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Zombi Volumen Aurora

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jueves, 7 de septiembre de 2017

Barajas-Jarama

HISTORIA DE GABRIEL:
Episodio 1
Episodio 3 
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EPISODIO 2

Soltando la cuerda, el impacto de los pies contra el suelo es más brusco de lo que esperaba. Cae de culo desequilibrado y se hace un corte profundo en la palma de la mano, accidentalmente apoyada en un triángulo de cristal del... ¿otro vuelo?; profiere un grito leve prohibiéndose blasfemar tan cerca del milagro. 
Lucas cae algo más gatuno que él, flexionando las rodillas y haciendo contacto suave con los dedos, reincorporándose ágil. Parece buscar, oteando nervioso, algo en las pistas. Mira en la misma dirección. A mitad de la recta de aterrizaje, a casi imperceptible contraluz con las balizas guía, hay un amasijo informe de bultos pequeños, como un bache de carne. Tras él, mucho más distante, una multitud. Decenas y decenas de personas que... sólo... se acercan.
Van andando. No hacen otra cosa que andar. Siente que tienen que alejarse del avión. Joder. Usaron la radio intentado contactar con quien fuera por diez minutos...
—Lucas... ¡Tenemos que irnos!
El compañero lo mira un momento y luego vuelve a dirigir la cabeza hacia la gente que viene. Luego vuelve a mirarlo asintiendo como en trance. Él se levanta y empiezan a trotar. ¿Pero hacia dónde?
Hacia el final de las pistas por ahora.
Nada más que respondió el mismo hombre de la torre de control, único de guardia a esas horas. ¿Si no les hubiera hablado de lo que les ocurrió a los de su equipo de seguridad asignado estarían huyendo ya? No parecen... bien, los que se acercan. Se comportan tal y como les describió... ¿Tanta gente?
Empiezan a acercarse al límite más distante a toda terminal.
Los pasajeros... "Perdónanos padre". Son su responsabilidad. Pero... pero si allí dentro también ha enloquecido la gente... ¿quedará alguien con vida siquiera? Tendrá que encontrar la forma de salir por sus propios medios... ¿De verdad la gente ha empezado a comerse viva la una a la otra? Tal vez, tal vez si consiguen encontrar ayuda puedan volver. Puedan volver y rescatarlos...
Desde la distancia llegan ecos lejanos... inescrutables... solo como... algo amenazante.
Pisan la tierra seca que rodea las pistas, rumbo a un camino parcialmente oculto tras una frontera de árboles en línea.
—¿Dónde vamos a ir? —jadea, notando que deberá dejar de correr pronto.
—No lo sé. —El otro manifiesta energía sobrante todavía, pero se detiene con semblante solidario, para caminar rápido a su lado, poniéndole la mano en la espalda como apoyo.
—Tenemos, tenemos que pensar en algo...
—Quiero ver que hay tras esos árboles... Creo que era una autopista.
Asiente sin malgastar aire en hablar, y camina todo lo acelerado que puede mientras trata de que el ritmo respiratorio se le equilibre. Le arden la garganta y la nariz con la gelidez de la madrugada. El traje no ayuda en nada a sentir cómodos los movimientos.
Atraviesan saltando una puerta de valla y siguen una vía prensada paralela a un bosque... no: es el lecho de un río. En la oscuridad no se ve el agua. Tampoco la oye, pero la depresión a su diestra huele húmeda y algo estancada.
No tienen nada... ya les han dicho que no intenten ir a la ciudad. ¡¿Dónde entonces?! La mano empieza a dolerle de rojo, y ya no calla. Nota sus dedos pegajosos de su sangre. No tiene nada para limpiárselos...
—¿Estás bien? —Lucas se ha detenido y lo mira. Ah, es verdad, él está agarrándose la herida en busca de consuelo...
—Sí, sí... Espero que no sea nada...
—A ver...
El compañero lo agarra por la muñeca y examina. Está demasiado oscuro como para distinguir bien el corte de la sangre acumulada y las sombras de sus formas.
—No parece mucho...
—No...
—Podríamos buscar un hospital...
—No te preocupes... no me duele mucho —miente.
—¿Conoces la ciudad?
—No... un par de hoteles nada más.
—Ni eso...
—¿No has hecho noche aquí nunca?
—No.
Silencio.
—¿Qué está pasando...?
—No lo sé...
—¿Y dónde vamos?
—No lo sé.
—¿Crees en lo que nos ha dicho...?
—No lo sé... ¿Los has visto?
—Sí...
—En Marrakech también había gente en las pistas...
—Ya... Sí...
—Pero el otro vuelo...
—¿Qué les pasó?, todo...
—No lo sé...
—...iba bien...
—Ya.
Silencio.
—Dios... por favor... —Siente lágrimas de nervios—. Por favor...
—Gabriel, tenemos que...
Asiente nervioso.
—Por favor...
"Por favor". De repente... No. No puede ser.
—Lucas... —Vuelve a parar la marcha, con un hilo de voz.
—¿Qué ocurre?
—Lucas...
—Dime.
—En casa. En casa, ¿crees que...?
—¿Qué? —Pausa—.¡No! No, que va. ¿No?
—Es que... si...
—Gabriel... Está el océano en medio. Es imposible. Debe de ser cosa los europeos... ¿puede que hayan empezado una guerra?
—Pero en Marruecos...
—No hemos visto nada cruzando el océano. Ni ha llegado ninguna transmisión. Cuando nos fuimos todo estaba bien...
—Ya... pero habrían cancelado los vuelos si hubieran sabido de esto...
El otro calla unos segundos, sabe que buscando cómo contradecirle.
—Habrá pasado mientras estábamos en el aire. A saber qué estaba ocurriendo aquí antes. Esto no puede ocurrir de la noche a la mañana, no sé... debe de ser... algo. En casa todo estaba bien cuando nos fuimos.
—¿Algo?
—No lo sé... ¿guerra química?, ¿terrorismo? Este país está muy cerca de todo eso, ¿no?
—Sí...
—Fue... de los que sufrieron atentados bomba...
—Sí...
—No le des más vueltas, lo que tenemos es que buscar la forma de volver pronto. Ver qué está ocurriendo. Buscar la embajada...
—Estará en la ciudad...
—Sí... cuando sepamos qué está pasando primero... ¿Hablarán inglés?
—En mi experiencia no... Pero el español se entiende.
—A mí me suena como el italiano...
—Pero... y si es un atentado... si es un químico o algo así...
—¿Qué?
—Que puede seguir por aquí.
—Ya. —Silencio—. No podemos hacer nada... vamos a darnos prisa.
Él asiente y se tapa boca y nariz con la manga del traje mientras caminan, por un rato, hasta que se siente ridículo.
Pronto aparece la autopista. Cielo santo. Está totalmente colapsada... no se ve bien... pero hay gente, gente fuera de los coches... Y algunos claros accidentes catastróficos, a saber cuántos que no ve. Los dos paran.
—Esa gente...
—Parece como la otra —confirma al compañero.
—¿Qué hacemos?
—¿Damos la vuelta?
El otro no responde, solo da lentas vueltas sobre su eje, no siempre mirando en la misma dirección que su cuerpo.
—Lucas...
—¡Por aquí! —susurra exclamando.
Van directos a saltar la valla al lecho del río. Las copas parecen crecer hasta pasar bajo el puente de hormigón por el que discurre la carretera...
No encuentran agua, solo raíces contra las que ir tropezando. Avanzan muy despacio, pero sin llegar a las caídas, los tropiezos son habituales en ambos. Cada vez que tiene que apoyar la mano contra algún tronco, siente mordiscos blancos en la palma.
Al igual que a la entrada del "túnel", a la salida, llega algo de luz de las farolas arriba. También llegan de ella unos sonidos... como los del avión... Se aproximan despacio, como sincronizados en intentar no hacer ruido.
Un hombre está tumbado sobre otro, en el suelo. Son siluetas muy oscuras. El de arriba se mueve... el de abajo... yace... su carne... sobre sus costillas y vientre... no está. Las manos del vivo, arrancan pedazos del cuerpo inerte y se los lleva a la boca. Mastica. Cruje, salpica, explotan vísceras al cierre de su mandíbula, se estiran hasta partirse con los tirones de sus dedos, y cruje...
Lucas da un paso desafortunado hacia atrás. "¡Crac!". El de delante yergue la cabeza, girando el cuello en su dirección. ¿Los ha visto?
—"¡Graaaarg!".
Chilla ronquísimo y... sin expresión. Sólo la boca desencajada en grito. Él también gime asustado y retrocede tropezando hasta volver a quedarse sentado, controlando patéticamente la caída y temblando.
La cara del hombre pasa rápidamente por un círculo de luz, arrastrándose con violencia desde las manos, nuca en alto. Desde la nariz hasta la barbilla, todo es sangre roja y grumos negros. Luego las piernas, ambas dobladas en posiciones imposibles, y la cadera dislocada.
—"¡¿Uoooh?!".
—"¡¿Ahhho?!".
—"¡¿Guiiih?!".
—"¡¿Eeehh?!".
—...
Sobre sus cabezas, decenas de exclamaciones, bobaliconamente sorprendidas, reverberan y hacen ecos chocando unas contra otras. Después chocan gemidos y gruñidos lánguidos. Después oye chocar cuerpos entre sí. Después empiezan a llover personas desde el puente...
Lucas lo agarra de la mano herida y tira de él levantándolo. La piel y el dolor también le tiran.
—¡Corre!
No responde, no asiente: corre.
Pasan de largo, por un lado, al que viene arrastrándose como una lagartija, que en cuanto los ve cruzándose, empieza a gritar con una estridencia y una ira... tan parecida a la de el del avión, tan profunda... Y los que han caído, se están levantando... Muchos gravemente heridos...
Corren, corren, corren.
Corren.
Los pulmones amenazan con consumírsele. Pero corre.
Corren hasta que ni oyen las manos y chillidos indignados de aquel que nadaba a saltos de mariposa sobre el suelo. Después, él se cae de rodillas y pierde la vista asfixiado.
—¡Gabriel! Gabriel...


Empieza a sentir por fin el calor del sol, aunque la garganta no deja de escocer, hace ya mucho rato que con un regusto metálico de fondo. Sudado, no debe quitarse la chaqueta, pese a lo agobiante y prieta que le está. Lucas... Lucas sigue andando en silencio. Más árboles, más orillas breves y quietas, más terraplenes a los lados y, a veces, algún grupo de edificios pequeño y aglutinado. ¿A dónde están yendo?
La mano vuelve a recordarle su herida, chillando como si le indignara que no le hubiera hecho caso por tanto tiempo. A la luz, recientemente amarillenta, puede ver la densa costra que se le ha formado alrededor del pinchazo. Un centímetro de larga como mucho, casi centrada, pero se siente profunda. El cristal era grande. Era del otro avión. El que se estrelló. Que se estrelló sin razón alguna para hacerlo. ¿Padre los salvó a ellos o condenó a los otros? Si los pilotos del DAM... no recuerda los números siguieran vivos... ¿ya no recuerda los números? ¡¿Qué clase de diablo es?! Si los pilotos hubieran estado vivos... entre todos podrían haber intentado rescatar a los pasajeros. Pero Dios no lo ha querido. No... los pasajeros eran SU responsabilidad, no la de padre...
—Lucas...
—¿"Mmh"?
—Lucas...
—Dime...
—Si... si esto ha sido un atentando... una guerra...
—¿Sí?
—¿Cómo entró en nuestro avión? Estábamos en el Atlántico...
Silencio.
—No lo sé...
Silencio.
—A lo mejor... a lo mejor lo hemos traído nosotros. En los aviones.
Silencio.
—No lo sé.

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