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Zombi Volumen Aurora

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jueves, 14 de diciembre de 2017

Alas negras

HISTORIA DE CRISTINA:
Episodio 1
Episodio 2
Episodio 3
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EPISODIO 4

Observa al hombre que trae el militar. Es el padre latinoamericano que les acompañó... hace tanto tiempo. Robusto como era, ahora su piel está sudorosa y pálida y sus ojos constantemente entrecerrados. Sin duda si el soldado no lo sostuviera, caería al suelo en segundos. ¿Cómo se llamaba?
¿Pasado?
Pasado. En su cuerpo tiene las mismas heridas que tan extraño le hubiera parecido encontrar antes, y que todos los que habían enfermado presentaban. Uñas humanas hincadas como garras. Dentelladas, en su caso en las manos, del tamaño y forma de bocas de persona, pero con la profundidad y violencia de un animal. ¿Su mujer o sus hijas?
El otro mira con mal disimulado pavor por encima de su hombro la masacre que ha dejado a su espalda. Ella agarra el cuerpo que le traen como el resto de veces, fingiendo la misma dedicación que antes.
Apenas está consciente, no se enterará de nada.
En cuanto lo tiene entre sus manos lo sienta con la espalda contra la pared, casi sin fuerza para aguantar su peso, ladea su cabeza, y más rápido de lo que el uniformado pudiera comprender lo que iba a hacer, le golpea en la sien con la punta roma del martillo, tumbándolo de lado como un maniquí.
Antes de que el hematoma seguramente letal de la fractura pueda aparecer en la cara del otro. Antes de que el hombre armado pueda reaccionar, darle el alto o siquiera sacar el arma, ella da la vuelta al martillo y remata el trabajo con la punta dentada de la herramienta contra su frente.
Desincrusta el martillo y se gira con él a encarar al vivo. Sin avanzar.
—¡Qué cojones haces!
Se traba desenfundando el G36, aunque al final lo logra y la encañona.
—¡¿Qué coño has hecho?!
Tiene hambre. Dentro hay un grifo para rellenar los cubos de fregar seguramente, pero no comida.
—Mi trabajo aquí ha terminado. Dame de comer —espeta al otro mientras da un par de pasos hacia él.
—¡Lo has matado!
Un gesto tembloroso del subfusil, reapuntándola nerviosamente al pecho, la detiene.
—¡Lo has matado!
—Sí. Y a los otros. —¿Cómo está sonando su voz?—. Ahora dame de comer.
Lo mira a los ojos. Él con arma de asalto, ella con martillo. Él asustado, ella no.
Siguen mirándose.
Ella tuerce un poco el cuerpo para andar acercándose lo mínimo posible al otro y pasarle de largo sin resultar más amenazadora que su martillo constantemente prieto contra los dedos. Lo deja atrás.
—¡No... no puedes abandonar el área de cuarentena!
Sabe que no ha dejado de apuntarla. Deja un silencio pretendidamente tenso antes de responder, sin dejar de caminar tranquilamente.
—¡Comida! —ordena.

Frente a ella los tornos ensangrentados iluminados por lámparas de batería que instalaran en algún momento. Sangre hacia las escaleras mecánicas. Más aún en dirección contraria, desde las de salida, por la cual entra oscuridad nocturna. Por doquier los rastros de cuerpos inertes y con heridas sangrantes como crímenes que los militares hubieran ocultado pobremente. Suben pasos, seguro que alertados de las voces.
—¡Qué ocurre!
Enseguida dos hombres la están apuntando dándole el alto mientras un tercero pasea buscando al subordinado y se detiene como el otro frente a la escena de carnicería humana que ha dejado. Especialmente Luis. Ni Dios lo reconocerá nunca más después de lo que le ha hecho.
—Dice... que... que quiere comer. —Oye tartamudear bajito al otro en el silencio sepulcral de armas de fuego contra su pecho.
Se gira a mirar al mando. No reconoce el galardón de su rango, pero la luz de los focos pegándola en la cara le dificulta ver en él más que una silueta oscura.
Mantiene otra escena de ojos silenciosos mirándose. Ella al lugar invisible en que se encuentren los del otro, sin entrecerrar la mirada por la molestia o protegerse con las manos.
—Quitadle el martillo y dadle de comer —concluye.
Ella gira la cabeza desafiante al que se le acerca, sin dejar de apuntarla ni un segundo, apoyado por su compañero cubriéndolo. Pero hierática, no se resiste a que el otro coja la herramienta de su mano.
Después algo más calmados, se la llevan con ellos murmurando entre sí algo de "qué habrá ocurrido". Hasta le ponen una mano en la espalda mientras caminan intentando confortarla. Le sería fácil quitarle el arma de encima... pero, ¿sería más rápida que el otro en disparar?
Pronto le preguntan qué ha ocurrido, en cuanto la sientan en una mesa plegable en medio de un pasillo que han protegido con barricadas a ambos lados. Ve que han dejado en el centro una puerta de algún otro cuarto de almacenamiento, o de vestuario o de a saber qué. Está cerrada, pero suenan conversaciones breves dentro y llega olor a tabaco. Deben de estar durmiendo allí.
No responde hasta que le traen comida. Pasta rápida, sin nada más que salsa de queso y sal. No ve por allí con qué puedan haberla cocinado, pero por lo templada que está juzga qué debe de haberles sobrado de su cena.
—Los he matado a todos —responde.
Otro silencio en que los hombres se miran entre sí y a ella de soslayo. Cree que uno de ellos mueve fugaz, casi inconscientemente, la mano hacia su arma. Pero al cabo se relajan.
—¿Y... y eso? —suelta uno, con el tono de voz de no saber que decir pero sentirse aún más incómodo por el silencio.
—¿Habéis podido curar a los vuestros?
—No...
—Pues por lo mismo.
Abandona los cubiertos de plástico, son demasiado lentos. Se limpia rápida las palmas y yemas con el agua de la botella de plástico que le han puesto delante, coge la comida con las manos y prácticamente se la lanza con furia a la boca... Ya ha visto eso antes.
Los dos que faltaban aparecen también. Espera que no quieran hablar más con ella.
—¿Se encuentra bien? —El hombre de voz más firme le da una palmadita recia en el hombro.
Ella lo mira, sabe que con los labios, dedos y barbilla llenos de mejunje de los macarrones.
—Sí.
—Coma, coma.
Se sienta frente a ella, pero a respetuosa distancia. Ella sigue devorandoo sin preocupación por el decoro, hasta terminar y quitarse la pegajosidad contra el pantalón ensangrentado. Después se sienta a observar al... oh, sargento primero, no está mal...
—¿Quiere un cigarrillo?
Asiente. El hombre se lo enciende caballerosamente, demasiado anticuado para sus, como mucho, "treintailargos" años... Criado de seguro en una familia muy tradicional, de militares tal vez.
—Cristina, ¿verdad?
—Sí.
—Era policía, ¿no?
—Sí.
—Hace unos días hizo que me llegara uno de mis chicos con el rabo entre las piernas, diciendo que tenía rehenes y que exigía ir a la cuarentena...
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por el permiso...
—Y ahora ha salido y exige comida...
—Gracias.
—Tiene más cojones que mis chicos. Eso sin duda.
—¿No hay mujeres en su pelotón?
—Había dos.
—Había...
—Sí.
—¿Cuántos erais?
—Cuarentaitrés.
—¿Cuántos sois ahora?
—Dieciséis. Pronto quince.
Asiente cruzándose de brazos, y esboza media sonrisa empática, tratando de respetar que el otro tampoco haya puesto voz de circunstancias.
—¿Quieres reclutarme? —rompe ella el silencio, dándose cuenta de ser la que se siente incómoda ante él esta vez.
—Quería preguntarla si quiere volver ya con el resto de los civiles.
—No.
—Entonces sí, quiero reclutarla. —Agradece que no mencione nada relacionado con... Luis.
—Acepto.
—Tendrá que llamarme de usted.
—Rehúso.
El hombre sonríe.
—Puedo llamarte por tu nombre, sin embargo.
—Soy José.
—¿Qué está ocurriendo, José?
Pausa.
—No lo sabemos...

Hay órdenes, por lo visto... es algo. Las comunicaciones de larga distancia destruidas de algún modo. Sólo los walkies funcionando. La iniciativa propia de aquel grupo por proteger a la población civil es tan loable como estúpida. Pero ahora tienen órdenes, seguro que eso desanima a alguno de los que estuvieran planteándose desertar, tendrá que encontrar a los que aún quieran.
Según José han informado esa misma mañana de que el despliegue coordinado está por llegar, y han pedido que mantengan la posición a la espera de refuerzos. Lo han llamado ataque terrorista masivo y han declarado el evidente estado de sitio... pero quien quiera que hablara... no era un alto mando del ejército según ha dicho. La cúpula seguro que ha despegado a algún lugar seguro. Sea como fuere el conflicto es como mínimo europeo y norteafricano. Informan de que se trata de algún arma biológica desconocida de transmisión sanguínea. Pero... todos saben que es algo más que eso. En cualquier caso todavía no pueden salir. Un... ¿monstruo volador? había causado tantas bajas en la unidad como la enfermedad, según los soldados en los barracones. Hasta inutilizó uno de sus dos tanques obligándolos a atrincherarse allí. Tienen miedo de que siga por la zona. No confían en ella, a menudo los encuentra en conversaciones que se tornan indiscretamente insustanciales cuando se les acerca, pero tampoco parecen tener humor para acosarla de modo alguno. La comida no es un problema inmediato, al menos.
Pasa toda aquella primera jornada como nueva recluta intentando conocer las personalidades del resto. Hay dos y un seguidor que parecen interesantes. Además ahora tiene un G36 y un machete para sí.
José parece desesperado por confiar en alguien externo, conoce bien a sus hombres y ninguno debe de ser un apoyo adecuado para las circunstancias, al menos de los que le han sobrevivido. Probablemente sean en su mayoría los más cobardes de la unidad, de ahí su éxito... Lo oculta bien, pero es lo único que justifica la atención que le presta. Ya le ha pedido un par de veces opinión sobre sus "planes de contingencia" en caso de tener que abandonar el puesto. Uno para ir por los túneles. Otro por el exterior. Ninguno de ellos implica sacrificar hombres para maximizar las posibilidades del resto... fomentando el fracaso global. Diría que en el fondo está obsesionado por conseguir salvarlos a todos.

A la mañana siguiente va al área de los civiles. Siguen vivas la madre y una de las hijas del latino. El resto no importan, aunque haya caras nuevas. Sin pedir permiso las traslada a la zona de los militares. Nadie la cuestiona. A nadie le importa mucho nada ya. Ni siquiera al sargento cuando lo descubre, que tras un arqueamiento de cejas les ofrece café. La muchacha está destrozada y no hace más que llorar, dormir y callar. La mujer sin embargo parece estar forzando sus límites por estar calma. Una buena madre. Ella ya les ha brindado la oportunidad de estar en el lugar adecuado, será su problema hacer lo que haya que hacer cuando llegue el momento apropiado.

Esa noche capta una conversación breve sobre que no pueden seguir allí. No se arriesga a que la pillen husmeando, le conviene que no sepan que les ha oído, memoriza las voces para reconocerlas luego, aunque cree saber quiénes son. En el desayuno confirma que son dos de aquellos a los que había echado el ojo tratando de convencer a un tercero. De esos cuatro el que más le gusta es Ernesto. Joven y tuerto, a juzgar por el parche mucho antes de aquello, sí, pero con una actitud bien clara de no creer en nada más que en él. Los otros: Antonio el madurito orgulloso, Paco el perrito faldero de Ernesto y Cristian el débil dudoso. Son exactamente el tipo de equipo terrible que necesita.
Los aborda invitándolos a jugar un mus con ella. Dejan a Paco fuera de observador y ella hace pareja con Ernesto antes de que se repartan ellos los equipos. No está muy segura de cuán listo será Ernesto, así que se abstiene de coquetear con él.
Necesita empezar a mezclarse un poco por si hay oportunidad de lograr impacto en alguien más y afianzarse con aquella panda... comienza a participar de las tareas diarias por los siguientes cinco días. Tampoco es que haya mucho que hacer. Cocinar, gestionar los residuos, limpiar casi por aburrimiento... Lo mejor son las guardias. Arriba, junto a las escaleras de salida está casi siempre José cerca, si no alguno de los que le parecen más cercanos. Al menos han abandonado la ridiculez de la sala de cuarentena; solo ejecutan a los que se desmayan por fiebre, lejos de los ojos del resto. Abajo, sin embargo, en los túneles, tiene intimidad para hablar un poco con quien la acompañe.
Por allí siempre llega algún loco cada poco. Ya han convenido matarlos con los machetes, los disparos atraen a más. Pero los que corren... con los que corren solo se puede disparar. Menos mal que son ruidosos. También aparece, mucho más raramente, algún cuerdo. Menos a menudo heridos de lo que habría esperado. Se les lleva con el resto y se los olvida salvo para darles comida, retirar sus cubos de desechos y comprobar rutinariamente si alguno tiene fiebre, a ojímetro. Marisol sigue fuerte, por instinto o inteligencia se ha vuelto cercana a Antonio, y prácticamente es su ama de casa personal. Sofía sin embargo sigue prácticamente sin comer, es como si no hubiera nadie dentro de ella... ¿qué hará la madre si se queda atrás?
Sea como fuere, las órdenes de gestión de José se van volviendo cada vez más erráticas y desinformadas y el lugar está empezando a autogestionarse. Ha empezado a aislarse él mismo, seguro que sin querer, a un grupito de él y otros cinco y, a su pesar, ella se ha ido desligando sutilmente. El resto sin embargo tampoco dan muestras de una deslealtad abierta hacia su rango.
Un acierto de liderazgo por su parte ha sido asignar equipos para salir fuera en la oscuridad de la noche, ir inspeccionando la zona y traer recursos a los túneles. Los siguientes dos días han construido una estructura decente de protección en el andén y pasillos, aislándose relativamente del caos de túneles. Ya han perdido a otro soldado por uno de aquellos locos deambulando en la oscuridad desde a saber dónde. Sin embargo, aquello demuestra la debilidad del líder ante la idea de moverse en favor de atrincherarse allí cada vez más. No sabría decir qué, pero quedarse en la ciudad no es una opción. Algo va a acabar ocurriendo, no es un sitio estable. No tienen datos apenas de lo que quiera que esté pasando. Pero si se le pregunta, el sargento solo dice que las órdenes fueron esperar a la llegada de refuerzos y que eso harán.
La chispa de audacia o seguridad que viera en él cuando se conocieron ha desaparecido en aquella larga semana.
En el cuarto cercano a la superficie los despiertan las vibraciones de los disparos arriba. Con presteza ensayada, los hombres se ponen en marcha sin vestirse más allá de los zapatos, como ella, y cogen las armas poniendo rumbo decidido pero confuso hacia los tiros. Curiosamente no tiene la sensación de detectar un miedo mayor del habitual. Seguramente ahora mismo los disparos sean algo hasta capaz de hacerles olvidarse del caos, un propósito que cumplir...
Rezagándose adrede se encuentra con Ernesto haciendo lo propio. Y su fiel acólito. Los guía para ponerse al ritmo de los otros dos.
Cuando llegan al hall principal encuentra, en la fracción de segundo que tarda en cubrirse con el resto en una esquina, que han tirado la barricada de la entrada y varios hombres con armaduras blancas y esvásticas están disparando contra ellos con armas automáticas. El grupo de José está parapetado y en la trinchera más avanzada, devolviendo el fuego como puede...
Y entra la criatura.
De carne iluminada por los focos en tonos bronceados. Deja atrás a los de blanco y se coloca en medio del tiroteo. Sus alas de piel arrastran por el suelo, flexionadas para que su envergadura de elefante quepa bien en el lugar. Su rostro es... inhumanamente humano.
José abre fuego directo contra ella y entonces el ser abre su mandíbula de membrana... El eco de su alarido reverbera en su cabeza, como una paz... como un sonido de infancia.

Lo siguiente que sabe, como si hubiera perdido un fragmento de vida, es que los hombres en armadura se han desplegado ocupando el centro y apuntando a todos los de las trincheras y algunos a su esquina. José y el resto parecen igual de sorprendidos, todos están prácticamente igual de expuestos y por reflejo van poniendo pose de rendición con las armas. José hace algo. Tiene algo en la mano. Los barriles de suministros dispuestos a los lados del vestíbulo estallan llenando todo el centro de fuego y humo... ¿Lo preparó precisamente para aquella cosa?
Los disparos por parte de su bando redoblan en intensidad, en dirección hacia donde debiera de estar el acceso, oculto en la polvareda. También llegan balas, muchas menos, desde allí.
Cuando se despeja algo todo, pese a que uno de los focos haya dejado de funcionar, lo ve.
Ve los cuerpos tendidos bocarriba y bocabajo de los "nazis". Ve al fondo, guarecidos en los restos de la barricada que habían tirado, a otros pocos del mismo atuendo. Ve a uno de los suyos, sin coraza, despedazado por la explosión. Ve a José levantándose como puede de la onda recibida... y ve a la cosa.
Donde antes tuviera un ala ahora tiene un muñón sangrante... Sangrante de algo verde y espeso... Más que sangrante, goteante. Se levanta y se yergue, casi con actitud obstinada... pero el muñón... el muñón está creciendo a un ritmo visible, tomando forma de una nueva ala.
José ordena en grito "¡FUEGO!". Ella gira hacia Ernesto y ordena en grito "¡Corre!". Ernesto ya estaba obedeciendo antes de oír la orden. Los disparos, ignorando el fuego de frente, se centran en el ser que se cubre entero con la gigantesca extremidad aún sana.
Corre. Corre marcha atrás por los túneles. Paco corre con ellos. Antonio corre con ellos. Cristian corre con ellos. Uno de los del pelotón corre con ellos, solo para darles el alto insultándolos. Ella responde disparando al suelo sin mucho tiento, pero Ernesto se suma soltando una ráfaga, no tiene tan claro que al suelo. Después solo se oyen las voces del leal replegándose entre quejidos intensos.
Corren. Pierde tres segundos en avisar a Marisol y otros veinte, como el resto, en acaparar mochila básica y salir hacia los andenes. La mujer tenía las cosas listas, seguramente desde el inicio de los disparos, y sin preguntas los sigue arrastrando a su hija de la mano casi al vuelo.

Es un ejército terrorista... Están armados. Preparados... Y ya han ganado. El norte. En el norte donde estaban están el aeropuerto y las bases militares. Allí es donde están ellos. Tienen que ir hacia el sur, hacia el este, hacia lo que a nadie le importa...



Los zapatos le abrasan como asfalto la suela de los pies, y sus brazos desnudos, solo en camiseta de tirantes ajena, le hielan. Los raspones por doquier de las oscuridades afiladas de los túneles le hienden de rojo y plata. Las manos le tiemblan solas de la fuerza en asesinar una y otra y otra vez... Cuando Ernesto, Antonio, Paco, Marisol, Sofía y ella salen a la luz del sol en la estación de Puebloverde de Arriba queda cegada.
Después se fija, con alivio de delito prescrito, en los cañones de gente sin uniforme alguno apuntándolos tensos. Hay bastantes hombres y mujeres. Sonríe y espera al momento exacto para interrumpir, justo cuando iba a hablarles, al que muestra actitud de líder.
—Dadnos agua y mantas —ordena severa, sin soltar el arma, pero sin apuntar a nadie tampoco.

2 comentarios:

  1. Qué bad ass la loca esa.
    Pobre Luis, seguro que tenía que ser una novia difícil.

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  2. Espero que no fuera así antes de todo... tal vez... no sé cómo habríamos aguantado nadie una cuarentena como la suya...

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