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Zombi Volumen Aurora

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jueves, 12 de octubre de 2017

Rumbo a casa

HISTORIA DE NURIA:
Episodio 1
Episodio 3
-

EPISODIO 2

Cuando al día siguiente deja de oír los gritos del negro enloquecido cada cinco minutos se acuerda de su vecino de enfrente. La vieja de la planta de abajo no está llamando a su puerta tampoco ya.
Sobre su cama está su mochila con las cuatro camisetas de abrigo dobladas dentro, junto a la cuerda de escalada, y el resto de cosas. No tiene comida que se pueda llevar. Pero eso no cambia que después de todo aquello no va a recuperar su trabajo. Las ventanas ya le han contado suficiente sobre el centro de la ciudad... Cuando quieran hacer algo al respecto se convertirá en una carnicería.
Quieran... ¿quiénes? En cualquier caso no hay razones suficientes para seguir en Madrid... Nadie pensará que ha fracasado por volver al pueblo ahora, ¿verdad?
Oye los gritos histéricos que ya había aprendido a ignorar, de nuevo en la plaza. Lo busca desde el incógnito, atrapándolo justo a tiempo con la mirada para verlo desaparecer por una de las callejuelas de acceso. Sus voces no desaparecerán todavía, sin embargo.
Descorre una de las ventanas y deja abierta la puertecita de la jaula de su lechuza. Alimentada, seguirá allí por un tiempo. Decide dejarle abierta la lata de comida sobre la mesa, aunque se pudra pronto. El animal simplemente vigila sus movimientos.
Correas del macuto de montaña a la espalda, abre la puerta equipada como si fuera a ir al monte; abrecartas en una bota y cuchillo en mano.
Detenida en el rellano, no es capaz de localizar los gemidos de la mujer...pero tampoco la vio en la calle. No parece una amenaza muy peligrosa... es vieja. Realmente temió cuando al verdaderamente agresivo le dio por intentar tirar su puerta por un rato. Lo que les haya puesto así... parece de una película de colgados de esas.
Llama a la puerta. El hombre que vive allí siempre le ha parecido un colgado de hecho. A lo mejor sabe algo.
La invita a pasar. En su casa hay un puñal de verdad sobre una mesa (¡como los del abuelo!). Se da cuenta de que nunca había estado allí antes. El hombre parece necesitado de hablar con alguien, y tras cerrar la puerta no calla. Aunque no dice mucho. Como ella y como esperaba, no sabe nada sobre qué está ocurriendo, ni por qué. Lo único que le cuenta es que cree que son "zombis". Y ante su silencio interrogante aclara que son muertos vivientes que contagian una enfermedad cuando muerden a la gente.
A juzgar por la videoconsola que preside su salón y el olor a hombre solitario de su casa, no puede tomarlo muy en serio como persona... pero es cierto que la gente muerta en la plaza acabó levantándose y comportándose como los demás.
Entonces lo interroga sobre la enfermedad, sobre el contagio... lo que necesita saber es cómo se pasa la infección. Pero todo lo que le dice es que en los libros y películas es... por su cuerpo en general. Sus uñas, su carne, su sangre... ¿Llegó a tragar semen de su jefe? Decide empezar a tomarse antibióticos en cuanto salga de esa pocilga.
El otro le propone que se queden juntos, y da hasta un minuto de explicaciones sobre por qué sería buena idea. "¿Se me habrá escapado un gesto de desaprobación?", se recrimina. Tanto empeño le hace valorarlo un momento... Pero el vecino es feo, no parece fuerte y no salió a ayudarla cuando llegó al piso, así que tampoco debe de ser muy valiente.
Alarga el silencio lo suficiente como para que el otro intente llenarlo. Le pregunta que si quiere algo de beber, claramente con intención de caerle bien y reforzar así su propuesta.
Valora qué es lo que podría llevarle más tiempo prepararle.
—¿Tienes té?
—¿Té?
—Sí.
—Puede que tenga un poco...
Se marcha a la cocina y le llegan ruidos de armarios antiguos abriéndose y cerrándose.
—¡Tengo manzanilla!
—Bueno... —finge que le importa—. ¡Pónmela un minuto al microondas!
—¡Voy!
En cuanto oye el aparato empezar a trabajar, un minuto es el tiempo exacto para que al otro no le merezca la pena salirse de su cocina, se levanta, intercambia su cuchillo doméstico por el puñal y empieza a caminar, con la pisada de la zorra que se enorgullece ser y sale sin hacer ruido más allá del leve bajar de pomo.
En cuanto se encuentra una planta por debajo, aprieta el paso hasta el portal y se esconde tras la escalera. La puerta está destrozada y hay gente fuera. Entre ella la vecina.
De repente suenan gritos arriba. "¡Eh!". "¡Devuélveme mi cuchillo!". Tras un rato se atreve a pasar a "¡Cabrona!". Después desiste de llamar a la puerta de su casa y oye sus pisadas bajando.
Va hacia la salida, aunque ha dejado de gritar. Deja de oírlo por un rato hasta que los gritos enfurecidos de algo le confirman que el pobre idiota ha salido. "Debiste quedarte en casa...".
Se atreve a asomar la cabeza. No tiene ángulo para ver lo que esté pasando, pero las súplicas y chillidos asustados le son suficiente.
Ya que está distrayendo a esa gente... sale. Distingue el sonido de unas pisadas en carrera por una calle hacia la que están yendo todos los que antes estuvieran deambulando por la plaza.
Vigilando, no obstante, empieza a corretear hacia la dirección contraria... No... los que estén oyendo el escándalo del otro cruzarían con ella de frente. En cuanto puede gira una esquina y empieza a ir perpendicular.
Piensa deprisa. Su coche...: no. El metro...: no. El río...: si logra llegar a él... podría seguirlo para salir de la ciudad... Están empezando a seguirla muchos de aquellos... zombis.



El ruido de una conversación sobre su cabeza la despierta de su siesta ligera sobre una viga flotante bajo el puente. El hedor suave del agua semi-estancada a su vera sigue ahí.
—¡Vale! ¡Vamos a cruzar por el lado derecho del puente! Pasad en fila de uno, por el pasillo que hagamos a nuestra espalda. ¡No nos adelantéis!
—¡Hay de esos en los coches!
Su abrigo de montaña no va a ser suficiente para seguir sesteando al raso...
—No pasa nada, controlamos la...
—Solo tened cuidado de...
—Tengo miedo...
Por fin un grupo preparado. Tenía que haber alguno. Esconde su puñal ensangrentado en la mochila, desciende silenciosamente del metal y llama con gestos la atención de uno arrastrándose torpe por la orilla del río, ya encaminado hacia las personas nada sigilosas. Aprovecha para salir de su escondrijo, pero sin exponerse todavía a la vista de los otros y, cuando el zombi está lo suficientemente cerca, empieza a gritar pidiendo auxilio.
No tarda demasiado en aparecer una cara masculina curiosa, a la que dedica una mentirosa mirada suplicante, sin perder atención al que se le aproxima, reculando como si todavía no hubiera matado a ninguno de aquellos.

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