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jueves, 2 de noviembre de 2017

Volumen Aurora - Capítulo 3 - Libro de Carla (Episodio 6)

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Volumen Aurora:
Prólogo
Episodio 1 - Capítulo 1, Libro de Danko
Episodio 2 - Capítulo 1, Libro de Álvaro
Episodio 3 - Capítulo 2, Libro de Andrea
Episodio 4 - Capítulo 2, Libro de Diana
Episodio 5 - Capítulo 3, Libro de Merlo
Episodio 6 - Capítulo 3, Libro de Carla
Episodio 7 - Capítulo 3, Libro de Hugo
Episodio 8 - Capítulo 3, Libro de Álvaro
Episodio 9 - Capítulo 4, Libro de Adán
Episodio 10 - Capítulo 4, Libro de Danko
Episodio 11 - Capítulo 4, Libro de Diana
Episodio 12 - Capítulo 5, Libro de Esteban  
Episodio 13 - Capítulo 5, Libro de Álvaro
Episodio 14 - Capítulo 5, Libro de Hugo  

       
Capítulo 3 – Hogar, dulce hogar

"Le plaisir délicieux et toujours nouveau d’une occupation inutile" – Henri de Régnier.



Libro de Carla
14/10/2012; 09:10 – Embalse Colleja                            Población humana viva: 2.809.315.586



Se despierta por la claridad que entra desde las ventanas, abrazadita a la espalda de Esteban, y se le dibuja una leve sonrisa. Le da un beso suave en la nuca y se separa lentamente, procurando no revolver para no despertarlo.
Dado que las literas sólo están separadas de los baños y el comedor por un umbral sin puerta, pareciera que todos hubieran llegado a un acuerdo tácito de irse fuera si amanecían madrugadores, hasta que llegara una hora decente para ir haciendo ruido.
Se levanta y estira, crujiéndose los huesecillos calmadamente. Ojea las camas ocupadas y las vacías. En la de Yoni y Andrea sólo está, a pierna suelta, el niño. Esa noche ha hecho un poco más de agradable calor que las anteriores. Tampoco está Merlo en la suya. De la otra pareja sólo queda Hugo, y parece más remoloneando que verdaderamente durmiendo.
Paco evidencia su presencia roncando con una manta echada sobre la mesa de la cocina, frente a una botella casi por completo vacía. Los demás siguen acostados.

Furtiva, se dirige a los lavabos y, abriendo solamente un hilito de agua, se llena de jabón las manos y se lava cuidadosamente la cara. Si puede, le agrada mantener las viejas costumbres; se siente orgullosa de la piel tan lisa y limpita que mantiene. Además el frescor le ayuda a despejarse. Se revisa un poco en el espejo. Tal vez, con todo lo que está pasando, haya perdido algo de peso, y se preocupa porque sabe que no debería permitirse adelgazar más. No tiene hambre pero decide desayunar.
Pasando por delante del borrachín, coge cuatro galletas y una manzana, un poco a punto de echarse a perder ya, y sale al exterior a comérsela, con un pedacito de papel entre los dedos para secarse del posible jugo, y una navaja para quitar las partes demasiado maduras.
Nada más pone pie en la calle, sin poder hacer nada con la chirriante puerta, queda deslumbrada ante la blanquecina mañana e, instintivamente, se cubre los ojos con los dedos. Le golpea el frescor de la mañana, y la limpia brisa le hace darse cuenta del ligero tufo que había dentro. Se niega a ponerse a limpiar sin que acuerden los turnos de trabajo, que luego se sabe cómo acaban esas cosas; pero si el plan es que sigan viviendo todos ellos allí hacinados, entonces más vale que empiecen a fregar, cambiar sábanas, etcétera… Lo planteará más adelante.
Tras los breves segundos que tarda en acostumbrarse a la luz, se percata de Abigaile, que está sentada de piernas cruzadas sobre una piedra grandota, cercana a la valla que topa con la pared de la montaña; parece ensimismada con el horizonte, pero haciéndole un gesto vago de saludo con la mano. Al lado, sobre la roca, tiene un plato sucio con migajas de algo.
Decide acercársele.
—¡Hola! —empieza dedicándole su, sabe, característica sonrisa bonachona.
—Buenos días Carla. —Ella le tiende la mano invitándola al pedestal. Aunque podría subirse sola, acepta la ayuda.
—¿Qué tal la mañana?, ¿cuándo te has despertado?
—Hace bastante, a las seis…
—¿Y los otros? —Se da cuenta demasiado tarde de estar interrumpiéndola. Siempre habla calmada y le suele ser difícil averiguar cuándo ha terminado la frase.
—Me tocaba guardia con Merlo desde las seis hasta hace una hora más o menos. —Ladea la cabeza apuntando a la atalaya—. Pero subió Andrea como a las siete y me ofreció que durmiera más rato si quería, así que me bajé.
—¿Tú crees que esos dos…? —Procura poner una mirada y tono especialmente picarones, casi hasta malvados.
—No sé. Supongo. Andrea no parece el tipo de chica que haga muchos favores, ¿no?
—¡Cuando la conoces es bastante maja! —Decide defenderla, aunque entiende que no estaba metiéndose con ella exactamente.
—Puede ser…
—Aunque es cierto, que es algo más borde que nosotras.
—En cualquier caso aún no han bajado y ya pasa una hora de su turno. —Por fin parece ceder y devolverle una sonrisa un poquito traviesa—. En teoría ahora les tocaría a Danko y Adán…
—¡Qué bien, ¿no?!
—¿Supongo…?
—¿Y qué haces aquí? ¿Por qué no te has echado otro rato?
—Yo… no tenía mucho sueño… además… —Vuelve a mirar hacia la garita, haciendo una larga pausa—. No sé yo cuánto de bien están haciendo la guardia…
Carla les dirige la mirada. Con el tejado del edificio apenas puede vérseles, pero parecen estar sentados como los indios, el uno frente al otro. Prestando mucha atención, se les oye riendo a ratitos.
—¡Qué monos!
—Tú sí que eres mona… —Le interpela la otra, con tono claramente de burlarse.
—¡Oh! ¡Gracias! —Decide encajarlo con un tono aún más infantil; tomándoselo pretendidamente por un halago. Abigaile se ríe con una carcajada grande y natural.
—Madre mía… estoy con unos críos…
—¡Oye! —refunfuña—. ¿Qué edad tienes tú?
—Veintisiete…
—¡Sólo me sacas un año!
—¿En serio? ¡¿Y qué haces con estos?! —Lo dice evidenciando el tono de broma.
—Pues lo mismo que tú…
—Ya… supongo…
—¡Anda!, ¡porfa, porfa! Cuenta cómo os conocisteis Hugo y tú. —Se acuclilla frente a la compañera, apoyando los codos en sus rodillas y descansando su barbilla en sus manos entrelazadas, mirándola jovial y muy intensamente—. ¡Todos nos morimos de ganas de saberlo! —termina dándole un puñetazo flojito en el hombro.
—Sabes… —Ella le devuelve un puñetazo mucho más fuerte, pero controlado; lo justo para desequilibrarla y hacerle caerse de culo, sujetándola inmediatamente evitando que se haga daño—. Me caes bien, tal vez algún día te lo cuente…
—¡Jo! —Decide alargar muchísimo la “o”—. ¡Anda porfa! Cuéntamelo…
—Ten cuidado o al final voy a tener que tirarte de la piedra…
—Vale… ¡jo!, qué chunga eres… —Ella le responde sonriendo; le da un poco de envidia, también es muy guapa; le gustaba un poco sentirse como “la chica bonita”—. Bueno… si quieres vete a echarte un rato, ya me quedo yo vigilando…
—Gracias Carla, no, no te preocupes; si realmente no estoy aquí por eso. Tenemos vallas, no va a pasar nada sin que los… tortolitos, ¿es esa la palabra no?
—Sí, sí —Ríe.
—Pues eso que no pasaría nada sin que esos se den cuenta yo creo.
—Y entonces, ¿por qué estás aquí?
—Por nada… no sé; da igual.
—No, no, cuenta… si quieres.
—No sé; es sólo que se me hace muy raro estar durmiendo en la misma cama con Hugo; pero todos vosotros alrededor…
—Ah, ya, bueno… la verdad es que se agradecería haber tenido habitaciones propias…
—Bueno, sí, supongo… pero no es eso.
—¿Entonces?
—No sé; realmente no os conozco de nada… me hace pensar en todo lo que está pasando y lo raro que es… Pero sabes, me alegro de que al menos él haya sobrevivido.
—¿Tu familia está en el país?
—Qué va…
—Lo siento.
—No, da igual… No éramos muy cercanos.
—¿Y tus padres?
—A ellos me refiero.
—Ah… perdón.
—Tranquila.
—Bueno; no le des muchas vueltas; mira a Andrea, realmente sólo nos conocemos de unos pocos días más que a ti.
—Bueno… parece que pronto alguien va a conocerla más profundamente…
—¡Joder qué bruta! Mírala a la mosquita muerta… —Vuelven a reír juntas.
—Oye, si me provocas…
—Ya, ya veo… Bueno; pues eso, mira, no te ralles, ya iras cogiéndonos el punto.
—No si no me rallo… no es eso.
—¿Y qué es?
—Que no me siento cómoda ahí dentro…
—Ah, vaya, pues… lo siento… —Pasan unos segundos de silencio.
—¿Qué…? ¡Ah!, no, no… no me refiero a eso, excuse me… —Cuando habla en inglés suena bastante adorable; duda si lo hará adrede—. No es por vosotros, de verdad. Es que… No sé, se os ve bastante unidos; como familia… No estoy muy acostumbrada a eso.
—Ya… entiendo… ¿y eso?
—Fuck… ¿al final voy a tener que tirarte de la piedra?, ¿o qué? —Enérgicamente, se pone en pie de un bote sin dejarla reaccionar—. Yo creo que ya me he puesto suficientemente sentimental para todo el mes… para varios meses de hecho.
—¿Abigaile?
—¡Me voy a ir a dar una vuelta!, quiero estirar un poco las piernas…
—¿Fuera?
—Sí.
—¿Tú sola?, ¿quieres que te acompañe?
—No, no, gracias; estaré bien. —Salta abajo y se encamina a la valla, dejando su plato sucio en la piedra.
—Bueno… ¡intentaré que te sientas más cómoda! —le grita en bajito mientras la observa saltar al otro lado ágilmente.
—¡No hace falta! ¡Sois geniales tal y como sois! ¡Me lo paso bien!
Ella le sonríe, la despide con la mano y la observa alejarse hacia los riscos. Después arroja el hueso de su manzana tras la verja y mira el cuenquito a su vera. Se indigna momentáneamente y, poniendo los ojos en blanco, lo recoge y se baja con él de la piedra decidiendo no tenérselo en cuenta, camino a dejarlo en el alféizar de una ventana de la casa, con intención de pasarlo cuando la gente empiece a despertarse.
¡Qué maja! A su extraña manera…
Estirándose y bostezando, empuja la sonora puerta entreabierta Danko, cruzándose con ella.
—¡Buenos días!
—¿Eh?, buenos días…
—¿Cansado?
—Sí… —contesta antecediendo a la respuesta unos gruñiditos.
—Pues vuélvete a acostar.
— “Nah”, no puedo… ¿Qué has desayunado?
—Una manzana y unas galletas… ¿Tú no desayunas?
—No sé; luego…
Él camina dándole la espalda hasta la mitad del patio, y después se queda en medio, mirando con gran parsimonia en todas direcciones; claramente está todavía muy somnoliento. Ella aprovecha y pasa adentro a dejar el plato en la pila de la noche anterior; así al menos lo fregará a quien le toque. También deja allí el cuchillo que acaba de usar; ya puesta a ser malvada…
Cuando vuelve Danko se gira y, rascándose la nuca, le habla con tono grave de casi sonámbulo.
—¿No me tocaba guardia ahora?
—Sí… pero esos dos no han bajado todavía…
—¿Quiénes?
—Merlo y Andrea.
—Ah…
Sin decir nada más, da media vuelta y regresa dentro de la habitación. Carla se queda de pie confusa unos segundos y después se encoje de hombros y se va a caminar un ratito, para desentumecer las rodillas, dando una vuelta a la alambrada. Aunque tras los muros el campo está bastante tranquilo, no se sentiría a gusto estando fuera sola.
El patio del que disponen será poco más grande que un campo de fútbol, cercado por valla de dos metros en tres de sus lados, y el último utilizando la pared de la montaña como defensa natural, con una grieta apuntalada de hormigón que da accesos a los túneles. Le preocupa un poco que puedan caerse zombis sin avisar desde arriba de las rocas. Para un humano habría que realizar un descenso bastante complicado sin cuerda, pero para quien no le preocupe estamparse…
Más o menos centrada frente a la gruta está la caseta que habitan y, en el lateral más exterior, el edificio de ladrillo que sirve de garita. Justo conforme pasa por debajo escucha otra risotada desde arriba. No está tan segura como Abigaile de que vaya a pasar nada muy pronto. No conoce demasiado a Andrea, pero ella tenía novio hace poco más de una semana… Le resulta curioso qué pueda ocurrir; y divertido.
Dando el paseo se da cuenta de que está un poco cansada de estar allí sin hacer gran cosa, jugando con el pequeñajo; le gustaría salir y hacer algo diferente. Tal vez puedan ir a algún pueblo a por más cosas… o algo. Aunque allí fuera están esas “cosas”. Tal vez sea por la, sabe, falsa sensación de seguridad, pero ahora mismo le dan incluso más miedo que antes, si cabe.
Se sienten voces viniendo del barracón. ¿Podrá ducharse ya? Se encamina.
Es Hugo, parece discutir brevemente. Acerca la oreja. Él y Esteban están molestos con Danko y Paco por haber estado hablando dentro… Bueno, al menos ya están despiertos todos. Decide calmar los ánimos desviando la atención.
—¡Buenos días muchachos! —Les sonríe asomándose por una ventana—. ¡Dormilones! ¡Merlo y Andrea están haciendo guardia por vosotros! —grita bien alto para que puedan oírla desde la garita—. ¡Anda!, desayunad y “cambiarles” el puesto ya a los pobres.
—¡Es verdad! —Adán pega un bote de su colchón y, con los ojos entrecerrados, se sacude la cabeza y va hacia el cuarto de baño.
—Voy… —aporta Danko, que se aleja de Paco yendo hacia la puerta.
Tras ella, Merlo está bajando las escaleras dándole la espalda y, cuando se gira, tiene la sensación de verle pintada una fugaz sonrisa.
—¡Buenos días, Carla!
—¡Hola!
—¿Todo bien?
—Sí, sí… ¿Y vosotros? —Intenta deliberadamente no imprimir ningún retintín en su voz; Andrea ya ha iniciado el descenso.
—Sí, todo tranquilo.
—¿Cómo siempre?
—Sí… Creo que voy a echarme un poco —bosteza.
—Si te dejan…
—¡Hola Carla! —Andrea.
—¡Hola!
—¿Sigue Yoni acostado?
—Como un angelito… y mira que empieza a haber jaleo…
—Voy a tumbarme con él…
—¡Vale!
Ambos le pasan de largo, con talante algo cansado; acaban de hacer una guardia de unas tres horas al fin y al cabo. Vuelve a estar sola y sin saber muy bien qué hacer, hasta que es prontamente interrumpida por Danko, que ha dado la vuelta a la caseta y va rumbo a la garita.
—Voy a vigilar —dice señalando con un dedo y arrastrando los pies.
—Seguro que…
—Sí, sí —contesta cansinamente.
Ya hablaron hace unos días que no hacía falta que él se subiera allí arriba, pero se empeñó en que podía hacerlo. Y aunque es verdad que con un poco de lentitud, acababa pudiendo trepar a la escalera con dignidad, usando la articulación de su codo a modo de asa cada vez que tenía que desplazar la única mano que le quedaba.
Observándolo con cierta pena, pero también cierta reverencia, se da la vuelta y se decide a ir a abrazarse un ratito a su novio. Esta vez lo que le cuesta es ver en la oscuridad interior del cuarto. El día, aunque nublado y un poco ventoso, pinta todo de un filtro blanco muy resplandeciente, en contraste con allí dentro.
Por fin tantea su espalda, incorporada sobre el colchón y con la cabeza gacha por el tope del somier de arriba. Le masajea suavemente los hombros por unos segundos y después se acurruca contra su omoplato profiriendo un gemidito agudo, con intención de parecer mona.
Ha notado que él se ha puesto tenso un instante, pero al segundo sólo se ha quedado quieto. Sabe que le pone de mal humor que lo despierten sin motivo. Al final, se da la vuelta, mira alrededor comprobando que no hay nadie mirando, cree, y la besa en los labios, tirándose sonriente con ella hasta quedar tumbados frente a frente.
—Hola —le susurra.
—Hola. —Devuelve el tono.
—¿Cómo estás?
—Bien, ¿y tú?
—¡Bien!
Le da un beso con un poquito de dientes en el cuello. Él se deja unos segundos, pero después la aparta cortésmente.
—Carla, están todos por aquí, y también el crío…
—¡Jo!
—Luego si quieres buscamos un ratito para estar a solas…
—¡Vale! Por cierto… me gustaría salir de la mina a hacer algo pronto.
—¿Así de repente?
—Sí…
—¿No acabas de decir que querías que buscásemos rato para nosotros…?
—También…
—No sé… en algún momento deberíamos preocuparnos ya de la gasolina.
—Me vale…
—Luego si eso lo hablamos con el resto…
—¡Por cierto! ¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Merlo… —Decide bajar muchísimo más el tono, hasta hablarle al oído, dado que los dos implicados están sólo a un par de camas de distancia—. Merlo y Andrea han estado haciendo guardia juntos por tres horas… sin que les tocara a ellos.
—¿Y este cambio de tema?
—No sé, pensé que te haría gracia.
—Puede… Es pronto para sacar conclusiones…
—¡Tú sabes algo!
—Qué va…
—¡Dímelo!
—No es nada.
—¡Por “faaaa”!
—Nada; que Merlo hace unos días estuvo hablándome un poco de Andrea. Y también me preguntó que qué opinaba de ella… No dijo mucho; pero me pareció interesante que me sacara el tema.
—¿Y qué dijiste?
—¿Yo?
—Sí.
—Nada, Carla; le seguí un poco el juego. Que parecía una buena chica.
—¡Qué majos!, ¿no crees?
—No sé…
—¿Qué pasa?
—Nada, que no conocemos de casi nada a Andrea.
—¡Pero si es súper maja!
—Eso será contigo…
—¡Y el niño es muy mono!
—Puede… Como me digas ahora que quieres uno, me muero.
—¡Idiota! —ríe—. ¿Y qué te parece “Abi”?
—¿“Abi”?
—Abigaile…
—Ya, ya… ¿Qué pasa, que ahora te gusta ella a ti? Pues lo siento, pero tiene novio…
—¡Qué tonto eres! —Le da un puñetazo, dejando que esta vez sea claramente audible su frase.
—¡“Au”! ¿Por qué me pegas?
—En serio, ¿qué piensas de ella?
—No sé… que es demasiado reservada.
—Ya…
—Y un poco creída…
—¿Tú crees?
—No me gusta mucho cómo habla a veces.
—Yo he charlado un rato con ella antes y ha sido muy agradable.
—Seguramente haya que conocerla… Es novia de Hugo al fin y al cabo.
—¡Ya!
—¿Tú te lo explicas?
—Ni de coña.
—¡Tortolitos! —habla Merlo—. ¿Queréis desayunar algo? —Parece que no se ha echado al final…
—¡Macho! —Se siente una exclamación en voz baja—. ¡Que está mi hermano durmiendo!
—Ah… lo siento…
—¡Qué capullos! —contribuye Adán, que acaba de salir del cuarto de baño rumbo a la cocina.
—No, no queremos nada Merlo, gracias —empieza controlando el volumen—. ¡Qué monos, su primera pelea! ¿Tú quieres algo? —procurando usar una voz bajita, zarandea el brazo de Esteban. Él lo aparta un poco brusco.
—Carla, anda, no seas tan nerviosa que es muy temprano.
—Es que me hace ilusión…
—Pues no debería… piénsalo; a más parejitas, más difícil será encontrar hueco en la mina —responde con su gesto de broma.
—Ah… es verdad… —Sigue el juego.
—Por cierto, ¿no encendíamos el generador por la mañana? —Adán.
—Sí —responde Esteban—. Hay que pedirlo… o encenderlo tú mismo si ya están todos despiertos…
—Ah… pues me he duchado con agua fría… —Esteban se ríe.
—Voy a levantarme a desayunar algo.
—Vale, voy contigo.
—Si quieres quédate más ratito aquí; ahora vuelvo.
—Vale como quieras…
Su chico se levanta, acariciándole suavemente la piel desnuda del antebrazo y la muñeca, y después desaparece de su vista hacia el resto. Los oye cuchichear sobre si encender el cacharro, y descartarlo porque aún queda gente acostada.
Poco a poco, se siente sucumbir a un agradable duermevela, confortablemente fresco, encima de las sábanas arrebuñadas. Empiezan a oler; habría que lavarlas pronto…
—Carla… ¡Carla!
—¿Eh? —Se siente bostezar a sí misma—. ¿Qué pasa?
—Nada tortuguita, son las doce; pensé que querrías levantarte…
—¿Tortuguita? —Él confirma con una sonrisa; ¿será por estar metida entre las sábanas?, ¿cuándo se volvió a arropar?—. ¿Las doce ya? Qué tarde…
—Sí, dormilona; hasta el pequeñajo se ha levantado.
—Voy… ¿hay alguien en la ducha?
—Creo que no… toda para ti.
—¡Qué bien!
Se levanta y rebusca en la mochila a los pies de la litera, hasta sacar a tirones una toalla de entre el revoltijo, y repite el proceso para hacerse con ropa interior limpia.
—Deberíamos empezar a plantear de un modo más regular cómo lavar las ropas… —farfulla pero para que todos la oigan.
Acto seguido, con la tela algo áspera por el uso entre las manos, emprende el paso hacia las duchas situadas justo a la izquierda de la entrada, pasada la cocinita. En la mesa están sentados Merlo, Andrea y Adán, jugando con Yoni a algo de “papel y boli”.
Esteban se despide de ella en el umbral con un piquito rápido y marcha al puesto de vigilancia, donde imagina ya se encontrará Paco. No hay rastro de Danko… ¿Estará de nuevo por los túneles? Su afición a ese lugar le preocupa un poco; tiene que estar hecho polvo el pobre. ¿Y Abi?, ¿no ha regresado todavía?
Busca a Hugo con la mirada. Tampoco está… Siente envidia.
El agua, entibiándose a ritmo de crucero, le saca de su ensimismamiento. Desnuda con las ropas en un taburete fuera de la cortinilla echa mano de los productos de limpieza comunes y se asea parsimoniosamente.
El momento de indulgencia le resulta ansiado e inquietante a la vez. Echa de menos las comodidades de su casa; agradece tener ese pequeño lujo… pero su cabeza empieza a divagar.
Piensa en sus padres; sus amigos. Se siente tonta echando una lagrimita hasta por su trabajo… su antiguo trabajo en el Corte Inglés que detestaba.
Hay algo más; no, la inquietud tiene una explicación. ¡Escucha a tu subconsciente!
Para el agua abruptamente, con el pelo apenas aclarado, y escucha. Escucha…
Inconfundibles, advierte los graznidos de algo ahí fuera.
—¡Chicos! —Nadie responde—. ¡Chicos! —reintenta una vez más. Nota ella misma como el generador, pegado a la pared exterior del baño, apaga su voz.
Pega un brinco fuera, resbalando su pie húmedo sobre el suelo de azulejo, deslizando hasta recobrar marginalmente el equilibrio, con la ayuda de un lavabo que tuerce al chocar dolorosamente.
Frente a ella, tras los dos cubículos adicionales de duchas que llenan la distancia, ve a un hombre de piel amoratada y cenicienta, hombros dislocados y cráneo desfigurado, que ha roto sus propios huesos intentando entrar por entre los barrotes de la única ventana del cuarto; chorreando por su boca una baba, o hiel, o sangre enfermiza que forma un charquito grimoso y sutilmente nauseabundo, entremezclado con la humedad del suelo. Extiende una mano en articulación imposible tratando de alcanzarla fútilmente, atascado el cuello y medio hombro entre los hierros.
—¡Ahhh! —Sale gritando, con el pudor suficiente como para envolverse el cuerpo torpemente antes de abrir la puerta—. ¡Ayuda!
Está aterrada, pero no es eso lo que la ha llevado a la histeria, sino el asco y la repugnancia; la suave pestilencia almizclada, la imagen de la desfiguración y la putrefacción…
Adán, de repente al lado, la agarra de los hombros y la aprieta cálidamente contra su cuerpo por un instante, mientras lo ve torcer la cabeza para mirar dentro del baño; después la mueve con Andrea que se ha acercado y parte a paso ligero hacia la cocina.
Nota que Andrea también trata de reconfortarla abrazándola y recolocándole discretamente la toalla. No puede parar de balbucear de la grima. “Carla, tranquilízate, no hay peligro”. Merlo está distrayendo protectoramente al pequeñajo para intentar evitar que se acerque, pero nota sus ojitos mirándola con preocupación, a punto de echarse a llorar por empatía infantil.
Se le incrusta la mirada asustada de Yoni. “Carla, recomponte; por él”. Trata de esbozarle una sonrisa que siente falsa, aún con lagrimitas en los ojos. Adán regresa con un cuchillo grandote en las manos. Ella se incorpora y aparta un poco de la compañera, todavía con las piernas algo temblorosas.
—Adán, “por fa”, déjamelo; me encargo yo.
—No te preocupes —contesta ya a mitad de entrar en el baño.
—Déjame a mí. —Lo intercepta agarrándolo de un brazo.
—Yo… —Se fija en que el muchacho busca ayuda tras sus hombros y un sexto sentido le dice que Andrea está asintiendo—. ¿Estás segura?  —dice con voz dudosa, mirándola de nuevo a los ojos.
—Sí.
Le extiende el cuchillo, ofreciéndole el mango. Ella lo toma y, escondiéndolo “inocentemente” tras su cuerpo, se gira a encarar a Yoni, al cual Merlo ha desistido de intentar desviar y ahora se conforma con interrumpirle el paso hasta ellas dos.
—Tranquilo Yoni; es que me ha asustado una rata muy “gordota” —Esta vez queda más convencida de haber logrado poner un gesto más convincentemente cariñoso.
Dedicándole hasta el último momento una mueca que pretende risueña, se mete en los baños y cierra suavemente la puerta tras de sí.
Mira enfadada al frente.  “¡Cabrón!”. Parsimoniosamente, notándose las mejillas acaloradas de adrenalina, se viste de nuevo. Le resulta muy desagradable la idea de acercarse desnuda a la “cosa”. Cada instante que pasa poniéndose pantalones y camiseta, atándose cordones y envolviéndose la boca con la toalla, cuyo olor a jabón camufla el desagradable almizcle de la estancia, lo pasa pensando en las ganas que tiene de acabar con él, en lo humillada que le ha hecho sentirse.
A paso lento, se aproxima hasta menos de un palmo de su zarpa extendida y contorsionada. Con su diestra, la agarra de la muñeca, que con las articulaciones dislocadas es incapaz de ejercerle resistencia, y manteniendo esa única amenaza controlada, acorta la distancia hasta tenerlo al alcance. El zombi le gruñe con ímpetu redoblado. Ella zarandea hacia arriba la mano izquierda, empuñando el cuchillo del revés, y lo sacude bruscamente provocando que se le incruste hasta la empuñadura dentro de la deformada calavera. Siente el impulso de gritarle iracunda e irracionalmente, pero se contiene recordando que el crío está fuera y aterrado.
La sangre fluye muy viscosa y espesa por la herida. Se aparta aún con algo de dentera. Le escuece la mano. ¿Se ha cortado al dar la puñalada? Se mira. Tiene un corte fino en el nacimiento del dedo meñique. Se lo enjabona y detiene la leve hemorragia con la toalla hasta que para de sangrar.
De un portazo, entra Esteban.
—¡Carla! ¡¿Estás bien?! —Ha recorrido la mitad de la habitación como una bestia, con una tensión en el gesto que la pone nerviosa.
—Sí cielo —responde mecánicamente.
—Carla… —Se acerca y la abraza, sin quitarle ojo de encima al cuerpo inerte que sabe ha dejado a su espalda. Aún con el arma clavada—. Lo siento mucho… Te juro que no hemos visto nada…
—¡Pues podríais haber estado más atentos! —estalla sintiendo como se le viene todo encima, moderando aun así el tono todo lo que puede, pero sólo con ganas de descontrolarse.
—Carla… —le insiste con voz casi suplicante cuando ella se zafa de sus manos, entre las cuales no le apetece nada estar ahora mismo. ¿No le apetece nada?
Empieza a caminar muy airadamente hacia la puerta, a la que se están asomando Paco y Adán, tratando de disimular molestamente.
—Carla…
Cruza el breve pasillo a zancadas y empuja con energía el portón de metal, casi trotando hacia la verja. Sólo quiere ir en línea recta. ¡¿Qué pasa?! ¿Es que no va a ir Esteban a buscarla?
Casi está ya en la alambrada cuando oye como vuelven a gritar su nombre por la espalda, y siente los pies en carrera de Esteban. ¡Por qué no puede dejarla en paz!.
Se agarra con los dedos a los cuadraditos de alambre sintiendo como se le escapan las fuerzas.
Unos brazos la envuelven desde el costado y la aprietan contra su cuerpo.
—¡Que me dejes en paz Esteban! —responde dándole un par de manotazos con fuerza en el hombro.
—Carla, tranquila…
—¡Que me sueltes! —El abrazo de su novio le hace sentirse cálida; se nota segura.
No quiere sentirse segura; quiere estar histérica. Tiene derecho a estar histérica. Se encuentra fatal. Todo el mundo se ha ido a la mierda. Está muy mareada. De repente nota una convulsión de su estómago y vomita llorando.
¡¿Por qué no la suelta?! No quiere su abrazo… Como la suelte…
—Carla… —Muy suavemente, casi como un susurro, le está acariciando la nuca apartándole el pelo de la cara.
—Déjame… —Le ha manchado los pantalones…
Lo mira a los ojos. Se abraza de su cuello y empieza a sollozarle en la clavícula. Quiere irse… quiere irse de todas partes. No quiere que todo el mundo esté así. Lo quiere…
Se abraza y llora por un rato. Las manos de su novio en su espalda son como redes…
—Te he puesto perdido —prorrumpe de golpe, sin esperárselo ella misma, tratando de reír, como forzada y a la vez sin poderlo evitar.
—No pasa nada Carla. —Le da un beso en la frente, con un semblante relajado y dulce que la enternece.
—Lo siento…
—“Por fi”, no te vuelvas a poner así conmigo
Ella le asiente intentando fingirse adorable, como en impulso de compensarle, cerrando los ojos imitando algún animalito; también para esconder que sigue llorando. Vuelve a abrazarle con fuerza, descansando la nuca contra su cuello
—¿Te apetece que pasemos? Seguro que Yoni está preocupado por ti… —La sorpresa de que sepa comprender tan bien incluso sus preocupaciones más tontas sin tener que contárselas, le atraviesa de gratitud; aunque ya debería estar acostumbrada…
—Vale.
Con cariño renovado, de nuevo avergonzada, y algo arrepentida de haberse puesto así con él, le envuelve un hombro y caminan hacia los barracones.
Pero debería haber cuidado de ella y haber vigilado mejor… ¿Le falló? “No Carla, mírale; no es que no hiciera su trabajo… a cualquiera podría pasarle…”
Busca la atalaya de soslayo. Encima están Merlo y Paco. No los ha visto ir hasta allí en su rabieta. Es cierto que desde ella, el ángulo al baño queda un poco muerto…
—Lo siento Carla… De verdad que no vimos nada… —¿Ha comprendido también el gesto de su mirada? Sí, claro que sí lo ha comprendido…
—No pasa nada, lo entiendo —contesta parcamente. Nota algo de enfado todavía en su interior. ¿Pero es con Esteban realmente? Podría haberle pasado algo mucho más grave a cualquiera…
Yoni está sentado en la mesa del comedor, con los pies colgando; cabizbajo. Su hermana y Hugo están junto a él; hablan entre ellos de algo, pero parece que pendientes del crío, con aspecto apaciguador. Alguien le aprieta el hombro que tiene libre.
Se gira. Es Abi. Le guiña un ojo primero y después, con una sonrisa que le parece muy respetuosa, le aprieta la mano como una invitación tácita y sale fuera de las habitaciones.
Le agradece el gesto, pero no tiene ganas de hablar, así que sonriéndole a la nuca de la joven, sigue caminando pegadita a Esteban. Se da cuenta brevemente después de que inconscientemente le ha cogido de la mano en algún momento.
Sabe que a él esas cosas le dan un poco de vergüenza cuando hay gente alrededor; pero está claro que dada la situación no debe importarle.
—Hola Carla, ¡¿cómo estás?!
Andrea se ha levantado y se le ha acercado hasta una distancia amistosa, aunque le ha dado la sensación de que por un momento le ha dedicado una mirada severa… Supone que no debe hacerle gracia que haya asustado así a su hermanito. Hugo se queda quieto mirándola, adorablemente inepto para consolarla.
No quiere que intenten consolarla más. Durante unos momentos se sintió orgullosa de sí misma, yendo a encargarse del zombi con sus propias manos por el chavalín, y ahora lo había arruinado… Esteban entró tan rápido justo en un momento en el que ella estaba tan tambaleante…
Quiere compensar su espectáculo. Procurando amabilidad, se desembaraza de Andrea y se aproxima a Yoni.
—¡Hola pequeñajo!
—¿Por qué me has mentido y me has dicho que era una rata, y no un zombi? —“¡Qué directo!”.
—¿Qué? —contesta tratando de ganar tiempo. El niño tiene una cara extrañísima. Busca respuestas en los demás. La hermana cruza la vista con ella, con ojos perplejos y encogiéndose de hombros.
—A ver, ¿y tú por qué sabes eso? —reprocha Andrea con tono maternal, acercándose a cogerle confortadoramente del codo—. No se dicen las cosas así a los mayores Yoni…
—Pero es verdad, ¡lo sé!
—Yoni…
—Es cierto. —Decide interrumpirla—. Lo siento Yoni, no tenía que haberte mentido…
—¿Por qué? —la atropella.
—…Ya eres todo un hombrecito…
—¡No me trates como a un niño!
—No te trato como a un niño. Ahora te trato como a una persona mayor.
—¿Entonces?
—Sólo quería que no te asustaras, lo siento.
—A veces me asustan esas cosas…
—Por eso…
—¡Pero no me gusta que me mientas!
—Tienes razón… prometo no hacerlo más, ¿vale?
—¿Me lo prometes? —usa un hilo de voz tan enfurruñado que empieza a sospechar que es tan listo como para hacerlo adrede.
—Te lo prometo. —Le pone una mano en el pelo y trata de revolvérselo de un modo que no resulte condescendiente sino familiar.
¿Ha dicho “no me gusta que me mientas” en vez de “mientan”? Al darse cuenta de eso, se siente muy culpable y también una extraña alegría…
—¿Quieres jugar conmigo?
—¡Claro! ¿A qué?
Pasan la hora y media que les queda jugando entre varios. Esteban no tarda demasiado en irse a relevar a Merlo, que después de todo estaba vigilando sustituyéndole. Entre bambalinas, se entera de que los hombres decapitaron al zombi y lo arrastraron discretamente fuera, fregando después el cuarto de baño. ¿Por dónde entró esa cosa? La idea le inquieta…
Jugando al pilla-pilla, recuerda que le duele la mano.

El olor a verduras en lata cocinándose acota el tiempo de juego. Tantos días de verduras en conserva empiezan a hacer que el aroma le resulte desagradable; pero a la vez, el hambre de toda la mañana, seguramente acentuado por haber “echado la papilla”, hace que su tripita le ruja exigiéndole que ignore a su lengua.
Abigaile y Hugo son los que se han puesto a calentarlas y a servir los platos. Primero, por cortesía, les llevan los suyos a Paco y Esteban en la atalaya. Después se reúnen en torno a la mesa de la cocina y van sentándose. Siguen sin estar fregados los cacharros de la mañana.
—Tenemos que hacer turnos de una vez para lavar y fregar —comienza medio atragantándose con la primera pinchada de su plato.
—Es cierto —apoya Abigaile, sentada junto a Hugo, que asiente silenciosamente.
—Estos días están siendo muy caóticos… —apunta Adán rascándose la nuca. Danko y Merlo no parecen sentir necesidad de justificarse y siguen callados. Yoni está absorto con su revuelto de judías verdes, dejando claro que también está harto. Aunque no profiere queja.
—Aún así. No podemos seguir así; ¿os habéis parado a cómo huele aquí dentro?
—Carla tiene razón chicos; estamos siendo unos cerdos. —Andrea.
—Gracias…
—¿Y qué proponéis? Ya es un jaleo lo de las guardias… —Hugo. Yoni, de repente, empieza a comerse a grandes bocados, casi sin masticar, las verduras, con el ceño cómicamente fruncido.
—Pues… —Mira a Andrea.
—No lo sé… ¿y si hacemos turnos? —responde.
—Sí; podemos repartirlos ahora después de comer.
—¿Y las guardias? —Merlo—. No sé; no creo que a nadie le apetezca ponerse a fregar algo después de no haber dormido.
—Y luego hay veces que algunos salimos a hacer algo —Adán.
—Y no siempre es en el mismo momento… —Vuelve a la carga Merlo.
—Joder, en vez de quejaros podíais dar ideas —Andrea.
—No me quejo —objeta Merlo—, simplemente digo que no es viable hacer horarios.
—¿Y entonces qué?
—Hombre, pues hay algunos que se pasan el día aquí siempre sin hacer gran cosa. —Mira muy rápido a Danko, casi apartándole la vista cuando este va a cruzar los ojos con él, y después se queda fijándose en Hugo.
—¡Yo no voy a fregar siempre!
—¡¿Y qué haces…?! —No quería haber provocado una discusión…
—Y tú, Danko, ¿no dices nada? —Andrea pisa la pelea que sigue ocurriendo en paralelo.
—Yo estuve arreglando el generador por ejemplo…
—¿Yo? No sé… ¿no deberíamos esperar a que estuviéramos todos para hablar de esto? —responde despreocupado comiendo con una sola mano con sorprendente habilidad.
—¡Joder es que ni siquiera estamos todos juntos nunca! Es un puto caos… —Tiene ganas de ponerse a llorar de golpe por la estupidez de la situación.
—¡Eso fue hace semanas! Y que yo sepa la mayor parte la hicieron entre Adán y Esteban; y Danko al menos está explorando las minas aunque…
—¡¿Aunque qué?!
—Sí pero yo he estado fregando y lavando en verdad casi todos los días.
—Pues eso.
—¿Qué pasa con las minas? —Ahora tiene la mirada muy quieta en Merlo, casi agresivo en su estatismo.
—Ah, así que como os he estado haciendo el favor hasta ahora ya es mi trabajo.
—Pues si no, haz otra cosa, a ver; qué…
—A ver… —impone el silencio Abigaile con apenas un hilito de voz, cogiendo una manzana del centro de la mesa hincándole el cuchillo como un látigo; acercándosela luego a la boca para empezar a comerla como un pincho moruno. Parece casi salida de una peli…— Merlo y Andrea; Esteban y Carla; Adán y Paco; y Hugo y yo. Por mí no tengo intención de hacer limpiar a un niño ni a un herido. Eso hacen cuatro grupos. Cada día le corresponde mantener todo limpio a uno de los grupos. Fregar cacharros, suelos, preparar basuras… Si todo se limpia con cierto cuidado todos los días, tendremos esto siempre, ¿cómo decís…? ¿Como los chorros del oro? Bien. Eso. El grupo que le toque tiene todo el día para encargarse de la limpieza, así que podrán organizarse en el momento que mejor les venga para sus guardias, para si alguno tiene planeado salir en algún momento del día, o lo que sea; pero para el final del día tienen que tener hecho todo el trabajo, si no les tocará quitarse horas de sueño, y sin molestar a los demás. Las ropas las lavaremos por ahora en las duchas una vez a la semana, el grupo que le corresponda; y haremos una prioridad hacernos con una lavadora. Algunas veces un grupo tendrá más trabajo, otras veces otro. Y si alguien quiere cambiar de día o grupo por algo, que lo diga y si alguien acepta, pues hecho. —Se fija en Andrea, quien aparenta mirar a Merlo con cierta sorpresa; aunque le parece que es fingida—. ¿Alguien que le parezca mal?
Todos intercambian fugaces vistazos. La verdad es que le parece un arreglo muy eficiente. Merlo parece tener cierto aspecto de estar mordiéndose la lengua con sumisión.
De repente Danko se yergue arrastrando premeditadamente la silla; lleva su plato hasta el fregadero y empieza a ponerse a fregar su cacharro y el resto de los de la pila, con evidentes dificultades… usando su muñón como tope contra el que apoyar los cubiertos para pasarles el estropajo.
—Somos cinco grupos. Hoy me encargo yo. Decidid vosotros el resto del orden; e idme dejando en el cuarto de baño lo que queráis que lave; y si no queréis que os mezcle las cosas dejadlas en montones separados
—Danko —Abi—, no hace falta que tú te encargues de nada.
Para de fregar y la mira muy penetrantemente, casi desafiante. Carla siente cierta congoja; no sabe quién de los dos la intimida más cuando se pone serio. No quiere verlos chocar de ningún modo.
—No me digas qué puedo, y qué no puedo hacer.
Abigaile le sostiene la mirada por unos segundos interminables y después baja la vista sonriendo de un modo extraño, casi como si estuviera conteniendo una profunda carcajada.
—Vale, como tú quieras —prorrumpe con voz jocosa—. ¿Quién quieres que haga turno contigo?
—Pues… —Cambia su objetivo y mira alternativamente a Merlo y a Hugo—. En este grupo no hay nadie inútil. ¿Entendido? —Sin previo aviso, tuerce de nuevo bruscamente para encarar a su interlocutor—. Yoni; ¿quieres ser mi compañero y hacer cosas de chicos mayores?
Yoni suelta de entre sus manitas el tenedor sobre el plato ya vacío. Llevaba un rato sin decir nada, mirando a unos y a otros; intuye Carla que sospechando que “los mayores” estaban “regañando”.
—Yo…
—Tendrás que ayudarme a limpiar, pero si hacemos las cosas bien te enseñaré a tirar cuchillos para matar a los zombis.
—¡Vale!
—¡Oye! —salta Andrea.
—¿Qué pasa?
—¡Tú quién coño te crees para decir eso!
—¿Por qué no?
—¡Chacha!
—¡No ves que solo tiene siete años!
—¿Y qué?
—¡Chacha!
—¡Tío! ¡¿Tú no estás bien o qué?! No tiene edad de hacer esas cosas.
—¡Pero Chacha!
—¡¿Qué pasa Yoni?!
—Dices que tengo que ser mayor. Yo quiero jugar con Danko.
—No Yoni; es peligroso.
—Andrea —interviene Abigaile—. No creo que sea una mala idea si él quiere.
—¡No! ¿Estáis locos? No tenéis ni puta idea. Si quiere limpiar que limpie, pero no vais convertir a mi hermano en un psicópata como vosotros.
Sale de la cocina a grandes zancadas y se va hacia una de las camas, dejando al niño con los ojos húmedos. Decide perseguirla.
—Andrea… ¡Andrea, espera!
—¿Qué coño quieres?
—Tía; te has pasado un poco, ¿no crees?
—No, “tía” —pronuncia con retintín—; en serio. Estáis jodidamente zumbados. Yo he matado a algunas de esas cosas también, pero es que vosotros no parece que os importe una mierda. —Abigaile ha llegado y se ha sentado también en una cama junto a ellas—. No quiero que mi hermano crezca así.
—No sé de dónde te sacas eso… ¿No has visto cómo me he puesto yo hace un rato también? A todos nos está siendo duro…
—No me refiero tanto a ti… sino a ellos. Ese tío… ¡se cortó su propia mano! ¿Y os extraña que no quiera que coja a mi hermano y le enseñe a hacer esas cosas? Solo es un niño; no tiene criterio todavía, no puedo permitir que se crea que puede enfrentarse a esas cosas y que acaben mordiéndolo.
—Si te entiendo… pero…
—Andrea —Le corta Abigaile—. Ese tío tuvo que cortarse la mano porque decidió enfrentarse a un montón de esas cosas para salvarle la vida a mi novio. Y está vivo porque tuvo el valor de cortarse la mano. La infancia es una invención primermundista de los maestros y las empresas de juguetes. Y con todo, me parece increíble luchar por protegerla. Precisamente por eso deberías dejar que Danko hiciera lo que no puedes hacer tú. Porque si quieres que tu hermano tenga una posibilidad de tener un ápice de infancia, él se está ofreciendo a enseñarle a protegerla.
¡Joder! Retira su pensamiento de que Andrea se había pasado. Qué bruta que es esa chica… Se ha levantado y la está mirando. ¿Debería hacer algo?
—¡Pero es sólo un niño! —responde con lágrimas rabiosas y rostro enrojecido.
—Exacto. Y en todo el tiempo que llevo aquí me ha parecido que lo estabais haciendo fatal con él. Es un niño, así que lo tiene el doble de complicado que nosotras. ¿Quieres que pueda vivir, aun cuando tú y yo hayamos muerto porque hayamos tenido mala suerte y no podamos protegerlo? Entonces déjale crecer al ritmo que pida. Y ese chaval lleva tiempo pidiendo a gritos que lo dejen crecer. No lo estás protegiendo a él. Te estás protegiendo a ti, porque no quieres perder tú la inocencia de tu hermano.
—¡Abi! —Decide interrumpirla—. ¡Ya está bien! ¡¿No ves cómo está?! —Andrea está quieta en el sitio, temblando silenciosa y mirándola con muchísimo odio.
—Está bien. Vámonos.
¿De repente la incluye? ¿Qué debería hacer? Mira a la chica; no parece que esté como para que nadie la diga nada, ni siquiera para que intenten confortarla. Se levanta también y dedicándole un “lo siento” todo lo empático que se ve capaz de pronunciar, se aleja con la sargento.
—Abi —le cuchichea cuando ya están llegando a la cocina—, no me parece nada bien que hayas sido tan dura con ella.
—No lo sé… veremos qué pasa. —Parece tener el gesto algo dubitativo también.
Yoni está junto a Danko y Hugo, que se han puesto a distraerlo de la conversación enseñándole cómo fregar los cacharros. Al llegar su pareja, éste último se va afuera con ella. Merlo y Adán tienen cara de no saber cómo desaparecer, pero estar intentándolo con esmero.
—Anda que tú… —Encara a Merlo en voz baja—. Ya podrías haber dicho algo; está claro que últimamente ella se estaba apoyando mucho en ti.
—Yo… —Nota como se le cae un jarro de agua fría al haber alguien que lo obliga a volver al mundo—. Pero yo también pienso que es buena idea enseñarle…
—¿Y eso qué más da? A veces una sólo quiere sentir que alguien la apoya, ¡leñe!
Súbitamente Andrea, como un borrón, pasa por la cocina, coge a su hermano de la muñeca y lo saca al patio, dejando como un eco enfadado un “vamos a hablar Yoni”.
Merlo hace ademán de ir a salir tras ella; pero rápido se abalanza sobre él y lo agarra de un hombro para detenerlo.
—Joder Merlo; ahora no… Justo ahora no, tío.
—¡Joder! ¡Y yo qué sé!
Ante su cara de derrota y confusión no puede evitar poner una cierta sonrisa de lástima…
—Tú también tienes que crecer…
—¿Qué? —contesta, claramente algo molesto.
—Nada —ríe.
Decide asomarse cautelarmente al quicio de la puerta. En un extremo del patio, sobre la roca, están Hugo y Abigaile. Él tiene puesta una mano sobre su hombro y le tiene cogida la otra; parecen algo de mal humor, aunque no entre ellos.
Frente a la entrada de la cueva está Andrea, acuclillada, mirando de frente a su hermano. Parece estar hablándole seriamente y el chico parece un poco intimidado.
Se queda quieta a esperar a ver cómo se desenvuelve todo.
Tras un breve minuto el niño vuelve corriendo sonriente hacia las barracas y Andrea desaparece de su campo de visión hacia algún lugar de la verja contraria.
—¡Carla! —Se gira, es Esteban gritándole desde la torre—. ¡Carla!
—¡¿Qué?!
—¡Ven! —Le hace gestos con la mano acompañando su petición.
De camino escucha la vocecita diciéndole eufórico a Danko que le dejan jugar con él. Aunque supone que ese trato habrá tenido clausulas… Cuando por fin llega a los pies, lo encuentra asomando la cabeza.
—¿Qué quieres?
—¿Qué está pasando? Se os oía discutir desde aquí…
—Ah… “¡Puf!”. Espera, subo.
No quiere tratar el tema a gritos. Cuando está terminando de llegar arriba por la escalera de mano, Paco y su novio la ayudan a terminar de encaramarse agarrándola de los codos. La verdad es que un descuido allí arriba podría ser peligrosillo. Está lo suficientemente alto como para que una buena caída sea dolorosa, y una mala terrible.
—¿Cómo estás?
—Hola Paco. Bien, bien. ¿Vosotros?
—Aburridos. Por cierto, gracias por la comida.
—Nada; eso díselo a Hugo y Abigaile; se han encargado ellos.
—Bueno, cuéntame; qué ha pasado.
—Pues eso tiene que ver.
—¿El qué?
—Lo de la comida, Esteban.
—No entiendo.
—A ver… Mientras comíamos yo he dicho que teníamos que repartir tareas.
—Ajá.
—Y se han puesto a discutir con quién hacía más cosas y quién menos.
—Ya. ¿Y ya está?
—No. Abigaile ha apuñalado una manzana y la hemos hecho caso. Nos ha dividido en grupos de dos. Tú y yo estamos juntos…
—Espera; ¿se ha puesto a dar órdenes?
—No, a ver; no exactamente. Es que era todo un caos.
—Ya. Bueno, ¿y?
— “Joer” te lo estoy intentando contar. —Lo nota molesto, aunque no sabe muy bien por qué—. Pues eso, ha —nota como su cerebro le informa rápidamente qué palabra usar— “propuesto” que cada día le toque toda la limpieza a uno de los grupos, y que vayamos rotando día a día; así podemos organizarnos con las guardias que nos toquen, etcétera…
—¿Y yo con quién voy? —Paco.
—Con Adán; pero ha dicho que si alguien quiere cambiarse de grupo que lo diga.
—Ah, ¿que tenemos que pedirle permiso? —Esteban.
—No si por mí está bien, era por saberlo…
—No a ver… lo ha dicho que lo digamos en general.
—Sí, pero ella ha concedido que eso es una opción, ¿no?; ¿si no, no podríamos?
—No creo que fuera en ese sentido… sólo intentaba poner un poco de orden porque parecían todos a punto de pegarse casi. Aunque sí que es un poco mandona… —No sabe por qué le ha salido ponerse momentáneamente en su contra, realmente no la culpa por eso…
—Ah, ¿un poco?
—No sé… —Ríe nerviosa.
—¿Y todo el rato con eso?
—No… luego… A ver; al principio… Danko lo excluyó de los turnos por… pero él dijo que quería participar también y le preguntó que quién quería que fuera con él, y él dijo que el niño, al que tampoco habían metido en ninguno de los otros grupos; y luego le dijo al chaval que si quería, claro, pero que si hacía bien las cosas le enseñaría a lanzar cuchillos, y la hermana se enfadó un montón y dijo que no, pero Abigaile y yo fuimos a hablar con ella y ella le dijo…
—¿Abigaile otra vez?
—Sí…
—Ya…
—¿Sigo?
—Sí, sí.
—Eso, que su hermano estaría más seguro si dejaba que Danko lo entrenase un poco; algo de que dejase al niño crecer al ritmo que quisiera. Y entonces Andrea se enfadó aún más…
—Normal…
—Pero al final, por lo que le he oído decir a Yoni viniendo para acá, creo que cuando salieron a hablar los dos juntos, le ha acabado dejando.
—Pues no me parece bien.
—¿Por qué? A ver es pequeño y tal…
—No, no digo eso. Digo que no se tendría que meter en lo que la hermana crea mejor para su hermano.
—Ya… Yo también pienso un poco eso. La verdad es que me parece que se pasó bastante. —La verdad es que las palabras que le dijo eran muy duras.
—En fin. Gracias Carla. Pero la próxima vez que vayáis a decidir algo de grupo, llamadnos, ¿no?
—Eso dijo Danko… Pero es que no fue así. En serio; de repente empezó a discutir la gente.
—Ya, ya… bueno; igualmente.
—Vale, perdona.
—No pasa nada…
—Por cierto… Sigo inquieta… Me gustaría saber cómo entró el zombi. Quería haberlo hablado en la comida… Pero no hubo ocasión.
—Ya… —Le pone una mano en la mejilla—. ¿Quieres que cuando termine la guardia vaya a comprobarlo contigo?
—Vale… Aunque cuando terminaras, me gustaría salir de aquí un rato…
—Es cierto que me lo dijiste. Aunque a lo mejor es un poco tarde ya…
—No lo sé.
—Vale, lo vemos luego si quieres.
—Vale. Le pediré a Adán si quiere mirar lo del zombi ahora.
—Como quieras.
—Te quiero. —Le da un piquito. Esteban frunce el ceño mirando de soslayo a Paco, que lejos de pasar desapercibido les mira con cara socarronamente hiriente.
—Te quiero. —Casi refunfuña.
Dedicándole una sonrisa que sabe luego se la hará pagar, desciende las escaleras a buscar a Adán.
—¡Ey!
—¡Hola Carla!
—Menuda se ha liado antes…
—Ya, qué capullos… —Se rasca la nuca.
—¿Andas liado?
—No mucho… Iba camino a ver si escuchaba algo por la radio del coche. Esteban me pidió que cuando me aburriera fuera.
—Esteban y la radio…
—¿Quieres algo?
—Bueno… si te apetece… querría investigar por dónde pudo haber entrado el zombi.
—Vale —¿Por qué no ha decidido hacerlo sola simplemente? ¿No se le ha ocurrido, y ahora sí?
Sin parecer en absoluto fastidiado porque lo interrumpiera, cosa que le hace sentirse preocupada, empieza a caminar a su lado.
—¿Habéis llegado a oír algo?
—Él dice que sí… yo sólo oigo parásitos…
—Bueno… no es mala idea, ¿no?
—No, no… Para nada. Molaría oír algo.
—¿Te imaginas que de repente suene Rock FM?
—¡Me pillo una moto como sea y me voy a buscar la emisora! —ríe.
—¿Coche no te vale?
—¡No!
—Vale, vale…
—En fin…
—¿A ti se te ocurre qué puede haber pasado para que no lo vieran?
—Podemos mirar la valla, pero deberían haberlo visto acercarse, ¿no?
—Más les valdría… pero miremos a ver si hay algún agujero por si acaso…
En verdad, ya han ido recorriendo el primer lateral de la verja sin encontrar ningún signo de daño, más allá del óxido acumulado por el abandono.
Al pasar frente a la ya bautizada “roca del desayuno”, donde están Abigaile y Hugo, se detienen. Le tenía algo de animadversión a la muchacha por lo que había pasado; sin embargo, al verla sonriente con su pareja, de nuevo vuelve a ver en ella ese extraño “no sabe qué” que le transmite una misteriosa confianza.
—Oye Abi… Perdona que antes te haya criticado…
—No me pidas perdón. Es lo que piensas; y está bien, también tienes tu razón. Aunque parece que al final ha ido bien, ¿no?
—Sí, puede… vigilaré que Andrea no escupa en tu comida no obstante.
—Gracias. —Sonríe.
—¿Qué vais a hacer?
—No lo sé. —Mira a Hugo que también se encoge de hombros—. ¿Qué estáis haciendo vosotros?
—Íbamos a intentar descubrir cómo se coló el zombi de por la mañana…
—¿Queréis que os acompañemos? —Vuelve a mirar a su pareja que también vuelve a encogerse de hombros asintiendo.
—Como queráis. Si estáis a lo vuestro no hace falta…
—No, no; ¡vamos!
Se levanta y tiende la mano a su perezoso acompañante, que no obstante, más allá de su lenguaje corporal, no hace muestra de protesta alguna.
El paseo no es largo; no lleva más que unos pocos minutos dar una infructuosa vuelta. Casi llegando de nuevo a la entrada a la cueva por el otro lado, se cruzan con Andrea saliendo de ella. El momento es tenso; ella pasa de largo, mirándolos hasta que cruza ojos con Abigaile, aparta la vista y se apresura hacia los barracones.
—Jo, realmente espero que no esté enfadada mucho tiempo con nosotros… me cae bien.
—A mí también —responde Abigaile con tono de confesión—. Es una mujer dura, y aunque no sea justo decirlo, es cierto que últimamente no había conocido muchas…
—Tampoco digas eso… —¿Lo habrá dicho como pulla hacia ella? No, no cree—. Las chicas podemos ser más fuertes que los chicos.
—¿Me lo dices o me lo cuentas? —Para ser extranjera, usa bien muchas expresiones… “típicas”—. Lo que quiero decir es que… da igual. Tiene un carácter que me gusta.
—Ya…
—Esto… —Adán.
—Sí, ¿has visto algo en la valla?
—No…
—Yo tampoco —Abigaile.
—¿Entonces?
—Pues si no ha entrado por la valla…
—¿Qué?
—Un momento.
Se adelanta y, haciendo “el cabra”, se encarama a una de las rocas salientes de la montaña. Después se pone a mirar a su alrededor haciéndola sentirse confusa, hasta que de un brinco vuelve a bajar exclamando “ahí”.
Se acercan al lugar donde está pisando.
—¡Mirad! —Señala el suelo; una marca del tamaño de un plato de algo granate oscuro y seco.
—¿Es sangre?
—Eso creo… La probaría… pero siendo de una de esas cosas probablemente… mejor no.
—¿La probarías?
—Mejor no. —Le sonríe.
—¿Se ha caído de arriba? —interroga Adán, contemplando como ella atónito la gran altura que hay hasta el saliente más cercano.
—Juraría que sí… ¿Tenía el cráneo deformado no?, ¿y vomitaba sangre…?
—Sí…
—La caída lo podría explicar…
—Lo pensé esta mañana…
—Ya… es una de las vulnerabilidades de nuestro refugio…
—¿Entonces crees que pueda pasar más veces? —Se preocupa.
—Probablemente. —Cruzan miradas, y de repente ella cambia el tono, tratando de ser apaciguadora. ¿Tendría el rostro tan desesperanzado?—. Pero ahora que lo sabemos podemos intentar prepararnos…
—¿Cómo? —Adán—. ¿Intentamos construir una valla interna?
—Tal vez más adelante… ahora no tenemos con qué. Por ahora propongo que informemos a la gente y que tengamos cuidado. Podemos intentar no salir solos al patio más de lo necesario…
—Y deberíamos proponer que uno de los que haga guardia en la atalaya se preocupe de mirar hacia dentro más que hacia fuera… —Hugo.
—Lo normal sería hacer alguna guardia interna… Pero somos muy pocos. Podemos hacer eso hasta que se nos ocurra algo.
—¿Y poner pinchos o postes o algo para que al caer se den contra ellos?
—Bueno… podría ser un plan… —Tiene la sensación de que le ha respondido eso por ser amable, pero que no le ha gustado mucho su idea… ¡Pues a ella le parece un buen plan!
—Al menos… Ya sabemos cómo se coló…
—Sí. ¿Sigues afectada por lo del baño?
—No, en verdad no. Preocupada porque esto no sea tan seguro como parece…
—Bueno es bastante seguro. Ya has visto lo raro que es ver alguna de esas cosas fuera.
—Y con todo uno ha acabado dentro.
—Ya… Bueno, confiemos en que ha sido mala suerte.
—Vale… —Le pone triste pensar que en cualquier momento alguno de ellos podría tener “mala suerte”.
—En fin… —Adán.
—Gracias por ayudarme chicos… Voy a darme una vuelta.
—¿Estás bien?
—Sí.
Quiere estar a solas.
La gente que ha muerto… Su familia. La bronca de por la mañana. Se siente casi bien viviendo con amigos y eso le hace sentirse aún más culpable. Y a veces no entiende muy bien qué tiene Esteban dentro de su cabeza.
Se mete dentro de sus pensamientos, sin avanzar realmente en nada, por un buen rato.

—¡A ver chicos! Empieza a hacerse tarde. Tenemos que salir ya. Creo que lo que más necesitamos son proteínas y gasolina, que las latas de lentejas y judías que tenemos no dan para todos ni para un día —Esteban.
—Vamos a ir por la montaña, evitando el lago, ¿no? —le pregunta a su novio.
—Sí, sí. ¿Quiénes venís?
—A ver qué encontramos… —Se suma Merlo.
—Yo me quedo enseñando al chico cómo lavar la ropa.
—Vale… yo iré, ¿por qué no? —Ha visto como Andrea y Danko hablaban, algo relajados, parece que la mayor parte de la animadversión de la chica se la está llevando Abigaile.
—¡Pues conmigo vamos ya cinco! —Adán.
—Vale, ¡pues ale!, ¡vámonos!
Comprueba que el equipaje de emergencias esté en el maletero y se monta de copiloto de Esteban, dándole el visto bueno para arrancar.
Salen de la propiedad por la única entrada apta para vehículos. El todoterreno de mayor calidad, que es el que están usando ahora, suele descansar dentro de las vallas. Fuera tienen aparcado otro más económico, y por indicaciones de Abigaile han dejado un coche y una moto a un kilómetro de distancia montaña arriba.
Enseguida dan un rodeo y empiezan a ascender por un camino abrupto de tierra, hasta remontar el cerro, avanzando a través de los desniveles del terreno, con una amortiguación lo suficientemente cómoda para que no sean un infierno los constantes baches del camino.
En unos quince minutos alcanzan una carretera asfaltada. Se fija en el semblante preocupado de Esteban. Comprueba ella misma el medidor de combustible; está totalmente abajo la aguja… Seguramente ya en el último viaje estuviera en la reserva.
—¿Cómo vas Adán? —Casi le asusta la pregunta de su novio que la pilla desprevenida.
—Bien, bien… —Se fija en el compañero; parece algo asqueado.
—¿Seguro?
—Sí… No sé… Me gustaría ir algún día a Madrid. Ya sé que es una locura pero… A lo mejor…
—¿Tu novia? —Andrea.
—Sí…
—Si quieres, cuando tengamos un poco más montado todo aquí, podemos plantear ir…
—A lo mejor todavía está en casa… —Siempre sintió un poco de envidia de ellos; Liliana y él se mudaron a vivir juntos muy jovencitos. Le gustaría haber podido vivir eso con Esteban… Ahora… bueno, ahora la vida les había cambiado a todos.
—A lo mejor todavía está en casa, sí. —Nada en su voz le indica que no sienta lo que ha dicho, pero algo de lo que conoce de su novio le susurra que está siendo simplemente esperanzador…
Sin aviso, el motor del coche deja de sonar y todo el sistema se apaga. Esteban vuelve a girar el contacto y el vehículo responde, arrancando y moviéndose unos cincuenta metros antes de volver a apagarse…
—¿En serio? —Se indigna.
—¿Qué ocurre? —Merlo.
—Nos hemos quedado sin gasolina —sentencia Esteban.
—¡¿Qué?! —Andrea.
—Lo siento… Ya dije que íbamos muy mal.
—¡¿En serio?!
—Lo siento…
—¿Dónde estamos? —continúa preocupada la compañera. Adán mira silencioso por la ventana de atrás.
— “Pueees…” en medio de ninguna parte. —Parece saborear la expresión por algún motivo.
—¿Qué hacemos, Esteban? —Se siente un poco indefensa de golpe.
—¡Vale! A ver chicos… Lo siento… de verdad esperaba haber podido llegar a alguna parte…
—¡Joder macho!
—¡Eh! Ya lo dije la última vez, que estábamos usando los coches y el generador muy a la ligera…
—¡Joder! ¿Y qué hacemos?
—Alguien va a tener que ir a buscar gasolina. Y otros quedarse en el coche.
Adán abre la puerta y sale fuera.
—¿A unos nueve kilómetros para allá ponía que había un pueblo, no?
—Sí —confirma Esteban, quitando las llaves del contacto.
—Bien… ábreme el maletero. ¿Quién se viene?
Carla mira a su chico y se fija en que muy discretamente éste le hace un gesto de que se espere con la mano izquierda. Mira por el retrovisor a Merlo y Andrea, que a su vez están intercambiando miradas.
—Vale, vamos… —concluye ella unos segundos después. Le resulta gracioso el detalle de que tome la decisión por los dos.
—De acuerdo, nosotros nos quedamos vigilando el coche —dice apresuradamente Esteban.
Con cierto desánimo se despiden todos y se quedan a solas.
—¿Has visto? —le dice finalmente, cuando ya los otros son manchitas en el horizonte.
—¿El qué?
—Pues eso…
—¿El qué? —El tono juguetón de su pareja le induce a corresponderlo.
—Pues que me dijiste que querías salir un rato de allí, y que querías que tuviéramos algún rato a solas…
—Qué idiota eres…
—Te quejarás…
Sin poder contenerse más, sintiéndose agradecida de lo atento que le parece, se abalanza sobre él pasando a sentarse en su mismo asiento, sobre sus piernas; besándole en cada ápice de piel que le encuentra vulnerable.
El sexo dentro de un todoterreno no era exactamente lo que tenía pensado para el tiempo que pudieran pasar juntos, aunque el morbo y el inherente peligro de la situación hacen que, sintiéndose animal, lo disfrute enormemente.
Tumbadita en los asientos de atrás escucha como juguetea Esteban con la radio. Todo lo que suena es distorsión y chasquidos por un buen rato; hasta que, tan de improviso que casi se le pasa desapercibido, se oye de fondo una voz masculina que dice “transmisión” antes de volver a difuminarse entre los parásitos. Su novio también tarda un par de segundos y en abalanzarse sobre los diales.
—¡¿Lo has oído?!
—¡Sí, sí! —Se le contagia la energía y también se incorpora acercando la cabeza al centro del coche como si eso pudiera ayudarla a escuchar de algún modo.
—¡Sabía que había alguien transmitiendo!
—¿Ha dicho “transmisión”?
—Creo que era parte de una frase…
—¿Quién será?
—No lo sé, Carla.
El primer minuto lo pasa emocionada como él. Pero después vuelve a reclinarse dejándolo trastear inútilmente. Varias veces lo oye quejarse “no tiene sentido”. Protesta que si la transmisión estaba ocurriendo en ese umbral de frecuencias deberían poderla captar… Se contesta a sí mismo que tal vez sean las montañas… Lentamente va anaranjándose el cielo en una, agradece, cálida puesta de sol.
—¡Ey! ¡Mira! Viene alguien más por atrás…
—¿Qué?, ¿quién?
—…Tal vez podamos pedirles algo de gasolina. No lo sé.
—Vale, pero ten cuidado, no les demos más información de la cuenta…
—¿Por? —El coche está acercándose, aminorando notoriamente la velocidad.
—No sé, creo que Paco tiene razón y que deberíamos desconfiar de la gente hasta que no nos den motivo para lo contrario…
—Eso es triste…
—Ya bueno…
En el vehículo van cuatro hombres y se detienen justo a su lado. Es un vehículo viejo y blanco, bastante sucio; se ven sobresalir bastantes bártulos en el cristal del maletero. El conductor es un hombre de aspecto casi anciano, con una barba poblada y desordenada. El copiloto calvo, de ojos intimidantemente claros. Los dos de atrás son más jóvenes; uno muy delgado hasta lo repelente, y el otro de aspecto regordete y bonachón.
—¡Hola parejita! ¿Pasando la tarde?
—¡Hola, buenas tardes! —Esteban—. Sí; intentando orientarnos un poco.
—¿A dónde queréis ir? — “Cuidado Carla”, oye que le dice muy bajito justo cuando iba a hablar. ¿Qué ocurre?, no le gusta que la trate como a una niña.
—Estamos intentando coger la carretera de Zaragoza. —¿Por qué les engaña?
—Por cierto, no tendréis un poco de gasolina de sobra, ¿no? —Se lanza a preguntar desafiándoles.
—¿A Zaragoza? Está un poco lejos todavía —el barbudo.
—¿Gasolina? Sí, claro. —El calvo abre la puerta y sale del coche. Nota como Esteban le mira fatal desde el espejo y luego cierra los ojos apretando el volante con fuerza.
—No os preocupéis; ¡gracias! —Intenta interrumpirle—. ¿Vosotros a dónde vais?
—¡Oh! ¡No es molestia! ¡Tenemos tubo y todo! ¡Iván, ayúdame a buscarlos! —El chico delgado se baja del coche por el lado contrario y da un rodeo hacia el maletero. El barbudo también abre la puerta.
—Esteban, ¿qué haces? —le susurra.
—¡Bueno, venga! ¡Los dos fuera del coche!
Sin mediar provocación, el barbudo se ha colocado frente al capó y apunta con una pistola directamente a Esteban. ¡¿Qué diablos está pasando?!
—Carla, no voy a dejar que te pase nada. No hagas nada raro.
—¡¿Qué estás diciendo?! ¡Fuera del coche cagando ostias!
Él abre la puerta y pone un pie fuera; ella temblando, comprendiendo y a la vez sin comprender hace lo mismo. Se da cuenta de que los dos que se bajaron antes los han rodeado. El escuálido está muy cerca y también lleva un arma. El calvo está algo más atrás que él, y el gordito está abriendo la puerta justo frente a ella.
—¡Joder! Qué buena que está la pelirroja —dice nada más cruzan la vista y acto seguido se gira a su compañero armado que le devuelve una sonrisa.
—Ya te digo… ¿Qué edad tienes preciosa? —¿Se está dirigiendo a ella de verdad? Le agarra un mechón del pelo. Ella se revuelve y va a soltarle un puñetazo a la nariz, pero la foca le agarra de la muñeca.
—¡Hijos de puta! —Esteban salta sobre ellos dándole una patada al orondo—. ¡Como la toquéis os mato!
Un disparo parte la realidad; mira con resquebrajado pavor a Esteban temiéndose lo peor. Está de pie; está vivo… También se ha quedado pálido.
—A ver, “melenas” —suelta el anciano, con la pistola apuntando hacia el cielo—. Tranquilito, ¿eh?
—Juro que como la hagáis algo os mato.
—A ver… Iván, Andrés; comportaos, ¿queréis? ¿Ves?, todo se soluciona hablando. Sujetadlos eso sí.
El delgado se le coloca en la espalda; le apoya la pistola contra el costado y la oprime en un abrazo asfixiante, agarrándole con la mano derecha la teta izquierda. Siente asco y miedo; quiere pelear con él, pero el cañón del arma en su cadera tiene su cabeza totalmente paralizada.
—Luego nos lo pasaremos bien tú y yo, te lo prometo —le susurra al oído, casi besándole la oreja.
—Hijo de puta… —Esteban está forcejando con el gordito que lo ha agarrado de los dos brazos por la espalda.
El anciano se ha subido al asiento del conductor de su todoterreno y está intentando arrancarlo sin éxito.
—Sabes chica, tu novio es un tío listo… pero que el coche no funcionaba olía… —Siente que se ha perdido algo de lo que está pasando. Vuelve a bajarse—. Bueno, a ver; ¿dónde están los amigos que habéis mandado a por gasolina?
—Vete a la mierda. No hemos mandado a nadie a por gasolina; estábamos pensando qué hacer.
El hombre se acerca a paso lento hasta apoyar su frente contra la de Esteban. Después de dejar pasar un instante, le hinca la rodilla en la tripa, tras lo que oye como él emite un sonido muy extraño y vomita. Nada más levanta la cabeza para mirar al viejo éste le mete un puñetazo en la sien que lo hace caerse al suelo ante el afloje del agarre del compañero. Pero sin dejarlo respirar lo agarra de los pelos y lo levanta con sorprendente fuerza, estampándolo contra la puerta de su propio coche y metiéndole una mano en el bolsillo.
—¿Buscabas esto? —De los pantalones de Esteban saca una navaja, se la pone delante de los ojos y la tira hacia un lado, quedando nariz contra nariz.
Ella intenta ir hacia delante, ante lo que su agresor la aprieta aún más.
—Te lo diré, sólo una vez de nuevo. ¿Dónde están vuestros amigos?
—Fueron por la carretera… —dice con un hilo de voz muy extraño y nervioso—; hacia allí. —Usa la nariz para señalar hacia delante—. A ver si había un pueblo…
—Muy bien, gracias. —Se aleja—. ¿Sabes que si no los encontramos volveremos por vosotros? ¿Quieres cambiar de versión? —Esteban guarda silencio unos segundos muy largos.
—Lo siento. —La mira con una cara misteriosamente súper arrepentida—. Volvieron… por donde habéis venido, al pueblo por la carretera del lago —miente tan convincentemente que ella misma casi se lo cree.
—De acuerdo. Esteban, abre el maletero de su coche y ve cargando cosas.
—Sí. —El calvo se llamaba también Esteban por lo visto…
El obeso de mierda vuelve a sujetar a su Esteban por los brazos; el de la barba se queda mirando desde cierta distancia cómo les roban.
Como una puñalada, siente súbitamente el pene erecto del flacucho contra sus nalgas, que ha decidido incrustar su cadera contra la suya a través de la ropa, riendo bobaliconamente. Sin poderse contener, empieza a llorar y a quejarse tratando de zafarse en infinito asco.
Rápidamente, Esteban le da un codazo en la boca al gordo, soltándose, y salta contra el delgaducho armado, a grito inarticulado. Le da un puñetazo en la boca, liberándola. Siente como va a caerse, pero justo el gordo, con una mirada asquerosamente lasciva, la recoge manoseándola. Oye un golpe sordo y mira a tiempo de ver como el tal Iván recoge la pistola con aspecto de acabar de soltar un golpe con ella y ve a su novio derrumbarse a plomo al asfalto sangrando por la nariz. Intenta ir a ayudarlo, forcejeando pero ignorando las manos que se infiltran en sus intimidades mientras pelea. El otro se ríe y se encara hacia a ella.
—¡Ya basta! —impone el anciano—. No somos animales; no vais a violar a esa chica.
—¡Que te den viejo!
Andrés ha dejado de manosearla en el acto y ahora sólo la sujeta. La cucaracha se dirige a paso rápido hacia el aparente líder.
—Llevo varios años sin catar hembra. Que te jodan si eres maricón y tú no quieres.
—Eh chaval, llevarás años sin catar mujer, pero sé de buena tinta que tu culo cataba bien de polla… y que te gustaba. Maricón.
Los dos se quedan en silencio uno frente al otro. El chico extiende el brazo de la pistola y suena un disparo. A continuación cae boca abajo frente al coche.
—Andrés, ¿tú también tienes algún problema con lo que he dicho? —deja caer como sin darle importancia a sus palabras, mientras recoge el arma del hombre que acaba de asesinar.
—Para nada.
—Pues suéltala ya, o vas a hacer que se haga caca en los pantalones.
—¡Cabrón! —le grita casi sintiéndose ridícula, casi como un impulso buscando infantil justicia—. ¡Hijos de puta! —Baja la voz—. Voy a mataros…
—Zorra, no fuerces tu suerte —le advierte el barbudo con un tono repentinamente serio y a la vez provocativo.
En el mismo instante en que deja de sentir fuerza sobre ella se abalanza sobre el cuerpo inmóvil de Esteban. Aún respira. Coloca su cabeza sangrante en su regazo y, sin saber qué hacer, llora.

Por fin abre los ojos. Quiere que lo primero que vea sea su carita preocupada y agradecida. Lo tiene medio abrazado, tumbado en su cama. Ve que tiene toda la cara hinchada. Se siente fatal. No se puede quitar la idea de que ha sido culpa suya lo que le ha ocurrido.
—¿Cómo estás?
—¡Carla! —Se levanta de un brinco, mirándola—. ¿Estás bien? ¿Qué te han hecho? —Abigaile y Merlo están por la zona y se acercan a ellos.
—Nada cielo; estoy bien. Tú…
—Dime la verdad Carla, ¿qué te han hecho?
—Nada Esteban, te lo prometo…
—Hola Esteban, ¿cómo te encuentras?
—Oye Esteban, lo siento… Si lo hubiéramos sabido…
Su novio se les queda mirando. Parece algo confuso. Se incorpora hasta ponerse en pie.
—Voy a matar a esos hijos de puta…
Sale andando de la habitación. Ella lo acompaña rápidamente. Abigaile se les une.
En el exterior, al frío y oscuro pulso de la noche, se detiene en medio de su paseo hacia ninguna parte y se acerca hacia ella agarrándola de los dos brazos.
—Carla, júrame que no te han hecho nada.
—Te lo juro Esteban, para por favor me estás asustando.
—No me lo creo… si te lo hubieran hecho no me lo dirías…
—Esteban —Abigaile desde cierta distancia.
—¡¿Qué pasa?!
—Perdona. Sólo quería avisarte. Te he desinfectado la herida. Debería curarse bien, pero procura no tocarte. A lo largo del tiempo te tendré que hacer más curas… te dolerá. Por cierto, Carla ha estado todo el tiempo contigo, muy preocupada —termina dándose la vuelta y volviendo al edificio.
—Esteban, te prometo que no me han hecho nada… —Las palabras de Abi parecen haber cambiado algo en el rostro de su novio. Siente como deben de estar todos asomados a la puerta o la ventana mirando—. ¿Te duele mucho?
—No, no es nada. —Sabe que le miente—. ¿Cómo estás?
—Bien, de verdad, me tienes tú preocupado… —Permanecen en silencio—. Yo… lo siento mucho. Debí haberte hecho caso…
—No Carla… lo siento yo, no haber podido protegerte mejor.
—¡Pero si te pegaste por mí!
—Da igual, podrían haberte hecho cualquier cosa…
—Lo siento… No debí haberles pedido gasolina.
—Carla. —La mira fijamente—. No ha sido culpa tuya.
—Pero tú estabas intentando esconderles cosas porque habías visto algo y yo les dije lo que necesitaban para saber que no podíamos huir…
—Ya, no sé por qué coño hiciste eso…
—Es que… —Empieza a llorar— A veces siento que me tratas como a una niña, ¡y no quería que me dieras órdenes!
—Carla, las cosas que hago las hago siempre por un motivo…
—¡Ya lo sé!, ¡vale! Siento no ser tan lista como tú…
—…Te dije que no dijeras nada porque no había tiempo de decirte más…
—¡Ha sido por mi culpa!
—No, no lo ha sido. Ese hombre ya sospechaba que estábamos atascados. Simplemente habría tomado algo más de tiempo en averiguarlo; no iban a habernos dejado en paz de ningún modo.
—Pero te jodí tus planes…
—Mis planes ya estaban jodidos desde el principio… Siento no haber podido pensar nada mejor. Y no eres tonta Carla, no digas eso…
Se abrazan un rato largo.
—¿De verdad que no te han hecho nada?
—¡Jolín Esteban! No es el momento de que desconfíes de mí…
Se aparta de él y se va enfadada a las barracas, oyéndole decir “lo siento” a su espalda. Lo perdona… pobre… realmente más culpable debería sentirse ella, piensa. Pero simplemente no es el momento.
La cena pasa tensa entre todos. Abigaile ha estado tratando de limpiarle de mocos las fosas con agua previamente hervida y ha visto como él rabiaba en silencio.
Cuando están empezando a pensar en acostarse, con una energía terrible en los cuerpos, mientras Danko friega los cacharros y Yoni juguetea con el jabón, ella se dirige a todos desde el centro de la habitación y les dice con tono enigmático y seguro: “¿Queréis recuperar vuestras cosas?”…

—No puedo dormir… —Esteban.
—Yo tampoco —Danko.
—Cabronazo, la verdad es que tu novia es una pasada —Adán.
—Oye, que estoy aquí, ¿sabes? —Abigaile.
—Mi hermano está durmiendo, ¿sabéis? —Andrea.
—¡Por favor! —Alarga muchísimo la “o” Adán—. Contadnos de una vez como os conocisteis.
—¡Sí! ¡Por favor, que lo cuenten! —Decide sumarse. Tiene una sensación muy extraña en el cuerpo. ¿Es una mala persona por sentirse bien tras haber matado a alguien?
—Chicos… mi hermano está durmiendo…
—Que os den maricones —Hugo.
—Venga Hugo, no seas capullo. —Su novio.
—Venga, venga, venga, “Hugoooo” —aporta.
—Chicos… —Andrea.
—¿Si le ofrezco alcohol a tu hermano también me mirarás mal? —Danko. Siente como Andrea ya le está mirando mal desde su cama sin verla.
—Vete a la mierda puto psicópata.
—Es broma, joder.
—Eso espero…
—¡Haya paz!
—¡Ha empezado él!
—Chacha, ¿qué pasa?
—¡Veis! Ya lo habéis despertado.
—Me has despertado tú…
Risas generalizadas… Alguien ha encendido la luz. De repente Paco está en la habitación y hay una cachimba encendida de la cual están fumando él y Merlo… ¿Tienen poderes mágicos para fumar y emborracharse esos dos o qué…?
Amanece a la tarde siguiente, con cierta resaca y una sensación de bienestar difusa en el cuerpo. La claridad entra suavemente por un largo pasillo… ¿Están en la mina? Trata de recordar, y de repente recuerda…
Hugo y Abigaile desaparecieron de la velada conforme el alcohol fue subiendo en la sangre de todos y se fueron poniendo pesados con ellos para que contaran su historia hasta un punto en que su pepito grillo personal le decía que debería parar de agobiarlos, pero el alcohol por sus venas tenía argumentos más convincentes.
Entonces alguien, cree que Paco, dijo algo así como que “si él tuviera a una como esa no se separaría de sus piernas ni para comer”. Cosa que por cierto le desagradó bastante, recuerda, y empeoró su concepto de Paco. Aunque a lo mejor fue Merlo… Porque luego Andrea retó a algo a Merlo, aunque a lo mejor tampoco tenía nada que ver con la frase y sí que la dijo Paco. Pero el caso es que esos dos también se fueron a las minas. ¡Esos dos también se fueron a las minas!
Entonces en algún momento reapareció Danko hastiado, que no recuerda cuándo se había ido, quejándose de que había demasiado “ruido” en las minas y que ya exploraría otro día…
Y entonces todos se fueron a la puerta de las minas. Y se pusieron a gritarles cosas a los de dentro como críos… Recuerda la voz de Hugo mandándoles a la mierda. Y alguien que les dijo a ella y a Esteban que ellos no tenían derecho a decir nada. Y ellos diciendo algo como “¿ah sí?” y entrando también. Luego recuerda muchas sensaciones agradables. Sólo espera que lo que quiera que pasara ahí dentro, fuera cada uno con su pareja; y que si no, se quede ahí dentro bien enterrado… ¿Y por qué está sonriendo? Qué tonta que es. Se aprieta contra el cuerpo de Esteban en la oscuridad, y este devuelve claramente dormido, y desnudo, el abrazo.
Al final de remolonear un poco más se levanta, viste y sale a la calle, dejando a su hombre descansar todo lo que quiera. El aire huele húmedo. Parece que ha llovido por el suelo apelmazado, aunque ahora el cielo casi de atardecer está más o menos despejado, con pequeños borregos aquí y allá; pero hace fresco de nuevo.
No puede evitar fijarse en que Merlo está en una punta del recinto, entrenando con Hugo, Adán y Abigaile, y que Andrea está justo en la otra punta, jugando a algo con su hermano. ¿La vergüenza del día después? Tal vez aún fuera un poco pronto para ellos…
No hay nadie en la atalaya. Se preocupa y, encogiéndose de hombros, algo fastidiada, aunque comprendiendo que es un día excepcional, decide encaramarse a hacer ella misma el trabajo. Pasando antes, eso sí, por la cocina para agenciarse una bolsa de patatas, que el estómago le ruge.
Los siguientes días se le pasan tranquilos, esforzándose por no cogerle fobia a la idea de tener que volver a salir si se da el caso. Se alegra de poder empezar a comer cosas distintas de verduras. Con los nuevos turnos impuestos por Abigaile no es demasiado pesado andar racionando el generador. La parejita, para su disgusto, no parece haber hecho ningún nuevo avance. Ahora suelen evitarse. Aunque eso también le parece bastante mono. Al menos, Andrea y Abigaile han intercambiado un par de frases a lo largo de los días. Y aunque está claro que Danko no es para nada experto en lavar ropa a mano, porque ha quedado súper tiesa, ya no huelen las sábanas a sudor y la herida de Esteban parece ir evolucionando bien.
Le preocupa un poco el corte de su mano. No le ha dicho nada a nadie, no sabe muy bien por qué, pero le escuece a ratos, y la piel se le ha puesto muy pálida alrededor… Esteban le ha hecho algún comentario, pero le ha mentido diciéndole que se cortó desayunando. La infección avanzaba mucho más deprisa, ¿no? No puede ser que el zombi que mató le pegara nada… ¿no?
Cierta noche, justo antes de ir a cenar, le sorprende Danko asomándose a la cocina en la que ya está ella poniendo los platos, con cara de querer decir algo.
—¿Necesitas algo?
—¿Te importa llamar a todos?
—¿Yo?
—Sí, “por fa”.
—Vale… —duda—. ¡Chicos! —Va paseándose por el recinto—. ¡A cenar! ¡Además Danko quiere algo!
Por goteo, van llegando todos a la cocina. Han decidido que para comer y cenar puede hacerse descanso de las guardias por el momento.
—¿Qué pasa, tío? —Adán, entrando el último en la sala, saliendo del cuarto de baño.
— “Hehe”. ¡He encontrado la puerta!
—¿Qué puerta? —Esteban—. Oh… ¡¿La puerta?!
—¡Sí!, “hehe”.
—¡¿No jodas?!
—¡Sí!
—No vayáis. En serio, esa puerta da mal fario…
—¿Vamos? —Danko.
—¡Claro!
La gente empieza a cenar tranquilamente, pero Danko está de pie mirándolos.
—¿Qué pasa? —Andrea.
—¿No venís?
—¿Ya?
—Sí…
—Vamos a cenar primero, ¿no? —Hugo.
—Pues voy yo solo a abrirla.
—Venga Danko, no seas capullo —Adán—. Ahora mismo vamos.
— “Joer”…
— “Joer” que “estresao” —Adán de nuevo.
—Vale, lo que queráis. Ni que llevara semanas buscándola. —Se sienta farfullando.
—Venga, ahora mismo vamos, es que si no se va a enfriar todo esto —Esteban le pone una mano en el hombro.
—Ya… Por cierto, ¿vas a devolver ya la pistola?
—Tengamos la fiesta en paz, coño. —Decide intervenir, antes de que vuelvan a empezar como hace dos noches—. Vamos a centrarnos en ver qué encontramos tras la famosa puerta, ¿no?
—Sí, ya veo lo interesados que estáis —protesta.
—En serio, yo que vosotros no iría…
El rato se desenvuelve en una expectación tensa. La verdad es que ella misma no sabe muy bien por qué Esteban no quiere dejar la pistola con las cosas comunes. Siempre ha dicho que no cree que sea buena idea que cualquiera pueda cogerla en cualquier momento, ante lo que Danko siempre se ha quejado de que por qué tenía que ser él el que se la quedase mientras tanto; pero sospecha que puede tener que ver con que Abigaile tenga la suya propia y nadie cuestione que ella se haya quedado con una… aunque parece que esos días, desde que los ayudó y lo estuvo curando, habían empezado a llevarse mejor…
Apilan los cacharros en el fregadero y siguen al amigo, guiado por el mapa que se ha dibujado sobre un trozo de madera. Andrea le ha pedido a Paco que, ya que no quiere sumarse, se quede con su hermanito.
Pronto se desvían de la excavación principal por una grieta en la pared hasta una red de túneles secundaria. Y por ésta, de pasadizos apenas del ancho de una persona, van girando a izquierdas y derechas, y habitualmente descendiendo un poco, totalmente a oscuras salvo por las eléctricas luciérnagas de sus móviles.
Calcula que deben de haber estado por allí al menos diez minutos, si no quince; y ha empezado a llegar una suave brisa que Esteban ha indicado debía deberse a alguna conexión no muy lejana con el exterior. Como si de un encuentro proverbial se tratara, en un recoveco sin salida, dan con una puerta de hierro que bloquea parcialmente un umbral irregular.
—¡Ostia puta! ¡Enhorabuena tío! —Adán, palmeando la espalda de un Danko muy sonriente.
—Mañana deberíamos volver con los picos para abrirla —Merlo.
—¡¿Mañana?! —Danko.
—¿Ir y volver ahora? —Hugo—. Tenemos sueño…
—Paso; ya la abriré yo… —Danko.
—¡No seas capullo! —Adán, de nuevo…
—Yo estoy con Danko, creo que ya que se ha esforzado tanto por encontrarla deberíamos abrirla ahora —sorprendentemente, Esteban.
—Me apunto —Abigaile.
— “Ahrg…”. Está bien… —Hugo, alargando mucho el “bien”.
—Como queráis —Tanto ella como Merlo, encogiéndose de hombros a la vez.
Regresan… y vuelven a ir con herramientas… A golpe de pico y pala, entre los cabestros de los hombres, acaban desencajando la cerradura tras breves discusiones sobre cómo hacer mejor lo que a ella le está pareciendo que es sólo golpear con mala leche una puerta de hierro.
Nada más quitan la plancha, haciéndola hueco como pueden entre ellos, empieza a llegar un leve pero muy desagradable tufo. Pensándolo bien, siempre había estado ahí, sólo que ahora es muy evidente.
—¿Quién va… —Danko ya se ha adelantado, a mitad de la frase de Esteban— …primero…
—Vamos pues —Adán.
Siguiendo a esos se mete Esteban, y ella detrás, con Merlo pisándole los talones y la parejita que falta quedándose rezagada.
El umbral da a un pasillito amorfo con un agujero en el suelo del que emana una peste cada vez más terrible, y del que también asoma una pequeña escalera de mano hacia una gruta insondable. Adán ya está desapareciendo, con cara de esmero, seguramente por pisar bien en los peldaños. Se oye toser a Danko por debajo de ellos.
—Cuidado chicos, es fácil caerse. —Adán; justo al sufrir un pequeño resbalón. ¿Danko ha bajado tan rápido por ahí, con sólo una mano?
“¡Cielo santo!” El olor se va volviendo nauseabundo escalón a escurridizo escalón.
Cuando por fin pone los pies abajo y se gira, siente como se habría quedado boquiabierta si no fuera por el hedor. Todos están en silencio.
Ante ellos está el cadáver descomponiéndose de un hombre en bata de laboratorio, impregnada de sus propios jugos; apoyado contra la pared cilíndrica de la estancia, con los intestinos saliéndole de la tripa a través de un corte limpio y, junto a su palma abierta, un bisturí médico ensangrentado en el filo. A su lado, casi a su espalda, una enorme plancha de metal redonda, como la puerta de las cámaras acorazadas de las pelis, corta una de las paredes; y sobre su limpio metal, escrito de inconfundible sangre ya seca, reza “No entrar, no es humano”, justo al lado de una manivela tipo escotilla, conectada por lo que reconoce como tuberías neumáticas; a los cinco cierres gruesos que la sujetan.
Merlo cae a su lado, rompiendo el silencio a voz de “¡¿Qué coño…?!”. Momentos después también aparecen Abigaile y Hugo; este último especialmente afectado por el olor, hasta el punto de ponerse a sufrir arcadas que parece no poder controlar.
Ella, casi inconscientemente, busca entre las tinieblas generadas por sus pantallas enfocadas a la escena la mano de su novio. Él se la aprieta con firmeza.
Entre los pliegues sombríos generados por los brillos, Danko tiene un semblante muy inquietante, con los ojos demasiado abiertos y una respiración casi entrecortada.
Dándole un último apretón intenso, Esteban se la suelta y empieza a caminar despacio hacia la escotilla. Quiere acompañarlo, pero de repente un dolor agudo bajo su dedo meñique la paraliza y empieza a sentir un fuerte pitido abrasador bajo sus sienes, de un tono purpúreo brillante. Quiere advertirles, pero no consigue que salgan sonidos por su boca. Apunta su móvil hacia su mano. La tiene completamente pálida y sus uñas se han puesto amarillentas. Le tiembla… Oye una conversación a lo lejos, sintiéndose muy mareada hasta el punto de tener que apoyar la espalda contra la piedra.
—¡¿Qué haces?! —Cree que es Danko.
—Vamos a entrar.
—Ni hablar. ¿No has visto eso?
—Sí, ¿y qué? Ya sabemos que hay zombis.
—Esto no es cosa de un zombi, Esteban.
—¿Y de qué va a ser? Ya hemos visto que hay algunos más raros, mejor matarlo cuanto antes. —El pitido emite una palpitación muy intensa por unos instantes que la dobla haciéndola resbalar. Quiere vomitar.
—Pero si en la cena ni siquiera tenías ganas de venir casi.
—¿Quién te ha dicho eso, Danko? Además, antes pensaba que lo que teníamos entre manos era un almacén de la mina. Ahora creo que deberíamos saber junto a qué cojones estamos acampados.
—¡¿Por qué?! Esto dice claramente una cosa: que ya llevamos demasiado tiempo aquí. Sea lo que sea no es nuestro problema.
—Sea lo que sea es nuestro problema. Esto no es una coincidencia; no puede serlo. Sea lo que sea estoy seguro de que tiene que ver con todo lo que está pasando.
—¿Qué pasa? ¿Qué te crees?, ¿Dios?
—No sé a qué viene eso. ¿Qué pasa?, “¿que tienes miedo?”.
—¿Miedo yo? Dímelo otra vez, venga.
—No quiero discutir Danko.
—¿Y yo tengo miedo? No voy a dejar que abras esa puerta. —El pitido ha menguado un poco, pero no logra ganar fuerzas para incorporarse.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Pegarme? ¿Esa es tu solución para todo?
—Esteban, voy a explicarte una cosa sobre las puertas: hay muchos tipos de puertas. Las puertas te dan información. Fíjate donde dormimos; estamos tras una puerta reforzada con una finita plancha de acero y una cerradura que necesita una llave para abrirse, dentro de una habitación con ventanas de barrotes. ¿Qué te dice una puerta así? Que dentro va a haber cosas que se quieren proteger. Gente, dinero, herramientas… No mucho. Lo justo para que una persona normal no pueda entrar sin la llave…
—¿Qué cojones dices…?
—Espera, espera, espera… Piensa en las puertas de dentro de tu casa. Son puertas con pomos que pueden abrirse en todo momento. ¿Qué te dicen esas puertas Esteban? Que están pensadas para separar habitaciones nada más. Para que puedas ver porno a gusto. Algunas tienen pestillos por dentro. Esas te dicen que además, quien está dentro puede no querer que entre nadie más por un rato; pero no están ahí para protegerlo tampoco; se pueden abrir de una patada…
—Que ya, que no soy tonto…
—Espera, espera, espera… Luego hay más tipos de puertas. Piensa en esta mina. La entrada a la cueva no tiene puerta propiamente pero está dentro de un recinto vallado con una puerta de alambre, dentro de la cual hay una torrecita para vigilar. ¿Qué te dice una puerta así? Pues que es una propiedad privada y que quieren vigilar las cosas que tienen aquí… Entonces, ¿tú habías visto alguna vez una puerta como esta? Porque yo no… Pero sí te voy a decir lo que a mí me dice. Es una puerta de metal de un grosor estúpido, dentro de una cueva con metros y metros de piedra alrededor. Eso sería algo que entendería fácilmente, sería la puerta de un buen búnker. Pero esta puerta es diferente, porque no sólo la manivela está por fuera, sino que no tiene ninguna cerradura. ¿Qué te dice una puerta así Esteban? Pues a mí me dice dos cosas. La primera que la preocupación de que quien la construyera no era que alguien no entrara, esa preocupación estaba en la puerta que nos hemos cargado, y no era una preocupación muy elevada. Sino que lo que les preocupa es que algo de ahí dentro no salga. Y la segunda cosa que me dice, Esteban, al no tener llave, es que a quien la hiciera no le importaba mucho quién la abriera. ¿Por qué podría no importarle mucho quién la abriera? Pues porque una vez abierta ya fuera tarde para volverla a cerrar. Si no le habría puesto una jodida cerradura, que no es tan complicado. Es más, que esta puerta está hecha para ser abierta en algún momento. Así que lo que no sé es qué seguimos haciendo aquí.
—Paso tío… ¿Cómo sabes siquiera que no se puede abrir desde dentro?
—¡Chicos!
—¿Cómo? ¡¿Ves al tío con el intestino colgando que se ha preocupado de escribir en una pared antes de morirse?! A lo mejor no lo ves; huele un poco, mira, está aquí.
—¡Chicos! —Es Abigaile; todo está tan distante…— ¡Esteban! ¡Mira a tu novia!
—¡Carla! ¡¿Qué te pasa?!
—No…
La cabeza le duele un horror; cada vez todo está más lejano. Siente sabor a sangre en su garganta. Nota que la mueven. Discuten algo, cree que sobre cómo subir las escaleras con ella. No quiere ser una carga… No quiere dar problemas. ¿Por qué no puede siquiera hablar? ¿Qué le está pasando? El escozor de la mano sigue acrecentándose…
Empieza a notar como su mente va sufriendo lagunas. En algún momento la están llevando por pasadizos a oscuras; de cuando en cuando le dan un golpe contra alguna piedra, aunque no cree que fuerte, parece que están queriendo tener cuidado con ella. Al rato hace fresco… Luego está en algo blando… Y luego…

—Carla… Carla, ¿me oyes?
—Esteban… sí, sí… ¿dónde estoy?
—Tranquila, es por la mañana. Te desmayaste; estás en casa con nosotros.
—¡En casa! —Se yergue muy rápido y se da con la litera de arriba—. “¡Aú!” —protesta riéndose por no llorar—. Esteban, cómo se te ocurre decirme que estoy en casa, tonto…
—Perdona cielo… —La está mirando con mucha preocupación—. No debería haber escogido esas palabras…
—¡Pues no! —Lo riñe con tono severo, pero tratando de que se note que es una broma—. ¿Qué ha pasado? No parabais de hablar de unas puertas…
Mira a su alrededor; huele a cola-cao caliente y le entra hambre. Cerca están Hugo y Adán, y también Yoni.
—¿Estás bien Carla? —Le pregunta el niño con su vocecita.
—Sí, perdona mi amor; ¿estabas preocupado? —Se sienta para achucharlo.
—Me dijeron que te pusiste malita.
—No pasa nada, ya me encuentro mejor. “Por fi” vete a jugar fuera y ahora salgo contigo un ratito, vale.
—¿Sí?
—¡Claro! —Le sonríe. La verdad es que se siente bastante bien, no queda huella del malestar de la noche pasada.
—Carla, ¿estás bien? —Danko se ha acercado y le ha rozado un hombro amistosamente. Hugo y Adán la miran con gesto alegre.
—Sí, sí; gracias, si es que no sé qué me ha ocurrido…
—Vale, me alegro. Luego si quieres salir a hablar conmigo un momento…
—Esto… ¿vale?
—Déjanos hablar un poco Danko —Esteban.
—Adiós.
Se marcha tal y como vino. Esteban mira también a los otros dos chicos, que asienten  y se separan.
—Dime Esteban, ¿qué me ocurrió? Porque empezáis a preocuparme…
—Preciosa, con calma, vale; sin ponerte nerviosa, mírate la mano…
Gira su muñeca y pone frente a ella su palma abierta. Desde mitad del antebrazo hasta los dedos tiene la piel totalmente blanca, casi azulada. Sus uñas están ennegrecidas en el nacimiento y amarillas al final y, aunque ya bastante cicatrizado, el corte está un pelín hinchado y de un tono negro.
—¡Joder! ¿Qué me está pasando?
—No lo sé. —Tiene los ojos vidriosos…
—Pero… ¿y esto? No estaba así ayer…
—Ya lo sé cielo. Dime por favor, ¿qué te pasó allí dentro? ¿Fue por el olor?
—¿Qué? No… Yo… estábamos allí; creo que justo empezasteis a hablar de abrir la puerta, y entonces a mí… sí, me empezó a escocer mucho la mano. Y luego había un pitido.
—¿Un pitido?
—Sí…
—Ninguno más oímos un pitido Carla.
—…Estaba dentro de mi cabeza. Ya, ya lo sé; me lo imagino. Era casi como… como algo.
—¿Como qué?
—Como algo; ¡no lo sé Esteban!
— “Por fa”, no te enfades conmigo…
—Perdona…
—En verdad, ¿cómo te hiciste ese corte?
—Yo… Fue apuñalando al zombi en el cuarto de baño.
De repente Esteban pone una cara de muchísimo enfado. Que suaviza rápidamente, aunque ha apretado uno de sus puños como un gesto de contención.
—¿Por qué no me lo dijiste, Carla? —Claramente se está esforzando por no reflejarlo en su tono.
—Yo… ¡No lo sé! ¡Tenía miedo! No quiero estar infectada… ¿Crees que lo estoy? ¿Crees que es eso…?
—¡No! No lo estás Carla. No, no puedes estarlo. No. No tendría sentido. La gente no se ponía así. Y la gente empeoraba mucho más rápido, y no parecía mejorar una vez empezaba. No, no puede ser eso. Pero es algo. No puede ser coincidencia que te pasara junto a esa puerta. No sé cómo pero está conectado…
—Esteban, para, “por fa”, me estás poniendo nerviosa.
—Perdona. Tienes razón…
—¿De verdad quieres abrir esa puerta?
—Sí… ¿tú no? —Le da un poco de miedo pensar en la puerta de nuevo.
—Supongo…
—Tranquila; parece que lo que quiera que fuera ya está mejorando…
—Pero si tengo la mano con un aspecto terrible.
—Todos estuvimos muy preocupados, pero estuvo mucho peor. Antes tenías también toda la cara demacrada, pero hoy sólo te queda un poquito de ojeras.
—¿Tengo ojeras? —Se lleva las manos a las mejillas. ¿Realmente le está preocupando su piel ahora mismo? Siente un poco de vergüenza, porque la sonrisita de Esteban le confirma que ha entendido su preocupación.
—Tranquila, sigues preciosa.
—¿De verdad? —Se acerca a darle un beso, a lo que él se aparta como un reflejo. Se queda mirándole perpleja.
—Perdona… Desde ayer… te huele un poquito el aliento.
—¡¿Qué?!
Se levanta y sin permitirle decir nada sale corriendo al baño a enjuagarse. Pasa por delante de varios de los amigos sin saludar, que le da mucha vergüenza que le huela el aliento. Se sabe vestida en la ropa normal y no en el chándal de andar por casa, lo cual incrementa su sensación de que debería ducharse… pero habrá de esperar…
Una vez allí dentro, coge su cepillo de dientes de una de las bolsas junto a los fregaderos, echa un poco de pasta, y empieza a frotarse vigorosamente, lengua incluida. Comprueba sus ojos; es cierto que tiene algo amoratadas las cuencas, y los rasgos marcados un poquito, pero la piel sigue bien lisita y sin cuartear… Al poquito se da cuenta de que huele un poco mal en la sala… como a… caca.
—Hola… —Siente la voz de Paco desde detrás de la puerta de uno de los cubículos—. ¿Quién es?
—¡Ay! ¡Hola! ¡Perdona! Yo no esperaba que hubiera nadie —contesta con la boca llena, escupiendo acto seguido.
—¡Ah! Hola Carla. ¿Ya te encuentras mejor?
—Sí; gracias…
—Les diste un buen susto a tus amigos.
—Ya me imagino…
—Yo la verdad es que no entendí muy bien de qué hablaban. Pensé que te ibas a convertir en una de esas cosas, pero ellos me dijeron que a Danko ya le pasó una vez algo parecido, que podía haber esperanza… —Es verdad, Danko quería hablar con ella. Se enjuaga la boca una última vez con agua.
—Gracias Paco; te dejo, ¿vale?
—Vale; me alegro de que no seas un zombi, muchacha.
—¡Gracias! —termina cerrando tras de sí. Ese hombre está podrido el pobre…
Se apresura hacia Esteban.
—¿Mejor ahora cielo? —Se da cuenta de que su voz suena insegura.
—A ver. —Le sonríe. Se besan—. Sí, muchísimo mejor.
—Me alegro. —Le devuelve el gesto amable, mucho más tranquila—. Paco me ha dicho que lo que me pasó os recordaba a lo que le ocurrió a Danko…
—Sí, un poco…
—Me he visto en el baño. Es cierto que a él también se le pusieron unas ojeras parecidas.
—Ya… aunque él estuvo… ¿bloqueando un zombi?
—Ya…
—No saquemos conclusiones rápidas.
—Vale. Aunque voy a ir a hablar con él, a ver qué quería.
—Como quieras… —Nota que se pone un poco mohíno.
—Tranquilo cielo. Siempre voy a apoyarte a ti.
Y aprovecha saber que ha sido “mona” con él para darse la vuelta y marcharse con energía exageradamente jovial.
—¿Qué tal estás? —Andrea, al cruzarse con ella en la cocina.
—¡Hola! Bien, gracias… Siento haberos asustado.
—¡Faltaría mujer! No te disculpes por eso. ¿Quieres que te caliente un cola-cao?
—¡Muchas gracias! Aunque voy a hablar primero con Danko fuera, ¿vale?
—Vale; pero se te enfriará si tardas mucho.
—Descuida.
Sale. Como a menudo, ya están Abi, Hugo y Adán corriendo alrededor del recinto. Tienen espíritu esos tres. Sobre todo Hugo, que aunque no les siga el ritmo, para su constitución ya es bastante…
Danko está sobre la roca del desayuno. Hace un gesto a todos con la mano y empieza a caminar hacia él, viéndose interrumpida a mitad por Abigaile que se acerca de una carrera a alcanzarla y, sin decirle palabra, la abraza, le da un puñetazo en el hombro, y se aleja a seguir corriendo, alcanzando de nuevo y adelantando a Adán, que se pica y acelera. Qué rara y maja es. Le agradece que haya tenido un detalle, pero no le haya preguntado cómo está, que empezaba a sentirse cansada de decir todo el rato lo mismo. Aunque a lo mejor es que no podía hablar; se la veía rojita la cara, seguramente entrene forzándose. Nunca se sabe con esa chica.
—¡Hola Danko!
—¡Hola! ¿Estás bien, no?
—Sí, gracias.
—Me alegro.
—¿De qué querías hablar?
—¿Qué sentiste frente a la puerta?
—Yo… ¿Crees que me ha pasado lo mismo que a ti?
—No lo sé. A mí me ocurrió tratando de detener al monstruo aquel. Y no sabía muy bien lo que hacía.
—Pero yo no estaba intentando hacer nada…
—¿Y si… estabas deteniendo a algo que hubiera ahí dentro?
—Pero tú también estabas allí.
—Ya… Por eso. ¿Recuerdas cuándo te pasó?
—Yo… sólo recuerdo que vi que os ibais a poner a empezar a discutir tú y Esteban y que estoy harta de que tengamos broncas… y entonces me empezó a doler la mano y llegó ese pitido…
—¿La mano?
—Sí…
—Es la misma mano que yo… bueno…
—Lo siento. ¿Crees que tiene algo que ver?
—No lo sé. ¿Puede?
—¿Por qué las manos?
—Entonces sí que te pasó algo en esa mano, ¿no? —dice con tono suspicaz…
—Bueno… me corté apuñalando a un zombi.
—¡¿Cómo?! ¿El del baño?
—Sí…
—Carla —dice con tono de reproche—, tienes que venirte a que te enseñe a usar los cuchillos.
—¿Ya está? ¿Te digo que podría estar infectada y me dices eso?
—¿Estás muerta?, ¿no? Pues a otra cosa.
—Jolín tío…
—¿Qué?
—No, si tienes razón… pero yo qué sé…
—¿Estás bien?
—Sí, sí… Perdona.
—¿Por qué?
—Qué raro eres Danko, tú también.
—¿Gracias?
—Me caes bien.
—Esto…
—Tranquilo, no espero que digas algo bueno tú también.
—A eso sí: gracias. —Ríen.
—Entonces… ¿vamos diciéndonos si alguno nota o le pasa cualquier cosa distinta?
—Sí, claro.
—Guay; a lo mejor podemos ser compañeros superhéroes en el futuro —Le ofrece chocar los puños.
—O supervillanos —contesta chocándolo.
—¡Vale! ¡Me apunto! Aunque yo no tengo nada claro que hiciera nada ayer.
—Quién sabe… Convence a tu novio de que tenemos que irnos de aquí anda.
—¿Quieres marcharte?
—¿Tú no? —Otro igual.
—No lo sé… Esa puerta me da mal rollo, es cierto.
—Pues eso.
—En fin; voy a desayunar. ¿Tú quieres algo?
—No, estoy bien.
—¿Seguro?
—¡Sí!
—Vale.
Locos. Están todos locos. Ella la primera. Entra otra vez en la casa, a abalanzarse sobre su indefensa y merecida taza. Se siente de buen humor, la verdad. Y eso le sorprende dadas las circunstancias. Tal vez es que realmente esté empezando a perder el único tornillo que le quedaba; como todos.
Desempaqueta unos sobaos de su plástico y acompaña el desayuno con ellos. Andrea se sienta a su lado, pelándose una naranja con toda una mitad picada.
—Me parece que ya pronto vamos a quedarnos sin frutas… yo de ti aprovecharía en comer de las que quedan.
—Gracias, hoy me apetecía más esto.
—¿Qué crees que vamos a hacer?
—¿A qué te refieres?
—Pues… a todo. ¿El plan es seguir cogiendo cosas enlatadas de aquí y allá? ¿Y cuando se acaben? Cuando hasta las latas se hayan puesto malas ya…
—“Uf…” Qué intenso para tan temprano.
—Lo siento; ya… pero es que nunca hablamos de estas cosas.
—Ya. Yo creo que a nadie le apetece pensar en ellas.
—Pero hay que hacerlo en algún momento.
—Supongo que sí. No sé, ¿cazaremos?
—¿Tú sabes cazar?
—No. A lo mejor Abigaile sabe.
—A lo mejor… —Ve que mira hacia fuera por la ventana, al patio donde están corriendo.
—Sé que discutisteis… Pero no creo que haga nada con mala intención.
—Ya lo sé. Y Yoni se está llevando muy bien con Danko. Es sólo que…
—¿Qué pasa?
—Que siento que me quedo atrás con vosotros. No sé, salvo Hugo todos parecéis saber qué hacer. Pero él tiene a esa novia para protegerlo; yo en cambio soy quien tiene a alguien a quien proteger.
—¡Pero eso no es verdad Andrea! Todos estamos perdidísimos. Hasta Abigaile; estoy segura. Jolín, si muchas veces he tenido yo envidia de ti y de lo dura que pareces. Yo me paso el día llorando.
—Es verdad que eres una llorica.
—¡Oye! —protesta riendo.
—No es malo. Me gustaría haber podido llorar yo mucho más.
—Ánimo… —Le aprieta la mano—. Saldremos adelante entre todos. Mira la de chicos fuertes que tenemos… y Abigaile.
—Eso es verdad. Hasta el manco da miedo.
—¡Tía! No le llames así, pobrecito.
—Es una broma.
—Ya, ya. Mira; el otro día Adán dijo que quería volver a Madrid cuando estuviéramos un poco más estables aquí, a buscar a su novia. Podrías apuntarte y pasamos por tu pueblo a ver si…
—No. Que le den a ese gilipollas… Por mí que se muera.
—No es verdad lo que dices.
—Ya bueno. Pues habrá de serlo.
—Vale, vale. Por cierto… —Pone voz pícara…
—¡No!
—¡Anda “por fa”!
—¡No!
—Cuenta, cuenta, cuenta…
—¡Ni hablar! —niega levantándose y llevando el cuchillo al fregadero.
—¡Jo! Cuéntame “por fi”. ¿Qué pasa entre tú y Merlo?
—Déjame plasta —le corta riéndose, apartándole la cara que había pegado mucho a la suya toscamente con la mano abierta.
—¡Jo! —protesta inútilmente viéndola salir al exterior.
A todo esto… ¿Y Merlo dónde se ha metido? En fin… ¿Habrá salido ya Paco del baño? Tampoco lo ha visto… pero quiere ducharse.
Se acerca a la puerta y llama. No obtiene respuesta. Entra y comprueba que el olor sigue ahí atenuado, pero que el cuarto está solitario. ¿Y dónde se han metido todos los que faltan? En fin… ¡Por fin puede ducharse!
Hace un viaje con la pretensión de que sea de ida y vuelta hacia su ropa limpia, pero es interceptada a mitad de trayecto por Esteban.
—¿Qué tal?, ¿vas a ducharte?
—Sí, tengo ganas.
—¿Te apetece que nos duchemos juntitos? —La abraza por la espalda y la besa en el cuello.
Ella se gira muy ilusionada, le asiente y se le abraza.

Reunidos todos en la comida, se acuerda de lo amable que ha sido Andrea fregando su plato, porque ese día les tocará en algún momento a ella y Esteban ponerse a hacer zafarrancho de limpieza. El día en que coincida y les toque lavar ropas será un coñazo… Pero es cierto que es justo así.
Al principio empiezan hablando de buen humor; pero pronto las cosas vuelven a torcerse…
—Las latas de comida volverán a acabársenos en algún momento… —Danko—. Deberíamos ir pensando en ello.
—Ya. Y si al final vamos a quedarnos aquí podríamos intentar hacer cosas productivas… no sé; vallar la cara de la montaña para evitar que vuelva a haber ningún susto…
—Claro que vamos a quedarnos aquí —Esteban, que continúa sin dejar que Danko lo interrumpa—. Y estoy seguro que tras esa puerta tiene que haber comida almacenada para quien estuviera dentro.
—Chicos… —Intenta fútilmente detener la bola de nieve.
—Puede, no lo sabes. ¿Sabes lo que seguro está? Lo que quiera que matara a ese hombre. Y tú quieres soltarlo por el mundo.
—No sabes lo que ha ocurrido Danko.
—Ni tú tampoco, Esteban.
—¡Chicos! Yo sólo quería que nos pusiéramos a pensar en cómo trabajar juntos —medio grita.
—Si vamos a quedarnos aquí tenemos qué ver que tenemos al lado. —La ignoran enzarzados.
—Exacto, si vamos a quedarnos aquí.
—¿Y dónde quieres que nos vayamos? Este sitio es cojonudo…
Decide levantarse dando un golpe con los cacharros en la mesa y salirse. Está indignada y muy cabreada. Con todos. ¿Por qué no pueden estar sin discutir y ya está? Ya están bastante mal las cosas.
Va a sentarse sola en la roca del desayuno, pero conforme llega ve aparecer a Hugo yendo en su dirección.
—Hugo, no te molestes, no quiero volver ahí dentro. Que se maten si quieren.
—Ya, tranquila. Yo tampoco. No me gustan nada las discusiones. ¿Puedo sentarme contigo?
Le sonríe falsamente y hace un leve movimiento, dejándole hueco a su lado.
—¿Qué piensa Abigaile de todo esto?
—¿De qué?
—De lo de la puerta, y las discusiones.
—Que son idiotas.
—¿Quiénes?
—Los dos —ríen—, ella siempre dice que sería mucha mejor opción andarse moviendo en busca de algún campamento o pueblo bien organizado…
—No sabemos si queda de eso.
—Ella está segura de que sí.
—¿Y por qué no dice nada?
—No sé. Desde que discutió con Andrea está preocupada de no caerle mal a mis amigos.
—También somos sus amigos ahora.
—Eso intento decirle, pero ella no ve las cosas igual.
—Ya… ¿Sabes? Pienso como ella.
—¿Qué desde que discutiste con Andrea no quieres caerle mal a mis amigos?
—¡No imbécil! Que mi novio y Danko son idiotas.
—¿Y entonces qué haces con él? —Por el tono de su voz deduce que no es una pregunta seria.
—Pues porque también es muy “mono”. —Sonríe.
—En eso ya… no me meto. —Devuelve el gesto.
—¿Y qué crees que va a pasar?
—Ni idea… tú y yo somos unos mandados al fin y al cabo.
—¡Oye! Yo no soy una mandada.
—Lo decía de broma, Carla.
—Ah vale, perdona.
—En fin…
—Sí, en fin…
Se quedan un buen rato, de silencio incómodo al principio, después simplemente de silencio acompañado. Ella se tumba en la roca. Vuelve a hacer bastante fresco a la blanquecina luz nublada.
No sabe cuántos minutos pasan hasta que Abigaile hace acto de presencia.
—¡Carla!, ¡Hugo! ¡Venid por favor!
Se miran entre ellos, se encogen de hombros y se levantan.
—¡Vamos! —responde ella por los dos.
En la cocina, la atmósfera sigue tensa; están todos sentados alrededor de la mesa un poco evitándose las miradas. ¿Se habrán enzarzado todos a discutir al final?
—Carla —le susurra Esteban cuando va a sentarse a su lado—. No puedes marcharte cada vez que algo no te guste. Esto es importante.
—No me trates como una niña Esteban.
—Pues… —Ve como, por su propio bien, se muerde la lengua y no termina la frase.
—Vale, a ver —habla Andrea—, hemos decidido que vamos a votar las cosas.
—Sí —interviene Esteban—, para no hacerlo todo eterno. Votaremos una vez si nos quedamos o nos vamos. Las manos en alto significan sí. Los puños cerrados no, y quien no haga nada se abstiene. Si sale que nos quedamos, votaremos qué hacer con la puerta.
Mierda. No sabe qué hacer. No quiere no apoyar a su novio, aunque ahora la tiene muy cabreada… Y ella misma no tiene claro qué es lo que quiere.
—Bueno… pues lo primero. Quiénes votan quedarse.
Ve que rápidamente Abigaile y Danko cierran el puño en alto. Hugo se abstiene. Andrea, Merlo, Adán y Esteban levantan la mano. Esta es fácil. Ella también levanta la mano. Paco parece que se ha autoexcluido de la votación…
—Bien… —Danko—. Pues nos quedamos aquí a morirnos…
—No empieces —Andrea—. Hemos votado.
—Ya, ya; no es mi culpa que…
—Para tío —Adán. Danko se calla con semblante condescendiente.
—Bueno. Ahora —Esteban—, ¿quiénes votan abrir la puerta?
¿Qué hacer? Danko levanta la mano en forma de puño. Hugo levanta la mano en forma de puño. Abigaile sorprendentemente se abstiene. Andrea levanta la mano abierta. Adán levanta la mano en forma de puño. Merlo levanta la mano en forma de puño. Esteban evidentemente levanta la mano abierta. Ella… No quiere abrir la puerta. No, le da miedo lo que pasó. Pero no quiere dejar tirado a Esteban, aunque se lo merecería. Cuenta rápidamente y, aliviada de que su voto no influya, decide levantar la mano con la palma abierta.
—En serio, ¿después de lo que te pasó? —Hugo.
—Cada uno vota lo que quiera —le contesta con tono molesto.
—No digo lo contrario.
—Bien, pues la puerta se queda cerrada por ahora —Esteban, con tono como si no le importara la decisión—. ¿Recogemos la mesa?
Esa noche, todos se van a dormir silenciosos, más allá de alguna conversación rápida y que parece sumamente artificial. Merlo y Paco harán la primera guardia, y luego les toca a Esteban y a ella.
Tarda en conciliar el sueño; no le apetece mucho estar tumbada con Esteban en ese momento, apenas si han hablado desde la votación; pero sabiendo que luego le tocará pasar parte de la noche en vela, se esfuerza por conseguirlo.
La despierta apretándole en el brazo.
—Vamos preciosa; nos toca hacer la guardia juntos.
—Voy…
La noche sobre la atalaya está helada. No hay ni un solo sonido más allá de los crujidos de rocas y árboles y la oscuridad se le antoja especialmente intimidante.
—En una hora voy a ir a abrir la puerta —le suelta sin anestesia al poco de estar sentados.
—¡¿Qué?! No puedes Esteban, han votado que no.
—Carla, forcé que se hiciera la votación hoy precisamente porque teníamos guardia por la noche.
—¡Pero Esteban! Ya te han dicho todos que no.
—Carla, no sabemos qué hay ahí dentro…
—¡Por eso!
—…tenemos que averiguarlo, sé que está relacionado con lo que quiera que esté ocurriendo…
—¡¿Tú te oyes?!
—…¿No votaste que tú también querías abrirla?
—Y quiero… Pero no traicionar a nuestros amigos.
—No es una traición Carla. Ahí dentro tiene que haber provisiones, seguro; pero sobre todo, información. Y eso es lo más valioso ahora mismo.
—Esteban, sólo somos cuatro gatos en el monte. No sé si estás pensando en salvar al mundo o qué…
—Estoy pensando en sobrevivir Carla. Y cuanto más sepamos más posibilidades tendremos. ¿Acaso esperas estar cogiendo latas de aquí y allá hasta que un día tengamos mala suerte de verdad?
—Pero…
—Ya nos robaron hace nada. ¿Qué haremos cuando venga a la puerta un grupo organizado?
—¡No lo sé!
—Este mundo ha cambiado… Y necesitamos un lugar más seguro en el que guarecernos, como son esas cuevas. Necesitamos provisiones y a ser posible armas, como sospecho que habrá allí dentro. Ese hombre tenía un bisturí, tal vez haya cosas médicas… Pero sobre todo necesitamos tener algún plan y para eso necesitamos información Carla. ¿No lo entiendes?
—Yo…
—No ha sido mala suerte tener eso al lado, sino que nos ha tocado el gordo. Sólo a ti te diría que creo que es cosa del destino.
—Suenas como un loco Esteban.
—Tal vez lo esté. Pero sólo quiero mantenernos a salvo. ¿Vas a dejarme tirado?
—No… pero no esperes que cuando Danko te parta la cara haga nada.
—Gracias, ¿eh?
—Es verdad Esteban, vas a traicionarlos a todos.
—No, voy a hacer lo que ellos no se atreven a hacer.
—Joder…
—Sé que te pongo en un sitio difícil.
—No, te apoyaré. Sé que no estás loco. Tengo fe en ti… Pero no me pidas que además dé la cara por algo que no comparto.
—No te lo pido.
—¿Y qué pasa si hay algo peligroso ahí dentro?
—He cogido la pistola.
—¿Y si no basta?
—No nos va a pasar nada cielo.
De nuevo, se hace el silencio incómodo… Decide romperlo cogiéndolo tímidamente de la mano. Sabe que debe serle duro tomar decisiones así. O al menos eso espera. Siempre le ha demostrado que piensa las cosas más allá de lo que la gente suele hacer, y que acostumbra a acertar… Está bien, en ese caso tratará de confortarlo al menos.
La hora se le hace eterna sabiendo lo que va a pasar. Imagina que Esteban quiere esperar para no levantar sospechas. Las guardias últimamente están siendo muy tranquilas. Ya hace más de un día desde que vieran a un zombi por última vez. Esa quietud también la intranquiliza.
Por fin, él le suelta “yo creo que ya es la hora” tapándose los labios con un dedo en petición de que sea silenciosa. El pulso se le acelera. Siente como si estuviera haciendo algo mal. Es que está haciendo algo mal. Nunca le ha gustado la sensación de la sangre acelerándose por sus venas. Pero tiene que hacerlo. No va a dejar que se meta él solo ahí, ni va a traicionarlo haciendo que se lo impidan. Sí que la ha puesto en una situación difícil. Y en verdad, ella ni siquiera quiere abrir esa maldita puerta.
Cruzan el patio agazapados, evitando las ventanas del edificio. Llegan a la entrada de la mina. Él le informa de que ha memorizado el camino. Sacan sus móviles y se adentran. Deberían conseguir linternas pronto. Tienen un par, pero están con las cosas de todos.
Giran por entre recovecos. Ella se siente muy perdida y claustrofóbica. Espera que de verdad él conozca el camino, porque se pondría histérica si se quedara allí encerrada.
Justo está a punto de preguntarle cuando se topan con la imagen familiar de la esquina donde desencajaron la puerta, que aún descansa contra la pared donde la colocaron.
Sigue oliendo fatal. Parece que no han hecho nada con el cadáver. El olor le trae los malos recuerdos que vivió y se pone aún más tensa, casi preparada para que le ocurra algo malo.
Esteban empieza a descender las escaleras primero, y ella lo acompaña; bajando sin el salvavidas de ninguna luz. Se hace un pelín de daño en el tobillo al pisar el suelo, esperando otro escalón. Se gira. Esteban está apuntando con su móvil hacia la puerta, iluminándola muy tenuemente dado su tamaño.
Suena un “clac” a sus espaldas, y en lo que se gira le da tiempo a distinguir una llamita extinguiéndose y a ver como se crea un puntito rojo de luz en la oscuridad.
—Hola, Esteban. —suena la voz de Danko, dando una amplia calada después, con un retintín casi como si riera.
—Hola Danko. Extraño sitio para ir a echar un cigarrillo.
—¿Por qué? Me gusta este sitio. A ti también, ¿no?
—Déjate de teatro Danko; te sobra toda la puesta en escena. Voy a abrir la puerta.
El amigo da un paso adelante y queda algo más iluminado por sus móviles.
—No voy a dejarte que la abras. Y mañana les vas a explicar a todos esto.
—Voy a abrirla ahora, y mañana nos beneficiaremos todos de que lo haya hecho.
Danko da otro paso hacia él y Esteban, rápidamente retrocediendo, saca su pistola del pantalón y apunta a Danko
—¡Quieto!
—¡Esteban! —le grita al unísono.
—¿En serio? —dice Danko casi burlándose—. ¿En serio me apuntas? ¿Así razonas con tus amigos?
—¡Esteban! ¡Para! ¿Qué coño haces?
—Carla, no te metas; fíjate si está obsesionado que se ha venido hasta aquí para impedirlo. No va a atender a razones.
—Me da igual, Esteban, ya basta.
—Por favor Carla, abre tú la puerta; una vez esté abierta no habrá motivo para seguir apuntándole.
—No me vas a disparar Esteban.
—No Danko, ten claro que jamás te haría daño de verdad, pero si me obligas te dispararé en una pierna o en un brazo.
—¿Eso es daño de mentira o qué?
—Por favor, chicos…
—Carla, date prisa y abre la puerta.
—Bueno. Ya basta todos —Extremadamente tranquila, suena la voz de Abigaile en la oscuridad; está segura de que no estaba en la sala antes— Esteban, suelta la pistola o te meto un tiro en la mano, y sabes que no voy a fallar.
Esteban se queda paralizado apuntando a Danko. Ella gira su móvil en la dirección de que proviene el sonido hasta iluminar a la chica, de pie contra una de las paredes, con la pistola cogida con ambos brazos apuntando a su novio. Empiezan a sonar las pisadas de Hugo bajando las escaleras. ¿De verdad consiguió entrar sin hacer ningún ruido?
—Esteban, vamos.
—Abigaile; hay que abrir esta puerta, sé que tú lo entiendes.
—¡Sois gilipollas todos! —estalla Hugo al llegar al suelo con ni un ápice de bondad en el tono, casi temblando de rabia. Empieza a caminar hacia su novia—. Abi, baja ahora mismo la pistola. —Pone la mano en el cañón y lo mueve para que apunte hacia el suelo—. ¡Esteban! —Empieza a caminar hacia él a paso muy rápido—. Dame eso ahora mismo. —Extiende la mano hacia el arma del otro.
—Hugo, apártate —le suelta girándose un poco hacia él; pero el muchacho ya está encima, y sin ningún miedo pese a tener el cañón apuntándole, lo agarra de la parte de arriba y tira. Esteban forcejea un poco.
—¡Que lo sueltes Esteban! ¡Coño! No me da la puta gana que ninguno de mis amigos mate a otro de un tiro. ¡Suelta, ostia!
Esteban suelta la pistola que agarra Hugo y éste se la mete en el pantalón.
—Esto me lo quedo yo, porque está claro que tú no estás preparado para tenerla.
Esteban ha dado un par de pasos hacia la pared, cabizbajo.
—Pero sólo… —profiere.
—Ni peros, ni peras. ¡Ostia! ¿Apuntaros entre vosotros? —Mira también a su novia—. No. No me da la puta gana. Y si alguien no le parece bien esto sobra. Aquí somos amigos, y las cosas las solucionaremos hablando y sin pelearnos. Joder.
—Esteban, Hugo tiene razón —le dice a su novio. Ve que tiene lágrimas en la cara. No está haciendo ningún ruido, pero aun así, es la primera vez que lo ve llorar. Corre a abrazarlo—. Esteban. Todos saben que sólo quieres lo mejor para todos. Pero no puedes hacer las cosas así.
—¿Querías abrir esta puerta pese a que te hemos dicho todos que no?
—Hay que abrir esta puerta, Hugo.
—¿Y qué pasa, que si no hacemos lo que a ti te da la gana vas a estar intentándolo eternamente, hasta que te peguemos o algo?
—Hay que abrir la puerta Hugo.
—¡Pues a tomar por culo!
Hugo da unas rápidas zancadas hasta la escotilla; la agarra de ambos extremos y empieza a girarla.
—¡Hugo, no! —Danko. Corre hacia él. Abigaile lo intercepta poniéndose en medio—. ¡Aparta!
Esteban está quieto mirando. La puerta emite un estridente eco metálico y se desancla de la pared.
—¡Ale Esteban! Ya tienes lo que querías. La puta puertecita abierta; pero amigo contra amigo. ¿Era esto lo que querías? —Las sombras no permiten bien ver las caras, pero la agresividad del tono de Hugo hace patente su estado. Esteban se toma mucho tiempo en responder.
—No. Lo siento.
—Ya es tarde para eso. —Danko. Se acerca hasta su novio y oye que le habla bajito al oído—. No voy a olvidarme de esto. Como me vuelvas a apuntar con un arma, te mato.
Esteban llora moviendo el pecho impotentemente.
—¡Vamos! ¡Ya hemos abierto! —Danko de nuevo.
—Esteban; ya hemos abierto, venga recomponte —le susurra apretándole la mano, intentando ser productiva y sacarle de ese estado.
—¡Oh, joder! —exclama Hugo de golpe.
—¿Qué pasa? —pregunta, obteniendo respuesta al instante—. ¡Oh, Dios…!
Del quicio abierto llega algo de luz, pero sobre todo un hedor a carne podrida insufrible y concentradísimo. Detrás hay algo encendido, con un tono rojizo.
No. Conforme se arrastra para tener ángulo para ver… La luz no es roja. Está teñida de rojo. Se ve un pasillo de hormigón. Cadáveres. Y paredes de metal con cadáveres con las cabezas aplastadas contra el material. Del techo cuelgan varias lámparas de fluorescentes blancos. De una de ellas cuelga de sus intestinos una mujer ahorcada. Al fondo hay otra puerta de escotilla; contra sus barandillas, con la mandíbula clavada en el agarre, otra persona muerta. Al lado de esta, a cada ala del pasillo, se distinguen unas puertas de metal. Una cerrada, la otra entreabierta, con el cráneo desfigurado de alguien haciendo de tope.
Los cuerpos visten, algunos, ropas de laboratorio, otros uniformes de un tono negro grisáceo, con cruces esvásticas en el pecho… Igual que las que hay pintadas en ambas paredes. La mayor parte de ellos con cortes terribles y boquetes ulcerosos. Por el suelo, tiradas, toda clase de herramientas afiladas y punzantes; desde destornilladores hasta bisturíes. Y la peste puede saborearse…
Hugo se cae de culo y empieza a vomitar en posición fetal; Abigaile se sostiene en una de las paredes y claramente contiene las arcadas. Ella no para de mirarlos a todos desesperada; eso está mucho más allá de la cordura… casi lo siente… irreal.
Danko los mira junto a la puerta, con la piel amarillenta, y se mete dentro del pasillo. Esteban, con las piernas temblorosas, lo sigue.
“Piernas, ¡moveos!” Haciendo acopio de valor, aún obcecada en no abandonar a su novio, empieza a caminar sin fuerzas. Abigaile se arrastra con ella.
La mano empieza a dolerle, y un pitido retumba rojizo en su cerebro.
—¡Muchacha! —Una voz desentonada y chillona, como de un sordomudo, sale en grito desde detrás de la puerta con manivela que tienen al frente—. Criatura… no sigas conteniendo. Morirás.
Todos se paran en seco; miran a la puerta y la miran a ella. Siente como sus piernas le fallan; la sangre le corre por la nariz como un chorro. Esteban la sostiene como puede. La náusea le hace vomitar. Ve a Hugo que está intentando entrar. Hay mejunje por todas partes en el suelo…
—Carla, ¡no pares! ¡Vamos a matarlo! —Danko, dirigiéndose a abrir la puerta.
—¡Carla, suéltalo! —Esteban—. Hugo, ¡dame la pistola!
No sabe qué hacer… no sabe qué está haciendo. Y la segunda puerta, queda abierta…
Frente a ellos hay una sala circular totalmente limpia, acristalada con espejo que no permite ver al otro lado. En el centro de la misma, un taburete de metal muy grande; y sobre él, sentado en su “trono de rey”, un hombre desnudo sin sexo. Un gigante. Un ser huesudo y alargado, más alto sentado que ellos de pie. Encadenados los brazos y las piernas por incontables cadenas gruesas como brazos. Y su rostro… Su cráneo ovalado sobre un fino cuello sólo tiene una boca afilada. Ni ojos, ni nariz, ni orejas. Sólo fina piel tapando su escuálida calavera.
Siente una punción agudísima dentro de su cráneo y se derrumba.
—¡Monstruo! ¡Déjala en paz! —Esteban tiene la pistola y lo apunta temblando. ¿Cuándo la ha conseguido?
A grito rugiente Danko golpea su cara con el puño, ordenando a Esteban que dispare. Tras el golpe aparta la mano de un chillido, con los dedos separados en posición extraña, mirándolos como si se los hubiera roto, berreando agónicamente.
—Chica… suéltame… vas a matarte.
Siente algo en su interior; como un nudo en el estómago…
—¡Carla! ¡No! —le ordena estertóreo de dolor su amigo.
—¡Carla para! —Esteban suena histérico. Nota sabor a sangre, y la hemorragia de su nariz no para.
Se centra en ese nudo. Le duele; chilla dentro de ella. Lo tiene agarrado. ¿Danko o Esteban? Cree que lo va a lamentar… pero Esteban.
Suelta la fuerza; como si fuera un gas en su estómago oprimiéndola.
Todo el dolor, todo el malestar, todo desaparece. Solo queda cierto mareo.

—Gracias —dice Esteban—. Ahora… —sigue hablando él, levantando la pistola hasta apoyarla contra la cabeza del ser—, es mío el daros una elección. Matadme, o liberadme. O lo contrario os mataré a todos.
—¿Qué dices Esteban? —profiere ella con un hilo de voz, recomponiéndose.
—¿Cómo te llamas, criatura? —habla Esteban—. Soy Cuarentaisiete —vuelve a hablar Esteban…


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