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Zombi Volumen Aurora

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viernes, 8 de diciembre de 2017

Lucas-San Pedro

HISTORIA DE GABRIEL:
Episodio 1
Episodio 2 
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EPISODIO 3

Lucas agarra de las piernas al hombre que mordisquea su pie y tira de él. El desconocido le hinca tan duro los dedos en el tobillo que siente su propio hueso. ¿Duele?
Por fin la fuerza cede y aquel se gira atrapando la cintura de su amigo, que cae sobre él, apartando con el arma los dientes de su cuerpo como puede. Le está desgarrando la ropa con las uñas… Puede que hasta haya perdido alguna de la saña con que intenta cogerlo.
Lucas aprovecha un segundo de torpeza del loco para levantar el serrucho, con una mano en el asa y la otra en la parte de atrás del filo, y hacerlo descender contra la cara del otro. El borde dentado se le mete directo en la boca abierta desgarrándole la piel de los mofletes. Pero el otro ignora el impacto.
Ignora la sangre grumosa y negra que se le derrama viscosa a través de la herida. Sigue abriendo y cerrando contra el metal y sacudiendo las manos estirando la ropa del compañero.
Él mira desde su posición. Mira como Lucas, gritando rabioso después de vacuos forcejeos, empieza a mover sierra a izquierda sierra a derecha. Sierra a izquierda, sierra a derecha. Sin parar de gritar.
Llenándose las mangas de la lujosa camisa del mejunje lodoso y pestilente que emana. Fuera la mujer de antes golpea la puerta pesadamente. Sin hablar nada.
El hombre deja de moverse con una sacudida, pero Lucas sigue serrando, hasta que… la cabeza se separa por la garganta.
La frente se desliza y se tuerce. Los ojos del muerto lo observan quietos en el suelo. Y se mueven. Lo miran igual de profundos que antes. Igual de a través de él que antes.
—¡Gabriel! ¡¿Estás bien?! Lo miran igual que los de la azafata esa noche. Su tripulación. Los pasajeros. Todos con él por la noche en ese mismo cobertizo, pero en su avión. Él lo recorría por el pasillo central y los veía sentados, con sus cinturones aún puestos. Tranquilos, con la mirada perdida, siguiéndole con los ojos vacíos mientras avanzaba, con los mismos gemidos que los del camino, que los de la autopista, que los de la pista. Lo habían perdonado, le perdonaban que los hubiera dejado allí. Sabían que estuvo asustado. Como Padre, ellos sabían perdonarle su debilidad. Le agradecían que hubiera vuelto a liberarlos. Solo tenía que desabrocharles los cinturones. Pero Lucas… Lucas no le dejaba.
—¡Gabriel!
—¡¿Eh?!
—¿Estás bien?
Mira a su alrededor. Su zapato tiene la punta destrozada… han arrancado el cuero delantero a mordiscos. Es verdad, su mano rabia de plateados y rojos, sujeta a la barandilla de la escalera al piso superior como si aún estuviera aquella… persona, intentando morderlo.
—Sí, sí… Gracias…
Acepta la ayuda para incorporarse que Lucas le ofrece con su palma sana, pero se queda sentado en los escalones.
El compañero está sudoroso y temblando, y ahora es él el que se derrumba deslizando lentamente con la espalda hasta dar con el culo en el suelo junto a la viga central del almacén.
Arriba, los listones de contrachapado envueltos de lona que usaron como cama le recuerdan de nuevo a la azafata. Ella le abrió la puerta, servicial como era. Rubia y joven todavía pese a sus ojos de luna.
Lo perdonaba… Lo perdonaba de todo.
Su mano… Sigue ardiéndole pese a ya no estar haciendo fuerza. Está hinchada y blanquecina. No quiere mirarse el estigma.
—No tienes buen aspecto… —profiere Gabriel con un hilo de voz como si empezara a recuperarse.
—Estoy bien…
Ambos miran el cadáver en el centro de la habitación… Y el cadáver les devuelve la mirada, intermitentemente a uno y a otro.
Lucas empieza a llorar ruidosamente, parece que sin mediación de hombría alguna. La mujer de antes golpea la chapa de la puerta sin descanso. La lentitud desganada de los golpes resalta la brutalidad de los mismos. Tiene que estar destrozándose la mano.
La mano…
—Lucas… —empieza al rato.
—Dime —responde tomándose su tiempo, entre sollozos.
—¿Cerraste bien la puerta?
—Sí…
El, ¿amigo?, suspira. Él se levanta y sube a las planchas, a tumbarse. Está mareado, quiere dormir…
Aquel hombre casi lo mata persiguiéndolo dentro. Si el otro solo hubiera cerrado más rápido.
—Gabriel…
—“¿Hm?” —otorga desde la cama.
—He matado un hombre.
Silencio.
—¿Gabriel?
—Sí. Padre te juzgará. Nos juzgará a todos.
Lucas llora. Si solo dejara de sudarle tanto el cuerpo… Ayer hacía tanto frío… Sus pecados lo agarran de la mano hacia el infierno.

La azafata le abre la puerta. Le preguntan por qué se fue… Él dice que fue Lucas, pero sabe que miente. Ellos saben que miente, y él sabe que lo saben. No pasa nada. Todos lo abrazan. Le agradecen que haya vuelto. Tiene que ayudarlos. Son sus pasajeros. Su responsabilidad. Todos lo miran como la luna sobre la noche. Tan lejos y tan sabios. Como Padre que ve a través de todos. Lo cogen de la mano y se la estrechan. Le alivian de su carga. Él solo tiene que desatarlos pero Lucas tira de él. No quiere volver allí. Él ya está allí, pero no. No lo está porque recuerda que Lucas le dijo que no podían volver. Entonces los pasajeros agarran a Lucas y empiezan a morderlo. Quieren salir y el otro se lo está impidiendo. Y Lucas coge la sierra y empieza a matarlos.
—¡Gabriel!
Abre los ojos.
—Tienes fiebre, tío.
¿Es fiebre?
—Tenemos que salir. Tenemos que encontrarte algo…
La puerta sigue siendo golpeada. Está muy oscuro. Debe de ser de noche.
—No podemos salir —responde por fin—. Esos dos siguen ahí… Ayer casi… nos matan…
—Ya solo hay una…
Es verdad, Lucas asesinó al otro…
—Ya…
¡SÍ!
Se levanta. Hay algo. Algo que está a punto de saber. Lo nota.
—Solo es una. Tal vez podamos…
Lo mira.
—¿Qué quieres decir?
—¿Estás bien? —Parece asustado. ¿De él?
—Sí, estoy bien.
Sus pecados le pesan tan rojo y tan blanco en la mano… ¿Por qué Padre no castigó a Lucas también?
Él pecó como él…
No. No es cosa de los hombres juzgar los pecados del prójimo. Él era el capitán del vuelo. Es verdad, TIENE que salir. Es lo que padre le está revelando.
—¿Gabriel?
—Hay que salir.
—Sí —proclama el otro con súbita determinación que no demora en tambalearse hacia la duda— la mujer… tú estás débil. Me encargo yo —termina, asintiendo como para sí mismo.
Quiere matarla. Ha seguido los pasos de Caín. Pero él está ahí y puede salvarlo. Si se adelanta…
Puede enseñarle la senda…
Camina rápido hacia las escaleras; antes de que el otro reaccione ya está abajo. Pronto junto a la puerta.
—¡Gabriel!, ¡no! ¡Déjame que me encargue yo!
Las manos del asesino se le abalanzan por la espalda a intentarlo separar de la víctima, sediento de más sangre. Él se gira y le golpea la cara con todas sus fuerzas. El impacto lo derriba al suelo. “¡No!”, suena desde la boca herida. Él levanta rápido el pestillo y abre.
Con movimiento sorprendido, la inocente mujer gira de intentar golpear la plancha corredera a abrazarlo a él, pero una mano lo agarra del tobillo alejándolo del perdón y llevándolo contra el suelo.
—¡Gabriel, ¿qué haces?!
—¡Lucas! ¡ARREPIÉNTETE!
Grita mientras busca al otro con ahínco. La señora cae entre ellos y antes de que él pueda impedírselo, Lucas la golpea salvajemente con la sierra en la cara, tumbándola mientras intentaba arrodillarse. Ella también quería suplicarle.
La sangre teñida del pecado de su amigo salta en todas direcciones. Algunos pedazos le han saltado encima a él.
—¡NO! —grita impotente mientras él mismo se incorpora.
Lucas lo mira con la sierra en la mano. Él será el siguiente. Lo sabe. Tiene que salvar a la tripulación. No puede permitir que lo maten. La mujer se arrastra en el suelo hacia Lucas. Ella lo juzgará.
Esprintando con todas sus fuerzas, corre afuera chillando. (“¡Gabriel, no!, ¡Gabriel!, ¡Gabriel…!”).
—¡LUCAS! ¡ARREPIÉNTETE LUCAS! ¡ARREPIÉNTETE!, ¡ARREPIÉNTETE!, ¡ARREPIÉNTETE!, ¡ARREPIÉNTE! ¡Padre te perdonará! ¡Arrepiéntete Lucas! ¡ARREPIÉNTETE!, ¡ARREPIÉNTETE!, ¡arrepiéntete!, ¡arrepiéntete!, ¡arrepiéntete…!
Y conforme las fuerzas le van abandonando la voz, sin parar de berrear hasta su último aliento, corre a esconderse entre los árboles del río, riendo y llorando a un mismo tiempo; dejando atrás los intentos de detenerle con palabras de Lucas, que ha decidido dar más importancia a matar a la incauta que a darle caza a él…
El río… El río lo guiará por la senda del honesto y del justo.

Sabe que Lucifer está persiguiéndole los talones. Lucifer no le abandonaría fácilmente, ávido de los pecados en su brazo. Su mano una y otra vez intenta arrastrarlo al suelo. A lo hondo. A las profundidades del averno. Pero cada vez que cae se vuelve a levantar. La fuerza del recto no hay quien la venza y sabe que padre está de su lado.
Lo siente. Lo siente. Lo siente. Nunca debió de marcharse. Ya está abandonando la fronda del río y llegando al hormigón en que abandonó su rebaño. El redil alado sigue en su sitio y hay toda una nueva congregación a su alrededor. Todos tienden los brazos, aclamando su regreso en el tercer día.
Él corre, inundado de dicha sonriendo, a su encuentro. Le  esperan, van a abrazarlo. Y él se lanza a redimirlos y redimirse.
Y la gratitud y el perdón le duelen como mordiscos.

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