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Zombi Volumen Aurora

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jueves, 23 de noviembre de 2017

Volumen Aurora - Capítulo 3 - Libro de Álvaro (Episodio 8)

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Volumen Aurora:
Prólogo
Episodio 1 - Capítulo 1, Libro de Danko
Episodio 2 - Capítulo 1, Libro de Álvaro
Episodio 3 - Capítulo 2, Libro de Andrea
Episodio 4 - Capítulo 2, Libro de Diana
Episodio 5 - Capítulo 3, Libro de Merlo
Episodio 6 - Capítulo 3, Libro de Carla
Episodio 7 - Capítulo 3, Libro de Hugo
Episodio 8 - Capítulo 3, Libro de Álvaro
Episodio 9 - Capítulo 4, Libro de Adán
Episodio 10 - Capítulo 4, Libro de Danko
Episodio 11 - Capítulo 4, Libro de Diana
Episodio 12 - Capítulo 5, Libro de Esteban  
Episodio 13 - Capítulo 5, Libro de Álvaro
Episodio 14 - Capítulo 5, Libro de Hugo  

       
Capítulo 3 – Hogar, dulce hogar

"Le plaisir délicieux et toujours nouveau d’une occupation inutile" – Henri de Régnier.




Libro de Álvaro
15/10/2012; 08:15 – Buenatarde                      Población humana viva: 2.749.807.600




Suavemente, después de, cree, una hora “despertabundo”, se incorpora levantando la cabeza de Diana con una mano y volviéndola a depositar, colocando un cojín debajo con la otra. La muchacha protesta en algún idioma ancestral y arcano, enredándose en sí misma y regresando a una respiración profunda pocos segundos después.
Bosteza casi sin proferir aullido y se estira erguido, crujiéndose la espalda y hombros parsimoniosamente, mirando casi confundido al entorno que lo rodea.
Centra su atención en la shisha contemplativamente, ya sin siquiera ascua humeante. Perezoso arrastra los pies hasta la cocina; consciente de que en ella seguirá habiendo lo mismo que había: nada que le apetezca. Pero tiene hambre y confía en que estar allí le confiera apetito por algo concreto.
Dentro, cansinamente, acaba echando mano de una pera ligeramente pasada de madura y de la mitad de la última naranja, por si a Diana le apeteciera la otra mitad; ha demostrado ser más frugívora que él. Dentro de no desear ninguna de las dos cosas, hubiera tenido más ganas de unas galletas; pero precisamente, dado que ninguna de ambas opciones lo tentaban demasiado, ha optado por ser utilitario y consumir primero de lo más perecedero que regalarse un capricho insatisfactorio… además está la ventaja del valor nutritivo de la fruta… En fin… no se le pueden pedir peras al olmo… Vaya un chiste con un doble sentido más malo.
Se siente feliz. Una felicidad que denominaría… química… en el sentido de que sin demasiada justificación se encuentra simplemente bien, casi alegre, casi como achacable más a su cerebro que a las circunstancias. Concluye que seguramente se deba a la combinación de los largos días caminando culminados en un buen reposo por fin; al haber disfrutado de una cachimba; al alcohol ingerido y seguramente todavía en su sistema; a contar con una compañía tan refrescante de jovialidad como Diana… Y finalmente se encoge de hombros y sacude la cabeza discretamente sonriente, sintiéndose de repente también como un observador testigo de sí mismo, que gesticulase sin verdadera razón para su propia audiencia.
Se saborea la lengua contra labios y dientes. Tiene la boca pastosa e intuye un mal regusto que seguramente esté haciendo de su aliento un arma biológica ahora mismo. No se ha cepillado los dientes desde que salió de su casa. Va al cuarto de baño de arriba. Haber cogido un cepillo de dientes propio habría sido una idea de astucia sin precedentes que decide no echarse en cara por su ausencia. Resignado, sólo un poco asqueado gracias a sus escasos escrúpulos, toma de un vaso de plástico junto al lavamanos el cepillo que, a ojo, parece más “limpio”, y lo frota, sin demasiada confianza en la lógica de sus actos, contra la pastilla de jabón por un buen rato; dejando que le corra abundante agua por encima, hasta quedar satisfecho, y procede a lavarse la boca.
Cuando termina, se sienta en el inodoro a evacuar… No sabe si debería preocuparse de la escasísima cantidad que lleva echando los últimos días. Está claro que su alimentación no está siendo nada completa ni en calidad ni en cantidad últimamente. Sin una madre que se preocupe por su dieta ni un “chino” en el que poder cazar fácilmente la comida, deberá hacerse cargo de ello pronto.
Tras terminar y limpiarse se mira la entrepierna desnuda. Hace más de una semana que no se concede privilegios, casi un récord personal. Valora la idea apenas unos segundos, pero la descarta todavía sin levantarse.
Tiene algo de ganas, pero sabe que sería una idea peligrosa… Sería demasiado fácil que su mente le jugara una mala pasada y sus pensamientos se adentraran en esa mazmorra mal sellada que es ahora cualquier imagen de Marta. O peor; que fugazmente se concediera mirar a Diana con ojos inapropiados. Está claro que será una chica preciosa… pero es eso, “lo será”. Ahora apenas es algo más que una niña. Le gusta lo que quiera que estén construyendo y no quiere arriesgarse a enrarecerlo, sea siquiera sólo ante sí mismo.
Está demostrándole aprender y adaptarse muy rápido. No está seguro de si él, con su misma edad, hubiera sido capaz de salir adelante al ritmo que ella está logrando. Bueno sí, está claro, él siempre sería capaz de cualquier cosa, si no lo hace es porque no quiere, pero prepotencias aparte, es bastante impresionante la muchacha…
Le preocupa un poco las crisis que parece experimentar, especialmente el hecho de que tenga a veces lagunas de memoria. No es que piense para nada que se le pueda pedir que esté un ápice más equilibrada, dado lo que está viviendo en tan poco tiempo… Pero quiere poder protegerla, y ese tipo de crisis son algo que no comprende bien…
Seguirá con la estrategia que ha escogido de sutil refuerzo positivo constante. Parece que está funcionando bien. Se siente optimista de que pronto pueda serle una ayuda en vez de una alumna… alguien en quien pueda apoyarse en se mundo tan caótico… Pero, ¿qué es ella para él?
¿Le está gustando inconfesablemente la idea de ese mundo nuevo y abierto, sea aun sin perdonarlo tampoco?
Abruptamente se redescubre a sí mismo, todavía semidesnudo y todavía sentado sobre el váter, con los pies algo adormecidos del incómodo diseño de las posaderas de plástico para enfrentar largas reflexiones.
Se viste de nuevo y encamina hacia abajo, a recoger su mochila y subirla a uno de los cuartos por si quiere trastear en ella sin despertarla, comprobando que, en efecto, sigue roncando graciosa y levemente. Demasiado joven todavía para veladas tan largas…
Siente la ropa algo incómoda de haber dormido con ella. Parece que su yo ebrio del pasado tuvo la decencia de no quedarse en calzoncillos ante su compañera para dormir. Pero no huele mal, casi recién duchado, así que algo a su pesar, no se cambiará de prendas, no habiendo resuelto todavía cómo diablos van a lavarlas o sustituirlas.
Se instala, evidentemente, en la habitación de las armas de caza… Por ahora no va a trastear con la escopeta, pero mola mucho tener esas cosas cerca.
Levanta un par de dedos la persiana. ¿Cómo debería aprovechar el tiempo? Desde ese ángulo no parece haber nada comprometiendo la casa. Pronto comprobará, no obstante, todos los lados de la valla… En cualquier caso; prioridades… La comida es claramente una de ellas. Debería ponerse a hacer una lista de las cosas que necesitan, y ordenarlas. Sí… la primera prioridad puede ser hacer una buena lista de prioridades. Habrá de hacer alguna clase de inventario… ahora mismo no hace falta que sea exhaustivo, uno rápido servirá…
Explorar el pueblo, en cualquier caso, debería ser una prioridad mayor también… Sería necesario saber qué peligros podrían tener cerca… Tal vez podría ponerse con ello ahora, aprovechando que ella duerme. Sí, generalmente sería mejor que ella fuera con él, aprendiera y pudiera ayudarlo… pero esta primera exploración podría ser bastante arriesgada si el pueblo se encuentra con más problemas de los que espera. Sólo se trataría de ir a echar un vistazo rápido, a ver qué se encuentra. Aun así debería llevar una pequeña lista de la compra por si tiene ocasión.
En un futuro… ¿deberían plantearse hacer la mayor parte de la vida posible dentro de la casa? Parece sensato arriesgarse lo menos posible a atraer a esas cosas… Seguramente habría que pensar en estrategias para evitar ser seguidos, etcétera…
Bueno, ¿entonces qué es lo que más urge comprar? Se da una vuelta por la planta de arriba, levantando apenas un quicio de las persianas. Al oeste enseguida corta la vista una ancha línea de árboles, permitiendo divisar sólo una pequeña porción del camino de tierra por el que vinieron. Al norte se extiende una pequeña parcela deforestada con algún propósito, siguiendo la elevación del terreno hasta una colina de nuevo arbolada. Al este se entrevén sobre las copas algunos tejados de las casas del pueblo; especialmente llamativo un tímido campanario en algún lugar céntrico. Finalmente, al sur queda más bosque y el camino de acceso. Todas las lindes están tranquilas, e incluso se siente algún graznido de ave muy de tanto en cuando… Allí en ese ambiente rural, el silencio no se hace tan extraño y todo parece menos hostil o inquietante. Tampoco puede oír gemido alguno… Puede ser que incluso haya gente en el pueblo… sería una noticia fantástica en principio, aunque mejor tampoco ser demasiado confiado en caso de que la haya…
Entonces, aparte de comida, sería bueno echar mano de papel higiénico, jabones, detergentes… no tiene mucha idea de qué hace falta, espera que ella sí… Tal vez podría buscar compresas para ella. ¿Si le hubiera bajado la regla o empezaran a escasearle se lo diría? No está muy seguro… parece muy pudorosa… Cuando tuvieron que cruzar el río se escondió para quitarse los pantalones, y se apresuró mucho a vestirse… En fin, comida y productos de higiene son un buen punto de partida, ya hablarán con calma y podrán ordenarse un poco… Se siente muy perdido sobre qué hacer ahora, pero quiere aprovechar el tiempo; tiene el chip puesto de ser utilitario, y no quiere quitárselo todavía.
En el despacho, toma bolígrafo y un bloc de notas, escribe brevemente en una hoja “Vuelvo enseguida, salgo a inspeccionar”, la arranca y se guarda en la mochila el fajo de papel y el bolígrafo. Desciende muy despacito, procurando minimizar los crujidos. Deja la nota en el primer escalón, muy visible, y se acerca a la puerta, coge las llaves del recibidor, sale, echa la cerradura de nuevo sintiéndose un poquito culpable de encerrarla y se gira.
El sol lo ciega bastante. La claridad amarillo brillante contrasta mucho con el frío de la mañana que hace que se le hielen las mejillas y agradezca, no sólo como barrera contra la sangre de zombi, la bufanda que se enrolla rápidamente. Vuelve a crujirse los huesos y a hacer estiramientos rápidos… Nunca ha sido una persona madrugadora y siente su cuerpo oxidado durante esas horas.
Sopla una ligera brisa que lo despeina cansinamente. Debería haberse recogido el pelo. Tal vez incluso deba cortárselo… prefiere intentar evitarlo todo lo posible… Le gusta demasiado su melenita. El hecho de que cada vez haga más frío le preocupa… allí en el monte puede llegar a ser peligroso si perdieran su refugio.
Comprueba rápidamente que lleva a buen recaudo la pistola, entre su nalga y su pantalón, y salta la pequeña verja del jardincito. Habiendo dejado casi todas sus cosas en el despacho, agradece mucho la diferencia de peso. Solo lleva consigo en la mochila el bloc de notas, su libreta, el bolígrafo, medio litro de agua, un cargador adicional de la pistola, el teléfono móvil, el punzón y el martillo. Cubriéndole el cuerpo, la larga gabardina que ha cogido antes de salir, una camiseta de color granate y manga larga, los pantalones vaqueros negros, las botas de montaña marrón claro, la bufanda, su reloj, y sus gafas badass.
El caminito tarda menos de cien metros en conducirle hasta las verdaderas lindes del pueblo. Da acceso a una minúscula rotonda que aparte del suyo, distribuye otros cuatro caminos. A la izquierda un sendero que pasa por debajo de una muralla medieval bien conservada, pero que no se extiende más allá en el pueblo, así que debe de ser conmemorativa. Más allá de ella, la carretera asfaltada va paralela a los árboles y las últimas chabolas. Al frente, otro camino, asciende suavemente por entre dos filas de casas de cal de colores blancos y ocres relativamente modernas. Finalmente, a su diestra, hacia el sur, se bifurcan dos rutas igualmente asfaltadas; la primera, más exterior, sigue también los bordes del pueblo. La otra se adentra entre casas a un lado y un pequeño descampado al otro, hacia la dirección del campanario.
Ojea los carteles escuetamente indicativos de la rotonda. Sólo dos de las vías están señalizadas. Hacia la izquierda el cementerio, hacia la derecha el centro urbano. Es sumamente poco tentadora la idea simbólica de ir al cementerio en un apocalipsis no-muerto… pero realmente no hay motivos por los que fuera a ser un mal sitio. Tal vez incluso podría hacerse con buenas herramientas allí, quién sabe. Sin embargo, hoy se ha propuesto explorar, así que agarrando una de las correas de la mochila, empieza a caminar rumbo al centro urbano.
Siente algo de cobardía, tiene miedo de estarse metiendo en una encerrona, pero por ahora nada tiene demasiada mala pinta. Le escama sin embargo no encontrar rastros de actividad humana reciente… claro que, ¿cómo serían esos rastros? Hay algún coche aparcado y polvoriento… simplemente no ve ni ropa tendida, ni encuentra olor alguno a comida, ni se escucha voz alguna desde ninguna parte… Sabe que la mayoría de los pueblos de España están bastante deshabitados… Caben tres opciones, supone. La primera, que simplemente haya muy pocos habitantes, e incluso algunos se hayan marchado durante el caos, pero que el pueblo sea, más o menos, lo seguro que promete por su apartamiento. La segunda, que realmente haya alguna amenaza seria que haya acabado o hecho huir a los que quedaran. La tercera, que como él, en aquellas casas todavía queden bastantes supervivientes intentando pasar todo lo desapercibidos que puedan…
En seguida el camino se trifurca. Dada la ausencia de más carteles indicativos, intuye que debería conservar su dirección e ir hacia el frente, por una tal “Calle de la Carnicería”. Se está adentrando ya en calles más viejas, de suelo aclarado por el uso. Las casas son antiguas, de dos plantas, con paredes marrones y blancas y tejados rústicos de teja. No tarda mucho en encontrar a mano derecha un solar pequeñito con ladrillos y palés acumulados, así como una furgoneta aparentemente abandonada, divisable tras la puerta metálica con candado que la guarda… no sería difícil saltar el muro, pero de querer usar la furgoneta habría de abrir la puerta. Debería aprender a conducir pronto.
La ruta es continuamente ascendente y va tomando ligera curva a la derecha. Algo más arriba, sintiendo empezar a protestar sus ampollas que exigen más días de descanso, lo golpean a la vez los aullidos cansinos e inconfundibles de zombis y una fragancia nauseabunda que, si bien leve, está impregnando la calle.
Se detiene. Duda. Vuelve a avanzar. Ha salido precisamente para esto.
El olor es cada vez más insufrible, pero no es hasta el cambio de rasante que puede observar la situación. A mano derecha, una puerta grandota y deslizante de metal de lo que parece un garaje junto a una tienda con el cierre echado, está abierta un por un quicio, sujeta por dentro con una cadena con candado. Fuera, un grupo de tres hombres y tres mujeres se ha acumulado y compiten lánguidamente para meter la mano por el hueco; gruñendo y balbuceando gemidos por sus pálidas bocas. Aún no lo han visto. Claramente la peste emana desde ese lugar, pero no cree que sea de aquellas cosas.
Mira hacia atrás, nada lo está siguiendo. Tal vez sea una mejor ocasión para pelear que para huir, desde luego ninguno tiene pinta de anómalo… aunque seis tan juntos… No va a gastar munición para esto, eso está claro.
Retrocede unos pasos para dar la vuelta a escondidas a su mochila y buscar el martillo y el punzón. Con la diestra agarra el primero, con la zurda el segundo. Vuelve a colocarse el macuto y avanza. Trata de pisar despacio para no hacer ruido acercándose a esas cosas, pero una de ellas ha torcido la cabeza y ahora lo está observando embobada.
La mujer deja de meter la mano en el hueco y, ululando, empieza a arrastrar los pies, extendiendo los brazos en intento de mortal abrazo. Primero dos de ellos giran las cabezas con un “¿aooh?” sorprendido, luego otra mujer y otro hombre los siguen y, finalmente, la última chica, algo más joven, se les une. Todos ellos presentan varias heridas y claros mordiscos que demuestran que el pueblo no salió indemne del momento cero.
Se ve intimidado: contrario a lo que ha aprendido a luchar, estos están casi pegados entre sí. Carga hacia la primera con idea de golpearle en la frente con el martillo, pero sus brazos extendidos le dificultan mucho llegar sin riesgo, y el primer hombre, al lado, amenaza con agarrarlo. Marcha atrás gira y trota unos pasos, se detiene y vuelve a analizar la situación… Siguen yendo a por él, por suerte ha logrado ignorar un poco la peste, definitivamente no viene de ellos. Su tufo a podrido no sólo es distinto, como más rancio, sino que mucho más leve. Su arsenal se le está quedando muy corto para situaciones así; debe encontrar la forma de mejorarlo pronto también. Otra nota mental más. Siguen acercándose. Él recula. Se lleva la mano a la pistola. ¡No! Atraería a todo lo que haya en el pueblo.
Se cruje el cuello y da un par de saltitos como si calentara para pelear, pero reexamina sus posibilidades… si tuviera una espada, o una lanza… Vuelve a andar marcha atrás comprobando que nada lo sorprenda desde allí. Empieza a valorar que de hecho ésta es una situación muy imprudente; ¿cómo ni lo pensó al entrar por aquella callejuela? A diferencia de las espaciosas calles de la ciudad, eso apenas si es un callejón, si ahora subiera algo estaría entre dos frentes sin posibilidad de escapar más allá de intentar trepar por alguna tubería con a saber qué resultados. “Álvaro, tú eres más listo que esto…”.
Llega a la altura del solar que abandonó. Mira el muro de unos dos metros de alto que lo aísla; tal vez dos metros diez en el arco de la puerta. Tiene una idea; no una buena, sabe, pero una al menos. Lanza su mochila al otro lado, y de un saltito apoyando la puntera en la pared, empieza a trepar torpemente. “Nota mental número a quién le importa: debería hacer deporte también”.
Una vez encaramado, con los dos primeros a unos quince metros y los siguientes tres a unos dieciocho, se dirige al punto más alto y se acuclilla dejando caer una pierna al lado interior del solar. “Nota mental número a quién le importa dos: no todos caminan a la misma velocidad, se van diseminando conforme avanzan”.
El plan será abatirlos desde la seguridad de la altura, dejando una pierna del otro lado para, ante cualquier agarre o complicación, poder impulsarse con todas sus fuerzas hacia atrás para caer en terreno seguro. La hostia seguro dolerá, pero menos que sus dentelladas.
Llega la primera, extendiendo sus manos hacia él; no puede alcanzarlo. Confiando en que no saben saltar, agacha el cuerpo todo lo que puede fuera del alcance de sus manos y levanta el brazo del martillo. La posición le es incómoda a él también y nota como apenas le roza el cráneo con la punta del arma cuando desata el golpe. Así mismo, otro de los zombis llegando a la escena trata de agarrarle el brazo agresor.
Se deja caer hacia atrás. No tiene sentido seguir intentándolo, ha desaprovechado la oportunidad, debería haberse colocado en la parte menos alta. Necesita algo más letal y largo. En la casa ha dejado los cuchillos de caza… pero no son en lo que está pensando… de hecho, no sabe si erróneamente, la intuición le hace sentir su punzón como algo mucho más apropiado para penetrar el cráneo… no es sólo filo lo que necesita. Debería haberle pedido su machete a Jesús cuando tuvo oportunidad…
Busca alrededor, desconcertado. Parece estar participando en un concurso de malas ideas, siente hasta su ego dañado. Un par de días tranquilos y ya se ha olvidado de pensar… A su espalda hay un pequeño almacén cerrado, imagina que con más material de construcción dentro. Entre tanto, los muertos vivientes aúllan y aporrean la entrada; muro y puerta. A esas alturas deben de haber llegado todos. La estructura no parece ir a ceder pronto, así que al menos prisa no tiene… El resto de lados están cercados por casas. Siempre podría intentar sacrificar el resto de orgullo y encaramarse con calma a un tejado… Pero si pudiera matarlos… Querría explorar algo más; volverse por un puñado de zombis es demasiado patético. Se rasca la cabeza.
Camina hasta la entrada del almacén. Ninguna pista de cómo abrirla. Más “pum pum” de los zombis, metálico donde la puerta, seco en el muro. A mano ladrillos y palés. Descarta por lo largo y ruidoso que sería subirse al muro a tirarles pedradas. “Pum, pum”, “Breeeerg”. “Que sí, que sí, que ya os oigo… sois más pesados que mi gato”, musita… Su gato. ¿Cómo le estará yendo? Nunca han demostrado interesarse mucho por los animales… Su gato ya fue salvaje antes que doméstico, tal vez sobreviva en el pueblo.
Menos mal que Diana no está con él… no habría podido seguir manteniendo su, más que pretendida, aura de dignidad y resolución. Querría comprobar qué les llamaba tanto la atención a los no-muertos. Olía a podrido que tiraba para atrás… pero aunque fuera una persona, eso podría significar algo útil… pero para descubrirlo tiene seis boquitas pesadas y sosas entre medias. ¿Serían atraídos al lugar por el olor o causaron ellos que se muriera lo que quiera que haya tras aquella puerta? Si fue el olor… es que también hay que tener cuidado con eso… con cocinar, con lavar, con quién sabe qué… Nota mental añadida.
Bueno… pues sigue medio encerrado. Por ahora no está en apuros, pero como algún anómalo se sumara a la fiesta empezaría a ser bastante problemático. Y las ideas no llegan, como de costumbre, por arte de magia a su cerebro. “Piensa, joder, piensa”. “Nope”. Está bien, pues descartado lo imposible… las pedradas serán la solución. Deberá darse prisa en hacer comprobaciones después de esto.
Se acerca a la furgoneta y le da un martillazo a la ventanilla. Abre la puerta por dentro y quita el freno de mano. Con gran esfuerzo la arrastra agarrando del chasis hasta que golpea suavemente el muro de cal. Al menos así, desde el techo del vehículo, podrá llegar mucho mejor a asomarse al muro sin arriesgarse a encaramarse y que lo agarren. De nuevo con bastante esfuerzo arrastra uno de los palés hasta dejarlo junto al capó. Abraza todos los ladrillos que puede y los sube hasta el techo de chapa. Se aprovisiona de un par de montones más y se yergue.
Los seis monstruos extienden sus brazos hacia él ahora a la vista; él camina hasta tenerlos lo más debajo posible y lanza con saña el primer guijarro a la cara de uno de ellos. Parece que le ha dado bien; el trozo cerámico se ha hecho añicos espectacularmente del impacto y la cosa se ha caído de culo, con un ojo aplastado y la ceja partida sangrando viscosamente. Una miríada de pedacitos llueve tintineante sobre la calle sin mayores ecos. El hombre se levanta como si nada. Repetimos. Esta vez le da en la parte superior del cráneo, causando heridas mucho menos visibles. Repetimos. Falla, vamos, casi le arranca la oreja, pero nada significativo. Repetimos; esta vez ladeándose un poco para tener otro ángulo. Directo en la sien; da medio paso a un lado, sin demostrar estar sufriendo pese a la mala leche de las pedradas. Está claro que la fuerza relativa de los impactos es baja… ¿Cómo era la fórmula? Era sencilla… ¿momento lineal, no?, ¿masa por velocidad? Qué más da, sobrando ladrillos por ahora también sobran las mates. Repetimos. Repetimos. Repetimos…
Pues… parece que lleva una media de doce ladrillazos a bocajarro abatir a un zombi. Quince minutos y unos cincuenta ladrillos y un no desdeñable dolor de brazo después, cuatro de ellos han caído, y ni siquiera confía mucho en que no vuelvan a reanimarse en algún momento, de entre el sembrado de cascotes que ha dejado. “Nota mental: los ladrillos son, a lo sumo, un arma táctica; el cráneo los aguanta bien”.
Dos son algo mucho menos preocupante, podría abatirlos cuerpo a cuerpo. Se asoma a la esquina. Pues están viniendo otros dos por la calle de la peste… pero aún bastante lejos. Al menos nada chilla. ¡Joder! Él es un ser humano, él sí se aburre y sí se cansa… y lo bizarro de la dilatada situación ha hecho que pierda el miedo.
Se baja de la furgoneta, va hasta el lado opuesto del muro y empieza a hacer ruido allí golpeando enérgicamente la pared con el martillo. Espera hasta sentir que la mujer y el hombre que quedan están golpeando esa zona para trotar hasta el vehículo, volverse a subir y saltar al otro lado.
Los dos van hacia él. Al menos ha logrado caer con algo de estilo y recobrarse rápido. Se gira, enfrentándolos y dejando a su espalda los no ya tan distantes nuevos enemigos. Corre hacia el primero más cercano hasta casi ponerse a la altura de su dentellada y abruptamente gira para pegarse al otro lado de la pared y pasarlo. Queda la otra, más ligera de constitución. La agarra de la parte convexa de la mano que le tiende más cerca y tira de ella trotando él mismo retrocediendo, haciéndola forzar su desanimado paso, alejándola del otro. Es arriesgado, pero parece que mientras él no pare de trotar hacia atrás, al ir más rápido que su movimiento habitual, ella no está siendo capaz de hacer mucho más allá de dejarse llevar; aunque sí que está logrando flexionar el brazo acercándolo a sus dientes y su otra mano.
La suelta y salta un metro más, alejándose. Se ha concedido cinco metros de gracia. Bien, esta parte está más ensayada. Aguarda a su ataque; cuando ella se lanza con ambas zarpas a apresarlo él da un ágil paso lateral fuera de peligro y golpea salvaje su sien con el martillo. La mujer impacta con la cabeza contra la casa de al lado. Sin dejarla recobrarse, en el mismo punto que golpeo, más o menos, incrusta el punzón con todo su peso y retuerce, sintiendo de golpe la carga a plomo del cadáver que deja vencer hasta que queda torcido en el suelo. Recupera su arma. Dos metros hasta el otro.
Le da una patada rápida en el estómago. No hay suerte, no se cae, sólo recula un paso y medio. Lo mira con el mismo hieratismo hambriento de todos los zombis. Le dan mucho asco, aunque también cierta pena. A unos doce metros se ve al otro dúo. Quiere probar una cosa. Le mete el martillo en la boca, pasando dentro del radio de sus brazos, precavido de dejar que sus manos sólo pudieran intentar arañarle el abrigo.
La criatura muerde con fuerza. Perfecto. A esa corta distancia, apunta con tiento pero sin pausa y apuñala su ojo con el punzón. Retuerce. La criatura se vuelve inerte. Vale. Algo que ha funcionado. Dos más… Suspira. Se cruje. Ya llegan. Se coloca de tal manera que el cuerpo de uno de los abatidos quede entre uno de ellos y él.
¡Funciona! El inútil se tropieza y cae. El otro está a punto de agarrarlo; él atiza su mandíbula con el martillo, desplazándolo un poco a un lado. En lo que gira el cuello para volver a encararle le vuelve a golpear en el mismo lugar. La mandíbula se le ha soltado de un modo muy grimoso, pero no ha logrado nada más. Cambia el ángulo y lo golpea muy fuerte en trayectoria descendente. Siente perfectamente el crujir del cráneo, tan nítido que incluso le da un pequeño escalofrío de dentera. El hombre hace contacto con las rodillas en el suelo y queda recto un momento, como si dudase de si morirse o no, pero finalmente se desploma de bruces. Por si acaso, y viendo con el rabillo del ojo como ya casi está de pie el otro, le arrea un brusco pisotón en el mismo área que ha golpeado. Son zombis, pero sigue sin terminar de no hacérsele extraño hacer cosas tan violentas a cuerpos… humanos.
Bueno, ya se presentará ante el comité de ética cuando toque. El que queda. Martillo a un lado, evitar manos, punzón, muerto, rematar. Observa los cuatro cuerpos más que tiene por delante tendidos. Rematar.
Jesús le dijo que todo aquello tenía algún propósito, pero… ¿cómo podría tenerlo? No va a perdonar a nadie que esté involucrado en aquello, en la muerte de Marta.
Y… se ha dejado la mochila al otro lado del muro. Suspira con un moderado y largo “Ay”. Hoy no está siendo su día. Trepa el muro. Se deja caer. La recoge. Se sienta en el capó de la furgoneta apoyando las manos en sus mejillas un segundo, hasta que recuerda que podrían estar manchadas y las aparta. Menos mal que lleva la bufanda. De verdad que le gustaría ser fumador de cigarrillos para echarse uno ahora mismo. Se comprueba. Los guantes no parecen sucios, los salpicones de mejunje están más a la altura de las mangas y en las armas; no obstante, no debe olvidarse de lavarlos de algún modo al llegar al refugio. “Nota mental: revisar y lavar la ropa después de los combates”.
Aprovecha el descanso y saca su libreta para apuntar todas las notas mentales. Vuelve a subirse al capó, luego al tejado, luego al muro y a dejarse caer a la callejuela. Debería irse cuanto antes de ahí. Ya ha hecho suficiente ruido y perdido suficiente tiempo.
Acelera calle arriba. Las ampollas le recuerdan de nuevo su presencia. El mal olor vuelve a hacerse tangible conforme se acerca. Llega a la puerta. Pegando el oído, llega desde dentro un zumbido malsano de insectos y el vapor que exuda le da arcadas. ¿Realmente quiere meterse ahí?
Saca y enciende el móvil. Queda algo menos de media batería. Lo pone en modo linterna y, procurando estar atento al más mínimo movimiento, introduce la mano con él. Apenas puede respirar.
Vale. Es el almacén del local que da nombre a la calle. La puerta de la cámara frigorífica está abierta, y entre un charco de agua y mejunje vomitivo se entrevén restos de carnes y animales despellejados con… gusanos… en abundancia. Habría salido raudo de ahí, sin ganas de volver a saber nada más de ese sitio, si no fuera por un pequeño cacharro que ha llamado su atención en una esquina. Una piedra de afilar antigua, a pedales, rústica y, por suerte, sin necesidad de electricidad alguna…
Por fin salta hacia atrás y pega una bocanada de aire todo lo fresco que puede ser cerca de ese miasma y se apoya en sus rodillas para intentar evitar el incipiente mareo. Ahora no va a plantearse sacarla; no sólo no se ha olvidado del ruido que ha hecho y de que cualquier cosa podría estar de camino hacia aquí, si no que él solo no podría cargar con el artilugio. Cuanto menos, necesitará de la ayuda de Diana… pero no es algo que se deba desdeñar a la ligera, ese aparato podría serles muy útil en el futuro. Otra nota mental. Bebe un trago de agua intentando borrar el regusto nauseabundo y amargo que respira.
¿Regresa con las manos vacías? No debe estar muy lejos de ese centro urbano. Llegar hasta él podría permitirle hacerse una idea mejor de la situación del pueblo… A parte no ha hecho nada por conseguir víveres o algún otro producto. Pero no le gustan nada estas callejuelas… En un futuro cabría valorar la opción de moverse por los tejados del pueblo… aunque su distribución es tan irregular… Por ahora avanzará.
Que aquellos seis zombis estuvieran quietos atentos al olor de la carne descompuesta le hace pensar que no debe de haber mucha actividad viva por la zona… pero todo pudiera ser algo reciente. Sea como fuere, el pueblo está claramente infectado, ahora queda evaluar hasta qué punto.
De golpe se topa, al frente, con el fin de la calle, un acceso lateral a la plaza central del pueblo pasando por debajo de un soportal de unos edificios que la rodean excepto por un extremo. A su derecha también se abre un espacio, una pequeña plazoleta-lonja con mercados cerrados a sus laterales. Ha encontrado dónde hacer la compra… Desde aquí, en la plaza mayor no distingue siluetas humanas; en cambio, en la otra sí que se ven sin problemas ocho, cuatro de ellas golpeando los cierres de lo que parece un ultramarinos. Las otras tres, al lado contrario, aporrean un garaje o un almacén… su experiencia le hace pensar que significa que hay o ha habido personas dentro de ambos sitios… Pero…, quieta, frente a, cree, un taller mecánico apagado, con el cierre del garaje entreabierto, atascado por un coche medio abollado por la puerta que se le ha cerrado encima, justo al borde contrario de la plaza… hay una mujer que le preocupa mucho más. Una mujer en blusa y sin zapatillas, delgada, con las pantorrillas pálidas a la vista, una melena larga, seca, enredada y empapada de sangre. Le está dando la espalda pero tuerce la cabeza casi compulsivamente a izquierda y derecha y, cada poco, grazna muy suave, como interrogante… Está frente al coche, quieta.
Conteniendo la respiración se esconde tras la esquina. Una gritona, sin duda. Es imposible que si hubiera estado ahí todo el tiempo no hubiera oído las pedradas de antes… más bien… debería de haber sido atraída por ellas. Pero no la ha sentido gritar… ¿será otro tipo de anómalo?
¿Qué debería hacer? Enfrentarla, casi seguro, le costaría munición. Es cierto que derrotó cuerpo a cuerpo a uno en su casa, pero aquel ya estaba maltrecho, y no duda que tuvo muchísima suerte. El problema es que ahora sabe al menos dónde está, si ésta no grita necesariamente cuando llaman su atención… no querría que se le apareciera en el peor momento posible. No, pero si se ve obligado a disparar, no sabe cuántos más de esos puede haber… En el refugio tienen una escopeta, esto sería mucho mejor si pudiera comprobar que fuera de calibre de caza mayor, que tuvieran munición, y viniendo con Diana para poder disparar entre los dos.
Está bien, lo hará. Un único disparo. En el solar en el que ya ha estado haciendo ruido. La bala seguro que atraerá la atención mucho más que los ladrillos, pero le servirá para hacerse una idea de cuántos gritos responden, y una sola tampoco, reza, debería revelar por completo su posición.
Muy despacito, midiendo cada paso al principio, retorna los más de cien metros calle atrás. Salta, otra vez, el muro. Comprueba que, como recordaba, los palés son abundantes y altos. Reenciende el teléfono móvil. Definitivamente será buena idea no dejar que a esos cacharros se les acabe la batería. Programa la alarma para dentro de dos minutos y lo arroja a través de la ventana rota de la furgoneta al asiento contrario. ¿Será tan buena idea como le está pareciendo en la cabeza?
Se apresura a esconderse entre las torrecitas de maderas y ladrillos. Hoy está siendo el día de sus malas ideas, así que a lo mejor con esta última ha terminado de firmar su sentencia…
“¡Pampan parapan parapan!”. Traga saliva y se acuclilla aún más. Sólo puede ver la puerta de la furgoneta y de acceso por un hilito entre los encajes de los ladrillos. Agarra la pistola con ambas manos, dejando martillo y punzón en su cinturón. “¡Pampan parapan parapan!”.
Algo… unas pisadas descalzas vienen corriendo por la calle. Se han detenido. “¡Pampan parapan parapan!”. “¡Brooooooooorg!”. Ahí está, largo, ronco y nítido… así que definitivamente pueden contenerse de gritar hasta cierto punto… Golpe descomunal a la puerta. Y otro, y otro, y otro. Casi acallan la alarma del jaleo. ¿Esa mujer tan delgadita está haciendo eso? Silencio… ¿Silencio? Gritos de nuevo. Menos mal. Pero no hay golpes. Sino un ruido sutil… ¡Algo acaba de saltar el muro!
Su inteligencia es más que preocupante. ¡Ahí está! Puede entrever su forma. Corre berreando hasta la furgoneta y, casi cómicamente, antes de mirarla la golpea. Después se para, la examina gruñendo y la vuelve a golpear. Acto seguido intenta meter el cuerpo por la ventana. Ahí es donde la quería. Si hubiera abierto la puerta se habría sentido muy jodido.
Se yergue apuntándola. Las rodillas le hacen un pequeño “clac” traidor. Ni respira. El tronar de la alarma lo ha salvado. La tiene en la mirilla, a apenas cinco o seis metros. Puede ver su nuca… pero si fallara sería terrible. Prefiere arriesgarse a dar unos pasos y que le sorprenda ese sonido haciéndola girarse que errar el tiro y provocar una situación mucho más histérica poniéndola por completo en alerta. El corazón se le acelera hasta doler.
Un paso. Otro paso. Cuatro metros. Otro paso. Otro paso. Tres metros. Ella acaba de dejar de gruñir, se ha quedado recta, amenaza con ir rotar, debe de haber notado algo. ¡Es el momento!
El eco del disparo resuena en el silencio apenas ventoso… Un segundo después, distante, se oye el vuelo nervioso de algún ave despegando. Otro más tarde, el deslizar viscoso del cuerpo de la zombi por el metal de la furgoneta, dejando un restregón de tono granate negruzco y coagulado. Muerta. Casi sin creérselo, el pulso si cabe le late más rápido viendo el resultado. ¡Por fin algo que sale bien, joder!
“¡Pampan parapan parapan!”. La alarma le desatonta. Nada ha cambiado, sólo hay un zombi gritón menos.
Se lanza al coche apartando el portón y apaga el cacharro. Casi quiere darle un beso. Agudiza el oído.
No hay “breergs” ni “waarrgs” por ninguna parte. Ni siquiera conato de graznidos. Aunque eso, visto lo visto, ya no le hará sentirse del todo seguro. Sólo se sienten leves gemidos por las inmediaciones. Apostaría que algunos incluso dentro de casas.
Salta el muro… de nuevo… Empieza a notar cansancio para el poco rato que lleva. La respiración aún no se le ha normalizado del todo del leve subidón de adrenalina de hace un momento. Y vienen más problemas por la calle. Cinco de los zombis que reconoció en la plazoleta-mercado están de camino hacia él. Parece que ahora con algo más de ímpetu al verlo, extendiendo los brazos.
No va a pelear más, dará media vuelta y buscará otra ruta paralela al centro urbano. Con un poco de suerte lo que acaba de hacer incluso le habrá despejado un poco el área que quiere inspeccionar… O no y habrá atraído más cosas que ahora estén allí de camino a su disparo… pero en cualquier caso, el tiro le permitirá desplazarlos y agruparlos un poco… Confía. Doce balas más antes de cambiar cargador… ¿o trece? ¿Cómo funciona eso de la recámara? Mejor asumir que son doce, por si acaso.
Pega una carrera hasta el nacimiento de la calle y tuerce a la derecha, por la “Calle del Río”; nada a espaldas ni hacia la rotonda camino al refugio. En cuanto puede vuelve a torcer a derechas por la “Travesía del Río”. Debería de estar yendo paralelo ahora a la calle original, pero la ruta muere en una perpendicular. A buen paso, sin ganas de cruzarse con los que venían, camina un poco a izquierdas hasta que encuentra otra subida a mano derecha. No ve el cartel del nombre ni le importa.
Va a ritmo de joystick presionado hasta el tope. Hay un zombi en la calle. Es mucho más estrecha de lo que está acostumbrado a maniobrar. Apura lo que puede y después, con leve carrerón, baila hacia un lado en acción de esquiva.
Tras el cambio de rasante, distingue los soportales de la plaza desde otro ángulo. Se acerca, por ahora sólo perseguido por uno a bastantes metros. A mano izquierda tiene una callejuela que en breve hace curva. No se oye nada viniendo desde allí. A mano derecha, observa con detenimiento el centro urbano.
Comercios chapados, las puertas antiguas de madera de lo que parece el ayuntamiento… y al frente, inusitadamente grande para ese pueblito, una iglesia de piedra sólida, medieval sin duda… no hay zombis. Pero sí…
Dos de las columnas de sujeción de los soportales están… arrancadas, ¿cortadas? Hay pedacitos en varias partes. Y más o menos en el centro de la plaza, contrastando de rojo sobre el rojo de los adoquines, un amasijo de partes humanas. El olor no es tan denso como el de la carnicería, pero hiede igualmente. Las enormes puertas de la iglesia tienen un corte antinaturalmente recto y falta toda la parte bajo él…
Mira simplemente perplejo. Los trozos de personas deben de corresponderse al menos a cinco o seis cadáveres enteros. Esperaría sentirse más asustado, pero… realmente es que no puede imaginarse qué coño ha pasado.
A pasos tímidos empieza a andar hasta los gruesos muros de roca. Dentro está muy oscuro. Decide quedarse ahí, con la cabeza entremetida por un buen rato, escuchando, dejando que sus ojos se acostumbren a la oscuridad.
Dentro también hiede levemente. Cuando se siente preparado, con el zombi que lo perseguía mucho más cerca ya, atraviesa el umbral; el corte está hecho a una altura superior a la de su cabeza. Pisa algo. Una bala aplastada. Busca por las paredes, pero con la claridad que entra por los ventanales como única iluminación es imposible reconocer muescas del impacto.
Termina de entrar. La atmósfera está mucho más cargada, el sonido de moscas hace algo de eco, y la peste se va volviendo más profunda. A su pesar, enciende el móvil y pone la linterna.
A la izquierda, otras puertas, éstas abiertas de par en par. Bancos apartados y tirados por doquier. Entre la puerta a la izquierda y el presbiterio varios cadáveres pálidos, de labios y ojos ennegrecidos; cadáveres de zombis. En el centro, sin embargo… una masa. Más cuerpos troceados. Cadáveres y restos hinchados, de color morado y amarillento, hediondos, cadáveres humanos, sin morder, un guardia civil entre ellos… mezclados con más cuerpos y trozos rancios de zombis. Todos ellos descuartizados limpiamente por diversas partes, con tajos absolutamente rectos… Y a mano derecha un altar partido. Tras él, abrazada aún de algún modo al cristo en el madero, una mujer. Una mujer algo hinchada y sin nada bajo las costillas. Sus piernas y vientre están unos metros más atrás, deslizados… Su sangre encharca el suelo a los pies de Dios y su sangre y vísceras derramadas manchan sus rodillas de imaginería, manteniéndose limpios su grueso pecho y pequeños ojos de falsas lágrimas.
Da la vuelta. Corre a la puerta por la que entró. El no-muerto que lo perseguía está a punto de entrar. Le da un golpe en la sien con el martillo. Una patada en las rodillas barriéndolo escaleritas abajo. Le da una coz en la boca saliendo del suelo impío y se deja caer con todo su peso metiéndole el punzón por la nariz. Sin proferir sonido alguno rueda a un lado y, ladeado, empieza a vomitar a largas y lastimeras arcadas. A su lado se forma un charquito de bilis y sal de sus ojos, así como de gajitos de naranja medio digeridos. Tiene que contenerse para no abandonarse a convulsionar. Las imágenes… una cosa son los zombis… ¡¿pero eso?!
Se yergue lentamente y, religiosamente, saca la pistola y apunta con ella hacia el cielo. Sin secarse las lágrimas. Dejando que sea el aire del mundo quien lo haga. Con semblante absolutamente serio y hasta desafiante reza todo su odio en silencio y vuelve a guardarse el arma parsimoniosamente.
Recuerda que dentro vio algo que le llamó la atención en la pared opuesta a la puerta por la que entró, pero quiere evitar reentrar si puede. Empieza a dar la vuelta por el lado más corto al edificio. De reojo capta, asomándose a la plaza mayor, a otra zombi “lentorra” que inicia la procesión a su zaga.
Cuando por fin llega no puede creerse lo que ve. Un boquete. La roca de casi medio metro de grosor de la iglesia ha sido igualmente seccionada como la mantequilla humana de dentro, y en el exterior están los ladrillos de piedra esparcidos… como si algo hubiera salido desde el interior. Vistas de cerca las marcas de los cortes van siempre en muescas de cuatro en cuatro.
Mira atrás, continuando la línea recta que uniría la entrada con el agujero. Casi sigue una de las calles del pueblo… ¿rumbo norte? Está vacía ante un primer vistazo, pero fijando la atención en la distancia distingue calle abajo un cuerpo tirado en el suelo… uno partido… lo que quiera que haya pasado fue en esa dirección.
Suspira. No puede marcharse de la iglesia sin hacer una última comprobación. Contiene la respiración haciendo de tripas corazón y vuelve a entrar, esta vez por la oquedad. Va directo sin pararse a observar apenas al cadáver del guardia civil. Su arma y su mano están separadas de él a un par de palmos, hechas trocitos inservibles. Resignado, regresa a la fría paz del sol.
No sabe qué pensar, y no sabe qué hacer. Intenta hacerse una imagen mental de lo que pueda haber ocurrido ahí dentro. Entiende que unos cuantos supervivientes debieron de haberse encerrado allí… seguramente y porque no son cadáveres precisamente recientes, cercanos al momento cero. Acosados probablemente por los zombis contra las puertas, que al final cedieron… evita pensar que es irónico que lo hicieran dado el lugar… no está de humor para el cinismo. Si las puertas cedieron… debió de ser cosa de gritones probablemente. No ha visto más balas, pero seguro que las hay. Y entonces, mientras estaban luchando, algo incluso peor llegó… y mató a zombis y personas por igual. Sin piedad… y es como si la gente no hubiera siquiera intentado huir de ello, más allá de esa mujer encomendándose… para nada.
¿Y él quiere encontrarse con esa cosa? No… pero la información es poder. Extremará precauciones… pero si esa cosa sigue por la zona, ¿deben marcharse? El riesgo de ahora puede hacer que él sobreviva. Que Diana sobreviva.
Siendo racional… la opción más probable en que pensar, pese a lo incierto, es en otro de esos anómalos…
Traga saliva y empieza a seguir el rastro. ¿Qué espera hacer si se encuentra con ello? ¿Si corre como los gritones? Sea lo que sea, acabó con el guardia civil. Su arma no le inspira ahora demasiada confianza… ¿Morirá hoy? ¡¿Y por qué cojones hacerse esa pregunta lo acaba de hacer sonreír levemente?!
“Despeja la cabeza”. La calle sube brevemente y luego pasa a ser una larga cuesta abajo. No tarda mucho en llegar al cuerpo partido. Es un zombi. Parece que se descomponen a un ritmo distinto, apenas hiede… ah no, si es que no está muerto. Lo han cortado, brazos incluidos, a la altura de los codos, y lo está mirando inmóvil salvo por la mandíbula que intenta morder el aire. Gruñendo. Agita la cabeza de lado a lado… es tan ridículo y grotesco a la vez todo… viéndose desde fuera, casi le hace gracia la situación.
Piensa en matarlo, pero un instinto de crueldad en él, como de irracional venganza hacia ellos, lo hace dejarlo ahí tirado, espera que por las eras.
Cincho de la mochila en mano, comienza a descender andando despacio. Con un último vistazo a su espalda vislumbra a la mujer zombi de antes que acaba de dar la vuelta también a la iglesia y lo sigue con parsimonia.
Va con mucho más tiento que antes. Es otra calle de pueblo con casas blancas y apretadas, aunque al menos de dos carriles no diáfanos. Al silencio sólo le faltaría algún arbusto rodante, pero no baja la guardia, esa cosa podría estar cerca.
Pronto, tras una curva, ve una casa con jardincito y muro de ladrillo rodeándolo en el que tanto el muro como la puerta de entrada están… arañadas. No han llegado a ser cortadas del todo, sino que cuatro surcos paralelos las recorren. Y a los pies de la puerta un hombre troceado, esta vez a la altura de la cabeza, bastante hinchado y con gusanos en el estómago y cuello despedazados. Empiezan a preocuparle hasta las enfermedades que tanto cadáver pudiera atraer… no sabe muy bien cómo funciona eso, pero… desde luego cerca de ellos el aire apesta. Minimiza respirar en su proximidad, aparte de todo, por las náuseas. Tiene hambre y mal cuerpo a la vez. Sigue sin tener claro del todo si una vez muertos, zombis y personas se descomponen por igual. Está claro que mientras… “vivos”, los zombis no se descomponen al ritmo que debería un cadáver… ¿acabarán haciéndolo de todos modos? Degeneran bastante rápido y se estancan en algún punto por lo que ha podido ver… pero su olor, más que podrido es rancio… pero los que ha visto una vez muertos nunca tenían insectos devorándolos… “¿Nota mental?”.
Ligeramente distraído, como no tarda en reprocharse, se topa con el fin de la calle. Llevará andados algo menos de doscientos metros, y la vía es cortada perpendicularmente y sin continuación por otra. Frente a él, el muro de cal de una vivienda tipo chalet, no muy moderna. Con una puerta grande de garaje de chapa, y otra más pequeña de acceso al jardín… innecesaria. Casi de frente el muro está arrancado con el ladrillo expuesto, de forma similar a como estaba el de la iglesia. No ve agujero de salida…
Extremadamente lento, empujando el joystick lo más suavemente que puede, se aproxima al destrozo. Dentro del recinto hay un jardín de césped sumamente corto, verde y cuidado; piensa que es una vivienda habitual.
Un estrecho caminito de baldosines amarillos lleva a un porche de paredes del mismo color, con la puerta y el umbral devastados por tajos en varias direcciones. ¿No lo vieron venir, como para que los atrapase en su propia casa? Esa cosa no debe ser muy llamativa entonces… Y no hay agujero de salida…
Va preparándose para ver a un zombi de aspecto normal, como los gritones o el que vomitaba… pero que luego saca cuchillas láser… o a saber…
Entra, pisando en el césped mullido, que espera sea cómplice de su sigilo. Pistola agarrada con ambas manos, en ángulo por delante, como en las pelis, que por algo lo harán así. Llega hasta el porche. Sube el primer pie con extremo tiento, luego el otro, se acerca y apoya el hombro contra el umbral irregularizado. Echa un vistazo de un solo ojo.
Dentro, entre la penumbra, parece el vestíbulo-salón de una vivienda de clase media pudiente… El sueño americano. Unas escaleritas a una planta de arriba, una cocina abierta, un televisor de plasma… sólo falta la piscina y el hombre flotando bocabajo. En este caso está sentado en el sofá, degollado. Algo torcido; parece que hubiera querido levantarse en el último momento.
Un cenicero lleno de cigarrillos sin tirar le hace pensar que quienes vivieran aquí estaban algo nerviosos y atrincherados. Pasa. El suelo cruje ligera pero ruinmente. Huele mal.
Junto y sobre el hombre muerto hay por lo menos una treintena de moscas muertas. Le da un escalofrío verlo. Un mal presagio. ¿Moscas muertas? Tampoco hay gusanos… Empieza a sentirse mareado. Cree que le está impresionando mucho el escenario. “Vamos Álvaro, has visto cosas peores”.
Arrastra los pies hasta estar junto a la mesita céntrica del vestíbulo y se queda absolutamente inmóvil. Escuchando. El mareo aumenta, la cabeza le duele tibiamente por las sienes. Observa en todas direcciones. La casa no parece demasiado revuelta… la encimera de la cocina… sí, la encimera, por el lado que no mira al vestíbulo está partida. También hay unas sillas desplazadas y tiradas antes de ella.
Un paso, luego el otro. Despacio… cada levísimo deslizar de su ropa lo enerva. La atmósfera es compacta y viciosa. Hace algo más de calor que fuera… todo se le hace agobiante. Se siente aplastado y aturdido.
Llega a la mesa de comer. Desde ese ángulo ve que, semejante al resto de destrozos, han partido la encimera. Y tras ella, el suelo. Un enorme agujero conecta con el garaje…
No puede evitar tenerse que apoyar un momento sobre la madera, ve chiribitas de luz en la periferia de su campo visual… ¿ahora tiene que darle una bajadita de tensión?
Sacude un poco la cabeza y se acerca a asomarse. En la planta de abajo se ve un todo terreno aparcado. Sobre él, justo en el quicio de una cuchillada que ha partido todo el compartimento del motor del vehículo, la mitad de una mujer joven, abrazada a algo pequeñito y envuelto, hinchado. Y más moscas muertas.
El suelo se acerca. No, es él que está cayendo. ¿Se está cayendo? Sí. ¿Qué puede hacer? Pone las dos manos hacia delante. “Concéntrate en no soltar la pistola”. Impacto. Leve rebote. Segundo impacto más leve. Los oídos le zumban con un pitido. Ve todo como a través de un tubo distorsionado. Todo envuelto en parásitos blancos y negros, rutilando delante de sus ojos. Gira la cara. Su cabeza sobresale por el agujero y puede ver todo el garaje.
Donde antes no había nada, ahora hay un hombre, envuelto de un fino halo de brillo. Blanco como la cera y de piel de estatua. Sus músculos son finos y estrechos, sumamente marcados. Muy alargado, y huesudo. Una fina y enfermiza melena oscura cuelga de su nuca, y lo está mirando con ojos absoluta e insondablemente negros, sin pupilas ni párpados. Ha extendido uno de sus raquíticos brazos hacia él. Sus dedos… sus dedos no son dedos. Del blanco de la mano, tras la primera falange nacen unas larguísimas cuchillas de oscuridad… no son ni siquiera filos… es como si destruyeran la propia luz. Y pese a que la diferencia de altura es de algo más de tres metros, apenas lo separan de él unos palmos. Va arrastrando los pies muy despacio, colocándose justo debajo, sin gemir, sin gruñir, sin cambiar un ápice su rostro inexpresivo. Sólo expectante, con sus apéndices de muerte extendidos hacia él.
El pitido se vuelve ensordecedor. Tiene un ascua encendida dentro de su cerebro, abrasándole en un dolor de puro violeta resplandeciente. Todo, absolutamente todo lo que le rodea desaparece en parásitos de interferencias. El suelo, el techo, el garaje y la cocina se han desvanecido en ruido blanco y sólo puede verlo a él, ominosamente glorioso en el centro de aquella distorsión, esperando su caída. Lejano, le llega el regusto de la sangre en su garganta.
“¡MÚSCULOS!”. Gritando de contrito esfuerzo, empuja con ambos brazos esa nada parpadeante que lo rodea y, entre brumas, distingue el suelo de la cocina en el cual se está levantando. Todo el cuerpo le pesa. Vuelve a gritar y logra apoyar un pie. “¡Levanta, joder!”.
Poco a poco, palmo a palmo, temblándole las piernas como si estuviera levantándose con una roca a la espalda, va notando que el dolor mengua a la vez que el mareo se le despeja ligeramente y el mundo deja de dar tantas vueltas. Da un paso hacia atrás. Abajo está el garaje, toda su visión está llena de brillitos y el monstruo es, ahora con la distancia, apenas un borrón difuso de luz. Muy despacio, temiendo desplomarse si intenta cualquier movimiento brusco, recula dos pasos más. La criatura es ahora ya sólo una silueta, casi indiscernible, al igual que los parásitos en su vista.
Nota como la fuerza le ha regresado ligeramente al cuerpo. Aprovecha temiendo que vuelva a flaquear para dar un salto hacia atrás, sin importarle chocar con la mesa y con las sillas, histérico.
Conforme su espalda y culo tocan con la pared y deja de ver el agujero empieza a respirar, jadeando fuertemente. Descubre que está taquicárdico. Se agarra con una de las manos de la melena tratando de recuperar el control. Párpados desencajados, mirando al frente en puro pavor.
Esa cosa…
“Tienes que salir de aquí”. Aún está mareado. Las moscas muertas… “¡Corre!”.
Chocando con los muebles, empujando todo lo que le estorba, sale trastabillando del chalet y se deja caer en el césped. “¡Aún no!”. Vuelve a levantarse, pega otra carrera fuera del muro partido. Hasta el centro de la calle. La mujer zombi está viniendo, no está muy lejos. No le importa. Para y mira a su espalda, a la casa, a la puerta del garaje… si esa cosa es inteligente, sólo tendrá que partirla también y estará fuera…
Corre. Corre calle arriba. Justo antes de lanzarse piensa momentáneamente en no guiarla hasta Diana. Y toma el camino desconocido hacia el norte. Pasa por debajo de otra muralla conmemorativa. Deja atrás las vallas de un solar tapado con plásticos. Pasa por entre chalets rojizos adosados hasta una pequeña plantación de algo. Varios muertos vivientes lo han empezado a seguir por las calles, ha esquivado a un par. Le da igual, quiere alejarse de “eso”. Hay más casas por los lados, y algún coche aparcado. Trota. Trota hasta que le fallan las fuerzas.
El mareo ha desaparecido. El pulso está muy acelerado, pero ya no de esa forma tan extraña. Apenas puede respirar de tantos años como fumador no deportista, y sin embargo siente que el aire le llena por dentro mucho más que en aquella habitación. Apoyándose en sí mismo para intentar recobrarse, notando como aún le tiemblan las manos, afloja los doloridos dedos de la pistola. Menos mal que no la ha soltado.
Busca. ¿Dónde está? Ha dejado a su espalda todos los edificios y salido del pueblo. A los lados hay extensos campos áridos con hierbas secas altas y cardos, y al frente una última construcción baja, vallada con arbolitos jóvenes plantados regularmente fuera del recinto y una caseta de la que proviene olor a estiércol, y después el fin del asfalto que da paso a un camino de tierra. Detrás, las siluetas distantes de siete personas que se le acercan renqueantes.
Deja caer su propio peso y se sienta de piernas cruzadas a reposar, masajeándose las sienes. El dolor de cabeza ha desaparecido, pero el recuerdo es casi como si todavía doliese. Guarda la pistola en su espalda y trata de meditar.
Vale, a ver… eso era… ¿un zombi? Bueno, ¿qué se puede sacar en claro de la experiencia? No es listo. Parece que se ha quedado encerrado ahí. Pero sólo durará hasta que oiga un ruido que lo haga ir en una dirección y cargarse la pared. Está más que claro que puede. Menos mal que el garaje debió de evitar que sintiera el disparo. ¿Cuánto medía? ¿Dos metros y medio? Ah bueno, y parece que sólo se lo puede ver si se está cerca, pero por si no fuera suficiente, estar cerca de él es ya letal por sí mismo… si no que se lo cuenten a esas moscas. Ya ni se plantea la credibilidad de los acontecimientos, los da por sentados. Un momento. El dolor de cabeza le recuerda a otro… La boca le sabe a sangre. Se arranca, además acalorado del ejercicio, la bufanda y los guantes y se pasa un dedo por el orificio de la nariz.
Primero, tiene sangre seca. Segundo, su mano está muy pálida, las uñas las tiene un poco amarillas en el nacimiento. Pues genial… ¿se ha contagiado acaso? Genial, simplemente genial. Está muy asustado. Teme que puede ser ya un muerto que camina en el sentido más completo de la expresión. Ríe. Ríe desquiciado unos momentos y se vuelve a poner bufanda y guantes.
Mira hacia los siete que lo siguen. Realmente le gustaría mandarlo todo a la mierda y desquitarse matándolos. Pero son siete… “No te rindas aún, Álvaro”.
Está bien, suponiendo que no esté muerto todavía… ¿Qué ha visto? Que es lento… no parece muy listo. Que ataca a zombis y humanos al parecer… o tal vez sencillamente le dé igual el fuego amigo. Pero había zombis partidos en el camino sin más cuerpos cerca… bueno, eso no es concluyente, podrían haberlo esquivado o haberse convertido y marchado después o a saber… ¿Morirá de un tiro en la cabeza? Habría que estar demasiado cerca para dárselo en cualquier caso… ¡Demasiado!
“¡Ais!”, suspira. Está bien, sobreponiéndose del miedo y siendo racional, joder, la mejor manera de enfrentar la situación sería tratar de conducirlo en alguna dirección y perderlo. Si es lento y bobo podría funcionar. Eso o marcharse a otro sitio… pero… podría estar igual o peor. En algún momento tendrán que hacer habitable alguna parte. Todo lo habitable que se pueda. No se imagina pudiendo lidiar con cosas de esas habitualmente, ¿habrá muchos? Ya bastante le preocupan los gritones… y están los que vomitan también. Tiene muchísimas ganas de rendirse ahora mismo. Pero bueno, conducir a esa cosa a alguna parte suena a un plan ahora mismo al menos. Tiene que aferrarse a eso, pensar paso a paso. Ni de coña será hoy en cualquier caso… Suficiente por hoy. ¿Involucrará a Diana?
Se levanta. Aún están bastante lejos, pero le gustaría dar esquinazo a aquellos zombis antes de poner rumbo al refugio. Si su orientación no le falla, debería torcer a la izquierda en algún momento, y con suerte acabaría topándose con la arboleda que rodea la vivienda que se han agenciado. Si la orientación no le falla, claro. Avanzará no obstante algo más por el camino antes de intentarlo, aunque luego tenga que desandarlo desde otro lado, a ver si los despista.
Pues parece que el pueblo sí que está bastante vacío, tiene que haber gente, eso seguro; piensa en los que aporreaban los cierres en la plaza del mercado. Pero quienes queden estarán escondidos. No tiene mucha esperanza de ir a cruzarse con nadie ya. Menos con alguien de utilidad.
Reemprende la marcha, y al instante las ampollas vuelven a hacer acto de presencia, agudas y molestas, como un chiste malo que decide ignorar. Empieza a notarse muy pesado y fatigado. ¿Cuánto rato habrá pasado? Si se ha despertado Diana debe de estar preocupada. Se siente extrañamente reconfortado de tener esos pensamientos. Tal vez pudiera merecer la pena volver aquí con ella… esa caseta parece de ganado, junto a ella hay cubos de heno… podrían seguir vivos los animales…
Avanza. La fatiga le exige no ir muy rápido, pero aun así se asegura de ir aventajando a sus perseguidores.
El camino sube y baja siguiendo pequeñas lomas aradas. Pronto se topa con una bifurcación a izquierdas que decide ignorar, muy pronto, todavía a la vista de aquellos. El sudor se le ha secado y tiene frío de nuevo, se emboza la cara con la bufanda en respuesta. Se nota algo pringoso de tanta carrera.
Asciende un cambio de rasante. Frente a él, fuera del camino, a unos cuarenta metros, hay un hombre enorme, de anchísimas espaldas, con unos pantalones vaqueros desgarrados y restos de sangre negra por todas partes, igual que su torso casi desnudo, salvo por un jersey gris que no ha sobrevivido a desgarros y… disparos. Arrastra cogida con ambas manos una señal de stop. Arrastra una puta señal de stop con el dibujo lleno de muescas, agujeros y sangre.
Se miran un instante.
“¡Boooooooorg!”. Gutural, grave como un rugido. La criatura hace un par de espasmos y esprinta como un jugador de rugby hacia él. Se acerca. Debe de medir alrededor de un metro noventa. Su rostro pálido y desencajado lleno de cortes y sin un ojo lo paralizan. “Jo-der”.
Empieza a recular bastante rápido. Agarra la pistola por el mango deteniéndose gracias a su cerebro, pero notando sus entrañas querer huir. No se puede huir de eso. Apunta hacia su cabeza.
El monstruo mueve la señal de stop y empieza a avanzar sin freno tapando su cabeza con el logo de chapa. El monstruo mueve la señal de stop y empieza a avanzar sin freno tapando su cabeza con el logo de chapa. El monstruo mueve la señal de stop y empieza a avanzar sin freno tapando su cabeza con el logo de chapa. “¡¿Puto en serio?!”. ¿Morirá hoy?
Está a quince metros. “Esto va a ser problemático. Zeus, por favor, ayúdame”. Dispara dos veces seguidas contra él. La primera bala le impacta en el torso sin siquiera movérselo; la segunda, dirigida hacia la cabeza, golpea contra la chapa con un sonoro “¡clank!” metálico, sólo mellándola. “¡Joder!”. Tiene que ser una broma.
Pues toca huir. Pulsa el botón de correr. Lo aporrea. Corre hasta olvidarse de respirar. Corre todo lo que puede, dirección a los zombis que lo seguían, está como para meterse encima campo a través. Siente los gritos cada vez más cerca. Sólo le sacaba quince metros de ventaja. No se atreve ni a girarse para mirar. Las rodillas le chillan, los pies le apuñalan. CORRE.
Tuerce a derecha por el camino de antes, sin haber llegado a alcanzarse con los otros. Vira a la izquierda en cuanto el camino se lo permite. Está aún más cerca. La “estamina” le está cayendo en picado. Lleva doscientos metros corriendo y su depredador no aminora… No es sostenible la situación. ¿Dónde puede ir?
Las casas están cerca, al alcance de la mano, pero, ¿y qué? Contra eso no hay muro que sirva. No puede seguir más; si debe luchar necesita tener algo de fuerza. Aprieta el puño izquierdo con todas sus fuerzas hincándose los dedos para combatir el pánico y se para en seco dándose la vuelta.
Casi a la vez la bestia salta, alzando en pura tensión contenida su martillo de guerra. Sus músculos algo azulados son casi… bellos. Su salvajismo que ve detenido en el aire, su grotesca realidad gritando de rabia descoyuntada… Consigue dar un paso-salto a un lado a tiempo para evitar el impacto. La señal retumba contra el asfalto marcándolo y vibra agudamente entre sus manos. Pero no se detiene; gira el torso y blande un hachazo horizontal. Álvaro se aparta por poco y apunta. La criatura le come el espacio. Abre fuego otras dos veces, cree que le ha dado, pero no puede pararse a mirar, otro golpe se le viene encima en diagonal descendente. Logra apartarse sólo a medias, le toca en un hombro lanzándolo de boca contra el suelo, raspándose las manos a través del guante; la pistola se le ha caído a medio metro de distancia, y aun así, el sonido del impacto contra el suelo le hace pensar que debería dar gracias de la poca energía que le ha transferido.
Se arrastra lleno de pavor hacia el arma. Está jodido, muy jodido, el pulso le aprieta en las sienes. La alcanza. Se gira poniéndose bocarriba intentando apuntar sin perder tiempo. Ya está encima esa cosa. Aprieta el gatillo descontroladamente cuatro veces seguidas sin apenas cadencia ni puntería. Ve saltar un montón de grumos de la rodilla del descomunal enemigo que cae de bruces.
Aprovecha para levantarse antes de que el otro, arrastrándose, pueda alcanzarlo. Puede lograrlo, ahora tiene la ventaja, se gira para volver a encañonarlo y sin aviso… Un destello de verde y morado, lleno de brillos y relampagueos de puro dolor. El no-muerto, de rodillas a su lado, desenroscando todo el cuerpo en fuerza, acaba de batearlo en las costillas. Pierde el control de la cámara y vuela metro y medio, rodando sobre su eje longitudinal. Nota los varios impactos contra el suelo, pero apenas los siente. Algo le ha crujido por dentro. Está hormigueante y caliente todo su costado. No sabe ni cuánta vida habrá perdido.
Sorprendentemente ágil se pone en pie. La sangre pasa ruidosa por su cuello y un ligero pitido aleja el mundo. La mole se incorpora también y se le acerca cojeando a grandes saltos. Vacía las cinco balas que quedan en su cargador contra él hasta el peliculero “clic”, pero el otro ha vuelto a taparse tras la señal. Una rebota en la chapa, la otra la agujerea y se le clava en la frente sin penetrarla, otra falla, otra le arranca una oreja ya partida de antes y la última se le incrusta en la garganta. Ninguna lo frena lo más mínimo. Catorce.
¡CORRE! Algo ha rellenado su barra de energía. Dejándolo atrás acelera todo lo que le permiten las piernas, hacia el pueblo. Lo está dejando atrás, la cosa no es tan rápida con una pierna inutilizada, pero aun así no cesa. Va a saltos en los que apoya brevemente la pierna, que se le mueve libre de rodilla para abajo.
De repente. Otra punzada verde. Vuelven los destellos. Se lleva la mano del arma al costado. Es como un carbón de shisha al rojo. No puede evitar detenerse y doblarse un segundo. El dolor ha vuelto. Mira hacia atrás con ojos llorosos. Sólo ha logrado aventajarlo unos treinta metros, y los está volviendo a acortar. A lo lejos, de la misma dirección por la que éste monstruo vino, ha aparecido un zombi parsimonioso. ¿De en medio de la nada también…? “Mierda, el primer disparo…”. “Nota men… ¡Joder!”. Intenta correr, pero en cuanto da un par de pisadas bruscas se siente morir.
Empieza a trotar, arrastrando como si cojease la pierna del lado dañado, sujetándose el costillar con una mano mientras zarandea la pistola vacía con la otra. No cree tener tiempo de pararse a buscar el cargador en la mochila. Tiene que centrar todos sus esfuerzos en que no le acorte camino.
Trota sin rumbo, sus pensamientos nunca se le apagan, pero ahora no consiguen llegar a nada coherente. Prácticamente sólo son capaces de centrarse en los pasos que da. Sus fuerzas disminuyen, las del enemigo no. Juraría que está algo más cerca. Está empezando a pasar entre casas. Joder, tarde o temprano dará con zombis también, y eso sería el final.
“Piensa Álvaro, ¡piensa!”. Podría poner rumbo al refugio, pero siquiera se ve con fuerzas de saltar una valla, y ese seguramente lo haga rápido. Para cuando Diana pudiera darse cuenta de la situación él ya estaría muerto y la habría dejado sola contra esa cosa. No. “¡Piensa, ostia!”. Si sólo se hubiera traído la granada negra y ese cacharro funcionara… ¿Por qué la dejaría? No gana nada con esa línea de pensamiento. ¡Otra!
Se para en seco un momento, en el que el dolor, lejos de calmarse, casi empeora. Respirar le da pequeños pinchazos. Sonríe. Si ha de morir será con estilo… y si sobrevive será el puto amo.
Mira alrededor. Cree hacerse una idea de dónde está. El gritón está ya a menos de diez metros. Sale corriendo hacia una calle a mano izquierda unos pasos, pero incapaz de mantener el ritmo vuelve a trotar como antes. A su espalda, incesantes, siente los pesados pasos del otro. Sus gritos. Los arrítmicos golpes de su señal contra el suelo.
Por si acaso tuviera esa suerte empieza a chillar pidiendo auxilio. No hay respuesta. ¿Quién se metería en ese berenjenal?
Y un zombi de frente. La calle, exterior, es ancha, pero no se siente nada ágil. ¿Se estará relamiendo ya el otro? “Todavía no, cabrón”. Saca el punzón de su cinturón y se dirige renqueante, directo a por él. Tratando de perder el menor tiempo posible le mete la pistola en la boca como tope y atraviesa su ojo. Cae inerte secuestrando la herramienta atascada en su cuenca; no tiene tiempo de pararse a recogerla. Sigue.
Por fin logra verla a lo lejos… Un minuto después, con el otro definitivamente muy cerca, lo cual ya le parece más ridículo que amenazante, él, que más que asustado se encuentra tozudo y pasado de rosca, llega al muro de la casa del porche amarillo. Ya ni siquiera tiene revolucionado el corazón, aunque al subirse al falso suelo, con el dolor que le conlleva, vuelve a notar como se le acelera y los graznidos del miedo en el estómago. Guarda la pistola en su pantalón.
Se adentra en la oscuridad del vestíbulo, oyendo llegar al jardín al enemigo. Va directo a las escaleras que bajan hacia el sótano. Le adviene el mareo. No le importa. Se lo esperaba; esto es una verdadera huida hacia adelante.
Baja. Topa con una puerta de madera blanca cerrada. Arriba alguien trastabilla en los escalones. Tiene la vista llena de chiribitas y han reaparecido el dolor de cabeza y la taquicardia.
Sin volver a respirar, abre, y sin esperar ni perder un segundo, se lanza de estómago al suelo. El costado le resplandece reverberante por toda su cabeza del impacto. “¡Ignora el dolor!”.
Es la hora de la verdad. No puede ver absolutamente nada. Sólo distorsión, un mareo nauseabundo de grises y unas piernas finas de mármol. No nota sus brazos, pero empieza a darles órdenes como si estuvieran ahí, como si el mundo siguiera ahí; órdenes de arrastrarle por los codos. Su dolor, bendito sea, si le duele es que se está moviendo. A través del pitido ensordecedor de sus oídos oye el movimiento rapaz de algo muy pesado sobre él y a continuación siente un impacto muy suave en su nuca y humedad. Sigue vivo. Sigue reptando.
Empieza a ver algo entre los brillos; está pasando por debajo de las ruedas del todoterreno. “No te detengas, aunque te mate el dolor, no te detengas”. Alcanza la pared contraria, junto al portón metálico. Apoya la espalda. No puede más. Debe seguir pero no puede, necesita respirar un segundo.
Por el umbral aparece incorporándose de su caída el gritón. Ruge con furia inextinguible y carga sin su arma. Medio segundo después, simplemente estalla, se hace un montón de gruesos trocitos desde la cabeza hasta el vientre. Fijando la vista puede distinguir a su lado, levísima, la silueta plateada y aún más alta que el aniquilado enemigo. “Descansa en paz, hijo de la gran puta”.
La figura se va volviendo más tangible, pasito a pasito, y el mareo regresa. Éste es mucho más lento. Si sólo pudiera salir de aquí y mantener algo las fuerzas podría dejarlo atrás.
Sin sentirse capaz de levantarse con el mareo creciente se arrastra a un lateral de la puerta, con algo de nuevo aliento. Ve el torniquete manual del cierre. Tiene que alcanzarlo antes de perder la visión.
Cuando por fin está bajo él, tiende sus brazos hacia las agarraderas y, a ritmo de latigazos de magma contra su pecho con cada giro, empieza a levantar la chirriante compuerta.
El vehículo entre él y la muerte blanca se separa en dos mitades que el ser atraviesa apartando con sus manos. Para cuando ha logrado alzar la plancha un palmo y medio ya apenas puede distinguir la claridad del exterior que entra por debajo del mundo gris y evanescente que lo envuelve. Tiene que intentarlo. Morirá aferrándose a la vida. Le duele tantísimo la cabeza…
Apañándoselas difícilmente, se arrastra sin despegarse del suelo, da lo que le queda, sus brazos cruzan por debajo del resquicio. Está a punto de sacar la cabeza cuando unas manos lo aferran recias de la muñeca y jalan con fuerza. Oye los gemidos, los gruñidos embobados. Si acaso tuviera fuerzas, no tiene más ánimo de luchar, cierra los ojos y se desvanece.



Abre los ojos como de una cabezada de clase, brevísima y confusa, muy sobresaltado. Está erguido y una mujer lo sujeta y zarandea por los sobacos, provocando que su propio cuerpo lo acuchille en agonía desde el pectoral derecho. Le está chillando algo, cree que son preguntas. Busca con los ojos irritadísimos, sigue mareado pero puede ver. Por un lado están llegando un par de zombis, tal vez a diez metros.
Tuerce la cabeza tan brusco que le relampaguea. A unos pasos a la espalda está la puerta del garaje.
—¡Corre!
—¡¿Qué?! ¿Estás bien chico…?
—¡Corre!
Sin permitir más demora, agarrándose al hombro de la mujer, usándola como punto de apoyo, empieza a empujar con las piernas. Ella no opone resistencia y lo ayuda a moverse justo a tiempo para apartarse de la chapa, que es troceada abruptamente.
—¡¿Qué es eso?! —musita chillando tras un gritito asustado.
—¡Por aquí! ¡Vamos! —La guía hacia el camino norte que siguió hace un rato.
—¿Pero qué…?
—¡Vamos! ¡Es lento!
Aceleran. Sigue intenso el malestar en el costillar, pero verse vivo y en pie le ha otorgado algo de nuevo vigor. Pese a estar en el lado malo, apoyarse en la mujer lo está ayudando a moverse rápido. Entre los dos caminan resoplando varias decenas de metros, alejándose rumbo al fin de las casas.
—¡¿Qué era eso?! ¡Te oí pedir ayuda…! Soy Nuria. —Sin detenerse.
—Soy… Álvaro. —El dolor le atraganta las palabras, pero no puede remediarlo—. No sé qué es eso, pero aún nos sigue, seguro.
—¿El qué? ¿Dónde? —Detrás sólo se ven los dos zombis que se estaban acercando antes—. Tienes sangre en la nuca…
—Es… invisible. —Se lleva los dedos al área. Justo debajo de la cresta del cráneo tiene una hendidura, no es muy grande, pero nada más la toca empieza a escocerle y ya no se calla…
—¿Qué?
—Espera y verás…
Aminoran. Está agotadísimo. ¿Pero puede que le duela algo menos? Pasa medio minuto de silencio, sintiendo la incrédula e impaciente mirada de la mujer clavada. Va vestida con un pantalón de montaña marrón, deportivas grises, jersey térmico oscuro, braga negra a la boca y mochila verdinegra en la espalda. En la mano que le ha dejado libre sujeta un cuchillo de doble filo de buen tamaño. Tiene un pelo castaño largo y liso, constitución esbelta y sólida; aparenta unos treintaicinco años por la piel y arruguitas. Uno de los zombis se parte por la mitad sin motivo aparente.
—¿Ves?
—¡¿Qué es eso?!
—No lo sé… pero es muy lento… tenemos que llevarlo lejos del pueblo… hacia el norte… y perderlo por allí… —Hace un vago gesto con la mano intentando indicar el recorrido de todo el camino. No sólo le duele, sino que también le falta el aliento a causa de ello.
—¿Fuiste tú el de los disparos?
—Yo… sí. —Saca su pistola—. Me he quedado sin munición.
—¿No tenías más?
—Sí, en la mochila… pero no tenía tiempo. Vamos. Tenemos que hacer que nos siga.
—¿Y el de los gritos?
—¿Qué? ¿El gritón? Lo mató eso… Tenemos que llevárnoslo.
—¡Pero si esa cosa es invisible! —Le sorprende que, como él, la mujer no parezca preocupada sobre cómo es posible un monstruo invisible, sino que también lo dé por sentado.
—Tengo… una teoría, pero tenemos que avanzar algo más… Ayúdame por favor… no quiero que eso ande suelto por el pueblo…
La mujer frunce el ceño pardo y asiente, poniéndole una mano en la espalda. Él, sutilmente, se cambia de lado para apoyarse con el lateral no magullado. Muchísimo mejor. Así casi puede andar normal.
No tardan demasiado en llegar a la ruta de tierra. Él insiste en avanzar un poco más y después se paran. Parece que el otro zombi debió de correr el mismo destino en algún momento.
—¿A qué esperamos?
—Esto puede tardar un poco… avísame si te encuentras mal. —Se nota mucho mejor la respiración y, por fin, en lo que le ha parecido una eternidad, la sangre le está regresando a su fluir normal—. Esa cosa… puedes verla mejor cuanto más cerca estás de ella, pero hace que te sientas fatal.
—¿Y quieres que se nos acerque? ¿Por qué?
—No lo quiero… si lo que creo no falla, no hará falta.
—Está bien… —Parece algo inquieta, no sabe si por la cosa o por otro motivo.
Mira muy atentamente. La espera se hace larga; empieza a dudar de su idea, o de que los esté siguiendo, hasta que de pronto, ve algo extraño. No está seguro, pero es lo que esperaba. Decide aguardar a estar doblemente convencido antes de mencionarlo. Es muy, muy sutil; pero no lejos, desde el nacimiento del camino, se pueden ver aparecer de la nada leves huellas acercándose a paso casi melancólico. “Nota mental: se los puede detectar en las condiciones adecuadas…”.
—Mira, mira al suelo atentamente. —Señala.
—¿El qué…? ¿Qué…? ¡Ostras!
—Ahí está. Vamos tenemos que llevarlo al norte. —Hace ademán de tirar de ella.
—Dame tu pistola.
—¿Qué?
—Que me des tu pistola, y la munición que te quede.
—¿Nuria…?
—Yo me lo llevo hacia el norte, pero tú dame lo que tienes.
—Por favor… —No se lo puede creer.
—Este no es ni mi pueblo; vine por los gritos. Pensaba que te encontraría muerto, la verdad. Te hago el favor, pero tú me das esto a cambio.
—Por favor… —implora.
—Si lo prefieres, te dejo aquí. Tal como se te ve no creo que puedas ir tu solo tan lejos.
Se miran tensamente por un rato. No sabe si ya es obsesión, pero juraría empezar a sentirse algo mareado. Pone los ojos infinitamente indignados y a continuación le tiende el arma. Después gira la mochila suspirando y le entrega el cargador. Podría intentar atacarla, pero no cree que la pille demasiado desprevenida… y está demasiado molido como para la más mínima complicación; y aunque ganara, él tampoco piensa que pueda ir muy lejos ya. Necesita regresar a suelo “seguro”. “Nota mental, no volver a decir jamás nada sobre cuánta munición le quede en armas o bolsillos”. Si es que está idiota…
—¿Contenta?
Silencio.
—Está bien muchacho, márchate; me quedaré un poco para llamar su atención. Después lo llevaré hasta el agua y trato terminado.
—De acuerdo… —¿Agua? Supone que se refiere al lago. Exageradamente apático, vuelve a dedicarle una mirada de entre odio y ruego y después, callado, cabizbajo, empieza a cojear hacia los sembrados.
La mujer responde moviendo los hombros y, cree pero la braga le impide verlo bien, que sonríe entre aceptación y falsedad.
Con ella quieta frente al camino, va dando el larguísimo rodeo que tenía previsto, a paso de cojo. “Menudo NPC de mierda”. Más vale y al menos cumpla su parte del trato… Realmente no sabe si odiarla o no.
Poco antes de perderla de vista por completo entre los pliegues ve que aquella ladrona ha empezado a caminar despacio y la oye dando voces de tanto en cuando; por ahora puede que cumpliendo su palabra.
“¡¿Por qué?! Joder”. Esa pistola era un recurso muy valioso… Aún tiene munición en el despacho. Está muy cabreado; tal vez le haya salvado la vida pero… no justifica que le haya robado ahora tan flagrantemente.
El dolor se ha vuelto más constante, como un pop-up que no puede cerrar, pero también menos agudo ante los movimientos, como si se estuviera acostumbrando a él. Y sin embargo, las imágenes le hacen un degradado al negro por una fracción de segundo. Logra evitar caerse.
“Céntrate Álvaro, realmente estás mal, tienes que llegar… tienes que llegar”. Renquea, le cuesta una eternidad llegar hasta el próximo sendero de tierra, aquel por el que acaba de pasar huyendo del enorme stop con patas. “Vaya una vuelta más tonta que he dado”, se sonríe… Nunca en su vida ha enfrentado esa tensión, nunca ese miedo, nunca dolores semejantes tan continuos… y aun así, se sonríe. Al final de la jornada, está vivo.
El sol está ya bien alto en el cielo. Llevará casi media hora más caminando. Milagrosamente nada lo persigue; a su paso actual no se ve ganando en carrera contra zombis. Y duele, maldita sea, duele mucho. Pero por fin puede ver entre un par de viviendas las líneas de árboles del que espera sea el bosquecillo que rodeaba la casa. También puede divisar un recinto lejano, vallado en piedra, con lápidas en su interior. Recuerda el cartel de la rotonda en que empezó todo ese periplo. Tiene que estar cerca.
No ha sido un sacrificio en vano, ha descubierto muchas cosas… pero ha aprendido la lección, espera. No volverá a salir solo; fue un error de juicio. Diana tendrá que aprender rápido.
¡La rotonda! ¡Ahí está! Acelera un poco. Oh… de frente hay zombis. No se le interponen, pero seguro que van a perseguirlo… ¿serán los que llamó la atención mucho tiempo atrás? No pueden dejarlo en paz, no…
Sigue acelerando hasta donde le permiten los flashazos de dolor. Está enfilando el camino hacia la casa. La valla… no va a poder con ella…
—¡Diana! —empieza a gritar, aún a más de treinta metros—, ¡Diana!, ¡Diana!, ¡Diana! —Quince metros, berrea a pleno pulmón—. ¡Diana!, ¡Diana! —Está frente a la puerta cerrada, si no sale tendrá que trepar. Se va agarrando a los barrotes tratando de mentalizarse. El mundo es un lugar muy, muy distante—. ¡Diana!, ¡Dia…!
La muchacha se asoma con aspecto nervioso a la terraza de arriba.
—¡Álvaro! ¡¿Estás bien?!
Menos mal. Suelta las manos de los barrotes y se deja caer hacia atrás, de culo y espaldas contra el suelo.
—¡Álvaro, no!, ¡¿qué haces?! ¡Los zombis!
No puede hablar. No puede moverse… se desconecta del juego.


Está incómodo. Respirar quema… aunque algo menos que antes. Abre los ojos. Diana está sentada en el sillón, frente a él, con el ceño fruncido.
—Hol…
—¡Te fuiste sin mí!
—Estabas dorm…
—¡Me dejaste sola! —Parece muy enfadada. No es como cuando discutieron viniendo, entonces había negatividad en ella. Ahora no es como si estuviera mal con él, sino con lo que ha hecho.
Queda en silencio mirándola. Está un poco sudada… ¿Habrá tenido que pelear la pobre contra los zombis? Seguramente. Tiene razón, joder, claro que tiene razón. Son compañeros ahora.
—Tienes razón. Lo siento.
Lo mira y tensa la mandíbula, como si estuviera a punto de volver a gritarle; pero de golpe, se levanta y sube las escaleras a grandes zancadas.
No lo entiende muy bien… En fin. Lo siente. Trata de incorporarse. “Nope”. Se queda tumbado en el sofá mejor. Estira el brazo del lado bueno y se lo lleva a la frente, tratando de cubrirse de la luz. Las persianas están algo subidas. Espera no llevar demasiado tiempo inconsciente. Nota incipientes agujetas que de seguro mañana serán peores. Sigue muy cansado. De repente bajan rápidos los pasos de ella.
—¡¿Sabes?! ¡Podrías haber muerto! ¡Y me habría quedado sola! ¡“Joer”!
—Lo siento mucho Diana…
—¡No vuelvas a hacerlo, ¿vale?!
—Lo prometo. —Le duele hablar…—. Sólo quise explorar un poco sin ponerte en peligro, saber qué había… ha sido un error. Lo siento.
—Vale… pero… es que me sentí muy sola… ¡no podía ni salir de la casa a buscarte! No sabía dónde habrías ido…
—Lo siento…
Vuelve a hacerse el silencio. Largo. Mirándose. No sabría muy bien describir cómo se estaban mirando. No era enfado realmente, ni pena… era miedo de perderse.
—¿Qué te ha pasado? —rompe ella por fin, con un tono radicalmente distinto, uno preocupado, tácitamente echando tierra en el asunto y acercándose a sentarse a su lado.
—¡Uf!, esto va a ser largo —ríe. Ella le ha puesto una mano en la pierna y no tiene cara de que le haga la más mínima gracia, y menos aún de que le haga gracia que a él le haga gracia—. ¿Te importa ayudarme a llegar al cuarto de baño? Hay un par de cosas que quiero ver…
—Vale…
Se agarra a su hombro y deja que intente levantarlo, ayudándola como puede. Después se yergue en agonía y deja que ella le pase la mano por la cintura. Trata de sostener su peso todo lo que logra, está claro que la pobre no va a poder con él a plomo.
—¿Qué pasó cuando me desmayé? ¿Llevo mucho rato así?
—Una hora más o menos…
—¿Estás bien Diana?
—Sí…
—¡Ah! ¡Joder! —Subir el primer escalón hace que rápidas descargas sacudan su espalda desde sus costillas.
—¿Qué te ha pasado?
—Me dieron con una señal de tráfico.
—¿Qué?
—Ahora… ¡Joder! —Otra puñalada—. Ahora te contaré bien. ¿Y a ti?
Llegan por fin a la planta de arriba. Lo difícil ya ha pasado.
—Maté a las cosas esas que te seguían…
—¿Tú sola?
—Sí… más o menos. —¿Más o menos?
—¡Guau! Eso es impresionante. —Cree estar logrando poner un tono creíble, no condescendiente… realmente está impresionado—. ¿Cómo?
—Con tu martillo… —Él deja hacerse el silencio como ruego de más explicaciones—. Cuando te vi caerte salté corriendo por la terraza, porque alguien me había dejado encerrada sin la llave… —Lo mira muy mal de nuevo, acompañando su voz con un retintín de reproche.
—Lo siento —sentencia él con afectación, bajando la cabeza.
—Y traté de abrir la puerta del jardín, pero claro, cerrada, y aún no sabíamos cuál era la llave… Es ésta por cierto… Y claro, no podía volver a entrar porque no tenía la llave… —Ya casi su retintín es más provocativo y juguetón que verdaderamente indignado.
—Ya, ya, lo siento —responde exagerando cansancio. Llegan a la puerta del baño—. Quiero ver qué tengo; ahora me lo sigues contando, ¿vale?
—Vale…
—Esto… —Ha entrado y se ha puesto frente al espejo—. ¿Te importaría ayudarme a quitarme la camiseta? —Simplemente tratar de quitarse la manga de la gabardina ha hecho que le diera un pinchazo.
—¿Qué? —Ella lo mira muy extrañada.
—No creo que pueda solo…
Ella se queda quieta un momento. Qué pudorosa es. Después asiente y entra con él.
—Gracias. De verdad. Por todo.
Le tiende el brazo malo para que agarre la manga, y después, muy despacito, se desenrosca de ella caminando. La otra no es problema. Abrigo fuera. Ahora la parte difícil.
—A ver, yo creo que… sí, lo mejor va a ser que me agache, si no te importa levantarme el brazo, y tires de las dos mangas.
—Sí. —Parece algo nerviosa, o como si le diera vergüenza.
Se quita los guantes que lanza al lavamanos y, muy despacio, baja el torso como si estuviera estirándose; ella le sujeta la mano derecha, pero enseguida evita el contacto con su piel como no puede evitar fijarse y le sujeta de la muñeca. De este modo queda en ángulo recto, paralelo al suelo. Sin mucho problema ha sacado el brazo bueno por debajo de la tela y empieza a empujarla para arriba.
—Tira.
—¡Voy!
Más o menos fluida va saliendo la prenda, aunque inevitablemente el brazo se le mueve unas cuantas y dolorosas veces, pero comparado a lo que ya ha aguantado es poca cosa.
—¡Oh, Dios! ¡Álvaro! Por favor… ¿Estás bien?
Nada más se ha vuelto a poner recto ella se ha llevado la mano a la boca, agarrando inerte su camiseta todavía, que arrastra el otro extremo por el suelo. Parece asustada y… como si compartiera su dolor. Se mira preocupado. “Joder…”. No responde, está también impactado.
Un enorme derrame de color azul vena sucio se le extiende por debajo de la piel, desde el pezón derecho hasta la axila por arriba, y hasta el riñón por abajo. Simplemente, joder. No sabe si será tan malo como parece. ¿Serán unas costillas rotas?
Diana camina lentamente hasta él, todavía arrastrando su camiseta, y extiende una mano como si fuera a tocarle el área, pero después se detiene y deja caer el brazo.
—¿Qué te ocurre? —Él.
Como si fuera un detonador, apenas puede terminar la frase, ella se lanza sobre él y lo abraza con inusitado cuidado para lo rápido que lo ha hecho, y se queda pegada a él con la cabeza oculta en su pecho.
—¡Eres imbécil! —estalla con voz rota—. ¡No quiero que te mueras, jolín!
—“¿Jolín?” —responde conmovido.
—¡Déjame en paz! —protesta.
Llora contra su piel; siente el frescor húmedo resbalándole por el vientre. Con el brazo que no le duele, le envuelve la nuca y le masajea fuerte y lento el cogote.
—Vamos, tranquila, ya ha pasado, estoy casi bien, ya ha pasado… —susurra.
Se nota ligeramente emocionado en los ojos, se siente de repente tan bien… estar pasando por todo lo que está pasando… tantas veces sintiéndose al borde de la inhumanidad, como funcionando en piloto automático, como si ya no estuviera vivo… pero ahora. Darse cuenta de que otra persona, hasta hace nada desconocida, está ahí hasta el punto de llorar por su dolor… Estará así porque sin él ella también estaría sola, o por lo que sea, pero aun así, está ahí… Y lo abraza, y siente un cuerpo que no lo amenaza junto al suyo, y apenas recuerda un abrazo tan reconfortante y… Al menos, no está solo. De repente se da cuenta de que ella es un jugador humano, ella es… familia. No la ha elegido, la familia no se elige, pero se la ama y se la protege… Eso es ella. Y es ridículo forjar sentimientos en tan poco tiempo, casi pueril. Pero el mundo que vive ahora también es ridículo; no cree estarse engañando.
Deja que el abrazo se alargue todo lo que quiera, lo saborea y disfruta del simple y llano bienestar, hasta que ella, lentamente, avisando previamente con sutiles movimientos de su mano y cuello, se separa.
La mira, ella da unos pasos hacia atrás y ladea la cabeza tiernamente avergonzada.
—Tranquila, estoy bien, de verdad, sólo me duele un poco. No noto problemas para respirar ni nada, seguro que irá mejorando…
—Eres idiota… —Niega con la cabeza, discretamente sonriente.
—¡Lo sé! —Le guiña un ojo con una amplia mueca forzadamente alegre, tratando de disipar la solemnidad que quedaba en el momento.
Ríen un poquito. Después vuelve a hacerse el silencio, ella ha ido alejándose a cortos pasitos.
—¿Se puede hacer algo? —Entiende que le pregunta sobre tratar su golpe.
—No tengo ni idea… ¿la niña genio no eras tú? —Ella responde torciendo los labios como si se enojara—. Es una broma. Cuando… Después de que me soltara un montón de puñetazos en el pecho el gritón de mi casa, me vendé con fuerza la zona y tengo la sensación de que me alivió un poco… Aún tengo las vendas en el despacho. Están sudadas, pero si no hay nuevas podría ponérmelas.
—Podrías tomar algo para el dolor. —Parece que lo dijera casi como una pregunta.
—¿Sabes si hay algo por aquí?
—Yo cogí ibuprofeno de mi casa. Creo que te lo dije…
—Puede… ¿No te importa compartirlo?
—¡Claro que no! —¿Se enfada?
—Muchas gracias —Trata de ser dócil para aplacarla, sin tener muy claro de qué.
—Voy a cogerlo…
Desaparece. La oye corretear rauda escaleras abajo. Aprovecha para mirarse las manos frente al espejo; no se atreve a confesarle eso todavía. Ya no están pálidas, aunque las uñas siguen un poquito amarilleadas, ¿se le caerán? Bueno, si ha mejorado, no tendría por qué empeorar ahora. Se fija en su cara. Tiene ojeras. No son tremendas, pero tampoco desdeñables… Como los zombis. Y… arrastra su mano a la parte de atrás de su calavera. Está bastante hinchada y rozarla le pincha, como si estuviera infectada. Lavándose las manos, con estoica determinación, se hurga un poquito con dos dedos, soportando inenarrable escozor. El corte no es grande, pero puede que un poco profundo. El pelo debe de estarlo tapando. “Estate atento Álvaro…”.
Está volviendo. Se coloca como si no hubiera estado haciendo nada, esperando que no se dé cuenta de las lagrimitas en sus ojos. Aparece con una de las botellas de agua a un cuarto y la pastilla en una mano, y la otra media naranja en la otra, pelada.
—Muchas gracias… ¿pero y eso?, ¿no has desayunado?
—Tomé unas galletas. Pensé que si volvías cansado podría apetecerte…
—Tómatela tú, de verdad.
—El ibuprofeno es fuerte para el estómago, tuya.
—De verdad…
Le pone cara enfurruñada y sacude los dos brazos en ofrenda. Qué mona que es… todavía evita graciosa y evidentemente mirarle el torso desnudo. ¿Y ha sido capaz de matar a tres zombis con el martillo?
—Gracias. —Cede, cogiendo botella y pastilla primero, que toma de un trago, y después la naranja, que empieza a desgajar y masticar. Y encima él ha vuelto con las manos vacías… Doblemente teniendo en cuenta lo de la pistola. Se siente mal por sólo haberle dado preocupación, si al menos hubiera podido traer algo… Trae información; la información es poder, trata de consolarse.
—Tenemos pocas cosas, para algún día más. —Ahora no está siendo muy oportuna la pobre…
—Ya… —suelta con un latiguillo de voz.
—Estás herido, creo que es importante que comas bien…
—Sí, sí… ya lo pensaremos. —Trata de despejarse esos pensamientos cambiando de actividad y terminándose la fruta—. Bueno, me gustaría darme una ducha; ¿luego me ayudas?
—¡¿Qué?!
—¿Qué? —Se miran, parece muy sorprendida, ¿escandalizada?, ¿qué pasa?
Ah…
—¡No, no! ¡Con las vendas! Ahora me ducho solo como pueda.
—¿Qué? Ah…
—A ponerme las vendas digo.
—Sí, sí, vale… sí. —Qué nerviosa. En serio, hay veces que piensa que se va a derretir o morir de la gracia viéndola—. ¿Vas a ducharte ahora?
—Sí.
—Vale, me voy. ¡Tienes que contarme qué te ha pasado!
—Tranquila, serás la primera en saberlo; supongo que acabaré más limpio… Esto… sí, descuida, pero lo mío será largo, ¿así que me cuentas primero tú lo tuyo?
Ella lo mira como medio resignada, supone que por el chiste malo, y negando con la cabeza, cierra la puerta y sale. Bueno, al revés. Él también niega con la cabeza, risueño.
Quitarse las prendas inferiores no resulta muy complicado con la ayuda de la gravedad. Gracias Newton por inventarla. Abre el grifo. Por supuesto, agua… helada.
Sube dentro de la bañera con la pastilla de jabón que han dejado en el cuarto de baño y, haciendo acopio de valor, de una sola vez para no alargar la tortura, se mete bajo el chorro de agua hasta empaparse bien todo el cuerpo y sale de él, suficientemente húmedo como para enjabonarse. Sólo pudiendo mover el brazo derecho desde el codo sin provocarse dolor hace todo un poco complicado. Le toma bastante tiempo irse cubriendo todo el cuerpo, silenciosamente, acompañado por el gorgoteo del agua en el sumidero y el graznar suave de los mil pájaros de las gotitas contra pared y suelo.
El área de la axila afectada le está resultando difícil, le da pinchazos en cuanto ejerce un poquito de presión, podría dejarla por esta vez, pero es precisamente una de las partes por las que más ha sudado… Se esforzará; no quiere hacerle pasar mal rato a Diana.
Empieza a pensar en toda la sangre que tiene ahí coagulada. ¿Puede ser peligroso? A lo mejor se siente bien ahora, pero si la deja demasiado tiempo por ahí dentro le da un problema de golpe. ¿Debería intentar abrirse una herida para que saliera fuera? Es que no tiene ni idea. ¿La podrá absorber el cuerpo solo?
Sin quererlo, empieza a imaginarse toda esa sangre, fluyendo por su costado a través de una herida abierta. Lenta, viscosa. Recuerda de golpe sus ojeras en el espejo. Empieza a visualizar su sangre saliendo negra, grumosa, como la de un zombi, muy lenta… Tiene mucho miedo. Por su mente empiezan a pasar incontables rostros de zombis de cerca, medio descompuestos, chillando, gimiendo, mordiendo, comiendo… Ya no sabe si son rostros que ha visto o que está imaginando. Se ve a sí mismo, con cara de sádico, golpeando sus caras con el martillo. Recuerda la ira y el asco, también el placer que tanto le asusta que le produzcan. Ve sus cráneos estallando y abriéndose con sus golpes. Se acuerda del último al que le metió el punzón por el ojo y como su globo ocular se deshinchó grimoso al pincharlo. Ve al gritón con la señal de stop, el golpe, la sensación de irse a morir. Al de las garras, el malestar, su sangre, tanta sangre, fluyendo desbocada por sus venas, por sus sienes. LA SENSACIÓN DE IRSE A MORIR. Las garras, la realidad blanca, las garras, los ojos negros, el gritón enorme cortado como mantequilla, la mujer que suplica a un dios sordo, la iglesia con todas sus imágenes que se ríen de todos ellos, de todos los muertos en sus muros; el gritón de la señal, que ha aprendido a protegerse de las balas, el golpe… El gritón de su casa que casi lo muerde; su cráneo aplastado por el martillo; el chico que arrastraron bajo el coche y sus chillidos, Adrián comido en la valla frente a sus ojos… Marta deshaciéndose bajo un mejunje de vómito… Ni siquiera lo vio, pero ahora ve su piel deshaciéndose lentamente, sus ojos cayéndosele de las órbitas conforme se le disuelve el cráneo, sus músculos expuestos convirtiéndose en mejunje y hedor a hiel… Marta…
Omnipotente y omnipresente, toma enorme conciencia de la idea de que simplemente esa mañana casi ha muerto varias veces. Ha estado a punto de morir. Sigue pudiendo estar a punto de morir, no lo sabe. Conciencia de la idea de la muerte mayúscula, solidificada como patético final en la imagen de Marta disolviéndose, y como él y Diana pueden morir en cualquier momento.
Se desliza desde los pies hasta dar con el culo desnudo en el frío y húmedo mármol que ignora. Con la cara desencajada en chillido desesperado y desconsolado, que solo un rincón recóndito de su conciencia logra atar para que sea mudo y no asuste a la pobre Diana; agarrándose con la mano en zarpa la cara como si quisiera arrancarse los pensamientos, golpeando desde el codo con el puño malo el agua, chapoteando. Y abrazándose después las piernas aovillándose llora quedo. Llora todas las lágrimas que sabe le debe al mundo, y que sabe, le deberá.



—¡Álvaro! ¿Estás bien? —Diana llama a la puerta. Le pilla terminando de aclararse, esperando a que se le desenrojezca la cara.
—¡Sí! Sí… ¡Tranquila! —Debe de llevar mucho ahí dentro.
—Necesitas… ¿Necesitas que te ayude?
—¡No, no! ¡Tranquila, de verdad! Ya mismo salgo. —Cierra el grifo.
—He encontrado tus vendas y he bajado todas las persianas menos las del despacho para que tengamos luz para hacerlo.
—¡Muchas gracias! Eres un encanto. —Sale con sumo cuidado de la bañera, apoyándose en el fregadero, está como para caerse ahora.
—¡Te espero allí!
—¡Vale, gracias!
Frente al espejo, sin nada, vuelve a revisarse. Todo parece igual. Curiosea el derrame desde varios ángulos, como si esperase obtener una respuesta de qué hacer con él.
No ha cogido calzoncillos limpios, y no se fía de no haberlos manchado con todo lo que ha pasado… Se pone sólo los pantalones. En algún momento que pueda a espaldas de Diana se cambiará rápidamente. Empieza a sentir que se acostumbra a moverse un poco pese a la herida, o que está aprendiendo a hacerlo de forma que le duela menos. Comprueba uno de los armarios y éste contiene un bote alcohol. Se lo echa por el cogote abrasándose en el empeño. Le resulta aterrador que esa cosa lo cortara tan limpiamente.
Convencido de que nada en su cara demuestra que ha llorado, no quiere mostrarse débil ante Diana doblemente, por orgullo y por no preocuparla, sale. Qué puto frío que ha pasado… y la casa tampoco es que esté muy caliente.
—¡Hola! —Empieza entrando en el despacho.
—Hola. —Ella le da un vistazo rápido; sigue yendo él a pecho lobo, y ella rápidamente ha alzado la vista hacia su rostro y la mantiene de forma evidentemente forzada ahí—. ¿Hacemos esto?
—Sí. ¿No has visto vendas limpias verdad?
—He buscado…
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Empiezo a conocerte. —Pausa—. Lo digo en el mejor de los sentidos.
—No hay —Tuerce el labio en gesto empático.
—No pasa nada —Se acercan el uno al otro.
—Bueno, ¿cómo lo hacemos?
—Eso dijo ella…
—¿Qué?
—Nada —suelta rápido riendo—. A ver… no sé… probamos a pasarlas por el hombro sano y por ahí, ¿lado a lado?
—Vale…
—Supongo que la idea es que sujete, si es que tiene algo de sentido… ¿así que habrá que apretarlas pero sin pasarse?
—Puede… Dime si te hago daño por favor.
—Descuida, no soy masoca.
Con enorme cuidado, ella va enrollándolo, una vuelta por el hombro, otra de costado a costado, otra por el hombro, otra de costado a costado; un par de veces le da indicaciones de que apriete un poco más, le duele ligeramente la presión, pero no la siente como algo malo. Así hasta acabar con el rollo, que sujeta él con su brazo indicándola que vaya a su mochila, coja un poco de cinta de carrocero y regrese para pegar el borde final. Después hace unos leves movimientos comprobando cómo se siente con ello. ¿Debería quitárselas para dormir?
—¿No tienes hambre? ¿Bajamos a hacer la comida y charlamos un poco?
—Ya he cocido un poco de arroz… no sabía muy bien qué más hacer, así que le he echado unos cacahuetes en trocitos… y sal…
—¡Me parece genial! —ríe a tan amplia carcajada que le duele—. “¡Aú!” En serio, eres una crack.
—Gracias…
—Ayúdame con la camiseta, eso sí, please.
—Sí… —Recuerda que ha dejado su camiseta y calzoncillos sucios tirados en el baño… tienen que pensar qué hacer con la ropa sucia con cierta urgencia también. Tantas cosas con cierta urgencia…
Tras vestirle ella con una prenda azul oscuro y el logo de un videojuego centrado en tono de plata vieja, se ofrece a ayudarlo a ir a la planta baja, pero él rechaza, quiere intentar hacerlo solo. Y lo consigue, más o menos, cojeando un poquito. Sí que juraría que con las vendas le duele un poco menos al pisar. A saber… Nada más ha salido ella se ha puesto a bajar la persiana del despacho también, sumiéndolo en una moderada oscuridad. No le parece mal, se está tomando todo muy en serio la muchacha parece, y eso no es malo… aunque teme estamparse. Llega algo de luz desde el recibidor que lo rescata en la escalera. De todos modos ella enseguida llega a su auxilio y baja los peldaños con él, sin tocarlo respetuosamente, pero claramente atenta a todos sus movimientos. Escalón a escalón, no se le hace muy duro. Desde salir de la ducha se ha fijado en que el daño sigue constante, pero ya no tiene picos tan marcados con sus movimientos; a lo mejor sólo es el ibuprofeno.
Cuando llegan, sonríe. Ha bajado todas las persianas y echado cortinas menos una ventana en la que ha dejado un cuchillo de luz. En la mesa, junto al sofá, están sus dos platos.
Sin hacerla sufrir la espera, con ánimo de dejarle claro que le encanta lo que ha cocinado, da igual de antemano como le sepa en verdad, se sienta y agarra el plato que sostiene con el brazo derecho en su pierna, tomando una cucharada con el tenedor con la izquierda, deglutiendo su arroz “extracrujiente”.
—¡Guau! ¡Está muy bueno! —exclama con la boca casi llena. Realmente, para lo original del asunto, no está mal…
—No me mientas…
—No lo hago. Está saladito y llena. De verdad, gracias por todo Diana.
Ella sonríe y se sienta a su lado, mirando claramente más indecisa que él su propio plato.
—Bueno, cuéntame a ver, ¿cómo te las apañaste para matar a los zombis, meterme en la casa y subirme al sofá?
—Bueno, a ver… —empieza tímidamente, imitando por lo visto la estructura de la frase de él. Es signo de que está ocultando algo, pero también ve que tiene pinta de estar a punto de confesárselo—; realmente… no lo hice sola.
—¡¿No?! —Boca llena—. No pasa nada, jolín, sigue siendo increíble todo lo valiente que has sido… y eres —añade—. Cuéntame, ahora estoy más intrigado. —Masticando con voluntariamente exagerados crujidos.
—Pues…, estabas ahí en el suelo. Salté a por ti, eso es verdad, ¡y cogí tu martillo!
—Ajá —Otra rechinante bola de arroz y cacahuetes.
—Y ya estaban llegando y no sabía qué hacer… Me lancé a por uno y le di con el martillo en la frente, pero no le hice nada… casi me agarra. —Le empieza a dar mucho apuro imaginarla, sentirse responsable de haberla puesto en esa situación—. Pero no me podía alejar de ti… ¡Iban a comerte jolín!
—Lo siento Diana.
—No te culpo porque estuvieras herido Álvaro… me molesta que no me llevases contigo.
—Lo sé. Lo entiendo. Perdóname.
—Es que a lo mejor hasta podría haber evitado que acabases así. —O por otro lado, podría incluso haber muerto ella… pero tiene razón.
—Seguramente; esto me ha pasado por mi culpa.
—Querría haberte ayudado.
—No ha sido culpa tuya Diana, me lo he buscado yo solito.
Se quedan mirándose de nuevo, con cierta complicidad.
—Bueno, escúchame bien, que veas que no soy una inútil.
—Nunca lo he pensado. —Sólo miente a medias.
—Pues estaban ganando terreno y tuve una idea. Tantas veces me has dicho que eran tontos que pensé que a lo mejor podía lograr que solamente me hicieran caso a mí. Me puse a correr alrededor y darles golpes con el martillo. Donde pillaba, con cuidado, apartándome nada más tocarlos. Y al final se giraron los tres a por mí…
—Diana… que sepas que con esa idea, sin duda, me salvaste la vida.
—Gracias…
—¿Y luego qué hiciste?
—¡Pues no sabía qué hacer! —exclama con reminiscencias de angustia en la voz—. Estaban muy juntos… no veía cómo intentar darle fuerte a uno sin que los demás pudieran agarrarme.
—Pobre… lo siento. Es bastante complicado cuando están así…
—Tienes que enseñarme cómo hacerlo; quiero ser igual que tú… —Entiende que se refiere a pelear contra esas cosas.
—Lo intentaré… pero yo tampoco lo sé. Mucho tiempo improviso como puedo. Sígueme contando que me tienes realmente nervioso.
—Pues empecé a llevármelos, iba de espaldas hacia el pueblo, comprobando que me siguieran, muy despacito. Al principio alguno intentaba volverse a girar hacia ti y tenía que correr mucho y ponerme a darle golpecitos para que se quedara conmigo, pero al final ya sólo me seguían a mí.
—En serio, a mí no se me habría ocurrido nada mejor. —Ella le sonríe.
—Al final acabé llegando a una rotonda por el camino. Y entonces venía otro más por mi espalda. Y pensé que podía intentar llevármelos lejos, yendo a su ritmo, y luego correr o algo para perderlos… Pero es que estabas ahí solo en el suelo… ya casi no podía verte, tenía mucho miedo de que si me marchaba apareciera algo y te atacara ahí indefenso…
—Joder, es que sí que te he hecho pasar mierda… ¿Quién te ayudó entonces?
—Pues, sin ideas, estuve haciéndoles dar vueltas en la plaza, a veces intentaba golpearlos, pero no tenía hueco… y ya eran cuatro, y me estaba cansando, y temía que acabaran apareciendo más… —Se la nota que se agobia de sólo recordarlo—. Pero entonces llegó esa mujer.
—¿Quién?
—No me dijo quién era… iba de montaña, y se acercó haciéndome “esto” —hace el gesto de silencio con un dedo—, y cuando llegó por la espalda a un zombi le clavó un cuchillo enorme desde un lado. Luego me pidió que le fuera ayudando a separarlos y uno a uno los fue apuñalando… Parecía acostumbrada a eso, como tú… me daba un poco de miedo. —Decide callar, sabiendo ya quién era, hasta que ella termine, para animarla a seguir—. Luego me preguntó que si estaba con un chico de pelo largo y gafas raras… —Lo mira, claramente quiere saber su lado de la historia.
—Luego te digo…
—Vale… ¿Pasa algo?
—No, bueno sí, termina de contarme.
—Pues le dije que sí. Preguntó si estabas bien, le dije que no, que no sabía qué te pasaba, y se vino conmigo. Yo te cogí las llaves, salté dentro, abrí la puerta y busqué las llaves del jardín. Luego te cogimos entre las dos y te dejamos en el sofá. Me dijo que te dijera que se había asegurado de que “esa cosa” se fuera directa hacia el agua… ¿De qué iba eso Álvaro?
—Esa zorra… —Ríe. Está enfadado con ella, pero no puede evitar que también le caiga bien—. ¿No hizo nada más?
—No… se quedó un poquito mirando la casa… luego te tomó el pulso y me dijo que creía que despertarías. Le pedí que se quedara, pero se negó y se fue. ¿Zorra por qué?
—Sí. —Vuelve a reír—. Bueno, nos ha ayudado supongo… pero también nos ha robado la pistola y un cargador de munición.
—¿Qué?
—Sí, la primera vez que me la crucé… estaba ya muy mal, y me perseguía un anómalo… Y se ofreció a ayudarme, a cambio del arma…
—¿Un gritón? ¿Fuiste tú el de los disparos? Imaginaba que sí… tuve mucho miedo. —Le enternece que en vez de preocuparse de la pistola perdida se siga preocupando por él.
—No, un gritón no… sí, fui yo el de los disparos… A ver… Espera y te lo cuento bien… —Decide que va a contárselo todo desde el principio; incluso le dirá del blanco y lo que le ha pasado… se lo merece… merece que no la vuelva a mentir.



—Álvaro… yo… querría tanto haberte podido ayudar.
—Lo siento mucho Diana.
Se le abraza al vientre. Le duele un poco, pero se esfuerza por no quejarse y apretarle el omoplato.
—Siento no haber estado ahí. —Le llora, no ya solemne como antes, simplemente como si no pudiera evitarlo mientras habla.
—Diana, que ha sido culpa mía. —La nota muy turbada; está claro que el relato sobre ese nuevo tipo de zombi la ha inquietado, tal vez también le preocupe como a él que pueda estar infectado, por lo de las ojeras y las uñas.
Quedan un ratito callados, ya sin contacto entre ellos, pero tampoco con tensión, simplemente compartiendo el momento y el miedo.
—Pero —rompe él—, al menos hay varias cosas que he pensado… me gustaría apuntarlas en mi libreta cuanto antes.
—¿Te la traigo?
—No, no; tranquila, no te preocupes tanto, puedo moverme yo, pero primero, si quieres, quiero compartirlas contigo.
—¡Sí! —Da un brinquito en el sofá y se pone sobre sus rodillas, apoyando ambas manos en ellas, mirándolo.
—A ver… Lo primero, creo que tenemos dos problemas principales.
—Dime.
—La poca comida que nos queda y no tener un arma adecuada para enfrentar a los zombis…
—Ya… habría que conseguir más… ¿arma?
—Sí.
—¿Por la pistola dices?
—No, la pistola ha sido parte del problema…
—Por cierto, si pillamos a esa tal Nuria…
—No le des más vueltas, al fin y al cabo nos ha salvado la vida…
—Ya, ¡pero amenazó con dejarte tirado!
—No sabemos si lo habría hecho.
—Da igual, no pienso perdonar a quien te haga daño.
—No me lo ha hecho… Pero gracias. —Breve silencio—. Por mí, nos ha hecho un favor y se lo ha cobrado. No perdono, pero estamos en paz.
—No sé, a mí no me gusta. —Se enfurruña.
—Ya, ni a mí, no te creas. —Se repanchinga en el respaldo.
—¿Parte del problema? ¿Por?
—Hace mucho ruido.
—Ah, ya… ¿crees que por eso te cruzaste tantos zombis, con el gritón aquel? —Vuelve a consternarse su rostro.
—Seguro… Tranquila. Te voy a contar un refrán… ¿chino? No sé…
—¿Qué?
—Dos monjes están paseando por un camino y encuentran una mujer ahogándose en un río. —Ella parece poner cara de no entender a qué viene eso de repente—. El caso es que uno de ellos se lanza al agua y la ayuda a salir cogiéndola de la mano. Después prosiguen su camino, y viendo a su compañero turbado, le pregunta: “¿Qué ocurre?”. Y el otro le responde: “Hermano, estoy preocupado por su alma, ha tocado una mujer y eso está prohibido”. Entonces el primer monje contesta, “Ah, no se preocupe usted, yo dejé aquello en el río, ahora tiene que dejarlo usted”.
—¿Por qué me cuentas esto?
—Ni idea, pensé que quedaría bien…
—¿Qué?
—Es broma. Lo que intento decir es que he visto que ponías mala cara. Olvídate de lo de Nuria, y de lo del gritón… yo ya lo estoy haciendo.
—¡Pero estás herido!
—Ya…
—¿Entonces?
—Pues… Paso. —Recalca su característicamente desgarbado “paso”—.  No podemos tomarnos las cosas como hacíamos antes. Vamos a vivir en un mundo duro, creo que vamos a tener que aprender a dejar pasar las cosas.
—¡No quiero dejarlas pasar!
—No se trata de eso Diana… hay que dejar correr todo lo que no sirva de nada. Si no vamos a ganar nada con ello, ya está. No vamos a vengarnos de Nuria porque también nos ha ayudado. Y el gritón ya está muerto. Deja todo eso en el río… —Ella se queda mirando un rato con el ceño fruncido.
—Bueno —acaba retomando—, ¿qué pasaba con la pistola? Hace ruido, pero te hizo falta por lo que me has contado…
—Ese es el problema… No tenía nada mejor… cuando se me juntaron varios casi me vi obligado a usarla, y contra la primera gritona no tuve más remedio.
—Y ahora por culpa de esa… no la tenemos.
—Ya, bueno. El caso es que sí, está claro que las armas de fuego son algo muy potente… aunque ya he visto también sus limitaciones contra el otro gritón. Pero precisamente, deben ser un último recurso. Estoy seguro de que aún deben haber zombis de camino al pueblo por culpa de los disparos… Necesito algo más silencioso pero eficaz… Algo que pueda matarlos de un golpe y a cierta distancia.
—¿En qué estás pensando?
—Cuando me enfrenté a los zombis sobre el muro fantaseaba con una espada o una lanza… Bueno, eso puede ser un problema sin una fragua… pero sí que tengo algunas ideas en la cabeza. ¡Ah, por cierto!, tenemos que volver a fabricarnos guardas para los brazos. Con cartón o algo.
—Vale, sí; pero de lo otro… ¿Hablas en serio?
—Sí. —Se alegra de que empiece a conocerlo y sepa que perfectamente podría estarla vacilando.
—¿Y de dónde vas a sacarlas?
—No me refiero exactamente a conseguir una lanza o una espada… Primero, cuando tenga tiempo tendré que trabajar en mi libreta. Te lo enseñaré cuando lo tenga. Pero me refiero a fabricarnos el arma.
—Vale… —Pone voz de miedo fingido—. ¿Y la escopeta?
—¡Sí!, es cierto, es otra de las cosas en que he estado pensando… deberíamos intentar probarla cuanto antes. Pero aun así, sigue estando el problema del ruido.
—Sí, eso sí…
—En serio, es mucho más problema del que parece.
—No, si lo entiendo. Es sólo que no veo alternativa.
—Bueno, pronto intentaremos averiguar cómo funciona la escopeta, ¿vale?
—¡Vale! —Sonríe.
—Deberíamos plantearnos irnos algo lejos para hacerlo.
—Pero tú no te puedes mover…
—Bueno, algo, iremos viéndolo. —Vuelve a mirarlo preocupada—. Tranquila, hagamos lo que hagamos tendré cuidado.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Se sonríen. Aunque no dura mucho. Tienen demasiado encima, supone.
—Para la comida… iré yo estos días a por ella.
—¿Cómo? No, no…
—Tú no debes salir de casa.
—No puedes regañarme por haber salido solo de casa y esperar que te deje ir tú. Menos siendo culpa mía habernos… así.
—¿Y qué propones?
—No lo sé. —De repente se siente él como el inútil, poniendo pegas sin alternativas. Siempre hay alternativas—. Iremos los dos.
—Álvaro jolín, confía en mí. No tengo intención de ir sola a ninguna parte, sólo a las casas de al lado.
—Con más motivo te acompaño entonces, está cerca.
—Si apenas puedes subir las escaleras…
—No tendré por qué subir escaleras.
—¿Y si nos encontramos con un gritón de esos?
—¿Y si te lo encuentras tú sola?
—No lo sé… Quiero ayudar. Déjame que lo haga. —Realmente, no sabe cuál es la peor idea.
—No me gusta nada. No voy a dejar que pagues por mis errores.
—Bueno… —Pone ella los ojos en blanco—. Dejémoslo por ahora, no quiero discutir.
—Me parece correcto. Tenemos muchas más cosas que pensar, me gustaría que nos relajásemos pero… creo que no debemos posponer nada.
—Sí, estoy de acuerdo…
Ella se levanta y se da un par de vueltas por el salón, hasta acabar sentándose en otro sillón, no está seguro si algo molesta. Decide comprobarlo, además con algo que de ser así pueda cambiar los ánimos.
—Oye Diana…
—¿Dime?
—¿Te ves capaz de hacer una shisha si te enseño?
—¿Te ves capaz de fumar?
—Me veo capaz de intentarlo… tengo ganas, ¿tú no?
—No sé… Estaba rica, ¿pero no acabas de decir que no pospongamos hablar?
—Por eso… puede ser largo. Siempre se habla mejor con una shisha. —Le guiña un ojo.
—Creo que eres un adicto.
—Lo soy.
Ella ríe y le ofrece la mano para que se levante. Juraría que está cambiándole la personalidad un poco a ella. ¿O es sólo que se están acostumbrando el uno al otro?
En la cocina le da instrucciones de cómo ir cortando el tabaquito, de cómo mezclarlo con las manos y repartirlo por todo el cuenco de la cerámica, de cómo poner una doble capa de papel de plata muy tensa en la superficie y agujerearla con el cuchillo más fino que tienen; una pena que no lleve pendientes, sirven mejor; él también renunció a los suyos por ahora. Mientras, colabora cambiando el agua de la botella y revisando que no haga falta papel en las juntas.
Regresan con el cacharro al salón, le enseña cómo partir un carbón por la mitad poniéndolo entre ambas muñecas y apretando, y prenden pastilla y media que colocan sobre la pieza, en un extremo del aluminio perforado. Siente una pizca de culpabilidad por estar haciendo fumar a una chica tan joven y dos tazas de complicidad y complacencia por poder compartir eso que le gusta tanto con ella; por, al menos, poder fumar.
—La que la hace tiene derecho de fumar primero. —Rechaza el tubo que ella le está pasando.
—Bueno… —Tose graciosamente ella soltando la primera bocanada de aire tóxico pero rico—. ¿Y qué más has estado pensando; oh gran sabio chino?
—¡Oh! Touché… —Ríe aceptando el tubo que le devuelven; recordando cómo con sus amigos de toda la vida, los turnos individuales duran eones y hay que patalear para conseguir que a uno se la pasen… ¿Seguirá alguno vivo? Varios fueron a ese juego sobre zombis… Vuelta a la realidad, los puntos suspensivos de su “touché” se están alargando demasiado—. Aprovechándote de un tullido, no está mal joven padawan.
—¿“Padaqué”?
—Vaya, ahora que estaba a punto de elogiarte por estar aprendiendo…
—¿Pero qué es eso?
—Nada, ya te pondré las pelis, las seis pelis. —Baja y endurece la voz tratando de darle una gravedad cómica y severa a sus palabras.
—A veces me desesperas…
—Me lo creo.
—¡Dios! En serio…
Carcajean brevemente.
—¿Siempre eres tan pedante?
—No. —De repente la risa se le atraganta acordándose casi de forma indefinida de algo familiar—. Te lo aseguro… El pedante es otro amigo mío, Jesús, a su lado yo soy hasta majete. —Jesús…—. Bueno… deberíamos dejarnos de bromas. —Pensar en Jesús lo ha devuelto a la seriedad…
—Sí, vale; cuéntame. —Ella extiende el brazo reclamando el tubo que él lleva acaparando todo el rato. Se lo devuelve sonriéndose para sus adentros.
—Creo que deberíamos pensar en los principales peligros y necesidades que tenemos.
—Sí —asiente enérgica, aspirando con tranquilidad de la cachimba que burbujea cual hoguera entre los dos.
—Ahora mismo, creo que me va a quitar el sueño el gritón de la señal de stop. No por lo que me ha hecho —apresura intentando prevenir que le afecte lo mismo de nuevo—, sino porque… no sólo llevaba un arma. En su caso muy grande, pero creo que eso es porque él también era un zombi enorme, sino, peor, porque se cubriera de los disparos.
—Sostienes que aprenden, ¿no?
—Y mucho… quiero decir… bueno… hay más posibilidades. También lo he estado pensando. Si tal vez esas cosas podrían conservar recuerdos o algo. Tal vez podamos tener mucha suerte y que sólo haya algunos más listos que otros, pero…
—¿Pero?
—¿Sabes?, una vez oí que un hombre nunca dice nada realmente antes del “pero”…
—¿Quieres que te vuelva a llamar “oh gran sabio chino”?
—Creo que es de Juego de Tronos
—¿Juego de Tronos?
—¿Tampoco la conoces?
—¡Claro que la conozco! Me gusta bastante de hecho… ¡¿Pero…?! —Pronuncia el “pero” con voz de infinita desesperación, ya no sabe si sincera o afectada… Decide forzar un poco más la broma relamiéndose de hacerla sufrir amistosamente un poquito.
—Pues creo que lo dice Tyrion… o se lo dicen a Tyrion… un día tenemos que hablar de esa serie tú y yo. —La mira con alegría—. Por fin encontramos un tema en común…
¡¿Pero?! —Esta vez su tono es más de súplica casi.
—¿Qué pasa? ¿No te gusta hablar de las cosas que te gustan?
—No sé… hablar de eso es un poco friki, ¿no? —Él arquea mucho una ceja divertido, alargando mucho la espera en responderla.
—Está bien, volvamos al “pero” —otorga condescendiente—. Pero que sepas que voy a quitarte ese tabú hacia el frikismo a palos… —Hace una pausa en que ella bufa—. ¡Pero!, no creo que tengamos esa suerte… o que debamos contar con ella.
—¿Qué quieres decir? —Se la ve claramente aliviada de lograr progresar por fin.
—Pues a ver… ¿cuál es el peor escenario en caso de que los haya más listos que otros, o que recuerden más cosas de cuando eran humanos? Que ocasionalmente podamos encontrarnos con alguno más complicado que los demás… desde luego no es un escenario bonito, ya uno casi acaba conmigo hoy, pero hasta dentro de lo que cabe es esperanzador… y esto ya es sólo una creencia personal pero… dudo mucho que Dios fuera a permitir algo tan fácil.
—¿No me dijiste que no eras creyente?
—Para nada… sí que creo que ya te lo dije.
—¿Y por qué dices eso de Dios?
—Es una forma de hablar… quiero decir… “¡Agh!”, que últimamente estoy pesimista, y que hoy tengo cierta tiña al cristianismo por lo que te he contado que vi en la iglesia. Si existe está claro que es un cabrón… pero… no, lo digo sobre todo porque creo que es mejor ponerse en los peores casos… y si esas cosas son capaces de aprender, de aprender a llevar un arma, de aprender a cubrirse de las balas… miedito.
—Pero, ¿tienes algún motivo para estar seguro de ello?
—Si te refieres a una prueba sólida… no, ¿cómo quieres que la tenga? No les he podido separar en grupos de control y de prueba y hacer experimentos con ellos… sólo tengo sospechas e impresiones. Pero…
—Otro “pero”…
—Sí, pero ahora voy de seguido. Pero, el gritón de mi portal empezó intentando alcanzar el ascensor y luego decidió adelantarlo. Infiero que comprendió que el cacharro iba a seguir subiendo. El caso es que, el hecho de que al principio hiciera una cosa y luego otra, me hacen apostar más por el aprendizaje que por simple inteligencia. El gritón en tu calle, vino, pasó de largo y volvió a venir. Eso podría ser un comportamiento estático de uno más listo, pero a mí se me asemeja más a una búsqueda, y para buscar hay que aprender a hacerlo… no se puede saber cómo buscar en toda circunstancia posible… es algo adaptativo digamos. La gritona de hoy ha hecho dos cosas más. La primera, no gritaba al principio, no para moverse, sólo cuando ya localizó a mi móvil. Habría muchas posibles explicaciones… pero una de ellas es que gritar sea un impulso difícil de contener para ellos, y que le diera rienda suelta cuando ya tenía claro haber llegado a su destino; como las ganas de orinar que se redoblan al llegar por fin al baño. Eso de nuevo podría ser simple inteligencia… Mucho más me dice que primero placara contra la puerta y luego decidiera saltar el muro. Si eso no es aprendizaje, y no simplemente recuerdos de cuando era humana… ya me lo explicarás tú como cuadraría mejor esa hipótesis. Eres una chica de pensamiento científico, ¿no…?
—No lo sé… ¿supongo? Ya sabes que quería serlo…
—…Seguro que entiendes la lógica de lo que te estoy diciendo.
—Sí…
Guardan silencio un momento, que él aprovecha para recobrar saliva y volver a fumar un poco.
—Y el caso es que si están aprendiendo… Que sean capaces de contener sus gritos me preocupa mucho, que uno llevase una señal de stop por bate… pero hasta eso es el concepto “dar con palo”. Algo que casi por azar uno puede descubrir sólo, por prueba y error. Pero que la utilizara para cubrirse de los disparos… Si empiezan tal y como creo que empiezan, como unas máquinas rabiosas, gritonas y pseudo-suicidas de devorar carne humana… eso demuestra que son capaces de observar. Quiero decir, no podría haber aprendido eso por propia experiencia, estaría muerto. Ha tenido que ver a alguien o algo morir por los disparos. Ya no sabría decir si gracias a eso ha deducido cubrirse la cabeza, o si es que también habrá visto alguien cubriéndosela; en el segundo caso son al menos capaces de mimetizar, pero en el primero… lo son de reflexionar… No creo que la señal que usase fuese accidental, creo que la escogió como arma precisamente por lo cómodo de la forma para cubrirse. Quiero decir, joder, si simplemente se hubiera estado cubriendo todo el tiempo, todavía tendría esperanza en su estupidez y su suerte, pero es que se cubría sólo cuando le apuntaba… ¡Eso es entender muchísimo! Creo que ni siquiera los perros entrenados son capaces de entender bien el significado de “arma a distancia” y esta cosa sí que reaccionaba, jodidamente bien en consecuencia… —Le sale todo como una retahíla cada vez más nerviosa y entusiasmada. Él mismo está horrorizado y maravillado a partes iguales de lo que dice; casi le parece que es como si estuviera siendo testigo de los albores de la formación de inteligencia.
—¿Y entonces? —Ella sólo parece sobrecogida. Se ha abrazado sus piernecitas. ¿Diminutivo?
—Y entonces… si alguna vez descubren el concepto “trabajo en equipo”… En fin.
—Pero, ¿podemos hacer algo?
—No. Sólo estar preparados. Sólo temernos lo peor con ellos y procurar no confiarnos nunca en su presencia.
—¿Cuánto crees que pueda tardar en pasar…?
—No lo sé… ni siquiera sé cómo aprenden realmente. Necesitaría verlo pasar más veces para empezar a pensar. Esto ni siquiera invalida que como las personas, haya algunos más inteligentes que otros… o que puedan recordar cosas… Desde luego no todos parecen estar en el mismo punto de aprendizaje, ni entiendo si son capaces de llegar a eso, ¿por qué siguen siendo tan violentos…? Si es que los empuja un impulso o qué leches… Pero… no creo que uno como el que maté se encuentre demasiado lejos… con lo que ha demostrado… de poder cooperar con otros…
—¿Vamos a morir?
—Vamos a intentar que no… —suspira tratando de sonar cómico en la medida de lo posible.
—Álvaro… no me lo tomo a broma… —Ella está claramente asustada; debería ser más empático, no quiere hacerla sufrir, si sólo pudiera trasladarle su forma de tomarse las cosas…
—Ni yo Diana… yo… simplemente pienso que ya estamos viviendo un tiempo regalado. Quiero decir, ni siquiera esa es la única cosa que tenemos que temer. Hay monstruos con garras que cortan coches, o hombres que vomitan algo que corroe el acero en segundos… no sólo estoy seguro de que si he visto al menos una de cada una de esas cosas es porque tiene que haber más… es que estoy seguro de que aún hay horrores que no hemos conocido… Y lo pienso porque todavía, si esto fuera todo, todavía, lejana, tendría una esperanza en los ejércitos, en que se estuviera haciendo algo. Pero ni una señal de radio, nada, nadie dice nada… Nos falta muchísima información. —Fuma—. Y la información es lo más valioso que podemos tener ahora mismo. Y sé que esto que te digo es todo lo contrario a tranquilizador. —Ella ha empezado a llorar silenciosa—. Pero he prometido no mentirte más… Es lo que pienso. Que estamos muy jodidos. Y que ninguna forma es mejor de tomárselo que esa precisamente, “que estamos muy jodidos”, como un chiste cósmico de muy mal gusto que no podemos pillar pero no nos queda más remedio que tragar… que después de todo esto… —Fuma—. Después de que algo haya sido capaz de barrer, puto literalmente, ciudades y ejércitos a la nada, de la noche a la mañana, que sigamos vivos es una suerte casi imposible. Ya verás el pueblo. Está vacío parece. Seguro que aún queda gente. Pero cuántos habitantes tendría originalmente, ¿cien?, ¿quinientos?, ¿mil? —habla con la manguera entre los dientes—. Y si queda alguien ahora está encerrado como nosotros… somos afortunados, y somos aún más afortunados por habernos podido encontrar. —Fuma y se acerca a ella levantándose con dolor—. Así que… no insultemos a los que ya han muerto siendo infelices… lo que tenemos… hay que aprovechar para disfrutarlo y luchar por ello. —Le recoge con el dedo una de las lágrimas y le abraza la nuca apoyándola contra su cadera cariñosamente. Se sorprende de sus palabras y grandilocuencia, le salen como si ya las hubiera pensado y casi se convence a sí mismo.
Pasan unos segunditos así nada más, luego ella se aparta y lo mira asintiendo, volviendo a fumar. Silenciosos por unos minutos. Lleva ahora mucho rato, pero opta por no decirla nada.
—¿Pero, tú crees que igualmente vamos a morir?
—No lo sé… ya te dije que será cuestión de cuánto nos esforcemos y de la suerte que tengamos… Si me dices si hay futuro, si el mundo saldrá de ésta… no lo sé… no sabemos qué ha pasado. Alguien lo ha causado, y lo habrá hecho por algo. Y si su motivo era destruir el mundo, pues tendremos que confiar en que gente mucho más lista y preparada que nosotros intente impedírselo… Nuestra esperanza será sobrevivir hasta que los buenos ganen. Personalmente… he pensado un poco en ello… confío poco en irme a morir de viejo vistas las cosas como están… pero tampoco tengo intención de hacerlo ni mañana ni pasado. Por ahora hasta ahí apuesto. Tenemos que ir día a día Diana. Seguro que habrá alegrías también.
—¿Alegrías?
—Te gusta la cachimba, ¿no? Pues disfrútala. —Ella de repente se apresura a pasársela como consciente del montón de tiempo que lleva—. ¡No, no! De verdad, sigue… yo ya he fumado mucho. Te dejo que vayas alcanzándome. —Le guiña un ojo y vuelve a sentarse a su sitio.
—Apenas… ¿tira?
—Sí. —Ríe porqué se acuerde de esa expresión—. Parece que te acuerdas algo de anoche. —No le responde, no sabe si vergonzosa o todavía, como es normal, consternada—. Voy a cambiarle el carbón.
Se levanta y pone una nueva pastilla sobre la anterior, observándola prenderse y agarrándola después con unas pinzas, soplándola para que se ponga al rojo por debajo antes de colocarla en el abundante espacio libre que queda sobre la cerámica.
—¿Cómo lo haces? Para estar tan calmado digo… no sé… para tomártelo todo… con tanta cabeza.
—Si me hubiera pasado lo mismo que a ti, “de seguro” estaría igual o peor. Te lo aseguro. Primero te saco algunos años, aunque no sean muchos, ayudan a aprender a tomarse las cosas… Lo mismo para aquellos que me los saquen a mí… Y luego… simplemente he tenido bastante mala suerte, o según como lo mires, buena… simplemente eso. He visto bastante antes de encontrarte, y con la potra de poder verlo casi siempre yo mismo fuera de riesgo… como les pasaban las cosas a otros.
—Aun así… No sé. Te veo mucho más capaz de pensarlo todo, yo me aturullo…
—Diana, de verdad, es normal. En serio, a más te conozco más me gusta lo que veo, no hubiera dado un duro por una chica de tu edad en la vida y ahora me estoy sintiendo hasta culpable por ello. Gracias por halagarme, pero la digna de elogios eres tú.
—Gracias… sólo intento hacer lo que puedo —profiere muy bajito, visiblemente sonrojada.
—Eres súper mona, en serio —dice con un intento de sonrisa hiriente. Ella se tapa la cara con las manos.
—No me has contado mucho todavía de qué te ha pasado a ti… lo mío ya lo sabes…
—No te digo que no me gustaría contártelo. —“Doble negación, ¿en serio?, ¿no puedes mentir un poco mejor?”—. Pero aún tenemos mucho de qué hablar… ¿en otro momento? —Ella asiente descubriéndose el rostro y volviendo a la pose de rodillas abrazadas sobre el sofá.
—Esa cosa con garras de la que me has hablado… ¿también has pensado sobre ella?
—Un poco.
—Cuéntame. ¿Se la puede vencer?
—¿Seguramente? No lo sé, pero no estamos preparados para ello. Viendo que podía abrir paredes y mover coches… no sé por qué me da que en su caso una pistola es algo de poco calibre.
—¿Entonces?
—Bueno… parece que incluso podríamos intentar utilizarlas. Si atacan a sus semejantes… se puede aprovechar, ya te he contado que yo lo he hecho.
—Ya…
—¿Pasa algo?
—Nada, eso, que siempre tienes las ideas adecuadas…
—Ojalá. En serio, deja de darle vueltas. Tú también supiste reaccionar muy rápido cuando te necesité. Ni se te ocurra sentirte inútil. Para nada. En serio.
—Vale…
—¿Segura?
—Sí…
—¿Sí?
—¡Sí! Leñe.
— “Leñe…”. —Vuelve a mofarse, ella ni le responde—. Vale. Luego… aparte de eso, por lo que he visto, son lentos. Tan lentos como son se puede huir de ellos fácilmente. Lo único malo es que… bueno, que no parece que se vaya a poder poner muros contra ellos. Así que hay que intentar asegurarse de no traerlos nunca al refugio. Lo cual, teniendo en cuenta que son invisibles… lo he estado pensando. ¿Cómo saber si uno te ve a lo lejos? Conclusión: no se puede.
—Jolín, ¿y entonces?
—“¿Jolín?”. En serio, sabes que voy a hacerlo cada vez que lo hagas, no me mires mal. He visto de lo que eres capaz, así que…
— “Paso”. —Recalca con retintín el plagio.
—¿Ahora me copias tú a mí? Muy bien… —Pone tono provocativo.
—Sigue, por favor. —Él no va a cambiar, así que tendrá que aprender a no exasperarse por ello.
—A ver, entonces… pues sí que he pensado dos cosas. La primera; estar muy atentos a los síntomas de su presencia. Asumir que todo mareo, dolor de cabeza, etcétera, está causado por uno de ellos, incluso aunque parezca que estamos teniendo una insolación. Buscarlo entonces. Y sólo, tras estar seguro de que no hay ninguno cerca, pensar en otras causas posibles. “Eminentemente” si sabemos que hay alguno cerca no llevarlo hasta donde estemos, sino tratar de hacer que nos persiga cuando podamos tranquilamente, ponerlo de camino a algún sitio bien lejano y luego dar un amplio rodeo hasta estar seguro de que es imposible que nos vea… teniendo en cuenta que es invisible, habría que ser muy precavido con eso. Espero que Nuria pensara las cosas bien también y se tomara estas molestias.
—Lo dudo…
—Ya bueno… yo también. Pero no seas tan rencorosa. No nos queda otra que fiarnos. En general ten cuidado con la gente en estos días. Creo que ella es de lo mejorcito que vamos a poder encontrarnos.
—¿Por qué?
—Piensa quiénes habrán tenido más probabilidades de sobrevivir… los egoístas, los violentos por naturaleza, los astutos… selección natural.
—Pero tú no eres así.
—Sinceramente. No tengo ni idea de cómo soy. Ya lo veremos.
—No digas eso…
Se hace el silencio. Él vuelve a fumar. Burbujitas de agua. Oscuridad de una tarde sólo levemente filtrada entre las ventanas.
—Bueno… pero, ¿y si no los vemos, pero están ahí esos…? ¿“blancos”…?
—Es un nombre como otro cualquiera. Me parece bien.
—No logro imaginármelos la verdad…
—Espero que no tengas que verlos. Es un malestar terrible. Pues precisamente por si no los vemos… Me fijé en que parecen bien torpes. No parecía el que me encontré ser capaz de descubrir cómo atacarme estando en la planta sobre él. Así que ante la posibilidad de que uno pudiera aparecer mientras dormimos o algo, propongo que siempre durmamos en la planta de arriba. Así, aunque entre por una pared, podremos oírlo y salir por una ventana… o algo. Y para lo demás, estar muy, muy, muy atentos a los síntomas que te he dicho.
—Vale…
—Entiendo tu preocupación.
—Ahora tengo miedo hasta de estar aquí ahora…
—No te preocupes. Estando despiertos, podemos reaccionar con antelación. Sólo, no te pongas histérica si empieza a pasar algo, lo peor que podrías hacer es salir corriendo y acabar yendo en su dirección… o algo.
—“¿O algo?”.
—¡Bien! —Le saca la lengua tratando de transmitirle que lo ha hecho a posta para ver si jugaba. Ella se la saca también, entrecerrando los ojos en burla. Supone que lo ha pillado.
—Esto es una caca… —Él está a punto de abrir la boca para burlarse de nuevo cuando ve que lo mira con picardía desafiante; y comprende que doblemente, lo ha hecho a posta. Sí es lista en el fondo la jodida.
Vuelven a quedarse callados, mirándose a ratos, otros simplemente al techo. Le alegra ver que no está ella demasiado mal. Le gustaría poder hacer más por ella. Y sin embargo, ahora es él el tullido inútil. Pone un nuevo carbón.
—Y entonces —prorrumpe desde el ensimismamiento—. ¿Tienes algún plan por ahora?
—¡Uy sí! ¡Muchos! No, en serio… sí que he pensado algunas cosas…
—¿Sí?
—Sí… a ver… no son planes exactamente. Bueno, algunos sí. Cosas que hacer.
—Dime.
—A ver, ya te he dicho… creo que deberíamos darle bastante importancia a lograr fabricarnos, o conseguir, o lo que sea, algo mejor que cuchillos o martillos. Como mínimo, en algún lugar de un pueblo rural como éste tiene que haber algún hacha decente, pero
¿Pero? —Cede gratificantemente a la provocación que insinúa él con su tono.
—Si encontrásemos herramientas, hay una piedra de afilar en la carnicería, y un taller de coches en una de las plazas… tal vez podríamos conseguir algo. Empezaría por buscar en el cementerio, a ver si tienen palas sólidas…
—¿Palas?
—Bueno, aún está todo en mi cabeza. Quiero ponerme en algún momento con mi libreta, para ver si es viable o no alguna de las ideas que tengo…
—Cuenta conmigo…
—Lo sé, tranquila. Realmente creo, tener un arma decente es algo que no sólo puede ayudarnos a sobrevivir, sino también a agilizar muchas situaciones. Luego —cambia de asunto—, están otros temas como la ropa. ¿Tú sabes cómo lavarla sin lavadora?
—No lo he hecho nunca…
—Me lo imaginaba. Es que no tengo ni idea de si debe ser complicado…
—…Mi madre alguna vez me ha contado que de pequeña hacía así las cosas. Por lo que decía sólo hacía falta agua, jabón y algo donde frotar…
—¿Cualquier jabón?
—¿Sí?
—Eso nos lleva al tema de nuestros recursos… Deberíamos hacer un buen inventario, uno de todo lo que tenemos, desde comida a, yo que sé, tornillos. Pensar en cada cosa que vamos a poder necesitar, catalogarlas según su urgencia…
—Sí, eso estaría bien. ¿Lo hacemos hoy? Para no perder el tiempo.
—…para tener claras qué expediciones hacer, y salir menos perdidos… Pues sí… si te sientes animada podríamos hacerlo. A ver si nos da tiempo a pensar en todo.
—¿Nos ponemos?
—Vale… esto… ¿te parece bien que nos acabemos la shisha primero? Le queda sólo un carbón más, y nunca rearrancan bien con el último…
—Vale, como quieras. También teníamos que descubrir si la casa tenía pozo, ¿no?
—¡Bien! Sí, es cierto; buena idea, se me había olvidado —expresa con jovialidad—. Oye, guay, me apetece hacer algo antes de que nos acostemos… algo útil.
—Has sido útil Álvaro. —¿Lo ha leído ella a él? No responde por unos segundos.
—Gracias…
—De verdad, jope; ahora sabríamos muchas menos cosas si no… —Deja en suspenso el final de la frase.
—Gracias… Bueno… a ver, que al final harás que me ponga ñoño yo. —Pausa—. Qué más…
—¿Sí?
—A ver… pensando en algo de a medio y largo plazo hay tres cosillas más que he pensado.
—Dime.
—Lo primero, deberíamos aprender a conducir en algún momento cercano… lo que podamos al menos. No sólo nos permitiría movernos a conseguir cosas mucho más lejos, si no para huir y para todo.
—Vale… —De repente ríe un poquito—. Habrá que robar un coche.
—¿Qué ocurre?
—No sé por qué, pero me ha hecho gracia pensar que es ilegal que yo conduzca…
—Ya… —Devuelve el gesto alegre aunque sin tener muy claro qué es tan divertido—. También, los coches tienen radio… si no encontramos una… no sé… no entiendo por qué no funcionan los móviles ni nada… pero podría merecer la pena intentar estar atentos de vez en cuando a algo… y no hay electricidad.
—¿No hay radios con pilas?
—Sí, seguro.
—¿Crees que alguien dirá algo?
—¿Eventualmente? Supongo que sí.
—¡¿Sí?! —Se emociona.
—No sé, tampoco pongas esperanzas. Pero merece la pena, ¿no?
—Sí.
—¡Por cierto!
—¿Sí?
—Deberíamos pensar en tener la granada negra a mano cuando salgamos…
—Dijiste que era muy importante…
—Ya… donde no es importante es decorando…
—Vale…
Fuman un poco antes de que nadie vuelva a decir nada.
—¿Y las otras dos cosas?
—Sí. También a medio plazo… no estoy seguro de si puede ser una buena idea o no… pero a los zombis les atrae el ruido… ¿Y si pudiéramos hacer algo…? No sé muy bien cómo, que hiciera un ruido alto y constante… lejos de nosotros, pero tampoco mucho.
—¿No querías evitar el ruido?
—En general sí… pero había pensado que algo así podría mantener a los zombis alrededor del ruido. Al menos a los tontos. Si está protegido y tal… podría ayudarnos no sólo a mantener las inmediaciones despejadas, concentrándolos allí, sino también, si algún día queremos, a facilitarnos el matarlos…
—¿A todos?
—Bueno… si vamos a quedarnos en este pueblo… estaría bien despejarlo de esas cosas, ¿no?
—¡¿Tú crees que podremos quedarnos?! ¿Vivir aquí? —De nuevo se entusiasma mucho.
—Bueno, relájate; día a día, ¿recuerdas? Pero está bien tener planes a medio plazo.
—¡Suena bien!
—Tampoco estoy convencido. Me preocupa también el efecto que pueda tener sobre los que estarían lejos y que no pasarían por aquí, pero que oyendo el ruido vengan…
—Eso también es verdad.
—…Hay que analizar bien las posibilidades de esto.
—Jope… ¡es que es cierto que hay que pensarlo todo mucho! —protesta como a la nada.
—Si queremos vivir, sí. —Se resigna por esta vez a no meterse con ella por el “jope”; se ha prestado a jugar con él, mejor dejarla que se sienta ganar un poquito—. Tú también hazlo, estoy seguro de que tendrás buenas ideas.
—No sé… por ahora es que me pasé la mañana aquí encerrada —reprocha con cara de broma—. ¿Dijiste tres cosas?
—Sí. —Baja la cabeza como intento de disculpa—. Bueno, aunque la última es aún más loca. Muy a largo plazo.
—¿El qué?
—Cultivar.
—¿Cultivar?
—Sí…
—¿Sabes hacerlo?
—…La comida… ¿Qué? No. No tengo ni la más mínima idea. —Ríe.
—¿Entonces?
—Como te iba a decir. La comida, mucha se va a ir poniendo mala. Al final sólo quedarán latas. Seguro que aún en casas y tiendas hay muchas, pero también se agotarán… Y más gente la irá cogiendo seguro. De hecho otra de las cosas que he pensado es que donde vivamos deberíamos intentar fortificarlo un poco no sólo para que pueda defendernos de zombis… pero bueno, a lo que iba… que habría que intentar en algún momento descubrir cómo producir nuestra propia comida… En el pueblo ya hay sembrados y cosas plantadas… Sería una pena que todo eso se muera por no atenderlo. Es que no tengo ni idea de cómo funciona…
—Necesitaremos libros o algo entonces… porque no hay internet…
—No, no hay internet… Ni porno. ¡Perdona! —salta jocoso a la vez que ella va a reprocharle.
—¡Cochino!
—Es broma. Pero sí… precisamente. Creo que habría que pensar en cómo producir comida, y dado los dos urbanitas que somos, necesitaremos libros o lo que sea que pueda ayudarnos… y puestos a buscar libros, creo que deberíamos intentar amasar todo el conocimiento que podamos. De plantar, de medicina, de climas de España… hasta de guerra.
—Bibliotecas, museos, casas… y demás, supongo; ¿no?
—Sí, de donde sea… Tú eres la niña genio, así que prepárate; porque no te vas a librar de estudiar ni por el apocalipsis.
—¡Jo…! —Hace un parón poniendo ceño de protesta—. Es broma. En verdad me gusta estudiar.
—Qué rara eres…
—Habló…
—No lo niego —ríe, y levanta la mano izquierda con el dedo índice hacia arriba, como si se excusase—; pero tampoco lo corroboro.
—Yo sí que lo corroboro. —Vuelven a sacarse la lengua—. Pero oye, ¡no pienso estudiar yo sola!
—No lo pretendía… pero algo me dice que se te dará mejor.
—Ya veremos… Oye… ¿y la gente? Quiero decir, en el pueblo puede quedar alguien que sepa, ¿no?
—¿La gente?
—Sí.
Calla un segundo meditando profundamente esa palabra sencilla, como si fuera extraña.
—¿Ves?
—¿Qué?
—Que también necesito que me ayudes a pensar.
—¿Qué quieres decir?
—Pues eso, que directamente, en todo esto ni había pensado en la gente. Ni se me había pasado por la cabeza. Daba por sentado que éramos tú y yo nada más. Es decir, sí… la gente está ahí, como amenaza… pero no tiene por qué.
—Por eso.
—Sí, sí… Podríamos intentar tarde o temprano buscar hacer, o ser parte de un grupo… Aunque deberíamos ser muy cuidadosos.
—Ya… jo, y al principio la chica fue amable.
—Ya te digo, no creo que las cosas puedan ser blancas o negras anymore.
—Ya…
Pasándose la shisha, apuran unos cuantos minutos más, hasta que él, quejicoso, se levanta dando por muerta la fumada, a voz de “Bueno, qué, ¿nos ponemos?”.



Tras hacerse ella con papel, bolígrafo y lápiz siguiendo su indicación se reúnen en el salón. Álvaro apunta “Libreta general: 30 pags. aprox. // Libreta personal: 50 pags. aprox. // Folios: 200 aprox.”. Las cantidades las apunta en lápiz.
—Diana… hay muchas cosas que mirar… pero me gustaría empezar por el despacho…
—¡A mí también!
Ofrece chocar los cinco y ella acepta. Le tiende la mano después para que se levante y él acepta.
Con dolor, sube las escaleras. Llegar a suelo llano se siente como un alivio. Hay que ver cómo se nota cualquier herida cuando la sufre uno, no en un videojuego…
Por fin alcanza la habitación; Diana camina todo el tiempo un pasito por detrás de él, la pobre debe de temer que pueda tener cualquier tropiezo.
Dentro, ella se apresura a subir la persiana, está oscureciendo. Él sabe qué es lo primero que ambos quieren examinar, descuelga la escopeta de su reposadera. La extiende para que ella también pueda verla de cerca y la va girando examinándola. Tiene dos cañones superpuestos uno sobre el otro, en metal negro. La empuñadura es de madera oscura brillantita, con una muy leve forma de zeta. Hay una palanquita con dos posiciones en un lateral y una pestaña que en seguida descubre que permite abrirla. Puede ver entonces los dos tubos oscuros y vacíos. Vuelve a cerrarla. En un lateral tiene un blasón pequeñito grabado sobre el hierro, y en la parte superior reza “Browning – Special Steel 12” y varias palabras y siglas que desconoce.
—¿Qué opinas?
—No lo sé… parece guay, ¿no?
—La verdad es que no tengo ni idea de si es de caza… de perdigones no parece… pero tampoco soy nadie para decirlo.
—¿Tenemos munición?
—No lo sé… debería haber por aquí, ¿no? —Ella se encoge de hombros—. ¿Me ayudas a buscarla? —Le asiente.
El despacho tiene un escritorio principal y despejado salvo por un taco de folios y un portabolígrafos, enfrentado a la puerta, con una lamparita enchufada sobre él. En la pared opuesta a la entrada está la ventana. En un lado una estantería rústica repleta de libros gruesos. En el otro, el expositor, la cabeza disecada de un ciervo sobre la bodega de vinos y un armario de aspecto antiguo. Junto a la puerta un armario empotrado.
Duele. Él se acerca a los cajones de la mesa y empieza a abrirlos; la verdad es que los cuchillos que hay tampoco tienen mala pinta, dos grandotes a un lado y otros dos mucho más finos al otro. El primer cajón contiene una vara pequeñita de afilar, no lo suficientemente profesional para sus futuros planes, y una caja que revela anzuelos en su interior. El segundo cajón tiene dos libretas de cuero y más bolígrafos, así como una pluma estilográfica. El tercero…
—¡Álvaro!, creo que es esto.
Levanta la cabeza. El armario empotrado está abierto, en él hay varios abrigos y chaquetas gruesas con tonos marrones y verdes oscuros, así como abundantes bolsillos. ¿Puede que sean prendas de caza? También hay cajones y una caña de pescar inclinada. Sin embargo, el premio está en el otro, el de junto al expositor. Con ambas compuertas abiertas, revela varias baldas, la superior con una fotografía centrada de un hombre maduro junto a un pez del tamaño de casi un codo, rodeada de unas figuritas en madera tallada. La intermedia posee más anzuelos y cachivaches tal vez. Ya los mirará. En la base, hay una caja de cartón grandota. Se acerca a Diana para examinarla con ella. Escondidas dentro del cartón hay tres cajas, dos de ellas cerradas; con grandes letras “ARMUSA” por ellas. La tercera, abierta y llena hasta la mitad, contiene once cartuchos rojos de base dorada como se apresura a contar.
Frota la espalda y aprieta el hombro de su compañera con intención de felicitarla mientras extrae el primero. Ella lo mira atentamente. Lo pone entre los dos y luego sacan la caja y la examinan. En la parte superior se lee que es una caja de calibre “doce caza”, que contendría originalmente veinticinco cartuchos.
—Pues sí debe ser esto —comenta entre intrigado y complacido—. Entonces tenemos…
—Sesentaiuno si las otras están sin abrir.
—Gracias… ¡Qué bien, ¿no?!
—¿Son buenos?
—Me suena que sí… pero tendremos que probarlos… —Se fija en que ella tiene una cara extraña—. ¿Estás bien?
—Sí… es que me da un poco de miedo.
—Ah, ya, es normal.
Duele.
—¿Pero no sabes si son buenos?
—Te refieres a si son… ¿fuertes, no?
—Sí, eso…
—Pone que es calibre doce… me suena de los videojuegos… es que no lo sé.
—Vale.
—¿Qué te inquieta?
—No lo sé…
—Dime.
—No sé, es un arma muy grande, me impresiona…
—Pues si la quieres será tuya. —Le sonríe.
—¿Y tú?
—Yo qué sé, ¿me la dejarás si me hace falta?
¡! —Alarga mucho la “i”, con un tono como de decir una obviedad.
—Pues ya está.
—Pero… ¿y si es para pájaros, y no los mata?, o yo qué sé.
—Por eso la probaremos antes.
—¡Ya pero al probarla, si falla será peligroso!
—Ya lo haremos en una situación que podamos controlar, tranquila.
—Vale…
—¿No estás contenta?
—Sí… no… no sé. —La mira intensamente, tratando de provocar que siga hablando—. A ver, es sólo que no me gustan las armas.
—Se te hace rara la situación, ¿no? Alegrarte por encontrar una, digo…
—Sí, eso…
—Es normal, a mí también un poco.
—Pues no lo parece.
—Ya bueno…
—No sé… parece que a ti esto te pareciera normal. —Su tono ha cambiado y ahora es algo hosco.
—Sólo intento ser positivo…
—Ya, ya lo sé… Bueno, ¿seguimos con el resto de la habitación? —Parece intentar cambiar de tema, aunque su voz sigue igual.
—¡Claro! —responde con forzada energía. ¿Lo culpa por estar más tranquilo que ella ante la situación? Tal vez en este caso haya hecho mal en forzar sonsacarla… a veces se guardan cosas que al sacarlas se acentúan…
Sin hablarse de nuevo más que para compartir lo que encuentran, empieza a apuntar. Decide ir haciendo nota mental de la ropa y apuntarla al final.
“Anzuelos de pesca: 40 aprox. // Brújula de latón: 1 // Mapas antiguos: 3 (investigar) // Caña de pescar: 1 // Cuchillos de caza grandes: 2 // Cuchillos de caza pequeños (¿Desollar?): 2 // Navaja rústica de punta roma (para tallar): 1 // Escopeta “Browning” dos cañones: 1// Cartuchos calibre 12-caza: 61 // Botellas de vino: 14 // Cuadernos-diarios: 2 (investigar) // Libros: 100+ (investigar) // Reloj de pulsera de cuerda, oro: 1 // Bolígrafos: 20 aprox. // Lápices: 5 // Gomas de borrar: 4 // Sacapuntas: 2 // Pluma: 1 // Tintero: 1”.
Nada más parece… dada la innecesaria tensión en el ambiente, tal vez sería buena idea dejarla que esté sola un rato…
—Diana…
—Dime. —Sigue como abstraída, ligeramente hostil.
—¿Te parece bien que agilicemos trabajo? Me duele bastante al bajar y subir escaleras; ¿nos dividimos entre las dos plantas? ¿Has visto cómo lo he estado apuntando yo? —Le tiende un par de folios y bolis.
—¿Eh? Como quieras… —Los agarra.
Sale de la habitación, y justo para dándose la vuelta.
—¿Te fiarás de lo que ponga?
—Sí… claro, ¿por qué no iba a hacerlo?
—No sé… —Sí que claramente está rumiando algo. Bueno, confiará en el criterio de mejor no provocarla más—. ¿Cómo lo hacemos?, ¿luego ponemos en común?
—Sí, vale…
—Bien…
Se marcha definitivamente. Espera a oírla bajar las escaleras antes de moverse. ¿Ese último comentario…? ¿Puede ser por haberle dicho lo de si se había fijado en cómo anotaba él las cosas? Sumado a lo que le reprochó… Se está preocupando mucho de hacerla sentir valiosa. No, no cree que sea tanto que le esté echando en cara ser mandón o algo así… más bien… cree que el pensarse usando la escopeta o algo le ha impactado… tal vez irracionalmente le gustaría que él también estuviera en este momento más preocupado por todo, y verle tomar el mando o querer controlar alguna situación sólo le refleje aún más que él parece estar bien y ella ahora mismo no del todo. Decide que eso tiene un poco más de sentido… Realmente quiere esforzarse lo máximo posible por estar bien con ella, es lo único que tiene. Más tarde, cuando naturalmente ella se relaje un poco, y vuelva a estar a buenas con él, para que no sea demasiado obvio que lo hace por lo ocurrido, se encargará de fingir un poco más de vulnerabilidad de algún modo… Con todo lo que está pasando no cree que le vaya a ser difícil. ¡A trabajar!
Duele. Habitación grande. Más ropa. Para el final. “Cepillos para el pelo: 2 // Peine: 1// Sobrecitos de naftalina: 10 // Mantas gruesas: 2 // Juegos de sábanas: 2” Habitación pequeña. “Escoba: 1 // Recogedor: 1 // Toallas blancas grandes: 2 // Toallas blancas pequeñas: 2 // Cepillos de dientes sin usar: 4 // Manta gruesa: 1 // Juego de sábanas: 1 // Albornoces de andar por casa: 4 // Alpargatas de andar por casa: 2”. Ojalá hubiera mirado ahí antes… Tirará los del baño. Cuarto de baño. “Cuchillas de afeitar sin usar: 12 // Jabón líquido de manos: 0,5 botes // Pastillas de jabón: 4 // Pasta de dientes: 0,5 tubo aprox. // Champú líquido: 1,5 botes // Papel higiénico: 2 rollos // Gasas: 30 // Cortaúñas-Lima: 1 // Tijeras de uñas: 1 // Tijeras de pelo: 1 // Colonia de anciana: 1 // Alcohol 98%: 0,75 botes // Betadyne: 1 bote // Esmalte de uñas: 1,5 botes (rosa) // Quitaesmalte: 1 bote // Algodón: 1 bola // Maquillaje: 1 neceser // Colutorio: 2 botes // Toallas grandes multicolor: 3 // Toallas de mano: 2”. Bueno, pues ya está… Hay bastantes cosas.
—¡Diana! ¡¿Cómo vas?! ¡Por aquí he terminado, creo!
No hay respuesta. Habrá pasado, ¿qué?, ¿media hora? ¿Seguirá molesta?
—¡¿Diana?!
Duele. Se empieza a preocupar. Va hacia la ventana del despacho, y alza la persiana. Si no obtiene mejores respuestas bajará a buscarla. La oscuridad le permite ver, todavía, que la puerta del cobertizo en el jardín está abierta
—¿Diana? —Esta vez procura susurrar.
Suenan brevemente leves trastos chocando despacito y, al poco, asoma la cabeza la muchacha.
—Hola —susurra también. Parece distraída.
—Ya he terminado por aquí, más o menos.
—¿Sí? A mí sólo me queda esto. Ahora subo.
—Vale, gracias. Oye, sólo me quedaría por apuntar nuestras cosas. Supongo que tu ropa y demás prefieres mirarla y anotarla tú por separado, ¿no?
—Esto… —Hace unos largos puntos suspensivos—. No, mejor que pongamos todo en conjunto, ¿no? Pero ahora subo y apunto yo mis cosas. —Entrevé que le sonríe. Menos mal…
—¡Claro! —Devuelve el gesto. No desconfía.
Cierra la ventana. Bien en ese caso… abre su mochila y anota. “Calzoncillos: 7 // Calcetines: 7 // Camisetas: 5 // Pantalones vaqueros: 1 // Gabardina: 1 // Pantalones de chándal: 1 // Botas de montaña: 1 // Bufanda: 1 // Gafas steampunkeras: 1 // Shisha: Shiwa // Tabaco de shisha: 4 paquetes aprox. // Carbón: 5 paquetes aprox. // Maletín de cachimba: 1 // Agua: 0,3L // Granada negra: 1 // Cuchillo jamonero: 1 // Martillo: 1 // Cinta de carrocero: ¾ de rollo // Paraguas mediano: 1 // Laca en aerosol: 1 // Mechero soplete: 1 (50% aprox.) // Jabón en pastilla: 1 // Cargador 9mm: 1 (13 balas) // Gomas para el pelo: 4 // Vendas: 10m aprox. // Cinturón portaherramientas: 1 // Reloj automático: 1 // Navaja multiusos con cadena: 1 // Guantes de tela: 1 // Ropa sucia total: 6 calzoncillos, 5 calcetines, 4 camisetas, pantalones vaqueros, gabardina, guantes”.
Duele. Aprovecha el tiempo muerto para ponerse los últimos calzoncillos limpios… Y tras valorarlo brevemente, una de las batas de invitados de la habitación de invitados, bien abrochada, quedando desnudo salvo por la ropa interior. Definitivamente, él al menos va a tener que utilizar la ropa de la casa hasta que puedan lavar. La de hombre a él le queda ancha y corta, la de mujer a ella seguramente le quede enorme en todos los sentidos… Y para ambos la moda es de varias generaciones atrás… “¡Ains…!”. Procede a anotarla sucintamente. “Abrigos de hombre: 2 // Abrigos de mujer: 3 // Chaquetas de caza y pesca: 3 // Chaquetillas de mujer: 2 // Camisas: 4 // Blusas: 3 // Camisetas interiores de hombre: 3 // Mono largo de forro (¿pijama de hombre?): 1 // Blusas de dormir: 3 // Ropa interior de hombre: 5 // Ropa interior de mujer: 6 // Sujetadores enormes: 4 // Gorra de viejo: 1 // Bufandas de lana: 2”.
Siente un repentino mareo leve acompañando una punzada desde su costado. Está a punto de ponerse en guardia y nervioso, pero el cese de la desorientación le permite tranquilizarse. Lleva un buen rato en que el dolor se ha ido incrementando, constante y pesado. La pastilla debió de haber terminado su efecto. Se apoya contra el escritorio del despacho a esperar que ella aparezca. Demora un rato en que el malestar lo sigue acosando, pero por fin, oye primero la puerta de la casa cerrarse con llave y luego a ella subiendo los escalones.
—Hola. —Le sonríe.
—Hola… Perdona, Diana, antes de nada… podrías darme otro ibuprofeno… creo que se me ha pasado el efecto.
—¿Estás bien?
—Sí… más o menos.
—¡Voy! —Saca de su mochila una caja de pastillas y se la pasa—. ¡Voy a por unas galletas!
—No hace… —Lo ignora, dejándole con las palabras en la boca— falta…
Va y vuelve de la cocina con el paquete de galletas.
—Toma.
—Muchas gracias Diana…
Coge un par de ellas y las engulle, dando después un trago de agua para acompañar la medicina. Se queda mirándola fijamente. Ella pone cara extrañada.
Sin permitirle reaccionar, se lanza y la abraza fuertemente.
—Diana, muchas gracias por todo. —Con voz casi de lágrimas—. De verdad… he tenido mucho miedo de morir hoy. Si no hubiera sido por ti… Yo… sólo intento hacer lo que hace falta, pero no sé si voy a poder…
Ella se queda paralizada un momento, y después le aprieta también el abrazo, sin demasiado, doloroso, cuidado, que él reprime.
—¡Claro que vas a poder, Álvaro! Estoy aquí, voy a ayudarte.
La aprieta un poco más por unos segundos y después afloja. Se separan hasta quedarse mirándose a unos pocos centímetros. Después, esperando por una fracción de segundo a que ella empiece, estallan en carcajadas los dos… Se alegra. Duele.
—Bueno… ¿Cómo quieres que lo hagamos? —Corre ella un tupido velo.
—Eso dijo ella…
—¿Qué?
—¡Nada! —aventura apresurado y travieso—. Pues… Si quieres, puedo pasarlo todo a limpio ahora, ordenarlo por categorías un poco, o lo que se pueda; que nos sirva para organizarnos sobre todo.
—Vale, entonces déjame que anote mis cosas primero.
—Sí, claro.
—¿Te encuentras mejor?
—Supongo que cuando empiece a hacer efecto la pastilla sí…
Lo mira con cierta pena y empatía. Después, coge uno de los folios que estaba usando, y haciendo breves comprobaciones en su mochila, agrega unas cuantas entradas más. Por fin, le llega la lista, con cierto pudor en el semblante de su compañera.
“Agua: 19’5L aprox. // Arroz: 0’5Kg aprox. // Pasta: 0’5Kg aprox. // Cacahuetes: 6Kg aprox. // Tomate en bote: 2 // Peras: 2 // Galletas: 15 aprox. // Sal: 0’7Kg aprox. // Especias: orégano, perejil, ajo, pimentón dulce // Judías verdes en bote: 1 // Cubiertos: 20+ tenedores, cuchillos, cucharillas, vasos, platos – jarras 2, ollas 4, sartenes 3 // Bombona de gas: llena aprox. // Lejía: 1L // Detergente: 1.5L // Lavavajillas: 0’5L // Bolsas de basura: 20 // Mantas de lana grandes: 4 // Sabanas: 4 // Almohadas: 3 // Atizador: 1 // Fregona: 1 // Cubo de fregona: 1 // Rollos de papel higiénico: 4 // Toallas largas verdes: 2 // Toalla de manos verde: 1 // Caja de toallitas húmedas: 1 // Pala verde plástico: 1 // Azada pequeña: 1 // Caja de herramientas: destornilladores, llaves, martillo… – Botes de clavos: 2 (100+), Botes de tornillos: 1 (50+) // Sierra grande: 2 // Hacha pequeña: 1 // Cortacésped: 1 // Bidón de gasolina: 1 // Saco abono: 10Kg // Leña: 25 troncos aprox. // Mochila: 1 // Ropa limpia: bragas 3, camisetas 2, calcetines 3, bufanda 1, abrigo 1, p. vaqueros 1, p. chándal 1 // Ropa sucia: bragas 4, camisetas 3, calcetines 4, p. vaqueros 1 // Deportivas // Gafas de bucear: 1 // Champú: 0’33L aprox. // Compresas: 14 // Amoxicilina 500mg: 50 cápsulas // Ibuprofeno 600mg: 38 cápsulas”.
Le sonríe, agradeciendo la sinceridad con que la ha hecho; se percata de la tontería de que él ha obviado apuntar su propia mochila y anota mentalmente hacerlo luego.
—Muchas gracias, está muy completa, la has hecho exactamente igual que yo.
—Eso me pediste, lo he intentado…
—Está genial, de verdad.
—Me alegro.
—Mañana, si te apetece, me gustaría ir a catalogar más a fondo la caja de herramientas, ¿quieres que te enseñe para qué sirven y demás?
—¿Lo he hecho mal?
—¡No! Para nada; simplemente quiero ver exactamente qué tipo de herramientas tenemos. ¿Tú las conoces bien?
—No mucho, la verdad…
—¡Pues mañana te enseño!
—Vale. —Sonríe tímidamente.
—En fin, voy a ponerme con esto… me va a llevar trabajo ponerlo todo en común, catalogarlo…
—¿Quieres que haga algo?
—Lo que tú quieras…
—¿Lo hacemos juntos?
—Si quieres…
—Sí.
Perfect.
Les toma algo más de quince minutos juntarlo todo y dividirlo en varios grupos para que se encuentre todo en una sola hoja, visualmente rápido. Duele.
—Sí que tenemos poca comida…
—Ya… ¿Tienes hambre?, ¿quieres que haga algo de cena?
—Faltaría… lo haríamos juntos… pero no tengo mucha hambre, ¿tú?
—Tampoco…
—¿Quieres hacer algo?
—No sé… ¿tú? ¿Quieres que prepare otra shisha?
—¡¿Tú quieres?! —Ríe mucho, no quiere que sea tampoco tan servicial con él. Agradece que se preocupe de que le duela, sin embargo—. Por mí no, pero si a ti te apetece, claro.
—No, no, era… por hacer algo juntos…
—Ya hablaremos de Juego de Tronos, seguro que tendremos más cosas en común.
—Supongo…
—Ahora mismo estoy un poco cansado, la verdad, querría aprovechar para dormir pronto, a ver si se me pasa un poco el dolor.
—Yo no estoy cansada, pero sí que tengo algo de sueño.
—¿Quieres que intentemos dormir un poco?
—Vale. —Se levantan—. ¿Dónde…?
—Eso estaba pensando… Deberíamos dormir arriba.
—Sí.
—Quédate tú con la habitación grande, yo me voy a la otra.
—¡No! Tú necesitas más que yo la cama grande…
—¿Para qué?
—No sé… tendrás más espacio para moverte… que te duela menos.
— ¡Bah! ¿Qué clase de caballero sería si me quedase yo con el mejor sitio?
—¡No me importa! ¿Qué más da?
—¿Segura?
—Sí. —Alarga mucho la “i”.
—Vale…
Duele. Diana coge su mochila y salen del cuarto, la acompaña hasta la puerta de su habitación. Ella se detiene un rato en el umbral.
—¿Pasa algo?
—No…
—Venga, dime.
—Es que, me da miedo dormir sola. No siempre —apresura mientras él ríe un poquito—, quiero decir… ahora.
—Es verdad, no hemos dormido solos desde que estamos juntos…
—No…
—Está bien, me quedo la otra cama entonces. —Señala la segunda cama individual del cuarto.
—No, no, vamos a la otra, quiero que estés bien…
—Estaré bien, de verdad. —Duele.
—¡Que sí!
Empujándolo suavemente, regresan al pasillo y cruzan hasta el cuarto de matrimonio. Está bastante oscuro. Ambos se quedan quietos mirando la cama grande y el espacio vacío a sus pies. Ella se recoloca el peso, cree que incómoda. Cruzan la vista y ella la aparta. Vuelven a mirarse. Se asienten.
Vuelven por el pasillo coordinados hasta el cuarto de invitados. Él se coloca junto a la cabecera de la primera cama, ella a los pies.
—¡Vamos! —dice él sabiendo que le dolerá, pero fingirá que no.
En un movimiento arrastran el somier y colchón lejos de la pared, luego él se coloca detrás y aúpan. Deja que ella cargue el peso, encargándose más bien de equilibrar nada más. Aun así, su costado le sacude leves destellos azul verdosos. Resoplando llegan al pasillo y se detienen.
—¿Estás bien?
—Sí, sí… ¡Vamos!
Vuelven a cargar el peso hasta ponerlo frente al dormitorio principal. Gracias a que está el cuarto de baño enfrente, ladeándolo primero e introduciéndolo esquinado un poco, pueden girarlo hasta que queda perpendicular a la cama grande. Unos últimos empujones y, tal vez rayando el parqué, queda bien centrado. Su largo es prácticamente idéntico al ancho de la otra cama. Vuelven a chocar los cinco, contentos.
—Si no quieres sudar la ropa por la noche… Hay otra bata como esta en la habitación de invitados.
Ella lo mira breve, como dudando.
—Gracias…
Se marcha. Él aprovecha para ir a mear, enjuagarse la boca, volver a revisarse con la escasa luz el enorme derrame y dar un trago de agua de una de las botellas. Duele. Comprueba las sábanas en que va a dormir, están secas, pero huelen sutilmente a humedad. Recuerda que la noche pasada, en el sofá, sin nada, pasó un poco de frío. Saca un par de mantas gruesas y deja unas dobladas sobre la cama de Diana. Las suyas las extiende perezosamente, sin ganas ni aguante de ponerse a hacer la cama mejor.
Ella aparece en la penumbra, bien envuelta en la tela, parece que con cosas entre las manos.
—Hola.
—Hola. He subido las galletas y una pera, por si te levantas antes que yo sin ganas de bajar.
—En serio, eres un sol…
—Gracias…
Deja la comida en la mesita de noche junto a él y se sienta en su cama, con una breve exclamación seguida de un “gracias” al encontrar la manta.
—Perdona, ¿has comprobado las persianas?
—Sí, sólo estaba un pelín abierta la del baño. La he dejado así…
—Vale, me parece bien. ¿Te importa bajar del todo ésta?
—No.
Se hace la oscuridad absoluta.
Él deshace las ropas por una esquinita, sintiéndola a ella hacer igual, y se tumba. De repente se da cuenta de que va a dormir en cama de nuevo, por fin, desde que salieron juntos de Madrid. Está fría, pero le da igual, la comodidad lo estrangula pegajosamente; ya se calentará. Aun así, duele.
—Pues… buenas noches.
—¡Buenas noches!
Poco a poco, el confort va tornándose en la incapacidad de relajarse y dormir por las constantes molestias. Lastimeramente va dando parsimoniosos tumbos. Ella respira profundamente, casi con amago de graciosos ronquiditos.
—¿Diana? —Ella produce un gemidito por respuesta—. Gracias por cuidar tanto de mí. —Otro gemidito.
Encontrando una postura, tal vez, ligeramente mejor, vuelve a cerrar los ojos sonriendo. Duele.


El sueño va dando paso a la consciencia, y ésta al calor del sudor inquieto, y la inquietud al dolor, que nunca se había ido realmente. Trata de evitarlo, algo dentro de él lo intenta, pero ese algo aún no se ha despertado, y grita de dolor. Duele, joder, duele. Duele mucho.
Está incorporado, sudando, con los ojos abiertos sorprendido de sí mismo, de la realidad. La realidad tranquila y en penumbra amarillenta de la habitación. El torso de Diana, erguido y atento como un suricato, aparece en su campo visual. Por la persiana se filtra algo de día.
—¡Álvaro! ¡¿Qué te ocurre?!
La voz le suena lejana al principio, pero como cobrando presencia poco a poco, al ritmo que el pico de dolor mengua… ni siquiera es que mengüe exactamente, sino más bien su consciencia de él… como si simplemente lo hubiera sorprendido muchísimo su intensidad al despertarlo.
—¿Álvaro? Dime qué te pasa por favor.
—¿Eh? —Se lleva una mano a la cara y la arrastra apartándose la pringosa película que tiene sobre la frente, patilla y cuello. Con el brazo opuesto se sujeta semiconscientemente el costado, reconfortándose vagamente—. Nada, Diana, tranquila… esto… perdona.
—¿Qué te pasa?
—Nada, me ha despertado el dolor… sólo eso… vuelve…
—¡Voy a por un ibuprofeno! —Propulsada por un muelle fantasmal, salta de su cama.
—…a dormirte si quieres. —Está llegando a la puerta—. No hace, —sale—, falta, ya… voy yo…
Se deja caer hacia atrás, dando suave con la nuca contra el cabecero. Duele. No la nuca, el costado. Duele el maldito costado que se quiere arrancar. Ella regresa.
—Tómate la pera con las pastillas al menos.
—Vale. —No tiene hambre, sólo ganas de que desaparezca el dolor—. Siento haberte despertado…
—Llevaba un ratito despierta, tranquilo.
Ella le acerca la botella y le corta los trocitos de la fruta. Él traga y después se vuelve a tumbar. “¿Qué hora es?”. Las nueve y diez según su reloj. Vuelve a dormir. A ratos siente que su amiga entra y sale. A veces hace algo, a veces, cree que sólo comprueba que esté bien.
Vuelve a despertar. Parece que duele mucho menos. Intenta levantarse de la cama y siente las piernas muy pesadas, recorridas por entretejidas agujetas. Todo el cuerpo se siente un poco abotargado. Y la tripa le suena de repente y severamente demandante. Y le duele.
Debe de haber hecho ruido, porque aparece. Diana apresurada.
—Me encuentro bien, tranquila. ¿Tú cómo estás? —Con esfuerzo, logra sentarse y ponerse las alpargatas. Los dos en batitas, él azul, ella marrón, seguro son un buen cuadro.
—¡Bien! He estado haciendo los macarrones…
—¡Gracias…! Estoy canino.
—¿Te los subo?
—No. Creo que debería moverme un poco.
—Vale, te ayudo. —Lo coge colocándose su axila tras la nuca y lo acompaña a levantarse—. Les he echado tomate… un poco de todas las especias que había… y lo poco que quedó del arroz.
—Macarrones… —Pone voz de Homer Simpson—. Me gustan mucho, gracias. Pero no quiero que sólo cocines tú…
—Ya lo haremos juntos cuando estés bien, ¡plasta!
—Gracias…
Uf, las piernas le tiemblan un poquito al andar por el pasillo, sí está débil, sí. Mira la hora, la una y cinco; ha dormido más de doce horas…  Llegan a las escaleras. Dolor. “¡Aú!”, “¡aú!”, “¡aú!”, “¡aú!”, “¡aú!”, “¡aú!”, “¡aú!”, “¡aú!”, “¡aú!”, “¡aú!”, “¡aú!”; duele absolutamente todo, los cuádriceps al levantarlos, los gemelos al apoyarlos… DUELE. Resopla con la cara apretada. Siente que Diana le va a preguntar, pero él la interrumpe apretándole el hombro, intentando decir, “todo va bien”.
Como el día anterior, su compañera ha preparado el salón para que entre algo de luz.
Comen. De cuando en cuando suena algún crujido, reminiscencia del original plato anterior. Están muy sosos sin nada de guarnición, pero nota como le van cayendo genial al estómago. ¿Puede ser que el dolor esté volviendo a aumentar?
—Están muy ricos.
—Gracias.
—¿Qué has estado haciendo mientras dormía?
—No mucho… me he duchado…
—Sí, ahora me ducharé yo.
—…He ojeado las cosas que teníamos. ¿Necesitarás ayuda?
—¿Has visto algo? No, gracias, me las apañaré.
—No me importa si lo necesitas.
—De verdad, no te preocupes.
—Vale.
Silencio. Duele.
—Pues he echado un ojo a los libros del despacho.
—¿Algo útil?
—Parece que le gustaban mucho Pío Baroja y Galdós…
—Qué original… casi parece lo que un escritor poco imaginativo pondría en las estanterías.
—¿Qué?
—Nada… un lugar común, un cliché para una casa como ésta.
—También había unas enciclopedias de fauna y flora de Cuenca. Creo que estamos en Cuenca.
—Ah, bueno. Eso sí puede ser útil… aunque sigue siendo igual de poco original.
—¿Qué querrías que hubiera?
—No sé… unos cuantos mangas me habrían sorprendido.
—¿Mangas…?
—Cómics japoneses…
—…¿Eso no son los dibujos japoneses esos?
—Sí, eso.
—No me parece que le peguen nada al tío de la foto, ¿no?
—No… por eso habría estado guay.
—A ti sí te pega…
—Lo sé. ¿Has leído o visto algo?
—¿Sin Chan cuenta?
—Cuenta supongo…
—No me gusta mucho…
—Ya…
—Leí un poco… pero es mucho.
—Habrá tiempo.
—Por cierto, ¿crees que podría aparecer el dueño de la casa?
—No lo sé… podría. Es poco probable supongo, pero si está vivo, seguramente quiera venir aquí.
—Es un buen sitio. ¿Y qué haríamos?
—Pues… —Alarga la “e” —. Supongo que si le apetece podríamos compartir la casa con él. Si no… ¿defenderla?
—Pero es suya. —Él la mira intensamente—. Ya… pero…
—¿Querrías dejar todo esto?
—No…
—Pues ya está…
—Pero no me parece justo.
—No lo es.
Callan por un rato. Duele. Ella se ensimisma hasta que prorrumpe de golpe casi alertándolo.
—Si nosotros hemos llegado hasta aquí, podría hacerlo más gente.
—Sí…
—He pensado que podríamos mover los cofres a nuestro cuarto… dejar las cosas ahí bajo candado o algo.
—Serviría de algo supongo… depende del tiempo que tenga quien viniera.
—Tal vez deberíamos hacer guardias. O algo…
—No es mala idea, lo he pensado… pero sólo somos dos… sería muy cansado para quien hiciera la guardia… Por ahora creo que podemos confiar en dejar todo cerrado y que el ruido nos despierte.
—¿Y cuando salgamos de la casa?
—Pues no lo sé.
Parece quedarse turbada.
—Tenemos muy poca comida —Vuelve a arremeter—. Pensé en salir a por algo, pero quería esperar a que estuvieras despierto al menos.
—No quiero que salgas sola, Diana.
—Tú no puedes salir…
—Da igual.
Ella permanece mirándolo, no sabe muy bien si molesta o preocupada.
—Por cierto, ya no tienes ojeras. —Le sonríe.
—¿En serio?
—Sí.
—Voy a ducharme, a ver si se me pasa un poco el cansancio con el agua fría.
—¡Es un horror!
—Créeme, lo sé.
—En cualquier caso, hasta dentro de un par de horas como mínimo no deberías tomar más ibuprofeno…
—Ya…
Se levanta y lleva su plato y el de ella a la cocina. Duele. Diana ha dejado un rollo de papel higiénico junto al fregadero. Ha sobrado como media ración para cada uno para la cena. Con él hace una pequeña bolsita de papel y recoge los escasísimos restos que han dejado y friega rápidamente los cacharros, justo a tiempo de que ella aparezca confusa.
—¿No te ibas a duchar?
—Tú has cocinado, qué menos.
Le tuerce el labio como reproche amistoso.
—Vete a duchar anda, ya termino yo.
—Vale… —Alarga muchísimo la “a”—. Por cierto… tendremos que pensar qué hacer con la basura también.
—Sí… es verdad. Estoy dejándola en bolsas por ahora.
—Ya, sí, no queda otra… pero empezará a oler.
—Y si la dejamos cerca podría atraer cosas…
—Exacto.
—¿Enterrarla?
—Puede… pero parece mucho trabajo, ¿no?
—No lo sé.
—Bueno, ya se nos ocurrirá algo. Me voy a duchar.
—Hasta ahora. Si me necesitas pégame una voz.
—Descuida.
Escaleras… Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Al menos el cuerpo empieza a responderle mejor.
Cagar, con dolor en el costado al apretar. Agua congelada con destellos azul-morados cada vez que fuerza el brazo. Maldice a su cerebro y su constante necesidad de informarle de que algo está un poco roto dentro de él. ¡Que ya lo sabe, joder! Finalmente, calzoncillos usados. Y con todo, sabe que “ni tan mal”.
Comprueba el enorme moratón… más bien “verdotón” ahora. Tiene una tonalidad indescriptible entre el violeta en el centro y verde amarillento por los bordes. Sin embargo, juraría que ha decrecido un poco de tamaño. Examina también sus uñas y ojos. Parecen normales ya. Sea lo que sea que haya pasado. Y como por arte de magia la nuca se le ha desinflamado por completo casi, y sólo queda recto el corte, ligeramente abultado. Escuece pero sin irritación ahora. Casi pasa a molestarle más notar una pequeña calva a su alrededor, que espera que la melena tape por completo. Vuelve a empapárselo de abrasador alcohol por si acaso.
Sale de nuevo en bata y alpargatas. Hace un poco de frío, pero quiere posponer ir sudando ropa, ya sea suya o del viejo. Ni siquiera sabe su nombre… qué descortesía, ríe internamente.
Coge los tabacos de la cachimba y baja. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Consuela a la apresurada Diana de que todo sigue bien. Está muy mona ella en la batita, la verdad. Por unos instantes se acuerda de su hermana, pero sacude físicamente la cabeza para alejar los pensamientos.
—¿Te ocurre algo?
—No, nada. Por cierto, había estado pensando, creo que deberíamos dejarnos las mochilas preparadas, con lo que podamos meter imprescindible, por si tenemos que salir perdiendo el culo.
—No quiero pensar en volver a estar andando días…
—Sin saber ni dónde dormir… ya.
Le da un puñetacito en el hombro a su amiga. Amiga… Familia… la  persona que tiene… Se pone a hacer la cachimba, ahora él algo turbado.
En el salón pierden el tiempo, sin nada demasiado claro, demasiado dañado él como para que puedan hacer gran cosa… Hacen algo de pereza, parece que ambos, por ponerse a leer las cosas que tienen, que es lo único que podrían hacer.
Juegan a las cartas bastantes rondas, consumiendo el tabaco juntos. Al final de la tarde está él con los pies sobre la mesa, mirando al techo desesperado, esperando a que el nuevo ibuprofeno haga efecto. Mientras Diana, concentrada, pero claramente aburrida, construye estoicamente efímeros castillos de naipes.
Cuando de golpe se derrumba uno, exclama exasperada que mañana irá a por comida, que al menos merecen poder comer cuando y cuanto quieran, casi como una protesta al más allá. Él la mira seriamente. No cree que deba prohibirle nada autoritariamente, pero a la vez no quiere permitir que eso ocurra. Si le pasara algo porque él está estúpidamente inútil no se lo perdonaría.
Como si una campana la salvara, inconfundible, suena el aporrear de algún zombi contra la verja. Juraría que la ve levantarse casi aliviada… puede descargar algo de rabia al menos.
—¿Me…?
—Claro —atraviesa veloz, jugando.
—¿…Prestas el cuchillo?
Le sonríe guiñando un ojo a la vez que ladea la cabeza hacia las escaleras. Sube. Vuelve a bajar con el arma en las manos. La despide asintiendo mientras descorre la cerradura. Cuando abandona la casa él se yergue del sofá y va a la planta de arriba. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Coge el paquete de galletas, al que le deben de quedar unas diez, y lo baja de nuevo. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele.
Tarda un ratito en regresar.
—Lo he tirado a la zanja tras el camino al menos.
—¡Genial, ya no te dan miedo esas cosas! —Levanta el pulgar.
—Un poco…
—Bueno, eso es normal. Toma. —Le lanza el paquete de galletas cuando ya está cerca fuera de riesgo de fallo—. Cómetelas o las tiro, que sé que las estás guardando por mí.
—No hace falta, no me apetece…
—Sí que te apetece, di la verdad.
—Bueno, un poco.
—Pues ya está, tuyas. Yo no pienso tocarlas.
—Gracias…
—No, gracias a ti.
Conforme la luz empieza a tornarse anaranjada aprovechan para picar los macarrones que sobraron y subirse al cuarto. Acuerdan que, sin valor ni medios para encender luces nocturnas, procurarán despertarse temprano y cambiar los horarios para maximizar las horas de sol. Pasan los baúles y deciden que ella apoye los pies de su cama contra la puerta cerrada, de modo que sirva de una última barrera y alarma en caso de que algo sigiloso llegara hasta allí. Él no sabe muy bien qué hacer con su baúl, pero ya guardará algo dentro.
Finalmente, sin cansancio alguno, se tumba a intentar dormir como ella. Y duele.
Se levanta recordando una noche de muchas, muchas vueltas. Al menos esta vez no se despierta en agonía. Lo que no significa que el dolor haya cedido lo más mínimo… ¿o sí?, ¿puede que un poquito? Prueba a intentar girar el torso desde los hombros, que es el movimiento que más lo resquebraja. Despacito, despacito… horribles pinchazos de azul y dorado. Para. Sigue ahí. “Of course”.
La habitación se ilumina de blanco celeste, párvulamente amarillo… Y Diana no está. Teme lo peor. La puerta sigue cerrada, pero la cama ya la han arrastrado. Agotado de los giros y giros en el colchón no debió de enterarse. Se levanta con el mayor apremio que se atreve, ignorando los flashazos incapacitantes en su mente. Abre y trastabilla hacia las escaleras en profunda penumbra.
—¿Álvaro? —Menos mal…
—Buenos días Diana —profiere tratando de ocultar de su voz el pulso acelerado; mejor no inducirle la más mínima sospecha que le pueda hacer recordar sus ganas de salir hoy—. ¿Qué tal?
—Bien. —Se está acercando al nacimiento de los escalones—. Te he dejado la última media pera. No queda nada más…
—¡Muchas gracias! Espera, bajo…
—¿Te lo subo? ¿Seguro?
—Sí.
Otra vez los once escalones… No obstante, ya no está bajo los efectos del ibuprofeno si lo piensa, y duele parecido a ayer… se atreve a atisbar optimismo. Pero duele.
Por fin llega hasta su medio tentempié. Se sienta en el sofá con él. Ella se pone a su lado.
—¿Qué tal?
—Bien. —Mira al frente, al vacío, termina los últimos bocados… hasta la hora de la comida. Además, tan temprano, hace frío en la casa.
—¿Te encuentras muy mal?
—No, no mucho… – Ella le acerca la pastilla.
—Gracias.
Quedan en silencio. Toma consciencia de que ella lo está mirando. Le irrita un poco, no le apetece pensar ahora en qué hacer. Quiere volver a dormir. ¿Qué habrá aprovechado? ¿Cinco horas, seis a lo sumo? Mira el reloj. Las ocho menos cinco. Prometieron aprovechar el tiempo…
—¿Quieres que nos pongamos a mirar los libros del despacho? —acaba prorrumpiendo casi condescendientemente.
—¡Vale! —salta ella con energía, aunque claramente algo temerosa.
—Vamos…
—No, bajo yo unos cuantos. —Lo retiene poniéndole una mano en la pierna.
Da un saltito y trota; volviendo al poco abrazada a cuatro enciclopedias bien gordas.
—¿No has cogido los cuadernos del viejo o los mapas?
—No… —Tras mirarlo unos segundos da cuarto de vuelta y empieza a caminar de vuelta—. Voy ahora mismo.
—No, no, déjalo, ya lo miraremos otro día.
Ella se queda plantada entre él y la escalera, y por fin se sienta cogiendo uno de los tomos. Él se deja desnucar casi un minuto y después enfrenta los volúmenes sobre la mesa a lánguido quejido. Agarra uno sobre plantas de la península ibérica y lo abre primero por el índice. Después, sin apenas leerlo, como fastidiado por no haber encontrado lo que quiera que debiera haber encontrado, lo descorre hasta una página aleatoria, con varias fotografías en los márgenes.
Al cabo de casi una hora se da cuenta de que apenas habrá leído cuatro páginas, de las cuales a aún menos habrá prestado atención; encima de nada que parezca mínimamente útil. Y de que Diana lo está mirando de soslayo cada poco, sin decir nada.
Cierra de un portazo ambos lomos y, muy dignamente, se yergue a voz de “voy a darme una ducha”. Deja caer, sin demasiado descontrol tampoco, el manual sobre el sofá y empieza a cojear hacia el baño superior. La pastilla está empezando a trabajar. Por primera vez calificaría subir como algo muy desagradablemente molesto, y no como algo doloroso hasta lo obsceno.
Caga escasa y mecánicamente… abstraído. Por fin bajo el agua que casi da calambres empieza a reflexionar. ¿Por qué diablos, si está empezando a poder sentirse algo optimista sobre su dolor, está comportándose tan rayano a lo gilipollas con Diana hoy?
Medita lo que sabe que es poco tiempo, deseando escapar cuanto antes de los lametones de la ducha que lo tiran directamente “más allá del muro”; pero que vive como una eternidad. Concluye que ayer forzó la máquina, sacando una buena actitud imposible dada su condición. Y está claro que no dormir bien, levantarse tan jodidamente temprano, que le duela constantemente y tener que ducharse con agua fría no está ayudando. “Está bien Álvaro, contrólate; que lo último que se merece es que seas tan capullo como sabes que puedes llegar a ser ahora mismo con ella”.
Decide que tiene que cambiarlo de golpe. Pero no debe volver a forzarse… eso no es sostenible y acabará poniéndole todavía peor. No, tiene que llevarla a su terreno, a algo que pueda disfrutar y no se le antoje tedioso, algo que en vez de mantenerlo de mal humor lo anime.
Sale, se cepilla los dientes y se resigna a ponerse sus últimos calzoncillos limpios… Después tiene los del dueño…
Regresar duele… “No importa Álvaro, no importa… ¡Joder, puto dolor!”.
—¡Buenos días de nuevo!
—Hola. —Ella sonríe tímida—. ¿Fue bien la ducha?
—Sí, sí… —La pobre tiene un libro entre las piernas, claramente está intentando ser productiva—. Oye… Tengo hambre… y no tenemos que comer hasta el almuerzo, así que lo sustituiré con fumar. ¿Me acompañas a hacer la shisha?
—¡Sí! —Parece que se ha puesto contenta… No cree que sea exactamente por la cachimba.
Una vez se juntan y empiezan con la labor de cambiar el agua, cortar el tabaco, etcétera, él inicia el, espera, gentil interrogatorio; recordando su reciente ducha.
—Bueno a ver, hoy no te libras. “Winter is coming”. ¿Por qué te gusta Juego de Tronos y huyes de otras cosas frikis?
—¿Qué?
Y así, pronto en el salón, alejándose ambos de la enciclopedia temática por un rato, empiezan a charlar largamente. Al principio le cuesta, pero al cabo ella acaba hablándole con verdadera pasión, como él. Hasta discuten alegre pero enérgicamente sus discrepancias sobre varios puntos de la serie y los libros.
La primera hora la pasan hablando estrictamente de lo relacionado con las obras de George R. R. Martin. Pero sin dificultad pasan de ello al debate político-social; partiendo del presupuesto tácito ambos de que, bueno, de que no hubiera zombis en el mundo, claro. Y de esto a la filosofía casi pura; la cual, como tirando de una cuerda de rescate invisible, les devuelve a los libros de Canción de Hielo y Fuego. Y una nueva derivación de la charla, esta vez por los derroteros de lo más fantástico de ese mundo, le abren las puertas de empezar a hablarle de muchas otras ficciones que conoce, reservándose el tema de los libros de ciencia ficción para un futuro en que puedan constituir un debate autónomo, sobre todo de animes y mangas que le encantan. Y se asegura de vendérselos bien, pero aun así ella demuestra mucho interés conforme le va hablando de los argumentos de Tengen Toppa, Sword Art Online, Samurai Champloo, Full Metal Alchemist… y muchos que no le gustan tanto pero cree que puede venderle de tal forma que le despierten el interés por ese mundo. Videojuegos otro día; además, se ve capaz de acabar haciéndose con unos mangas si terminan pudiendo visitar alguna ciudad, pero no ve en qué circunstancia podrían disfrutar de un ordenador o una consola.
El hambre va aumentando mientras la shisha se consume. Han picado algunos cacahuetes, pero hasta eso que por ahora tienen en abundancia quieren conservarlo. En lapsos muy breves de tiempo hasta consigue olvidarse de los pinchazos que le produce simplemente reír. Apenas son las doce menos cuarto de la mañana, pero ambos coinciden en ponerse con la comida. El sol está casi sobre sus cabezas al fin y al cabo, comprueban. Todavía queda pasta para cocinar otros dos platos generosos, que podrían quizás dividir en dos días separados, la lata y abundante arroz. Deciden abrir las verduras y mezclarlas con el arroz una vez haya cocido. Él presta bastante atención a cómo interactuar con él, y va asistiendo a Diana, dándose cuenta de que dos no agilizan mucho más el trabajo de lo que lo haría uno, pero intentando sentirse útil. Quiere evitar caer en una doblemente mala dinámica de género. El principal problema es el agua que se les está acabando. Se han resignado a cocinar con el agua del grifo, esperando que cocerla pueda matar cualquier cosa que contenga. Pone la mesa y tras dejar que se enfríe un poco proceden a alimentarse. Duele.
—¿Teníamos una pala, verdad? —deja caer mientras ella mastica.
—¿Qué? —Boca llena—. Sí. —Tras tragar y limpiarse un poco los labios.
—¿Quieres que ahora después de fregar miremos si tenemos pozo propio o qué? Y lo de las herramientas…
—Vale. ¿Cómo vamos a mirarlo?
—Si la fuente del jardín está sobre un pozo, debería ser una estructura hermética hacia abajo… de ladrillo o piedra o cemento… podemos excavar para mirar.
—¿Sí?
—Sí.
—¡Guay! Ojalá… Después me ducharé.
—No hueles mal si te preocupa.
—No, no…
—Vale.
Friegan juntos. Duele. La basura sigue siendo un problema creciente. Después van hasta el cuarto trastero y llevan la pala hasta el grifo de manivela. Que sea de manivela le da esperanza, porque significa que bombea su propia agua. Al principio intenta ponerse él, pero excavar hace que le duela demasiado y se ve obligado a pedirle a ella que continúe. Se siente mal, pero ella parece aceptar hasta contenta. La pobre pone mucho esfuerzo. Él va guiando para que profundicen paralelo a la base de cemento en que descansa la fuente. Pronto ella pide un momento sin embargo, porque con la bata no se apaña, amenaza con desabrochársele todo el rato, y marcha para regresar al poco vestida.
Cuando llevan un agujero centrado, de casi un metro de profundidad, que va dejando expuesto un perfil gris de concreto endurecido, apoya una mano contra su hombro y le sujeta la pala.
—Para. ¡Mira! Yo creo que es suficiente… con todo lo que hemos… has levantado y se ve que eso continúa… Podríamos levantar todo alrededor para comprobar que no llega ninguna tubería… pero… Esto es un pozo.
—¡¿De verdad?! – Ella le sonríe.
—Estoy casi totalmente convencido…
Decide arriesgarse. Le pide que le bombee agua. Se agacha para alinear su boca y deja que le entre un buen trago. Duele. La retiene y saborea. Claramente tiene un gusto mucho más denso que el de la ducha.
—¡Prueba! Está fresquita. Sabe un poco fuerte, pero es normal.
—¿Seguro?
—¡Prueba!
Ahora bombea él con el consecuente pico de dolor y ella pone su cara bajo el chorro.
—¡Es verdad!
—Te lo he dicho. Qué poco te fías.
—¡Sabes que me fío de ti!
—Lo sé. Era broma.
—¡¿Tenemos agua?!
— “Sipe”.
—¡Qué bien! —Está a punto de saltarle encima pero la ve contenerse en el último momento y darle un puñetazo en el hombro bueno, claramente imitándolo.
—Pero no creo que esta agua vaya hasta la casa… Mejor la cogemos toda de aquí, incluida la de cocinar.
—Vale, sí, podemos llenar algún cubo… aunque no tenemos.
—Eso se encuentra fácil, seguro.
—Sí. ¿Sería buena idea cocerla de todos modos?
—Yo creo que sí… El agua de pozo puede tener alguna cosilla. Pero en teoría —pone énfasis en esa última palabra—, está hecha para que sea potable…
—Voy a llenar una cacerola y ponerla a cocer entonces.
—Vale… con una olla tendremos para beber varios días, ¿no?
—Yo creo que sí… Luego podemos guardarla en la nevera. Como es hermética podemos usarla como almacén de agua y que no se nos ponga rancia.
—¡Vale!
Vuelven hacia dentro.
—Escucha, vete a dar una ducha si quieres, que estás toda sudadita. Así puedes ponerte cómoda de nuevo ya.
—¿Sí? ¿Te encargas tú?
—Cuenta con ello, puedo llevar una olla con agua todavía.
—Gracias.
—Cuando salgas, si quieres, te enseño de las herramientas.
—¡Vale!
Ella desaparece hacia la escarpada planta de arriba. Pues al final cargar con ¿qué?, ¿unos diez kilos de agua más el peso de la olla?, sí que se le hace duro. Su brazo derecho no está para soportar peso mucho rato. Tiene que ir parando cada varios pasos. “Qué puto dolor”.
Por fin la pone al fuego. Lo malo de eso es que van a gastar aún más gas… pero bueno, antes o después tendrían que ir reponiéndolo. Eso se supone que dura, ¿no? Lo uno le lleva a pensar en el frío, ya refresca bastante, en la casa con la bata pasa un poco de tiritera a veces, y fuera estaba distraído, pero ha acabado bastante congelado. ¿Deberían preocuparse de la leña para la chimenea? No le hace nada de gracia pensar en hacer luz y humo… Espera que encontrando mejores ropas y tirando de mantas el invierno no sea muy duro allí. “Winter is coming…”. Por ahora se droga de nuevo y se echa una de las mantas del armario encima, a esperar que hierva la olla.
Oye la puerta del baño abrirse.
—¡Joder qué… puñetero frío! —exclama la pobre. Él se ríe flojito.
—¡¿A que sí?! —le devuelve desde el calorcito de la mantita en el sofá—. Diana, ¿te importa bajarme mi pantalón y alguna camiseta, si vamos a salir al cobertizo de nuevo?
—¡Voy!
Cuando aparece aún no ha terminado de echar a hervir nada en la cocina. Lo ha puesto a fuego lento para que se caliente bien homogéneamente.
Ella se lo queda mirando como indignada.
—¡Serás maldito! Ahí bajo la manta… ¡Hazme hueco!
Él aparta un poco de tela y se recoloca justo a tiempo para que ella salte dentro, pegándose a él tiritando en su bata, vestida de manga larga debajo de ella. Duele. Le pasa un brazo por el hombro y acepta compartir calor, un poco acuchillado por el frío que desprende el cuerpo de la compañera.
—Necesitamos más ropa —Opina.
—Sí…
Al cabo Diana saca el agua del fuego y la aparta a que repose en la encimera mientras él se viste sin demasiado pudor, charlando en la cocina con ella, que evita mirarlo como siempre. Le resulta divertido ponerla un poquito incómoda. Luego pelean contra la pereza y el frío y cruzan el jardín. Fuera todo se ve tranquilo, la naturaleza y los pájaros siguen a su sigiloso ritmo.
En el cobertizo él empieza a espurriar todo cuanto encuentra sobre la mesa y le da una larga clase con ejemplos de las diferencias, comodidades y usos de los trastos, mientras va compartiendo también simplemente casos de artilugios que ha fabricado o al menos diseñado. Duele. Entre tanto va tomando nota mental para hacer más precisa la lista que poseen. En general sólo disponen de cosillas para hacer reparaciones, para la jardinería de la cual él sabe muy poco, y alguna herramienta más grande para cortar madera. También tienen una inútil taladradora eléctrica, dadas las circunstancias. Al menos encuentra un punzón nuevo que se agencia. La pala, recta y no tiene muy claro de qué material, pero claramente no metal, no le servirá para sus propósitos… además la cabeza es muy pequeña.
Convienen que será más práctico subir todas las herramientas mínimamente útiles al despacho con el resto de sus utensilios. Ella se pone a darse los viajes. Él a preparar una nueva shisha. Duele. Están pasando mucho tiempo en la planta de abajo, y convinieron que sería mucho más seguro hacerlo en la de arriba, pero la cocina está allí. Si solamente no le fuera una tortura subir y bajar no le importaría andar utilizando el salón para comer nada más, pero en su estado… ¿Cuánto tardará en poder ir normalizando su vida? “Normalizando…”, una extraña manera de expresarlo.
Las pocas horas que restan hasta la puesta de sol las pasan fumando y volviendo a comentar ideas, como usar la alarma del móvil para atraer zombis. Cenan los restos de arroz de la olla y unos cacahuetes. Él friega. Duele. Duermen. Duele.
Pasa algo mejor la noche, pero sigue tardando mucho en lograr descansar. Para cuando se levanta, Diana no está allí de nuevo. Esta vez no se siente muy intranquilo. Se droga y tras comprobar con una voz que ella está abajo piensa en irse a duchar antes de que le dé más pereza, pero el pronóstico de dolor le hace cambiar de idea. Sigue doliendo aun así. Más o menos como ayer, cree. El derrame, en el espejo, es definitivamente más pequeño, y de un tono algo menos intenso… Pinta bien. Se cepilla los dientes. Intenta hacer de vientre sin éxito y baja. Putas escaleras…
Diana lo recibe nada más llega. Él le da semiconsciente un beso en la mejilla, acompañado de un buenos días. ¿Por qué lo ha hecho? Ha pensado en intentar compensar un poco el malhumor con que amaneció ayer, como una declaración de intenciones tranquilizadora, pero no era ese exactamente su plan. Supone que se le está haciendo familiar verla por allí al despertarse, con su batita bien abrochada. No parece que le haya sentado mal, se lo ha devuelto y está sonriente. Empieza a tener mucha barba, por cierto… Va a ser divertido rasurársela seguro, empezará usando tijeras… Ni agua caliente, ni gel de afeitar, claro.
Se encuentra unos cacahuetes en un cuenco frente al sofá al sentarse. Da las gracias. Ella se pone en el sillón enfrentándolo. Parece que algo forzadamente seria.
—Álvaro…
—Tienes que pedirme salir antes de decirme “tenemos que hablar”. —Pone una voz a mitad de camino entre la seriedad y el chiste, expectante. ¿Por qué tiene que ser siempre un poco capullo? Porque le gusta…
—¿Qué? No me bromees, anda. —Ella responde con una voz a medio camino entre la seriedad y la amabilidad—. Escucha, tengo que ir a por comida. —Mira el reloj un segundo en cuanto se lo dice. Las ocho pasadas.
—Diana. —Carraspea—. Ya lo hemos hablado… no quiero que salgas sola.
—Mira. —Señala el cuenco—. Sólo tenemos cacahuetes, tomate y arroz; ya.
—Pero tenemos todavía para unos cuantos días… me encontraré mejor antes de que se acabe, lo prometo. —Se percata de que se ha fabricado unos cubre-brazos con la madera de las cajitas del despacho; están reposando junto a un rollo de cinta americana…
—¿Cómo lo sabes?
—Lo prometo.
—Pero da igual… no es sólo eso… Estamos pasando hambre, yo al menos…
—…Y yo…
—Y no podemos estar comiendo y cenando y… y desayunando todos los días arroz, “joer”. —Se le acelera la voz— Pues eso.
—Ya…
—Pues eso, tengo que ir a por algo…
—Pero podemos esperar algún día más, parece que se me está quitando el moratón.
—¿O qué? Llevo desde ayer con una sensación muy extraña en la tripa… y…
—¿No vas bien al baño?
—No… —Baja un poco la cabeza respondiendo bajito.
—Yo tampoco, pero…
—Creo que a este paso me voy a poner mala, no sé, me siento muy rara.
—No creo que sea para tanto tomar arroz un par de días más.
—¿Pero y si no son un par de días? ¡No hemos comido bien desde que salimos!
Él calla mirando al infinito.
—Mira, te prometo que no voy a correr ningún riesgo, ¿vale? Iré a la casa más cercana que encuentre con las persianas subidas, romperé un cristal y me vuelvo con lo que haya. Ya está. Sólo eso… pero déjame que ayude, porfa.
—Si no es eso… está bien, si tenemos que ir, tenemos que ir. Te acompaño.
—Pero si no puedes ni subir las escaleras bien.
—Da igual, vamos, si hay suerte solo tendré que andar un poco, me sentará bien el paseo.
—Que no, ¡jopé! Que ahora no puedes ni correr ni nada… yo que sé, aunque no te pase nada podrías hasta agravarte el golpe o algo.
—Me da igual, no quiero que vayas sola.
—Te prometo que si encuentro cualquier problema me volveré corriendo, dando un rodeo, ¿vale? Me llevo la escopeta si quieres…
—Ni la hemos probado.
—Bueno, por si acaso… Tú, ayúdame, estudia algo aquí…
—Eso suena a consolación. Fuiste tú quien dijo que no nos separáramos.
—¡Pero es que ahora hace falta!
Él deja caer la cabeza hacia atrás con un quejido cansino y molesto. Vuelve a mirarla a ella y luego cierra los ojos muy enfadado… no sabe exactamente ni con qué, y otorga callando.
Ella le aprieta un antebrazo y le promete, de nuevo, que no tardará nada, y trota a por las armas y su chaqueta mientras se envuelve los brazos con las improvisadas guardas y cinta, como si no quisiera darle tiempo a cambiar de idea. Luego, llaves en ristre, lo abandona. ¿Cuándo se ha perdido que haya cambiado tanto esa chiquilla asustada dentro de un armario hace apenas un par de semanas? Duele.
Pasa casi una hora sentado, dando vueltas a la cabeza sin seguir verdaderamente ningún pensamiento completo. Dando vueltas a la discusión, como si cambiarla ahora mentalmente pudiera hacerla no haberse ido. Esperando, sabiendo que no iba a poder tardar verdaderamente “nada”, pero como esperanzado infantilmente a que aparezca en cualquier momento.
Después, casi tratando de que pasar dolor él mismo pueda compensar un poco la situación, sube las escaleras lo más vigoroso que puede, desafiante ante su propio daño, a afeitarse. Sintiéndose empujado compulsivamente. Se nota muy nervioso y que necesita llenar el tiempo con algo.
Sin embargo, pese a su estado, utilizando precisamente la concentración como vía de escape, muy despacito va logrando dejarse la cara bien tersa. Aun sin gel ni agua caliente, sólo se corta y poco profundamente un par de veces. En su cabeza, de fondo y pese a todo, alguien le recuerda constantemente lo peligrosas que pueden ser las heridas abiertas sin saber el medio exacto de infección. Aún más mártir que antes, se empapa las mejillas del alcohol sanitario, prácticamente disfrutando del escozor como penitencia, tratando de facilitar la rápida cicatrización, y se bloquea las pequeñas heriditas con pedacitos minúsculos de papel higiénico.
Antes de ir otra vez al salón, agarra los cuadernos de caza o pesca del hombre, los mapas, y se los lleva al sofá. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele. Duele.
Emprende la labor de chinos de ir relacionando los dibujos del terreno con las vagas anotaciones, y a mala letra, del cazador. Separándolas de unos pocos poemillas terriblemente malos, una sarta de reflexiones privadas y a veces casi bochornosas o subidas de tono, y unas cuantas reflexiones de filosofía de panadería. Los mapas parecen locales, con curvas de nivel, representaciones de la vegetación y leyendas llenas de nombres. Cree que son de cotos de caza, supone que de algún lugar cercano, pero no obtiene la más mínima pista de dónde deben de estar más allá de sus nombres. Si pudiera consultar algún mapa más general en el que indagar en busca de los accidentes geográficos que se van mencionando, o al menos dónde diablos se encuentra ese pueblucho de Buenatarde, tal vez todo el esfuerzo que está dedicando sería algo menos vacuo. Y duele. Espera que si alguna vez tienen que desplazarse por esas tierras, o quién sabe, cazar algo, lo que está haciendo pueda servirles de ayuda.
Apenas ha empezado a apartar las primeras ramas de esa maraña cuando chirría la puerta del jardín y al poco tintinean las llaves abriendo el vestíbulo.
Se pone de pie de un brinco en piloto automático, tan impaciente que el dolor de haberlo hecho le llega con retraso.
Diana pasa rápido cerrando tras de sí, con la escopeta agarrada por el sobaco, un cubo grande de metal en la mano, mochila a la espalda y de una pieza. Son las once de la mañana. Da zancadas a recibirla.
—¿Estás bien?, ¿qué te ha pasado? —Tiene la cabellera recogida y un pelín sudada—. ¿Has tenido algún problema?, ¿necesitas algo?
Ella se gira y apoya la espalda contra la puerta, en paso mínimamente huidizo, observándolo con semblante casi sobrecogido y haciéndole un gesto de empujón como pidiéndole espacio metafísico, pues aún no ha llegado hasta ella como para agobiarla corporalmente. Se detiene. Duele.
—Tranquilo, todo ha ido bien. Mira lo que he traído… no había mucho…
—Gracias, perdona… —Se aparta reculando para concederle holgura exagerada para que pase y se siente—. Por favor, dime cómo te ha ido… —Intenta recuperar su voz, sabe, usualmente casi despreocupada, aunque no le sale del todo.
—Voy…
Mientras ella se acerca a sentarse, él se apresura a llenar y acercarle un vaso de agua como mínima cortesía que se le ocurre. Aparte del cubo, para almacenar agua para cocinar, ha traído una bolsa grande de sobaoos envasados individualmente, tres latas personales de judías blancas precocinadas, un par de limones de aspecto ya reseco, que defiende pueden irle bien al arroz, y además son muy nutritivos, y otras dos latas de verduras, una de menestra y otra de judías verdes.
Le cuenta como, un buen rato después de la rotonda, subiendo por la calle que quedaba enfrentada, no tardó en ver una casa con una terracita a un patio interior sin persiana echada. Que trepó al tejado bajito desde la parte más alta de la calle y se acercó por arriba. Apenas la perseguían un par de zombis normales, promete. Que sin dejarse caer, dio un palazo al cristal cogiendo la escopeta por el cañón, y que entonces escuchó unos gemidos, esperó y apareció una mujer mayor y gordita que olía muy mal. No la vio, así que encendió su móvil y puso la alarma, dejándolo con mucho cuidado en la esquina del tejado, y nada más empezó a sonar, la señora, intentando alcanzarlo, se cayó por la terraza al patio. Que luego lo recogió y con cuidado se metió, encontró esas cosas y una nevera totalmente podrida y salió con las llaves por la puerta sin el más mínimo riesgo, habiendo hecho ruido antes en otra parte de la casa, y sin acercarse a ninguno de ellos, vamos. Que luego se dio una vuelta alrededor de las casas por si veía otra fácil, pero que acabó volviéndose dando un largo rodeo por los campos por si las moscas. Y que se le ha ocurrido que hay una casa muy cercana a la de ellos justo en la plazoleta, que si con calma logran entrar, podrían hacerse con las llaves y usarla de vertedero, que así nadie vería sus restos. Él la aplaude y la elogia pródigamente. Está impresionado. Y duele.
Comen de la fabada que se obceca en calentar y servir sin que ella haga nada más que ducharse si quiere, al igual que fregar y preparar la shisha de después. Le ofrece ponerle vino para celebrarlo, pero ella rechaza alegando que él está con medicación y no debe beber, y que sola no le apetece.
Pasan la tarde juntos, él le comenta sobre lo que ha estado haciendo y ella se pone a echar también un vistazo a los cuadernos. Conforme empieza a refrescar, se resignan a ponerse los viejos pijamas de los dueños de la casa; él el mono negro y ella camisetas interiores enormes con sus pantalones de chándal, sin detrimento del uso mutuo de las batas. Para cenar se valen de unos pocos sobaos y los cacahuetes. Recogen y se tumba a doler. Duerme.
La siguiente jornada se la otorgan casera, y él dolorosa. A parte del par de shishas que se fuman, dejando apenas dos paquetes de tabaco ya, estudian más seriamente las enciclopedias. Va dibujando en su libreta general las plantas que le parecen más relevantes porque diga algo en ellas sobre su comestibilidad, sus propiedades antibióticas o su toxicidad; intentando que pintarlas y anotar los datos más relevantes de ellas y ubicación frecuente le sirva para estudiarlas, así como guía rápida en el futuro… no obstante no queda muy convencido de que llevado a la práctica pueda llegar a ayudarle en alguna situación, dado que no siente tener el ojo hecho a andar reconociendo plantas. Ella parece estar haciendo esquemas sobre árboles frutales, y se queja de que no dicen en ningún caso como cuidarlos o plantarlos más allá de anotaciones o sumamente específicas, o sumamente generales, pero que al menos sí que indican las temporadas de cada una. Dedicarán un total de un par de horas al trabajo antes de comer y otras dos o tres después. El resto lo pasan misteriosamente entretenidos no haciendo nada, a veces sólo callando. Al mediodía gastan algo de arroz, que empieza a escasear, acompañado de menestra y medio limón para cada uno, y a la cena la lata de judías que queda entre los dos. Así como sobados y cacahuetes con moderación. Le cede a su compañera el último pellizco de pasta de dientes, lavándoselos en seco. Se nota hacer de vientre de un modo más normal. Duerme un poco mejor. Él decide concatenar un segundo día sin ducharse… No cree oler demasiado mal, espera, y le duele demasiado cada vez que lo hace.
Al día siguiente, tras las duchas, en su caso ya obligada, ambos se ven condenados a usar como pueden las ropas interiores de la casa. ¡Su cardenal está mucho más localizado en las costillas! Y ha sido hasta capaz de estirarse, forzando un poco su aguante hasta las lágrimas incipientes. Al sentirse bajar las escaleras sin siquiera tener que contener el aliento, aunque no sin pequeños relampaguitos mentales igualmente, le propone no postergar más ir a probar la escopeta.
Se pertrechan con las chaquetas del viejo, que a ella casi le sirve de gabardina, pero con cómodos bolsillos para dejar las balas, y ataviados para el frío, y con agua, y más sobados y cacahuetes en las mochilas, ponen rumbo al campo; preparándose él, justo antes de salir, protecciones con la madera sobrante para los brazos, como las de ella. Cogen cinco cartuchos nada más y los habituales martillos, punzones y cuchillos. Le propone que ponga en hora el reloj del viejo y coja la costumbre de darle cuerda; que por ahora él es el único que puede medir el tiempo.
El plan es partir rumbo al oeste, hasta alejarse bastante, por donde llegaron la primera vez y tratar de encontrar algún zombi solitario en alguna arboleda, si es que hay suerte, si no en el camino, para hacer las pruebas. Discuten un poco, primero sobre si él debería ir o no, luego sobre que él quiere ser quien dispare primero. Pero la acaba convenciendo tanto de que se encuentra mucho mejor, como de que aunque herido, ya sin atisbo de agujetas, tiene más fuerza para sostener el retroceso del arma, y que no sabe qué esperar de él, pero que lo último que quiere es que ella se saque un diente o el hombro. Que al menos uno de los dos tiene que estar sano.
A las dos de la tarde, cansados, frustrados, hambrientos, y a un par de horas de camino de la casa, asegurándose él de anotar en la libreta los elementos del terreno que han ido pasando para no perderse a la vuelta, encuentran por fin en un claro rocoso una mujer de edad indiscernible, no muy vieja, pálida y de piel seca, con la pierna llena de mordiscos grandes, alimentándose del cadáver de un perro. Debería haber caído en coger ibuprofeno, porque sin él está empezando a dolerle bastante, está claro que ha sido demasiado optimista.
Pide a Diana que esté atenta para cubrirle si pasa algo malo y se empieza a acercar con el arma en la mano. Decide disparar invertido, con la culata en la zurda. Siendo diestro, eso seguramente reduzca aún más su escasa puntería, pero no va a dispararle ni a dos metros de distancia, así que mejor prevenir más daño en el lado malo.
A la espalda de la criatura recuerda las clases que, mucho tiempo atrás, le diera un amigo sobre cómo apuntar con las armas, sin apoyar la cara en ellas, ni alinear el ojo con nada de ellas; adelantando el pie contrario al apoyo de la culata, y dejando el otro mínimamente levantado, tensando los músculos un poco para que puedan recibir el impacto… pero claro, aquello sólo fue jugando a airsoft, dónde las armas de pelotitas carecían de retroceso apreciable. “Suerte Álvaro”. Hace un gesto a Diana para que se coloque detrás de él y a su izquierda, por si sale cualquier cosa mal. Silba para captar la atención del otro.
La cosa se yergue dándose la vuelta, gimiendo sorprendida. Arrastra los pies con los brazos por delante. Álvaro tiene la teoría de que la palanquita en el lado contrario a su índice, por haber cogido el arma con la zurda, debe de servir para seleccionar qué cañón disparar. Sea como fuere ha cargado los dos. Cuando tiene la cabeza enfilada, a apenas tres pasos de él, acciona el gatillo.
El estruendo es impactante y hace eco casi medio segundo después del disparo. La fuerza se le presenta con nombre de entre impacto y empujón; intensa hasta el punto de cambiarle el peso de pierna y hacerle bajar el medio paso que había subido. Algo de movimiento le llega a la parte dolorida que le recuerda con perseverancia gatuna su estado. Pero por lo demás lo ve mucho más asequible de lo que esperaba. Temía un arrastre mucho más salvaje. Diana ha proferido un gritito.
Curiosamente no es hasta analizar todo esto que presta atención al resultado. La cabeza de la mujer se dobló hacia atrás en el mismo instante en que él apretó el gatillo, y cayó absolutamente inerte en ese mismo segundo, empujada de espadas. Juraría que ha visto alguna gotita de sangre espolvorearse en su dirección, a la vez que una nube mucho más densa en la contraria. El cuerpo en el suelo, que desplaza con la bota para comprobarlo, tiene un agujero de entrada prácticamente en el centro de la frente, del grosor de un meñique casi; y uno de por lo menos un par de dedos en la nuca, así como el cráneo deformado. Por ambos, se desliza lento un mejunje muy grimoso de algo más que sangre. “Joder…”. Es potente…
Diana se acerca y comprueba lo mismo que él. No está seguro de si horrorizada o maravillada. De hecho cree que ella misma tampoco lo sabe. ¿Puede ser que se hayan disparado ambas balas? Sacrificar un cartucho no parece mucho para averiguarlo. En lo que la muchacha sigue petrificada junto a la irreconocible muerta, vuelve a colocarse y apunta hacia un árbol a unos diez metros. Aprieta el gatillo. No ocurre nada. Incómodamente, tuerce la palanquita. Aprieta el gatillo. Otro potente estallido que instantáneamente arranca un borde de la corteza. Selector, entendido.
Diana ha vuelto a pegar otro brinco. Le pregunta si está bien y ella asiente sin demostrar demasiada convicción. Se acerca a confortarla, aunque ahora mismo le duele cada paso que da. Cuando se ha calmado le tiende el rifle y le explica sobre el funcionamiento. La ayuda a colocarse, y le recalca que sólo alinee el ojo con la mira del arma, pero que no descanse la cara en el cuerpo. Después le pide que cargue una bala en el de arriba, lo seleccione y dispare. Se prepara justo tras ella, con las manos sin tocarla por apenas una pulgada. Muy atento a que su hombro y cara estén en la posición que él juzga como buena.
La chica aprieta el gatillo con una nueva explosión reverberante. Salvo porque, como se fija, ha cerrado los ojos un poco asustada justo a la vez que el sonido, ha aguantado ella sola el impacto, sin que le pareciera que su cuerpo se sacudiera demasiado. Ha fallado el tiro al árbol, pero eso es lo de menos. Le mira risueña y aterrada a un tiempo. Él le da una toba en la frente, sonriente, y le indica que ahora la escopeta es suya.
Coinciden en que deberían marcharse cuanto antes. Por el camino le inquieta recordar que siempre ha oído sobre que hay que limpiar y engrasar las armas… Ojalá y el viejo tenga algún manual, pero no le suena haber visto ninguno… Aunque junto al expositor sí que tenía unas escobillas alargadas; se las pasará siempre que la usen. Es hábil cacharreando, pero la escopeta es demasiado valiosa como para arriesgarse a abrirla sin conocimiento y averiarla. Por lo demás, que sea lo que sea…
A cada paso se va encontrando peor. Al final, se ve obligado a forzar a su compañera, que ya estaba cargando con sus cosas, a que se monte su brazo al hombro y lo ayude a caminar. Tienen que moverse a ritmo de zombi, porque la presión y el malestar en el costado se le han vuelto agudos y constantes y cada vez que pisa le sacuden luces blanquitas por dentro.
Teme incluso haber caminado en inconsciencia, porque cuando ve la casa al fondo del camino, atardeciendo, no tiene muy claro cómo ha llegado. Sólo sabe que se repetía que daba igual qué, no podía detenerse. Ella lo apoya contra la valla, abre ambas puertas arrojando las mochilas dentro y dejando la escopeta reclinada en la pared, y sale a recogerlo. Está hecha polvo la pobre también. Mirando todo el rato hacia abajo, con la piel de la cara muy rojita y la mandíbula apretada.
Remonta las escaleras empujado por las manos y las palabras que ella le repite, “venga, un pasito más; uno más”. Cree que a veces se oye chillar a sí mismo. Y de repente está tirado en la cama. Y al poco le han subido un plato con arroz y judías verdes que sabe a limón. Y hay una chica muy adorable sentada a sus pies, comiendo también, que lo mira con una sonrisa falsa y unos ojos tristes verdaderos y le tiende una pastilla. Y come. Y le duele. Y duerme. Y despierta. Y duele. Y duerme…
Amanece de nuevo entre sudores propios, con la ropa del día anterior, agujetas y un reavivado malestar en las costillas. Definitivamente se ha agravado el daño con el esfuerzo de ayer.
Puede incorporarse… lo peor ya ha pasado, supone. Con movimientos muy lentos se pone en pie. Se nota parecido a hace un par de días, pero extremará el cuidado. Necesita ducharse y quitarse la sensación de pringue de encima.
En el pasillo una voz le pregunta cómo está. Él responde que mejor y que necesita ducharse; pero conforme va a hacerlo se lo replantea… dolería… La voz le devuelve un “vale” apagado. Diana es… simplemente genial. Y duele. Se pone otros calzoncillos de viejo y el pijama ridículo y va a las escaleras con intención de bajar, pero Diana lo intercepta.
—No, hoy te subo todo, ¿vale?
—¿No tienes agujetas?
—Muchas —ríe—. ¿Y qué?
—Gracias…
Regresan al dormitorio.
—¿Te parece bien que ventile? —Ella.
—Sí, sí… —Es cierto que ya huele bastante a humanidad. Se siente un poco culpable de poder estar oliendo mal.
Puede que sea la primera vez que abren aquella ventana y suben la persiana por completo… están de acuerdo en intentar pasar desapercibidos por ahora.
—No queda nada de comer a parte de esto. —Le tiende un par de sobados envasados juntos, el ibuprofeno y un vaso de agua. Seguramente se haya encargado ella sola de hervir más.
—Ya…
—Un poquito de arroz de anoche.
—¿Vas a salir otra vez, no?
—Sí.
—No quiero.
—Pero tengo que hacerlo.
—Podemos…
—No empieces.
Calla.
—No quiero tener que andar así, saliendo cada poco, y tú aquí…
—Ni yo.
—Dijiste que había unas tiendas de alimentos junto a la iglesia, ¿verdad?
—Es peligroso; allí hay muchos zombis.
—Iré con cuidado.
—Diana —suplica.
—Ni siquiera tiene por qué estar mal, ha pasado bastante tiempo desde que fuiste… —Entiende que no la va a hacer cambiar de idea.
—Con comida para un par de días, seguro que me encuentro mejor, ya me he arreglado bastante, déjalo; con otra casa nos apañaremos. —Lo intenta aun así.
Esta vez es ella la que calla. Él asiente aceptando contra su voluntad. Cuando la ve levantarse, intentando dedicarle una sonrisa, aunque sólo logrando hacer una mueca de media boca, la detiene.
—Escucha. Pensé en un plan, por si decidíamos ir por allí o al taller que está al lado más adelante.
—Dime.
—Si la plaza está llena de esas cosas… El campanario está muy cerca. En la iglesia habrá una torrecita; a mitad de altura habrá una cuerda para hacer sonar la campana tirando de ella. Seguro que atraerá bastantes cosas, pero en concreto las de la plazoleta están al lado… Deberían ir hacia la iglesia. Las casas que dan a ella son las mismas que las que dan al otro lado. ¿Puedes trepar a pulso?
—Más o menos sí…
—Si eres rápida, podrías subirte por una tubería después de hacer sonar la campana, antes de que los zombis tengan tiempo de doblar la esquina y encontrarte…
—Jolín… sí, vale.
—¿Qué pasa?
—Nada… que no creo que a mí se me ocurriera algo así.
—Lo dudo. —Ella le mira abriendo los ojos bastante—. Quiero decir, dudo que no se te ocurriera.
—Me sobreestimas. —Relaja el semblante en gesto amable, casi conmovido. Si es que hasta en estas situaciones es un gilipollas, ríe internamente.
—No.
—Voy a intentarlo.
—Espera. El principal problema sería que hubiera gritones cerca. Si los oyes, escóndete en la parte de arriba de la iglesia. Tarde o temprano se irán, no te preocupes por mí, que me las apañaré.
—Vale.
—Prométeme que si lo ves mal te irás. Aunque sea con las manos vacías.
—Te lo prometo.
—Coge la granada negra, por favor.
—¿Seguro?
—Sí.
—Vale…
Ahora es ella quien le da un beso en la mejilla y se va. Se la han cambiado por otra. Está convencido. Y tiene mucho miedo. Esto debe de ser lo que él la hizo pasar aquella vez… Peor, porque ni siquiera se dignó a hablarlo con ella.
Si no hace algo sabe que se volverá loco. Decide ponerse de inmediato con sus libretas. Primero a poner al día la privada, con muchas de las cosas que considera importante anotar en ella. Al final no limpiaron el arma, por cierto… Diana arriesgándose… No, no pensar en esas cosas. Diario, eso es mejor. Duele.
Pasa una hora escribiendo, hasta que llega al presente y confiesa sus temores de esa mañana. ¿Y ahora qué? Mira la libreta general justo al tiempo que oye el repique de la campana. Cierra los ojos y traga saliva impotente, y vuelve a coger su cuaderno intentando no pensarlo. Trabajar. Hay una cosa con la que se quería poner desde hace tiempo.
Intenta esbozar el diseño del arma en el que pretende trabajar en un futuro, valorando las herramientas que intuye fáciles de encontrar en el pueblo, como cuchillos, palas, picos, sierras, hachas…
Otra hora de garabatos, tachones, y alguna que otra página demasiado alambicada arrancada. Y dolor y desvíos de pensamiento constantes hacia Diana. Miedo. Y dolor. Y bocetos. Y frío. Y miedo.
¿Cuántos cartuchos habrá cogido?, ¿habrá hecho mal él al meterle tanto en la cabeza que no dispare a no ser que sea la última solución posible?
Y es mediodía, y ella no aparece, y no puede ni cocinarle nada para cuando regrese… si regresa. Claro que va a regresar, es Diana Soria, su familia. La familia regresa… ¿y su familia?, ¿siguen siendo su familia?
Vuelve a sus bocetos y los vuelve a abandonar al rato. No sabe gestionar no tener controlada una situación. Comprueba el reloj cada diez minutos. No ha escuchado ningún disparo… eso puede ser bueno… o muy malo.
A la una y doce de la tarde oye ruedas. Pequeñas, pero ruedas. Por la ventana, cerrada de nuevo y lo justo levantada la persiana para poder dibujar, no ve nada. Va al cuarto del ala izquierda y alza la de allí. Y duele, y no le importa.
A medio trote, por el camino que viene del monte, no del pueblo, se está acercando Diana, correteando con un puto carrito de la compra lleno de cosas y la escopeta atravesada en él. Está loca. Y no puede quererla más, sea del modo extraño que sea. Es verla y que el pulso le baje y una sensación casi catártica de alivio lo inunde.
Corre, entre impotentes quejidos de su costado por detenerle, a bajar las escaleras y abrirle. A ayudarla a mover el carro; aunque conforme llega a la valla del jardín la motivación se le va pasando y el dolor reafirma sus argumentos obligándolo a solo caminar. ¡¿Ha cargado un puto carro de la compra lleno por el monte?!
Ella le susurra en grito que está bien, que qué hace fuera. Le da igual. Agarra un extremo y le ayuda a meterlo dentro. Ella vuelve, cierra las puertas con llave y se tira en el sofá a voz de “¡Me muero!”.
Está empapada hasta la chaqueta de caza de sudor; con el pelo totalmente apelmazado, y roja como un tabardillo; pero absolutamente de una pieza. La observa y luego mira al carro. Hay tantas cosas que ni puede hacerse una idea a golpe de vista de qué ha traído. Está con una mano en la frente mirando al techo, resoplando. Se sienta a su lado un rato, apretándole un tobillo con fraternidad; decide no atosigarla con preguntas ni lo más mínimo ahora mismo. Después, conforme la nota moverse y despejarse un poco, se agacha sobre ella y le susurra que si quiere algo. Ella le asiente y le dice que quiere ir al baño y ducharse. Le pasa una mano bajo la cadera y se pasa su brazo por la espalda y aúpa ayudándola a levantarse. Si ella ha podido hacerse kilómetros andando con el carro, él puede llevarla a hasta la ducha. Uf… ¿Puede? Ella protesta preocupándose por su estado, pero no le da opción.
Subiendo las escaleras cree que el dolor le va a hacer caerse, pero tenerla a ella agarrada le da la fuerza de voluntad para evitarlo. Una vez pasa lo peor, el ánimo se le redobla para llegar hasta el baño. No obstante empieza a juzgar que tal vez la gallardía haya sido un exceso innecesario. Sea como fuere, se percata de que el dolor no es ya tan seco; aunque siga igual de intenso, es como más húmedo, más tolerable y profundo.
Tras dejarla sentada en el inodoro se levanta pidiéndole que espere y baja a subirle un vaso de agua de la nevera, junto con otro para él y su pastilla.
Ella intenta darle las gracias, pero él se lo impide agradeciendo él, hablándole de lo preocupado que ha estado y de lo increíble que le parece. Trata de asegurarse de que se sienta más que alegre y orgullosa.
En el salón revisa lo que ha traído mientras siente el agua ponerse en marcha. Como por la mañana, el dolor ha vuelto a un punto tolerable; parece que mientras no lo fuerce demasiado tiempo, va curándose bien. En el cesto: una garrafa de aceite. Unas quince latas de verduras; otras tantas de legumbres precocinadas. Por lo menos treinta pequeñas de atún, diez de pimientos en conserva y otras diez de maíz. Cuatro kilos de arroz y otros cuatro de pasta. Doce latas de pastillas para caldo y otros dos kilos de fideos. Ocho tetrabriks de caldo de pollo, doce de leche a mitad de caducidad; una caja con naranjas algo picadas, un saco de patatas de aspecto dudoso y con un pelín de olor que arrastrará luego al cobertizo. Diez botes de tomate, dos cubos grandes de Nesquik, dos bolsas grandes de bollería industrial y cuatro cajas de galletas rectangulares. Y esparcidos sobre todo el lote, un montón de bolsas de golosinas, chocolates y patatas con aspecto de que se le tienen que haber caído fuera muchas por el camino. A parte, cuatro botes de champú, seis rectángulos de dentífrico, y ocho paquetes de compresas. Tendrá trabajo esta noche simplemente apuntándolo todo.
Desconfiando de sus dotes culinarias, tira por lo seguro, cuece unos macarrones con intención de echarles una lata de atún y tomate. Entre que el agua bulle, se pone a organizar y repartir todo lo que ha traído. También llena la mochila de la muchacha con unos cuantos productos rápidos y duraderos, pensando en el plan de tener cosas listas para escapar.
Ella lo atrapa con las manos en la pasta, espesándola en el escurridor. Apoyada contra el umbral, tiritando y con la cabeza envuelta por la toalla, le da las gracias. Él la abraza mucho.
Durante la comida le exige que le narre sus aventuras: por lo visto lo de la campana funcionó, luego entró rompiendo el cristal con la culata de la escopeta porque la puerta tenía el cierre echado; y allí dentro olía a cientos de comidas pudriéndose. Vomitó y todo. Pero que claro, los zombis fueron atraídos por el ruido, y al intentar marcharse se topó con más que venían desde fuera y tuvo que correr hasta el otro lado del pueblo para despistarlos, pero que fueron atrayendo a más y al final se vio en los sembrados con el carro… Aunque no se lo confiesa, intuye que debió de encontrarse bastante rodeada en algún momento por el susto en su mirada; siente el impulso de regañarla por no haber usado la granada negra estando en apuros, pero sabe que casi la regañaría más por él que por ella y no merece más que halagos ahora mismo. Después tuvo que dar muchas vueltas siguiendo caminos de tierra para perder a todos… salvo uno que se encontró ya llegando y del que no se vio con fuerzas de volverse a alejar, que intentó correr, pero que a lo mejor acaba apareciendo. Él dice que en absoluto se preocupe.
Ella le informa de que deberían aprovechar las patatas al día siguiente antes de que se pongan peor, y él a ella de que no sabe muy bien qué hacer con ellas más que freírlas. Aceptan patatas fritas para comer mañana.
Prepara una shisha y abre una botella de vino y pasan la tarde emborrachándose con prudencia y siendo algo derrochadores con los dulces que ha traído. Se siente muy doloridamente bien. Solo queda un paquetito de tabaco…
A la noche, ella se derrumba en la cama, todavía continuando la conversación animada que mantenían, y acaba resollando que le duele toda la espalda. Él le pregunta si confía en él. La ve velada por las crecientes sombras, observándole reclinada sin responder.
Se acerca a su mirada atenta, deslizándose de una cama a la otra y le pide que se dé la vuelta y se ponga bocabajo; entonces le confiesa empujado por el alcohol residual que una vez tuvo una novia, y que por ella, valga la inmodestia, aprendió a dar muy buenos masajes; que confíe.
Después, con sumo respeto, por encima de la ropa, le regala un largo masaje con fin de descontracturarle los músculos que, dado su tamaño y el peso que ha llevado, seguro tiene destruidos. Ella al principio reacciona un pelín tensa, pero enseguida se relaja y adormila. Cuando la oye respirar clara y profundamente la arropa y vuelve a trepar al colchón de matrimonio, entre crujidos y quejidos silenciosos. Conmovido y contento, se tapa y duerme.
Amanecen remolones los dos. Ella es un exagerado amasijo de agujetas y dolores que se encarga de hacérselo saber constantemente, en tono siempre de broma; y él le sigue el juego y protesta infantilmente por los suyos, compitiendo por ver quién está peor.
Demasiado vago para ducharse, sólo se enjuaga cara y boca y comprueba la herida. Sigue remitiendo, ha ralentizado el ritmo. Gracias al tono más normal de la piel percibe que tiene algo hinchada la zona de las últimas costillas. Juraría que se ha levantado mucho mejor… “Poco a poco…”.
Se chuta otra chuche de ibuprofeno y acompaña a la amiga abajo, disponiéndose a preparar el desayuno. Sigue sintiéndose muy en deuda por el riesgo que corrió. Teme incluso que haya salido tan bien, porque pueda volverla temeraria, así que decide que si bien seguirá mostrándole todo el agradecimiento que quiera, no la elogiará más por ello aunque lo merezca. “No te olvides Álvaro de que sigue siendo una niña, aunque últimamente no lo parezca”.
Mata con el punzón también al zombi que lleva desde algún momento de la noche dando por culo contra la verja, protegiéndose con los barrotes, y entre los dos lo llevan un par de cientos de metros bosquecito adentro.
Siendo el qué hacer con la ropa el tema más urgente que les queda entre manos, sin necesidad de salir de la casa para nada, se regalan ese día para holgazanear también, después de asegurarse de que está toda la casa bien cerrada, salvo la franjita de luz que se dejan en su habitación, a la cual se han trasladado ahora que él pude subir escaleras casi con normalidad. Manteniendo la puerta cerrada y enmarañados en las mantas de lana, hasta consiguen que se quede algo calentita. Casi empieza a mirar con buenos ojos los días venideros.
Cagando incluso encuentra el ánimo perfecto para el onanismo, y sintiéndolo como un apetito inocente del cuerpo, decide no censurárselo. Tanto tiempo como lleva sin hacerse nada, no necesita siquiera arriesgarse a pensar en nadie. No obstante, duele, pero menos.
Estaría bien haber tenido algún otro juego de mesa a parte de las cartas. Acaba incluso enseñándola a dibujar estilo manga por matar el tiempo. Y lo peor es que ella debe de estar tan aburrida como para ponerle interés. Se ve a los dos leyéndose los Episodios Nacionales dentro de poco.
Comen copiosamente las patatas, dejándose generosa ración para la noche y regalan las sobrantes sin hacer a los pájaros que las quieran, arrojándolas lejos al otro lado del camino antes de que les apesten el jardín. También se limpian unas naranjas.
Él por lo menos se acuesta bastante agotado y satisfecho de no hacer nada. Ella, tumbada, le pregunta por la novia de la que le habló, él reconoce no querer hablar del tema y ella pide perdón, ante lo que él niega que haya nada que perdonar. Un poco pletórico de energía por la falta de actividad física, se le hace difícil dormir nada más se cierne la oscuridad, pero no sabe si tarde o temprano, se rinde.
Por la mañana, levantándose más o menos a la par, comentan qué hacer. Acuerdan volver a intentar ser provechosos, pero disfrutar de no tener que salir de la casa mientras no sea necesario. Sobre todo por seguridad. También deciden planificar las comidas intentando que, ya que pueden, sean más o menos equilibradas, dándole prioridad a todo lo que vence de fecha. Parece que se están recuperando bien los dos. Propone que, cuando ya se encuentren óptimos ambos, intenten hacer ejercicio a diario, para que situaciones como éstas no los demuelan tanto. Ella rezonga pero acepta. Desde luego está bastante en forma si es que no hacía ningún ejercicio antes de aquello. Eso de bailar en su cuarto debía de hacer milagros. Eso o juventud divino tesoro…
Frente al espejo del baño, ya limpito y congelado él, deseando volver a arroparse, se atreve a intentar presionarse un poco la inflamación con un dedo, a ver cómo se siente, ahora que ya puede hacer todo el juego del hombro sufriendo apenas una extraña presión más que dolor. Recibe un latigazo eléctrico. Vale, vale… eso todavía no está listo. Será mejor que extreme precaución, es el peor momento para confiarse, acabarse dando un golpe tonto ahí y, probablemente, morir del dolor. Le da por volverse a mirar la nuca, de la que se había olvidado con la otra herida mucho más preocupante. Tiene rugosidad en el área afectada, pero parece que ha cicatrizado.
Vuelve a enfrentar la enciclopedia. Al principio se esfuerza, pero poco a poco va distrayéndose y acaba decidiendo dejarle ese trabajo a ella y dedicarse a otra cosa. Lo hace desde luego cediendo al egoísmo caprichoso, pero también al percatarse de la abismal diferencia de competencias entre los dos. No solo es que ella por lo visto retiene en la memoria los esquemas que hizo el otro día, sino que ahora parece estar logrando tragarse un tocho sobre hábitats de animales ibéricos hasta con buen talante. Simplemente no tiene sentido que se ponga a competir en esa liga, comparativamente no va a ser productivo. Lo suyo es la ingeniería y el “crafteo”, encontrar soluciones más o menos rocambolescas a los problemas; no el academicismo.
Coge su libreta por donde la dejó, consultándole a Diana si le parece bien, y ella no opone queja. Normalmente pediría perdón y no permiso… pero merece que la tenga contenta. Sea como fuere, llueve a gusto de todos.
Toda una tarde de garabatos y un par de hojas más arrancadas después, exclama forzadamente “¡Eureka!” y le exhibe, desabstrayéndola de su intensa lectura, su libreta, sacudiéndola delante de ella a aleatorios y vigorosos movimientos, mientras imita una risa de villano de comedia.
Ella lo mira primero como si le perdonase condescendiente el ridículo y luego cede, ríe y salta a su cama para que le explique qué es lo que ha diseñado. Él le explica que, si encuentran los materiales que quiere, y que no debería ser muy difícil, será una alabarda casera por un lado, contrapesada con una roca que le permita actuar de maza además por el otro; con el alcance suficiente, espera, para atacar con letalidad a los zombis desde el límite de sus brazos. Alrededor de tres kilos estima, algo que ella también podría blandir sin agotarse demasiado, pero lo suficiente para que casi seguro cada corte parta un cráneo. Al menos eso espera. Promete que además no debería de llevar mucho tiempo hacerla. Luego le da una larga charla sobre la importancia del contrapeso en las armas que ella parece beber, cree, sólo un veinte por ciento aburrida, mientras le enseña los planos de su diseño.
Muy incómodo y desde hace un rato sin saber ya qué postura tomar, se levanta a desentumecerse las piernas de tenerlas cruzadas y preparar algo de cena. Duele un poquito. Ella también se levanta, en su caso hacia el baño, supone que a hacer sus “cositas”.
No alargan mucho la velada. Ella demuestra tener la cabeza ya aturdida. Lo que no sabe es cómo ha aguantado tanto. Él se siente algo más fresco… pero a la vez que segura, sin nada que hacer en ella, la habitación le empieza a asfixiar un poquito. Quiere que acabe ya rápido el día.
La primera claridad de la mañana lo va molestando, pero es Diana despertándose de un gritito quien lo pone en marcha. Sólo ha tenido una pesadilla, en la que él y su madre morían en un accidente de autobús. No tenía mucho sentido, pero la ve afectada y se pasa a su cama a consolarla.
Después de desayunar y ponerse a decidir qué hacer, acaban enfrentado el problema de la ropa, pues ya están acabando con el subconjunto de la ropa de los viejos que les vale y que están dispuestos a ponerse. Irán al norte. En teoría el agua estaba a unos cuatro kilómetros.
Cargan amalgamadas todas las prendas sucias en el carro de la compra que él arrastra, y encima el detergente, trapos para frotar y unas pastillas de jabón; mientras, ella acarrea una mochila con lo básico para ambos y la escopeta. Piensan que no acercándose al pueblo, será una buena segunda prueba de campo de bajo riesgo sobre cómo se encuentra él. Hoy apenas le ha incomodado al levantarse, y se ha atrevido a dejar de tomar calmantes.
El carro hace ruido, y conforme abandonan el pueblo ven tres zombis seguirles a paso lento. Esta vez van a tener que perder algo de tiempo en su destino así que escogen luchar contra ellos. Manteniéndolos separados, ella va dándoles golpecitos y manteniendo su atención, mientras él se acerca por un lado y les apuñala la sien o el ojo. Uno lleva dos golpes tumbarlo, pero los demás caen a la primera.
No tardan mucho, siguiendo el sendero, en descubrir que seguramente al norte también haya embalse, pero que no hace falta que lleguen hasta el final, que allí a mano izquierda llega un brazo de agua, además pedregoso como necesitan. En un futuro buscarán un barrilete bien grande que puedan llenar de agua para poder lavar las cosas sin tener que salir, aprovechando los sumideros para deshacerse del jabón. Hoy es más bien un experimento para tratar de ver cómo se las apañan.
Entre los dos bajan el carro hasta las lindes. Frotando las prendas contra la piedra y sacudiéndolas descubre que todavía le duele demasiado como para hacer eso por mucho rato, así que pasa a encargarse de la vigilancia y del aclarado de lo que Diana le va mandando. Por lo visto cuesta un horror sacar la sangre de zombi. Pero poco a poco sí que parece que las cosas se van quedando empapadas, sin manchas y con olor a jabón. Diana está usando el detergente de forma general y luego el jabón para frotar en los lugares específicos. Si eso tiene sentido o no, ninguno de los dos lo sabe. Funciona lentamente. Con paciencia, por su lado, también va quitando las gotas visibles de su gabardina de cuero, no atreviéndose a empaparla, sólo con trapos humedecidos y enjabonados.
A la vuelta se cruzan con dos chicos humanos, NPC, vivos, aproximadamente de su edad. Van más o menos hacia el oeste, bordeando el brazo de agua en que ellos han estado trabajando… El encuentro resulta inesperadamente anodino, pues no deriva ni de forma violenta ni tampoco amistosa. Supone que la escopeta de Diana no ayuda a sentar la confianza ni la hostilidad precisamente. Ellos van armados uno con un hacha y el otro con una vara de hierro en la que se apoya. Resultan ser hermanos, claramente de estilo “bakalaero” por la forma de hablar; muy, muy sucios; pero les respeta porque por lo visto llevan caminando desde Teruel desde que todo empezó. Parece que iban al gimnasio habitualmente. Intercambian información, ellos les dicen que el pueblo está rodeado desde el este hasta allí, por el norte, de agua, y al sureste las montañas por las que han venido. Que parece que eso ha hecho toda aquella zona más segura. “Nota mental: el agua sirve de barrera natural”. Aunque ellos los han visto salir andando desde el fondo. “Nota mental: barrera relativa”. Él les comenta cómo están las cosas rumbo a Madrid, pues es hacia donde se dirigen, pero no parece disuadirlos de llegar. Después, sorprendiéndose de sí mismo pues esperaría que fuera Diana quien lo hubiera hecho, les propone que se queden por el pueblo y al día siguiente se vean para intentar trabajar juntos. Pero ellos declinan, informan de que van a dormir en una furgoneta abandonada que encontraron y seguirán. Luego les pregunta si saben de alguna gasolinera. Tiene esperanza de encontrar alguna guía de carreteras en una, para poder intentar empezar a descifrar los mapas y apuntes del viejo. Ellos les dicen que sí, que por la carretera hacia el sur hay una, pero que tienen una “pechá”. Se despiden dándose mutuas gracias, ellos con una forma de hablar adrede paleta que le resulta entre cómica y patética.
Precavidos dan un rodeo pequeño hasta la casa y tienden la ropa en el baño de abajo, para seguir minimizando dejar signos de su presencia. Comen comentando su éxito y la anécdota y deciden partir a buscar la gasolinera. No obstante con suma vigilancia; sabe poder estar siendo desconfiado hasta lo paranoico, pero la gasolinera podría ni existir, y aunque lo hiciera, si él tuviera que organizar una emboscada sería precisamente en el sitio hacia el que hubiera guiado a unos incautos preguntones. Diana le consulta cada poco sobre su dolor. La verdad es que el trabajo no lo ha hecho empeorar, sigue siendo ya sólo un recordatorio mustio, como si su daño anduviera ya moribundo aferrándose sin fuerzas a la vida… Pero no debe olvidar que una cosa es eso y otra propiamente las costillas que tiene que proteger.
Tanto durante el camino como allí, sin embargo, sólo encuentran zombis y un coche accidentado y solitario. Y la guía de carreteras que quería. De hecho coge dos distintas para contrastar si hace falta. La vuelta sin embargo es algo más molesta porque tienen que ir esquivando al goteo de doce que han ido dejando. Siendo tan pocos si los hubieran ido matando se habrían ahorrado dar al final un voltio por el oeste. No tardará mucho en anochecer. Ha sido una buena “pechá”. Cenan y duermen, acordando hacer guardias de tres horas esa noche, bajo el dominio de su paranoia. No obstante cede y el último turno, ya clareando, lo duermen los dos.
Entre la vigilia y lo onírico tiene un sueño raro… está haciendo el amor con una chica desconocida. No es nadie que haya visto nunca que él sepa, pero le agrada. Pero a la vez sabe que es Diana. Cuando toma consciencia de ello se despierta un poco asqueado. El despertar de su compañera en la cama a sus pies coincide con el suyo, no sabe muy bien si por azar o porque al hacer ruido lo haya provocado. Ella se yergue estirándose perezosa, claramente muy poco despabilada todavía, saludándolo dulcemente.
Él la observa un instante, percatándose de golpe de que ha amanecido erecto. Muy rápido se coloca en una postura improvisada y un pelín dolorosa que oculte todo bulto, sintiendo un pudor que le era casi desconocido ya. Devuelve el saludo intentando que parezca como si nada, y cree que funciona.
Se fija en ella, en sus movimientos. Es una chica guapa… pero no la ve con esos ojos… ni siquiera porque se diga que es muy pequeña. Es que, joder, no la ve con esos ojos. Ni siquiera ha soñado exactamente con ella… era ella pero no… Piensa un momento en Marta y bloquea como reflejo el recuerdo. Decide distraerse mientras sigue esperando impaciente volver a la normalidad mirando el divertido cuadro que tiene delante.
Diana permanece inmóvil, tranquilamente, todo un minuto, mirando a la nada; en un proceso en el que casi puede percibir sus neuronas despertándose las unas a las otras. Y, de golpe, da un respingo muy mono, abiertamente sorprendida ella misma del tiempo transcurrido, levantándose ágil, como en compensación avergonzada, al evidenciar él que la estaba mirando, y declara que va a ir a la cocina a por leche. Les queda muy poca, dado que cada vez que abren una botella tienen que gastarla o tirarla después.
Suspira aliviado y aprovecha para ir al baño a darse una ducha fría y hacer sus cosas. Cree que puede haberle sugestionado a aquello incluso que ella le contara ayer que había tenido una pesadilla en la que aparecía él, mezclado con su vida de antes del apocalipsis. Se le antoja extraña la idea de aprovechar la situación dados los pensamientos que la han causado, así que la deja pasar. Antes de salir vuelve a comprobarse. Ya sólo tiene cardenal de un tono entre el verde y el morado en la zona periférica a la hinchazón, que sigue en forma a sus dos últimas costillas y tiene una textura blanda. Hoy, si lo hace muy flojito, puede tolerar apretarse un poquito el área con el dedo. Ya no duele apenas, sólo como un carbón moribundo… pero el frío de ducharse al amanecer sigue igual de terrible… era necesario…
Se lanza de regreso al calor de la manta a esperar que su cuerpo recobre la temperatura, agradeciendo el desayuno que ha subido Diana. Luego es ella la que va al baño, aunque no se ducha.
Comentan su buen estado. Incluso sus cuerpos parecen irse acostumbrado al cansancio. La ropa aún no se ha secado y la cocina empieza a heder con las basuras acumuladas. Por fin concluyen ir a salir de verdadera expedición juntos. Tiene hasta ganas e ilusión de hacer eso con ella. De experimentar y entrenar el trabajo en equipo. Ordenan los objetivos: primero visitar la casa junto a la rotonda y encontrar la forma de entrar de un modo u otro; y prepararla para que les sirva de vertedero bajo llave. Segundo ir al cementerio a por una pala; y después a donde haga falta, empezando por ahí y los almacenes entre sembrados, a por un pico. Tercero, llevar todo de vuelta y sacar la basura. Cuarto ir a la carnicería, sacar la piedra de afilar y llevarla hasta el cobertizo. Quinto, visitar el taller y hacerse, al menos, con una sierra para metal, un bobinado de alambre, tornillos largos, y lo mejor que pueda encontrar para taladrar o atornillar a mano. Y a lo largo de toda la ruta estar atento para buscar una piedra del tamaño y forma idóneos que desea. Antes de salir Diana limpia ambos tubos de la escopeta con su bastoncillo, parece que ha cogido la costumbre incluso aunque no ha vuelto a disparar. Supone que tiene más probabilidades de ser bueno que malo para el arma. Él lleva cuchillo, punzón y hacha pequeña.
A la casa entran, tras varios planteamientos, rompiendo el cristal de un todoterreno cercano, quitándole el freno de mano y empujándolo hasta dejarlo bajo una ventana. Después rompiendo el cristal de la ventana y levantando la persiana con el punzón; bajándola luego y buscando las llaves con la luz de sus móviles. “Nota mental: conseguir linternas”. Dan con un juego en un cajón del salón, arrastrando entonces lejos el todoterreno. Cargan todas las latas de comida que encuentran en la casa en el carro de la compra y emprenden rumbo al cementerio. Ha descuidado vigilar que esté actualizada su lista de inventario; deberá ponerla al día.
Los persiguen cuatro zombis que van llegando, seguramente atraídos por el jaleo. Están teniendo suerte de no cruzarse con anómalos… Le gustaría saber su proporción para poder echar cálculos.
Saltan la valla y dejan sus cosas fuera, reventando sin escrúpulos candados conforme les va haciendo falta. Los zombis empiezan a aporrear los muros de piedra que delimitan la propiedad. En los pequeños mausoleos no hay nada, pero en el cobertizo-almacén, por donde deberían haber empezado, hay buenos juegos de herramientas que se apropian, incluidas unas tenazas grandes de podar. Unos monos de trabajo que por qué no. Una pala como Dios manda, de cabeza de hierro y forma de flecha… y el pico. Uno largo además, que es lo que quería. Tenía esperanzas de poder encontrar uno allí, porque si al levantar el suelo aparecían rocas habría que lidiar con ellas de algún modo… pero en los tiempos del motor podría ser que dependieran por completo de maquinaria. Queriendo estar doblemente seguro la mira el culo y sonríe al ver la cabeza de una barra interior de refuerzo. Eso sí que puede aguantar fuerza lateral. La madera homogénea no le servía precisamente por el riesgo de que se acabara partiendo ante un golpe.
Celebran y lanzan todo pieza a pieza tras la murallita, por el lado contrario en que se encuentran los no-muertos. Aprovechando el propio ruido para irlos atrayendo. Saltan y los provocan hasta que están cómodamente lejos de su carro y corren con todo hasta él. Después otra carrera a dejar los juguetes con intención de sacarles generosa ventaja. Acaban topando con uno de frente. Él, sólo por concederse el gusto, prueba el pico. Es pesado, lento, poco maniobrable e ineficiente. Pero le deja el cráneo hecho un guiñapo. Diana muestra impactarse un poco. Pide disculpas y ella no acepta que tenga que pedirlas. Y que ya la dejará probar lo que se supone que va a fabricar.
Dejan todo y sacan a mano las cuatro bolsas de basura que han llenado, tirándolas sin miramientos a la que fue la casa de alguien. Llegan los muertos vivientes. Los cuatro en pelotita. La piedra de afilar va a ser algo pesado de transportar así que optan por matarlos; ella llamando su atención y preparada para disparar si algo saliera mal, y él con el hacha. No siempre es capaz de romper sus cráneos al primer o al segundo golpe, pero se siente aun así más seguro porque no necesita apuntar con tanta precisión como con el punzón.
Remontando la ruta a la iglesia acaban sintiendo los mamporrazos cansinos y lánguidos de unos pocos zombis. En efecto hay tres hombres zombificados y en ropas de abuelo atacando la puerta de la carnicería. “Nota mental: el olor los atrae definitivamente… o las moscas”.
Los llaman y tratan de separar como pueden; laboriosamente se van deshaciendo de ellos con el menor ruido posible, temiendo traerse cosas de la plaza no muy lejana.
Respirando lo imprescindible e incluso un poco menos, rompen la cadena que sujeta la puerta a golpes de hacha y agarran cada uno un extremo del cachivache a pedales que habían venido a buscar.
Las fuerzas solo les llegan para sacarlo hasta la calle y dejarlo otra vez en el suelo; entre la roca pulida y cilíndrica que posee y el armazón de metal y madera pesa hasta lo ridículo. Ridículo que se ven obligados a realizar cogiéndolo, dando diez o quince pasos y volviéndolo a dejar para tomar aliento. Con el consecuente enfrentamiento contra un zombi perdido, que su lentitud en llevar el mamotreto les obliga a emprender.
Al instalarlo por fin en el cobertizo del jardín, se tiran destruidos en los sofás del salón. Están de buen humor. Está disfrutando de hacer todo eso con ella; de poder luchar cómodamente con su respaldo y a la vez sentirse capaz de protegerla… pero aún pasados unos minutos siente que no le termina de volver la sensibilidad a las manos enrojecidas y acorchadas. Es medio día casi. Barajan comer antes de volver a salir, pero saben que de hacerlo remolonearán hasta la procrastinación. A golpe de fingido vigor, toman sus mochilas pues el carro arruinaría ahora todo sigilo, y regresan. Siente como el paseo va reactivando sus brazos. Y duele un poquito.
La plaza del mercado, frente al taller, tiene repartidos unos cinco no muertos, pero también se oyen gemidos desde dentro del ultramarinos cuya cristalera ella rompió. No obstante, juraría que se nota que cada vez hay menos de esas cosas. Realmente cree que pueden plantearse ir asegurando el lugar. Choca su hacha contra la pared para llamar la atención de todos, tras planificar encararlos calle abajo en el solar.
Berrido gutural. Gritón delgaducho y vehemente que sale al trote de la tienda y menea la cabeza buscando. La mira, ella asiente en pánico y abre el cañón cargando un par de balas. Agitando brazos bailones va la cosa a por ellos entre brincos. Él se coloca para interceptarlo y le da un revés del hacha en la cara, por el canto para que lo empuje más. Se desequilibra y vuelve con cero atención por su propia seguridad, saltando a morderlo. Álvaro opone el mango entre sus dos pechos y cae de espaldas por el peso, tratando de mantener la distancia con sus dentelladas. El impacto ha sido en el hombro derecho, pero siente nítida la onda que llega a su pecho y le grita en destellos plateados que se convierten en una telaraña azul claro conforme le va doliendo más y más sujetar los embates de la criatura. DUELE. Está pidiendo auxilio a Diana pero no se atreve a buscarla con la vista y desatender el estómago dentado y articulado que tiene delante.
Con un único disparo la criatura sale despedida por la cabeza medio metro a un lado, y sobre sus gafas y bufanda le llueve espolvoreada una nube púrpura viscosa. Diana camina hacia el cadáver al que le falta medio lateral de cráneo y empieza a gritarle “¡Jódete! ¡Jódete, jódete, jódete, jódete!”, algo histérica. Él se levanta y arranca bufanda y gafas rápidamente, temiendo que ahora en vez de servirle de barrera puedan acabarle rezumando mejunje en la boca, quedándoselos en la mano. Mira de lado a lado. Los muertos vivientes los están rodeando en círculo casi perfecto. Corre hacia su compañera y detiene sus voces chasqueándole los dedos dos veces frente a la nariz y haciéndole un gesto con la mano casi indignado para que se fije en la situación. Ella sacude la cabeza muy rápido, con cejas de sorpresa y ojos de disculpa tras las gafas de bucear, y asiente más pausadamente. Él le señala al que está más directo en la trayectoria de regreso y comprobando que se dirige hacia él, va caminando siguiéndola pero dándole la espalda, agarrando el hacha con ambas manos y haciendo amagos de golpeos entre esquivas cada vez que intentan agarrarle los que se estrechan sobre ellos. No quiere ni exponerse a un golpe y que otro lo amarre, pero se está viendo obligado a lanzarse en breve contra tres a la vez para evitar que puedan pillarla a ella, cuando suena el disparo. Gira la cabeza al tiempo en que la mano de su “familiar” lo toma de la muñeca y tira de él para que pasen por el hueco sobre el cadáver del que acaba de morir con el segundo cartucho, contoneándose grimosamente en el movimiento para evitar las zarpas hacia él.
Conforme corren ve que ella va intentar cargar de nuevo el arma, así que él la detiene, solo un poco tranquilizado de que no se escuchan más gritos. Por mil razones mejor que no haya balas en un arma sin seguro salvo cuando sean estrictamente necesarias; y por supuesto que nadie más a parte de ellos dos sepa ese dato. Por fin sobre el muro del solar la regaña sin severidad sobre que nunca se desconcentre, y ella asiente tan compungida que hasta le da pena, por lo que le añade la enhorabuena por matar su primer gritón y que lo está haciendo genial. Ella comenta que le duele un poco el hombro y se concentra en los que llegan. El plan es hacer ruido para atraerlos desde la seguridad de la altura y que él con el hacha los vaya rematando. Toma bastante tiempo la tarea por el mal ángulo del que dispone para golpear. Cuánto desea tener ya su flamante arma.
Llegan al taller y pasan bajo el cierre sujeto por el coche. Encienden móviles y sus linternas, ya hambrientos éstos de energía eléctrica. Salvo nada mínimamente útil para perforar metal, encuentran lo que buscaban. Cargan mochilas y regresan; él de seguro agotado, y ella mostrando síntomas de estar igual. La vuelta les obsequia otros dos dúos más a los que matar, yendo en dirección seguramente a sus disparos pasados.
Se niega a ducharse una segunda vez consecutiva en menos de veinticuatro horas, aunque se apeste la cama. Ella en cambio se lanza al abrazo de los seis chorros de Shiva. Buen nombre para la ducha…
Se queda dormido en el sofá varias veces, combatiéndolo inútilmente con súbitos parpadeos y meneos de cabeza. Comen-cenan con vehemencia, fuman media shisha mientras festejan charlando de todo lo que han hecho y llamándose la atención sobre lo bien que han actuado mutuamente, y duermen.
Se levanta cansado. Tiene algo que hacer. Cuando sale ella apenas se está desperezando. Le informa de que va al “taller”. Ella se asusta un momento y le pregunta que por qué, hasta que, supone, comprende que se refiere al cobertizo y suelta un ruido entre la carcajada y el bufido.
No es hasta que la ve aparecer frotándose de frío por el jardín, con comida para él, que recuerda ese otro tedio que le parece ahora mismo parar para alimentarse.
Desde que la luz diurna era poco más que una sombra blanquiazul y ubicua en el terreno, hasta que el sol está centrado sobre su cabeza, consigue serrar la cabeza del pico que no necesita, el filo de la pala que desea aprovechar, y socavar y limar en el palo reforzado el agujero en el que lo incrustará. Pero Diana lo obliga a retirarse para almorzar juntos. Ha estado apareciendo y desapareciendo a lo largo de la mañana, preguntando cómo se encontraba. La herida le ha estado doliendo hoy un poco más pero le da igual; está emocionado por su autorregalo. Cree que ella ha estado estudiando.
Mientras comen, sintiéndose solo un pelín culpable, le pide que si puede salir al campo a ver si encuentra una roca más o menos del tamaño que le indica con las manos y la forma que le dibujará. Ella acepta sin quejas. No cree que pueda encontrar muchos problemas por los sembrados… pero poco a poco va sintiéndose mal consigo mismo. Le pide que lo deje, que ya irán ellos dos, pero ella se niega y le comunica querer ayudarle.
Parte y él prosigue. Toda la tarde pedaleando para mover kilos de piedra de afilar. Pero antes del crepúsculo, el fragmento de pala tiene un afilado perfecto, pulido y resplandeciente, y ha conseguido adaptarle un poquito la forma. Ella volvió hace un rato con tres rocas macizas, de las cuales dos le sirven. Podrían haber sido mejores quizás, pero como para quejarse. Cena y duerme sin ser demasiado comunicativo, deleitándose en analizar y visualizar lo que queda por hacer. Mañana termina.
Se levanta, desayuna y se toma el darse una ducha como un tedio ya obligatorio por el que pasar. Los brazos con agujetas del trabajo lo enorgullecen. Ella pasa a mirarlo trabajar de tanto en cuando; le pregunta cómo va y le pide que le explique un poco. Casi toda la mañana se le va apoyando el punzón contra la parte plana de la pala y dándole ruidosos martillazos. La pobre Diana tiene que salir cuatro veces a matar zombis tras la verja y tirarlos a la zanja por su culpa. Está claro que aunque no los vean siguen siempre por ahí… Acaba destrozando su herramienta, pero sacando los cuatro agujeros que quería. Al parar a comer con la compañera cree que se le va a caer la muñeca, poco a poco ha empezado a notar que le palpita de forma autónoma, y le pincha si cierra fuerte el puño. Trata de relajarla abriendo y cerrando suavemente los dedos por media hora. Menos mal que el costado le ha aguantado sin demasiadas quejas el trabajo, porque no habría sido capaz de hacerlo con la mano zurda dominando.
Sin mejor cincel que una broca de taladro, a la tarde se propone intentar hacerle varias muescas al contorno de la piedra a martillazos; pero ha forzado demasiado su mano antes y ahora no es capaz ni de golpear ni de sujetar con ella sin que le duela. Se ve obligado a pedirle ayuda a la amiga, no debería suponer lo que queda ni una cuarta parte del esfuerzo matutino. Ella, como siempre mostrando alegría de hacer cosas juntos y ser productiva, se pone con él, que le va dando indicaciones precisas de cómo hacerlo, explicándole que lo que necesitan es sacar muescas y hendiduras por las que poder enrollar y pellizcar varias veces el alambre.
En menos de una hora tienen esa parte terminada. Queda el montaje; pero atornillar hasta traspasar el metal va a ser otro proceso agotador. Tres tornillos quiere meterle. Dejando la herramienta, con la cuchilla incrustada a presión en la grieta sobre el suelo, coloca el primero y carga todo su peso en el grueso destornillador, empezando a girarlo. Esto sí puede hacerlo con la zurda, y es de pura fuerza bruta, así que es mejor que lo haga él. Le pide que sujete la hoja por el único lado no afilado, que la fuerza va a intentar hacerla girar y debe impedirlo. La madera va fácil. El hierro… Unos veinte minutos hasta que consigue tener totalmente incrustada la cabeza del primer tornillo. Luego el segundo.
Para el tercero también se ha destrozado la mano izquierda. La mayor parte ya ha entrado, así que le suplica a Diana que lo remate. Él se va un momento a echarse agua fría en las manos. Por fin, sólo quedan las labores más tranquilas. Ella ya se queda a ver terminar el proceso. Con paciencia pasa y tensa mucho ocho anillos de cable hasta las ocho hendiduras de la piedra, enhebrándolos por los cuatro agujeros en el metal, enrollándolos hasta el límite que cabe en las muescas y anudándolos entre agujeros con lazos que se tensan ante la fuerza para que no puedan retroceder; comprobando mucho que la roca queda absolutamente sin holgura. Tal vez alguna vez parta, es lo más endeble de su proyecto, pero parece bastante sólida, no debería dañarse golpeando carne o hueso. “¡Por fin!”. Sube, coge cinta de carrocero y la baja ante los ojos curiosos de Diana. Da un montón de vueltas a la parte de la empuñadura, para que mejore el agarre y además no se astille blandiéndola.
Exhibe triunfal, alzando con un brazo, su creación. Pesa bastante. Ambos la contemplan. Ambos con rostro fascinado. Realmente ha quedado, a su criterio, muy, muy chula. Se sorprende ansiando el momento de probarla contra un zombi. Para su gusto, lo único que le faltaría es haber tenido un filo de acero en vez de hierro, pero por otra parte, si hubiera sido acero sí que no se hubiera visto perforándolo.
Coloca el cacharro sobre una báscula vieja en el baño. Cuatro kilos con dos. Si el trasto es preciso, es algo más densa de lo que pretendía; pero eso también le dará más fuerza de impacto, así que es aceptable. Duerme. Duerme mucho. Solamente pide tener bien las manos mañana. Siente que Diana tarda un poquito en unírsele, supone que ella sí que habrá cenado.



Amanecen juntos. Se toman un tiempo para despejarse, alimentarse y asearse. Él sólo se echa agua en los sobacos y chequea sus extremidades. Tal vez algo pesadas aún, pero están bien. Charlan. Hay varias cosas que todavía quieren. Un buen barreño para lavar, ropas, más productos de aseo, linternas… Y ella le demuestra activamente que también quiere ver el cacharro en acción. Deciden que harán una ruta tranquila, a por cosas de utilidad pero sin adentrarse en el pueblo, por las casas periféricas, de ventana en ventana. Carrito en ristre y a por comidas, pero sobre todo esta vez a por útiles. Bienes secundarios. Sale sin su bufanda, debería haberla lavado esos días. “Suya culpa”. Las gafas sí que las limpia con un trapo húmedo, las seca y se las pone. Se resigna a cubrirse la boca con una de las blusas antiguas que ella no quiere usar por ser demasiado transparente.
Apenas está despuntando el sol cuando ponen pie fuera, y comentan que más chaquetas y jerséis y pijamas de verdad y calentitos vendrían bien. Butano… Aunque no ha dado signos de estar terminándose.
El destino no se hace de rogar. En la rotonda hay un zombi solitario, mirando embobado un calzoncillo tendido, olvidado y polvoriento, que ondea al mismo viento helado que les despeina enérgicamente; así que ambos se atan sendas coletas, ella con una de las dos gomas que le ha regalado.
El ruido del carrito lo espabila. Gime su característico “¡¿Uaooh?!” y empieza a arrastrarse hacia ellos.
Él se adelanta y le pide a Diana que esté atenta por si algo sale mal. Se coloca preparado para recibirlo, agarrando el mango por el extremo de la empuñadura alineado con su frente, en una guardia alta más de kenjutsu que de manejo de armas de asta seguramente, pero ya pulirá y trasladará su conocimiento sobre espadas con el uso y tiempo para entrenar. Cuando se pone a su alcance, complacido malignamente porque sus brazos no le llegan, hace descender salvaje y recto el filo, avanzando la pierna derecha mientras carga todo su peso en la cadera, en movimiento ya de sobra entrenado y marcial.
Como cabría esperar de una verdadera guja, le abre el cráneo como un grotesco valle partido, hecho de tripa cerebral y sangre negra, sin detenerse hasta haber llegado a la mandíbula inferior. Se pringa las manos y torso del “splash” de vísceras. El hombre queda absolutamente inmóvil por medio segundo y después, a su propio caer, se va despegando de la cuchilla con hilitos gelatinosos hasta dar seco contra el suelo. “¡Jooooder! Esto ya es otro calibre…”. No reprime que le salga un extraño y primitivo “¡Uhoho!” gutural, entre la carcajada y la exclamación. Ella a su lado solo dice un “joder”, silábicamente muy espaciado, llevándose la mano para taparse la boca mientras ladea la cara apartándola del irreconocible rostro ahora engéndrico, pero sin dejar de mirar de reojo.
No puede esperar a probar si también es capaz de decapitar de un solo movimiento lateral o diagonal. Tiene algunas dudas, pero ha demostrado ser aún más poderosa de lo que esperaba. Le pregunta a la compañera si se encuentra bien, y ella se baja la bufanda para enseñarle un rostro sonriente hasta el punto de mostrar los dientes, con mirada entusiasmada, tendiéndole los puños cerrados que empieza a abrir y cerrar como un niño que pide algo. “Dame”, ríe grave.
Él, ochenta por ciento contento de que comparta la fascinación, quince por ciento asustado del nacer psicópata, que él ya posee, en ella, y un cinco por ciento fastidiado porque quería jugar más rato con ella, se la tiende. Le instruye en que tiene que usarla con bastante fuerza y le enseña la pose básica que él ha empleado, poniendo rumbo, al cabo, a su meta.
Durante la expedición ella abate a dos de ese modo; no les causa heridas tan profundas como las que él hizo, pero más que suficientes para finiquitarlos de un solo golpe, mientras la vigila con la escopeta cargada por si saliera mal.
Por su parte, se permite experimentar un poco. Lateralmente consigue decapitar de un único movimiento, oscilando en gran arco el arma. También averigua que es capaz de hacer golpes letales con una sola mano, tanto de arriba abajo, como horizontalmente contra el cráneo, aunque eso causa que hasta le duela el brazo que empuña. Sin embargo, cuando intenta una decapitación en diagonal ascendente, el filo se le atasca contra la columna del monstruo, haciéndole pasar un mal trago al haber sido éste capaz de agarrarle el brazo antes de que Diana se lo quite de encima de dos culatazos y que él le aplaste el cráneo de una pedrada con el lado romo contra el suelo. Parece que eso también funciona a la primera. Decide no fliparse tanto. Aprovechan ver dos juntos para comprobar también que con la alabarda, no es ni siquiera necesario distraerlos para tratar con ellos en pequeños grupos; tiene margen suficiente para acuchillar a uno, retirar el palo y alejarse del segundo antes de que se le pueda acercar el siguiente. El único peligro sería que le diera por agarrar el palo en vez de intentar atraparlo a él. Se están divirtiendo, y lo que le preocupa es que, ya, ni se preocupa de ello. Se pregunta si a ella también la rayarán esas cosas.
Reventando todas las ventanas sin barrotes, y subiendo las persianas, de un lado de la calle más corta que sale de la rotonda, van haciendo la compra. Va atento a posibles gritos, malestares injustificados o zombis alelados, que constituyen lo que más le asusta ahora mismo, pues con el tiempo que ha pasado ya, le parecería improbable y absurdo encontrarse a estas alturas con una bola de más de diez zombis juntos cercándoles por cada dirección; como que sería un argumento forzado de un mal “narrador” para darle una lección de humildad. Ya sabe de sobra que tiene que seguir conservando la humildad ante ese mundo. Mucho más la preocupa toparse de bruces con un zombi al doblar una esquina o algo así, y ante eso agudiza el oído.
Al principio van echando toda ropa que les valga, pero conforme van viendo la suma del botín, especialmente en un par de casas con las familias todavía dentro e infectadas, van permitiéndose hasta sibaritismos. Se culpa por no sentirse más triste ante la perspectiva de esas vidas truncadas, más impactantes al haberse quedado congeladas en su rutina todavía reminiscentemente palpable. Pero comprende que para él son ya más loot que seres humanos muertos. Se queda con esa sensación agridulce por un rato. Diana también parece haberse quedado un poco meditabunda. Cree que es mejor no comentar nada, no hay nada que decir, sólo le da un empujoncito acompañado de sonrisa y encogimiento de hombros leves y deja que el ir recopilando cosas cure sus almas. Y lo hace. Para la una de la tarde terminan la vía, con el carro y las mochilas hasta arriba; las varias mochilas, pues se han adueñado de más. Han echado ropa a espuertas y mucho más ajustada a sus tallas, de abrigo, de trote y hasta pijamas; algunas mantas, sábanas y almohadas más; otra bombona de gas, seis linternas, muchas latas de cerveza de diversas marcas y más vino; baterías de móviles y teléfonos por si funcionan sin el PIN, gorras, pilas de varios tamaños; una playstation 2 con decenas de juegos piratas cuya mayoría reconoce, cables y dos mandos, esperanzado en hacerla funcionar algún día, ojalá y encuentre si no una Game Boy en la que aprovechar tanta pila; varios juegos de mesa típicos como el Tabú, el Trivial o el ajedrez, el cual teme jugar contra ella; más compresas, geles y jabones para la ropa; todo el chocolate y guarrerías que había, relativamente escasos sin embargo y, por idea suya, la decena de llaves de coches desconocidos que han encontrado; y ¡una docena total de espetecs! Y hasta han sacado un barril de metal vacío que estaba sirviendo de mesa de jardín. Aunque no es lo más idóneo, es lo suficientemente grande para lavar la ropa…
Ahora están volviendo y el costillar le está molestando bastante más que los últimos días, cargando el carro con una mano y compartiendo el peso del barril con ella en la otra; nota mucho la presión de la correa de su mochila contra su pecho, y seguramente haber estado haciendo el bruto lo ha perjudicado. Pero le da igual, no se imaginaba que algún día, menos tan cercano, le molestarían tan poco dolores como aquel. No ve el momento de regresar a casa a disfrutar de algo de todo lo que han encontrado, no sabe ni por dónde empezar. “Regresar a casa…”. Se da cuenta de la trascendencia de ese pensamiento. Siente que ese es ahora su hogar. Está feliz joder. Se da cuenta de que está feliz de estar allí, de tener a Diana a su lado, está feliz de todo lo que tiene, está feliz de todo lo que está haciendo, orgulloso de su trabajo, está feliz de superar los desafíos, y está feliz hasta de la acción de la lucha, la tensión del sigilo, de la confianza y colaboración con su compañera, de las cicatrices y el trofeo cínico del dolor tras el combate o la labor… Cae en que de hecho, aun pese a habérsele pasado su propio cumpleaños, es como si se hubiera hecho verdaderamente un regalo casi a tiempo. Está muy feliz de estar vivo, de la vida que está viviendo ese mes… Y no sólo alegre, si no feliz como, no exclusivamente, pero sí muy pocas otras veces en su vida ha sentido. ¿Hace cuántos días que no piensa verdaderamente en Marta?, ¿ni en su familia?, ¿ni en sus amigos?, ¿ni en los propósitos de su vida que se han truncado con todo aquello?
¿Está mal sentirse así? Cálidamente ensombrecido por esos pensamientos, recorre los eternos quinientos metros hasta su casa, la de los dos. Nada más entran y arrastran las cosas hasta el centro del salón, se abraza muy fuerte a Diana, besándola en el sudado cogote. Ella reacciona con sorpresa, pero luego lo aprieta también y acurruca la cabeza en su pecho, ronroneando muy cariñosa unos segundos. ¿Se sentirá ella igual? No sabe por qué, pero le da demasiada vergüenza preguntárselo.
De repente nota una punzada de miedo y de tristeza, ante la idea de que sigue pudiendo perder, en cualquier momento, todo lo que ha logrado volver a amar… Se da cuenta de que ha vuelto a no serle indiferente su destino… ya no está sólo sobreviviendo.
Y en él se baten, a lo largo de la tarde que tras comer pasan juntos, ese abrumador sentimiento y la dicha de disfrutar y contemplar todo lo que ya han construido; emborrachándose, jugando, charlando y fumándose el último paquete de tabaco, en el pequeño cometa incierto de su cuarto.
Mierda, el tabaco…
A la noche, recostados en sus respectivas camas esperando el sueño, dejando que se le pase el ardor que siente, entre charlas de ridículos contrafácticos, interrumpe con un “¿sabes…?”, y prosigue con un “¿querrías que te hable de Marta?”. Siente que quiere quitarse ese peso de encima, decirle a alguien todo lo que ha pasado para poder superarlo de una vez, derretir ese titánico iceberg… Ella le pide que sólo si quiere hacerlo.
Y para cuando termina de hablarle de ella, de cómo era y de cómo la perdió, está llorando sin nervio, sólo llorando. Y Diana también. Y sube a su cama con él y lo abraza. Y lloran con leves sonrisas. Y apretaditos, duermen.
Y a la mañana lo despierta el gritito inmediatamente contenido que pega ella, que salta de su lado retirándole el confortable calorcito de su cuerpo y corre a su colchón a taparse bajo la manta, hasta el cuello como escondiéndose, mientras intenta ocultar su cara rojísima entre los dedos. Y él ríe mucho, muchísimo. Y ella estalla también en conectada carcajada, cada vez más relajada y menos abochornada, adoptando una posición natural.
Después se levanta en silencio tácito, pasando por su lado para revolverle mucho la enmarañada cabellera antes de ir al baño. Recuerda haber tenido un sueño extraño, estaba con Diana y sus amigos a lo lejos, y más gente desconocida, y entre ellos, Jesús, cabalgando una bomba atómica…
Esa mañana él le propone, tras desayunar y digerir a gusto, no hacer pereza, y empezar por fin la rutina de ejercicios que aceptaron. No muy intensas. Correr en ropa de montaña media hora, por el camino hacia la nada, al ritmo del más lento de los dos, quince minutos de ida y quince de vuelta, con una mochila de cinco kilos de cosas a la espalda y, agregan por parecerles buena idea tanto para acostumbrarse como por si surgen problemas, que ella porte la escopeta y él la alabarda. Con vistas a poder hacerlo una hora entera en algún momento. Después, al volver, en el patio, tres series intercaladas de abdominales, dominadas asistidas mientras lo necesiten y flexiones hasta el fallo. Le cuesta un poco convencerla pero acaba lográndolo.
A mitad de la mañana acaban destruidos y apenas son capaces de levantar su peso en las vigas del cobertizo, yendo directos al terminar a la ducha y al sofá, en competición por autocompadecerse. Ha hecho poco ejercicio continuado a lo largo de su vida, pero sí ha coqueteado con él varias veces, así que sabe que si son constantes ese agotamiento extremo desaparecerá pronto. Aprovechando ese mismo conocimiento ha diseñado la tabla de ejercicios si es que puede llamarla así, seguramente haya formas mejores… Propone hacerlo todos los días porque prevé sin dudas que holgazanearán más de una y más de dos veces.
Esa tarde, la del día siguiente, y la del siguiente al siguiente las pasan de forma similar. Desde la comida se entretienen generalmente improductivos, la mayor parte del tiempo en conjunto, aunque también a veces en pequeñas cosas propias. Ella estudia un poco más, y él, sintiéndose moralmente obligado al principio, motivado al poco, emprende el diseño de su siguiente invento. La primera velada, con excusa del primer cambio de sábanas, la obliga a aceptar cambiarse de cama, y que ella sea la que disfrute de la más cómoda, al menos por una temporada. Pese a la rotación de prendas, sigue impregnado el aroma sutil de Diana en su almohada, lo que le resulta muy relajante para dormirse.
Durante el tiempo libre, cuando le pregunta interesándose, ella le responde que está haciendo progresos, que necesitaría encontrar un manual de jardinería, o botánica, o agricultura de verdad, porque no consigue visualizar del todo el proceso y nada de las vicisitudes, pero que a veces de forma directa, a veces cruzando información como la recurrencia de ciertos datos entre muchas plantas de las mismas familias, sí que está logrando aprender de los tipos de suelos que favorecen a unas u otras, de sus necesidades de agua, sus estaciones y hasta algo sobre el abonado y las enfermedades más comunes que pueden afectarlas… pero que es un proceso lento. Él le asiente maravillado, como si no entendiera una palabra en broma, aunque intentando dejar claro con la actitud que más o menos comprende… y se encoge mentalmente de hombros ante que pueda hacer eso tan rápido. Luego comparte con ella los progresos y dilemas que enfrenta en su proyecto: construir un molino barato, fácil y por piezas que puedan subir hasta el campanario, capaz de hacer sonar la campana simplemente con que sople viento.
Las mañanas han cumplido por ahora con sus propósitos. Inauditamente, se ha acostumbrado por completo a madrugar. Se le hace un poco cuesta arriba, sin embargo, no tener nada que fumar en días tan de relax. Ella también comenta echarlo de menos. Genial… ¿ya la ha enganchado un poco? No tiene claro si es eso o que simplemente le gusta compartir cosas con él. Otra cosa de la que se siente culpable por no sentirse culpable.
Mientras se ducha el cuarto día seguido de levantarse sintiendo que puede vivir “tranquilo”, decide proponerle algo mientras desayunan, en aras de satisfacer un poco las cúspides de sus pirámides de Maslow personales. Pero primero decide comprobar la base de la suya y chequea sus costillas. Ya se había olvidado de hacerlo. Apenas es discernible la inflamación, sutilmente enrojecida, y puede presionarla; si lo hace con demasiada fuerza llega a dolerle incluso muy intensamente, pero ya sólo como un eco de lo que fue, como un pequeño debuff de su barra de salud máxima. Salvo por el diente que le falta, ya no quedan cicatrices visibles en él de sus desventuras.
Masticando unas galletas con ella, le pregunta qué le parece la idea de sustituir el ejercicio del día por otra expedición, pero que como es por capricho, ella decide; que es arriesgarse un poco por tonterías. Ella le pregunta qué quiere y el confiesa que buscar tabaco de cachimba y una Game Boy; y también cualquier cosa que ella pueda desear, claro. Responde interrogando si podrían buscar una mini-cadena de pilas, y CDs; o algún mp3 de pilas. Él “porsupuestea”. Se estrechan las manos como en acuerdo honorable y se arreglan para la ocasión.
Tras valorar que, salvo que algún día se propongan de forma marcial limpiar el pueblo de la plaga, es imposible ir casa a casa, traman juntos cómo buscarán. Para el tabaco, mirarán si hay estanco en el pueblo, aunque él duda de que en un sitio como aquel tengan cosas de cachimba; o si no, pese al racismo del asunto, si hay alguna casa con algo que evidencie habitantes de origen árabe, pues son los consumidores más habituales de aquello. Para las otras cosas que ambos quieren, primero buscarán tiendas de electrónica como mejor apuesta, aunque los dos están seguros de que ni de coña habrá una; y finalmente se fijarán en casas que tengan algún detalle que favorezca pensar que hubiera niños o adolescentes en ellas en algún momento reciente.
Dedican un par de horas a recorrerse exhaustivamente las calles. De la periferia al centro, que quieren dejar como última opción. Una casa les llamó la atención, al tener en el jardín tanto una piscinita infantil de goma deshinchada como una canasta de baloncesto en la pared. Con rejas en ventanas y el acceso interior, sin embargo. Él decidió poner a prueba la consistencia de su roca, pues si no fuera capaz de resistir aquello debería cambiarla por otra. Y aunque no pronto, golpeando la cerradura con ella, fue la puerta la que cedió. Todo para descubrir que por lo visto, los inquilinos veraniegos del lugar eran unos amantes de la vida sana y con balones y juguetes manuales. Tenían una minicadena, pero de enchufe, que ella aun así guardó, junto con un par de discos de una modestamente amplia selección, sin cara de estar demasiado satisfecha con ellos.
Anecdóticamente, en otro lado del pueblo, oyeron voces charlar bajito momentáneamente, y luego justo al asomarse a la esquina, vieron un monovolumen arrancar y alejarse hacia el sur. Se consultaron entre sí, pero ninguno de los dos mostró estar demasiado convencido de llamar su atención. Parecía que acabaran de salir de una casa concreta, sin haberla forzado. También se cruzaron con otra vivienda con las ventanas superiores abiertas y ropa tendida dentro de la habitación recientemente, a esa sí que llamaron tras hablarlo entre ellos un momento, con ánimo de preguntar a algún lugareño como mínimo, y a ser posible incluso entablar alguna amistad. Pero ya estuviera muerto, fuera, o simplemente ignorándolos asustado el propietario, no obtuvieron respuesta y decidieron dejar el lugar en paz; memorizando, eso sí, su ubicación para el futuro.
Conforme fantasea con los planes que haría de tener una consolita y qué juegos desearía encontrar, descubre que está más ilusionado, de hecho, por enseñárselos a ella y compartir así también esa parte que era tan importante para él de su vida con ella, que de jugarlos él mismo.
Rendidos, y hartos de aniquilar zombis solitarios, en parejas y hasta en tríos, pasándose la guja del uno al otro según el caso, en cuyos rostros él apenas si se fija, deciden regresar; atajarán atravesando el centro por calles que no han pisado, por si cayera la breva. Luchar podría haber sido divertido si no estuvieran tan obcecados en un objetivo que frustrantemente no mejora.
Y apenas doblan un par de esquinas, ni siquiera cerca del área más conflictiva, dan de bruces con el estanco. Con un cierre de chapa y una cristalera tras una verja. Y tras la cristalera una cachimbita de las de tamaño mini expuesta.
Se miran. Se encogen de hombros casi riéndose, como sin creérselo, y se ponen a trastear con el candado. Entre martillazos de la herramienta de mano y usar el mango del arma como palanca, la persiana metálica acaba cediendo y la levantan. Ella se encarga del no-muerto que atraen con el estrépito. ¿No quedarán ya gritones allí?
Saquea el kilogramo doscientos de tabaco que poseen en veinticuatro paquetitos, la mayoría de manzana, salvo cinco de menta. “It’s something”. También coge las tres cajas de diez paquetes de carbón que tienen y, aunque sea por las cazoletas, las dos shishas. Y sabe que eso significa que tiene que haber al menos alguien por allí que consuma de eso. Lo apunta mentalmente. Ya que están, arramplan también con todos los chicles y chocolatinas.
Con alegría redoblada, vuelven al hogar. Dando con la segunda sorpresa. Una farmacia sin mayor protección que el cartel de una alarma en la pared exterior, aunque ya tiene los cristales reventados. Debería habérsele ocurrido a alguno de ellos mucho antes la conveniencia de saquear una. Convencido de que en alguna realidad paralela, todavía está sonando una alarma, se adentran con precaución. Está vacía de vida o de muerte; pero también de muchos productos, y todo parece bastante desordenado.
Sin mucha idea, arramplan con lo que les parece coherente y queda, que es poco. Alguna caja de antibióticos, algunas de calmantes; vendas, gasas, alcohol y iodo; compresas, antinflamatorio en spray, algún antihistamínico por indicación de ella, y hasta vitaminas. En secreto, no sabe muy bien por qué, ni del secreto ni de por qué lo hace, coge una caja de condones.
La tarde la viven de nuevo en su habitación, fumando un par de clásicas shishas de manzana y menta. No han conseguido todo lo que querían, pero también han encontrado algo que no esperaban, y ambos se han dado cuenta de que el pueblo parece estar haciéndose cada vez más seguro… Pueden darse una palmadita en el hombro. Sumamente extraño les resulta descubrir, como quien no quiere la cosa, que han soñado lo mismo. Ella con un grupo de gente que desconocía pero se le antojaban familiares y cuyas descripciones, algunas, hasta le cuadran a él.
Es tan raro que pronto decide ni darle vueltas.
Los dos siguientes días sólo hacen ejercicio y se distraen; trabajando él, estudiando ella un poquito también. Saliendo exclusivamente a “tirar la basura”. Pero mastican la idea de aprender a conducir, que deciden poner en práctica la próxima mañana. Ya refresca muchísimo y salir sin abrigo grueso temprano es impensable, así como no entrar en calor nada más ducharse. La casa, salvo su cuarto en el que van acumulando su humanidad, es bastante fría.
La última noche, consciente de lo abandonada que tiene la tarea que se autoadjudicó de mantener actualizado el inventario, se ve obligado a pedirle a ella que lo ayude para poder acabarlo en un tiempo razonable. Por primera vez desde su cagada lo regaña ella a él un poquito, pero sin animosidad.
Temprano y desayunados, pulsando botones de los mandos mientras caminan hacia coches circundantes, pero probando también tozudamente las llaves al llegar a ellos, encuentran un polvoriento Opel blanco, pequeño y de aspecto de los noventa, en el que encaja una de las llaves.
Sin embargo, una vez en el asiento del conductor, al girar el contacto, que es lo último a donde llegan sus conocimientos de conducción, el coche no da ninguna señal. Irónicamente, sabe más de su mecánica que de su manejo. ¿Batería? Vuelve a girar la llave pidiendo con leve furia indignada al cacharro que se encienda.
Desde algún lugar bajo la manga del abrigo fluye por su piel una telaraña de finos relámpagos que le hacen cosquillas, saltando de sus dedos al contacto del volante. Observa catatónico y mentalmente paralizado, solamente capaz de alejarse todo lo que puede empujando con los pies, como saltan chispas por todos los pilotos y el cuadro de mandos y empieza a salir humo de todos lados.
Salen corriendo los dos casi en grito y no se detienen hasta mitad de camino a la rotonda. A su espalda, recobrándose del ataque al corazón que casi le da el susto, ve que el humo no va en aumento sino que lentamente disminuye.
—Álvaro…
Ella está expresivamente aterrada y le señala la mano y la cara. Vuelven a paso muy nervioso a la casa, directos al cuarto de baño. Donde se desnuda el torso y mira.
—Joder… —musita.
—¿Estás bien?
—No lo sé…
No se siente mal en absoluto, más allá de cierto hambre, pero su brazo derecho, casi desde el hombro, ha palidecido de tono hasta lo azulado, y sus uñas están negras por el extremo y amarillas en el nacimiento. Sus ojos, como metidos en las cuencas de marcadísimas ojeras, con la piel demacrada y los dientes todavía más amarillos de lo que ya es habitual en él; nota labios lengua y garganta muy secos.
Huye directo a la cocina, donde bebe casi medio litro de agua y devora un plástico entero de galletas hasta relajarse un poco; bajo la vigilancia constante de Diana, sumamente asustada, que ahora mismo no le ayuda
La tarde pasa muy tensa, fingiendo penosamente ambos normalidad, orbitando el tema sin tratarlo más allá de alguna incursión puntual que siempre acaba en “No sé cómo ha pasado”, “No tengo ni idea de qué coño ha sido”, o “No tiene puto sentido”, y demás derivados. Sólo no aparece el cliché “Esto no es posible”, que ya abandonó hace mucho tiempo. Nunca profundizan sin embargo ni remotamente en lo que a él más le atormenta, y cree que a ella también. “¿Qué pasa si sigue empeorando hasta transformarse en… algo?”.


Recluidos por dos días bastante silenciosos, todo va mejorando, sobre todo porque su estado evoluciona y al cabo de esa última noche es ya difícil reconocer los signos de lo ocurrido en su cuerpo si uno no los busca atentamente. Por fin tratan el tema de forma algo más completa, aunque sin llegar a nada sólido, como es evidente que no pueden. Hablan sobre magia, sobre pseudociencia y poderes, sobre lo misterioso de todo cuanto ha ido pasando… Sea como fuere, lo que más coherente le parece concluir es que, si algo ha alterado a las personas de un modo que algunos desafían las leyes, no ya de la biología, sino hasta de la física, como los zombis blancos, no es descabellado inferir que pueda haber afectado a la gente “normal” de otras maneras.
No obstante, también se centra mucho en convencerla de que no deben hacer trauma de todo esto, y que deben volver a intentar aprender a conducir, que es muy necesario. Y le cuesta, ella no quiere oír hablar del tema, pero tras una hora de desgaste y enfadarla, acepta. Puede que contra su voluntad, pero acepta. Eso sí, acuerdan que él no volverá a intentar arrancar nada. Y le parece bien.
La mañana buscando nuevo coche se les hace muy tensa, hasta que ella da con un Seat, algo más nuevo que aquel Opel, para el que tienen llave y que logra encender a la primera.
Al principio no saben ni qué hace cada pedal. Saben que tiene marchas y que hay que meterlas en orden según la velocidad. Pero que cuando intentan moverlas el vehículo chirría muy lastimeramente. Luego aprenden que el pedal izquierdo permite que entren y que el derecho lo revoluciona, deduciendo entonces que el central será el freno. Pero que cuando sueltan el izquierdo el coche produce otro ruido probablemente malo, da un empujón brusco y se apaga.
Tras muchísimo tiempo en pruebas ante un sol testigo que va observándolos cambiando de ángulo, acaban por encontrar sentido a esa cosa difusa que han oído de “embragar”, intercambiando entre sí rumores y leyendas al respecto, y con mucha paciencia, intercambio de asiento para que puedan probar ambos, calando el coche cada vez que paran, otras simplemente porque sí, y con miedo de que los turnos de Álvaro provoquen otra catástrofe, llegan a la rotonda. Donde deciden que dejarán el artefacto del demonio ese. Saben que han estado haciendo algo más mal, porque el motor ha ido sonando demasiado alto durante buena parte del trayecto.
Suficiente por hoy. Con renovado buen humor ante que parezcan poder relajarse un poco de que vuelva a pasar nada extraño, vuelven a sus quehaceres.
Los siguientes tres días, dos salen a hacer ejercicio y todos ellos vuelven a jugar con el coche. Primero le cogen un poco el punto a ir girando el volante. Luego a la frenada y la idea de que embragar sirve para que la marcha quede libre, evitando seguir calándolo en rápidos estertores cada vez que paran, y en general al punto que permite ponerlo en movimiento. Finalmente ven que hace falta cambiar de marcha conforme aceleran para que el coche no ruja vehemente, lo que les lleva, la primera vez que lo intentan seriamente, a estamparse con un árbol. Nada parece averiarse. Ni ellos, ni el vehículo, ni la pobre planta. Solo un leve abollón en el capó. Quedándoles el susto y sus risas posteriores. Enfilando la recta hacia el sur acaban logrando meter hasta la tercera, y acuerdan que, por muchísimo tiempo, aunque crean que ya se manejan, no pasarán de cincuenta nunca, que es una velocidad aceptable para ir a cualquier sitio.
Las tardes siguen a sus cosas. Él ya casi está contento con su diseño. Ella ya ha dejado de estudiar y, en efecto, se ha puesto con los Episodios Nacionales. Ese será su destino también, teme. Pero ahora tienen muchos más juegos y, entre unos y otros, pasan el rato. Siguen contando con generosa abundancia de comidas y bienes. Apenas tendrían que lavar si no quisieran, pero intentan evitar que se les acumule trabajo. También limpian la casa por primera vez desde que llegaron, haciendo que se sienta mucho más acogedora.
Las posteriores tres jornadas ya se animan a ir circulando un poquito, mucho más despacio de los cincuenta, principalmente en segunda, hasta donde el motor amenaza con empezar a rugir, por las calles despejadas de la periferia y las rutas de tierra circundantes, sin alejarse nunca más de lo que estarían dispuestos a volver a pie como norma de oro. Hasta hacen alguna prueba de intentar acelerar mucho y frenar de golpe; sobre todo para hacerse una idea de ambas capacidades. También intentan concienciarse de que tienen tres espejos que deberían ser importantes. Y los cinturones de seguridad, si circulan, se los ponen. En algún momento deberán aprender a robar gasolina de otros coches, en las pelis lo hacían aspirando desde un tubo… y tiene sentido físico que eso funcione. Por cierto, ¿su coche será diésel o gasolina?
Han descuidado un poco el ejercicio yendo sólo una mañana, ilusionados con la novedad de lo motorizado, aunque por otro lado está empezando a dar sus frutos, pues ya no les cansa demasiado la carrera y han hablado de subir un poco la intensidad.
Mientras uno conduce el otro va experimentando, trasteando con los botones, encendiendo luces, retrovisores, limpiaparabrisas, faros, aire acondicionado, echando los seguros, abriendo el maletero… Y la radio funciona, aunque solamente emite parásitos.
Ninguno de todos los días en que conducen está absolutamente libre de zombis, y siempre los gestionan parando y suprimiéndolos a mano. No les inspira ninguna confianza atropellarlos.
La primera tarde él termina satisfecho el diseño de su campana-molino y lo comparte con Diana.
La segunda, sin ninguna prisa esta vez por ver su plan funcionando, ni ganas de ir a buscar los materiales verdaderamente necesarios para ponerlo en práctica tal y como lo concibió, decide recoger palos y usar el bobinado sobrante de su anterior creación para irlos uniendo entre sí e irles fijando la sábana más fea de las que disponen, creando algo por ahora muy alejado del modelo. Se lo toma como un primer experimento que si funciona tal cual bienvenido sea; esta vez su vida no está en la mesa de juego a corto plazo dependiendo de la calidad de su trabajo. El resto del tiempo se lo pasan en su habitación, dedicados a la indolencia amena.
Tras el deporte del tercer amanecer, conduciendo ella mientras él toquetea, suena una voz en determinado dial que los obliga a detenerse:
“¡Atención supervivientes! Esto es una transmisión cíclica del Ejército de Liberación. Estamos aquí para ayudarles e informarles en todo lo que podamos. Pueden sintonizarnos para avisos de última hora, siempre en esta frecuencia. Recuerden así mismo que si necesitan asistencia o suministros pueden intentar contactarnos en este dial, y si nos facilitan su ubicación, haremos cuanto esté en nuestras manos por ayudarles”. Parón. “¡Aviso de última hora! Dentro de seis días, la mañana del martes veinte de noviembre, se producirá una detonación nuclear de las ciudades de Madrid y Barcelona. El Ejército de Liberación no está involucrado ni tiene nada que ver con esta decisión genocida. Se recomienda a toda la población mantenerse a una distancia de seguridad mínima de cuarenta kilómetros de los centros urbanos afectados. Sigan sintonizándonos para toda actualización”. Parón. “¡Atención supervivientes! Esto es una transmisión cíclica del Ejército de Liberación. Estamos aquí para ayudarles e informarles en todo lo que podamos. Pueden sintonizarnos para avisos de última hora, siempre en esta frecuencia. Recuerden así mismo que si necesitan asistencia o suministros pueden intentar contactarnos en este dial, y si nos facilitan su ubicación, haremos cuanto esté en nuestras manos por ayudarles”. Parón. “¡Aviso de última hora…!”.
Esa noche, en la habitación, con gesto de nostalgia anticipada, guarda un paquete de pilas medianas en su mochila.



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