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Zombi Volumen Aurora

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jueves, 19 de octubre de 2017

Volumen Aurora - Capítulo 3 - Libro de Merlo (Episodio 5)

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Volumen Aurora:
Prólogo
Episodio 1 - Capítulo 1, Libro de Danko
Episodio 2 - Capítulo 1, Libro de Álvaro
Episodio 3 - Capítulo 2, Libro de Andrea
Episodio 4 - Capítulo 2, Libro de Diana
Episodio 5 - Capítulo 3, Libro de Merlo
Episodio 6 - Capítulo 3, Libro de Carla
Episodio 7 - Capítulo 3, Libro de Hugo
Episodio 8 - Capítulo 3, Libro de Álvaro
Episodio 9 - Capítulo 4, Libro de Adán
Episodio 10 - Capítulo 4, Libro de Danko
Episodio 11 - Capítulo 4, Libro de Diana
Episodio 12 - Capítulo 5, Libro de Esteban  
Episodio 13 - Capítulo 5, Libro de Álvaro
Episodio 14 - Capítulo 5, Libro de Hugo  


       
Capítulo 3 – Hogar, dulce hogar

"Le plaisir délicieux et toujours nouveau d’une occupation inutile" – Henri de Régnier.



Libro de Merlo
09/10/2012; 23:05 – Embalse Colleja                            Población humana viva: 3.209.565.061



“¡Hola compañeros supervivientes! ¡Bienvenidos a Radio Viva! Al habla, como todos ya sabréis, La Voz, miembro jubilado de los Chicos del Agujero; en las frecuencias entre el noventa y el noventaicinco. 
Son las dos de la tarde; el cielo está despejado y, como todos los lunes y jueves, vamos a empezar con el… ¡especial de los Chicos del Agujero! Y hoy he decidido que vamos a hablar precisamente de cómo encontramos… el primer agujero. 
Hemos reído y hemos llorado con ellos. Pero todavía no os he contado de dónde viene el nombre. Así que hoy, no esperéis ni las grandes hazañas del As de espadas, ni las descomunales proezas del Rey de picas… Hoy nos remontaremos a mucho antes de que estuviéramos mínimamente acostumbrados a todo lo que está ocurriendo. 
Pero antes de nada; espero que os haya gustado ese Ride the Lightning de Metallica; y recordad: por vuestra seguridad, no intentéis comunicaros con nosotros. Ya sabéis que sólo los sábados y domingos hacemos el programa de tertulia. Pero si lo hacéis, en cualquier caso, nunca digáis vuestra ubicación o nada que pueda identificaros. Como siempre os digo, nosotros, jamás, intentaremos encontraros; si alguien os dice lo contrario, tened claro que no es, ni representa a La Voz. Nunca se sabe quién puede estar escuchando… 
Bien… No sé si recordaréis aquella vez que os conté la historia de cómo el Rey de picas le estampó un tractor a uno de aquellos blancos, y no contento con eso lo doblegó con la fuerza de su mala leche mientras el Rey de bastos lo mataba… Si os acordáis de aquello, recordaréis que luego nos fuimos a buscar algún sitio caliente donde sentar nuestros culos un rato… 
La verdad es que el pobre lo pasó fatal durante el viaje. Cada vez que le teníamos que cambiar los vendajes del muñón rabiaba como un moribundo, aunque estoy seguro que menos de la mitad de lo que cualquier otro hombre habría rabiado. Creímos que estaba cogiendo fiebre, así que acabamos teniendo que encontrarle antibióticos de camino y todo. Menos mal que el Rey de oros sabía bastante de asuntos médicos… Se encargó de irle cortando la carne quemada muerta de la herida. 
El caso es que allí estábamos, después de varios días en la carretera; aprovisionados pero agotados… ¿Os hacéis a la idea de lo mal que pueden llegar a oler cuatro maromos, un flacucho, dos chicas y un niño, viviendo en un coche? Bueno, seguramente sí…, en estos días muchos habréis renunciado en gran medida al privilegio de la higiene… Pero vamos, que agradable no era… Fuera como fuere, queríamos pasar por fin una noche durmiendo con ventilación entre nosotros. 
Y dispuestos, no encontramos nada mejor que una verja ocultando algo en medio de la sierra. No parecía un mal sitio, un zombi dentro berreando sobre el cual andábamos discutiendo de la forma más creativa de librarnos de él. Perdonad que no os diga el sitio, pero amigos… tal y como dejamos las cosas allí, os aseguro que no queréis acercaros. 
Cuando así, de la nada, apareció un coche en la oscuridad. Ya estábamos preparados para problemas; no es que ya desconfiásemos de los desconocidos… Pero aun así, no parecía muy amistoso que se plantase a escasos metros frente a nosotros. 
Y de pronto, no os lo creeríais, el pivón más espectacular que podríais imaginar; perdonadme chicas que me estéis escuchando, pero os aseguro que hasta vosotras os habríais mojado las bragas por esa muchacha. Se baja del coche, y como un rayo, el más mojigato de todos, el delgaducho del As de copas, desapareció corriendo hacia ella, y se metieron tal muerdo el uno al otro que… madre mía… 
Y claro, nosotros así, con las bocas hasta el suelo y cara de “what the fuck!”. Mirándonos entre nosotros buscando una explicación. Y bueno, entonces conocimos a la que sería el As de diamantes. El
As de copas nos la presentó, tenía un nombre bonito encima. 
Después de darle la enhorabuena le preguntamos dónde se habían conocido. El Rey de bastos, su mejor amigo, parecía bastante indignado; después de mirarlo con odio un buen rato, le dio un puñetazo en el hombro y le dijo su característico ‘¡Qué capullo!’. 
La verdad es que esquivaron todas las preguntas y se apartaron un poco del resto, parecía que querían estar a solas… Ella no es que fuera muy habladora en aquellos tiempos. 
Total, que al final, dejándoles un poco a su rollo, con esperanzas en futuras explicaciones, saltamos la valla un poco lejos del zombi. Ya estaban yendo la Dama de picas y el Rey de bastos a por él, cuando de una especie de cobertizo cercano sale gritando un hombre… ‘¡No me lo matéis!, ¡por favor! ¡Me ha costado mucho meterlo aquí!’. Y bueno, pues ese era Paco. 
Paco; amigo mío, estoy seguro de que estás vivo en alguna parte, así que, si me estás escuchando, te queremos hermano. Muchísima suerte en tus viajes; estoy seguro de que si al final el mundo se termina de ir a la mierda, te pillará en una playita con un ron en la mano… Un abrazo muy fuerte.
Voy a hablaros de Paco. Este personaje, pues no existe mejor palabra para nombrarlo; melenudo, cano y barbudo, era un vagabundo voluntario, como nos contó poco después. No había tenido ni casa ni trabajo en años, tal vez décadas; así que cuando todo esto empezó, él ya tenía medio pie en la carretera hacia sobrevivir. Había viajado por toda Europa y ahora llevaba unos añitos de regreso en España, para reposar, según él, sus algo cansados huesos. No supimos su edad, pero debería rondar los cincuenta en aquel momento. 
El caso es que por lo visto el zombi era su ‘mascota’; se lo había agenciado laboriosamente y lo había llevado hasta allí para disuadir a posibles transeúntes, como nosotros, de que se aventuraran en las verjas. Fue el primero en advertirnos de que, tal y como estaban las cosas, las personas no tardarían en ser peligrosas… Por supuesto, siendo ya tantos como éramos, a la mañana siguiente nos cargamos al infectado; pero no adelantemos acontecimientos. 
Lo mejor de todo… ¡Tenía una cachimba! Sí, amigos, sí… Aunque a aquellas alturas sin tabaco.
Evidentemente, convertimos en una de nuestras prioridades para futuros días el conseguir algo que echarle. Sobrevivir está bien; pero si puede ser con una cachimba rica, yo a eso ya casi lo llamo vivir un poquito. ¿Qué sentido tiene no tratar de recuperar algunos viejos placeres o vicios? 
En fin; el zombi estaba amarrado a una escalera, por una cuerda en el tobillo, justa como para evitar que se pudiera acercar a lo que enseguida descubrimos que era una especie de sala de estar-dormitorio-cocina-cuarto de baño comunal; así que juntos, nos fuimos todos allí, a que el entonces desconocido Paco nos diera algunas explicaciones. 
La reciente parejita estaba un poco apartada de los demás, aunque también atendieron a la conversación. La otra parejita, el Rey de oros y la Dama de picas junto conmigo, vuestro queridísimo As de tréboles en aquel entonces, fuimos los que charlamos más con él; aunque el Rey de bastos también estuvo interesado en lo referente a la cachimba, el alcohol y la comida. El Rey de picas se fue fuera a ‘inspeccionar’, y bueno… a parte del pequeñín, que siendo tan tarde iba adormilado todo el rato… ya estábamos todos… Sí. 
Esto… ¿por dónde iba? ¡Ah sí!, ¡por aquí! Os resumo un poco lo principal que descubrimos entonces.
Lo primero, ¿a que no os imagináis dónde estábamos? ¡Pues por lo visto en el patio exterior de una mina de hierro abandonada desde tiempos franquistas! Aunque esa no es exactamente la razón de que nos llamemos los chicos del agujero; muchos nos conocéis así por el segundo agujero, pero hoy quiero hablaros del primero. 
Paco la había descubierto como un posible cobijo un poco antes de que todo se fuera a la mierda.
Aquella noche nos invitó a algunas latas que había arramplado de alguna parte, con la promesa más que cómplice de que al día siguiente trajéramos algo de tabaco y de alcohol, pues él solo no se atrevía a aventurarse demasiado en los pueblos infectados. 
Nos describió que había hecho incursiones con su linterna algunas veces en los túneles, en busca de cosas de interés; de hecho gracias a aquello tenía ahora una buena pala; pero que el interior era laberíntico y que después de lo que vio una vez, no quería volver allí. Nos describió que allí dentro, en algún lugar, había una puerta cerrada con candado tras la cual hedía a muerte y que cuando se acercó, juraría haber escuchado en su cabeza la voz del niño Jesús ordenándole que se marchara, y que claro, ante tal fario por supuesto se fue; ¿quién no lo haría? Desde entonces no había vuelto a atreverse dentro de la montaña; aunque no duda de que seguramente aún queden herramientas, y con muchísima suerte explosivos en algún lugar. 
No pongáis vuestras esperanzas en ello, ya os adelanto que no había ni un mísero cartucho de dinamita en toda la red de cuevas, aunque eso lo fuimos descubriendo a lo largo de los días de exploración. Por lo demás, en el exterior, estaba ese edificio, con literas de colchones con olor a humedad suficientes para todos; un cuarto de baño con un par de duchas y retretes; y electrodomésticos viejos, en principio chatarra, aunque en un esfuerzo combinado del Rey de oros, el de bastos y la Dama de picas consiguieron reparar el microondas y el fogón. A parte, donde estuvo atado el zombi, había una garita elevada de vigilancia. Como almacén supusimos que aprovecharon, en sus tiempos, alguna de las galerías, bien resguardada de intrusiones nocturnas. 
El caso es que desde que nos contó lo de aquella puerta… No es que no nos entrara mal rollo, pero sin haber vivido su experiencia, parece que la curiosidad nos picara a todos… ‘¡Dinamita!’ Es lo que estoy seguro que estábamos pensando cada uno… 
¿Que por qué nos quedamos allí? Al principio no fue algo planificado… Estábamos hasta los cojones del coche la verdad. Era un lugar apartado, hasta de la carretera, sin apenas zombis deambulando, más allá de alguno ocasional al día; tenía instalaciones suficientes para todos, y un generador eléctrico de gasolina propio para iluminar los túneles y los edificios; que empezaron a adaptar entre el Rey de bastos y el de picas, a la mañana siguiente a llegar. Justo después de darle rápida jubilación a la ‘mascota’. 
Tuvimos un montón de ideas, y la recientemente llegada As de diamantes también sugirió como con autoridad de experiencia, muchas; pero al final de todo, no encontrábamos ningún sitio al que dirigirnos que pareciera mínimamente atractivo o que mereciera el riesgo del viaje. Se sugirieron casas en los pueblos de cada uno; buscar algún barco y lanzarnos al mar, por lo visto el As de diamantes sabría manejar una barca pequeña; se propuso también buscar algún cultivo extensivo y fortificarlo para la posteridad… pero al final todo eran castillos en el aire; y mientras pensábamos y discutíamos estas cosas, pues fuimos usando la mina como centro de operaciones. Y sí, pudimos fumar por fin… Pero eso os lo cuento luego. 
Total, que entre plan y plan, a cual más rocambolesco, pues fuimos explorando, haciendo reparaciones, y acostumbrándonos al sitio; que con garita de vigilancia y todo, parecía bastante seguro.
Además había un pueblo a la distancia perfecta como para que ir a saquear recursos no fuera una odisea, pero que los problemas no nos salpicaran. Con saquear quiero decir… recoger de las zonas abandonadas. Bien sabéis que nos enorgullecemos de no haber caído nunca en el pillaje… Bueno, salvo contra a aquellos que intentaran hacérnoslo a nosotros. Posibles raiders de la península y más allá; de verdad, si me oís, no os metáis con nosotros, en serio; no os va a gustar. Ni con nosotros ni con nadie a ser posible, pero bueno… Ya sabéis qué campamentos están bajo nuestra bandera. Dejadles en paz; es una pereza ir tras vosotros… Por favor, ahorrádnoslo. 
Regresemos. A la mañana siguiente de esa primera noche, decidieron quedarse algunos allí; el Rey de picas, que todavía no estaba recuperado, se quedó con el Rey de bastos para arreglar el generador.
También pidió el As de diamantes al As de copas que se quedara, que podrían ir intentando lavar las ropas de todos con el agua fría de las duchas, etcétera y así no sentirse inútil sin exponerse. La noche anterior les escuché discutir si marcharse juntos, pero él la convenció de quedarse y ayudar a sus amigos, sobre todo con la premisa de que él no iba a abandonarnos. Se me da bien escuchar como quien no quiere la cosa. Conforme fuimos descubriendo que ella era la ‘Powergirl superespía de la hostia’, vamos que si agradecí que se quedara con nosotros. 
Fue divertido una vez que, al principio, ella y el Rey de oros tuvieron un pique por un plan que él había hecho y que ella no estaba de acuerdo… pero ahora os lo cuento mejor. 
Cuando el sol ya calentaba bien, hicimos un equipo entre ella y él, yo, la Dama de picas y Paco, para ir a ver qué podíamos sacar de algún pueblo. Los demás, como os he dicho, se quedaron a hacer tareas y vigilar. Al niño lo dejaron durmiendo todo lo que quisiera. Y odié ducharme con agua fría, pero… había damas en el grupo al fin y al cabo, sino, vamos que hubiera ido como buen choto. 
Las carreteras de montaña, por lo que he visto, suelen estar más o menos despejadas, aunque cuando encuentras problemas… ya sea de zombis o de raiders, son problemas de verdad, y no suele ser fácil retroceder. 
De camino al pueblo encontramos una especie de urbanización vacacional a las orillas del lago, pero ese viaje decidimos dejarla en paz. La comida no era una urgencia; queríamos explorar, algún medicamento, tabaco, ropas de abrigo y mantas, papel higiénico… lo típico vamos. 
Total que al final llegamos a las callejuelas. Estaba todo desierto, eso nos dio un poco de mala espina; todo se había ido a la mierda, pero cabría esperar que en un sitio alejado como ese hubiera supervivientes. De hecho habíamos estado discutiendo si decir de dónde veníamos a la gente que nos encontrásemos. Pero no se veían ni zombis, ni personas. 
Consejo para el futuro, no tiene por qué, pero tomaos eso como una señal de un pueblo gritón… 
Cuando nos cargamos el cierre del estanco local no pasó nada; pudimos entrar, y milagrosamente había tabaco de cachimba… Suponíamos que íbamos a tener que usar tabaco de liar y encontrar melaza y algún aroma en el supermercado, o yo qué sé. El Rey de oros había propuesto un montón de ideas que podrían funcionar… Pero no hizo falta. Carbón tenía algo Paco, pero también cogimos las tres cajas que tenían allí. Los problemas comenzaron en el supermercado. 
Nada más entramos, vimos que había sido saqueado a medias… Cosas tiradas por todas partes, escaparates vacíos, ya sabéis cómo va la vaina. Pero nada más pusimos un pie dentro, alguien comenzó a gritar salvajemente y apareció uno de esos corriendo enloquecido entre los estantes. 
El Rey de oros empezó a dar instrucciones de retirada, de que hiciéramos una formación de no sé qué, haciendo un arco en torno a la puerta para abatirle. El As de diamantes desobedeció y dio un paso adelante, metiéndose en la penumbra y pidiendo que la cubriéramos. Él se puso a discutirle, que nos estaba poniendo a todos en peligro o algo así… Pero la cosa ya estaba encima de nosotros. 
Ella, de repente, como una ninja, pegó un salto espectacular dándole una patada en un lado; y después se puso a hacer artes marciales con él. Parecía como que tuviera algo personal. Después de unas cuantas llaves de judo, o vete a saber qué, acabó encima de su espalda, retorciéndole ambos brazos y gritándonos que lo rematásemos. La criatura se revolvía fiera, partiéndose los codos, pero parece que la otra sabía lo que se hacía. Yo con mi barra de metal y la Dama de picas, con la pala que Paco le cedió, nos lanzamos hacia su cabeza y le hicimos un Cristo a golpes. 
Entonces empezaron a sonar gritos fuera y oímos mogollón de gente corriendo. El Rey de oros se puso a ordenar la retirada, pero el As de diamantes se puso entre la puerta y nosotros y dijo que nos quedáramos y cogiésemos lo que necesitábamos, que había tiempo, que ya tenían el edificio rodeado. 
Él le dijo que quién se creía para llegar nueva y ponerse a dar órdenes; pero ella respondió que no había tiempo para eso, que si salíamos moriríamos, y que entonces ella se quedaría sola y también moriría, así que si tenía algo en contra, intentara apartarla. Entonces él respondió calmado que no tenía intención de pelearse con nadie, pero que no ‘le parecía buena idea’ ir desafiando así a la gente sin conocerla; que bueno, cómo quería hacer ella las cosas si tan inteligente se creía… Supongo que conforme él la fuera conociendo agradecería que no le partiera la cara. 
Realmente, he de decir que el Rey de oros nos ha ayudado mucho a mantenernos con vida muchas veces; a lo mejor haber huido rápido habría podido ser una buena idea de no haber contado con ella, pero hubiera podido haber alguna baja. 
En su lugar, nos pidió que rellenásemos las mochilas con lo que necesitásemos; las ventanas ya estaban aseguradas por la malla metálica, y entre ella y la otra chica habían bajado el cierre de chapa. Después, con las linternas, ella se fue al área de la carnicería que habíamos estado evitando y regresó con un par de grandes pedazos de carne putrefacta y hedionda hasta lo vomitivo, colocándolos en un carro de plástico. 
Luego se puso a enredar con agua fuerte y no sé si algún líquido más, papel Albal, e hilo; construyendo dentro de un cubo blanco para pintura, que tapó, un extraño artilugio. Cuando nos dijo ‘esto es una bomba, no lo toquéis’ fue un interesante momento de miradas cruzadas, y al menos por mi parte, un poco de miedo. 
Por lo que informó, cuando las pelotitas de aluminio, sujetas por un fino cordel cuyo otro extremo tenía ella en la mano, cayeran dentro del líquido que había preparado y le diera una patada, la cosa estallaría, con fuerza moderada, pero dispersando una nube de polvo de la harina alrededor. Ese sería el momento de escapar hasta el coche, que teníamos aparcado cerca. 
Yo diría que el Rey de oros parecía escéptico, pero impresionado. La idea fue espectacular. Abrimos el cierre, ella tiró del cordel desde su ovillo de costura, zarandeó brusco el contenido, y echamos fuera, de una patada, el carro con la carne echada a perder, los sacos de polvo, y la bomba dentro. Y, para nuestro asombro, tres de aquellos gritones, profiriendo chillidos más apagados que de costumbre, aparecieron rodeándolo, como si lo inspeccionasen, especialmente la carne. De súbito, cuando los tres tenían las manos dentro, palpando la posible comida, ella gritó ‘¡Ahora!’, y pasados dos segundos de gritos ansiosos de las cosas, escudriñando en nuestra dirección, ocultos nosotros por el claro oscuro, una deflagración de humo blanca se precipitó ensordeciendo y llenando el ambiente. 
Corrimos como locos hasta el coche, y arrancamos raudos. Conforme abandonábamos la escena, desde un tejado saltó otra de esas cosas encima de nuestro coche, pero con un par de zigzags salió despedida. 
Si pensáis que ese es el límite de lo organizados que pueden estar… Bueno, mejor seguir sintonizando, ya os iré contando más cosas que nos han ocurrido. De verdad, los gritones dan muchísimo miedo. No tuvimos tiempo para meternos en casas en busca de mantas ni nada, pero bueno, no estaba mal para la mañana… 
Cuando regresamos con la caza, teníamos comida preparada, la ropa lavada y secándose y la sorpresa de agua caliente y microondas, así como tabaco que fumar… No es necesario que os cuente cómo celebramos el éxito. Abrimos vino, vodka y ron. Comimos y fumamos. Las dos parejitas también desaparecieron en diferentes momentos, así que imagino que tuvieron hasta una ración extra de diversión. 
A la tarde contamos la historia de lo que había ocurrido, y la verdad es que la alarma ante el comportamiento de los gritones ensombreció un poco el talante, pero no llegó a irse el jolgorio. Sólo el Rey de picas parecía un poco fastidiado y esquivo; en algún momento se marchó y todo. Creo que estaba empezando a hacerse a la idea de que había perdido para siempre la mano derecha… No creo que algo así pueda resultar fácil para nadie. 
El Rey de oros la verdad es que lo hizo genial, organizando juegos para que nos conociéramos un poco, especialmente los recién llegados, y manteniendo un buen espíritu animándonos. Luego también se marchó a hablar con el compañero deprimido. 
La Dama de picas y el As de diamantes empezaron a congeniar también, pese a que la última hubiera discutido con el novio de la primera. Por su lado, el As de copas jugaba en su móvil, que había cargado gracias al generador, y yo y Paco estuvimos bebiendo y fumando como nadie… 
A la noche, por fin nos preocupamos de repartir las literas, hablar de turnos de vigilancia, etcétera…
Ante el miedo de los gritones cercanos, decidimos que siempre hubiera un par de personas en la atalaya, por si alguno amenazara con quedarse dormido. 
Como habréis vivido, hacer guardia es un coñazo; pero en aquellos momentos, antes de que ninguno estuviéramos acostumbrados a esta nueva vida, se hacía una tarea tediosa hasta lo absurdo. No niego que yo no intentara escurrir el bulto todo lo posible, seamos sinceros. 
Los dos días siguientes pasaron tranquilos. Con provisiones suficientes para alguna semana, algo asustados de volver a aventurarnos fuera, con comodidad en el recinto, tratamos de quedarnos allí.
Duchas calientes, comidas algo cocinadas, electricidad y retretes… Los recuerdo como unos días divertidos; jugamos a cosas juntos, nos preocupamos de racionar los recursos… se sentía casi irreal, como si estuviéramos jugando a alguna clase de videojuego entre amigos. 
También fue entonces cuando aprovechamos para empezar a explorar la mina, Paco nunca se atrevía a apuntarse a eso. El Rey de picas sin embargo trataba de descubrir cada recoveco del lugar; empezó a dibujar un mapa y todo; francamente útil. 
En los túneles encontramos picos, carros, madera, hierro, tornillos, clavos y toda clase de cosas útiles por si queríamos hacer algún tipo de bricolaje… ¡Hasta había una vieja taladradora con ruedas, como una especie de vehículo chiquitito! 
Sin embargo, en esas jornadas no dimos con la misteriosa puerta de la que había hablado Paco; no obstante, había muchísimos pasadizos sin iluminar por el tendido de bombillas, que tan sólo parecía cubrir las salas principales y los lugares donde habían estado excavando, que fueron las áreas que investigamos principalmente. 
El caso es que en esas dos noches vimos que se hacía imperante la necesidad de encontrar mantas; cada vez iba refrescando más; y yo por lo menos no quería recurrir a tener que dormir abrazadito a otros como borregos; tal vez las parejitas lo tuvieran mejor esos días. En fin, que a la mañana siguiente planeamos el ir a la urbanización vacacional esa, a ver qué podíamos arramplar. 
Esta vez hicimos equipo yo, el Rey de bastos, el Rey de oros y la Dama de picas. Salimos casi al mediodía, la gente habló de madrugar, pero, ¿para qué? 
La carretera, igual que siempre; algún coche despeñado, pero aparte de eso, siguiendo las sinuosidades del lago, todo tranquilo. Las casas aparecían a unos dos o tres kilómetros tras las curvas del camino; empezábamos a ir mal de gasolina pero, con la de coches vírgenes que había por ahí, no debería de ser problema en un futuro, y para ese viaje bastaba; no obstante esos cálculos se los dejaba a los conductores del grupo, que ellos entendían de coches diésel y no… y demás. 
Tal vez, si cuando entramos en el pueblo el otro día nos hubiéramos fijado en señales, habríamos visto mejor que algo raro estaba pasando; sin embargo, ahora pienso que el hecho de que el As de diamantes no se fijara en nada significa que los signos no eran tan evidentes. 
Esta vez no hacía falta que nadie lo explicara. La sangre parecía relativamente fresca, y había cadáveres medio comidos todavía sin pudrir ni resucitar. Lo que quiera que hubiera pasado allí, en esa urbanización junto al lago, había sido reciente. Y no creo que fuera el único que pensara que podía haber sido por nuestra culpa; después de todo, cuando regresamos a las minas lo hicimos por un camino de un único sentido fácil de seguir… Lo siento. Hemos aprendido mucho desde entonces.
Ahora intentamos evitar causar problemas a nadie. Recordad compañeros, no estáis solos ahí fuera; vuestros actos pueden acarrear la vida o la muerte de gente que ni siquiera imagináis. Tratad de ser humanos y anticipad qué pueden causar vuestras actividades; seguro que agradeceréis que nadie envíe una bola de zombis a vuestro jardín, no lo hagáis tampoco con el del vecino. 
Las casas estaban destrozadas; había herramientas y armas improvisadas tiradas por todas partes, ventanas rotas, dos coches estampados entre sí en medio de una calle vacía… Ese campamento había sido atacado; parecía que se hubieran atrincherado allí en esos días algunas familias. Nada más entramos con cautela en la primera vivienda vimos que había restos de cacharros sin fregar recientes… 
Y también había zombis, no muchos, una docena a lo sumo; sin resecar todavía… En fin. De nuevo.
Lo siento, todos lo hacemos. Esa tarde, con la moral muy minada, robamos todas las ropas de cama que necesitábamos, así como algunos abrigos, y, temiendo lo que pudiera pasar si nos perdíamos más por entre las casas, regresamos al campamento. Confieso que ninguno nos atrevimos a decir palabra sobre lo que habíamos visto. 
Eso justifica también porque el Rey de oros dio muchísimos rodeos innecesarios antes de volver a casa; demorándose casi una hora en la carretera. Nadie le preguntó qué hacía. 
Por los acontecimientos que ocurrieran días después sospecho que fue una trampa en la que picamos pero, como no estoy seguro de si esas cosas pueden llegar a ser tan listas o si se trató de una coincidencia, sólo os lo dejo como un apunte para que lo tengáis en cuenta. 
Esa noche fue tensa y fuimos a dormir temprano, por fin en caliente. Últimamente tanto el Rey de oros como el de picas desaparecían juntos de madrugada; creo que intentaban terminar de explorar la mina. Evidentemente, también desaparecían a veces el Rey de oros y la Dama de picas juntos; así como el As de copas y el As de diamantes… Contando con que hasta tres colchones desusados de la sala principal se fueron evaporando en diferentes días, como quien no quiere la cosa, las cuevas seguro que fueron testigos de mejores momentos… Dos, quería decir. 
Yo… ¡Sí, aquí!: 
Al mediodía-tarde siguientes… o unos días después… partimos por el otro lado de la montaña, con cuidado con el todoterreno, siguiendo unos senderos más para caminar que para conducir por ellos, antes de llegar a una carretera, tratando de evitar el lago por si había alguien vigilando. Contábamos con llegar a otro pueblo para robar oro negro de los coches abandonados, pero el nuestro decidió ponerse en huelga a mitad de trayecto, como ya había predicho que ocurriría el Rey de oros, contra lo que opinaban el de picas y el de bastos. 
Yo, el Rey de bastos y el Rey de picas, que no quería pasar más tiempo sin salir de la mina, pese a sus dolores, zarpamos a ritmo de crucero pisando asfalto, garrafas vacías en mano, con nuestras mochilas y un largo tubo de ducha para drenar el petróleo, hacia la población indicada en un cartel a nueve kilómetros. La Dama de picas se quedó con su novio en el coche para vigilarlo. 
‘Laaaaargo’ día. Si tuviera que contároslo, habría de inventarme alguna anécdota para que no os murierais de aburrimiento; y además, justo esa tarde volvió a apretar el calor que se había disipado los días anteriores. 
Total, que veinte kilómetros de pateo después, ida y vuelta, y unos diez zombis tirados a una zanja, regresamos con el anochecer hacia nuestros compañeros. 
Había un hombre tirado delante del capó, bocabajo, sobre un charco de sangre tiñendo el alquitrán, centrado en su cabeza. Las puertas y el maletero estaban abiertos; no se veía al Rey de oros por ninguna parte, y nada más nos acercamos la Dama de picas asomó la cabeza desde el asiento del copiloto, con una mirada extrañísima. 
En cuanto llegamos cerca se puso a llorar en mis brazos. ‘¡Nos han robado!’, chillaba. Habían sido cuatro hombres; se habían llevado todas las provisiones de emergencia que dejábamos en el maletero por si teníamos que salir corriendo. Al Rey de oros le habían pegado muy fuerte en la cara y ahora estaba inconsciente en la parte de atrás, con la nariz puede que rota y un ojo hinchado. 
Le preguntamos quién era el del suelo, pero no quiso contestarnos, y nos apremió para que atendiéramos a su novio. No sabíamos muy bien qué hacer, así que rellenamos el depósito y pusimos rumbo rápido al campamento. 
Nos contó que, por la conversación que les había oído, creía que se habían escapado de una cárcel. Nos lo habían quitado todo, las chaquetas de ellos, sus botas, un par de mantas del maletero, las garrafas de agua, la comida, las mochilas, las armas y herramientas… menos mal que la mayoría de nuestras pertenencias seguían en la mina. 
Habían llegado en un coche desde la misma dirección que nosotros; se pararon a pedir indicaciones y nada más se bajaron los atacaron brutalmente según nos dijo. El Rey de oros, nos contó ella, tuvo la velocidad suficiente de mentirles, diciéndoles que se había acabado la gasolina, pero que nosotros habíamos ido carretera atrás a un pueblo a unos seis kilómetros, en dirección al lago que estábamos evitando. Y los hijos de puta se marcharon precisamente en nuestra búsqueda, creyéndole. Nos dijo que le habían pegado después del interrogatorio, intentando él defender nuestras cosas. 
A la cena se despertó muy dolorido, cabreado, y preocupado por la Dama de picas, de la cual no se separó y no paró de abrazarla en toda la noche. Casi pareciera en un momento que discutieran por algo; pero como cuchicheaban lejos de nosotros, no sé de qué iba la historia. No obstante sí os digo que pasaba algo raro, no era exactamente una pelea. La herida se la tratamos con alcohol y Betadine, limpiándosela con gasas, al igual que la pequeña brecha de la ceja, en lo que parecía una tortura; aunque por la rabia contenida, las lágrimas brotaban de sus ojos, pero ningún quejido de su boca. Tanto él como el As de diamantes coincidieron en que no convenía aplicar ningún vendaje, sino dejar que se curase al aire. 
Fue precisamente el As de diamantes quien, mientras fregábamos cacharros, nos dijo muy seria: ‘¿Queréis vuestras cosas de vuelta?’. Al principio no la tomamos en serio, pero al ver que no iba de broma, criticamos que no teníamos ni idea de dónde estaban. Ella dijo que se hacía cargo de eso, que sabíamos a qué pueblo habían ido después y que con eso podía bastarle. 
Ni el Rey de bastos, ni el Rey de picas, ni la Dama de picas fueron nada difíciles de convencer; ya habían expresado en la cena, de muchas y variadas formas, las ganas que tenían de… digamos sutilmente, vengarse. El Rey de oros parecía un poco inquieto ante la idea de que la Dama de picas se pusiera de nuevo en peligro, pero conforme vio que la idea tomaba forma también lo apoyó. He de decir que yo fui de los que más me opuse al plan; no veía pintar muy bien el ir a enfrentarnos con tres convictos, pero ni de coña iba a amilanarme, así que al final claro que me sumé. 
El As de diamantes ordenó, más que pidió, a su novio que se quedara cuidando del niño, haciéndoles… ‘¡Ejem!’. ‘¡Arg!’. Perdonad, estoy un poco acatarrado… haciéndole compañía. Al Rey de picas le sugirió que tampoco viniera, dada su condición, pero él se negó en rotundo. Y bueno, Paco dimos por sentado que se quedaría, y en efecto así hizo. Al final, siguiendo sus órdenes, salimos los demás a pie del lugar, para movernos sigilosamente. 
Pasaron horas hasta que llegamos al susodicho pueblo; los pies me ardían de la caminata del día, y la sed de venganza se había ido apagando un poco con el largo paseo, pero llegar al destino redobló las ganas que tenía de devolvérsela; creo que en mí y en todos. 
Al principio, la nueva líder empezó a guiarnos siempre de callejuela en callejuela. Matamos como a cuatro o cinco zombis tratando de primar el sigilo. Ella se fijaba en cosas aquí y allá, a veces nos metía en alguna casa o simplemente se asomaba un momento y luego volvía con cara de ‘no es lo que buscaba’. 
El Rey de oros le preguntaba constantemente que qué hacía; no como criticando ni nada, realmente parecía que lo hacía con respeto, tratando de aprender. En algún momento le preguntó que cómo sabía todas esas cosas y fue entonces cuando descubrimos, según sus propias palabras, que ella era ‘una especie de espía’. En aquel momento no sabíamos si sería verdad o una tomadura de pelo, pero estaba claro que sus conocimientos no eran fachada, y entre eso y su gracioso y leve acento, reforzaban la credibilidad de sus palabras. 
En cierto momento ella dio con una casa con la cerradura rota a patadas, se paró a escuchar sospechando y después entró llamando a la puerta, avisando de que venía en son de paz y que buscaba a los hombres que les habían hecho eso. Cómo supo que allí había gente a la que también habían robado fue un misterio. 
El caso es que aparecieron dos chicos jóvenes, y un hombre y una mujer adultos. La tristeza se respiraba; aún estaba presente en la casa el cadáver del tercer hermano, al que habían disparado. No tardaron en darnos indicaciones de por dónde se habían marchado. 
El padre dijo que si íbamos a ir a por ellos quería venir con nosotros, pero la mujer le pidió que pensara en ellos y en qué pasaría si también le ocurría a él algo y al final lo convenció de quedarse.
Nosotros no opinamos nada al respecto, dejándole que se decidiera libremente. Por lo visto aquellos ladrones también eran asesinos, y habían matado al chico cuando intentó resistirse a que los robaran… La Dama de picas ya nos contó también que el hombre de la carretera había sido uno de sus propios compañeros, al que se cargaron por una disputa interna, y que tenían al menos dos pistolas. 
El Rey de oros reanudó la marcha con aspecto abrumado, sospecho que ante la idea de que ese chico había muerto por culpa de su mentira… Yo lo consolé diciéndole que habría sido cualquier otro si no, pero él no me contestó. En mi caso, estaba preocupado con qué haríamos una vez los encontráramos… Tres hombres y dos pistolas contra un grupito de chavales y una, tal vez espía, con palas, picos y navajas… En mis tiempos mozos había tenido alguna pelea, pero esto claramente me parecía en otra liga. Pero la confianza nunca falta, así que convenciéndome de que me podía comer el mundo, ¡para allá que fuimos! 
No tardamos en salir del pueblo por una carretera que ya se alejaba del embalse, rumbo a otro a unos cuatro kilómetros montaña adentro. El As de diamantes nos comentó que, dado que habían atacado a esa gente siendo ya de noche, se la jugaría a que habrían ido a buscar dónde guarecerse, y que con suerte podrían estar ya acampados al raso o en la siguiente población, así que evitásemos hablar y caminásemos haciendo el menor ruido posible. 
Otra hora más o menos de paseo, con la cabeza focalizada en lo que iba a pasar, yo al menos, nos llevó hasta las primeras casas del lugar. La carretera era de tierra prensada y aquí y allá la señora espía se iba fijando en diversas marcas. 
Cuando llegamos al suelo adoquinado de las calles, nos ordenó detenernos escondidos en una esquina exterior, y ella informó de ir a adelantarse a inspeccionar. 
Tardó como unos quince minutos en volver, contenta de haberlos encontrado, basándose en las descripciones que le había dado la Dama de picas. Nos dio indicaciones entre las casas de cal, negras en la oscuridad de linternas apagadas que arrastrábamos.
Bajo un portal con vistas a la guarida que habían ocupado esos tempranos raiders, nos explicó su plan.
Mejor os cuento su ejecución: ella, después de haber hablado con nosotros, se aproximó a la puerta y, desbaratando la quietud de la velada, empezó a aporrearla gritando ‘¡Socorro! ¡Por favor! ¡Vienen las cosas! ¡Yo poco español! ¡Socorro!’. Con un de repente marcadísimo y perfecto acento inglés. Lo hacía muy bien, parecía tan desesperada que yo mismo casi me lo creía. Nosotros, mientras, fuimos rodeando el edificio. 
No tardaron en abrirla. Un hombre empezó a decirle algo así como ‘Vaya, vaya… ¡Pasa, claro!’, y ella empezó a agradecerles, como sentíamos con las orejas contra las paredes. En seguida comenzaron a medio burlarse de ella y a hacerle comentarios subidos de tono, aunque uno de ellos advirtió que no le pusieran un dedo encima; no con un tono tajante, sino como un padre que recuerda los límites. Era todo muy raro. Ella siguió con la mascarada, hasta que en un momento dijo dentro de su papel, ‘Gracias, gracias, duelen mucho los pies’. Era la señal. 
El Rey de bastos, simulando gruñir como un zombi, reventó con la pala el cristal de una ventana trasera, a la altura del cuello más o menos, y luego apartándose de la línea de visión, se puso a aporrear la pared en una imitación bastante lograda. Nosotros empezamos a hacer lo mismo. Sonidos de alerta venían desde la casa, mientras el As de diamantes fingía estar aterrorizada y suplicaba que la protegieran. 
No tardó en asomar la cabeza por el hueco un hombre barbudo y greñudo, con una pistola en una mano y un cuchillo en la otra. En ese mismo instante, el Rey de bastos le dio un palazo desde un lado y nosotros le agarramos de los brazos sacándole fuera. Medio grogui le quitamos las armas. El Rey de oros iba a lanzarse a golpearlo con el pico gritando, pero la Dama de picas lo detuvo y le dijo que ‘a ese no’. 
Los demás empezamos a trepar a la ventana y a colarnos dentro de la casa. A la vez los gritos habían empezado a alentar voces más tensas y serias en los de dentro, cuando un nítido disparo partió como un latigazo todo. Empezamos a correr por la habitación, yo y el Rey de picas; sonaba pelea. 
Cuando llegamos al salón nos encontramos con un tío con la cara volada contra un mueble, la pistola en el suelo y al As de diamantes forcejeando con un chico encima que no paraba de insultarla de ‘zorra traidora’. No parecía demasiado apurada ella la verdad, pero el Rey de picas no dudó ni un segundo y se lanzó a placar al maromo, rodando con él, liberándola. Yo me sumé, y entre ambos nos pusimos a patearlo y pegarle, yo con un pico y él con un palo romo, mientras el otro gritaba y pedía perdón. Creo que fue la primera vez que maté a un hombre, porque al final se quedó totalmente quieto e hinchado, sangrando lentamente por muchas partes. Recuerdo que perdí por completo la cabeza y que no me importaba nada de lo que nos decía… Pero si no fuimos nosotros, fue la Dama de picas la que lo mató; porque cuando de repente entró en la habitación, sólo dijo; ‘este era el cabrón que buscaba’, cogió la pistola del suelo y le metió inmisericorde un tiro en la cabeza amoratada. Luego le pasó la pistola al As de diamantes, que como nosotros, no dijo nada, y se fue para el otro lado. Titubeantes la acompañamos. 
El que quedaba no paraba de gritarnos ‘cabrones…’, ‘hijos de puta…’, ‘os voy a matar…’, mientras el Rey de bastos y el de oros lo sujetaban contra el suelo. 
La Dama de picas se asomó por la ventana y le dijo con un tono muy misterioso ‘Zorra, no fuerces tu suerte’. Aún recuerdo aquellas palabras porque, después de lo que había pasado, dieron mucho miedo.
Y no sé a qué vendrían, pero el otro, después de aquello, se calló y se quedó cabizbajo. 
Con calma, cogimos todas las cosas que habían acumulado, que no eran pocas. Una pistola se la quedó el Rey de oros y la otra el As de diamantes. Por lo demás, armas blancas, herramientas, ropas, medicinas, mantas, comida, agua… Cargamos todo en su coche, la ‘mujer comando’ agarró al greñudo de los pelos y lo arrastró calle abajo, ordenándole con una patada en el culo que corriera y no volviera; arrancamos y empezamos el regreso a la mina. Pasamos primero por la casa que habían atracado; compartimos con ellos, más o menos, la mitad de las cosas que habíamos recuperado. Muchas de ellas no eran de ninguno de ambos grupos… Y bueno, tras una breve discusión en la que el Rey de oros decidió por su cuenta ocultarles a ellos dónde estaba nuestro campamento, camuflándolo con vagas y falsas indicaciones, nos despedimos; ellos no parecían muy dispuestos a abandonar su casa todavía. 
La verdad es que recuerdo que en aquellos momentos me atormentaron bastantes dudas y demonios, ante la idea de haber matado gente; pero ahora, echando la vista atrás, os digo que no me arrepiento.
La única moneda que entienden los raiders es el miedo a las represalias, así que, precisamente os animo a que si podéis, persigáis a esa gentuza. 
Si queremos que el apocalipsis no sea aún más terrible de lo que ya es, y evitar que sigan acumulándose grupos así, tenemos que enseñar que, en este nuevo mundo, no hay sitio para nadie que no piense que la civilización puede haber muerto a nuestro alrededor, pero no dentro de nuestros corazones; y que aquellos que deciden comportarse como perros, en vez de como hombres, tendrán el mismo destino que las bestias y los zombis: la caza. 
Al principio, al regresar, con el alba casi despuntando; no queríamos celebrar lo ocurrido. Era una situación extraña para todos, habíamos matado gente. Nos tumbamos a dormir en el edificio principal; Paco era quien estaba haciendo la guardia, y debió de decidir que necesitábamos descansar, porque no pidió cambio de turno. 
Pero, no sé quién empezara; desde tumbados, alguien hizo una broma. Luego vino otra, y al cabo, estábamos todos despiertos celebrando la hazaña, Paco ya estaba con nosotros, y vitoreábamos la audacia del As de diamantes, que demostró ser inusitadamente tímida en esa situación. Hubo cachimba, hubo alcohol, y hubo una larga resaca de tarde; porque después del esfuerzo y la celebración, nos despertamos casi de nuevo a la caída del sol. 
Los siguientes dos días pasaron bastante tranquilos también; teníamos todo lo que podíamos necesitar de sobra. Hasta teníamos un cepillo de dientes para cada uno. Quizás el recurso más limitado era ahora la gasolina para el generador, que manteníamos apagado salvo un par de horas al día en que aprovechábamos para ducharnos, dejar la comida cocinada, cargar móviles, etcétera… Tampoco teníamos repuestos de pilas para las linternas. El Rey de oros y el de bastos iban cada dos por tres a los coches y ponían las radios con interés redoblado por algo; decían que tenían la sensación de que había emisiones por las distorsiones que captaban, se había convertido en su nuevo pasatiempo, pero por el momento no lograron sacar nada en claro. Entre tanto, el Rey de oros también se dedicaba, con menos interés que antes, a explorar las cuevas con el de picas, que seguía esperanzado en hallar explosivos. 
El As de copas pidió al Rey de bastos que le ayudara a empezar a hacer una rutina de ejercicios, porque se sabía en la peor forma física de todos nosotros y, aunque no le gustaba nada la idea, entendía que eso tenía que cambiar en esas circunstancias. El As de diamantes, pese a que no lo necesitaba para nada, se solidarizó tiernamente con él, apuntándose también. Y bueno, pues allí se les podía ver por el patio, varias veces al día, correteando, haciendo flexiones, dominadas en las escaleras… Era divertido. 
Yo y Paco y… empezamos a hacer más guardias que nadie; cachimba mediante, claro; medio alcoholizados todo el día… No hubo demasiados zombis… ¿Una decena a lo largo de las dos jornadas? Casi servían para amenizar el paso del tiempo, pese a lo cínico que pueda sonar. Y bueno, pues ante eso, vuestro querido As de tréboles no tuvo ningún problema en encargarse de ellos. Decretamos eso sí, que hasta que hubiera una segunda, la shisha pertenecía a los que estuvieran de guardia. 
El niño era muy inocente, sabía de los zombis y demás, pero parecía tomarse esto más como una excursión que como, lo que sabíamos, iba a ser el resto de su vida, durara lo que durara… 
Creo que el Rey de oros y el de picas dejaron de ir a explorar juntos cuando tuvieron una bronca por la pistola; el Rey de oros se negaba a dejarla con las cosas comunes, que si alguien la necesitaba ya se la daría. 
Fue esa última noche en la que el Rey de picas irrumpió mientras cenábamos en la sala y dijo que había encontrado la puerta. ¡Había hecho hasta un mapa el muy jodido! 
Nos terminamos los platos y le servimos uno pese a sus quejas de que fuéramos ya. Todo se hace mejor con el estómago lleno. Un poco enfurruñado porque no le hubiéramos dado toda la importancia que esperaba a su descubrimiento, nos guio por los túneles y recovecos hasta una pequeña cámara estrecha, sin iluminar, en la que, a la luz de nuestras linternas, podía verse claramente una plancha de metal, cerrando un pasadizo, bloqueada desde el otro lado por un cerrojo; visible porque el umbral era irregular. 
Estábamos cansados de, francamente, no hacer gran cosa, así que propusimos intentar entrar después de dormir; pero él se puso tan insistente, y amenazó con entrar él solo, que al final acabamos yendo a por los picos. 
No queríamos entrar en ese momento porque, claramente, al otro lado algo hedía a putrefacción y, aunque no sentíamos ningún gemido zombi, temíamos que pudiera haber algo ahí dentro. 
Al final reventamos el pestillo y, alumbrando, nos encontramos el percal…
Primero, un estrecho pasadizo que acababa en un desplome, casi vertical, asistido por unos peldaños de hierro incrustados en las paredes. Bajaron el Rey de picas y el de oros delante, si no recuerdo mal.
Luego iba la Dama de picas; después iba a descender yo cuando empezaron a llegar desde la profundidad los quejidos por la peste que emanaba, pero sobre todo, las exclamaciones de asombro, miedo y asco. 
Haciendo de tripas corazón, con valor me lancé al descenso; y os diré lo que vi: 
La escalinata daba a una cámara antinaturalmente redonda; no demasiado grande. En el centro de ella se encontraba el cadáver medio descompuesto de un hombre en una bata blanca, con las tripas al aire por un corte realizado con un bisturí que aún llevaba en la mano y, frente a sus pies, contra la pared, una gigantesca puerta redonda de metal, ominosamente gruesa, con una cerradura de tipo escotilla en el centro; y, escritas en letras de los propios dedos y la propia sangre del muerto, la frase ‘No entrar no es humano’.
Salimos cagando ostias del asco y del miedo, sin dejar que el resto de la gente bajara… 
Fue sobrecogedor. Paco por supuesto no se había venido con nosotros, y en aquellos momentos pensé que ese hombre era un vidente o algo. 
Y bueno, pues de este modo encontramos el agujero…  
¡El próximo día os hablaré de lo que ocurrió después! Pero tras [tiempo que tardes, César, en leer la locución (por ejemplo si hasta aquí has dedicado una hora dices ‘una hora’)], el tiempo de programa se acaba. Ya sabéis lo mucho que me gustan los cliffhangers. Lo siento, lo siento. Si encontráis una voz más hermosa y profunda que os amenice los ratos, os animo a que la sintonicéis; pero hasta entonces tendréis que sufrirme. 
Ahora me marcho; os dejo con otras dos horas ininterrumpidas de buen ¡Rock n’ roll!; recordad que hoy, a las cinco y media, los compañeros de la emisora os hablarán de los resultados y comentarán los partidos de la primera ronda de la primera liga de fútbol intercampamento. Si aún no habéis podido, os recomiendo que vayáis en cuanto podáis a ver uno de los enfrentamientos; sabemos que no hay el nivel que una vez tuvo este país… Pero aun así es un evento fantástico en el que podéis sentiros, un poco de nuevo como en casa; y tal vez hasta encontrar a esa persona especial que vuestros corazones ansían. Es broma. Id, os lo pasaréis bien. Y si no sabéis dónde es… ¿Cómo es que aún no os habéis refugiado o adscrito a uno de los grandes campamentos? En el de Huelva todavía aceptan gente dentro de los muros, sintonizadles en los diales entre el ciento uno y el ciento tres para más información… 
¡Esto es, Radio Viva! Así han ocurrido las cosas, y así os las hemos contado. ¡‘Aaaaaaadios’!”.


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