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Zombi Volumen Aurora

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jueves, 16 de noviembre de 2017

Volumen Aurora - Capítulo 3 - Libro de Hugo (Episodio 7)

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Volumen Aurora:
Prólogo
Episodio 1 - Capítulo 1, Libro de Danko
Episodio 2 - Capítulo 1, Libro de Álvaro
Episodio 3 - Capítulo 2, Libro de Andrea
Episodio 4 - Capítulo 2, Libro de Diana
Episodio 5 - Capítulo 3, Libro de Merlo
Episodio 6 - Capítulo 3, Libro de Carla
Episodio 7 - Capítulo 3, Libro de Hugo
Episodio 8 - Capítulo 3, Libro de Álvaro
Episodio 9 - Capítulo 4, Libro de Adán
Episodio 10 - Capítulo 4, Libro de Danko
Episodio 11 - Capítulo 4, Libro de Diana
Episodio 12 - Capítulo 5, Libro de Esteban  
Episodio 13 - Capítulo 5, Libro de Álvaro
Episodio 14 - Capítulo 5, Libro de Hugo  

       
Capítulo 3 – Hogar, dulce hogar

"Le plaisir délicieux et toujours nouveau d’une occupation inutile" – Henri de Régnier.



Libro de Hugo
23/10/2012; 02:23 – Embalse Colleja                            Población humana viva: 2.412.016.903




El suelo está viscoso. El suelo está viscoso. Quiere vomitar. El suelo está viscoso. “Hugo, ¡dame la pistola!”. Pistola. El suelo está viscoso… Sabe que debe sobreponerse… pero ese hedor. Ese pringue… Va a volver a echarla… y la echa.

Están abriendo la segunda puerta. Carla parece estar fatal. Uno le grita que pare, el otro que siga… ¡¿Qué cojones es esa cosa?! ¡Han pasado a la sala donde está! Busca con la mirada a Abigaile. Parece petrificada apuntándola…

—Gracias. Ahora… es mío el daros una elección. Matadme, o liberadme. O lo contrario os mataré a todos.

—¿Qué dices Esteban?

—¿Cómo te llamas, criatura? —Silencio breve—. Soy Cuarentaisiete.

Danko se ha apoyado contra una pared abrazándose la mano descuajaringada. Parece muy dolorido. ¿Qué le ha pasado? Ha sonado antes un golpe… ¿Esteban? No se ve capaz de hablar. Nota el brazo de su novia sosteniendo parte de su peso. ¿Iba a desplomarse? Sus piernas le tiemblan. Sabe que debe de estar blanquísimo. La repugnancia le sienta fatal siempre… pero aquello es distinto. Es demasiado real. Menos mal que ella lo conoce bien.


—¡Carla! ¡Detenlo! ¡Lo está poseyendo! —Danko.

—¡Carla no! —Esteban—. Ya lo habéis oído…
—Muchacha. —¿Esteban otra vez? —. Si intentas detenerme de nuevo te matarás. No estás preparada…
Danko camina hacia Esteban tambaleante y tiende su mano hacia la pistola de éste, pero nada más agarrarla se vence hacia el suelo en un gemido de dolor. Tiene algún dedo claramente roto.
—¡Dispárale Esteban! ¡Joder! —alarga muchísimo esa última “e”, como si fuera dolor y orden a la vez.
—¿Qué haréis entonces? —Esteban—. ¿Matarme o liberarme?
—¿Por qué querríamos matarte? —Esteban, sin dejar de apuntarle a la cabeza.
—Eso querían los vuestros… —Esteban otra vez… y ahora ha dejado de apuntarle y ha hecho un gesto con su brazo señalando vagamente los cadáveres del pasillo. Siente otra arcada.
—Deja de hacerme lo que quiera que me estés haciendo, Cuarentaisiete —dice ahora apoyándole el cañón en la frente al… ser.
¡Soltadme o matadme! —De repente, el gigante huesudo ha abierto la boca y hablado con el mismo tono chillón y gutural que escuchó antes.
—¡Mátalo ya! —Danko se ha vuelto a poner en pie, con lágrimas resbalándole por las mejillas—. ¡Abigaile dispáralo!
Mira a su novia. Sigue quieta, sosteniéndolo y apuntando con una sola mano. También se la ve pálida. Le devuelve la mirada y le dedica una leve sonrisa… ¿Consternada? ¿Por qué?
Lo suelta suavemente, deja de apuntar a la criatura y se acerca hacia ella.
—¿Qué eres? ¿Qué está ocurriendo aquí? —empieza ya casi desde dentro de la habitación.
Esteban sigue en la misma posición. ¿Cree haber entendido que esa cosa estaba hablando antes por su boca? A estas alturas está dispuesto a creerse cualquier cosa. Probablemente estén todos ya muertos o algo así y lo descubran a mitad de la serie… “¿Qué haces pensando gilipolleces ahora?”.
Matadme o soltadme… o lo contrario no os dejaré marchar. No quiero más deciros —Tarda cierto tiempo en haber respondido.
—Pero… ¿Por qué? —Esteban.
—¡Sois imbéciles! —Danko sale de la sala a pasos raudos, en dirección hacia la puerta principal.
Apenas está a punto de pisar fuera, para en seco, se da la vuelta, recoge uno de los bisturíes del suelo con extraños sonidos crujientes de sus dedos y lo apoya contra su propia garganta.
Nadie sale.
—¡Danko! —Carla, con voz muy asustada.
—¡Cabrón! —Danko; con un gesto de puro pavor, casi con el rostro temblando—. ¡Matadlo!
—Monstruo, ¡suéltalo! —Abigaile, volviendo a encañonar a la bestia.
¡Nadie sale!
Decide a su pesar meterse dentro de la sala.
—¿Cómo podemos liberarte? —pregunta él.
¿Eliges liberarme?
—¿Cómo? —Se sabe muy enfadado ya.
Yo te haría hacerlo.
—¿Y por qué no lo haces entonces?
Toma la decisión que es tuya.
—Por Dios… Por favor… Matadlo ya… —Danko, con voz suplicante.
—Danko. Ahora que hemos llegado hasta aquí, no es buena idea intentarlo. —Abigaile.
—Estáis locos. ¡Me he roto la mano dándole un puñetazo! Si lo soltáis os matará a todos.
—Podría haberlo hecho ya. —Esteban, que acto seguido se gira a hablar con lo otro—. ¿Si te liberamos responderás a nuestras preguntas?
Tomad la decisión decisión.
Se hace el silencio. Danko sigue en el pasillo, paralizado, con la articulación ya hinchada sosteniendo la cuchilla contra su nuez, y con lágrimas manando continuas. Los demás se miran casi respondiendo sin querer decirlo, con ahora más confusión que miedo. Finalmente, Esteban pone fin a la “bizarrada”.
—Está bien. Te liberaremos.
—Bien —vuelve a decir Esteban, empezando a caminar hacia la puerta que está entreabierta, atascada por el cráneo aplastado de un hombre. La abre y desaparece tras ella.
—¿Esteban? —Carla. Ha hecho ademán de ir a acompañarlo, pero Abigaile la ha retenido. Él también ha sentido el impulso de detenerla, no sabe muy bien por qué.
Vuelven a quedarse callados, mirándose. Él al menos está perplejo. ¿Incrédulo? No… es algo mucho más profundo que la incredulidad. Directamente algo dentro de su cabeza ha puesto el cartel de “me jubilo” y lo ha dejado a su suerte. ¿Deberían haberlo seguido?
Pasan como un par de minutos hasta que el silencio es roto por el tintineo del bisturí cayendo al suelo. Todos miran a Danko. Parece tener un gesto de alivio, ¿al poder dejar de hacer fuerza con sus desgraciados dedos?; pero sigue claramente paralizado. Otro par de minutos en que nadie se atreve a decir nada. Todos deben de preguntarse si el compañero estará bien y qué estará ocurriendo… Bueno, eso si no se encuentran pensando como él “en dónde cojones se han metido”.
Cada vez que cree que se ha acostumbrado a la pestilencia, un nuevo matiz llega a su nariz y siente sus tripas revolverse muy amenazadoramente.
Las cadenas crujen y se sueltan de las muñecas y tobillos de Cuarentaisiete. El ser se levanta. Erguido medirá… ¿tres metros?
Ok. ¿Está ya muerto? No. ¿Y ahora? ¿No? Está bien…
—¿Hola? —No puede evitar decirlo con tono casi cómico—. Gracias por liberarme. —¡De repente él mismo ha hablado! Oh Dios, oh Dios, oh Dios… No, no es ninguna coña. Las palabras han pasado por su mente y han salido de sus labios sin que pudiera evitarlo—. ¡No vuelvas a hacer eso!
La criatura lo ha ignorado y ha empezado a caminar hacia la entrada. Sus pisadas retumban ligeramente y el peso de su pie huesudo ha aplastado sin ninguna reverencia el cráneo de uno de los cadáveres. Va directo al portón.
Danko, parece que libre de nuevo y claramente muy magullado, se coloca en medio interceptándolo, pero como si no estuviera ahí, el gólem de carne lo arrastra fuera y lo deja caer a un lado de la cueva.
De un par de brincos subiendo las escaleras, desaparece en la oscuridad.
—¿Qué habéis hecho? —les interpela con voz muy débil.
Abigaile corre a su encuentro; él la acompaña, abandonando a Carla en la sala vacía, donde ahora solamente quedan un taburete enorme y cadenas.
Al llegar hasta él empieza a balbucearles que por qué lo han dejado libre. Él mismo no lo tiene muy claro. No se atrevía a enfrentarse a la cosa… pero es cierto que también… llegados allí, quería respuestas…
Abi ha cogido el brazo del compañero y se ha puesto a examinarlo.
—Has tenido suerte, no parece tan malo; seguramente te hayas roto un par de los huesos finos…
—¡Me da igual la mano! ¡Acabáis de dejar libre a la cosa más jodida de todas las que hemos visto!
—Ahora no pienses en eso Danko… Bastante tienes con lo tuyo.
—¿Qué es lo mío? ¿Cuánta gente puede matar esa cosa?; si es que no acabamos siendo nosotros los primeros… ¡No pensáis vosotros!
—Danko… Ya estábamos aquí. Matándolo no conseguíamos nada.
—¡¿Nada?! ¿No morir es nada? ¿No dejar vagando por ahí monstruos gigantes y controla mentes es nada?
—Si hace falta siempre podremos matarlo…
—¡¿Podremos?! No sabía de tu capacidad para resistir que te controlen el cerebro. Y de luchar contra seres con el peso de un coche…
—Danko, déjame ayudarte con la mano por favor. Si no, no se te pondrá bien nunca…
—¡Joder! Estáis todos mal…
—Danko, ya no tiene sentido darle vueltas. —Él—. Ya está hecho.
—Deberíamos sacarte para que pueda fijarte esos dedos a otros y que suelde… colocártelo va a doler, pero no es la fractura del boxeador afortunadamente… —Abi habla muy rápido, como intentando atropellarles para que no puedan discutir.
—¡Chicos! ¡Tenéis que ver esto! —Es la voz casi emocionada de Esteban.
Se gira. Ha aparecido por la puerta contraria a la que se marchó. Abi trata de reconfortar algo a Danko ayudándolo a levantarse, y le susurra audiblemente, para él, que enseguida saldrán fuera y lo ayudará con lo suyo.
—¿Y… Cuarentaisiete…? —pregunta mientras se le acercan.
—Se ha marchado —contesta parcamente Carla. No sabe si está enfadada o simplemente sobrecogida como él.
—¿A dónde?
—No lo sabemos…
—Bueno. Luego hay que buscarle. Quiero seguir hablando con él.
—¿Luego? —Danko—. ¿Nadie más piensa que tenemos compañeros arriba…? ¡Durmiendo! —Recalca esa palabra.
—¿Seguir? —lo interrumpe mientras empiezan a acompañar a Esteban.
—Bueno… lo que sea. Hemos estado “hablando” un poco mientras me controlaba.
—¿Mentalmente?
—Supongo…
—¿Todo esto no es un sueño verdad? —Abigaile.
—¿Chicos? —Danko.
—No va a hacerles nada, me lo ha dicho —Esteban.
—¿Ah, y te fías de esa cosa?
—No queda de otra…
—Lo que tú digas…
Danko también los sigue… muy callado. Apretando su muñón a sus dedos; supone que buscando algo de alivio. Cada dos por tres se mira algo lastimero el área lesionada…
—Os lo dije que teníamos que entrar aquí…
—¿Qué te ha dicho?
—No mucho; luego os lo cuento mejor, si no lo encontramos. Pero creo que lo mejor sería que hablásemos todos con él, porque yo tampoco he entendido mucho…
—¿Pero qué?
—Luego… ahora seguidme por favor. —Si no le pareciera imposible diría que casi parece feliz.
—Eso hacemos Esteban, joder, pero podías respondernos —Carla. Vale, claramente también está enfadada. ¿Porque esté contento? Quién sabe…
Esteban no responde ya. Les conduce por un pasillo semicircular que va bordeando la sala en que estaba encerrado el monstruo, visible su interior a través del cristal desde ese lado. Al otro extremo, pese a que el pasillo sigue, se meten por una puerta de metal. En ella hay una habitación espaciosa de hormigón, con una pared entera ocupada por lo que parece la CPU de un ordenador enorme, cuya pantalla está encendida en negro con comandos escritos en ella y, enfrente, una silla de cuero con ruedas. Al otro lado una cama, y parece que unas taquillas de cristal con cosas dentro y bastantes artefactos y máquinas… Pero pasan muy rápido como para que pueda fijarse.
Salen por una puerta en el lado opuesto a otro corredor mucho más estrecho, que distribuye varias entradas abiertas en una dirección, y otra única en la otra ala, hacia la cual se encaminan. No han vuelto a mediar palabra en todo el trayecto, pero una vez cruzan ese último umbral…
—¡No jodas! —Abi, que ha salido disparada hacia una esquina del cuarto…
—Las otras son habitaciones, baños, una cocina y creo que una sala médica… —Señala Esteban muy sonriente.
La cámara que tienen delante es un almacén. No es muy grande, pero está repleto y ordenadísimo. A un lado varias estanterías llenas de latas de color blanco liso y garrafas de plástico, que parecen claramente contener víveres y bebidas, muchísimos; al otro herramientas variadas que, a su ojo inexperto, parecen muy profesionales, y varias cajas de medicamentos, toallas, kilos de papel, productos de limpieza, cosas que no sabe qué son… Al fondo unas taquillas cerradas y un armario de doble puerta. Finalmente, al lado de éste, junto a Abigaile ya, una mesa con cajones sobre la cual descansan cuatro pistolas colocadas y encima de ellas, colgando de la pared, tres armas… rifles… ametralladoras… o cosas que no parecen para nada de juguete y que ella se encuentra examinando, una de las cuales es algo más grande que las demás. También hay colgados en perchas unos extraños sables enfundados. Abre los cajones.
—¡Está lleno de munición! —exclama también con gesto levemente alegre.
—¿Qué son? —le pregunta, acercándose como todos, incluido Danko, a ver el arsenal de cerca.
—Estas dos no conozco el modelo; son subfusiles, diría que una variación del MP5 alemán… pero eso de ahí —señala la que está más alta—, Es un HK417. No podría confundirlo. Es casi un rifle de francotirador.
—¿Puedo? —Esteban, extendiendo las manos para descolgarla.
—Un momento, voy a mirar que estén descargadas. —Se toma unos segundos de movimientos rápidos de piezas, que ve en su cara estar disfrutando—. Sí, está descargada, toma.
—No parece un rifle de francotirador…
—Está pensado para ser un híbrido entre eso y asalto, pero en buenas manos puede disparar a casi un kilómetro.
—Joder… ¡Ya os lo dije!
—¿Y estos machetes? —él.
—Yo creo que son para los zombis… —Esteban.
—Deberíamos coger todas las cosas que nos quepan y largarnos para no volver nunca. —La voz de Danko suena un poco aguda; debe de estarle doliendo bastante al pobre.
—Estoy de acuerdo con Danko —Abigaile.
—¿Cómo? ¡¿Ahora?! ¿Habéis visto este sitio? No sólo es seguro; en las habitaciones había papeles, y ese ordenador, seguro que contiene información.
—Esteban —Abi—, quienes hayan hecho este sitio… Querrán algo de él antes o después.
—Evidentemente —Danko.
—¿Habéis visto ese jodido ordenador? No podemos irnos sin sacar todo lo que contenga.
—Hemos tenido mucha suerte hasta ahora. Aún hay un “no sé ni cómo llamarlo” ahí fuera —él—. Estoy con ellos.
—Pues sinceramente —Carla—, yo también estaba empezando a dudar de él por vuestra culpa, pero creo que deberíamos seguir haciéndole caso. Mirad lo que nos ha conseguido. En este sitio hay hasta habitaciones para todos.
—Ah, ¿que queréis dormir aquí? —Danko.
—Bueno… ¡no vamos a iniciar algo como esto de nuevo! ¿Esteban, has dicho que tenían enfermería?
—Creo que sí, hay una camilla. Al fondo del todo a la izquierda.
—Gracias. Danko, por favor; vente conmigo y podré hacer algo por tu mano.
—Gracias… —Parece aceptar como si se quedara con ganas de discutir.
—Os acompaño. —Decide sumarse. Esteban está agarrado al tal HK417… No le da buena espina vérselo entre las manos.
Conforme les oculta el pasillo decide no compartir sus preocupaciones por el momento, aunque sí que tiene dudas.
—¿Son… “buenas” esas armas, niña?
—Bueno; son alemanas, militares. Son profesionales desde luego.
—Ah…
—Tranquilo, se las he dejado con el seguro puesto.
—…No bueno. —Ríe—. No me refería  a eso.
Do not ever lie me… —medio tararea con una voz muy dulce.
—Vale… —Acepta—. No te miento, sí que me preocupa.
—Tranquilo, no pienso dejar que se las quede nadie sin que se entrenen con ellas antes, al menos con las grandes.
—Ya… bueno, no sé yo si eso me tranquiliza más… Que tengamos como un arma por cabeza supongo que es bueno, pero…
—¿Cómo te encuentras, Danko?
—Mal.
—Me imagino. —Parece que han pasado a ignorarle.
La sala que les ha indicado el compañero es algo menos espaciosa que el almacén. Tiene en una esquina una camilla con ruedas, aunque parece que está apartada para dejar espacio. Las lámparas son notoriamente más brillantes que en el resto del complejo; por cierto, ¿de dónde demonios vendrá la energía? A parte hay más cacharros médicos tanto fuera como dentro de un armario acristalado que hay junto a la camilla; pero el resto de la sala no parece en nada una enfermería. Hay dos máquinas enormes de metal, de forma alargada y bulbosa una, y la otra rectangular y alta hasta el techo, llenas ambas de tubos y cables que van hacia las paredes. Junto a ellas dos escritorios de trabajo, con herramientas desde pequeños y precisos destornilladores hasta una soldadora de mecánico; y junto a todas estas cosas un cementerio de electrónica lleno de circuitos y chips. Sea para lo que sean esas cosas, parece que estaban trabajando con ellas antes de que… bueno, de que murieran. Pero entonces, ¿por qué no hay desorden en estas salas? ¿Y por qué no usaron las armas? Ya ha deducido que fue el monstruo de antes el que los hizo a todos matarse entre sí, ¿por qué no tocó esas cosas ni se liberó si sabía cómo hacerlo?
—¡JODER! —exclama su amigo sacándole del ensimismamiento. Le acaban de colocar los dedos en su sitio y está llorando otra vez, aunque se nota que le gustaría evitarlo. Los tiene muy hinchados el pobre.
—Lo peor ya ha pasado. Tienes algún huesecillo roto eso sí, así que voy a sujetarte los dedos del centro a los de al lado para que sellen… suelden. Eso, suelden.
—¿Sellen? Ah, vale —dicen atropellándose—. ¿Se le pondrá bien la mano entonces?
—Sí… en menos de un mes espero.
—¡¿Un mes?!
—Qué quieres que te diga; aunque sean rápidas de curarse son roturas al fin y al cabo.
—Fue como si le hubiera dado un puñetazo a una estatua. Teníais que haberle disparado…
—¿Crees que habría funcionado?
—No lo sé…
—Entonces podría hasta haber sido arriesgado. Supongo que por ahora lo mejor es no haberlo enojado.
—¿Qué creéis que puede ser?
—No tengo ni idea cariño, lo siento.
—¿Y tú Danko?
—No lo sé… ¿un experimento genético de esos de las pelis? No sé, ¿alguien hecho para resistir la enfermedad o algo? O como en “Resident Evil”; ya vimos… no todos son iguales… Y yo qué sé. Si es un virus tal vez aquí lo estén mutando o algo… que tendríamos que haber matado cuando pudimos…
—¿Es un laboratorio nazi por cierto? —Señala la esvástica en esa habitación, con ánimo de interrumpir la misma discusión.
—Bueno… —Abigaile—, la cruz nazi es del revés…
—¡Es verdad! —Danko.
—¿Entonces?
—Ni idea…
—¿Pero creéis que esta gente tenía que ver con lo que está pasando?
—Supongo… eso parece, ¿no? —Danko.
—No lo sé… parecería mucha coincidencia lo contrario… pero también me parece tan improbable haber dado con algo como esto así por azar… además, aquí en medio de ninguna parte…
—Tal vez sí que pudiera merecer la pena echar un vistazo a ese ordenador antes de irnos —él.
—Podrían tenerle puesto hasta una alarma o vete a saber —Danko.
—No lo sé… ¿No te mueres de curiosidad?
—Ahora mismo me muero de dolor, Hugo —le corta tajante—. Aunque va pasando. —Abigaile ha colocado un par de varillas de madera entre sus dedos meñique y anular, e índice y corazón, rodeándolos sujetos con esparadrapo con aspecto sólido—. Pero sí, me parece lo más preocupante que no tengáis más miedo a este sitio.
—Yo tengo miedo —Abi—. Pero hago caso a vuestro dicho, “from lost to the river” —Sonríe a Hugo, guiñándole un ojo por la broma cómplice que él recuerda, de una vez que se le escapó esa muletilla de forma muy cómica intentando hablar con ella en inglés.
—A mí esa cosa hizo que me cagara encima casi… pero no nos ha matado. Y aquí dentro no hay muertos ya ni huele tan mal —Se acaba de dar cuenta, pero agradece muchísimo que no haya nada pudriéndose a éste lado del búnker.
—No sé… lo que digáis. Pero deberíamos irnos.
—Yo también lo creo —Abi—, pero ya que estamos creo que es posible intentar aprovechar un poco.
—Lo que digáis…
—Por cierto, ¿qué vamos a hacer?, ¿despertamos a los de fuera?, ¿esperamos a por la mañana?, ¿y si esa cosa está por ahí?
—¡Chicos! ¡¿Tenéis idea de qué puede ser esto?! —Se sienten los pasos y voces de los amigos acercándose.
—¡¿El qué?! —interroga a voz en grito él, reflexionando a la vez sobre lo estúpido de la pregunta teniendo en cuenta que hasta que no lleguen no podrá saber qué es “esto”.
—¡Esto! —Señala Esteban dos cosas en la mano de Carla y otra en la suya propia, al aparecer por fin.
—¿Qué son? —Abi, acercándoseles—. ¿Dónde estaban?
—Ni idea, por eso los traemos… En el último cajón de la mesa de las armas… ¡También había como veinticuatro granadas! O eso creo…
—¿Granadas? —ella de nuevo.
—Sí…
—¡Guau!
Todos miran atentamente. Son unos cilindros negros de metal rugoso. Pequeños, algo más largos que una mano y del grosor de un botellín de cerveza. Por lo demás, sólo tienen en la parte de arriba un piloto LED azul encendido y un botón protegido por una tapita de plástico duro.
—No nos hemos atrevido a pulsar el botón…
—No lo hagáis, podrían ser una granada o algo peor… Aunque nunca había visto una granada de funcionamiento electrónico…
—Por motivos obvios —Danko.
—Sí —le confirma ella.
—A saber… —Danko otra vez—. Podrían ser balizas radar, como señales para un “ataque por satélite”. Mirad estas máquinas o el ordenador de antes…
—Ya… —Carla.
—Pues yo quiero pulsar el botón… —Esteban, poniendo cara de niño fastidiado.
—¡Esteban macho! —Danko, con voz casi agresiva.
—Danko, que estoy de broma, ¿vale? No soy imbécil.
—Lo que tú digas… —Empieza a caminar para marcharse de la habitación—. Por cierto Carla; debisteis haber matado a esa cosa.
—Déjalo ya Danko —él—. Y espérate un segundito ostia, que parece que ya no fuerais amigos. Vamos a intentar olvidar todo lo malo que ha pasado hoy joder.
—No creo que se pueda —Danko—. Ya pagaremos el precio de todo lo que ha pasado…
—Bueno, vale; pero déjalo ya y vamos a centrarnos en cómo seguir. ¿Despertamos a todos, o esperamos a mañana?
—No me vais a hacer ni caso de nuevo; pero habría que despertarles, que nos ayudaran a coger cosas, y largarnos.
—Bueno, lo de largarnos ya lo veremos, pero estoy de acuerdo en que les despertemos y les enseñemos todo esto.
—¿Ves?, ¡¿ves?! —Indignado.
—¿Qué pasa?, ¿ahora eres tú quien quiere hacer lo que sea sin preguntarle a los demás?
—Mira Esteban, tú no jodas anda —él otra vez.
—Vale perdón… —dice sin tono de arrepentimiento alguno—. ¿Y qué hacemos con esto entonces?
—Diría que lo dejes donde lo encontraste —Abi.
—Vale, voy…
—¿Vamos saliendo, Danko? —Sorprendentemente, pues supondría que estaría enfadada con él, es Carla la que se lo ha preguntado con tono de ofrecer ayuda.
—Vale… —El otro ha respondido dejando oír un claro suspiro mientras se encoge de hombros.
Entre la oscuridad y su estado, ayudar a subir a Danko se convierte en una odisea. Al final Abi decide subirse primero y, entre ella y Carla debajo, consiguen asistirle. El pobre tiene que ir usando los codos como asas para ir manteniendo el equilibrio… Estar con las dos manos inutilizadas tiene que hacer todo muy complicado… Tras ellos se incorpora Esteban.
Conforme emprenden la ruta por los pasillos empieza a racionalizar todo lo que ha pasado, y la idea que había estado dejando sin atender de que un hombre, de tres metros y sin cara, podía estar ahora por allí en cualquier parte, empieza a preocuparle como debería haberlo hecho desde el principio.
Para él, y por sus reacciones cree que para todos, las cosas han ocurrido tan rápido que las siente como si no le hubieran estado pasando verdaderamente a él. Salvo Danko… tal vez sea el único que quede medio sano de la cabeza en el grupo… ¿Qué dirán los demás cuando los despierten?
—Esteban… ¿Qué te dijo esa cosa? Sigo asustada…
—Es que tampoco sabría muy bien explicarlo…
—¿Por?
—A ver, mientras me controlaba yo le pregunté que quién o qué era…
—¿Y…?
—Pues me hizo ver algo.
—¿El qué?, Esteban jolín…
—Jope Carla, realmente es difícil explicarlo… Yo estaba en otro sitio, pero no era yo… Era él. Y mi cuerpo era blanco. Tenía mucha hambre y corría… hacia una luz azul… recuerdo que me encantaba ese brillo…
—¿Qué brillo? ¿Te enseñó imágenes en tu cabeza?
—El brillo de la luz azul. Sí… ya te digo, creo que eran un recuerdo suyo… Toda la arena se pintaba un poquito de azul con esa luz… salvo el cielo que era rojo.
—¿Y ya está?
—No… no exactamente. Tenía muchísima hambre. Mucha. Me iba a morir. Y entonces vi a otro como yo. Sabía que era como yo por algún motivo… era alguien desnudo, no tenía… genitales. De piel muy blanca… músculos marcadísimos… Y tenía que matarlo, porque iba a robarme la comida… y él también querría matarme a mí. Y creo que lo maté a golpes… Y luego estaba en la luz y saltaban rayos hacia mí… y me saciaba… pero no del todo… y entonces se apagó, y tenía que volver a ir a buscarla de nuevo.
—¿Qué significa… eso?
—No lo sé Carla, jopé, ya te dije que yo tampoco lo entendí bien.
—¡No te enfades conmigo!
—No me enfado, es que no lo entiendo.
—Drogas… demasiadas drogas Esteban… —interviene él, tratando de aliviar algo de tensión con la broma, aunque se da cuenta de que su voz suena extraña… No sabe si dar crédito a algo de lo que dice o no… no porque les esté engañando, que a saber… sino porque todo es demasiado surrealista.
—No es una broma Hugo. —Danko mira con reproche a ambos.
—Ya, ya, lo siento…
—Chicos, estamos llegando… —Abi les interrumpe indicando la leve claridad nocturna que alumbra una esquina y, sin que parezca necesario mediar más palabra, un silencio expectante se instala entre ellos.
A la luz de una media luna vagamente nublada descubre las siluetas de Andrea, Merlo, Adán, Paco y el niño; de pie frente a la casa, quietos, innaturalmente inmóviles. Frente a ellos, con las piernas cruzadas sentado, Cuarentaisiete.
—Os estaba esperando… —Habla Andrea, con cara de terror y tal vez lágrimas en sus mejillas.
Silencio.
—¿Qué les has hecho? —Trata de sonar todo lo autoritario que se ve capaz, adelantándose un paso. Abi lo acompaña y apunta la pistola hacia la criatura.
—Son amigos vuestros… —Andrea.
—Sí, son nuestros amigos, déjalos en paz.
—Lo sé.
—¿Qué quieres, Cuarentaisiete? —Esteban.
Silencio.
—Te hemos liberado… —Esteban de nuevo.
—Gracias —Adán.
—Tenemos preguntas.
—Y yo —Andrea.
—¿Cuáles?
—Ya… vosotros no parecéis tener las respuestas.
—¿Qué preguntas? —insiste él.
Danko se ha adelantado más que nadie desatendiendo un “no” tenue, en boca de su novia, y se ha acercado hasta quedar casi frente a frente; solamente un poco más alto él de pie que el otro sentado.
—¿Qué eres? —pronuncia casi enfadado.
El ser levanta la barbilla, como si quisiera mirarlo a los ojos.
Según tus palabras… una persona —Su voz vuelve a sonar igual de desentonada que la de un sordo—. Pero no un humano.
—Yo soy una persona.
Lo sé.
—¿Siempre…? —titubea—, ¿siempre has sido así?
No.
—¿Desde cuándo eres así?
Desde hace… ciento tres días.
—¿Tienes algo que ver con los zombis? —Esteban parece haberse envalentonado y acercado, también a hablar. Abi no para de apuntar y con un gesto de dedo le ha prohibido acercarse a él.
Los zombis… No lo sé.
—¿Sabes lo que son?
No.
—¿Qué sabes de lo que está pasando?
Que debería estar muerto… —¿Están conversando con el monstruo de verdad?
—¿Podrías darnos alguna respuesta clara? ¡Por favor! —¿Y lo están tratando así?
Piensas que estoy ocultándote algo.
—¡Sí!
Lo sé.
—Criatura, te hemos liberado.
—Esteban, no te pases… —Abigaile, por lo bajini.
Veo que esperáis de mí que os ayude a comprender… Pero yo tampoco comprendo…
—Creo que lo único que sé deciros, de aquello que querríais preguntarme… —ha vuelto a ponerse a hablar Andrea—, es que ese… búnker… Trabajaban en producir mejor armas capaces de matarnos…
—¿Mataros a quiénes? —Abigaile.
A nosotros.
—¿Pero quiénes sois vosotros? —Esteban.
—Eso mismo pienso yo de vosotros —Andrea.
—No te entiendo… ¿Esos… tubos negros es lo que os mata? —Esteban.
—Granadas negras lo llamaban, los hombres que maté, al artefacto de tu memoria…
—¿Entonces son para eso?
—Eso que llamáis zombis. Puede que también.
—Si lo llamaban granadas… ¿sólo podrán usarse una vez? —Abigaile.
—No lo sé. No lo busqué en sus memorias.
—¿Puedes… meterte en nuestras cabezas siempre que quieres? —Carla.
Sí.
—¿Por qué pude bloquearte?
—No lo sé —Adán.
—¿Cómo sabías lo que me estaba pasando?
—Allí había otro igual —sigue Adán.
—¿Por qué los mataste? —interrumpe Danko secamente esa conversación.
Recibieron la orden de matarme.
—¡¿De quién?!, ¿no sabían de tus poderes?
No.
—No sé de quién —Andrea.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —Esteban.
Debo encontrar a Hohenheim.
¿Quién es “Hoenhaim”?
El que me pidió que viniera con él Adán.
¡¿Desde dónde?! Esteban.
Desde… aquí. Creo Andrea.
No te entendemos. ¡Y deja de hacer eso!
Vosotros no sabéis dónde está.
No. ¿“Hoenhaim”?
¿Habéis terminado? Observo piensas que os debo algo. ¿Suficiente?
Podrías quedarte con nosotros. Y nos ayudaríamos mutuamente… ¡¿Está loco?!
No.
¿Por qué?
Debo encontrarle y preguntarle.
¿El qué? Si sabes lo que pienso… ¡respóndeme!
No. No hay más que sea vuestro el saberlo.
—¡¿Qué?!
Es… mío.
Cuarentaisiete se levanta y de repente, todos los compañeros que no habían estado con ellos en el búnker caen al suelo a plomo entre quejidos y exclamaciones.
—¡¿Para qué los has dominado?! —Esteban, gritando al ser que ha empezado a caminar hacia la valla.
Para saber qué sabían. No nos debemos ya nada…
La extraña “persona” flexiona las rodillas antes de realizar un salto de… muchos… demasiados como para ser creíbles, metros de altura; cayendo después tras la verja a bastante distancia y desapareciendo entre los pliegues del terreno.
Los amigos, levantándose como pueden del suelo, les buscan con diferentes miradas… Paco aterrado. Merlo paralizado. El niño ensimismado. Y Andrea y Adán exigiendo explicaciones…

“Tengo un ordenador en frente y estoy haciendo el inventario de recursos con papel y boli… Me cago en tu raza cacharro cuántico de mierda, o lo que seas”, se dice dulcemente indignado ante la indolente máquina que lo lleva acompañando una semana. “Está bien. A hacer recuento…”:

Recursos del agujero:
·       Comida:
-           32 bolsas de guarrerías (estanterías).
-           4 kilos y medio de lentejas (estanterías).
-           3 de judías (estanterías).
-           2 kilos de macarrones (estanterías).
-           2 kilos de rollitos de pasta (estanterías).
-           Varias piezas de fruta podrida (fuera. Tiradlas).
-           15 litros de leche (estanterías).
-           21 litros localizados de agua. Seguro algunas botellas
más por ahí. (estanterías)
-           9 litros de Coca-Cola (estanterías).
-           16 litros de cerveza (estanterías).
-           3 botellas de vodka (estanterías).
-           2 de ron (estanterías).
-           20 kilos de leche en polvo (estanterías).
-           115 latas de 6 kilos de legumbres (estanterías).
-           78 latas de 5 kilos de verduras (estanterías).
-           89 bolsas de 1 kilo de carne seca (estanterías).
-           40 latas de 2 kilos de fruta en almíbar (estanterías).
-           90 garrafas de 15 litros de agua (estanterías).
-           19 botellas de 1 litro de whiskey (estanterías).
-           10 Kg de sal (estanterías).
-           10 Kg de suplementos minerales y vitamínicos
(estanterías).
·       Tabacos:
-           1,5 cajas de carbón (barracones).
-           8 paquetes pequeños de tabaco 50g, 3 abiertos
(barracones).
-           2 paquetes grandes de tabaco 250g, 1 abierto
(barracones).
-           11 paquetes de 20 cigarrillos (barracones).
-           1 cartón de cigarrillos (barracones).
·       Transporte:
-           1 coche Ford Fiesta… arañado. Medio depósito. Diésel.
-           1 todo terreno Mercedes GLK MUY sucio. 1/3 de
depósito. Diésel.
-           1 moto BMW F 800. Medio depósito. Gasolina.
·       Útiles:
-           25 litros de gasolina en garrafas (entrada de la mina).
-           18 litros de diésel en garrafas (entrada de la mina).
-           14 rollos de papel higiénico (estanterías).
-           7 linternas 2 con pilas. (1 con pilas estantería, la otra
en las barracas, el resto estanterías).
-           SIN PILAS.
-           1 móvil cada 1.
-           Cada uno su ropa su problema.
-           19 mantas (las que no están puestas, en la enfermería).
-           20 sábanas (ídem).
-           11 almohadas (la que sobra la tengo yo).
-           11 toallas (en los baños del agujero).
-           Cubertería de sobra (barracones y cocina del agujero).
-           3 litros de lejía (estanterías).
-           23 pastillas de jabón (estanterías).
-           5 litros de champú (estanterías).
-           28 litros de champú (estanterías).
-           35 litros de jabón líquido (estanterías).
-           10 cajas grandes de detergente (baños).
-           21 litros de suavizante (baños).
-           Muchas herramientas de cuyo nombre no quiero
acordarme (estanterías).
·       Salud:
-           18 cajas de condones (enfermos, en la enfermería).
-           20 cajas de compresas “normales” (enfermería).
-           9 cajas de amoxicilina (enfermería).
-           7 cajas de paracetamol 1g (enfermería).
-           18 cajas de ibuprofeno 600mg (enfermería).
-           32 cajas de “Antibiotikum“ (enfermería).
-           10 gramos de Morfina (enfermería).
-           20 rollos de vendas y esparadrapos (enfermería).
-           30 botes de 10 ml de insulina (enfermería).
-           25 botes de 40 mg de corticoides (enfermería).
-           10 botes de cosas sin identificar (enfermería).
-           6 botellas de oxígeno (enfermería).
-           8 litros de desinfectante médico (enfermería).
-           2 máquinas médicas raras (enfermería).
-           1 desfibrilador (enfermería).
-           Mogollón de herramientas médicas (enfermería).
·       Armas:
-           2 pistolas 9mm 8 balas (Abigaile).
-           4 pistolas 9mm 9 balas (Abigaile).
-           8 cargadores extra de 9 balas (Abigaile).
-           2 subfusiles pseudo mp5 (Abigaile).
-           5 cargadores extra de 20 balas (Abigaile).
-           1 HK417 (Abigaile).
-           2 cargadores extra de 10 balas (Abigaile).
-           120 cajas de 50 balas 9mm (Abigaile).
-           2 cajas blindadas de 200 balas 7,62mm (Abigaile).
-           1 caja de madera de 24 granadas de mano (Abigaile).
-           3 “granadas negras” (Abigaile).
-           3 armaduras “nazis” y cascos de “star wars” (almacén).
-           6 machetes extraños con funda (almacén).
·       Instalaciones:
-           Generador eléctrico diésel (patio).
-           Generador “cómico” (habitación del PC).
-           Máquinas de las granadas negras (enfermería).”.



—¡Vale chicos! ¡Ya tengo esto terminado! —exclama al fin—. He ordenado y colocado todas las cosas; subrayado lo que es del búnker como me pedisteis… dejo la lista en el almacén y ya paso. Vuestro maldito problema mantenerla al día. ¡Me vuelvo al PC! —No sabe cuántos le habrán oído, pero él da su trabajo por terminado.
La disposición del búnker es de un pasillo a la entrada que se bifurca circularmente al llegar a la habitación-celda donde estuvo encerrado Cuarentaisiete. Ambas direcciones del pasillo simplemente la bordean, pues dan a parar a la habitación principal, en la que está instalado el PC y la cama de matrimonio en que duermen él y Abi, por la cual hay que pasar obligatoriamente para salir. Y en la cual también está instalado una especie de extraño laboratorio químico con un brazo robótico y un área de mezclas identificadas alfanuméricamente y sin documentar, si es que no lo están en el ordenador. También está allí el cacharro que han dado en llamar generador “cómico”. Tras que Esteban y Adán la revisaran lo mejor que pudieron, llegaron a la conclusión de que la instalación eléctrica conectaba a una muy cuadrada caja negra apoyada contra una de las paredes, que no paraba de emitir un leve zumbido. Dado que no parece tener ningún tipo de orificio para introducir combustible alguno quisieron llamarlo esotéricamente generador “cósmico”, lo cual, evidente y raudamente se malogró… Han teorizado mucho acerca del funcionamiento de lo que quiera que sea esa cosa. Desde alimentado por uranio hasta receptor de hiperconducción eléctrica a distancia. El caso es que no tienen ni idea de qué es, cuánta tensión soporta, ni hasta cuándo…
A continuación está el pasillo perpendicular que al costado derecho conduce hacia el almacén. Al costado izquierdo, distribuye tres habitaciones hacia el interior de la montaña y dos hacia la entrada. De las interiores, las dos más lejanas son habitaciones con literas y armarios. La de más al fondo tiene dos camas separadas. En ella, tras juntarlas, se han instalado Esteban y Carla. La otra tiene una cama litera, en la que se han instalado Andrea y su hermano. La sala que falta es una especie de comedor-cocina-dormitorio. Hay tres camas de un solo piso que han aprovechado Adán, Merlo y Danko. No obstante hay también un sospechoso colchón vacío, bajado por alguien desde arriba, en la habitación de Andrea. Paco, pese a que no pone ya problemas en bajar hasta allí, sigue rehusando a dormir en ese agujero y continúa habitando los barracones. Pese a las quejas de todos por la relativamente mala ventilación del lugar, él y Merlo se fuman cachimbas a veces en el comedor. Está bastante bien dotado, con una vitrocerámica y un horno, aunque sin microondas ni nevera. Tanto allí como en los baños hay agua corriente que por el momento prefieren evitar beber. Los uniformes, tanto de “andar por casa” como de trabajo que había en los armarios los han sustituido por sus cosas, aunque siguiendo instrucciones de Esteban los han guardado en el almacén porque “podrían serles útiles".
Al otro lado queda la sala que han convenido en llamar enfermería y a la que han trasladado los suministros médicos y en la que ahora realizan las curas ocasionales a Danko. Allí están las máquinas que creen tienen algo que ver con las granadas negras esas, pero no han averiguado nada sobre cómo funcionan, claro que tampoco se han atrevido a tocar demasiado. Todo parece radiactivo cuanto menos.
Finalmente están los cuartos de baño dotados con tres retretes, tres duchas, tres fregaderos, una lavadora y una secadora. Toda el agua de las instalaciones puede salir caliente a voluntad.
Eso fue uno de los argumentos principales en la acalorada conversación sobre si quedarse o no. La perspectiva de energía al menos por ahora ilimitada, y el empeño por la información de Esteban acabaron ganando la batalla a los agoreros argumentos de Danko y Abi. Eso sí, no tienen ni idea de qué se supone que deberían hacer los anteriores ocupantes con las basuras que generasen. Por ahora ellos las sacan de vez en cuando fuera, donde los barracones. No quieren dejarlas por ahí en el exterior para no dar pistas sobre su existencia, pero empiezan a acumulárseles. También han abandonado por esos días las rutinas de ejercicios, espera reempezarlas pronto, así como las prácticas de tiro que ha propuesto su novia.
De la limpieza de los cadáveres él ha tenido la suerte de desentenderse por completo, aunque ahora siente cierta curiosidad sobre qué hicieran con ellos. Abi también se ha desentendido y, para no ser recriminado, ha preferido no preguntar a nadie.
Las conversaciones sobre el ser fueron intensas, pero pocos días después se convirtió en otro de esos temas que, pareciera, todos quisieran evitar. Durante ese tiempo han intentado revisar la documentación, sin mucho éxito dado que la mayor parte de los papeles, así como el ordenador, se encuentran escritos en alemán. Sorprendentemente Paco lo habla un poco y sorprendentemente su novia no. El vagabundo está siendo el encargado de, a ratos con Esteban y Danko con los papeles, y a ratos con él en el PC, intentar descifrar las cosas. Con los documentos, han averiguado que son papeles técnicos sobre el uso de las instalaciones, y también alguna que otra novela. Con el ordenador no ha habido mucho avance.
Por lo que han leído en el soporte físico, desde él deberían poderse controlar cosas tales como el cierre o apertura de la puerta, que ahora está perpetuamente abierta, así como la temperatura, la energía, la ventilación y las máquinas instaladas con las que esa gente debía estar trabajando. El problema es que es un cacharro absoluta y completamente irracional e ilógico. Y es un problema, porque también se supone que debería haber cámaras desde las cuales podrían visualizar los exteriores, dado que últimamente, por los cambios, han desatendido por completo las guardias y también el resto de acuerdos sobre turnos a los que habían llegado antes…
Por ahora ha descubierto que, contra todo sentido común, el acceso a todo es a través de terminal, y que ésta no es ni siquiera una terminal de comandos estándar, sino que está totalmente integrada con el lenguaje de programación que en ella se use. El problema es que sea cual sea el lenguaje que esté usando… ¡está mal! Ahora en breve se pondrá con ello…
—¡Muchas gracias por el curro cielo! Yo voy a darme una ducha… —La voz sugerente de Abi cancela el plan original. Decide que le apetece un poquito de ella.
La sigue hasta el cuarto, y allí le acaricia casi tímidamente la espalda. Después, tras desvestirse, se meten juntos bajo el agua.
You’re so cute… —le dice con hiriente tono adorable—. Todavía te da vergüenza estar desnudito conmigo…
— Jo… —responde él, verdaderamente sonrojado.
Cuando por fin sale, con una bobalicona sonrisa pintada, vuelve a sentir la misma extraña sensación de siempre. Hasta que la conoció a ella, se tenía por una persona asexual, y que veía el contacto humano como algo, en el mejor de los casos, sucio. Y más allá de ella, sigue viéndolo así.
—Agujero, ¿en serio? —Esteban, cruzándose con él al ir a entrar al comedor.
—¿Qué pasa?
—Tienes un problema… —responde con una mirada que interpreta como pícara, pese a que Abi se haya quedado más rato en el baño y no hayan salido juntos… ¿Tanto se le notará en la cara?
—¡Yo voto que se quede como agujero! —Merlo desde dentro de la sala a la que iba a entrar el otro.
—¡Sí!, agujero mola —Danko, desde el mismo lugar.
—Que os den —responde él, y todos ríen brevemente. Él parte a sentarse frente a la silla a la que ya está dejando la forma de sus nalgas.
“Está bien, máquina del demonio”, soliloquia, “intentémoslo de nuevo”:
Él: a = 2
Él: a = ?
Ordenador: a = 42
“¡Venga ya!”. “En serio…”.
Él: a = ?
Ordenador: a = 2
“¡Vale!”. “A ver…”.
Él: a = 2 ?
Ordenador: False
“¡Vete a la mierda!”.
Ese ordenador es exasperante. Está empezando a estar dispuesto a creerse que le vacila a propósito. Y la documentación en alemán no ayuda. Leyeron algo de que el ordenador era una inteligencia artificial cuántica en algún sitio. Está claro que normal no es, dado que los planos del mismo indican que dentro la mayor parte de él es un tanque de líquido al que se conectan los circuitos. Por otra parte, sospecha que todo aquello es alguna clase de chiste que no terminan de pillar… Sencillamente esa tecnología no existe en el mundo real. Esto, sea lo que sea, no es el mundo real. Esteban trató de ponerse con él al principio, con bastante curiosidad y hasta ilusión. Pero al final desistió mostrando la misma exasperación que él siente cada vez que intenta hacer que la máquina trabaje. Pero no va a rendirse. Nunca ha estado ante un desafío informático tan deliciosamente frustrante. “¡¿Por qué demonios a veces abre los archivos y a veces no?!” No, esa máquina… tiene un propósito, y los que estaban allí la utilizaban. Se tiene que poder usar.
—¡Chicos! ¡La cena! —Es Carla.
Cena…
¿Cuánto rato lleva intentando darle instrucciones?
Paco se levanta de su lado.
—¿Vamos a cenar?
—Vale —acepta.
Se sientan. Hablan. Está rico. Es un fastidio tener que depender de Paco; si sólo supiera él alemán para dar las instrucciones… Hablan. Pero… antes consiguió que el ordenador le diera una lista de los dispositivos conectados a él… pero luego la misma instrucción no lo hizo…
—¿Está rico, Hugo? —Carla.
El caso es que es sorprendente. Nunca da errores del tipo “no entiendo las instrucciones”. Simplemente a veces no hace nada… o hace cosas raras…
La mano de Abi estrecha la suya en un apretón leve y rápido. Él se lo devuelve. Cómo le gusta el tacto de su mano…
Espera, no, no es que esté siendo cariñosa… Le pide atención. Es verdad, le han hablado.
—¿Qué?
—¡Estás en la parra macho! —Esteban. Merlo y Adán ríen un poquito.
—¿Que si está rico? —Carla.
—¡Ah! ¡Sí, sí! Muchas gracias. —¿Qué está comiendo? ¡Oh!, son judías verdes con trocitos de jamón. Sí está rico—. Por cierto gente —salta tras el breve momento de mirar su plato.
—¿Sí? —Esteban.
—¿Deberíamos volver a hacer rutinas no?
—¡Eso mismo le decía yo a Adán ayer! —Andrea.
—¿Y por qué no lo acordamos ahora?
—Vale… —Danko. Sigue teniendo la mano vendada. Claro. Sólo ha pasado una semana, ¿no?
—“Tranqui” Danko. Esta vez sí que no te vamos a mandar nada —Esteban.
—Yo hago guardias, que eso puedo.
—No puedes subirte allí arriba tu sólo, Danko —Abi.
—Se puede.
—Además —Adán—. ¿Te vas a tirar todos los días ahí subido?
—No voy a estar sin hacer nada.
—Te volverás loco, es aburridísimo —Paco.
—Pues me traéis cachimba de vez en cuando. A ver, no digo de estar sólo. Digo que repito turnos con quien sea, y así hacéis menos turnos vosotros.
—“Nah”, no te preocupes Danko —Esteban—. Cúrate la mano y luego ya te metemos en los turnos.
—¿Entonces? —insiste él, para que avancen en la planificación. Quiere poder organizarse bien el tiempo de una vez.
Danko parece haber aceptado lo que le han dicho… aunque se ha quedado con la mirada perdida…
Al final resuelven dejar las cosas más o menos como estuvieron antes, simplemente ajustando un poco las tareas al nuevo refugio. También oye que tratan algo de las basuras. Danko ha traído el mapa que hizo. Cree que van a trasladarlas a una cámara lejana de la mina.
Ordenador.
Dormir.
Se levanta. Sale a correr y a hacer ejercicio con Abi y con Adán. Danko se apunta a correr con ellos. Dos horas de mañana.
Baja. Se ducha con Abi. Se sienta en el ordenador sin Paco que está ayudando a Esteban con los papeles. No cree que quede nada que sacar de ellos. El PC es lo importante. Guardia.
Comida. Charlan. Se echa una siesta con Abi. Paco y él vuelven a donde estaban. Sin resultados.
Cena. Todos se van a sus cuartos. Sexo. Dormir.
Se levanta. Salen a hacer deporte. Primero corren con Danko. Luego Abi los saca fuera, ya sin él, y decide que practiquen escalada en árboles y paredes de roca. Esteban y Carla se apuntan, les gusta mucho la escalada. No es muy viable hacer mucho sin cuerdas ni materiales.
Baja. Se ducha con Abi. Sexo. Se sienta al ordenador con Paco y con una cachimba.
—Sabes chaval, te envidio…
—¿Sí? Oye, ¿entonces “abrir” en alemán se podía decir de varias formas?
—Sí. Aquí te las apunté. —Señala una de las muchas hojas que tienen espurriadas sobre el escritorio—. ¿Cómo conseguiste conquistar a tu chica?
—No sé. Oye, ¿y entonces “esto” qué significa?
—¿“Eso”? Creo que es algo así como “Lista de gente”. Venga cuéntame…
—¿Es el nombre del archivo?
—¿Sí…?
“¡Bien!”. “Que no pase como la otra vez por favor…”. “Abrir Lista de gente”. “No encuentro tal archivo”. “¡Joder!”. Y por supuesto, los comandos que introdujo para llegar hasta él ahora arrojan otro resultado.
—¿Y “esto” que es?
—Ahí pone algo de que la dirección de memoria ha sido modificada.
“¡¿Qué?!”. “¡¿Cómo, cuándo, por qué?!”. ¿Lo ha hecho el ordenador, solo y para fastidiarle?…
Comida. Necesitan cuerdas y material de escalada, proponen. A la tarde saldrán a por ello, organiza Esteban con bastante ilusión y energía. Le motiva tanto que se siente con ganas de escalar a la mañana siguiente. Ordenador con Paco. Vuelve a intentar charlar con él sobre cosas. Al final no trabajan apenas por su culpa.
Es un hombre interesante. Le habla de religiones extrañas que ha conocido porque en algún momento él le ha revelado que es católico. Los demás se han marchado. No, Andrea y Yoni no. Pasan un par de veces jugando al escondite por el búnker. Danko tampoco está.
Regresan todos. Traen cuerdas. Cierto jolgorio. También aparece Danko algo mohíno. No suelta prenda de qué le pasa. Cena. Abren un whisky para celebrar las cuerdas y un poco el estar vivos por lo visto. Se emborracha. ¿Sexo?
Duerme.
Se levanta. Salen a correr con Danko. Escalan con Esteban y Carla. Se agota. Baja. Ducha solitaria. Se queda dormido en la silla. Se despierta con Abi acurrucadita a su lado. La besa. Comida. ¿Estarán poniendo al día el inventario?
Pasa la tarde frente a la pantalla. Paco va y viene. Parece estar “ocupado” en algo con Adán y con Merlo… A saber en qué andan metidos. Avance significativo. El ordenador preguntó quién era cuando intentó probar a darse permisos para acceder a los archivos. Él respondió introduciendo el nombre, la identificación y cuantos datos pudo de uno de los investigadores fallecidos en diversos intentos. Todas las veces respondió “False” la máquina. Cuando introdujo “Hugo” dejó de preguntarle quién era. Aunque no logró nada más de él. Nada coherente al menos. “¿Los problemas serán porque necesite una contraseña o algo así?”. “Misterioso…”.
Le interrumpe Abi. Le pide ir a dar un paseo con ella. Caminan de la manita por la arboleda circundante a la mina. Hay humo a lo lejos. Inspeccionan. Alguien hizo una hoguera hace no demasiado. Abi dice que el rastro se aleja. Vuelven. Cenan. Lo comentan. Convienen en hacer una guardia atenta esa noche los grupos a los que les toca.
Todos se acuestan. Sexo. Duerme. Guardia. Duerme.
Se levanta cansado. Sale a correr, se apunta Danko. Esteban y Carla hicieron guardia después que ellos, así que no se levantan. Deciden hacer musculación.
Baja. Se duchan juntos pero sin sexo. Están cansados. Ella se tumba en la cama detrás de él mientras “trabaja”.
—Cielo, ¿te tumbas un ratito conmigo? Te pasas el día ahí pegado, descansa un poco.
—Vale… ahora mismo voy…
Ordenador. Ahora va…
—Vamos a comer cariño.
—¿Qué?
—La comida.
—¡Ah! Lo siento…
—No pasa nada… pero he dormido solita —le dice con voz triste de broma.
Come. Danko no está. Deciden salir a buscarle nada más terminan. Él se apunta. Están un par de horas buscando por los alrededores. Abi no encuentra el rastro… Regresan preocupados, y Esteban y Andrea también enfadados.
Ordenador preocupado. No le vuelve a preguntar quién es, pero tampoco tiene éxito. Aparece Danko. Trae pilas orgulloso. Van al comedor a que cuente su historia. Él se queda trabajando, aunque pega un poco la oreja. Dice haber ido andando a un pueblo, haberse colado en una casa y traído todas las pilas que había. Le agradecen. Adán se ofrece a acompañarle la próxima vez. Luego discuten con él. Que es egoísta salir sin avisar y que los tenía preocupados. Guardia.
Llegan tarde a la cena… no está claro si están sorprendidos de que lo haya conseguido solo o si siguen molestos con Danko. Él no tiene opinión.
Sexo.
—¿Estás bien Hugo?
—Sí… ¿por?
—Últimamente estás un poco distante…
—Lo siento, niña…
—Tranquilo, también me pareces sexi tan concentradito…
—Gracias… —Se ruboriza.
—Nunca te había visto así.
—¿Te estás sintiendo desatendida o algo?
—¡Por favor…! ¿Piensas que soy esa clase de chica? Pensaba que me conocías mejor…
—¡No, no…! Abi lo siento, yo quería…
—¡Que te estoy tomando el pelo bobo!
—¡No vale que abuses de mí porque soy pequeño!
—Pequeño… ¡Ya! No tengas morro.
—¡Pero si eres tú quien me lo llama…! Si te soy sincero… no sé qué querías decir con “esa clase de chica”…
—¡Pero qué mono que eres!
Ella ríe con una profunda carcajada. Después se apretuja contra él y empieza a respirar profundamente. Duerme.
Se levanta. Salen a correr los de siempre. Carla y Esteban tienen guardia. Después entrenan los grupos musculares que no ejercitaron el día anterior. Danko se apunta a aquellos ejercicios que no requieren de las manos, y también sugiere algunos que practicar.
Baja. Ducha solitaria. Abi propone hacer prácticas de tiro a todos, dentro de una de las galerías más amplias para que el ruido no delate su posición. Sería bueno buscar tapones para los oídos para el futuro, comentan. Todos menos Paco, Andrea, Danko por motivos ajenos a él y Yoni se apuntan. Danko insiste en que Yoni y Andrea deberían unirse. Pero aunque parecen dejarse convencer, no para ese día. Al final practican fuera, hasta que puedan iluminar una sala en que hacerlo. Utilizan los subfusiles dado que es el arma de la que más munición disponen, compartida con las pistolas. Cinco balas por persona y día de práctica, raciona Abi. Dice que poco a poco irán cogiéndole el truco aunque sea con tan pocos disparos.
Comen. Guardia. Ordenador. Esteban se ofrece a ayudarle, dado que dice estar aprendiendo alemán gracias a Paco. Éste último está esa tarde con Adán y Merlo haciendo algo “secreto”…
Esteban es listo, pero al principio le ralentiza teniéndole que explicar lo que ha averiguado hasta el momento. Luego aporta un par de buenas ideas que… no funcionan. Luego se quedan en silencio mirando a la pantalla, leyendo como pueden los “tronchos” de palabras en alemán que les devuelve a ratos y tecleando muy de vez en cuando.
—¡Así no se puede! ¡Este ordenador tiene mucho “sida”! El próximo día que salgáis… ¿podríais intentar traer un diccionario de alemán, por favor?
—¿Con quién hablas, pequeñajo? —Abi.
—¿Eh? Con Esteban… —Busca confuso al compañero a su alrededor.
—Se marchó hará como un par de horas cielo…
—¿Ah sí?
—Sí…
Ordenador en solitario. Cena.
—Chicos… —inicia él—. Podríais la próxima vez que salgáis buscar a ver si encontráis un diccionario de alemán… y si pudiera ser una gramática sería genial.
—Vale —Esteban—. Mañana podríamos salir un rato por la mañana a ver si conseguimos algunas cosas… Si hay algún almacén o ferretería cerca podríamos ir a buscar cables y bombillas para ir iluminando un poco las cuevas… Tendría que ser un pueblo con biblioteca.
—¡Me apunto! —Abi. Preocupación.
—Me apetece salir a mí también —Carla.
—Vale, pues podríamos ir también con Paco si él quiere, a… —Esteban.
Cena. Se quedan solos Abi y él en el comedor, fregando cacharros aunque no les corresponda, en lo que Merlo y Paco se han ido a su guardia; en favor que esperan algún día les retorne, para que los pobres no tengan que fregar al llegar de madrugada. Aparece Adán.
—¿Interrumpo?
—¡Qué va, pasa! —invita él.
—Quería hablar contigo —dice mirando a Abi.
—¿Me marcho? —pregunta intentando poner tono sincero.
—No hace falta… —Conoce el tono dubitativo, casi avergonzado, que utiliza su amigo cuando quiere pedir algo.
—Dime, Adán —Abi.
—Quería preguntarte por ir a Madrid.
—¡Es verdad! Perdona. Tienes que estar muy preocupado por… Liliana —apresura rauda su chica, claramente intentando evitar que se note mucho que no recordaba el nombre.
—Sí…
—Vale. A ver… ir a Madrid no es algo que vayamos a poder hacer a la ligera. Tenemos que organizarlo muy bien.
—Ya…
—Pero no se me vuelve a pasar, voy a ir mirando qué nos puede hacer falta, a ver quiénes se apuntan, sería bueno que fuéramos bastantes…
—Gracias.
—Yo también me apunto, Adán —añade él.
—¿Cuándo podríamos ir?
—¿Lo intentamos la semana que viene, en cuatro días o cinco, que hayáis disparado un poquito más? Y así lo podemos plantear con calma y con algún mapa.
—¡Vale!
—Adán.
—¿Sí?
—¿Te apetece echar unas cartas? —le propone él, sintiendo el impulso de no dejar al amigo sólo por un rato. Mira a su novia y ella le asiente.
—¡Vale!
Sacan los naipes y juegan un rato, abriéndose una litrona de cerveza. Echa de menos la cerveza cara que solía beber antes de todo…
Se van a la cama.
—¿Estás segura de querer salir mañana?
—Sí, ¿por?
—Me da miedo que te ocurra algo por ahí… ¿Quieres que vaya contigo?
—¿A mí? —Ríe—. Tranquilo pequeño, estaré bien.
—¿Sí?
—Sí…
—Vale… Es que no me gusta cuando sé que te tengo lejos.
—Gracias por preocuparte por mí. —Lo besa—. No me pasará nada.
Sexo. Duerme.
Se levanta. Abi se prepara para salir con los otros, a los que tiene que despertar porque se les están pegando las sábanas. Esa mañana sólo corren Danko, Adán y él. Esteban, Carla, Abi y Paco parten en el todoterreno.
Ducha. Ordenador. Adán y Danko salen con Yoni del búnker hablando de algo de unos cuchillos. Yoni parece ilusionado. “¿Sigue Danko con la mano mal?” Lo comprueba. Sí, al parecer. Siente admiración por lo duros que son sus dos amigos, pero especialmente el búlgaro. “¿Cómo irá a hacer lo que sea con los cuchillos?”.
Andrea y Merlo pasan frente a la puerta en dirección al almacén. Luego regresan y los oye meterse en el comedor. Al rato los oye discutir en bajito, pero claramente acalorados, por largo rato. Después silencio. Después escucha sutilmente crujir a intervalos la cama de la habitación de ella. ¿Estarán manteniendo al día el inventario? Él, por la parte que le toca, sí…
Intentando de nuevo acceder, por probar algo, a los dispositivos conectados al ordenador, éste le pregunta si desea encender algo que no sabe qué es. Dudoso, pero sin nadie a quién preguntarle, decide indicarle que “sí” en alemán.
La máquina contesta un mensaje que tras el esfuerzo de traducirlo con los papeles que tiene a mano, cree que significa la confirmación “dispositivo ‘algo’ encendido”. De repente se siente violento. ¿Qué ha pasado? Como si acabara de saltarse una norma o algo, intenta dar marcha atrás. Escribe las mismas instrucciones sólo que añade “apagar” y el nombre de la cosa que quiera que haya encendido. El PC devuelve un mensaje con su nombre en él. Tras traducirlo… “Hugo no estás autorizado”, o algo así… “¡¿Qué coño?!”. “¡Bueno! Es un avance, ¿no?”. Apunta el nombre de lo que quiera que haya encendido para preguntarle a Paco luego… ¿Así que tiene autorización para encenderlo pero no para apagarlo? “No tiene sentido…”. “¡Argg!”. Su novia está fuera…
Hora de comer. Esperan un rato a los demás. Al final preparan comida para todos pero empiezan ellos. Está preocupado. Ordenador.
A media tarde regresa el grupo. Alivio. Lleva sus preguntas a Paco. Le dice que no tiene muy claro lo que significa; algo así como que se ha activado el “no sabe qué” del “peto”…
Por lo demás, comunican haber tenido éxito en la misión: que han traído algo de comida, ¡un par de libros relacionados con la traducción del alemán, un diccionario bilingüe y un diccionario en alemán!, y que tienen muchos metros de cable y algunas bombillas en el maletero. También alaban la eficacia de aquellos machetes. A parte también han traído, informa Esteban sonriente en la cena, varias cajas de condones para ir reponiendo.
—¿Qué son condones? —Yoni.
Silencio.
—Pues son lo que utilizan los mayores cuando quieren tener sexo, pero no quieren tener hijos todavía.
—¡Danko! —exclaman al unísono Andrea y Carla.
Más conversación y discusión entre enfado y risas a partes iguales y un Yoni de aspecto confundido y pudoroso…
Guardia. Cama. Sexo. Dormir.
Se despierta. Salen a correr con Danko. Vuelven a escalar con Esteban y Carla. Les toca limpiar a él y a Abi.
Bajan, cogen herramientas, parece que es mucho más trabajo ahora que tienen que cuidar un poco de los barracones y de todo el agujero. Se cruzan con Adán, Esteban y Carla en las minas, que salen de las duchas y les informan de que irán a ponerse a instalar luces para las prácticas de tiro, que no se atreven a tocar la instalación del agujero si es que se puede, así que las conectarán al generador exterior que ya casi ni estaban utilizando. También intercambian brevemente la preocupación de que se les acabe la energía allí abajo, pero lo descartan por improbable.
Poco después Esteban reaparece y le pregunta por lo del “peto”, al parecer le ha informado Paco. Le dice que no sabe lo que es. El otro le dice que esté atento y que por favor le informe. Abi al enterarse se muestra preocupada de que alguien más pueda saber lo que están haciendo y por eso no les deje desactivarlo. También le recrimina, cree que sin animosidad, que no le haya dicho nada. Se encoge de hombros y se disculpa. Empiezan a limpiar.
Siguen limpiando y preparando lavadoras. Es una pereza ir por los túneles a oscuras. Piden al equipo de electricistas que se planteen si sería viable iluminar el camino entrada-agujero, a ser posible con un interruptor en ambos extremos. Dicen ir a estudiarlo luego.
Comida.
Carla, Esteban y Adán dicen haber descubierto que los del búnker hacían exactamente lo mismo con la basura que lo que estaban haciendo ellos, que una de las galerías profundas olía fatal, pero que han encontrado una que parece amplia para practicar. Abigaile informa que habría que trasladar maderas y colchones para colocarlos contra la pared en que se dispare y así evitar rebotes. Aceptan encargarse de ello luego.
En un par de horas ya tienen casi todo finiquitado. Danko está por los pasillos del búnker, parece que esperando algo. Le preguntan pero no dice mucho; hasta que pasa Adán en solitario por allí. Se acerca a hablarle. Él presta atención. Le dice que va a ir a buscar tapones para los oídos a la urbanización cercana, que si se apunta. El otro acepta y desaparecen brevemente después, ataviados con las armaduras del almacén, aunque no han pedido ningún arma de fuego…
Terminan de limpiar. Se duchan. Ordenador. Sigue sin dejarle desactivar lo que quiera que haya activado. Desiste, mañana reenfocará las cosas de otra forma.
Abigaile está haciéndole compañía, se da cuenta. “¿Lo ha estado haciendo otros días también?”. Pobre, debe de sentirse bastante preocupada por él.
—¿Estás bien? —Parece que se ha dado cuenta de que ha tomado alguna decisión nueva.
—Sí… Voy a invertir algunos días en intentar aprender cosas básicas de alemán, a ver si Paco me ayuda. Esta cosa sólo parece aceptar ese idioma, y es preocupante, porque creo que lo que pasa es que debería hablarle más como a una persona que como a un ordenador…
—¿Por qué?
—Es difícil de explicar… cada vez siento más que es como… si tuviera personalidad… Es decir… creo que no consigo avanzar porque… no confía en mí… Sé que suena absurdo.
—Para nada… Yo no tengo ni idea de estas cosas… pero si has llegado a esa conclusión seguro que tiene algún sentido. Cariño eres una persona muy inteligente.
—Gracias… No sé, no sé cómo solucionar lo de esta “cosa”.
—No pasa nada, pequeñajo, si te equivocas al final, otra cosa más que habrás intentado… Pero si piensas que tiene personalidad, ¿por qué no empiezas por dejar de referirte a ella… o él, como “cosa”?
—Puede ser un principio…
—¡Pues si quieres! —Salta con mucha energía de la cama—. Me pondré a estudiar contigo. Se me dan bien los idiomas, si se trata de eso a lo mejor consigo ayudar. ¿Empezamos?
A menudo se muestra muy dispuesta a involucrarse con sus cosas. Le hace ilusión. Antes de que todo empezara, le gustaría a él haber podido involucrarse más con su trabajo, siempre tan secreto, y haberla ayudado.
Buscan a Paco y lo secuestran de algo que estaba haciendo con Merlo. Últimamente esos dos pasan muchos ratos juntos, y cogen herramientas…
Se sientan los tres en la cama de su dormitorio y, con los libros delante, hojas y boli para ir apuntando cosas, le piden que les enseñe lo que sabe, centrándose en cómo hacer gramática y frases hechas, etcétera… las palabras las estudiarán por su cuenta.
Su dormitorio es el más espacioso de todos, y además tienen una taquilla para que Abi custodie las armas, que desde los incidentes de la puerta nadie ha cuestionado que las vigilen ellos. También cuenta con el ordenador todo para él. Pero tiene la desventaja de que siendo un punto de paso, lo utilizan otros a menudo, a veces para trabajar, y siempre para entrar y salir; así que no pueden gozar en él de intimidad hasta que no cae la noche, y aun así atentos a quién va y vuelve de las guardias.
De repente suena una voz desde el ordenador. Es la voz de Danko.
—¡Ponte el casco tío!
—¡Joder, joder, joder! —Adán, sonando como muy de lejos.
—¡Cabrón! —Golpe sordo—. ¡Que te den! —Alarga muchísimo la última palabra en pura ira.
—¡Danko! ¡Vámonos, vámonos, vámonos! —La voz de Adán suena ahora muchísimo más nítida—. ¡Vámonos, vámonos, vámonos, vámonos, vámonos! ¡Joder!
Silencio.
—¡¿Quién coño ha metido todos esos zombis en las casas!?
—¡¿Y quién coño les ha abierto la puerta?!
—¿Estás bien?
—¡Sí!, ¿y tú?
—Sí. —Jadeos.
Más jadeos.
—¿Tienes los tapones? —Danko.
—Sí…
—Quería haber cogido algo más…
—Era una puta locura…
—¡Ya!
—Voy a quitarme el casco que me agobia un montón. —De repente la voz de Adán pasa a sonar mucho más lejana—. Aún nos siguen por ahí.
—Es verdad. La de Danko suena todavía nítida—. Vamos a dar un rodeo, ¿no?
—Vale… —Jadeo.
—¿Me ayudas a quitármelo?
—Sí.
Entonces, un “bip” eléctrico, y se enmudecen los altavoces, hasta aquel momento desconocidos, del ordenador.
Se miran, clara, total y absolutamente atónitos entre sí. Él se lanza hacia la máquina buscando sin éxito algo similar a un micrófono y después habla todo lo alto que puede sin gritar, preguntando a sus amigos si pueden escucharle varias veces, pero nadie responde.
—¿Qué era eso? —Abi.
—Esto… ¿Danko y Adán?
—Ya… ¡¿Pero cómo?! —Raras veces la había visto con un semblante de tan descolocada.
—¡Claro! —exclama Paco interrumpiendo—. ¿Tienes por ahí anotado eso, lo del otro día?
—Lo que activé, ¿no?
—¡Sí!
—Sí… aquí, toma.
—¡Sí!, perdón… no era peto. Era coraza. Entonces esto… —Consulta el diccionario—. ¡Sí! Mira, señala una entrada referida a un prefijo… Creo que significa “dispositivos de transmisión de las corazas”.
—¿En serio? —exclama más que pregunta, incrédulo.
—Sí.
—¿Y están en los cascos?
—Eso parece… —Abi.
—¡Joder! —Alarga muchísimo la “o”. A continuación ambos se miran y asienten, comprende que se han leído perfectamente el pensamiento.
—¿Qué pasa? —Paco.
—Pues que —él—, si no me ha dejado apagarlo, es precisamente porque, encendidos, alguien más puede estar escuchando esto.
—Qué listo eres cariño… pero tenemos que decírselo cuanto antes.
—Sí, en cuanto lleguen.
—¿Pero quién? —insiste Paco, que claramente se ha quedado un poco atrás.
—Los que quieran que hayan construido esto.
—¿Nos están oyendo?, ¿o a ellos…?
—No lo sé… puede, joder, puede.
—Esto no me gusta —su novia.
—Ni a mí… —Se toma su tiempo antes de seguir hablando, muy seriamente— Joder, hay que aprender alemán ya, para que esto no vuelva a pasar. Tenemos que descubrir cómo cojones funciona esa cosa.
—Sí.
—Vamos anda.
Tras un par de largas horas de intensa atención estudiando, con esfuerzo redoblado al principio, pero poco a poco, sin que nadie aparezca para contarle lo ocurrido, acaban haciendo agotados un descanso que se prolonga indefinidamente, y se ponen a jugar a los naipes juntos. Aunque él no puede evitar sentirse culpable. A partir de ese día se promete ir a tomárselo doblemente en serio. Ha habido resultados al fin y al cabo. Tarde, asoman la cabeza Esteban y Carla.
—¡Ya hemos preparado la sala de tiro! —dice él, alegre—. Oye, ¿habéis visto al capullo de Adán, que ha desaparecido?
—Sí… Se ha ido con Danko hace bastante rato, a por tapones para los oídos…
—¡¿Qué?! —Se indigna—. ¿Os lo han dicho?
—No. Les hemos oído…
—¿Qué?
Con pelos y señales, Abigaile y Paco les explican todo lo ocurrido. Él se desentiende y aprovechando que le dejan descansar del ocio, vuelve a los libros de alemán. Esteban está indignado porque Danko se haya marchado de nuevo casi sin avisar, y a la vez exageradamente maravillado por el avance de lo de los cascos.
Cenan. Danko y Adán regresan. Cuentan rápido y con ilusión que han encontrado tapones para los oídos en una casa. Se quedan perplejos de que les cuenten a ellos exactamente lo que les ha pasado. Bronca y discusión un poco entre todos pero centrada entre Danko y Esteban por tomar decisiones y hacer cosas sin avisar a los demás. Conversación explicando lo de que los cascos funcionan y que mejor guardarlos y taponarlos hasta que sepan más de lo que ocurre. Danko y Abi volviendo a la carga con que deberían marcharse pronto de allí. Resto de la gente, algo asustada, pero negándose a la idea; también les ha asustado lo que han contado que les ha pasado con los zombis, que por lo visto estaban encerrados en las casas y alguien los ha dejado entrar hasta dentro de una, para después abrirles y que los rodearan. Él no manifiesta su opinión. También le preocupa mucho todo lo que está pasando, pero resolver el misterio de ese ordenador ya es algo personal.
Ordenador. Alemán. Debería seguir estudiando. Apartan y taponan con papel los cascos en el almacén.
Poco a poco las cosas se tranquilizan. La gente se va retirando a sus habitaciones. Paco aparece con una cachimba en su cuarto diciéndoles que Adán estaba cansado y que se quería acostar, que si les apetece fumársela con él o se la lleva para arriba. Él no está muy cansado, y Abi no va a dejarle estudiar ya. Le apetece cachimba. Acepta. Aparecen Merlo y Carla al poco. También les apetece shisha. A todos les apetece alcohol. Abren whisky y después cerveza, sentados en el suelo sobre almohadas. Esteban por lo visto está cansado, pero su novia trasnochadora.
Beben. Fuman. Sacan los naipes. Desinhibición en vena.
—¡Jo! ¡Hugo! —Tiene trío de damas—. ¡Contadnos ya de una vez cómo os conocisteis! —Carla.
—¡Sí tío! —Alarga mucho Merlo la “i” tónica de “tío”—. ¡“Joer”! ¿Cómo te la ligaste?
—Estoy aquí, ¿sabes? Y no fue él quien me ligó… Yo lo seduje a él —dice haciéndole pasar agradable vergüenza al darle un largo beso en el cuello.
—¡¿Cuándo, cuándo?! ¡Cuenta, cuenta, cuenta! —exige Carla.
Se miran entre ellos… y casi sin saber por qué, empiezan a reírse los dos a carcajada profunda.
—¿Puedo? —le pregunta su novia.
—¡Tú sabrás! —exclama entre carcajadas—. Eres tú quien necesitaba mantener el secreto…
—¡Es que es tan cute…! —ríe señalando a Carla.
—¡Lo que tú quieras!
—¡Contádmelo! —protesta ella también muy “alegre”.
Merlo los observa adrede con la cabeza entre las manos, pretendiendo ser sardónico, cree. Paco parece algo adormilado, aunque queda claro que está pegando oreja.
—Pues a ver… —empieza—. Los vecinos de arriba de este buen mozo eran sospechosos de ser miembros importantes de la banda de ETA… ¡Oh my…! Estoy saltándome todas las cosas para las que me he entrenado…
—¡Qué más da! ¡El mundo está lleno de zombis! —grita Merlo. Y de un modo muy “jodido”, todos se ríen. Él, al menos, y de súbito, por no llorar.
—¡Sí! ¡Sigue! —dice con un tono muy extraño Carla… cree que está a punto de ponerse emotiva también.
—Está bien… —Todo se ha vuelto casi solemne de un instante al siguiente—. Pues eso… Mi agencia contactó con su familia y acordaron pagarles bastante dinero por aceptarme y decir que era una prima que iba a vivir con ellos por trabajo. Relaciones públicas de una sucursal en Madrid de Cuétara, que también estaba en el ajo. Yo me preparé muchísimo para poder hacer bien el papel. Sabíamos hasta que ellos —lo abraza—, eran católicos, así que hasta estudié religión. Y bueno… el roce hizo el cariño…
—¡Jolín pero cuéntalo mejor! ¿Cómo una chica como tú…?
—¡¿Una chica como yo?! —Se indigna—. Oye Carla, que sepas que este chico vale muchísimo. No se te ocurra volver a decir algo como eso.
—Lo siento…
—Perdona… creo que me he pasado… A ver… Pues yo qué sé. Todo empezó porque tenía que dormir en su habitación, que estaba justo debajo de la pareja que tenía que investigar. Y me preocupaba un poco… normalmente los hombres son… ¿cómo decís vosotros…? Unos babosos conmigo. Pero él no lo era. De hecho durante mucho tiempo se fue a dormir él al salón porque no quería compartir cuarto conmigo. Yo pensaba que es que era del tipo tímido. Pero no… poco a poco me fui dando cuenta de que este cabroncete ni era que tuviera novia, ni era que no se atreviera a hablarme… sino que realmente no se guiaba por su miembro.
—¡Qué caballero! —vocifera Paco como regresando de entre los muertos y revolviéndole el pelo de un modo tan condescendiente que le cabrea, para regresar inmediatamente a su pseudocoma.
—Pues eso… que yo qué sé. Me despertó muchísima curiosidad y quise conocerlo mucho… y poco a poco me fue enamorando su forma de ser. ¡Me costó muchísimo conseguir que se fijara siquiera un poquito en mí! Pese a estar todo el día en la casa, con las escuchas y el seguimiento. ¿Recuerdas el día en que me cambié delante de ti, en la habitación?
—Sí… —dice con vergüenza.
—¡Apenas ni me miró! Tuve que emborracharlo y tumbarme con él y besarlo para que se atreviera por fin a hacer algo… aunque luego el pillín me reconoció que había empezado a gustarle un poco.
—¡Qué monos! —concluye Carla, definitivamente satisfecha.
—Es súper mono —confirma Abi, terminando de abochornarlo con un largo abrazo.
El sueño alcohólico se va abriendo paso, y al final todos se retiran. Menos Paco, al cual tienen que echar casi a patadas. Le da mucha pereza hacer el camino de vuelta a sus barracas, pero es él quien decidió instalarse allí al fin y al cabo.
Sexo especialmente memorable. Duerme. Guardia con resaca. Abigaile le dice que sabe que él quiere quedarse, al menos hasta haber descifrado el PC, pero que no le enfada. Él no sabe qué decir. Duermen.
Se levanta tarde con tenue resaca aún. Ejercicios matutinos que la curan. Miraditas hacia ellos, la voz de sus confesiones se ha corrido. Le da vergüenza. Ducha tranquila. Prácticas de tiro. Alemán. Comida. Siesta con “felicidad”, dada la rareza de que todo el mundo se va del búnker a diferentes cosas. Guardia. Alemán. Cena. Duerme.
Se levanta. Ejercicio. Prácticas de tiro por turnos en la nueva y acondicionada sala. Han puesto colchones y planchas de las literas de las barracas al otro lado, como les indicaron. Se duchan sin sexo. Alemán con Paco.
Comida juntos.
—¡Cumpleaños feliz! ¡Cumpleaños feliz…!
Merlo, Paco y Adán han aparecido en la sala de estar y han ido hacia Danko con algo envuelto en papel de periódico. Éste les indica que no es su cumpleaños. Ellos a él que ya lo suponen, pero que tienen un regalo igualmente. Ríen y celebran con un par de litronas para todos, lo que quiera que estén celebrando… Ah sí, el regalo que les había hecho andar trabajando en secreto.
Le han fabricado una especie de porra de metal, madera, correas de cinturones en la parte de encaje y un poco de tela negra, diseñada para la forma y tamaño de su muñón. Cuándo hayan tomado las medidas, el propio Danko parece no saberlo. Es una esfera gorda de hierro que parece la junta de algo, ¿tal vez un tren?, engarzada con gruesos tornillos en un molde de madera alargado de unos veinte centímetros, que acaba en una empuñadura de correa ajustable, horadada para que se amolde a la forma que le ha quedado en el brazo que le falta, sólo teniendo que apretar el cinturón a la muñeca y el codo para que quede bien sujeta.
—La idea fue mía. —Sonríe Merlo.
—El diseño mío —aporta Adán.
—Yo tejí la tela una tarde para que no quedara feo el encaje en el codo —añade Andrea.
—Yo ayudé a tallar la madera —agrega Paco.
—Y Esteban —vuelve a decir Merlo, señalando con la cabeza al amigo que permanecía en silencio—, nos ayudó a conseguir las cosas que necesitábamos…
—Sois idiotas… —suelta Danko, clara y extrañamente enternecido; casi parece lloroso.
—¡Vamos, pruébalo! —incita Andrea.
Danko se levanta y busca vistosamente aturdido o emocionado algo que golpear. Al final se aproxima a una de las paredes de hormigón y le da un mamporrazo directo. El sonido resulta impactante y él sonríe visiblemente satisfecho con la contundencia y solidez del golpe que casi ha podido masticarse.
—Jo… muchísimas gracias…
—No tienes que darlas, nos salvaste la vida.
Se acerca y da un fuerte abrazo, uno por uno, a todos los implicados. Incluido Esteban. De repente él se siente fugazmente un poco culpable-celoso-molesto porque no le hayan incluido. Se siente más en deuda que nadie con Danko. Pero decide que no debe sentirse así, sino sobre todo alegre de la felicidad de su amigo.
—Muchas gracias, de verdad…
Se fija en que le han quitado en algún momento, o algún día, el vendaje de la mano que aún conserva, y que ya sólo sigue teniendo los dedos sujetos entre sí por esparadrapo. Se alegra doblemente.
Vuelven a estudiar Abi, él y Paco alemán toda la tarde. Guardia. Cenan. Conversación con su chica. Duermen.
Se levanta. Ejercicio. Prácticas de tiro, Andrea se apunta, aunque no deja que lo haga su hermano, contra la opinión de Danko; a él lo tranquiliza no tener a un niño cerca jugando con armas. Ducha con sexo. Un poco de ordenador intentando aplicar sin éxito nuevos conocimientos de alemán. Comida. Guardia. Alemán sin Paco. Cena. Juegos de cartas entre casi todos. Sexo. Duerme.
Se levanta. Deporte. Ducha tranquila. Paseo con su novia. Se cruzan con Andrea, Merlo y Yoni que están caminando también entrañablemente, los tres cogiditos de la mano. Comida. Alemán con Paco y Abi. Cartas con cachimba. Cena. Guardia. Demasiado cansados para el sexo. Duerme.
Se levantan temprano. Sexo interrumpido. Correr y escalar. Ducha culminando lo empezado. Alemán solo. Limpieza con Abi. Ésta le comunica que ve una muy mala idea ir a Madrid después de haber estudiado mapas y la zona a la que quieren ir; que hablará con Adán. Comida. Hablan con Adán en la mesa. Le proponen posponerlo una semana más para darse tiempo a disparar algo más, que aún están muy verdes. Danko y Merlo se ofrecen voluntarios para ir cuando llegue el momento, ignorantes de que la idea es por ahora ganar algo de tiempo. Esteban se ha opuesto un poco a la idea por declarar parecerle demasiado arriesgada, pero ha dicho que llegado el momento ayudará. Adán acepta con un talante reservado. Alemán con Abi y Paco. La gente se va a por alcoholes, juegos de mesa y tabaco. Regresan con Parchís, Oca y otros semejantes tradicionales; nada friki verdaderamente guay. Esteban se ha rasguñado un brazo con ramas huyendo de zombis. Lo curan. Guardia. Cena tardía. Prueban algunos juegos. Es divertido. Fregar. Un poquito más de alemán. Es muy tarde. Duerme.
Se levanta agotado. Carreras, abdominales y musculación. Su cuerpo parece estar adquiriendo un poquito de músculo. Un poquito… Tal vez sean imaginaciones. Prácticas de tiro; Abigaile se lleva por separado a Adán a empezar a hacer prácticas con el rifle más grande. Ducha solitaria. Alemán sólo con Paco. Abi, con Adán y Danko, yendo a buscar un rastro de humo que han visto. Comida todos. No han encontrado a nadie. Esteban informa haber captado con Merlo la frase “transmisión cíclica” de una voz masculina por la radio de uno de los coches. Él próximo día irán a ver si en algún otro lugar se escucha más. Guardia. Alemán con Abi y con Paco. Carla y Adán informan de haber instalado luces a lo largo del recorrido de la mina a la entrada; por ahora sólo con interruptor en el lado del agujero, que ya harán o buscarán un conmutador. Lo comprueban. Está guay. Han puesto pocas bombillas, pero las suficientes para, ni perderse, ni andarse dando golpes con las rocas. La puerta sigue abierta, es su trabajo acabar descubriendo cómo cerrarla. Más alemán con Paco y Abi. Cena. Cielo despejado, así que salen juntos a ver las estrellas. Siente especial amor por su pareja. Por primera vez que él sepa Merlo y Andrea se demuestran cariño delante de todos cogiéndose de la manita junto a ellos en la roca del desayuno. Carla cuchichea emocionada señalándolos con Esteban. Él parece un poco frío. Duermen.
Se levanta. Ejercicio. Ducha solitaria. Pone en práctica lo aprendido. El ordenador se muestra, tal vez, algo más… “comunicativo”… Le ha pedido las cosas al ordenador en su algo mejorado alemán, más que darle instrucciones, y han conseguido abrir y traducir parcialmente dos archivos; pero luego el ordenador ha vuelto a su obstinación pese a que intentara repetir las mismas estructuras de peticiones que usara antes… Comida.
—¡Chicos! —inicia él casi sin dar tiempo a nadie a masticar las primeras cucharadas de judías blancas—. ¡Por fin hemos conseguido leer los primeros archivos!
—¡¿Ah sí?! —Esteban, que suelta los cubiertos y se centra completamente en él—. ¡Contadnos!
—Pues… es bastante inquietante. Sobre todo el primero. Bueno a ver… primero de todo. —Se recoloca en la silla un poco, preparándose para exponerles lo descubierto a todos—. Es seguro que esta gente tenía que ver con lo que está pasando.
—Hombre, eso ya estaba claro, ¿no? —Danko.
—¿Por qué? —Esteban recalca el “por” en vez del “qué”. No tiene muy claro si la pregunta va hacia él o hacia Danko pero decide responder, por si acaso esos dos fueran a volver a friccionar.
—Por los dos archivos. —Silencio expectante—. A ver. Uno se llamaba “instrucciones de la primera fase personal de apoyo” o algo así… Creemos que estaba dirigido hacia los que estaban aquí como soldados… o vigilantes o lo que fueran. Pero es un documento amplio… da a entender que tienen bastante gente en más sitios.
—¡Pero qué dice!
—No hemos podido entenderlo todo… básicamente que cuando empezara algo así como la “fase uno”, el trabajo de ellos sería, los que estuvieran con investigadores velar por su seguridad primero. Y después, tanto ellos como algo que hemos entendido por “los demás”, buscar supervivientes, anotar sus DNIs y áreas de ubicación y escribirlas en… un archivo en red o algo así. Antes de que digáis nada, no hemos conseguido acceder a ese archivo en red.
—¿Fase uno? Eso significa… —Adán.
—Que hay más fases, sí —termina él la frase.
—¿Y la fase uno… ha empezado? —Carla.
—Claro —Danko—. ¿Qué crees que es esto que está pasando?
—¿Cómo lo sabes?
—No lo sabemos —continúa él—. Pero yo también creo que se refiere a esto.
—Ah pues qué bien. ¿Estás diciendo que todo esto es obra de alguien, de los que han hecho este sitio? —Parece muy asqueada de golpe, mirando las cosas que le rodean.
—Está claro que sí Andrea —Esteban—. Lo de que… “jugásemos” a zombis el día que empezó todo no podía ser una coincidencia. Pero no sabemos si han sido ellos, o si sólo sabían lo que iba a pasar. Por lo que sabemos bien podrían ser los que están intentando salvarnos a todos.
—¿Has visto las esvásticas de las paredes, Esteban; el ordenador en alemán…? ¿Necesitas cadáveres de judíos, o qué?
—¿Has visto que se supone que aquí estaban investigando armas para matar a esas cosas, Danko? ¿No sabes diferenciar entre una esvástica nazi y una invertida? No seas cínico con el holocausto.
—Lo que tú te quieras creer… —contesta casi con tono de mofa.
—Vale, Danko. ¿Bueno y el otro archivo?
—Pues… —Carraspea aprovechando alargar la palabra para ordenar su cabeza—. A ver… era una especie de ficha sobre una de esas cosas. Lo llamaban “fantasmas”. Creo que nos encontramos ya con uno. Ponía que se requería una imagen, lo cual por cierto me hace sospechar que tal vez todos los archivos estén en red… En fin. La descripción era que apenas se parecían a la persona que fueron. Altos y delgados; de articulaciones de huesos… supongo que significaría más bien “huesudas” la palabra. Perdón. Bueno; ponía que estimaban un índice de ocurrencia de entre el uno y el cero coma cinco por ciento… Creo que sobre el total de zombis. En el propio archivo lo describían con el término zombi, ya os lo he dicho. También decía algo de las capacidades descubiertas. Que su cuerpo es tan duro como la piedra, así que sólo se recomiendan disparos de armas de alto calibre y a la cabeza. Algo que no entendimos muy bien de que están en “transfrecuencia”. Animo a cualquiera que pueda a que lo traduzca mejor. El caso es que por lo visto son invisibles una vez transformados, hasta que se está muy cerca de ellos a causa de eso. Y que su presencia altera el cerebro y causa náusea y mareos… Pero sobre todo, creo yo que lo más importante, que su presencia, no me digáis por qué, es contagiosa. Que alrededor de cinco metros o menos de ellos, momento a partir del cual empiezan a ser visibles según pone, se está en riesgo de contagiarse, que se ponga en cuarentena de tres días a aquellos que hayan sido expuestos. Eso y que sus garras no son de “materiales convencionales” y que por ello no existe aleación que pueda proteger de ellas… Ah bueno, pero que a diferencia de unos a los que se refieren como “gritones” y resto de tipos, conservan la lentitud característica de los “normales”.
—¡Ah pues qué bien! —Merlo.
—…También ponía —continúa haciendo caso omiso de la interrupción—, que tienen la teoría de que si coinciden en gran número el alcance de su… “aura” pueda ser que se multiplique, y que creen que se muestran hostiles hacia otros zombis; que se requieren mayores evidencias de ello.
—Bueno… eso significa una cosa —Danko, que mira primero a su muñón envuelto por el arma-regalo que le hicieron, y a continuación a Carla—. Tú y yo estamos fuera de peligro.
—Si esta gente toma tres días de cuarentena está claro que ese plazo cuenta encima con margen —aclara asintiendo Esteban.
—¿Tú crees? —dice Carla con tono claramente aliviado. Se fija por primera vez desde que todo pasó en su mano. Tiene un aspecto completamente sano.
—Esto es de locos… —Andrea coge de la mano a su hermano y sale de la habitación a grandes pasos.
¿Lloraba? Merlo queda unos segundos como ajeno a todo y acto seguido sale tras ella. No regresan.
—¿Sabéis algo de si es que la infección o lo que sea se puede resistir, o qué? —Danko.
—Yo no he visto nada de eso —Paco.
—Yo tampoco, lo siento.
—Joder… sí que es de locos —su novia.
—Bueno, ahora sabemos algo más. —Esteban casi parece contento.
El silencio reina el resto de la comida, y todos se retiran pronto. Ordenador sin nuevos ni mejores resultados, así que alemán. En privado Abi trata de convencerlo sin mucho afán de que no es buena idea quedarse allí, que hablen con Danko y los demás y que se vayan ya, que quienes quieran se queden; pero no insiste demasiado ante su llana negativa de dejar a nadie tirado. Guardia. Cena. Cama sin ganas de sexo. Duerme.
Tiene un sueño muy extraño esa noche. Está en un suelo de tierra pálida, con reflejos aquí y allá azulados. Sus amigos están con él, aunque no sabe muy bien quiénes. Y frente a ellos hay un hombre alto y corpulento, casi tanto como Cuarentaisiete, todo el cuerpo cubierto por una gran gabardina oscura, y el rostro sin melena escondido tras una máscara de gas de cristales amarillos.
Después está en algún lugar familiar indeterminado, pero que a la vez es sobre las nubes… y ve caer feliz, como cabalgándola, a Jesús, su amigo de toda la vida, sentado a horcajadas sobre lo que sabe es una bomba atómica. Después se despierta sudoroso.
Primero su novia. Pero desayunando, descubre con los demás que, absolutamente todos, incluidos los que no sabían quién era el chico que cabalgaba, han tenido el mismo sueño. Esto es de locos… y no tiene sentido esforzarse por comprenderlo. Pero quiere comprender… Ejercicios. Prácticas de tiro. Ducha. Alemán…

Se levanta. Guardia. Prácticas de tiro. Ducha.
Una mosca molestando en el ordenador que emplea una hora entera en cazar. “¿Cómo diablos ha llegado?”. No ha vuelto a lograr nada.
“¿Cuántos días han pasado?”. Veintitrés por lo visto desde que conocieron a Cuarentaisiete. Alemán con Paco y Abi. Adán no ha vuelto a decir nada de ir a Madrid, pero tampoco habla apenas nada desde hace varios días. Tampoco han vuelto a hablar mucho del sueño aunque, salvo por Esteban y sorprendentemente Danko, el talante general es alicaído. Comida. Decide pasar la tarde con su amigo. Le sonsaca que está planteándose ir a Madrid, solo o con Danko si se apunta. Trata de disuadirlo y, aunque el otro acepta, no tiene claro haberlo conseguido verdaderamente. Lo comentará luego en secreto con su novia a ver qué opina ella. ¿Conseguiría Esteban captar algo más en la radio? Supone que o no lo intentó, o no, o no ha dicho nada, o no se ha enterado él. Cena. Juegan a lanzar cuchillos a los árboles. Danko ya utiliza su mano, aunque sigue con dedos sujetos entre sí. Sexo. Duerme…
Lo despierta el murmullo de voces. Abi no está a su lado.
—No les hemos dejado bajar. Están Merlo y Paco con ellos ahora —Es la voz de Andrea.
Entreabre los ojos somnoliento, profiriendo un escaso “¿qué pasa?”. Frente a él, de pie, están Andrea junto a la puerta hacia el exterior, cerca de la cama su novia, girándose a observarlo, Danko apoyado contra una pared fumando un cigarrillo y Esteban de brazos cruzados.
—Nada pequeño, ha venido gente por lo visto. Estábamos hablando qué hacer.
—¿Qué?, ¿quiénes?
—No lo sabemos —Andrea—. Dicen que estaban durmiendo al raso y que les atacaron un grupo de zombis que gritaban.
—¿Y cómo han llegado?
—Vinieron corriendo hasta la puerta principal; les gritamos que se quedaran fuera mientras bajábamos de la atalaya, pero no logramos evitar que la saltaran.
—¿Cuántos son? —Se restriega los ojos para quitarse las legañas, entendiendo que ya va a quedarse despierto.
—Tres, una chica y dos hombres. Dicen ser hermanos.
—¿Y los zombis?
—No lo sé, no han aparecido; venía a por armas también, debería subirlas, no les ataquen.
—¡Sí, vamos! Eso es lo prioritario —Esteban, girándose hacia Abi.
—Un segundo —contesta ella asintiendo.
Va hasta su lado y, acariciándole brevemente el pelo, se sienta en la cama junto a él, que está incorporándose. Abre uno de los cajones de la cómoda y saca las llaves de la vidriera de los químicos, donde ahora están custodiadas también las armas.
—Vamos a subir los que estamos con las pistolas, yo creo que es mejor no coger nada más.
—Sí… mejor no enseñarles que tenemos otras cosas.
—¿Desconfiamos de ellos por algún motivo?
—Se lo decía a Andrea antes —su novia—, en las vueltas que di tenía la sensación de que había gente que hubiera estado merodeando y durmiendo por la zona. Vi las marcas de los mismos zapatos un par de veces en sitios bastante lejanos entre sí… Y luego estaban ese par de hogueras, y algún que otro rastro más… casi en círculo alrededor de nosotros.
—¿Por qué no has dicho nada antes? Aquí ninguno de los dos contáis lo que hacéis. —Entiende que se refiere a Danko como el otro de “los dos”.
—Perdona Esteban; supongo que tienes razón. Quería estar segura antes de levantar alarma, y aún no lo estoy…
—Vale, bueno… ¿vamos?
—Sí. Hugo, ¿te vienes con nosotros o te quedas?
—Sí, sí, voy. Sólo un segundo que me calce. —No le gusta salir con la ropa de andar por allí—. ¿No despertamos a los demás?
—Sólo faltan Adán, Yoni y mi novia. Puede que incluso sea mejor que por ahora no sepan exactamente los que somos.
—Vale…
—Ya luego se lo decimos. ¡Vamos!
—Toma. —Abi le entrega una pistola, recalcando con sus movimientos que se la guarde como ella bajo la camiseta.
Salen a paso rápido hacia las escaleras. Todavía está entumecido, aunque le sorprende el vigor que empieza a tener, que ni le cansa tener que subir el trecho de escalinata de mano recién levantado.
—No deis la luz —Esteban—, si no les guiamos nosotros, es imposible que encuentren rápidamente este sitio si se cuelan.
—¡Ni de coña lo encuentran! —exclama Danko con cierto orgullo.
—Así que no les demos pistas. Al menos hasta averiguar qué palo se gastan.
—Ok —asiente él.
Giro aquí, giro allá, recto… Ya se conoce el camino como la palma de su mano, y la linterna que lleva Esteban en la cabeza es suficiente para recorrerlo; aunque todos se quejan en algún momento por haberse dado algún golpe flojito contra algo. Bueno, Danko no. O ya son esos túneles su casa, o si se ha dado es que no padece, que también podría ser; ríe internamente…
Al fin se vislumbra la tenue oscuridad amainada de una noche encapotada, contrastando con el abismo del que proceden.
El exterior es gélido, pero parece tranquilo; con el runrún manso del generador encendido, alimentando las visibles luces de los barracones. Apremian el paso y entran. Un par de personas pegan un respingo. Merlo y Paco, sentados en la única litera que han dejado viva allí, saludan con un gesto de cabeza.
El primero que ha pegado un bote parece tener unos treinta años y una larga barba castaña en contraste con su cabeza calva. Viste unos gastadísimos pantalones de camuflaje caqui y un abrigo negro.
La chica, que también se ha alarmado ante su súbita aparición, es rubia de pelo lacio. Tiene ojos azules y una cierta mirada perdida que le evoca la de los senderistas que se cruzaba en la Pedriza. Parece bastante poquita cosa; sólo un poco menos flaca que él. Viste ropa de montaña.
El otro, sensiblemente mayor que los demás, tiene un peinado corto, de tono negro mezclado con muchas canas. Lleva botas militares y pantalón caqui duro; el resto lo tiene cubierto por un abrigo verde de visible calidad. Éste se ha quedado simplemente mirándolos en silencio.
Junto a ellos hay dos macutos de tela grandotes y tres mochilas, todos ellos tirados por el suelo, del cual se están levantando. Parecen tiritar un poco, es cierto que allí hace frío.
—¡Hola! ¡Soy Esteban! —Se adelanta a saludarles y estrecharles la mano.
—Yo Danko.
—Andrea.
—Sonia —miente su novia.
—Yo soy Hugo —termina él, sin acercarse, sólo agitando la mano, aunque intentando parecer amistoso. Por ahora no ve nada en ellos que le incomode; más allá de que son desconocidos.
—Encantado; yo soy Francisco —el mayor.
—¡Anda, tenemos otro Paco! —ríe Esteban dándole una palmada en la espalda.
—Yo Daniel.
—Cristina.
Al final, todos acaban saludando y presentándose a todos.
—Perdonad el frío; la calefacción tardará un rato en notarse, no solemos ponerla —Esteban.
—No es para tanto —Paco.
—Sí… no pasa nada —Francisco, fracasando en su intento de ocultar estar helado—. ¿Vivís dentro de la cueva o qué?
—Sí, más o menos.
—¿Y no podríamos pasar? —la muchacha, abrazándose los hombros a sí misma.
—Bueno, podríamos ir a la entrada, pero allí hace el mismo frío que aquí… Es que dentro aún queda gente durmiendo; mañana podríamos hablar entre todos si os dejamos pasar o no. ¿Tenéis intención de quedaros a pasar la noche?
—Sí, por favor —Daniel.
—Claro, claro sin problema.
—¿Pero por qué no nos dejáis entrar? —insiste Cristina.
—Lo siento… hemos tenido algún problema con los desconocidos. Mañana lo hablamos entre todos si es que os quedáis más tiempo.
—Pero…
—No seas pesada, hermana —Daniel—, es normal; ya están siendo muy amables.
—¿Queréis algo de comer? —aporta Andrea—. Paco, ¿tienes cosas por aquí arriba, no?
—Sí, sí.
—No, no te preocupes, de verdad, sólo queremos descansar un poco —Francisco.
Vuelven a sentarse los nuevos en el suelo, parcialmente sobre sus mochilas. Él se hace hueco entre Merlo y Paco en la litera. Los recién llegados huelen a humanidad que tira para atrás. Danko se ha vuelto a apoyar en la pared y se ha encendido otro cigarrillo sin decir nada, mirándolos fijamente. ¿Lo hará a posta? Porque si él se está sintiendo un poco intimidado los otros deben de estarlo bastante. Lleva puesta su “maza” en el puño.
—Bueno, contadnos —comienza Esteban acuclillándose cerca, como si fuera inmune a su pestilencia—, ¿qué os ha pasado? Andrea sólo nos ha dicho que os habían atacado o algo así.
—Sí… De repente aparecieron esas cosas gritando y nos tuvimos que ir corriendo.
—¡¿Estabais durmiendo al raso?!
—Bueno, no, teníamos tiendas de campaña —Cristina—; pero las dejamos tiradas. No sé si me atrevería a volver —solloza.
—Tranquila —Daniel la cubre con su brazo.
—¿Berto estará bien? —le pregunta casi privadamente.
—¿Erais más?
—Sí, nuestro primo —dice cabizbajo el mayor—. Se fue en otra dirección… Esos cabrones lo persiguieron a él… —Se impone el silencio.
—Lo siento —aporta él ante la situación—. Puede que esté bien.
—Sí… —murmura Daniel apretando a la chica que está aún más llorosa, sin decir ya palabra.
—¿Dónde estabais cuando todo empezó? —interrumpe Danko, inquisitivo.
—¿Cuando la aurora dices? —Daniel; casi sin mirar a su interlocutor a la cara.
—Sí.
—Estábamos en la montaña. A unos kilómetros de aquí —Francisco—. ¿Vosotros de dónde sois?
—De Madrid —responde él. Juraría haber visto fugazmente a Esteban mirándole con censura—. Huimos todo lo rápido que pudimos… —termina precozmente, dudoso de si la ha fastidiado por algo.
—¿Esto también ha pasado allí? —dice con tono de pavor la chica, con la voz rota por el desconsuelo.
—Sí… —responde.
—Creemos que está pasando por todas partes —sentencia Danko.
—¡¿Por qué?! —Francisco.
—Por la falta de comunicaciones y ayuda… —apresura Esteban.
—¿Y cómo habéis sobrevivido hasta ahora? —prosigue Danko en su sintonía.
—¿Qué? Pues… con las cosas que teníamos. También cazamos.
—¡Sí! —estalla Cristina—. ¡Ratones!
—Voy a prepararos algo de comer, anda —Andrea, con tono sumamente piadoso.
—¿Segura que no es molestia? —Francisco.
—Segura, tranquilo. —Se levanta hacia la cocina dejándolos.
—¿Y ya está? ¿Sólo de ratones?
—Sí… bueno también cogíamos bellotas y lo que podíamos de algunos árboles.
—Ya… —dice con voz que ni pretendidamente oculta su suspicacia.
—¿Pasa algo? —Daniel, asustado.
—No, no; para nada —Esteban—. Perdonadle, no tiene mucho don de gentes. Mirad, voy a hacer una cosa; voy a traeros unas zapatillas de andar por casa y algo de ropa para que podáis estar más cómodos. —Se levanta enérgico.
—No queremos ser tanta molestia —Francisco.
—No te preocupes; no pasa nada.
—Por cierto… Perdona si ya es abusar, pero se os ve muy limpios. ¿Tenéis duchas?
—Sí, aquí a la vuelta están, en el cuarto del fondo, aunque el agua saldrá todavía fría… Vale, os traeré también toallas.
—Muchas gracias…
—¿Te apetece, hermana? —Daniel—. ¿Darte una ducha ahora cuando se caliente? —La otra asiente y se aovilla, ocultando la cabeza entre sus piernas y brazos.
—Te acompaño. —Decide hacer algo, porque francamente, huelen fatal, hace frío y no le apetece mucho quedarse.
—Vale.
A la que pasan junto a Abigaile marchándose, oye que Esteban le susurra “Los zapatos…”. Ella asiente y le dice que ya lo había pillado.
—¿Qué edad tenéis? —Siente decir a Merlo mientras salen a la abrasiva noche.
Enseguida de meterse en los túneles, la temperatura aumenta los grados justos como para que pueda abandonarle la tiritera que empezaba a asomársele.
—¿Qué opinas, Hugo?
—No lo sé… me dan pena. ¿Vais a quedaros con ellos a vigilar por si vienen los gritones? —Han asumido el nombre del archivo que les leyó…
—Sí claro; haremos guardia arriba. Sobre todo para vigilarlos a ellos. ¿Tú no te quedas?
—Somos muchos ya allí. Aprovecharé y se lo diré a los demás por si quieren salir también.
—No me despiertes a Carla, anda; que la pobre estaba agotada…
—Vale… Pues se lo diré a Adán nada más entonces. ¿Por qué tanto afán en vigilarlos?
—¿No has oído las respuestas que le han dado a Danko?
—Sí, qué pasa.
—No lo sé; el jodido es listo. A mí también hay cosas que no me cuadran.
—¿El qué?
—No lo sé… por ejemplo no me parece que sean hermanos.
—Ya, es verdad que no se parecen. Pero sí que se comportaban como tal…
—Ya… No lo sé, mañana se verá con más calma. A ver qué nos dice tu novia también. Ha sido buena idea que no dijera un nombre extranjero.
—¿Sí?
—Sí —No lo entiende, pero no le apetece preguntar de nuevo; se siente un poco descolocado y con sueño, así que sencillamente lo archiva para el futuro.
Llegan a la compuerta blindada y abierta, como sigue recordándole su sentimiento de culpa.
Se separan. Despierta a Adán y le cuenta lo ocurrido. El amigo, como él también sospechaba que haría, decide seguir durmiendo. Se le hace rara la cama sin Abi. ¿Alemán? No… Duerme.
Se levanta. Está solo en la habitación. En el búnker sólo quedan Adán y Yoni. Le pregunta que si ha visto a los nuevos o si sabe si siguen por ahí. El otro le contesta que sí, que están todos arriba; que él se bajó a vigilar y a cuidar del pequeño.
Posponer ordenador. Sube. Llega a las barracas; Danko está fuera y le da la bienvenida con la cabeza; devuelve el gesto. Ya no huelen mal. Alivio. “Hola”. “Hola”. Claramente hay cierta extrañeza en el ambiente. Esteban está sentado en la mesa de la cocina con los recién llegados; supone que supervisando las conversaciones. Le da un beso grande de buenos días a “Sonia”. Ésta se lo lleva fuera.
—Me he hecho con una marca de la huella de las botas en un folio. Creo que coinciden con las que he estado viendo… pero quiero asegurarme. ¿Te vienes?
—¡Claro! Voy a tomarme un vaso de leche antes.
—Vale, te espero en la puerta.
Bebe la leche.
—¿Hubo algún problema?
—Qué va, se ducharon, les sacamos el colchón de los de tiro menos dañado, y entre ese y la litera se acostaron al poco.
—¿Se dijo algo más?
—No mucho. Hemos ido hablando entre nosotros y salvo Merlo y no sé si tú, por ahora nadie quiere que puedan bajar.
—A mí me da un poco igual. Me da pena tenerles aquí pasando frío.
—Andrea quiere que se vayan cuanto antes. Esteban, Danko y yo preferimos tenerlos por aquí más rato, para investigarlos un poco.
—Lo que digáis.
—Por aquí. —Lo guía medio escalando unas rocas.
—¿Y de los zombis se supo algo más?
—No. ¿Has cogido la pistola?
—No…
—Bueno, no pasa nada, yo la he traído. Me di una vuelta con mucho cuidado al amanecer y estoy bastante segura de que al menos a un par de kilómetros de aquí no hay peligro. Bueno, había un zombi de los normales atascado en una zanja. Lo dejé allí…
—Entiendo… —Sonríe—. A lo mejor se fueron persiguiendo a ese amigo suyo.
—Tal vez… si es que existe.
—No está de más comprobar las cosas, supongo.
—No, no está de más.
Lo agarra de la mano para ayudarlo a terminar de encaramarse a un cerro. Le gusta su mano. Siempre lo piensa. Cerro abajo. Árboles. ¡Una ardilla! Árboles. Claro. Resto de hoguera. Huellas. Sí, son exactamente iguales, hasta él puede darse cuenta.
—Pues son las mismas que he visto en varios sitios más de los alrededores de la mina…
—Bueno, si estaban por la zona, es posible que hayan estado por varios sitios.
—¿Justamente sin pasar por donde nosotros, ni habernos visto antes?
—¿Tal vez?



—¡Imposible! —responde Danko cuando a la vuelta se lo cuentan y Hugo trata de defenderlos.
—Esta vez estoy de acuerdo con él —Esteban—. Es una coincidencia muy improbable.
—Bueno. Puede ser que sólo nos hayan mentido en eso… que sí que nos hubieran visto pero también nos tengan miedo y por eso no se acercaran… y yo qué sé, ahora han pensado que si nos decían que sabían que estábamos aquí desconfiaríamos de ellos o algo…
—Según dicen han estado comiendo ratones, Hugo —Danko—. Habrían venido a pedir algo.
—Sí, además hicieron como si les extrañara que alguien desconfiara de la gente anoche. Demasiado bueno como para ser una mentira improvisada.
—¿Por qué? ¿Porque sería algo que sólo se te habría ocurrido a ti? —Merlo, no sabe si enojado o en broma.
—No, a mí se me habría ocurrido algo mucho mejor que todo eso —dice con tono de burla.
—¿Y qué proponéis hacer? —él.
—No sé. Por ahora dentro no pasan —Danko.
—No, ni hablar… Pero tampoco me hace mucha gracia que se marchen… —Esteban.
—¿Por qué?
—No sabemos si están con más gente. Si nos estaban espiando o algo… Este sitio es jugoso, y ya saben que dentro tenemos algo, eso seguro.
—A ver… me parece bien la precaución. Pero sí que te aseguro que, en los sitios donde les he visto haber dejado marcas de haber acampado, no podían ser más de cuatro o cinco.
—Pero podría haber más en otra parte.
—Ya, ya…
—Propongo que les preguntemos si quieren descansar otra noche más… si quieren espiarnos querrán quedarse hasta que les dejemos entrar.
—Bueno… y si no quieren espiarnos también —contradice él.
—Yo me la juego a que seguro que dice el tal Francisco algo así como “no queremos ser una molestia” y que a la segunda o tercera vez que les digamos que se pueden quedar fuera aceptarán.
—Eso solo podría significar que sea educado…
—Bueno…
—¿Entonces creéis que lo de los zombis era mentira?
—Puede que no, tal vez les obligara a acelerar las cosas y les ayudara a dar verosimilitud a su historia…
—Y si nos estaban vigilando, ¿no es peligroso tenerles por aquí también?
—Ten a tus enemigos más cerca que a tus amigos —le contesta Abi.
—Bueno… entonces estamos de acuerdo en no echarles, al menos, ¿no? —concluye Merlo.
—Podría decirse que sí… —suspira él.
—Al menos por ahora —apunta Esteban.
—Sí, me parece bien —Danko.
Entiende la situación, pero aun así… se le hace extraño que sus amigos se hayan vuelto tan desconfiados de los demás. Siente que es como si se hubiera perdido algo. ¿Tal vez sí que haya pasado demasiado tiempo frente al PC?
Comida arriba con los nuevos, salvo Andrea, Merlo y Yoni que se han quedado dentro. Abi ha intentado, le confiesa, cotillear sus mochilas; pero ha acabado aún más recelosa, porque dice que no les quitan ojo de encima, siempre demasiado casualmente está alguno de ellos con los bártulos. Danko ha propuesto que los aborden directamente y les digan que si se quieren quedar enseñen lo que tienen; pero han acabado juzgando que era todavía muy agresivo, que al menos hoy no.
Acaban echando la tarde jugando un poco con ellos a las cartas y al parchís por grupos… pero en general reinan los silencios incómodos. Y mientras tanto tiene desatendido su ordenador…
Cae la noche. Paco, Merlo, Adán y Danko se quedan arriba con ellos, armados secretamente, gastando más combustible del generador. Los demás bajan dormir dentro. Dormir.



—¡Joder! ¡Ya llegan! ¡Nos atacan!
Está muy “agustito” abrazado a la espalda calentita de Abi.
—¡Arriba todos! ¡Socorro!
—“¡Graaaaarbreeg!”
La espalda calentita se levanta de un salto lanzándolo hasta casi ponerlo en pie. Abre los ojos con el pulso y la respiración tronando.
—¡Despertaos joder! —Es la voz de Merlo… Antes era la de Paco cree.
—¡¿Qué ocurre?! —vocifera Abi, rodando fuera de la cama hacia la cómoda y luego de un brinco, con las llaves, hacia la vidriera, sacando uno de los subfusiles.
—“¡Braaaaaa!”
—¡Los gritones! —exclama Merlo, alargando muchísimo la “o”, sonando cada vez más cerca, con retumbe de pasos de carrera hacia la puerta de su habitación.
—¡Hugo! ¡Coge la pistola y despiértalos! —Escucha movimiento en las habitaciones interiores, no cree que sea necesario, pero obedece a ambas cosas.
—¡Arriba! ¡Gritones! —Pasa por todos los cuartos abriendo y golpeando las puertas, para dar media vuelta a buscar a su novia que salió hacia la entrada.
Regresa a su cuarto a tiempo para ver aparecer primero a Abi, luego a los tres nuevos con sus mochilas a la espalda, tirados por ella, jadeantes. Finalmente a Merlo y a Paco también rojos del esfuerzo.
Carla y Esteban aparecen los primeros, seguidos de Andrea. Su habitación actúa de nuevo de punto de reunión.
—¡¿Qué ha pasado?!
—¡Los gritones! —Paco, entrecortado y a palabra en grito —¡Empezaron a saltar la verja! ¡Muchos!
—¡¿Y los otros?! —Abi agarra de un brazo, casi violenta, a Merlo.
—“¡Guiiiiirg!” —Cada vez se escucha más cerca.
—¡Están arriba, encerrados! Se pusieron a distraerlos. Que bajáramos a por todos y armas.
—Pero son muchísimos, y también venían tras nosotros por los túneles.
—¡Pues vamos! —Esteban— ¡Paco, dame tu pistola!
—Calma Esteban —Abi—. Si están por los túneles es un muy mal escenario. Aunque perdamos tiempo, dejemos que carguen contra el búnker, luego salimos.
—¿Segura?
—¡Sí!
—¡Vale! Toma Esteban.
—¡No! —Vuelve a interrumpir mientras ponen rumbo a paso rápido hacia la entrada todos juntos, ignorando a los invitados— Esteban es buen tirador, coge el otro subfusil. Paco, dale tu pistola a Carla. Hugo, dale tú la tuya a Andrea y vuelve a por el HK, tu trabajo será llevárselo a Adán. ¡Y coge cargadores!
No se siente ofendido; hasta el momento, Paco y él son los peores tiradores en los entrenamientos.
Vuelve. Neceser de baño a mano. Recoger cosas. Regresa. A un lado y otro de la bifurcación del primer pasillo se encuentra, apostados en cada puerta y acuclillados, a Esteban y Abi; ambos apuntando a la oscuridad de la escotilla acorazada y abierta. Carla y Andrea están detrás de ellos, con las pistolas agarradas y visiblemente asustadas. Los otros tres están sólo un paso por detrás de ellas, como nerviosos. Él se coloca el último, junto con Paco y Merlo, con el neceser lleno abrazado y el pesado rifle colgando de su cinta en la espalda.
—“¡¿Briaa?!” —¡Suena frente a ellos!
Abi levanta la mano impositivamente, ordenando que no disparen.
—“¡Briaaa!”
Una mujer, casi totalmente desnuda, con restos de jirones de tela colgando, pechos caídos, rostro lleno de cortes y carrillos desgarrados, ojos pálidos y piel amarillenta, esprinta hacia ellos. Chillando a pleno pulmón, con la mandíbula desencajada.
Abi baja la mano. Explosiones retumbantes de su arma y la de Esteban. ¿Cree que alguien ha dicho “ahora”? La criatura recibe dos visibles impactos casi simultáneos, uno en la frente y otro en la nariz con pequeños estallidos sanguinolentos, siendo derribada de nuca, espera que inerte.
Atónito. Sin poder reaccionar. Como si no estuviera pasando; ve frente a sus narices a Cristina, Daniel y Francisco correr pateando a Carla y Andrea. Después, como un latigazo, se lanzan sobre Esteban y Abi que les están dando la espalda aún. Su chica gira la cabeza a tiempo para recibir un puñetazo del mayor, directo en la sien, que le estampa la cabeza contra el hormigón de la pared. Cristina ha apuñalado a Esteban en el omoplato con una navaja, haciéndolo aullar. Daniel le arranca el subfusil de las manos.  Francisco recoge del suelo el de su novia que no se mueve. Se giran. Cristina los sobrepasa y empieza a correr hacia la oscuridad. Los dos hombres abren fuego en ráfaga contra ellos. Paco ha agarrado a Abi y la ha arrastrado a tiempo contra la esquina de la puerta. Andrea lo ha empujado a él, todavía incapaz de moverse, de comprender verdaderamente lo que está pasando. Carla ha arrastrado a Esteban. Las balas repican contra el metal de la puerta que antes contenía a Cuarentaisiete, rebotando y pasando por todas partes. Paco emite un gemido. Ha recibido un tiro en el pie.
Vuelta desde su subrealidad: esto es el mundo verdadero, no esa mierda de ordenadores “nazis”. Y en él hay zombis que chillan. Gente hija de puta. Y acaban de pegar brutalmente a su novia.
Bombeo salvaje de sangre a las sienes. En cuanto dejan de sonar los disparos, se agacha, coge la pistola de alguna de las dos chicas y corre. Está gritando “¡No!” a pleno pulmón. Corre apuntando a la oscuridad que tiene delante; muerde la linterna para sujetar el arma con ambas manos. Aprieta el gatillo dos veces. Quiere matarlos. Les dio el beneficio de la duda y le han traicionado. Han golpeado a lo que más ama en el mundo. No hay perdón. Es juez y verdugo. Dispara otra vez más. Le da igual dónde, sólo quiere acertar.
“¡Hugo no!”. Oye, muy debilitada, aturdida, la voz de su novia. Hace caso omiso. Los oye, deben estar ya terminando de subir los escalones por el ruido. Alguien está corriendo también tras él.
Se lanza contra las barandillas metálicas y los peldaños y empieza a trepar. Mira arriba linterna en boca, justo a tiempo para ver a Cristina ayudando a terminar de subir a Daniel. Francisco no está a la vista.
“¡Taaaaaar!” Una silueta oscura aparece a la espalda de la mujer. Es un hombre con la espalda arqueada en pura tensión, brazos extendidos sobre su cabeza. Con penetrante salvajismo y un grito desgarrado, hace descender como un trueno un hacha contra el cráneo de la joven. Su sangre le salpica encima. Ve sus ojos mirándole inexpresivos, con el filo de metal saliéndole por el entrecejo, antes de caer inerte por el agujero.
Se pega a la escalera para evitar que lo arrastre, oyendo el golpe muerto a su espalda.
—¡Hijo de puta! ¡Cristina!
Daniel descarga una ráfaga contra el pecho del monstruo que también sale despedido hacia la apertura, obligándolo a compactarse de nuevo.
—¿¡Hugo, estás bien!? —Abi.
—¡Cuidado Abi! —le grita girando el cuello.
Está a los pies de la escalera. Con un hilo de sangre deslizándose por su frente y mejilla y la cosa esa viniéndosele encima. Pega un salto a tiempo para esquivarla. El zombi se revuelve y se levanta de nuevo saltando hacia ella, chillando. Esteban aparece justo al lado, apoyando una pistola contra su sien, volándole la cabeza sin contemplaciones.
Está controlado. Vuelve a subir. Una menos.
—¡Hugo! ¡Espérame por favor!
No obedece. Trepa y sale hasta alcanzar la puerta que rompieron. Conoce el camino. Los oye gritar a lo lejos. Discuten dónde girar. Hay muchos más gritos por todas partes, pero a él sólo le importan unos y corre tras ellos.
Quienes busca se han perdido, han girado por donde no es. Empieza a seguir sus voces. Pasillo a la izquierda y luego pasillo a la derecha; ahora de frente, tuerce a izquierda. ¿Se han quedado en silencio?
Sigue corriendo por los túneles. Tuerce y vuelve a torcer, luego avanza jadeando y vuelve a torcer. La sangre se le va bajando de la cabeza a los pies. “¡¿Dónde coño están?!”
Los gritos le rodean en todas direcciones. ¿Se ha perdido él también? Todo cuanto ve es el fino cono mortecino que alumbra su boca. Alguien se cruza gritando guturalmente histérico justo por delante de sus narices; milagrosamente ignorándolo, pasando de largo de una grieta de la pared a otra.
El sudor se le hiela. Empieza a comprender dónde se ha metido. “¡¿En qué estabas mierda pensando, Hugo!?”. Está solo, en la oscuridad laberíntica de las galerías. Sin referencias. Infestadas de gritones también perdidos, cuyos gritos se deslizan y reverberan desde todos los ángulos… Como una compulsión de supervivencia apaga nerviosamente su linterna y se pega a una pared conteniendo la respiración. Siente dos segundos después unas pisadas apresuradas corretear a su lado y una lacerante brisa de aire por movimiento lo acaricia. “¡¿Pueden no ir gritando?!” Tiene ganas de orinar y el corazón le late ahora mucho más rápido que antes, a punto de despegar. Siente como la presión de la adrenalina hasta le ensordece al pasar por sus sienes. No puede pensar con claridad. Cree que está muerto. Tiene que contenerse para no empezar a disparar lloriqueando. Se da cuenta de lo real y cerca que está de la muerte.
“¿Hugo?” Los pasadizos le traen distante la voz de alguien llamándolo. El ser que acaba de pasar se detiene y emite un gemido gutural bajito. ¡No puede responder! Está regresando. Un paso más cerca. Otro. Otro. Está a su altura, frente a él, ¡y se ha quedado quieto! Puede oler perfectamente su putrefacción. Las náuseas le revuelven las tripas. ¿Podría dispararle? No. Está paralizado. Ha dejado de respirar otra vez, le aterra hasta el leve sonido que produciría si apoyara el dedo en el gatillo, el que harían los pliegues de su ropa si moviera su brazo para intentar apuntarle a ciegas… Y si la cosa da solo un paso en su dirección le tocará… Maldice las gotas de sudor que se le deslizan por el cuello y por las manos. No puede aguantar más sin respirar. ¡La cosa está olfateando bruscamente! Siente su aliento pestilente golpearlo en la cara. Su rostro no debe de estar ni a un paso del suyo. ¡Él no puede enfrentarse a una de esas cosas!
A tres metros de él, un haz de luz ilumina una de las paredes. La criatura vuelve a gemir bajito. Tres segundos eternos después, una linterna dobla la esquina deslumbrándolo momentáneamente.
Los dos quedan iluminados.
—¡Hugo! —Es Abi, junto con Esteban.
—“¡Biiaaaa!”
El monstruo extiende los brazos espasmódicamente, con la mandíbula desencajada. Ha girado primero un rostro destrozado por perdigones hacia la luz, pero ahora lo ha vuelto hacia él, con los dientes por delante, directo a su cuello… Él, totalmente indefenso, sintiendo un miedo que jamás había sentido… el verdadero miedo. Sólo cierra los ojos y se contrae contra la pared, sin espacio para hacer nada.
Siente un aliento gélido contra su piel al tiempo que un disparo lo ensordece.
El zombi se desploma hacia un lateral con un agujero en la sien izquierda, acompañado por un avivado coro de berridos y carreras acercándose.
Se cae al suelo de culo. Siente la entrepierna tibia y húmeda.
—¡Hugo vámonos!, ¡Hugo vámonos!, ¡Hugo vámonos!, ¡Hugo vámonos!
Los brazos de su novia y del amigo lo levantan en vilo y corren con él. Está llorando.
¡Sacude la cabeza! Empieza a correr por sus propios medios. Tienen cosas detrás. Mira una y otra vez, no las ve pero las oye. Las manos como salvavidas lo empujan de la espalda. Pero no hace falta. Recuerda, recuerda la determinación de matar a los otros. Recuerda la brecha medio seca contra la hermosa carita de Abi.
Estará humillado y asustado. Pero no va a ser una lacra para los otros. Corre con todas sus fuerzas dejándose guiar. Ella le está hablando muy dulce mientras corren.
—Tranquilo cariño. Has sido muy valiente. Gracias por salir a vengarme, pero no vuelvas a hacer esto, ¿vale? Yo estoy bien cariño, tranquilo. Yo estoy bien cielo.
Sabe que debe de estar muy pálido, y que cuando se pone así vomita. Siente la hiel arremolinándose en su esófago. Pero no va a hacerlo. Va a demostrarles que no es un inútil.
—¡Vamos Hugo! Eres un campeón. Tranquilo, ya llegamos fuera, estoy seguro de que estarás listo para pelear; vamos a dar con esos cabrones y tú mismo les meterás una bala entre ceja y ceja. —El cabrón de Esteban… es cierto que sabe muy bien leer lo que le pasa a la gente y decir las palabras adecuadas…
Sabe que todo se lo están diciendo para que se recomponga. Que están intentando que no se sienta un idiota… pero precisamente, saber el cariño y cuidado que le tienen es lo que le está dando fuerzas. No va a defraudarles, va a demostrarles que él también es uno más. Corre.
—¡¿Cómo está Paco?! —se atreve a jadear pasados unos minutos, cuando el mundo ya no es un lugar tan distante y no ve a través de un tubo negro y escucha como a través de una piscina. Odia tener ataques de ansiedad. Lo hacen sentirse tan débil…
—¡Está bien! No te preocupes cielo, sólo se ha herido un pie. Está abajo, se han encerrado él y Yoni donde Cuarentaisiete. Merlo se ha quedado a protegerlos por si bajan. Ojalá hubiéramos tenido tiempo, como él, de ponernos las armaduras.
La claridad se vislumbra y el frescor del aire, aunque le hiela la pantorrilla mojada, le despeja. Carla y Andrea los esperan escondidas contra las paredes; uniéndoseles por fin al llegar.
Al salir, la luna y las estrellas lo calmarían; la brisa lo centraría; el frío lo activaría y la mano de su novia que acaba de agarrar por reflejo lo reconfortaría, si no tuviera frente a él… esa orgía de berridos agónicos capaces de partir el propio ruido.
Ocho gritones cuelgan de diversas ventanas rotas de los barracones, estirando como simios de los barrotes que ya se ven doblados. Cinco patean y se estampan con los hombros casi por turnos contra la puerta de metal de acceso, deformada y con las bisagras de arriba ya reventadas. Adán está sobre la atalaya pateando con aspecto desesperado desde el quicio a dos que cuelgan de la escalinata y no parecen ceder un milímetro. Y por el patio otros dos corriendo en círculos alrededor del lugar como poseídos. Y por lo menos, nueve o diez cuerpos muertos distribuidos en torno al edificio.
Y a sus espaldas, muchas voces, tal vez perdidas, tal vez acercándose…
—¡Hugo! —le susurra Abi dándole una palmada fuerte en la espalda—. Te necesito, ¿estás con nosotros?
Él asiente, combatiendo el impulso de volver a entrar en desesperación con todas sus fuerzas.
—¿Qué hacemos, Abigaile? —pide Esteban.
—¿Estás fuerte? ¿Puedes apuntar con la herida?
—¡Sí! Ya la miraremos; creo que sólo me dio en el hueso. Puedo.
—Vale… —Parece un poco superada ella también, hasta que de súbito, respira y le cambia el rostro por una mirada que desconoce; como… ¿aliviada?—. A ver. No me interrumpáis —apresura—. Esteban y Hugo; vosotros, cuando explote la granada —¿Granada?—, correréis todo lo rápido que os permitan las piernas hacia la atalaya. Seguramente salten de las ventanas algunos hacia vosotros. No paréis a pelear. Repito, no paréis a pelear. Corred. Tu trabajo Esteban cuando lleguéis será disparar a esos dos y hacer que caigan. No falles. Hugo, tu subirás todo lo que haga falta para poderle lanzar el HK a Adán. Dile que nos cubra desde ahí. Acto seguido corréis a la roca del desayuno. No os paréis por nada. En cuanto lleguéis os subís y desde ahí, si hace falta, es cuando empezaréis a disparar, solo tiros cercanos, las recargas son asesinas, asegurad que podéis darles en la cabeza. Hugo, tú antes de nada dejarás el neceser con la munición abierto encima de la piedra. —Se da cuenta de que lo ha tenido agarrado todo el tiempo. Le duelen los dedos de la tensión—. Nosotras, chicas. Atraeré la atención de todos los que pueda, pero yo voy a estar haciendo disparos de larga distancia para cubrir a esos dos. Nuestro trabajo será trasladar poco a poco la pelea, aquí nos pueden venir por adelante y por la espalda. Vuestro trabajo será cubrirme a mí. Pistolas para Esteban, para mí y para Carla. Andrea, tú llevarás mi machete. ¿Lo tenéis claro todos? —Inevitablemente dubitativos, le asienten—. Bien, preparaos —Ante la frase, casi se masca el crujido de todos apretando sus cosas— En cuanto grite para hablar con Danko seguramente venga alguno. Mantened la posición, hasta la explosión no hagáis nada… ¡Vamos! ¡Danko! ¡Prepárate lejos de la puerta! ¡Granada! ¡En cuanto explote corre sin pararte hacia la roca del desayuno! ¡Me oyes!
—¡Recibido! —contesta atenuado por las paredes y los gritos. Paralelamente, uno de los que estaban contra la puerta y los dos que estaban corriendo en círculos se han girado redoblando sus esfuerzos por desgañitarse las cuerdas vocales y han comenzado a esprintar hacia ellos.
Abigaile quita la anilla de un cacharrito verde y redondo. ¿La llevaba siempre consigo en alguna parte? Y lo lanza contra la puerta de las barracas. Los cuatro que quedan aporreándola hacen caso omiso…
Destello súbito precediendo, por fracciones de segundo, a una verdadera explosión, que envuelve en una rápida llamarada a los que estaban allí, lanzándolos por los aires, junto con una nube de humo, polvo levantado, sangre, y trocitos humanos que oculta por completo si ha quedado o no algo de puerta.
Ver algo así tan de cerca lo llena de sobrecogimiento, pero ahora no puede permitirse flaquear. Antes incluso que Esteban, obedeciendo la señal acordada, empieza a correr hacia la torre, esprintando con toda su alma. El entrenamiento ha sido más que necesario…
Aullidos vehementes por todas partes. Los zombis agarrados a las ventanas se descuelgan y empiezan a perseguirlos. No se detiene, no se detiene, no se detiene. Oye disparos, varios. Impactos y golpes por todas partes. Esteban está a su lado mirando en todas direcciones, pero sin detenerse tampoco.
¡Llegan! Llegan a la atalaya. Uno de los “bichos” está ya totalmente encaramado, Adán forcejeando con él con aspecto agotado, y el otro está aprovechando para subir libremente. Se permite mirar hacia atrás un momento mientras Esteban se detiene a apuntar; tras ellos hay tres cadáveres en el suelo a diversas distancias. Las chicas están a mitad de camino de la roca, avanzando despacio. La red de alimañas va cerrándolas; cinco desde las barracas, dos desde el patio, un superviviente de la granada arrastrándose como un lagarto y otros dos que parecen acabar de salir de la cueva. Está muy preocupado.
El primer disparo de Esteban le saca de la contemplación y salta a trepar, como hicieran hace un momento los enemigos. Tiene que cumplir su parte. Ni espera a comprobar si Esteban está acertando. El segundo disparo del arma provoca que un cuerpo que no le importa caiga por su flanco. El tercero que un segundo cuerpo se desplome.
A tres cuartos de la distancia mira a Adán, que está apoyando la espalda contra la vallita quitamiedos del puesto de guardia, con los pies colgando; visiblemente hecho polvo.
—¡Toma! ¡No ha acabado todavía! ¡Tienes que cubrirnos!
—¡Voy! ¡Están todos…!
—¡No hay tiempo!, ¡toma!
De un sensiblemente abotargado, pero aun así enérgico bote, se incorpora y después acuclilla para recibir el arma. Apunta un momento con tiento y después arroja los varios kilos de rifle sobre su cabeza. El otro lo recibe y empieza a tumbarse con ella.
—¡Vamos!
Al grito de Esteban, se deja deslizar rápidamente por las barandillas como ha practicado varias veces, precisamente con Adán, y se descuelga el último metro y medio para agilizar.
Corren de nuevo forzando, él al menos, su cuerpo al máximo. Ahora tiene todas las extremidades llenas de calor y de picor, pero da igual. Van hacia la roca del desayuno.
Danko ya está sobre ella. Las chicas están muy cerca. Todas menos Abi han dejado de andar y están corriendo. Ella en cambio está dando un rodeo, apuntando en su dirección, pues dos de los que las perseguían, un hombre y una mujer, se han dado la vuelta y ahora están acercándose precisamente a ellos dos.
Cuando han recorrido la mitad de la distancia, al primero le estalla la nuca. Van de frente hacia la segunda que ya les corta el paso. Apenas les separa un árbol de distancia cuando un disparo, esta vez desde la atalaya, mucho más sonoro, provoca que la cabeza se le abra en dos mitades irregulares que les impregnan el pecho de la sopa de sus sesos… Pequeña arcada.
No para a comprobar lo que le ha pasado a ningún otro. Salta a trepar a la piedra asistido por un apretón de Danko que tras auparlo pasa a ayudar a Esteban. Carla y Andrea están subiéndose por el lado que toca con la montaña. Él sin perder un segundo, abre el neceser y lo deja en el centro, gritando que ya está la munición puesta.
Danko se lanza a cambiar el cargador de su, seguramente hace mucho rato vacía, pistola. Abi, totalmente roja de un carrerón espectacular que ha dejado atrás incluso a esos monstruos incansables, sube de un par de vigorosas acrobacias, aunque él la recibe con los brazos y la ayuda a recuperar el equilibrio. Luego, sonriéndole y asintiéndole, él mismo, con verdadero reconocimiento y agradecimiento, se aparta y se coloca, un poco como Andrea, en el centro de todos ellos… De nuevo impotente, pero con algo de orgullo recuperado, el suficiente para olvidarse de sus pantalones mojados
Seis más han salido por la oquedad de la mina a distintos tiempos. Su chica vuelve a ponerse a dar órdenes, para que retengan los disparos hasta el último momento. Comprende por qué les ha guiado hasta esa piedra. Desde la diferencia de alturas, los gritones para atacarles tienen que trepar primero, ni siquiera un salto les sube lo suficientemente alto, y durante el proceso, sus cabezas están totalmente expuestas y cerca. Les vienen desde todas las direcciones, pero ellos son muchos también, y siguiendo instrucciones han hecho un círculo. Gracias al plan, casi cada bala calculada es una baja. Y de cuando en cuando hace eco un disparo mucho más intenso, que prácticamente hace deflagrar la cabeza por completo de alguno de los que están de camino.
“¡Vamos!”. Gritan algunos. Se van animando. Casi hasta parece que hayan empezado a celebrarlo salvajemente, insultando a las criaturas mientras las acribillan. Abigaile va gestionando los turnos de recargas. ¿Cuántos había? Siguen saliendo de la cueva, aunque ahora claramente la presión ha cambiado de bando y apenas si llegan de uno en uno a su pedestal. Deben de haber muerto lo menos treinta de esas cosas ya…
Un extraño zumbido lo hace mirar hacia arriba. Una sombra desciende desde el acantilado sobre sus cabezas. Impacto meteórico contra la piedra. Abi gritando que no rompan el círculo. Casi a su lado se yergue un hombre, vestido en armadura de antidisturbios, sin guantes. Tras el visor del yelmo, un rostro descompuesto y pálido, de mirada perdida y boca en grito gutural. En su mano derecha sujeta una escopeta de dos cañones… Cogida del revés como un bate.
Con una agilidad imprevisible, batea con la culata a Abi, en la misma área que tenía sangrando. Se lanza sobre ella, que desde el suelo grita “¡No rompáis el círculo!” en bucle. Su pistola ha volado lejos. Danko lo intercepta, dándolo de lleno con su puño de metal en el casco; desequilibrándolo en dirección contraria, justo hacia él. Trata de sujetar el peso. Cede y caen abajo.
Sigue de pie de milagro. Se gira para encararlo, lo tiene encima; trata de empujarlo del pecho pero apenas lo desplaza; viendo demasiado tarde su mano enorme volando hacia su cara. Algo lo ha golpeado también en la pierna.
Está en el suelo. Todo le da vueltas, y la cara y el ojo le escuecen un horror. Se lleva la mano y al separarla, entre la oscuridad de la noche y las luces de la casa, distingue mucha sangre en sus dedos. Trata de levantarse y de repente una punzada de dolor nunca vivido lo sacude desde la pierna por la cadera, abrasándolo. Mira. Tiene la pierna atravesada por el gemelo, y atascada en un hierro saliente de la valla, ancho como su dedo meñique.
Apenas se siente capaz de mover poco más que la cabeza. El dolor… su sangre. “¡Joder! ¡ME CAGO EN MI PUTO DIOS!”. Busca con la mirada a su novia, extrañamente sin miedo, sólo agotado y soportando como puede el escozor en la cara; y su pierna, como si le estuvieran apagando constantemente un cigarrillo en ella.
Justo la encuentra a nivel del suelo, gritando todavía constantemente que no rompan el círculo y que “lo protejan”, barriendo las piernas del zombi acorazado. Siguen llegando gritones, algunos tratan de rodear la estructura para llegar a ellos dos que están abajo pero, con más disparos fallidos que antes, los compañeros están consiguiendo abatirlos; obedeciendo, se alegra, las órdenes de su chica.
Abi agarra del casco y arrastra al hombre los metros que puede antes de que haya logrado levantarse. Éste se lanza frenético contra ella, tratando de batearla de nuevo una y otra vez. Ella se limita a ir bailándole. Esquivando todos los embates. Lo golpea un par de veces, pero está claro que no hacen nada contra su armadura. Ve como empieza a sobrepasarla. Es demasiado agresivo como para que le dé tiempo a ella a intentar nada más que esquivarlo.
Le llama la atención un pequeño reflejo plateado a su lado. Extiende la mano. Es la pistola que se le cayó a ella. Forzando su pierna hasta el punto de creer que se le va a desprender, se estira hasta alcanzarla. La acerca contra su pecho y respira rápido y breve un segundo soportando todavía los ecos del agudo pinchazo que le ha provocado moverse.
Tuerce de nuevo la cara y extiende la mano alineándola con sus ojos. Se están moviendo mucho. No puede arriesgarse a darla a ella. Pero solo están a unos seis o siete metros. Busca de reojo a sus compañeros. Pero sin guía para recargas y con tantos tiros fallidos porque los gritones ya no van rectos a la roca parecen también estar dándolo todo. Esteban está guiando, supliendo a Abi como puede.
De repente ve la oportunidad de un tiro directo, su novia ha saltado a un lado y tiene a la criatura enfilada. Aprieta el gatillo. Se siente el impacto contra su espalda, pero sin producir ningún otro efecto. Desiste. Apenas se nota con fuerzas para seguir manteniendo el brazo recto, y abrir el ojo derecho, por algún motivo, le causa un gran picor y escozor. “¡JODER!”.
Otro disparo ronco del HK. Mira atento. Hay un boquete por lo menos como un par de dedos en la espalda que puede ver. Tiene que haberlo atravesado, Adán dispara desde el lado contrario. ¡Sigue peleando! No ha perdido ni una pizca de vigor. Su novia recibe un golpe de la escopeta en el estómago que la tira de culo.
Otro disparo del HK. Aparece un agujero en el hombro de la criatura que se sacude momentáneamente como un saco de boxeo. Se le cae la escopeta y el brazo le cuelga inerte. ¡Sigue! Se ha lanzado de boca extendiendo el brazo aún útil contra ella, que rueda evitándolo e incorporándose. El “boss” también se incorpora y vuelve a cargar, sin su arma ahora se mueve si cabe más errático, lanzando golpes con todo lo que tiene, incluida la cabeza. Abi se está arrinconando contra la verja.
Tercer disparo del HK; esta vez pilla al monstruo de lado y le atraviesa de una punta a otra la cadera, parece. Se desploma contra el suelo de bruces y un instante después se empieza a empujar con la mano que aún le queda, con las piernas a rastras como si fueran mantequilla.
Abi respira tan profundamente que se ve hasta el movimiento de su pecho. Se cruje el cuello y pega como un par de saltitos de calentamiento, y justo conforme lo tiene a punto de agarrarla, le pega tal patada en el cuello que lo gira bocarriba.
Se acerca andando tranquilamente a recoger la escopeta que está en el suelo. Después la abre, asiente, la cierra y se acerca a la criatura, que como una tortuga intenta fútilmente darse la vuelta. Lo pisa en el pecho, le levanta la visera y vacía ambos cartuchos con gran estruendo dentro del casco. Luego ve como le flaquean las piernas y se cae ella también al suelo, llevándose la mano hacia la cabeza herida.
Tendidos, a seis metros de distancia, se quedan mirándose el uno al otro a los ojos. Y, de repente, no sabe por qué, no sabe de qué, sintiéndose él por completo como un loco, pero disfrutándolo, comienzan a reírse a carcajada limpia. Cada risotada que sacude su cuerpo hace que le den pequeños pinchazos más intensos de dolor, y cada dolorosa carcajada viéndola a ella reírse a su distante lado, le merece la pena.
Adán ha empezado a bajarse del puesto. Se habrá quedado sin munición…
Cuando por fin ve que ella cierra los ojos, él tuerce la cabeza hacia el otro lado que le resulta mucho menos forzado. Sabe que no le ha pasado nada a ella, simplemente no ha podido más. Lo sabe porque él nota que está a punto de pasarle lo mismo.
Los chicos siguen arriba trabajando. Hay tres nuevas criaturas que han salido de la cueva hacia la roca. Pero ya los ecos de gritos son muy escasos. Deben de estar acabándose.
Y entonces, como si Dios se disculpara con él, ve salir en carrera pero casi a hurtadillas a Daniel y a Francisco de la cueva. En dirección a la valla contraria a la de ellos.
Este lado le es mucho más cómodo para disparar que el otro. Están muy lejos, eso sí… Apunta. Con sus característicos ruidos, salen a su caza dos gritones de la gruta, pisándoles los talones. Dispara. Da a uno de los gritones en la espalda. No lo mata, pero causa que se caiga haciéndolo perder tiempo. “¡Mierda!, ¡joder!”
Apunta. Dispara. Falla hasta el punto de no saber ni dónde ha dado la bala. Apunta. Los dos han saltado contra la tela metálica y han empezado a subir patosamente. El gritón va detrás y es mucho más rápido que ellos. De repente Daniel agarra el subfusil y suelta una ráfaga breve a bocajarro contra su compañero; quien, a plomo, cae encima del gritón que empieza a devorarlo entre sus chillidos gorgoteantes y languidecientes; junto al fusil que había robado. Otro menos.
Daniel está justo sobre el cambio de nivel de la verja. Dispara.
—¡Joder! ¡HIJO DE PUTA! —grita, cayendo de boca al otro lado.
Espera que el arma se le haya caído al menos dentro del recinto… ¿Otro menos? Cierra los ojos y se desmaya.

Abre los ojos. Está en la enfermería del búnker. Se incorpora bruscamente buscando a Abi, que antes de que pueda verla, lo recibe con el abrazo más fuerte que recuerda se hayan dado.
—Te quiero, imbécil —le dice llorando.
—Y yo a ti, idiota —contesta cariñosamente, sin entender del todo la solemnidad del tono de ella.
Se besan. Busca con la mirada. Danko, Merlo, Andrea y Adán están con ellos.
—¿Estáis… estáis bien?
—Vosotros, campeones —Andrea—, sois los que más habéis recibido. El pobre Paco también. —Hace un gesto con la cabeza.
Gira el cuello y ve al mendigo tumbado en un colchón en el suelo, con el pie vendado en alto, roncando más suavemente que de costumbre.
—Aceptó dejarte la camilla a ti. —Le sonríe triste Abi.
—¿Y tú?
—¿Yo? ¿Esto? —Se señala la cabeza—. Sólo es un chichón bien gordo. Y un par de golpes. Ya tuve una concusión y no tengo los síntomas. Sobreviviré…
—¿Paco también está bien entonces?
—Tenía la bala clavada en medio del pie, pero no muy profunda, yo creo que porque fue de rebote… Se la pudimos sacar limpiamente y desinfectarle. Gritó como un demonio, pero ahora sólo cojeará una temporada. Me preocupas tú…
—Qué me ha pasado… ¿La pierna…?
—La pierna la tienes bien cielo. —Se fija en que todos lo miran bastante consternados—. Te la limpiamos, era una perforación nada más. Sólo se te acabó el correr una temporada…
—¿Entonces?
—Cielo, porfa, no te pongas nervioso, ¿vale?
—¡¿Qué me ocurre?!
Le acercan un espejo. Tiene tres líneas profundas de piel desgarradas desde entrecejo hasta la nariz.
—Has tenido mucha suerte de que no te tocara el ojo… Sólo un poco del párpado creo.
—¿Crees que…?
—No lo sé cielo, lo siento, no lo sé… No te han mordido. —Se hace un breve silencio que rompe ella de nuevo apresuradamente, con voz muy nerviosa—. Te he limpiado con todo lo que se puede usar… te he raspado un poco la piel y todo, con el riesgo de dejarte más cicatriz… lo siento. A lo mejor si hubiera decidido probar esas granadas raras no te habría pasado esto…
—Niña… no es culpa tuya; y seguro que lo has hecho genial. Bueno, si sobrevivo voy a estar muy sexi, ¿no? —Trata de reír pero no lo consigue.
—Sí, pequeño… no me podré resistir a ti. —Se siente a punto de empezar a llorar. Silencio.
—Tres días, ¿no?
—Sí… tres días…
—Te quiero.
—Te amo…
Se abrazan juntos… No se siente preparado…
—¡Chicos!, ¡chicos!, ¡tenéis que oír esto!
Aparece Esteban corriendo con Carla, sujetando uno de los macutos de mano que no se llevaron los otros. Todos le miran fatal.
—Esteban, no es el momento —espeta Danko.
—De verdad, tenéis que oírlo…
—¡Está bien! ¡¿Qué pasa Esteban?! —Casi grita, sumamente irritada, su novia.
Esteban se queda paralizado un segundo, nunca antes les había hablado mal a ninguno de ellos que él sepa. Unas veces es tan empático y otras tan…
Pone completamente en silencio la bolsa en el suelo y saca una radio de batería que deja sobre una de las mesas. Sin decir nada, la enciende y se aparta.
“…transmisión cíclica del Ejército de Liberación. Estamos aquí para…”
De repente hay una interferencia, y suena una voz. Esteban protesta que eso no era… pero luego se calla. Es la voz de Daniel muy atropellada.
—¡Sargento! ¡¿Central, me reciben?! ¡Díaz al habla! ¡Necesito que me recojan! Localizamos al grupo ese que ayudó a la familia del pueblo junto al lago. Tienen armas, un búnker subterráneo y estoy bastante seguro que muchísimos suministros; pero hemos sido atacados por zombis gritones en manada y por los propios miembros del campamento. Fernández e Iglesias… han muerto. Estoy herido de bala. Por favor necesito que me recojan, creo que estoy perdiendo mucha sangre. ¡Por favor! Conozco su emplazamiento. ¿Hola?, ¡¿hola?! ¡Cambio! ¡¿Me reciben?! ¡Cambio! ¡¿Hola…?!
—¡Díaz! —Una voz seca y profunda interrumpe su balbuceo—. ¡So anormal! ¡Estás transmitiendo por el general! ¡Trasládate ahora mismo al canal privado! ¡Cambio y corto! —Silencio.
—Eso no era lo que quería enseñaros… —dice Esteban bajísimo, como pensativo.
Genial. Y encima el hijo de puta ha sobrevivido…
“¡Atención supervivientes!” Lo interrumpe en sus divagaciones el aparato, que con un “bip” ha vuelto a empezar a sonar. “Esto es una transmisión cíclica del Ejército de Liberación. Estamos aquí para ayudarles e informarles en todo lo que podamos. Pueden sintonizarnos para avisos de última hora, siempre en esta frecuencia. Recuerden así mismo que si necesitan asistencia o suministros pueden intentar contactarnos en este dial, y si nos facilitan su ubicación, haremos cuanto esté en nuestras manos por ayudarles”. Parón. “¡Aviso de última hora! Igualmente les recordamos que, el próximo día…”.


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