáis! —ordena autoritaria; su voz suena rara, como con algún acento.
Hugo se ha levantado el primero. Tiene un gesto muy extraño en el semblante; está temblando, como si quisiera decir o hacer algo. Los demás se están incorporando también. Ella coge a su hermano en brazos, medio despertándolo, atolondrado.
La motorista se lleva la mano a la espalda y saca un objeto pequeño, después levanta el brazo hacia el cielo y desde allí, inconfundible e impactante, llega el estruendoso sonido de un disparo.
Su hermano empieza a llorar sobresaltado. Todos empiezan a correr; entre Esteban, Adán y Merlo han agarrado el cuerpo de Danko de los brazos y las piernas y trotan ágiles, aunque está claro que no podrán mantener el ritmo mucho tiempo. Ella también corre y le tapa la boca a Yoni, que gimotea “¡Chacha, ¿qué pasa?; chacha, ¿qué pasa?!”. Carla se les suma y acompaña adecuando su ritmo al de ellos. El último en reaccionar es Hugo, que permanece inmóvil hasta que una nueva exclamación de “¡Que os larguéis!” lo desensimisma y se une a ellos.
Mientras se aleja, escucha al ciclomotor volver a ponerse en marcha, y por el rabillo del ojo divisa a la mujer separarse hacia el norte, rodando despacio por delante de toda la frontera humana que avanzaba antes hacia ellos, desviando ahora su flujo en su persecución, con un nuevo objetivo. Algunos, sin embargo, sobre todo los más atrasados en el extremo contrario al desplazamiento de la moto, aún siguen igual, pero parecen una amenaza mucho menos seria.
Están avanzando hacia el este. Hacia allí no hay nada en kilómetros. ¿Luego qué? Recuerda, recuerda… ¿Qué hay en esa dirección? Tal vez unos edificios bien lejos le suena, no está segura, o en principio nada. Bueno, si se desviasen al sur un poco y siguiesen la carretera, podrían llegar a Almuera…  sería la mejor opción; ojalá y allí puedan ayudarles. ¿Irá en serio lo que dicen de que esté pasando en más sitios?
Cuando por fin se han distanciado de la muchedumbre de atrás, hasta el punto de no poder distinguirla bien, con los ecos del ciclomotor aún lejanos en el ambiente, menguan el paso y acaban deteniéndose para respirar. El más bajito de los que estaban como porteadores, ¿Merlo?, se tira al suelo, causando que los otros lo imiten. Parecen completamente exhaustos. Hugo es muy esmirriado, de seguro no valdría para ello; pero la otra chica, ¿no quiere demostrar que también es fuerte? Es la que menos agotada muestra encontrarse, ahora sentada al lado de su chico, reconfortándolo con una mano sobre el hombro.
—Hermana… ¿qué pasa? —Yoni ha dejado de llorar pero se lo ve muy preocupado; tan pequeñito…
—A ver canijo —le dice sonriente, tratando de sonar juguetona—. Mira, los mayores nos hemos ido de acampada y estamos jugando a un juego muy difícil. ¡Y te hemos dejado venirte!
—¡Pero yo quiero irme a casa! —Vuelve a deformar el tono queriendo ponerse a llorar.
—¡Ey, pequeñín! —Carla se une de un par de zancadas—. ¿Cómo te llamas? —Su hermano sólo balbucea, empezando a montar escándalo, que quiere irse a casa—. ¡Mira! —Se acerca a él para cogerlo en brazos; preguntándole a ella con la mirada.
—¿Qué haces? —Decide detenerla.
—Tranquila —responde con un tono extremadamente amistoso—. He cuidado de niños pequeños.
—¡Mira lo que tengo! —Tras pensárselo un momento, vigilante y no demasiado confiada, se ha apartado dejándola actuar. La joven se ha sacado una tableta de chocolate de la mochila y se la ofrece cogiéndolo en brazos.
—¡Que quiero irme a casa! —berrea, dándole un manotazo a la golosina.
—¡Yoni! —exclama ella; normalmente lo tienen educado para que nunca se porte así con los mayores.
—Eh, eh; ¡no pasa nada! ¿No te gusta el chocolate? Vale pues me lo como yo. —El niño forceja un poco, así que la desconocida lo deja gentilmente en el suelo y, acuclillada frente a él, se abre la chocolatina y le pega un bocado—. ¡Qué rico!
Su hermano llora desconsolado en el suelo, pero ahora está callado; entre sollozos mira la chocolatina que se está terminando ella. Justo cuando se la termina y parece que va a volver a prorrumpir en llanto, ella saca otra de la mochila y se la ofrece con una mirada muy tierna.
—¿La quieres? —El chiquillo, de repente interrumpido, se queda confuso un segundo, y después asiente extendiendo los deditos; ella le aparta muy ligeramente el chocolate y levanta un dedo de la otra mano —Pero tienes que portarte bien, ¿vale Yoni?; estamos jugando y vamos ganando; si nos ayudas luego te doy más. ¿Trato?
—Sí —asiente con la voz un poco gangosa y como enfurruñado. Ella le da el premio, que empieza a comerse en el acto.
—¿Cuántos años tienes?
—Siete…
—¡Qué mayor! ¿Tienes sueño Yoni? —El niño vuelve a asentir—. ¿Te apetece que te lleve a caballito y te echas una siestecita? Cuando te despiertes ya verás qué a gustito vas a estar, y te doy otra.
Jónatan asiente y extiende los brazos; ella lo agarra.
—Andrea, ¿te importa llevarme la mochila? —Se la recoge sin decir nada—. Vamos, ¡aúpa! —Lo sube y le sujeta los bracitos alrededor de su propio cuello, encorvando un poco la espalda para que esté más cómodo. Qué “jodío”, a la chica guapa sí que le hace caso…—. Deberíamos irles diciendo a estos de ir a algún sitio, ¿no?
—Muchas gracias Carla… “joer”, qué bien se te da.
—¡No hay de qué! —Le guiña un ojo inocentemente—. ¡Me debes una chocolatina! —Ella asiente—. ¿Sabes a dónde podemos ir?
—Sí… voy a avisarles. —Se acerca a los otros—. Chicos… —les corta—. Si vamos un poco hacia allí —señala—, hay una carretera que lleva a Almuara… Allí hay un ambulatorio de urgencias.
—¿Sí? —pregunta Esteban, abatido.
—Sí…
—¡Vale! ¡Pues deberíamos intentarlo! —Se incorpora de un salto, con lo que le parece ser un intento exagerado de demostrar energía—. Pero… no deberíamos descartar que allí también haya problemas.
—¡¿Tú crees?! —Vuelve a salir ese tema…—. ¿Y entonces?
—No sé… sólo hay una manera de comprobarlo.
Al final, todos se levantan y empiezan a andar. Entre Esteban y Adán vuelven a cargar con su amigo; ha gemido un par de palabros incomprensibles y se ha vuelto a desplomar inconsciente. Carla lleva a su hermanito, que se está quedando adormilado; Merlo y Hugo caminan juntos. Ella tiene ganas de encontrar un sitio en el que poderse sentar y fumar y relajarse un poco. Agarra su escopeta con fuerza y comienza a guiarles.
No llevan todavía mucho andando cuando la calma de sólo la brisa soplando es rota por un nuevo zumbido lejano, como de hélices. ¿Un helicóptero? Todos paran unos segundos.
—¡Ey! ¡Parece que viene ayuda! —les asalta ella un poco aliviada.
—Yo no estaría tan seguro… —Esteban le corta el rollo secamente—. Sólo suena uno.
—Bueno, ¡a lo mejor ese viene a ver qué pasa!
—Los del evento tenían uno; seguramente sea ese…
—¡Qué más da! ¡Quien sea! Tal vez deberíamos buscarlo.
—Aunque fuera bueno… ¿Cuánta gente no irá hasta allí? Y sobre todo, mira el ruido que hace; esas cosas también van a ir…
—Joder… ya pero…
—De hecho creo que deberíamos darnos más prisa. Si hay algo entre nosotros y ese helicóptero, seguro que va a cruzarse con nosotros si nos quedamos quietos.
—Vale, vale… lo pillo. ¡Joder! —Podría haber sido un poco más amable, ¿no piensa en el miedo que tienen?, ¡el helicóptero es algo bueno; aunque no puedan ir, merecía la pena celebrarlo!
El camino es largo; unos siete kilómetros que les llevan dos horas largas, parando cada poco para que puedan descansar del peso. No hablan mucho durante las paradas, tienen miedo de atraer algo; los chicos aprovechan a veces para apartarse a orinar, ella todavía no tiene muchas ganas. En general casi todo lo que han visto, caminando siguiendo la carretera pero a cierta distancia de ella, es silencio y surcos secos; pero en el asfalto sí que ha habido algunos coches accidentados, gente corriendo un par de veces, y más de esos zombis pululando muy separados y como perdidos. Como mucho se habrán cruzado con una veintena en toda la distancia, pero suficiente como para no querer que les persigan; después de todo ellos mismos están yendo muy lento. Ella se impacienta por el pesado ritmo de los otros, aunque lo comprende.
Cuando por fin pueden divisar el pueblo al que se dirigen, algo más grande que Monte del Ja, dos grandes humaredas negras, recortando el ya oscuro perfil del cielo, ascienden claras como un mal fario. Las farolas de los bordes le muestran más gente atontada alejándose, cada una a su turrón. Las calles que pueden verse parecen desiertas, nada demasiado extraño a esas horas si no fuera por esas cosas y algún que otro rastro divisable de pelea y accidentes.
—¿Qué hacemos? —les susurra, tratando de ocultar el susto en el cuerpo.
—No lo sé… No podemos ir ahí; ambulatorio o no… —Esteban toma la palabra.
—¿Y Danko? —Se suma Adán.
—Ya dije, creo que estará bien por ahora…
—Deberíamos ir a una ciudad a pedir ayuda —insiste. El otro la mira con cierta perplejidad.
—¡¿Cómo?!
—No sé…
—Necesitamos un coche… Bueno, ni eso; las carreteras son peligrosas. —Señala—. Un todoterreno que pueda ir por el campo…
—Ya…
—Además nosotros estamos reventados… —Realmente se les ve muy sudorosos y sin aire—. ¿No sabes de ningún sitio en el que pudiéramos descansar? Organizarnos, luego ya buscar un coche.
—No sé… ¡Pero habría que pedir ayuda!
—A ver… Es posible que esto esté pasando sólo aquí; como no tenemos cobertura ni internet nadie ha podido avisar a nadie, así que puede que aún no haya nadie en camino.
—¡Por eso!
—Pero de toda la gente que se ha ido, ¿tú crees que si alguno ha conseguido escaparse con el coche, no será la ciudad el primer sitio al que estén yendo? O la ayuda ya vendrá o es que allí está pasando lo mismo…
—¡Joder, y qué hacemos!
—No digo de no ir a la ciudad…
—“¡Shhh!”. No habléis tan alto —interrumpe Adán, agazapado señalando a un grupito de cinco no muy lejano.
—Vale… No digo de no ir a la ciudad; sólo digo que ahora no es buena idea ni tenemos cómo intentarlo. ¿No hay nada apartado por aquí?
—Joder, no lo sé… No soy un GPS —responde ella un poco indignada—. Hacia el norte hay unas urbanizaciones, creo; me suena que había un polígono o algo de camino.
—Pues eso es mejor que nada; alejémonos cuanto antes de este sitio.
Sin ganas, reanudan la marcha de la misma forma. El erial es eterno, menos mal que no pega la calor ahora; pero a cambio el fresco es algo molesto.
—Carla, déjame que lo lleve un rato yo; tú descansa.
—¡Gracias! —Se intercambian al hermano y se lo pone en su chepa; él protesta un instante pero no llega a salir de su sopor.
—Gracias a ti.
El camino está despejado en cuanto consiguen dejar atrás el núcleo que era el vecindario, pero temen que los puedan estar persiguiendo algunos de los que abandonaron en las explanadas, porque pasaron por delante, lejos, pero sin poderse esconder.
Esteban le pide a Merlo que lo sustituya y acaba adelantándose para caminar a su lado. Llevan casi una hora entre las colinitas y teme que se estén enfadando con ella. La verdad es que sí está un poco desorientada ahora mismo.
—Hola Andrea.
—Hola…
—Oye, perdona si antes he parecido borde; muchas gracias por echarnos una mano. —Realmente ella no sabría decir quien está ayudando más a quién, pero es bueno que piense eso.
—De nada.
—Bueno, espero que te sientas un poco más cómoda ya con nosotros…
—No mucho la verdad —miente.
—“Ey” tía, tranquila, es normal. Te prometo que sólo somos unos frikis inofensivos.
—Ya… —Frikis seguro…
—Ojalá y hubiéramos tenido algo de tiempo para charlar y presentarnos un poco. —Ella decide no responder. ¿Intenta ligar o algo? Si fuera la novia…—. Si encontramos donde pararnos seguro que podemos charlar un poco y conocernos todos.
—Vale.
—Y a ver si tenemos tiempo para que Hugo nos cuente un poco qué ha pasado —termina como para sí mismo. Luego se aleja y le da la mano a su chica.
Parece que el tal Merlo quisiera decirle que volviesen a intercambiar puestos, pero al final se corta, supone que ante la diferencia de rato que han trabajado. En cuanto a Adán… ¿Ese chico es una mula o qué? Camina más despacio que antes, pero no parece demostrar cansarse demasiado.
Por fin, a lo lejos, se ven unas estructuras solitarias; no tiene ni idea de qué son ni de dónde están. No debería ser demasiado lejos de la urbanización si no se han desviado mucho… Son dos edificios negros en la noche, sin iluminar.
—Cuidado —advierte Esteban y agarra las piernas de Danko sumándose al equipo. —Hugo, Carla; si queréis esperad aquí…
—“Nah”, vamos todos —interviene Hugo, y la novia también asiente. Ella sospecha que lo que Esteban pretendía era que Carla no se pusiera en peligro…
Conforme van pudiendo verlo bien, se asemejan a unos almacenes. Podrían ser depósitos de grano, pero más bien cree que serán unas naves para guardar maquinaria y herramienta. Hay un coche aparcado fuera.
Llegan al más cercano; la puerta pequeña, en medio de una mucho más grande, no tiene candado sino cerradura. Esteban descubre que está abierta. No hace falta que ella se apresure a explicar lo que acaba de pensar porque él se adelanta.
—Está abierto —susurra. No hace falta que ella se apresure a explicar lo que acaba de pensar porque él ya se ha adelantado…—. Puede haber alguien dentro.
Dejan a Danko apoyado contra la pared exterior. El espacio está muy oscuro; hay muchos trastos y cosas colgando de la chapa del techo; se intuye un segundo nivel un poco más al fondo. Todos menos ella, que no tiene, encienden linternas y apuntan, al principio al suelo. Se han quedado en la puerta quietos. Hay sangre en una pared, no mucha, a la altura de las manos. ¿Por qué no avanzan?
—¿Pasamos o no?
—Espera, estoy escuchando. —Todos parecen estar haciendo lo mismo. “¿De dónde han salido?”, se autoinsiste.
Siguiendo las marquitas rojizas con las linternas acaban viendo que llevan a unas escaleras de madera. Adán se adelanta.
—Tío, cuidado.
—¡Ya!
Al final desaparece en la oscuridad, siendo sólo visibles los destellos que produce. Pasa casi un minuto.
—¡Chicos, venid!
Se apresuran. Entre tropezones con chatarra, dejando a su izquierda un tractor, llegan. ¿Cómo ha cruzado él sin hacer ruido?
Hay una pequeña bodega construida bajo la escalera, con una mesa redonda vieja y varias sillas rústicas. Sentado sobre ella, desnucado, hay un hombre frente a un vaso vacío y una botella de orujo a medias. El señor, de unos cincuenta, tiene un mordisco gigantesco en la clavícula y mucha de su sangre en el pecho. Esteban le ha puesto un dedo en el cuello.
—Tiene pulso…
—¿Qué hacemos? —Merlo.
—No lo sé… tenemos que descansar sí o sí.
—¿Se convertirá? —Carla.
—No lo sé… ¿tú has visto a alguno convertirse? —Su voz suena casi hiriente.
—No lo digas así Esteban, leñe que no lo decía… por nada.
—Ya, ya… lo siento Carla; mira, es que estoy un poco cansado.
—Vale, no pasa nada… —No se ha quedado con cara de que no pase nada.
—Yo creo que podemos quedarnos aquí —Adán
Ella les mira un poco sin opinión, también le gustaría descansar. ¿Convertirse? Eso no le gusta, sin embargo.
—¿Y si se convierte? —Carla de nuevo.
—Podemos matarlo… —Adán.
—¡Ala tío! —Esteban—. No seas animal, que no sabemos qué pasa. Puede estar inconsciente como Danko, por la pérdida de sangre. Seguro que este sitio es suyo y…
—Ya, jo… si yo no quiero matarlo —responde, casi como un niño, el que lo había sugerido.
—¿Y si lo atamos? —Hugo. En serio, qué le pasa a toda esa gente; como pueden estar hablando de esto así…
—Oye pues… —acepta el “líder” acariciándose la perilla—. ¿Pero con qué?
—Ah, “nu sé”. —Se encoge de hombros y hace un gesto vago hacia los trastos—. Algo habrá. —Parece un poco distraído desde hace ya horas.
—Merece la pena mirar. Está bien, yo me quedo vigilándolo por si acaso; echad un ojo al sitio pero tened cuidado; no creo, pero a lo mejor está aquí lo que lo mordió. —Tras una pausa en la que ya se están separando—. Voy a ver si puedo intentar desinfectarle eso, aunque sea con el alcohol de por aquí… Y ponerles algo en la herida a él y a Danko…
Se dispersan, Merlo por su lado y Adán y Hugo juntos; Carla se queda con él, y ella también sintiéndose un poco perdida. Luego mira a su alrededor y empieza a hacer como que busca, sin meterse muy adentro entre las siluetas, sin nada con qué iluminar. Su hermano parece no enterarse de nada; no va arriesgarse a ir a ningún sitio con él.
—¡Eh! ¡Aquí hay un montón de cosas! —La voz de Adán arruina todo el sigilo que habían estado manteniendo—. ¡Hay una guadaña tío! —Serán frikis…
—¡Aquí hay cuerda! Bueno, aunque está en uso —grita también Merlo—. Si me echáis una mano, que esto pesa…
Viendo que nada malo ha pasado después de los gritos, ella decide dirigirse hacia él y que no la tomen por una inútil.
Deja su escopeta en la planta de arriba, contra la esquina. Luego mira a su alrededor y con mucho mimo deposita a su hermano sobre una alfombrita, por desgracia un pelín polvorienta, y la arrebuña dándole forma de almohada a uno de los bordes. Por fin ayuda al chico a levantar lo que parecen ser cajas de madera, unidas entre sí por una fina correa de fibra, para que pueda acceder al nudo.
—¡“Habemus” cuerda! —exclama triunfal al cabo. Ella lo recrimina con un dedo en los labios señalando a Yoni.
—¡Joder! —Toses de Esteban—. Sea lo que sea esto es fuerte, sí… vale para desinfectar seguro.
Después de que el otro se disculpe curiosea las cajas: contienen botellas de metal vacías. A saber…
Vuelven abajo con ella, Adán también se reúne; lleva entre los brazos, en forma de cuenco, una guadaña, una pala, una sierra, dos palos alargados y una azada.
—¡Se te va, Adán! —lo pincha algo risueño Hugo, que regresa junto a él mientras éste suelta su tesoro, con actitud orgullosa, en el suelo, en medio, como para que todos lo vean. Ellos le pasan la cuerda a Esteban, a la vez que Andrea se gira molesta hacia el de las herramientas.
—¡Chicos! Mi hermano está durmiendo.
—Perdón…
—Vale, voy a sujetarlo —Esteban.
Se fija en que el hombre tiene ahora un paño empapado cubriéndole la mordedura.
Cambiando de tema, hace un buen trabajo con las amarras, ella entiende un poco de nudos y parece que el compañero también; nunca había pensado en cómo atar a alguien pero, desde luego, después de que le haya sujetado el torso al respaldo y los pies y las manos entre sí, todo con nudos que se tensan más cuanto más se tire de ellos, parece improbable que se pueda desatar. Los otros dos chicos han agarrado a Danko por las axilas y lo han introducido, dejándolo con cuidado tendido junto al tractor.
—Bueno Hugo —empieza tras terminar su labor Esteban—, cuéntanos, que no ha habido tiempo. ¿Cómo es que estás por aquí? ¿Qué le ha pasado a Danko?—. Al mismo tiempo comienza a preparar otro paño con alcohol, con el que lava la herida del amigo y después se la envuelve en trapos igualmente untados.
Ella decide aprovechar la conversación para echarse por fin un cigarrillo; ofrece a los demás, Hugo y Esteban se lo aceptan, luego deja el paquete y el mechero amigablemente sobre las cajas.
—Pues… —Alarga mucho la palabra, arrancando; parece un poco incómodo—. Me vine con una amiga… Y cuando estábamos jugando, bueno, empezó a pasar todo esto.
—Vaya, lo siento; tu amiga…
—No lo sé, se fue corriendo cuando todo empezó…
—Vaya, ¿quién es?
—No la conocéis…
— “Joer”, ¡qué tío más chungo! ¿Y no nos avisaste de que venías?
—¡Oye! ¡Vosotros a mí tampoco!
—Pero yo no pensaba que algo así te fuera a gustar; por eso de correr y tal.
—Ya bueno…
Permanecen sin hablar unos segundos.
—¿Bueno y cómo os encontrasteis Danko y tú?
—A ver… yo estaba… escondido en el aparcamiento, y oí ruido así que me asomé a ver.
—Ajá…
—Entonces nos vimos y me ayudó a salir de allí. Luego fuimos por las calles a buscaros; decía que estaríais en la iglesia.
—Sí.
—Y poco más… de repente nos rodearon los zombis y él se quedó a luchar para que yo pudiera pasar…
—Joder… ¿Cuántos?
—No sé, como unos veinte.
—Uf… ¿A ti no te pasó nada?
—La verdad es que no… Me gustaría… No sé, el pobre casi muere por mí…
—Ya… está loco… lo ha hecho porque te aprecia Hugo.
—Ya… Ojalá se ponga bien. Me siento fatal.
—Seguro que sí. No te preocupes.
Se quedan todos, incluida ella, mirando al chico tendido. Así que es un hombre valiente… Debe ser una especie en extinción. Respeta que se haya sacrificado por un amigo, ella misma siente algo de ganas de que se mejore. Al final, el silencio es roto.
—Esteban, ¿podrías salirte afuera conmigo un momento? —Carla.
—¿Para qué? —Ella pone los ojos en blanco.
—Que me meo, coño.
—¿Qué te meas “toh el…” —aporta Hugo.
— “Ja, ja” —pronuncia ella sarcásticamente.
—Ya voy yo contigo. —Decide solidarizarse—. También tengo que ir —Les dedica una mirada ligeramente hostil a los patanes.
Salen juntas; tímidamente en el horizonte empieza a divisarse una línea más clara. Mira su móvil, son las siete y diez de la mañana. Se da cuenta de que tiene hambre y sueño. Cortando la leve claridad, por el sendero de tierra que pasa al lado de la propiedad, camina muy lentamente alguien; a algo menos de cien metros. “¡Mierda!”. Ella le pone una mano en el hombro a su compañera y la obliga a agacharse, señalando en la dirección.
—¡¿Qué hacemos?! —le susurra.
—No lo sé… A lo mejor no nos ha visto.
—¡Vámonos detrás!
Responde asintiendo y, casi a gatas, dan la vuelta al edificio. Están ahora entre éste y el otro que aún no han explorado, protegidas tras la esquina, observando.
—¿Y ahora? —Esta vez es ella quien le pregunta.
—¿Esperamos a que pase?
—Si pasa…
—Sí…
—Deberíamos avisarles, no vayan a salir a buscarnos.
—¿Cómo?
Busca a su alrededor; encima de ellos hay una ventana entornada que reconoce como la que quedaba enfrente de las cajas. Se acuclilla en el suelo.
—Agárrate a los ladrillos y pon los pies en mis hombros.
—¡Ah, vale!, ya veo —confirma la otra.
Coge aire y, sin demasiado esfuerzo, se pone de pie; la pelirroja parece estar ayudándola, quitando parte de su peso con los brazos; pero Andrea es una mujer fuerte, podría haberlo hecho incluso si hubiera tenido que alzar todo el peso de la otra, que además es muy delgadita.
—“¡Pss!” ¡Chicos!, ¡chicos!
—¡¿Qué pasa Carla?! —Por suerte, ante los susurros de ella, la voz amortiguada del otro también está susurrando—. ¿Qué haces ahí?
—Hay un zombi fuera; creo que no nos ha visto. Sólo os aviso de que vamos a tardar un poco, hasta que se vaya. ¡Apagad las linternas!
—Pero… ¿Salimos?
—No, no. No hagáis nada a ver si se va…
—¡Vale! Si pasa cualquier cosa… pegad una voz o algo.
—Vale —Va a bajarse…
—¿Segura que no queréis que salgamos?
—No, no; estamos bien. Sólo no hagáis ruido.
Con cuidado, Andrea se agacha y deja que la compañera se desenganche con tiento hacia el suelo. El botecito hace un poco de ruido que las preocupa. Nada ocurre. Por fin, agazapadas, observan al individuo sobrepasarlas calmadamente, gimiendo de forma casi inaudible. Dejan que se aleje una distancia generosa.
—¡Uf…! Ve tú primero si quieres; yo vigilo por si las moscas —cede ella.
—¡Gracias!
Carla se separa y se oculta entre unos arbustitos. Qué pena que sea tímida. El ruido redobla sus propias ganas de ir… Por fin viene, e intercambian posiciones. Agazapada, termina y se escama repentinamente por una sensación desagradable. Se pasa un momento la mano. Genial. ¿En serio? ¿Justo ahora? “Me cago en toh”.
Vuelve.
—Oye Carla…
—¿Sí?
—¿No tendrás compresas…? —Se queda en silencio un momento.
—¿Eh? Ah, sí, claro; no te preocupes, dame un segundo. —Le dedica una sonrisa. La verdad es que empieza a parecerle una muchacha muy amable. No volverá a coquetear con su novio.
Ve como da la vuelta y desaparece tras la esquina.
—¡“Ey”! ¿Qué tal? —Esteban—. ¿Qué pasa?
—Nada, un segundito.
Pasa como medio minuto hasta que reaparece.
—¡Toma! Lo siento, sólo tengo éste… —dice de nuevo sonriente, y le entrega un tampón.
—Muchas gracias, de verdad…
—¡Nada mujer!
—Te debo una, de verdad.
—No le des más vueltas; pero mañana tendremos que buscar más…
—¡Hecho!
—¿Quieres que te espere?
— “Nah”, no te preocupes. Pasa adentro.
—Vale.
Se queda sola; con cuidado se asea y regresa también. Dentro están todos callados, parece que un poco sin saber qué hacer.
—Bueno… creo que podríamos dormir un poco aquí. —Carla le roba las palabras de la boca.
—¿Deberíamos hacer guardia? —Adán.
—Yo creo que si encontramos dónde tiene las llaves, para cerrar esa puerta, no hace falta —Hugo.
—No, sí; hay que hacer guardia, sobre todo con él. —Esteban señala al hombre atado—. Mejor no corramos los riesgos; pero las llaves es buena idea Hugo. Yo hago la primera guardia, y luego os despierto a alguno.
No tardan mucho en verlas sobre una repisa de los estantes de la bodega. Cierran y buscan donde colocarse. Ella se tumba en la misma alfombra que su hermano abrazándolo, bien cerca de la escopeta y justo encima de donde Esteban se ha sentado en una silla, cubriendo con una caja el umbral vacío que daba a la salita de los licores. Carla se ha sentado a su lado. Merlo ha sido el más rápido en encontrar el sitio más cómodo, el asiento del tractor, en el que se ha aovillado. Ese sitio debería haber sido para su hermano… Adán y Hugo se han acostado cerca el uno del otro, en el suelo, apoyando la cabeza en unas bolsas de semillas. Su hermano es un santo durmiendo pese al escándalo…
—“¡Agh!”, ¡Adán, aquí hay una araña! —Hugo.
—“¡Chsss!” —chista ella al tiempo que oye al otro levantarse para solucionar el “problema”. Por Dios…
Empieza a notar como la vence el cansancio, pese a que abajo la parejita se haya puesto a hablar cuchicheando. De repente, empieza a echar de menos a su novio, o a su hermano mediano, o a quien fuera…
—¿Cómo te encuentras?
—Bien, gracias. Vete a dormir, que tienes que estar cansada.
—Si quieres me quedo aquí contigo un ratito…
—No hace falta, venga duerme, que aún no sabemos ni cuánto tiempo vamos a poder hacerlo.
—No me importa hacerte compañía, de verdad, no tengo mucho sueño…
—No hace falta, estoy bien; venga…
—¡Jolín Esteban! No me apetece dormir; sólo quería estar contigo un poco… Ya veo que a ti no te apetece.
—Espera… perdona; no lo sabía, anda vente.
Silencio breve.
—¿Tú no tienes miedo? – Se los imagina sentados juntos en la misma silla, en contacto tierno el uno con el otro.
—¿Tú qué crees? Precisamente por eso intento que nos tomemos las cosas en serio…
Silencio breve.
—Crees que esto es… posible. No sé, ¿zombis de verdad?
—No tengo ni idea; seguro que se soluciona pronto.
—¿Piensas que la ciudad estará bien?
—Puede.
—¿Pero tú que crees?
—No lo sé… esto estaba muy organizado. Hay algo muy raro.
—¿En qué piensas?
—En que… ¿qué posibilidades hay de que se desencadene una plaga de algo parecido a zombis, en medio de un juego sobre zombis?
—Ya…
—Y esos tíos de la organización… Creo que los disparos del pueblo eran de ellos.
—¿Sí?
—Sí, ¿cuánta más gente armada en el pueblo podía haber? Y luego está lo del helicóptero de antes…
—¿El del evento?
—Sí, seguro que era ese; demasiadas coincidencias.
—¿Significa algo?
—Eso creo… Mi teoría es que desde el principio esto no era un juego, sino que estaban buscando seleccionar a gente para algo.
—“¿Mmh?”
—Cuando todo empezó ya lo pensé; que era demasiado raro. Estoy seguro de que si hubiéramos seguido jugando y hubiéramos conseguido reunir los números, habrían venido a por nosotros… y que lo de antes fue algún grupo que lo consiguió…
—¿El helicóptero? ¿Para qué?
—Mi teoría es que querían encontrar a alguien que pudiera resolver esto, aun cuando fuera real.
—¿Entonces deberíamos haber seguido jugando?
—No…
—¿Por?
—…Sea lo que sea que esa gente quiere… No creo que fuéramos a haber tenido oportunidad de decidir nada una vez nos hubiéramos ido con ellos, si es que lo hubiéramos conseguido…
—Ya…
—Y podría no gustarnos nada lo que quisieran de nosotros. Todo esto ya lo había pensado desde la iglesia. Por lo que sabemos pueden ser los mismos que han empezado todo esto.
“¿Qué es toda esa mierda de los números?”. Aunque no entiende muy bien lo que están hablando, capta la idea de que lo del helicóptero podía ser algo malo. Genial… y esa era la mejor esperanza que tenía desde hace un buen rato. Genial…
—Y si ya han conseguido lo que quieren, ¿acabará?
—Ojalá que sí. Pero es muy raro que los móviles no funcionen. ¿Tanta distancia? No, aunque hubiesen saturado el espacio para quitar la cobertura; de que la chica nueva esté aquí sabemos que los teléfonos fijos no funcionan.
—O sea que esto es grande…
—Por lo menos está muy bien montado.
—Ya… vamos que o han conseguido evitar que nadie diga nada de toda esta zona, o está pasando en más sitios y por eso no han venido ya los tanques.
—No creo que vinieran tanques… pero sí, o eso o por eso no han venido ya los tanques. Bueno; pudiera ser que el ejército estuviera directamente en el ajo… Pero, ¿qué sentido tendría? Esto no creo que se pueda encubrir luego… Sobre todo porque hay gente que ha escapado ¿no?
—Supongo…
—La verdad es que tengo algo de miedo de que pueda haber gente evitando que nadie escape, que sería otra posibilidad…
—¿Tú crees?
—Ahora mismo no podemos saber nada.
—Podemos tratar de esperar…
—Yo creo que sería lo mejor. Mañana con la luz deberíamos mirar qué hay por aquí de comer o si hay agua… Tal vez algunos podríamos intentar coger el coche para ir a alguna ciudad a ver si esto es tan grande o no; o para buscar un todoterreno al menos.
—¿Y Danko o el viejo ese?
—Creo que sólo podemos esperar por ahora… Será muy importante descubrir si se convierte o no.
—Tengo miedo Esteban.
—Y yo… pero hemos sobrevivido a lo peor, cuando no sabíamos nada. Vamos a salir de ésta.
—¿Me lo prometes?
—Claro que sí…
Los visualiza en su cabeza, ahora ella acurrucada sobre sus piernas, quedándose dormidita en su hombro… “¡Cago en ‘toh’!”. Cuanto extraña de golpe al gilipollas de Sergio…



—¡Chicos! ¡Levantaos!, ¡chicos!
Se despierta sobresaltada; le duele bastante la cabeza. Alguien está dando voces muy cerca. Su hermanito se revuelve y amenaza con despertarse. “¿Qué coño…?” Está a punto de enfadarse, pero a la vez que se incorpora recuerda la situación en que se encuentra y decide reservarse para después el derecho al cabreo.
—¡¿Qué ocurre?! —Suena la voz de la chica.
—¡Merlo! ¿Qué pasa? —Ahora Esteban también parece estar moviéndose abajo.
—¡Mirad!
Aún no ve bien; está deslumbrada por la claridad que entra por las ventanas entreabiertas. La habitación huele algo pesada a la humanidad de todos ellos, aunque gracias a las rendijas no ha llegado a acumularse. Se estira hasta la barandilla para asomarse; a su espalda, también se colocan curiosos los otros dos chicos.
Abajo, menos Danko, todavía tendido en el suelo, todos están tras la barrera que cubre el acceso a la bodeguita, fijándose en algo dentro, con aspecto preocupado.
—¡Joder! ¿Qué es eso…? – Esteban está titubeante; apartando la caja para acceder.
—Chacha… ¿Dónde estamos?
—Nada Yoni, tranquilo, sigue durmiendo —responde sin reflexionar en la pregunta que le han hecho.
—Hermana…
Ella se levanta poniéndole una mano tranquilizadora en el hombro, casi sin mirarlo: coge la escopeta y empieza a descender. Lo siguen los otros jóvenes.
—¿Cuándo ha pasado? —Carla es quien interroga.
—No lo sé… creo que he dado una cabezada.
—¿Y no has visto nada?
—Antes estaba fea la herida… pero…
Por fin llegan todos, al tiempo que han despejado el umbral. “¡¿Qué?!”
La cabeza le duele más. Empieza a ver chiribitas blancas y negras, algo mareada. Frente a ellos, sentado en la silla, está el… ¿hombre?
Es difícil mirarlo; es como si se hubiera vuelto algo translúcido, casi brillante. Los vendajes improvisados sobre su hombro están empapados de una sustancia oscura y espesa; se le ha caído el pelo de la cabeza y… ¿ha crecido de tamaño? No. Se ha prolongado… como si de un dibujo espectral y caricaturesco se tratara; con ángulos mucho más rectos en todo su cuerpo, con las extremidades desproporcionadamente largas para su tronco.
En su figura casi fantasmagórica se distinguen perfectamente definidos los músculos, como esculpidos, pero raquíticos… estirados, que alargándose han reventado la ropa, y la parte más tensa de la cuerda en sus manos y pies también ha estallado. Oh Dios, sus manos… De cada uno de los dedos ahora nace una especie de cuchilla negra y alargada, tan larga como un machete. Su piel se ha vuelto completamente blanca y seca, de un tono imposible, asemejando mármol agrietado. “¿Qué es eso?”. Da un paso hacia adentro con la escopeta apuntando. De repente el dolor de cabeza se intensifica, y la visión se le condensa alrededor de la criatura como en un tubo; todo cuanto no es él se ve desvanecido, ensombrecido por miles de brillitos, como si estuviera contemplando la realidad a través de un filtro hecho de los parásitos de la televisión cuando no tiene señal.
Los otros entran con ella y también se detienen; Hugo y Carla se llevan las manos a la cabeza; está claro que también les está doliendo. ¿Es esto como aquello que pasó la noche pasada? ¿Otra vez? Está bastante mareada.
Adán ha desaparecido. Ella apenas se puede mover. Regresa con la azada cogida entre las manos. La adelanta; se acerca unos metros más recorriendo la mesa. A mitad de trayecto lo ve soltar una de sus manos del arma y apoyarla contra la silla; parece que está a punto de perder el equilibrio. Se recobra y avanza otro paso. Con piernas temblorosas, vuelve a agarrar la herramienta con ambos brazos y la alza sobre su cabeza, en una posición muy estilizada y agresiva.
Con un gesto que demuestra todo su peso y saña, lanza el golpe. Un choque estrepitoso lo acompaña, como de piedra o metal. La madera del instrumento se ha partido y la cuchilla metálica ha rebotado contra el cráneo del otro, volando hasta clavarse en el techo de madera. Adán se desploma como un peso muerto en el suelo.
Ella y Esteban corren a cogerlo de los pies. Los dos pasos que da aproximándose a la criatura la llevan a un infierno; el mundo se convierte en puro dolor y todo lo que le rodea se transforma en parásitos y distorsión… Salvo la cosa, que se ha vuelto totalmente nítida y tangible, en posición sentada, sobre una superficie invisible hecha de destellos rutilantes negros y blancos. Totalmente ciega, nota agarrar el tobillo del chico, y también la mano del otro apoyándose contra su cadera.
Jalan ambos con todas sus fuerzas y arrastran al muchacho hasta el quicio de la sala, junto con los demás. Alejarse de la criatura le reduce el mareo y el dolor, y le devuelve lentamente la vista… Dios… ¿Ese chico había aguantado tanto tiempo tan cerca de la cosa? Ahora tiene rastros de sangre en la nariz… ¿Qué es eso? Los demás les están hablando, pero no puede entender lo que dicen, suena todavía demasiado lejano. Apunta con su arma a la cabeza del hombre; de nuevo medio desaparecido, y vacía los dos cartuchos cargados. Las explosiones resuenan distantes.
No ha fallado… hay marcas de perdigones por todas partes, pero él sigue en su sitio sin un rasguño
Abre los ojos. Son un abismo negro; sin pupilas, sólo esferas puras de negrura. Como si no existieran las cuerdas, se yergue de su posición lentamente, partiendo la madera a la que estaba amarrado y aflojando con ello las tiras de fibra. Da un paso, apartando como si no existiera la mesa que tiene delante, que se parte en trozos al roce de su garra. La está mirando, a través del infinito. Quiere correr pero el mareo la derrumba. Siente que los otros se han caído con ella. Apenas puede moverse desorientada por el suelo, chocando contra los cuerpos de los otros, también revolviéndose.
A cada zancada que la cosa, muy lenta, acorta hacia ellos, otro fragmento de la realidad se desvanece en pura confusión y brumas de televisor. Sólo el ser gana nitidez; convirtiéndose en una certeza marmórea de muerte. ¿De dónde vienen esas palabras tan poéticas para sus últimos momentos? Si ha de morir que sea cagándose en Dios… “¡Joder!” Pero Jónatan no debe morir así… Estará aterrado. Algo resuena en el ambiente. Grave. No puede distinguirlo.
Entonces la pared de la bodega se quiebra bruscamente, devastada por el tractor verde que antes estaba aparcado, y arrastra a la criatura, estampándola contra el otro muro, que también se rompe, con el morro del vehículo incrustado.
Danko se baja de un saltito de la cabina del conductor y les mira. Súbitamente se encuentra ella mucho mejor.
—Esto… ¿Por qué estabais al lado de esa cosa? —habla con voz enfadada.
—¿Danko? —Esteban suena entre aterrado y aliviado.
El metal del motor de la máquina atravesada en la sala salta por los aires de un zarpazo. Por el hueco abierto se divisa tan solo la silueta luminosa del hombre, como una aparición blanca con dedos negros.
—¡Corred!
Andrea se apresura a salir de allí; su hermano mira paralizado desde los pies de la escalera. Lo coge en brazos sin detenerse. Mierda, se ha olvidado la escopeta; pero no va a volver…
Sale al trote fuera. Algunos ya están bajo la luz de un día nublado. Otros salen justo detrás. No están todos. Trata de hacer recuento; faltan Danko y Adán.
—¡Las llaves del coche deben estar dentro! —Esteban grita desencajado, señalando al almacén.
No tiene tiempo, empieza a correr con Yoni, ya llorando, entre las manos; hacia el camino. No va a quedarse allí por ellos. Veinte metros; treinta… una pista de fútbol… sigue alejándose. Una explosión desde donde venía la detiene. Se gira. Desde el agujero que abrió el tractor sale humo. Decide esperar un poco; ¿qué están haciendo los otros? No puede encontrarlos. Habrán muerto…
Carla aparece por el sendero, corriendo.
—¡Andrea! ¡Espera! ¡Andrea!, ¡vuelve!
—¡¿Qué?!
—¡Vuelve!
—¡¿Qué pasa?!
—¡Lo han matado! —¿Cómo?
—¡¿Cómo?!
—¡No lo sé!, ¡ven!
Empieza a caminar hacia ella. Se da cuenta de que Yoni se está revolviendo, totalmente desconsolado. Lo deja en el suelo y se agacha a su altura.
—¡Chacha! ¡Tengo miedo! ¡Chacha quiero ir con papá!
—Yoni… Escucha, vamos ganando…
—¡No me mientas! ¡Quiero irme a casa! ¡No me gusta este juego!
—Yoni… —Aprieta los puños; las lágrimas asoman a sus ojos—. No podemos irnos a casa…
—¡Quiero irme a casa ya!
—Yoni. —Lo abraza y empieza a llorar ella también, ocultando sus lágrimas tras la nuca del niño—. Yoni, lo siento mucho.
—¿Chacha? —Hacía muchísimo tiempo que no lloraba.
—Yoni, ¡escucha! —dice tratando de sonreír; se sorbe los mocos y mira a su hermanito directamente a los ojos—. Escucha Yoni; ya eres un chico mayor, ¿no?; ya no tienes tres años.
—Sí… —Su hermano parece confuso ahora, supone que se ha dado cuenta de que algo no va bien al verla llorar. Qué listo que es. Le gustaría poder prolongar el engaño un poco más… pero no le va a quedar más remedio que madurar deprisa.
—Pues voy a decirte la verdad, ¿vale?
—¿Chacha… qué pasa? ¿Por qué lloras tú?
—Mira Yoni… no podemos ir a casa. Gente muy mala nos ha hecho algo muy malo. Y han hecho daño a papá e ir a casa es peligroso… ¿vale?
—Chacha, ¿qué dices?
—Escúchame, no podemos ir a casa. Vamos a tener que estar tú y yo juntitos por una temporada. Y a lo mejor estos amigos nuevos, ¿vale?
—¡Pero yo quiero irme a casa ya! —Amenaza con volver a su rabieta.
—Bueno, Yoni; pues no se puede… Lo siento. Escucha, de verdad necesito que me ayudes. ¿Serás un chico mayor y me ayudarás? Yo sola no voy a poder…
—Pero yo quiero irme a casa…
—Lo siento, no podemos… ¿me ayudarás, hermano?
—¿Qué le ha pasado a papá?
—No lo sé…
—¿Por qué ha venido gente mala?
—No lo sé Yoni… Porque son malos; pero vamos a ganarles. Si me ayudas. ¿Lo harás?
—Vale, chacha…
—Pues tienes que portarte como un chico mayor. Estate conmigo todo el rato y yo cuidaré de ti; tienes que ser grande y no llorar nunca, ¿vale?
—Vale… —Se aparta las lágrimas con el puñito. Gracias Yoni, por ser tan genial.
—¡Vámonos con los demás!
Le coge la mano con unos dedos y se acerca a Carla; ella ha llegado hace un momento, pero se ha quedado sin intervenir en la escena, prudencialmente. Él la señala con ambos brazos y exclama.
—¿Puede llevarme ella?
—Te he dicho que tienes que ser mayor…
—¡No pasa nada! —La joven se acuclilla y prepara para recibirlo.
Él mira a Andrea. Ella le asiente y en el acto sale corriendo a auparse. “Hay qué joderse que espabilado que eres…”.
El ambiente está mucho más fresco que el día anterior. Mira su móvil; son ya las dos de la tarde pasadas y apenas le queda batería; sigue sin haber cobertura. El cielo está nublado y el edificio en que se encontraban humea. Se le hacen eternos los pasos de regreso, pero al final alcanzan a todos fuera del cobertizo; han arrastrado todas las mochilas y algunas de las herramientas fuera y se ve que la construcción está ardiendo sin prisas. Danko vuelve a estar inconsciente en medio del grupo, junto con las cosas de todos, a una distancia prudencial de las llamas.
—¡¿Qué ha pasado?! —Les interroga nada más llegar.
—A ver Adán, empieza porque yo tampoco me he enterado bien… —Esteban le acompaña en la demanda.
—No lo sé… —Adán responde—. A ver… estábamos Danko y yo con la cosa esa… entonces él lo señaló con la palma de su mano y se quedó quieta… y se me pasó el mareo… Me miró y me dijo que la matase, y él también estaba como paralizado; le sangraba la nariz… —habla a trompicones.
—¿Cómo?
—¡Yo que sé! Me puse a pegarle en la cabeza con la pala todo lo que pude. ¡Pero no le hacía nada!; la arrastré hasta el tractor con los golpes.
—¿Y no se movía? —Hugo.
—No… Danko tenía cara como si estuviera levantando peso o algo… No sé, daba mucho mal rollo. Creo que estaba deteniendo él a la cosa; no sé.
—Pero, ¿cómo? —vuelve a preguntar Esteban.
—Que no me rayes… yo que sé; con la mano… ¿con la mente?
Todos aguardan unos momentos a una mejor explicación que no llega.
—¿Y luego? —Esta vez decide ser ella quien rompa el silencio.
—Pues… había un montón de gasolina en el suelo y en el tío pegado al escape del motor… Cogí el mechero que os dejasteis, encendí la cuerda y la tiré contra él y… todo explotó…
—¿Explotó?
—Sí, la gasolina… y la cosa saltó a trocitos. Yo también me caí, y cuando me levanté Danko estaba en el suelo, así de pálido… y volvía a no responder…
—¿Cómo diablos manejaría el tractor con una sola mano?
—No es difícil —apresura Adán—. Mi tío nos enseñó a los dos una vez en mi pueblo…
—Ah…
—¿Qué le pasa a ese señor?
Su hermano señala a Danko. Le preocupa que esté oyendo todas esas conversaciones; ¿pero qué puede hacer? Menos mal que parece no estarse enterando demasiado. Ella curiosea también al muchacho; está muy pálido, aunque nada que ver con el tono a nieve que tenía la otra cosa; más bien en su caso casi parece algo azulado. Pero sus uñas se han puesto negruzcas, como las del otro, aunque sin haberse convertido en zarpas; y sus ojos tienen las cuencas totalmente marcadas de profundísimas ojeras. También tiene rastros de sangre saliendo de ambos orificios de su nariz y orejas… ¿No irá a convertirse también en una de esas cosas? Deberían tener cuidado.
—Se ha hecho daño peleando contra los malos Yoni. —Es Carla quien le contesta; parece que sí que estuvo escuchando su conversación, le da un poco de rabia… pero imagina que lo ha hecho con buena intención.
—Sí hermano, ¡pero ha ganado!
—¿Sí?
—¡Sí! ¿Lo ves?, si nos comportamos como mayores vamos a ganarles seguro.
—¿Y se va a poner bien?
Esteban se levanta y se acerca al chiquillo, abrazadito al cuello de su novia y mirando de soslayo al herido; le pone una mano en el pelo, se lo revuelve un poco y le dice con voz confiada:
—¡Espero que sí grandullón!, nadie puede con nosotros. —Acto seguido le levanta suavemente la barbilla para que lo mire de frente, guiñándole amable un ojo—. Este amigo acaba de ganar a un malo muy, muy fuerte —Qué rápido ha comprendido aquel su pequeña mentira… Le agradece el gesto. Con todo, tal vez no esté tan mal esta gente. Se están portando bien con ellos.
—¿Y va a venir con nosotros cuando esté bueno?
—¡Claro! Aunque no tienes que preocuparte… —Se acerca para hablarle en tono de confidencia—. ¡Porque yo soy aún más fuerte!
—Mejor que él no te oiga decir eso… —Carla le pincha riéndose con amabilidad.
—Te he oído…
Danko gime desde el suelo, llevándose muy lentamente la mano a la frente; abriendo los ojos como perplejo, como deslumbrado.
—¡Danko! —Todos salvo ella se abalanzan sobre él.
—¿Cómo estás? —Esteban le intenta tomar el pulso de nuevo.
—Mal… apartaos que me agobiáis. —Todos menos Hugo dan un paso atrás; éste se queda a su lado, sin tocarlo.
—Danko, oye… jo; muchas gracias, ¿vale?
—¿Qué? Ah… Nada… Sólo me debes echarme una mano —Hace un gesto con los dedos que aún le quedan, evidenciando el chiste.
Todos se quedan un poco parados, como si la broma les pareciera de más mal gusto que a la propia víctima. Hugo, consternado, le devuelve el gesto sin un ápice de buen humor en el rostro. Después se lanza encima de él y lo abraza; éste se queda inmóvil, como si estuviera incómodo.
—Danko, siento lo de tu mano, de verdad. —Esteban se solidariza—. ¿Qué te pasó?
Carla interrumpe la pregunta acercándose y dándole un beso en la mejilla.
—Gracias por salvarnos.
—Nada… Venga anda, apartaos que necesito aire.
Se vuelven a alejar.
—¿Quieres levantarte? —Esteban se ofrece.
—Sí.
Entre él y Merlo lo incorporan y lo llevan para que se pueda sentar sobre el capó del coche.
—Tío, ha sido increíble. —Adán lo golpea como gesto de “colegueo” en un hombro, sin apenas fuerza—. ¿Cómo lo has hecho?
—¿El qué?
—Parar al zombi…
—¿Lo he parado yo?
—¿No has sido tú?
—No lo sé…
—¿Qué ha pasado? —Se suma Esteban; Merlo también está al lado.
—No lo sé… lo he visto ahí delante; no me podía mover por el mareo, y entonces… no lo sé; me ha empezado a doler mucho la cabeza, sólo sé que no quería que se acercara más.
—Joder… esto es de locos —exclama Esteban—. Bueno… pues parece que tienes poderes con esas cosas… o algo.
—Oye man; gracias. —Merlo también le da un golpecito y le levanta un pulgar—. ¿Qué te pasó? —Señala con la cabeza hacia la ausencia al final de su brazo derecho—. Sólo si quieres hablar de ello —apresura.
Danko se acerca el muñón a los ojos, y luego lo aleja en un gesto como tratando de quitarle importancia.
—Nada… me rodearon esas cosas. Me alegro de que estés bien Hugo.
—Gracias… Lo siento… —Casi parece que vaya a derrumbarse él. Los demás se quedan esperando, parece, a que el héroe termine de hablar; así que al final, prosigue.
—Al final me mordieron en la mano, así que me la corté y la quemé.
—¡¿Así?!, ¿sólo…? —Esteban.
—No, con mi hacha… había una casa en llamas. No me iba a convertir en uno de ellos…
—Joder tío, lo siento…
Andrea  camina hacia él y le tiende la mano izquierda.
—Tienes cojones, chico.
—No, dame la derecha. —Ella cambia y le da el apretón del revés—. Y tú, ¿quién eres?
—Soy Andrea, os saqué de la iglesia… iban un montón de esos… zombis hacia allí.
—¿Y aquel? —Hace un gesto hacia su hermano.
—Mi hermano Jónatan.
—Ya veo… —Se gira hacia los otros en su cara—. ¿Nos fiamos de ellos?
—Sí, sí Danko. —Se apresura Carla—. Nos han ayudado.
—¿El crío también? —Ante el vacío de respuestas concluye—. Es broma, es broma. Vale, encantado.
Le fastidia un poco el gesto que ha tenido; pero por ahora respeta a ese hombre, así que se lo perdona. La verdad es que ahora mismo intimida bastante su aspecto; con un chándal lleno de sangre roja y negra, sudor y tierra. Trata de levantarse del vehículo pero sus piernas parecen fallarle y se desploma; si Merlo no lo hubiera sujetado, habría dado de boca.
—Tranquilo Danko, no te apresures; como poco has perdido mucha sangre. —Esteban se adelanta a cogerlo también.
—Creo que quiero dormir un poco… —dice con un hilito de voz desde el hombro de su amigo.
—Vale… A ver chicos, ¿qué hacemos? —Todos miran—. Vamos a organizarnos…
Empieza a salir bastante calor y llamaradas del almacén consumiéndose.
—¿Esto no es peligroso? —Merlo señala a la caseta ardiendo.
—No creo… —Adán—. Se irá quemando solo y ya está.
—A ver; yo creo que algunos deberíamos trasladarnos al otro edificio, a ver qué hay. Otros tendremos que ir a pie al pueblo, a por un coche o algo para movernos y lo que podamos conseguir para algunos días. ¿Tenemos comida? —Todos niegan en distintos tiempos, mirando entre sus cosas. Entre todos aportan un par de botellas de agua grandes, a medias, y unas cuantas golosinas—. Pues a ver; yo, Adán y Merlo podemos irnos a ver qué encontramos, y los demás poned cómodo a Danko allí. —Señala la otra construcción—. Y haced guardia, buscad a ver qué hay…
—¿No podemos usar el coche? —propone Hugo.
—Las llaves deben estar en alguna parte, en el incendio… Si no queda otra, ya buscaremos entre los escombros.
—Vaya…
—¿Os parece bien? —Asienten de forma generalizada. Carla se le acerca y le susurra algo al oído; él le responde con un “de acuerdo” y se gira a todos—. Antes de irme… tengo que ir a hacer algo un poco lejos. ¿Alguien se apunta? ¿Tenemos papel?
Al final todos quieren apuntarse, incluida ella; así que Adán y Esteban hacen una incursión rápida a la otra caseta. Vuelven no mucho después triunfales, con un par de rollos, comunicando que había un cuarto de baño. Ella, Carla y Yoni se van por un lado, hacia las zanjas aradas, y los chicos por otro, cargando con Danko al que, supone, van a ayudar; debe ser muy humillante verse así de débil, necesitando asistencia hasta para eso.
—Le he pedido a Esteban que traiga tampones o compresas – Le confiesa cuando están solas.
—Muchas gracias…
—¿Qué es eso?
—Cosas de mayores Yoni.
—¡Pero ahora soy mayor! —Las dos se ríen inevitablemente.
—Tienes razón. Es algo para que las chicas podamos lavarnos bien —le resume.
—¿No os vale con el champú? —Si no estuvieran en la situación en que están, por lo menos ella, seguramente se estaría muriendo de la risa.
—Anda que… tienes unas ocurrencias. No, no vale sólo con el champú.
—¿Por eso oléis tan bien?
—No Yoni, eso sí es por el champú. —Carla le revuelve de nuevo el pelo tomando la palabra—. Anda sé bueno y acompáñanos.
Con ellas, el niño empieza a quejarse de tener hambre varias veces, hasta que Carla comparte con él la última chocolatina; también les cuesta un poco convencerle de que haga sus necesidades, dado que dice no tener ganas; pero al final lo consiguen y, por turnos, se van pasando el papel. Andrea empieza a comprender que pueden enfrentarse a situaciones complicadas en cualquier momento, y que aquellos momentos para aliviarse de todo lo posible son muy valiosos; su hermano tendrá que educarse en aprovecharlos. Eso sí, empieza a sentirse apestar ella misma, lleva desde la noche anterior al trabajo sin ducharse, y supone que los demás no deben oler demasiado bien de cerca, especialmente Danko. Y ya debería haberse cambiado el tampón, tiene una sensación algo incómoda, seguramente esté volviendo a manchar. Escuchan a lo lejos risotadas de los muchachos. Seguramente estén “gilipolleando”.
Vuelven a reunirse a las puertas del nuevo refugio, acomodando al herido al exterior, casi a la vez que ven cómo se derrumba parte de la estructura del anterior. Parece que la madera mezclada con chapa no está ardiendo muy bien, y salvo algunas explosiones pequeñitas que hay de tanto en cuando, a veces más de ruido que de verdadero fuego, el trastero se está desvaneciendo más o menos inofensivamente.
—Andrea, ¿esa escopeta es de perdigones verdad? —Esteban señala el arma reposando en la pared.
—Sí.
—¿Puede matar a alguien?
—Puede hacer mucho daño… Pegada a la cabeza seguramente sí.
—¿Te importaría dejárnosla para ir al pueblo?
Duda un poco; no le hace ninguna gracia desprenderse de ella. Pero ya no siente que la necesite para defenderse de ellos; al menos por ahora. Al final asiente.
—Y antes, cuando vinimos, no cogimos el camino; pero conduce a Almuera, ¿no?
—Debería… Toma, por cierto. —Le entrega dos cartuchos de su bolsillo—. Es todo lo que tengo. —Es todo lo que tiene…
—¡Muchas gracias! —Se retira con los demás—. ¡Adán! ¿Tú sabes usar esto verdad?
—Sí. —Se la entrega. Observa como el muchacho carga la munición hábilmente y tensa la palanca del aire— Lo que no creo es que esto matara a un zombi…
—Ni idea… ¡Vale! ¡Vámonos! Si no hemos vuelto en unas cuatro horas o así… Bueno, espero que volvamos, pero no vengáis a buscarnos; ¿vale?
—¡Ni de coña! —grita Carla.
—Por favor…
—¡Pues volved!
El otro se retira derrotado y empiezan a seguir el sendero, quedándose ellos solos.
—¿No te jode un poco que cuando han hecho el plan nos hayan dejado aquí sin preguntar?; sobre todo tú y yo por ser chicas… —Justo conforme habla se da cuenta de que Esteban, su novio, es precisamente quien hizo el plan.
—No creo que haya sido por eso… —Ante el desvío de ella, y reconsiderando la situación, decide no continuar.
—¿Por qué no lo has dicho si tú querías ir para allá? —interroga Hugo, un poco distante.
—No, si no quiero ir…
—Entonces, ¿de qué te quejas?
—Nada, nada…
—Yo creo —le vuelve a insistir— que a Carla, bueno, sí que está claro que quiere protegerla; y a ti simplemente no te conoce, además tienes a tu hermano por aquí.
—Supongo…
—Y yo sencillamente… Bueno.
Ella le dedica una sonrisa. Hugo se la devuelve y se sienta junto a Danko, que parece medio desvanecido.
—Bueno… ¿Entramos a ver qué nos encontramos? —le termina proponiendo a la pelirroja.
—Vale.
—Hugo, ¿cuidas de Yoni un ratito?
—¿Ahora quién está descartando a alguien? —La chincha con un gesto conciliador, levantándose a por su hermanito—. Hola Yoni… Yo soy Hugo.
—Hola Hugo…
Pasan dentro del cobertizo, las llaves las han dejado puestas en la cerradura; está en penumbra, pero hay suficiente claridad como para inspeccionar. La chapa y la madera crujen al pasar el viento; parece que va a empeorar el día pronto. La sala está bastante vacía; no hay segunda planta, aunque una acumulación de tablas de madera en un lateral sugiere que estaba planificado hacer una. Unas paredes de contrachapado separan un cuartito de baño en un lateral y una cocinita de gas en el otro; le da una idea para después una manguerita de plástico enrollada. Hay grifos, supone que de agua de pozo. El resto del espacio lo ocupan una mesa grande con varias sillas recogidas en un extremo, y un par de armarios. Tiene pinta de ser el lugar de descanso para el trabajo de las tierras y, seguramente, una cabaña para reuniones familiares. Algunas telas de araña por varios lugares le hacen pensar que, o no se usaba mucho, o eran muy dejados los propietarios. Por desgracia los alcoholes estaban en la otra caseta… junto con sus cigarrillos. “¡Mierda!”. Fuera se oye a Hugo y Yoni jugando al pillapilla.
Van a abrir los armarios. En uno hay cubertería polvorienta; en el otro… ¡latas de comida y conservas! Bien, un poco de suerte. Han tratado de encontrar algún interruptor, pero parece que el lugar no tiene toma de corriente; una lamparita de gas en un lateral refuerza esa idea.
—¡Chicos! ¡Hay comida! —grita Carla.
—¿Es seguro dentro?
—¡Sí!
—Vale, ¡echadme una mano con Danko!
Entre ellas dos y el delgaducho consiguen levantarlo y llevarlo con ellos. Ahora parece más dormido que inconsciente, aunque el color malsano no se le ha ido. Lo dejan recostado, con la espalda apoyada contra la pared, en una esquina.
—¿Tienes hambre Yoni?
—¡Sí!
—¿Qué le gusta?
—Cualquier cosa, la verdad, en eso hay suerte.
—Quiero más chocolate.
—Lo siento peque, no queda, pero en cuanto podamos te conseguiré más.
—No me lo malcríes anda…
Se fija en que Hugo mira la escena con aspecto más relajado de lo que, en general, había estado mostrando. Casi parece divertido, aunque de tanto en cuando observa al muchacho inconsciente y parece preocuparse. Se abren dos latas de judías, las calientan en el fuego de butano y almuerzan más o menos relajados, aunque sin hablar mucho.
Cuando terminan, ella recoge los cacharros tomando la iniciativa, aunque no los friega, no sabe si se quedarán; se estira bien y se dirige a todos:
—¡Bueno! Yo me voy a dar una ducha. Vosotros también deberíais, que aquí todos olemos a choto.
—¡Yo no me quiero duchar!
—Tú te vas a duchar ahora conmigo Yoni.
—No quiero…
—¿Qué hemos dicho de ser mayores?
— “Jopéee”.
—Nada, al agua.
Se dirige al cuarto de baño, coge la pastilla de jabón y la única toalla que hay, pequeña y azul, de mano. Tiene unas manchitas negras en un extremo, parecen grasa o tierra; seguramente no esté muy limpia, pero es lo que hay; se la lleva y, con cuidado, del lado contrario, aparentemente limpio, corta un rectángulo, más o menos del tamaño de la palma de su mano, con uno de los cuchillos.
—¡Vamos Yoni!
Salen afuera acarreando el manguito; el día está fresco, pero no llega a hacer frío; es una pena que no vayan a poder ponerse ropa limpia. Busca una boca de agua exterior, siendo una propiedad como esa debería tener una… Sí. Está en un borde, la manguera no llegará a ningún sitio en el que puedan ocultarse… bueno; espera que no salga nadie; cuelga el pitorro de las ramas de un avellano. El agua sale un poquito lodosa al principio, pero en nada se pone clara. Primero aseará a su hermano, que enseguida empieza a llorar.
—¡Chacha! ¡Está muy fría!
—Venga grandullón que no es nada.
—¡No quiero!
—Venga, sólo será un momento.
Al final, casi más como una pelea, consigue enjabonarlo y aclararlo. Después, muy rápido para que no se resfríe, lo seca y lo viste.
—¡Ale! ¿Ves como no ha sido nada? —El niño le dedica una mirada de ojos llorosos y rencorosos—. Vete con los demás, ahora voy yo.
Sale corriendo. En lo que se está desnudando ella oye a lo lejos hablar a Carla con tono infantil.
—¡¿Qué te han hecho chiquitín?! ¿Estaba muy fría el agua? ¡Pero mírate qué “guapete” estás ahora! ¡Y qué limpito! ¿A que ha merecido la pena?
—¡No!
En fin. Sí, sí está muy fría el agua. Trata de hacerlo lo más rápido que puede. Después, ya seca, se coloca el pedacito de algodón que había recortado entre la ropa interior y ella,  confía en que sirva de algo…
—¡Vale! ¿Quién de vosotros quiere?
—Yo… —Hugo se queda mirando la toalla que tiene ella entre las manos; luego dirige la cabeza al baño, como buscando otra—. Creo que voy a pasar.
—¿Seguro?
—Sí, déjalo…
Ella se encoge de hombros y se la ofrece a la otra. ¿Será escrupuloso o qué?
—¡Vale! —Se levanta y coge el paño.
Se sienta con su hermano y se pone a jugar un poco con él, tratando de reconciliarse; le divierte mucho por algún motivo que le esconda cosas y las tenga que buscar, diciéndole frío o caliente.
—¡Oh Dios! ¡Está helada! —El chillido de ella le hace gracia; se siente tentada a salir a “ayudarla”, pero decide respetarla.
Son casi las cuatro de la tarde… ¿Cuándo salieron los otros? Carla aparece con el pelo empapado, en la misma ropa sucia de antes.
—¿Qué tal?
—¡Congelada! —Se acerca y se le abraza robándole calor de una forma demasiado aniñada, pero Andrea decide dejarse querer.
—¿Pero bien?
—¡Sí!
—Bien.
Pronto se separa de ella y se va a comprobar cómo está Danko. Sigue igual aparentemente.
—Por cierto, ¿qué edades tenéis? —Le pregunta nada más se vuelve a sentar con ellos. Hugo parece estar jugando a algo en su teléfono.
—Esteban y yo tenemos veintiséis. ¿Tú?
—Veinticinco… Pensaba que era mayor que vosotros.
—Que ellos sí. —Carla hace un gesto hacia Hugo.
—¡Hola! —Se une como si acabara de aparecer—. Sí, yo y Adán tenemos veintidós… Danko también.
—¿Y Merlo?
—Creo que es un año menor. Sí, porque repetí y fui a su misma clase.
—¿Os conocéis del colegio?
—Qué va… bueno nosotros sí, más o menos.
—¿Cómo? —No lo entiende.
—A ver; Adán y yo íbamos a la misma clase… luego conocimos a Danko y a Merlo al repetir.
—¿Danko no era de vuestra edad?
—Sí… todos repetimos —ríe.
—Pues como yo entonces…
—¿Y vosotros? —Se dirige de nuevo a la chica.
—Pues un amigo de ellos se acercó a hablar con nosotros en una tetería… creo que porque escuchó de lo que estábamos hablando o algo así, y al final pues nos juntamos.
—¿Y ese amigo?
—¿Jesús? Ni idea… lleva mucho tiempo desaparecido la verdad…
—Ya… ¿Y todos sois frikis?
—Supongo… —responde Hugo.
—Aquí en el pueblo eso es algo bastante raro, ¿sabes?
—Ni idea.
—Hay un chaval que no sale casi nunca, la gente se mete bastante con él. —El chico se ríe de un modo que no comprende muy bien… como si la entendiese, pero hubiese algo más.
—¿Y de qué iba todo esto, lo de los zombis? ¿Por qué estabais aquí?; ayer no me enteré muy bien…
—Pues era un juego…
—¿De qué?
—De esto… de los zombis.
—¿Quién lo organizó?
—No lo sabemos —Carla—. Te inscribías en una página de internet… Incluso para los frikis, lo de los zombis es algo muy friki.
—Ah… ¿Y cuál era la idea?
—Pues habían puesto por el pueblo… vuestro pueblo, varias pistas… y si encontrabas unos números secretos con ellas, ganabas un viaje en helicóptero…
—Joder, qué nivel…
—Bueno… ya has visto lo que ha pasado.
—¿Creéis que esto está por más sitios?
—Sí… —Hugo.
—Espero que no… —Carla.
Se quedan en silencio, Yoni les mira.
—Esos, los zombis… ¿son los malos? —Andrea se sorprende; ¿deberían tener algo de cuidado al hablar? Bueno, que se vaya enterando…
—Sí cariño, son los malos.
—¿Y cómo se lucha contra ellos? —Vuelve a sorprenderse. Se agacha para ponerse a su altura.
—Escucha Jónatan. Tú todavía no tienes fuerza para ello… quiero que te enteres bien de esto. Si ves a los malos, corre a esconderte si no hay nadie, y si no, ven corriendo con uno de nosotros, ¿vale?
—Pero has dicho que tengo que ser mayor.
—Claro que sí. Y lo que un mayor haría, si no puede pelear, es esconderse o buscar ayuda; ¿de acuerdo?
—Vale…
—¿Qué sabéis vosotros de los zombis? —les pregunta, decide que puede ser bueno que su hermano lo escuche…
—A ver… —Hugo mira en la dirección del niño, como pidiendo permiso, y luego arranca; dejando por fin el teléfono sobre la mesa, parando de jugar—. No sabemos demasiado… Que yo sepa, sólo hay unos cuantos libros al respecto y unos cómics muy raros… Éste era como que el primer evento grande, así, sobre ellos. Pensábamos que iban a empezar a hacerse populares pronto…
—¿Populares?
—Sí, que la gente se iba a enganchar…
—Bueno… parece que sí…
—Ya, bueno… no así —Se hace un momento tenso; supone que no debería haber dicho lo último con esa frivolidad.
—Bueno, ¿pues?
—A ver; hay como dos líneas principales…
—¿Líneas?
—Sí, historias, ficciones…
—Vale.
—En una los zombis son… muertos vivientes; gente que al morir les pasa eso.  En la otra son infectados; gente contagiada de un virus o algo que los transforma en eso.
—¿Mutantes? ¿Como los de las pelis esas?
—No, bueno eso es genético si te refieres a los “equis men”. Pero vamos, sí, algo así.
—¿Y por qué?
—Yo que sé… En una historia decían que el origen estaba en el vudú. En otra que era un arma biológica que había salido mal…
—¿Y ese tío de antes? El de las garras…
—Eso ya… A ver, en un videojuego de zombis había zombis normales y algunos más raros… como una enfermedad más avanzada o algo así.
—Pero ese… se convirtió como vosotros decís, ¿no?
—Sí… eso pasa siempre; ya sean de un tipo u otro, los zombis siempre han contagiado con el mordisco.
—¿Y hay cura?
—Que yo sepa, en muchas historias hablan de que la están buscando, pero nunca la encuentran.
—Joder…
—Ya.
—Cuando todo empezó, mucha gente hablaba de unas luces en el cielo, vosotros también me lo dijisteis…
—Sí… se vio la aurora boreal creo; nosotros estábamos al aire libre cuando pasó.
—¿Y eso?
—Ni idea… Lo mismo todo esto es un ataque alienígena o de los intraterrestres— dice con tono juguetón.
—¿Alienígena? —Esta vez es Carla la que pregunta.
—Sí.
—Eso no tiene sentido Hugo…
—¡Y yo que sé! —Se ríe—. Es broma; por mí, como si es el apocalipsis o las huestes de Satán…
—¿Y pensáis que esto es realmente eso? —corta ella, que de verdad siente deber tomarse las cosas en serio.
—Míralo tú misma…
—Yo no sé nada de esto.
—Es verdad…
—Y a tu amigo, ¿qué crees que le pasa?
—Esto… “joer”… Puestos a decir tonterías, ¿que acaba de utilizar algún tipo de “superpoder” que ha adquirido tras haber sido mordido sin convertirse, y que tiene efectos secundarios sobre su cuerpo?, ¡yo qué sé!
—Bueno, era por si tenías idea… y eso que decíais de la cabeza, o no sé qué.
—Los infectados son personas normales afectadas, que no sienten dolor ni nada; pero si les disparas o lo que sea, pueden morir… Los zombis del tipo muerto viviente… Sólo son vulnerables en la cabeza.
—¿Por qué?
—Que no lo sé… ¿magia? Creo que alguna vez leí algo de que sólo sus nervios funcionan, entonces hay que destruirles el cerebro para que dejen de hacerlo.
—¿Y no respiran, o se pudren si están muertos?
—Ya te digo, a veces sí, a veces no…
—¿Y estos?
—Me atrevería a decir… por lo que he visto, que son del tipo muerto viviente.
—¿Y son tontos y lentos no?
—Sí, eso siempre.
—Bueno, menos mal… Aunque ayer vimos unos corriendo…
—Ya… Eso que yo sepa es más bien de los infectados.
—¿Entonces?
—Qué quieres que yo te diga…
—¡Yo qué sé! —Se está exasperando, aunque sabe que ellos no tienen la culpa; pero al fin y al cabo ellos fueron los que trajeron esto al pueblo —Vosotros sois los frikis.
—Mira Andrea… —Vuelve a tomar Carla la palabra—. Nosotros sólo hemos leído algún libro, jugado a algún videojuego, y vinimos aquí a pasar un buen rato. Siento que te esté pasando todo esto, pero estamos igual que tú.
—Ya… pero, ¿y todo lo que les ha ocurrido a nuestras familias aquí?
—Tú al menos sabes que están por aquí… podrías hasta intentar buscarlos. Nuestras familias están en Madrid, y hasta ahora no sabemos ni qué estará pasando.
—¡Por eso! Vuestra gente puede estar bien. Mi padre es una de esas cosas… ¡Y mi novio me ha dejado tirada!
Carla se levanta y la abraza.
—Andrea, lo siento mucho. —Se queda perpleja, les acaba de gritar, ¿por qué no se ponen agresivos con ella?
—¡Joder…! —Se abraza y empieza a llorar. Dos veces seguidas… Ni siquiera sabe por qué llora. Su hermano también ha prorrumpido en llanto. Parece que Hugo se ha levantado a hacerse cargo de él.
Al final todo se calma. Con el tiempo, vuelven a sus quehaceres. Hugo juega en su móvil, ella con su hermano,; Danko dormita, a veces abre los ojos, dice algo sin mucho sentido y vuelve a sumirse en el sopor. Carla es la que parece más aburrida, sentada mirando a la calle. Al rato se levanta y dice ir a hacer guardia. Al rato vuelve. Al final coge las mochilas de todos y empieza a meter dentro latas de comida; rellena las botellas de agua…
—¡Joder! Son las seis, están tardando mucho ya, ¿no?
—La verdad es que sí… —Hace rato ya que Hugo ha dejado de jugar. ¿Se le habrá acabado la batería? A lo mejor quiere conservarla un poco…
—Seguro que están bien. —Trata ella de ser optimista.
—¿Por qué?
—No sé… vuestros amigos parece que saben lo que se hacen.
—Ninguno sabemos lo que nos hacemos Andrea…
—Seguro que están bien…
—Vale, lo que tú digas…
Cree que la ha enfadado por algo… No le va a dar más vueltas. No gana nada con ello.
Las seis y cuarto. Las seis y media… Sí, es cierto que empieza a ser tarde; ella también está preocupada; y por supuesto, no hay cobertura. Se reprocha estarles cogiendo un poco de cariño; además, no pega ni con cola con ellos; son unos frikis.
A las siete menos diez suena un ruido de motor acercándose a bastante velocidad. Carla sale corriendo; ella se plantea por un momento que podría ser buena idea ser cautos, pero al final se deja llevar y sale junto con Hugo. Por el sendero se acerca dejando una fina estela un Land Rover moderno, de color azul muy oscuro; desde la ventanilla del conductor se agita una mano saludando. Cuando ya están muy cerca reconocen que son Esteban y los demás. Entran en la propiedad bastante rápidos y aparcan frente a ellos. El maletero tiene una abolladura grande y marcas de sangre, y el lateral derecho está bastante rayado.
—¡Hola! —habla casi en grito, bajándose—. ¡Tenemos que irnos! Viene detrás una bola muy grande de zombis.
—¿Qué? —Se indigna ella, la verdad es que se reconoce sin mucha lógica, seguramente lo que la enfada es que hayan estado desaparecidos tanto tiempo.
—¡Que nos persiguen todos los que estaban alrededor del pueblo!
—Joder…
—¡Coged las cosas, rápido!
—¿Y Danko? —Hugo apunta al lugar de dentro de la casa donde lo tienen apoyado.
—Lo montamos y le ponemos el cinturón.
—No cabemos todos ahí. —Carla señala lo obvio.
—Tendremos que apañarnos; vamos, id trayendo todo.
—Abre el maletero para dejar las cosas… —pide su novia.
—Viene lleno, hemos traído algunas cosillas…
—Ah vale…
Hugo y Carla van hacia el edificio a por las mochilas, supone; ella va a sumarse a ayudar pero Adán la detiene.
—Toma… —empieza con un tono como amilanado—. Lo siento… Disparé las dos veces.
—Vale, no pasa nada —contesta poniendo los ojos en blanco y recogiendo su escopeta.
—Pero… Ten cuidado; no los mata. Tiró a uno al suelo, pero ni con el segundo murió.
—Vale —responde enfurruñada. Realmente está bien saberlo, pero no le gusta no tenerla cargada en esa situación. A saber cómo va a poder conseguir munición de nuevo. Si sólo hubiera perdido tiempo en buscar los balines en casa…—. ¿Le disparaste de cerca?
—A bocajarro…
—Vale… —Bueno, si no mentía, al menos no había desperdiciado los tiros a lo tonto, espera.
Al final, tras breves discusiones acerca de cómo gestionarse, acaba ella con su hermano en las piernas, detrás del conductor: Esteban. En el asiento del copiloto Hugo, y Carla sobre él. Junto a Andrea, en el centro, Danko, atado con todos los bártulos tapándolo y algunas herramientas; salvo la guadaña, que sobresale por una ventanilla, atravesada en diagonal; de hecho acarreó una buena discusión sobre si cogerla o no, pero Adán se empeñó muchísimo. Por último, a la derecha del todo está Adán, y sentado encima Merlo.
Arrancan y empiezan a remontar el camino en dirección contraria al pueblo.
—¿A dónde vamos? —termina preguntando Carla, conforme se alejan por la ancha llanura, con un lejano y corto horizonte de siluetas humanas asomando entre las lomas a sus espaldas.
—No lo sé… Primero intentaremos llegar a una ciudad, y según lo que veamos, ya se verá… Andrea, ¿crees que podrías guiarme?
—Puedo intentarlo… ¿Guadalajara o Madrid?
— Hum… Por si esto está por todas partes… Guadalajara primero.
—De acuerdo.
—¿Cómo conseguisteis el coche…? —inicia la charla Hugo.
—Pues primero…
—Luego…
—¡Y entonces…!
—¡Allí en medio de esas cosas, él…!
Sin prestarles mucha atención, dando breves instrucciones al conductor y mirando por la ventana, escucha como empiezan a relatar emocionados su historia, como si se tratara de los protagonistas de una novela… Lenta y pausadamente, empieza a llover.
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