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Zombi Volumen Aurora

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viernes, 1 de diciembre de 2017

Volumen Aurora - Capítulo 4 - Libro de Adán (Episodio 9)

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Volumen Aurora:
Prólogo
Episodio 1 - Capítulo 1, Libro de Danko
Episodio 2 - Capítulo 1, Libro de Álvaro
Episodio 3 - Capítulo 2, Libro de Andrea
Episodio 4 - Capítulo 2, Libro de Diana
Episodio 5 - Capítulo 3, Libro de Merlo
Episodio 6 - Capítulo 3, Libro de Carla
Episodio 7 - Capítulo 3, Libro de Hugo
Episodio 8 - Capítulo 3, Libro de Álvaro
Episodio 9 - Capítulo 4, Libro de Adán
Episodio 10 - Capítulo 4, Libro de Danko
Episodio 11 - Capítulo 4, Libro de Diana
Episodio 12 - Capítulo 5, Libro de Esteban  
Episodio 13 - Capítulo 5, Libro de Álvaro
Episodio 14 - Capítulo 5, Libro de Hugo  

       

Capítulo 4 – Here be dragons
"Now I am become death, the destroyer of worlds" – J. Robert Oppenheimer.





Libro de Adán
18/11/2012; 06:08 – Embalse Colleja          Población humana viva: 1.872.214.465



“¡Atención supervivientes! Esto es una transmisión cíclica del Ejército de Liberación. Estamos aquí para ayudarles e informarles en todo lo que podamos. Pueden sintonizarnos para avisos de última hora, siempre en esta frecuencia. Recuerden así mismo que si necesitan asistencia o suministros pueden intentar contactarnos en este dial, y si nos facilitan su ubicación, haremos cuanto esté en nuestras manos por ayudarles”. Parón. “¡Aviso! Dentro de cincuentaiuna horas, el martes veinte de noviembre alrededor de las nueve de la mañana, se producirá una detonación nuclear de las ciudades de Madrid y Barcelona”. Es una voz distinta. Parón. “El Ejército de Liberación no está involucrado ni tiene nada que ver con esta decisión genocida. Se recomienda a toda la población mantenerse a una distancia de seguridad mínima de cuarenta kilómetros de los centros urbanos afectados. Sigan sintonizándonos para toda actualización”. Vuelve a ser la voz de antes.
Liliana… Su hermano… Su padre y su madre… Liliana…
Hugo y Abigaile están quietos. Miran extraños. Esteban dice algo de que “a eso se refería”. Andrea lo mira un momento. Merlo está quieto. Él busca a Danko. Cruza la mirada con él y se quedan callados. Le asiente. Él también asiente aliviado de que lo ha visto y sale esperando que lo siga. Avanza un poco por el pasillo. No quiere que lo oigan, va hacia la habitación de Hugo. Vacía. Bien. Danko no tarda en llegar. Esteban pregunta desde lejos que “a dónde van”. Decide no responder a ver si así no viene. Viene.
—Hola… —saluda él, nervioso.
—Queremos hablar a solas —Danko.
—¿De qué?
—Tío…
—¿Qué pasa? —“Déjanos hablar un momento…”.
—Nada Esteban. Anda, déjanos —Danko.
—Quiero enterarme.
Danko chasquea la lengua negando y empieza a andar hacia la puerta exterior.
—Vente Adán…
—¿Estáis pensando en ir, verdad? —Los sigue.
—No te importa.
—No podéis, no hay tiempo…
—Que nos dejes, Esteban.
—Yo también quiero ir… Venid, lo hablamos todos. No estéis solos ahora…
Danko para y tuerce la cabeza mirándolo. ¿Va a pegarle? Está muy incómodo… joder, ¿por qué son tan capullos? Se prepara para sujetarle el brazo.
—Esteban, que te pires, tenemos que hablar él y yo.
—¿Me amenazas?
—No… —Pone los ojos en blanco—. No es asunto tuyo.
—Sí lo es… somos un grupo, no hace falta que estéis…
—Esteban, please, déjanos un momento —él.
Esteban se queda quieto mirándolo, como… ¿decepcionado? “Joe…”. Después da media vuelta y hace un gesto como de rechazo, sacudiendo el brazo, y se va hacia dentro. Se siente mal. Carla llega al umbral justo a tiempo de cruzarse con él y que éste le diga algo bajito, desapareciendo ambos luego.
Danko camina hasta llegar a la cueva, y allí se enciende un cigarrillo y le ofrece otro. Acepta.
—Voy a ir a por Lili —lo suelta y se siente decidido—, y a decírselo a mis padres si puedo.
—Yo también voy. A ver si encuentro a los míos.
—Gracias.
—¿Por qué?
Se sonríen.
—¿Alguien más vendrá?
—No creo… Seguro que Abigaile se ofrece.
—¡Guay! Es la caña.
—No, debe quedarse con Hugo…
—Ah, sí, es verdad… Perdón.
—Estaría guay que se viniera, sí.
—Sí… Se lo decimos a los demás de todos modos.
—Claro. A ver si hay algún valiente.
—Vamos en la moto entonces, ¿no?
—Sí. —Parece pensativo.
—Tenemos que salir ya.
—Sí…
—A ver qué cogemos… supongo que las pistolas, les dejamos todo lo demás aquí…
—No, no, que se queje Esteban todo lo que quiera. Pillamos una armadura y un rifle cada uno… como mucho, si quieres, déjales el HK…
—Pero…
—Los necesitamos más.
—Ya.
—Vamos a decírselo y mientras vamos cogiendo cosas, que hay prisa.
—Cagando ostias, sí.
—¿Estás bien para conducir?
—Peor he conducido. Más divertido, ¿no? —Tiene un poco de miedo. No a conducir… No a los zombis exactamente…
—Sí —ríe.
Vuelven a paso rápido.
—¡Chicos! —Danko llama la atención, encontrando a todos menos al niño en la enfermería. Hugo está llorando.
—Hola de nuevo. —Esteban pone voz juguetona.
—Adán y yo nos vamos a Madrid. ¿Alguien se viene?
Silencio largo. Esteban asiente como si negara. Hugo se incorpora, parece que le duele, y habla furioso.
—¡Anda macho!, ¡no jodáis! No está el horno para bollos.
—Lo siento…
—¡Joder! Todos los que queremos van a morir… ¡Que a lo mejor me muero!
Con las lágrimas de su amigo, sin poderse contener, llora él también.
—Joder… No quiero que muráis vosotros también… Si voy a… quiero poderme despedir de vosotros.
—No tienen por qué morir, Hugo. Para eso vamos.
—Danko… Es un suicidio —Esteban—. Sólo vais a conseguir que os maten los zombis o la explosión. ¿Y si tiran la bomba antes?, ¿y si ya no están en casa?
—Sé más de bombas que tú. Una bomba atómica no se tira antes de tiempo. Tenemos tiempo y para eso vamos, para ver si están.
—Es una locura macho.
—Si te da miedo no vengas. A mí me importa mi familia.
—¡¿Te crees que a mí no?! —Esteban ha dado un salto sobre una de las mesas, hacia él, cerrando los puños, muy rojo.
—No lo sé… ¿Te importan?
—¡Danko! —Andrea—. No te pases tío. Mira a tu alrededor. —Adán mira. Merlo está rojo y parece al borde del llanto. Hugo, mientras le resbalan las lágrimas, mira al techo como ausente. Carla está sentada contra una pared tapándose la cara con las manos y murmurando “sois gilipollas” una y otra vez enfadadísima. Abigaile le devuelve la mirada con cara de pena—. Escucha… Yo apenas tengo familia en Madrid… no me hago una idea de cómo os sentís, pero todos están mal…
—Es que manda huevos. ¿Quién te crees para ir juzgando lo que queremos a nuestras familias, por no querer ir a suicidarnos así de primeras?
—Bueno… vamos a ir a coger cosas al almacén. Si alguno quiere venir que se dé prisa.
—¿Tenéis siquiera un plan?
—Lo haremos sobre la marcha.
—Vais a mataros —Hugo—. ¡Joder! Que os den, de verdad…
Danko sale.
—¿Queréis que intente pasarme por vuestras casas? —Él, frunciendo el ceño para intentar dejar de lagrimar.
Merlo sale rápido de la habitación, a voz de “Me cago en la ostia”. Andrea, sorprendida, tarda unos segundos y va tras él. ¿Irá a apuntarse?
—¿Y tú qué? —Esteban—. Danko ya sé que no escucha, ¿pero tú también te vas a largar así?
—Tengo que intentar encontrar a Lili, Esteban…
El otro se va a sentarse junto a su novia y la abraza con una sola mano.
—Te entiendo, supongo… —Él asiente.
—¿Queréis que me pase por vuestra casa, entonces?
Hugo, sin decir nada, lo mira y asiente como ido.
—De acuerdo. —Viven bastante cerca—. ¿Y vosotros?
—No. Gracias, de verdad. Pero no te pilla de paso… además… sé que mis padres, si no han muerto, se habrán ido ya de Madrid, al pueblo con mis hermanos. —Con un poco de suerte sus padres también se habrán ido al pueblo…
—¿Carla?
No le responde, sólo llora. Lo cierto es que ni sabe dónde vive. Esteban lo mira y encogiéndose de hombros niega muy flojito.
Va al almacén a buscar a Danko. Está preparando dos mochilas. Le dice que vaya a cagar, que ahora irá él, que sólo va a cargar cosas líquidas, que mejor que no tengan que ir allí y tener que andar quitándose las armaduras y demás. Él asiente y va al baño.
Cuando está terminando siente un fragmento de conversación cerca de la puerta.
—Danko, llevaos el HK si queréis también.
—¿Estás siendo irónico?
—Joder macho, que voy de buenas. De verdad, no sé qué concepto tienes de mí.
—Yo no te he apuntado con un arma…
—¿Sabes? Paso ya de ti…
Pasos.
—Espera Esteban.
—¿Qué?
—Vale, gracias. No, os dejamos el HK por si hace falta.
—¿Seguro?
—Sí, vamos a operar en distancias cortas seguramente.
—Coged al menos una granada negra cada uno.
—¿Esas cosas funcionarán con los zombis?
—Ni idea… pero a lo mejor sí…
—Vale.
Tira de la cadena y sale. ¿A dónde dará el desagüe?
—Hola.
—Hola.
—¿Seguro que nos las podemos llevar?
—Sí, sí, “joe”. Ya que vais a ir… que tengáis lo mejor… Queréis ayuda haciendo algún plan o algo.
—¡Gracias! No… vamos a irnos ya…
—Vale…
Aparece Abigaile también, que mira un momento a Danko y luego aparta la mirada. El colega está en calzoncillos y con el peto de la armadura ya puesto.
—¿Cómo vamos a hacerlo?
—No Abigaile, no te preocupes —él. Se siente raro si intenta llamarla “Abi”, no sabe por qué.
—Bueno, yo me voy a ver cómo sigue Carla… —Nota a Esteban raro.
—Voy con vosotros, vais a necesitarme.
—Abi, tú quédate. No tienes nada en Madrid.
—Da igual, quiero echaros una mano.
—No sabemos cuándo volvemos. Si tu novio se muere estando por ahí te vas a cabrear, y mucho —Danko.
—No quiero que os muráis ninguno…
—¡Además! No seas tan creída. Podemos apañarnos sin ti. —Le da un golpecito en el hombro.
Ella se queda quieta un segundo y después se lanza a darle un abrazo. Después, lo suelta, se gira hacia él y le da un abrazo también.
—No os robo tiempo entonces, os ayudo con las cosas.
—Vale, venid.
Vuelven al almacén. Ha dejado sobre la mesa una mochila cerrada y otra abierta con cosas delante.
—Vitaminas. —Toca un momento una cajita de suplementos—. Proteínas. —Una bolsita de plástico con leche en polvo y un vaso desechable con una cucharilla—. Cafeína y azúcar. —Litro y medio de Coca-Cola—. Y Agua. —Tres botellas de un litro—. Bien, ¿no?
—¿Queréis tomar sólo líquidos no? —Abi.
—Sí —él.
—Entonces para un par de días sí…
—Bien, voy al baño. ¿Os importa guardarlo en la mochila e ir subiendo las cosas? Coged también el mapa del todoterreno.
—Vale.
Abigaile lo ayuda. A parte de los alimentos, tiene el subfusil con tres cargadores frente a él, un machete-sable con su funda para el cinturón, una caja entera de cincuenta balas más, una linterna, una caja de antiinflamatorios, otra de antibióticos, un bote de alcohol, un rollo de vendas y otro de papel higiénico, unas tijeras de chapa, un mechero, un reloj digital y la misteriosa granada negra.
Él empieza a ponerse la armadura mientras ella ata con cordel todas las cosas que puede entre sí. Buena idea para que no hagan ruido dentro. Luego abre la mochila de Danko y hace lo mismo con sus cosas. Ve que ha cogido exactamente lo mismo que él, salvo por la granada y un cargador de menos, una sierra para metal en vez de las tijeras de chapa y un paquete de cigarrillos añadido.
Antes de marcharse, pasa por la enfermería y se despide solemne de Hugo, estrechando las manos al resto. Espera volver a verlo cuando regrese.
Salen juntos por fin, cargando con todo; casco en mano y armas colgando. Aún no termina de acostumbrarse al peso y la ligera limitación de movimientos de las placas. Le preocupa lo de que puedan oírles a través de los yelmos, pero merece la pena llevarlos… Se siente muy cool con todo eso. No puede evitar volver a ponerlas a prueba un poquito chocando contra las rocas del túnel y regocijándose de no sentir nada más que el movimiento. Abigaile ríe un poquito con él.
Llenan el depósito de la BMW y van a por el plano de carreteras. Se alegra de tener, al menos, un buen pepino de moto. Empiezan a mirar la ruta entre los dos. Ella sabe, por lo visto, que él vivía al lado de su novio, así que le ayuda a trazar el itinerario sin problemas, marcándolo suave con bolígrafo. Unos doscientos kilómetros por carretera, estiman; pero no tienen ni idea de cómo estarán de accidentados.
Aparecen Danko, Esteban y Carla, mucho más entera. Él pregunta si se sabe algo de Merlo, y Carla responde que Andrea ha dicho que quería estar solo. Se dicen adiós con abrazos, y Abigaile hasta les dedica una sonrisa apenada. Se dobla el mapa en el bolsillo. Abigaile les da un puñetazo fuerte en los hombros acorazados a cada uno y les dice que les mantendrá la cena caliente.
Sube, coloca la mochila entre su estómago y el depósito, y arranca. Danko se encarama detrás abrazándose a él con la mochila a la espalda. Aprieta el acelerador y ruedan fuera de la verja que ha abierto Esteban. Les promete volver para sus adentros. Ahora mismo sólo desea, de hecho, que cuando vuelvan, todos se lleven bien.



El sendero, entre montañas y arboledas hasta la A-40, está bastante despejado; pero el asfalto está llenísimo de hojas y las curvas son constantes. Cruza con algún pueblo sembrado de accidentes y vehículos abandonados aquí y allá. En los mejores casos se atreve a pisar hasta los ochenta kilómetros por hora, pero no se siente muy segura la conducción.
En la intersección, a las afueras del pueblo, sí que hay algo más de complicaciones. Un camión bloquea el camino casi por completo, atravesado en la rotonda, obligándole a cruzar muy despacito por el centro de césped de la misma y, entre los diversos vehículos abandonados, algunas criaturas empiezan a arrastrarse hacia ellos. A lo lejos una mujer se acerca a gritos furiosos, gruñendo y dando saltos entre quitamiedos. La situación la vive mucho más tensa de lo que, luego se da cuenta, realmente es; pues en cuanto consigue enfilar la incorporación en línea recta, la deja muy atrás en instantes, sin que se haya llegado a acercar siquiera preocupantemente. Ve que Danko le levanta un pulgar por el retrovisor. Todo va bien. Seguro que esas cosas los perseguirán hasta el infinito.
La nueva carretera es muy diáfana. Ahora transcurre principalmente entre llanuras de campos sembrados y algún polígono. Agradece que apenas quedan hojas en los carriles, aunque a cambio hay un poco de arena; pero las rectas de la autovía son largas y con visibilidad y, pese a que nunca hay un solo momento en que a la vista no haya algún accidente, están bastante distribuidos. Se atreve a apretar hasta los ciento sesenta en los tramos casi totalmente tiesos. Cruza con algunos tramos de más vegetación en los que, por miedo a deslizar, aminora; reacelerando allí donde hay prados y no tanto follaje sobre el suelo.
En todo el eterno trayecto apenas cortan con pueblos o incorporaciones, que, relativamente tranquilas, le obligan tan solo a pasarlas despacio y con tiento. Cruzan también con un monovolumen lleno de gente hasta lo que puede ver. No tiene tiempo para pararse a saludar, aunque el otro coche haya hecho ademán de detenerse visto desde el retrovisor. Cuando se están acercando a la siguiente intersección deben de haber puesto tras ellos más de cien zombis en total, medita. Ojalá y se pierdan pronto. ¿Sabrán seguir carreteras al menos? A lo mejor si los quitamiedos les impiden salir lo hacen…
No ha sido extraño irse encontrando con pequeños grupos, nunca de más de cinco o seis, mientras conduce, normalmente en medio de la nada…
Para el intercambio con la carretera de Valencia, en el polígono industrial de Tancarón, sin embargo, van a tener que pensar más las cosas. La rotonda y todos los aledaños, hasta las zanjas aquí y allá, están atestadas de coches en atasco. Tal vez se pueda pasar entre ellos, pero desde luego no conduciendo.
Bajan a prudente distancia y antes de ponerse a planificar vuelven a comprobar el mapa. Van bien sin duda. No es un itinerario difícil de seguir, siquiera guiándose sólo por las señales de carretera.
—¿Bueno, cómo lo hacemos?
Pues… —Alarga mucho la “e” —. No sé…
Un gritón aparece de los campos. ¿Estaba agazapado? Corre hacia ellos frenético. Lo abaten de un disparo casi conjunto, a unos seis o siete metros. Por todas partes “¿uoh?” variados y sorprendidos les alertan de la compañía.
—No sé… ¿Me adelanto y me subo a alguno de los tejados de los coches? Y vigilo…
Roger.
Danko empieza a arrastrar la moto en punto muerto hacia el bloqueo. Él, lo adelanta, pega un par de brincos y se yergue en el techo de un Audi. Hay bastantes undeads entre los surcos y por los campos. No puede creerse ir a poder ver por fin a Lili. Está viva, seguro. Se sacude la cabeza y dispara a uno que acabaría poniéndose en medio de la trayectoria del amigo. Más exclamaciones interrogantes y otro par de gritos histéricos hacen eco desde diversas partes.
Mejor que acaben cuanto antes, quiere volver a poder acelerar y dejarlos atrás. Aprovecha ahora que la distingue claramente para indicar al compi la ruta aparentemente más corta; entre varios coches y una furgoneta.
Un hombre podrido lo mira quieto junto al culo de un autobús. Hay más cerca otros, pero ese no reacciona. ¿Otro gritón? Lo apunta, pero sin mira no está muy confiado de poder acertarle en la cabeza. De repente da media vuelta y camina dos pasos enseñándole la nuca. Se detiene. Gira ante un sonido del lado de Danko. Bajo un coche frente a él se está levantando una mujer, ha dejado la moto apoyada. Trata de apuntar, pero el búlgaro ya le ha soltado dos golpes de frente con la bola de hierro. La cosa se tambalea unos pasos hacia atrás. Recibe dos golpes rápidos más de frente y otro muy cargado descendente. Cae muerta con el rostro hundido. El compañero lo mira y le vuelve a levantar el pulgar sin hacer ruido, recogiendo el vehículo y siguiendo su serpenteo.
Busca otra vez al chillón. Vuelve a estar mirándolo, quieto.
Y sin mediar provocación, sacude todo el cuerpo un par de veces, de modo muy violento, como en convulsión, y escupe una salva de vómito amarillo verdoso, en un arco que empieza a desparramarse pasada la mitad del trecho de unos treinta metros que los separa.
Los dos coches sobre los que llueve se empiezan a disolver instantáneamente. ¡¿Qué coño es eso?!
Para cuando vuelve a fijarse en la criatura está corriendo silenciosa hacia ellos, babeando unas gotitas que echan humo, muy ágil.
—¡Danko! ¡Corre!
—¡¿Qué ha pasado?! —No puede tener línea de visión desde donde está…
—¡Corre!
Empieza a disparar tiros consecutivos y rápidos. Apuntando lo mejor que puede a la cabeza; es jodido darle en movimiento. Le impacta en un hombro, falla, falla, boca, falla, y por fin, a diez metros, uno centrado en la frente.
Cae de espaldas en seco, oculto ahora por uno de los coches.
—¿Corro? —El otro ha dejado la moto con la pata puesta y está como colocado para salir hacia el exterior.
—No, no, creo que ya está… Sí, no se mue…
Primero un leve siseo, luego un abrupto y extremadamente asqueroso ruido como de cañerías de carne, y después una explosión desde el lugar en que lo abatió; sin fuego ni onda expansiva perceptible, sólo se levanta una enorme columna de vómito que empieza a llover a goterones y gotitas por todas partes.
Salta tras el coche al tiempo de ver como todos los zombis y vehículos cercanos al punto cero están quedando reducidos a la nada en una pulpa grotesca y de mezcla indescriptible de colores.
Conforme cae de culo contra el suelo siente el repique de varias gotitas contra chapa. Para cuando han pasado varios segundos de que ya no se escuche nada, se levanta.
Humeantes, una centena de agujeritos lo atraviesan de arriba abajo, más concentrados en el capó, parte más cercana al estallido. Todo el asfalto está picoteado aquí y allá, al igual que la tierra alrededor.
Con zarandeos de cabeza intenta encontrar al amigo.
Se levanta de su cobertura y se quita el casco; parece que ha estado fuera del área afectada.
—¿Qué ostias ha pasado? —Ambos ignoran momentáneamente a los muertos vivientes que están asomando por diversos recovecos, lejos; aunque los gritos se sienten mucho más cerca…
—No lo… ¡Ah! —Pálpito azul y pulsante de dolor, como un porro olvidado entre los dedos.
Se mira la mano derecha, su guante echa un hilito de humo. Rápidamente tira de las palanquitas de seguridad y afloja la correa arrancándoselo.
Ante sus ojos, ve un pedacito de carne junto a la primera falange consumiéndosele. Sobre su mochila, empieza a restregárselo contra la tela, y esta también empieza a parecer quemarse allí donde la toca. Danko está corriendo hacia él.
El dolor no cesa. Cada dos por tres se comprueba. Unos momentos más tarde parece que la carne ha dejado de consumirse… tiene un agujerito como una dentellada redonda que ha expuesto su músculo y de milagro no el hueso… y está perfectamente cauterizado y limpio. La mochila también tiene ahora varias áreas un poquito rasgadas, como quemadas a mechero. ¿Eso era vómito de lava o qué? No hay un puto ácido así en el mundo…
—¿Estás bien?
—Sí… esa mierda me ha salpicado en la mano.
—Joder…
Le agarra de la muñeca para verle.
—No sangra…
—Ya…
—¿Te duele mucho?
—No, no… — El dolor de hecho ha cesado casi, como adormecido.
—¿Era ácido?
—Ni idea joder, pero mira lo que ha hecho a los coches… lo escupía… y luego explotó.
—¿Explotó?
—Sí… —Habiendo abierto su mochila, por si acaso, se echa un poco de alcohol sobre el área y vuelve a guardar el bote, suelto, dentro. Apenas pica.
—Ok…
—Joder…
—Ya…
A unos ciento y pico metros, un gritón berreante salta la zanja de la autovía y esprinta hacia ellos. Y tras él, otro.
—¡Vámonos!
—Sí.
Recoge el mitón del suelo. Tiene una perforación como un cigarrillo alineada con su herida. Corren y empujan entre los dos el cacharro. Esa cosa les ha despejado bastante el camino, aunque evitan rodar o pisar directamente encima de las áreas humeantes.
En cuanto han pasado la barricada suben y acelera, sin demasiada comodidad, por seguir todo lleno de obstáculos. Pronto no tiene más remedio que chocarse lento, con el codo por delante, contra un zombi entre dos coches, preparado para reaccionar si se les agarra. El bobalicón no logra tal destreza y cae de culo.
Por fin se incorporan a la autopista. A más se alejan de allí, menos mierda va habiendo… Le sigue escociendo un poquito la mano.
Durante algunos tramos vuelve incluso a poder forzar la moto, por unos pocos minutos.
En casi una hora, apenas pasan por tres pueblos más. Sus alrededores siempre están peor que el resto, pero durante el último cuarto de hora es ya una constante ver todo tipo de vehículos abandonados. ¿Qué maldita cosa era aquella? No le ha hecho ni puñetera gracia, desde luego…
En la carretera, un poco a un lado, hay un camión cisterna volcado, y una enorme mancha de alquitrán sobre el asfalto. Detiene la moto para no rodar sobre ella. No parece haber peligro en los alrededores.
—¿Pasamos la moto por la zanja? —Comenta bajándose.
—Vale.
—Coge de ahí…
—Oye. —Con voz de esfuerzo—. El zombi de antes… ¿cómo era?
—¿Qué? ¿El que explotó?
—Sí.
—No lo sé… pensé que era un gritón…
—¿Por?
—…Me dio la espalda un rato. No lo sé. Estaba como tonto.
—¿Pero tenía algo especial?, ¿como tonto?
—No… no sé, parecía normal. Sí, estaba como a su bola. No venía… por eso me distraje y no vi al que tenías cerca.
—No pasa nada.
Sorry
—Nada, nada… pero… ¿entonces?
—¿Entonces?
—¿No decías que no venía?
—Yo qué sé, te miré un momento y cuando lo volví a mirar ya estaba escupiendo creo.
—¿Escupiendo?
—Sí… lo mismo que explota.
—Que lo vomita, ¿dices?
—Sí…
—Pero… ¿lejos?
—Bastante… Como quince metros o así. —Ya han cruzado el charco y están parados sin subirse.
—Ok… habrá que estar atento.
—Sí.
Silencio.
—Oye, ¿y qué vamos a hacer? Si quieres vamos a tu casa primero…
—A ver si podemos entrar a Madrid “primero”…
—Ya…
—Tal, y como estaba el pueblo ese… no sé si vamos a poder pasar de la M-40.
—“Joer”… Y si no, ¿andando?
—¿Se te ocurre algo mejor?
—No… Bueno… Podemos intentar cruzar a tiros si está mal… subir la moto a los coches o algo.
— ¡Puf…!
—Ya…
Silencio.
—Bueno, pero… ¿y si podemos?
—¿Tú quieres ir a tu casa lo primero, no?
—Bueno sí… pero…
—Da igual.
—No, no me importa…
—A ver, hay que ir a casa de tus padres y la de Hugo también, ¿no?
—Sí…
—Y a la mía, y quiero pasar por la de Jesús también… a ver si él o su madre…
—Ya, es verdad… Joder, hace meses que no sé nada de él.
—Ni yo.
—¿De verdad tú tampoco?
—Qué va.
—Pensaba que ibas casi todos los días.
—Iba.
—Pero, ¿estaba enfermo o algo?
—Que ni idea… sé que se había metido al ejército, creo.
—Sí…
Silencio.
—Pues, es que… —Danko—. A ver, con la moto se puede hacer todo, fácil… pero no sé yo si podremos circular con ella.
—Depende… Si está como antes ni de coña.
—Es que cada calle puede estar distinta.
—Pues, ¿qué hacemos?
—No sé… si conseguimos pasar, déjame en la rotonda de casa de Jesús, o si no en la de Merlo y ya está…
—Para dejarte en la de Merlo podemos ir juntos a la casa de mis padres primero y luego te acerco… ¿pero no sería mejor ir juntos?
—Sí… pero es que si hay problemas… ¿y si nos tenemos que esconder en algún sitio por horas? No hay tiempo…
—Pero, “joer”…
—Yo qué sé, mejor que alguno consiga rescatar a alguien, ¿no?
—No sé…
—A ver… lo vemos al llegar… si no está muy mal, déjame donde Jesús. Si vamos a irnos varios, de todos modos en la moto no cabemos… así que intentaré coger un coche e ir “pa” tu casa con quienes pueda.
—Pero yo qué sé, ¿y si te pasa algo?
—¿Y si te pasa a ti? A ver… ¿Esperamos por tu portal hasta que amanezca? Y si alguno no aparece el otro se pira. Es tiempo de sobra.
—Ya, si tardamos más es que algo va muy mal.
—Sí… En serio, no nos arriesguemos a que nos caiga esa cosa encima.
—¿De qué coño va esa mierda, tío?
—Ni idea… seguro que alguien se moría de ganas por tirar unas cuantas bombas…
—Si no se puede esperar en mi portal, por lo que sea… ¿ponemos un cartel o algo, de ir a otro sitio?
—Sí, vale.
—Han dicho cuarenta kilómetros… Es una burrada.
—Ya. No sé si han exagerado o es que van a tirar algo muy gordo.
—Hiroshima fue mucho menos…
—Mucho, cuatro o cinco kilómetros ya eran seguros…
—Flipo… a quien sea se le ha ido “mazo”… ¡pero “mazo”, eh!
—Yo qué sé… no sabrán que hacer… Se aburren, los militares se aburren.
—España no tiene bombas atómicas, ¿no?
—En teoría no… ni Bulgaria. Serán rusos o Estados Unidos, seguro.
Un par de zombis de los que seguramente les andan persiguiendo doblan una curva por detrás de ellos. También viene uno por delante desde hace un ratito. No están ni cerca, pero sirven de señal para reanudar la marcha.
Todo cada vez está peor. Y empieza a ver coches abandonados en sentido contrario; y espectaculares catástrofes de choques frontales que tiene que esquivar. También hay motos desguazadas aquí y allá. Todos debieron de intentar salir como pudieran. No obstante empieza a quedar patente que la otra dirección de la autopista fue una tragedia. Para cuando por fin ve el cartel de la población más a las afueras de la ciudad, Argentea del Monarca, la dirección para irse de Madrid está totalmente bloqueada, entre atasco y accidentes; y tras acercarse un poco más a la salida al barrio, los siniestros de gente que intentara largarse del revés son también constantes. No se siente nada seguro conducir por encima de los treinta, zigzagueando entre hierros.
Se pregunta cómo va a salir luego, estando así la calzada contraria. Luego se da una colleja en el alma sintiéndose tonto. Sorprendentemente, hay muchos menos zombis de los que esperaba. Alguno que otro pululando como un obstáculo más que driblar y alguno dentro de los coches. ¿A qué se deberá?
Se cree buen conductor de moto, pero se sorprende de no haberse caído ninguna de las veces que ha forzado. Buena moto…
Un gritón con una piedra en la mano los persigue corriendo. No mucho más lento que la moto, hasta que, pasado ese pequeño cuello de botella, tiene una recta en la que, aunque para nada vacía, se siente cómodo de ponerse a sesenta y tirarlo del espejo.
Poco tiempo mantiene el ritmo, sin embargo; pronto alcanza el acceso a Llenamadrid. Está peor. No sabe si va a tener que bajarse. Sigue habiendo poco no muerto, por suerte. Empieza a ir al ralentí. Danko apoya el rifle sobre su hombro y nota que se aprieta mucho más a su vientre con el brazo sin mano.
Realiza cuatro disparos para abatir a un par de ellos, que les cerraban el único pequeño pasadizo por el que circular. Agradece no tener que bajar a matarlos, habiendo tanto coche con a saber qué detrás o debajo, aunque la armadura le hace sentirse seguro de no ir a llevarse un mordisco traicionero, al menos… además, algo ha partido en dos todo en una línea recta perpendicular a la carretera. Ok. Apretando el acelerador, los trata como baches.¡Uf!. Cruzan esa frontera. No tiene buena pinta delante… Empieza a atisbar la M-50…
No, no está tan mal; estaba peor detrás. Utilizando los arcenes puede incluso circular casi recto. La cruza. M-45 a un kilómetro. Sí, ahí sí que se nota que vive gente alrededor… no sabe ya si es peor o no que en Llenamadrid.
Tiene que ir de nuevo dejando la moto a su marcha, y parar a menudo para girarla por completo con los pies y la ayuda de Danko. Mucho, mucho coche, y camión, y furgoneta… pero poco zombi aun así. La peor parte, la de la herradura, acaba cediendo, y tras ella, de nuevo por entre filas de coches, se puede ir avanzando… Ni gritones, ni nada raro… solamente muertos vivientes alelados aquí y allá, o que miran desde dentro de los coches con ventanillas rotas en los que han sido devorados… ¿Dónde está toda la gente que falta?
Danko le da una palmadita en el hombro. Para. Su cabeza se apoya contra su hombro y le habla.
—Qué pocos hay, ¿no?
—Sí…
—Están ahí… —Señala hacia los edificios que se ven al frente. Intenta agudizar el ojo pero no ve nada.
—¿Dónde? No los…
—En la ciudad…
—¿Qué? ¡Ah! Ah… —Claro, el ruido—. Ya…
—Sí…
—No quiero disparar tan cerca; ya casi estamos.
—Sí.
—Vamos a matar a estos a mano, los que hacen falta para cruzar.
—Vale.
Apoya la moto… Ve como unos quince más o menos por delante… y alguno más lejano. Por la retaguardia también van llegando, claro. Se apresuran los dos en carrera. Uno de ellos le agarra del hombro y empieza a intentar morderle el brazo, pero metal más duro que dientes… Le incrusta el machete justo antes de que otro le agarre la zurda en que lo carga. Qué fino entra esa arma. Le da un cabezazo, luego una patada, consigue apartarlo. Tres machetazos directos al cuello en rápida sucesión lo guillotinan.
Danko está de rodillas sobre uno, golpeándole una y otra vez la cara, con el cuchillo envainado. Se alegra de que le guste su puño. Algún día intentará hacérselo “servo”; una zombi le agarra por la espalda y empieza a mordisquearle las placas del hombro. Él trota a quitársela de encima; una mano le agarra del pie y lo arrastran bajo un coche tumbándolo.
Le están mordiendo en la rodilla sin éxito, pero no consigue zafarse. Por culpa de la rueda no tiene ángulo con la mano del lado del zombi; no puede darse la vuelta, tiene fuerza suficiente para impedirle salir. Joder… Patadas. Empieza a dar muchas patadas, agita las piernas frenético. Es una mujer pero la jodida aguanta. Un hombre se tumba encima de su cara y empieza a babearle la visera. A ese sí llega, pero en ángulo muy corto. Machete, machete, machete, ¡machete ostia! Muere. Más patadas. Siente aflojarse la fuerza un instante, es la suya. Sale rápido. Se da cuenta de que el corazón se le ha acelerado un poco… Buenas armaduras…
Danko tiene a la suya contra el capó de un coche con el brazo manco y ha empezado a meter-cuchillo-sacar-cerebro. El de él está asomando por debajo de la chapa. Siempre ha querido probar a hacer esto… Bueno, no contra alguien… sólo estéticamente… Empieza a darle pisotones con todas sus fuerzas en la nuca. Retumba un poco. Tarda cinco en morir. Hay dos más por delante y cuatro que están llegando a la altura de su moto. Decide dejarle los de enfrente a Danko e irse a custodiarla.
Machete, patada, armadura, armadura, armadura, codazo, machete, machete, armadura, machete. Muertos. Danko está volviendo. Está aliviado de que no haya gritos por ahora… ni bichos raros.
Arranca con su compañero de paquete de nuevo; hay movimiento por los laterales y más que los persiguen, juraría estar oyendo los gritos del que dejaron atrás.
Y rodando, la M-40 se les echa encima. Joder… En toda la intersección, zombis; zombis por todas partes, en una bola que los intercala entre coches mirando a todos los sentidos. Coches, camiones, autobuses, motos, un jodido tanque; todo atravesado, en los carriles de ida, en los de vuelta, en los de salida, en los de entrada, en los de cambio de sentido… Tres barrios y una universidad dando a parar al mismo sitio es lo que tiene, supone… Dos de entre el tumulto salen corriendo hacia ellos, brazos por delante y berreando. La parte más cercana de la masa también empieza a fluir lentamente. Por detrás las dos decenas que han acumulado. Sigue avanzando, busca un camino; si retrocede no podrán siquiera volver a acercarse. Danko pone mucha más tensión contra su vientre. Duda de que las armaduras puedan contra todo eso. Ve aparecer de nuevo el subfusil sobre su hombro… ¿para los gritones? Pero como dispare… media ciudad va a venir. Da más gas al motor, empieza a ir temerariamente entre bultos, acercándose a la manada.
¡Ahí está! Justo entre el carril que sigue de frente y el que se desvía para hacer el cambio de autovía en sentido sur hay un pequeño tramo sin valla, de separación de la calzada con el exterior. El suelo, de tierra, es llano, la moto podrá circular por ahí. Señala esperando que Danko lo entienda. Aprendió a conducir en una moto de motocrós, más le vale y no se caiga. Los gritones ya llegan…
Acelera para levantar la rueda delantera un instante y dejar que caiga sobre el suelo irregular, evitando el bache. El copiloto se ha vuelto a abrazar a él completamente. Le da aún más chicha. Acompañando la sacudida de la aceleración la rueda trasera bota subiéndose a la nueva plataforma. Uno de los monstruos se lanza de boca intentando agarrarse. Gira la cabeza para asegurarse de que no se ha enganchado a nada. No. Lo está dejando atrás, dando tumbos por el salto fallido. Vuelve a mirar al frente justo al tiempo de evitar agresivamente una piedra grandota. El culo se le descontrola por la brusquedad, empieza a ir a un lado y al otro mientras él trata de compensarlo. Por su izquierda el otro se ha lanzado contra la valla y está empezando a treparla. Está recuperando el control. Va como si estuvieran agitándolo dentro de una lata. No puede ir muy rápido pero tiene que perderlos antes de que paren… no quiere tener que abatirlos a tiros…
Está pasando por debajo de los puentes de la autovía que corta. Por todas partes más y más zombis se van desplomando intentando cruzar el quitamiedos hacia ellos. Los otros dos siguen corriendo en su retrovisor. Empieza a haber algo de cuesta y tiene que irla cortando, ni a favor ni en contra.
Mierda, la ruta se le acaba, muere contra otro puente. Hay algo de hueco debajo, entre el hormigón y la carretera, pero está totalmente desnivelado y torcido. Si va demasiado despacio o demasiado rápido no lo logrará. Justo conforme empieza a acceder a él tumba la moto todo lo que puede contra el ángulo de la cuesta. La rueda amenaza con despegarse, oye la armadura en su pierna rechinando contra las piedrecitas.
Lo atraviesa, pero termina en curva abrupta. No tiene ángulo para tomarla; lo intenta. Toca contra el quitamiedos, rebota cuesta arriba todavía entre calzadas. El culo le adelanta y él y Danko salen despedidos rodando un par de metros.
Se levanta de un brinco. Casi cae por la cuesta. Busca el vehículo; está algo más adelante, calado. El compañero se ha puesto de pie también; corre hacia atrás, ha perdido el arma. Los muertos gotean desde arriba y algunos llueven rodando por el terraplén. Por abajo también empiezan a incorporarse los que cruzaron. Esprinta a por la BMW.
La endereza y arranca, confía en que no le haya ocurrido nada. Gira sobre su eje y empieza a ir a por el otro, rebotando y vibrando por las irregularidades. Los de los chillidos doblan la esquina del puente. Danko se gira subfusil en mano. Suelta una ráfaga de tiros al primero que salta hacia él, estallándolo en el aire. El otro se le ha echado encima y lo ha derribado. Le ha agarrado del casco con ambas manos y empieza a golpearlo una y otra vez contra el suelo. Menos mal que es césped… No puede atropellarlo sin pasar por encima del amigo. Éste está devolviéndole los golpes, con el puño y con la maza-mano; pero no consigue atinarle de pleno…
Para justo detrás de la cosa y la moto se le cae cuesta abajo al bajarse. “¡Mierda!, ¡joder!”. Lo agarra con una mano metiéndole los dedos por la nariz y tira hacia atrás intentando despegarlo del compañero. Con la izquierda, le clava el machete desde arriba. ¡No muere! Debería haber usado la punta triangular, eso habría entrado…
Con pleno ángulo ahora, Danko le propina un mazazo ascendente, a la que se incorpora todo lo que puede. El impacto hace pinza con su machete, hundiéndoselo hasta el mango y el tope trasero.
No tiene tiempo de recuperarlo. La moto está tras el primer frente de zombis…
—¡Vamos!, ¡vamos!, ¡vamos…! —grita ininterrumpidamente y carga a placar a la primera línea.
Choca. Derriba a dos y rueda con ellos. Empieza a arrastrarse hacia la moto. La mayoría se han girado hacia él agachándose a cogerlo. El otro los está agarrando por la espalda y lanzándolos intentando apartarlos, mientras por todas partes les van rodeando. Consigue agarrarse al manillar al tiempo que siente como le atrapan las piernas. Casi sin llegar, forzando su elasticidad, consigue encenderla. La suerte ha querido que, por la inclinación del terreno, tumbada, la moto esté tocando el suelo con la base. Necesita su fuerza. “¡Vamos…!”.
Consigue llegar a apoyar la rodilla en el asiento mientras lo mordisquean cosas por todas partes. Aprieta el embrague y acelera…
Se deja arrastrar. Con ruidos terribles, el vehículo empieza a girar desbocado; sujeto él con ambas manos y medio culo. Las criaturas van saliendo despedidas con los giros. No va a parar, aunque se estampe. Le duelen mucho los brazos de la tensión, y siente golpearse contra mil cosas, algunas hasta hacerle daño.
De repente hay un segundo de calma en su huracán deforme; con una decena de aquellas cosas levantándose y muchísimas más llegando. “¡Vamos!”, ordena levantando el asiento. Danko, con el rifle en la espalda, entra dentro del área apartando a uno que le estorba y se sube de un brinco. Casi vuelve a tirarlo, obligándole a dar varios saltitos rápidos con la pierna que sostiene el peso, para recolocarlo. Las prisas son justificadas.
No tiene de otra que abrirse paso embistiendo. Jura que como se vuelva a caer “lo mata”. No sabe muy bien a qué, pero lo mata. Choca contra un hombre y una mujer a la vez. Los aparta. Uno ha intentado agarrársele de la cabeza, lo que le ha dado muy mal rollo de que le partiera el cuello, pero ha deslizado por el casco.
Enfila. Intenta zigzaguear, pero es imposible, más aún en eterno desnivel no asfaltado lateral. Choca con otro, poniendo esta vez el brazo. La rueda hace un ruido escalofriante triturando la mano de alguien que la ha agarrado. Está saliendo, está saliendo, está saliendo. Por delante aún no están tan tupidos los que han logrado cruzar. En cuanto ve hueco baja a la base llana del quitamiedos, pisando a otro que acaba de caer. Si choca con la única que le queda delante tendrá una recta entera vacía para dejarlos atrás. Sigue siendo inviable intentar utilizar la calzada.
La atropella. Intenta apartarla con el codo y le agarra de la muñeca. Acelera y siente un chasquido de puro azul y blanco en su hombro, y otro más leve en la muñeca, conforme el latigazo le obliga a echarlos hacia atrás. Conduce con una sola mano mientras la mujer sigue enganchada a él con ambas, desgarrándose el vientre contra el suelo. No puede, no puede, se va a caer… Danko ha empezado a soltarle machetazos contra los antebrazos. Uno parte. La bicha no aguanta la fuerza con un solo agarre y sale despedida.
Concentrándose en ignorar el dolor, mira hacia delante, pero siente que no puede mover la mano. Forzando el vehículo, incapaz de embragar, va tirando. El suelo vuelve a ser liso. Se percata ahora de que, por todas partes, desde la nada, se oyen gritos histéricos. A lo mejor, si hay un poco de suerte, alguno, aunque sólo sea alguno, va hacia donde dispararon, y no hacia donde están ahora… Sólo si hay un poco de suerte. Es cierto que la moto va haciendo ruido…
Por la derecha, la vía de servicio paralela a la que circula sigue atestada… pero hay mucho menos zombi. Espera que lo peor fuera la raqueta aquella. A su izquierda está lleno también de coches, pero casi no quedan criaturas, y las pocas que intentan alcanzarlos dan contra la verja de seguridad que delimita la autopista.
Vuelve a disminuir un poco para pasar bajo las columnas de un puente peatonal. Tras él, atisba a su diestra la salida que cogería normalmente para ir a su casa… No hay forma clara de cruzar sin detenerse; de todos modos quiere intentar acercar a Danko. Pero sí que otea el panorama.
El acceso por carretera, evidentemente, colapsado. Pero arriba, ya en la plataforma de la ciudad… todo parece… tranquilo. Habrá a lo sumo diez de aquellas cosas deambulando en todo lo que alcanza a ver; un par ahora atraídas hacia ellos. Hay destrozos y algunos coches tirados… pero mucho mejor aspecto que aquí. Cuanto que pueda intentará acceder.
Toma otra suave curva y sigue de frente, rumbo a casa de Jesús. Ve la salida, una parada de autobús en el lado contrario con un acceso por acera. Nadie ha dejado su vehículo en medio. Solo tienen que cambiar de lado.
Frena y señala. Ambos se bajan. Los gritos parecen algo más distantes. Tal vez, sólo tal vez…
Entre ambos aúpan la moto por encima del quitamiedos. El otro le pregunta por su brazo que no mueve, pero él niega y se empeña en la labor. Ahora tienen que rodarla por los huecos entre coches. Y sólo molestan un par de no-muertos. Uno por algún motivo desnudo. Especialmente grimoso un viejo en cueros y zombi.
El amigo le deja moviendo el vehículo y va hacia ellos; machete en una mano, bola de demolición en la otra.
Para cuando ha regresado, él ya ha logrado atravesar. Sin ser capaz de extender un brazo, no puede embragar… tienen que solucionarlo. Está seguro de que se ha dislocado el hombro. Ya le ha pasado bastantes veces antes. Pone la pata y le indica cómo ayudarle; que, extendiéndole el brazo en noventa grados y con el antebrazo hacia dentro, se lo mueva de un empujón hacia adelante y un poco hacia arriba.
Conforme le va subiendo la muñeca va notando el constante taladro azulado de su articulación. Las dos primeras veces que intenta darle el tirón, sólo consigue que la vista se le nuble y el cerebro le relampaguee; pero con el tercero, huesudo clac, aberrante dolor y estallido de blanco y azul que desliza raudo al morado y al rojo, en el que se queda menguando. Adormecida y caliente y muy maltrecha, vuelve a notar su articulación y recupera control sobre ella. No tarda casi nada en írsele quedando solo como una molestia tibia; ahora es la muñeca la que más le incordia, debe de habérsela hiperextendido, pero tiene todo el juego disponible. Se le han saltado las lágrimas, pero se siente orgulloso de no haber hecho ruido alguno.
—¿Seguimos? —pregunta sabiendo hacerse el duro.
—Si quieres… déjame aquí, estamos muy cerca.
—No, ¡si esto ya no es nada…!
—¿Seguro?
—Sí.
—Vale. Gracias.
Cabalga de nuevo. Que no le comparen las motos con los coches. Con un coche no habrían llegado ni a oler la ciudad.
Subir por la acera, girar a la izquierda y cruzar un puente por el sentido contrario, porque puede, a la derecha atravesando la rotonda por donde quiere… un grupito de cuatro de aquellas cosas es todo cuanto les persigue. Sí, accidentes hay varios. Pero un paseo en comparación a la última media hora. Otro giro a la izquierda y llegan subiendo la pequeña cuesta a la calle de su amigo común. El brazo, como efecto rebote, casi se siente bien ahora mismo…
Bajan de la moto frente al portal. Un zombi se acerca. El único en la calle, que estaba aporreando el cierre de una churrería. Lo humillan entre los dos. Hay sin embargo muchos más cadáveres por el suelo que en otras calles.
—Muchas gracias Adán.
—Escucha tío… estamos aquí ya al lado de tu casa… Vamos juntos, total…
—¿Qué hora es? —Miran ambos el reloj.
—Las diez y media —contesta igualmente.
—No sé…
—Joder, anda, no me seas capullo.
—Bueno, vamos a ver la casa de Jesús, a ver.
—Sí.



La cristalera del portal está reventada y Danko mete la zarpa, abriendo. Brevemente piensa lo jodido que debe de estar sin una mano.
Dentro hay sangre por bastantes partes, y uno de dos espejos roto. Suben las escaleras hasta el segundo. El otro va delante. Él procura ir afinando oído; hay la oscuridad exacta como para que le dé pereza buscar la linterna, pero sea difícil ver. De dentro de la puerta más cercana, a la izquierda, suenan golpes rítmicos y leves gemidos. Se sorprende al encontrar una barricada de muebles que impide seguir subiendo sin deshacerla.
Se encogen de hombros mutuamente y van hacia la casa de su amigo. Danko llama a la puerta. Nada. Ni tras la insistencia con su porra. Se miran.
—¿Quieres echarla abajo?
—No se oye ningún zombi, ¿verdad?
—No…
—Bueno, entonces no están…
—Supongo.
—No, de hambre no se habrían muerto… Jesús haría algo, al menos.
—De todos modos… no creo que podamos tirar esta puerta…
—Ya.
Empiezan la vuelta. No sabe si sentirse bien o mal por no encontrar nada. Es como estaba supone. De repente el amigo se para en el vestíbulo del ascensor.
—Quiero comprobar una cosa. ¿Me ayudas con los muebles?
—Vale… ¿Qué pasa?
—Conozco a sus vecinos de arriba. —Empiezan a ir bajando trastos—. Francisco y… Alfonsina, creo. A lo mejor están con ellos… o saben algo.
—Ah.
Lleva un rato y ruido terminar la tarea. Inconfundible ante la tranquilidad, escucha el escándalo de, seguro, ni uno ni dos gritones solos cruzando corriendo por la calle… Joder… Bueno, al menos no se han acercado al portal…
—De todos modos, si hay alguien en las casas, habrían mirado al oír la moto, ¿no?
—¿Tú crees que nos va a conocer alguien con esto?
—Pues no; pero habrían salido, supongo…
—A lo mejor damos miedo… Por cierto; tienes la armadura hecha polvo… —Se mira, lo mejor que puede. Esvásticas en el pecho y espalda. Es cierto también que tiene la chapa abollada por varios sitios, la pierna izquierda en concreto le resulta hasta molesta porque le aprieta el metal la tibia. Ya la amartillará cuando pueda.
—Bueno, mejor ella que yo, ¿no?
—Sí, sí… lo de la moto ha molado.
—¡A que sí! —Se sonríe y cierra un puño contento.
Llegan frente a la puerta. “Toc, toc” de Danko, que se quita el casco. Él también. Silencio. Pasos tímidos hasta quedar quietos justo al otro lado. Silencio. Tintinean unas llaves y se descorren los cierres, abriendo.
Un hombre bastante delgado y moreno, de pelo negro canoso, les abre con un subfusil idéntico al de ellos en la mano. Tras él hay una mujer entre escondida y no; bajita, con pelo rojizo y canas nacientes; de rostro conmovido. También bastante delgada. Se miran entre todos. El hombre niega con la cabeza como emocionado mientras Danko sólo levanta una mano diciendo “Hola”.
—¡Hombre! —El señor se lanza a darle un abrazo, aflojando el agarre del arma, y se tira bastante rato abrazado—. No sabes cuánto me alegro de ver una cara conocida. ¡Pasa!, ¡pasa…!, pasad… ¡Fonsi! Es Danko, el amigo de Jesús.
—¡Lo sé! ¿Cómo estás?, ¿de dónde venís?, pasad. —La mujer también abraza al amigo con energía.
Después a él también le llegan abrazos por compromiso y entran. La cara de los dos le suena de algo, a lo mejor los ha visto antes.
—Yo soy Adán… —Se sientan los demás en el salón en penumbra, decorado con mezcla de muebles viejos y nuevos. Él se queda de pie, se sabe hasta arriba de barro.
—Sí hombre, sí. El de las motos, ¿no?
—Esto… sí.
—Jesús te ha mencionado alguna vez… Te hemos visto por el portal a veces.
—¿Ah sí?
—Queréis… ¿Queréis tomar algo, chicos?
—No, no, muchas gracias… —Danko. Habla rápido, con un tono que le llama la atención, y le ha mirado fugazmente. Se fija un momento en los dos vecinos. “Ostia…”. Está claro que sus ropas les quedan bastante grandes a los dos…
—No, no, gracias…
—Habéis venido buscando a Jesús, ¿no?
—Sí, y a su madre.
—Al veros así, pensé que a lo mejor estabais con él…
—¿Por qué? —Él decide seguir manteniéndose en silencio, se siente tímido.
—Cuando la cosa se tranquilizó, bajamos a ver a Sandra, pero no había nadie en la casa… Yo creo que la habían cerrado para irse…
—¿Entonces tampoco sabéis nada de su madre?
—No, yo creo que no estaba en casa cuando pasó…
—¿Y qué pasa por vernos así?
—Pues que, al día siguiente, como por la tarde, vino alguien en un tanque con una armadura muy parecida, se cargó a tiros a un montón de esos… y entró en la casa de Jesús. Estoy bastante seguro de que era él… Porque después volví a bajar, cuando se fue, y habían dejado unas cosas en el despacho… Espera, mira, os lo traigo.
El vecino se levanta y se va.
—Joder, chicos, ¿de dónde habéis sacado eso?, ¿qué os ha pasado? —Alfonsina lo está mirando a él directamente.
—Yo… me caí de la moto —decide resumir.
—Estaban en un búnker, bajo tierra, en Cuenca…
—¡¿Qué hacíais ahí?! Suelta eso, ¿no? Ponte cómodo… —La otra ha señalado con su nariz el “arma” que Danko no ha soltado…
—Esto… No, no puedo, ahora esto es mi mano…
—¿Qué…? No me digas que… Lo siento mucho, mi chico… —La mujer se levanta a abrazarlo.
—No pasa nada.
—Lo siento, de verdad.
—No pasa nada, en serio…
—¡No jodas! —Francisco ha aparecido de nuevo, con una cajita de madera en la mano… Se acerca al amigo por detrás y le pone una mano en el hombro—. “Ostrás”…
—No pasa nada…
—Lo siento…
—No os preocupéis…
—¿Estás bien? —ella.
—Sí, sí; ya sí.
—¿Dónde habéis estado?, ¿qué os ha pasado? —Sentándose de nuevo y dejando la caja sobre la mesita de café.
Danko no responde, hace como un leve gesto de espera y saca de ella una nota de papel que se levanta a leer contra la luz que entra por la terraza nublada. Él también se acerca; pero antes se fija en que dentro de la caja hay cuatro cargadores para el mismo subfusil que tienen el vecino y ellos, y tres granadas negras. La carta es breve.

A mi familia y amigos.
Quien quiera que encontréis esto; gracias por haber venido. No estamos en casa, no os preocupéis de buscarnos, estamos bien.
Espero que estas cosas puedan ayudaros. Los cilindros negros pueden matar a todos los zombis a 50 metros aproximadamente; no hacen daño a las personas. Funcionan como una granada. Pensad en que tenéis que sobrevivir varios años a esto.
Lo siento. Lo siento mucho”.

—Esa gente… ¿Qué son los zombis?
—Francisco… —Danko—. Jesús… ¿llevaba una armadura parecida, o igual que ésta?
—No lo sé… Diría que igual, aunque mucho más limpia…
Silencio.
—¿Está con ellos? —pregunta.
—Creo que sí… —Danko pone una cara muy rara…
—Joder… ¿cómo?
—¿Con quiénes?
Silencio. Vuelve a sentarse el compi y se dirige a sus anfitriones.
—A ver…
Danko se pone a resumirles lo que han visto y vivido; él se “empana” un poquito, mirando unas miniaturas de grúas y excavadoras en el mueble, aunque se fija en que evita mencionar mucho sobre el búnker, el ordenador y el ser extraño que allí encontraron… Se ha centrado en los zombis y muy rápidamente en lo que les ha pasado a ellos dos.



—Entonces… ¿entonces estás diciendo que en unas cuarentaisiete horas va a caer una bomba atómica, aquí? —Francisco y Alfonsina están cogidos de la mano, mirándose…
—Sí.
—Pero, ¿estáis seguros?
—Es lo que han dicho por la radio…
—Pero, ¿por qué?
—No lo sabemos… para matar zombis a lo mejor. Ni idea…
—Y a parte de esos que gritan y corren están esos otros, los invisibles y… ¿no?
—Sí…
—Tenemos que irnos al pueblo, Paco. No nos queda comida aquí de todos modos.
—Sí… Pero es que no podemos salir con esa gente loca por ahí…
—Zombis —interviene él—, es mucho mejor que no los tengáis lo más mínimo por personas.
—Ya no queda comida en ninguna casa, Paco…
—Eso es lo de menos. Ya os lo he dicho, la bomba que van a tirar va a ser grande. De verdad, la explosión va a llegar aquí fijo.
—Ya…
—Si vais a intentar iros en coche, id por la ciudad. Tú la conoces bien, ¿no?
—Llevo toda la vida aquí.
—Piensa en alguna salida que lo haga a carreteras secundarias directamente, no hace falta que sea en este barrio, de hecho si puedes ir por calles hasta las afueras, hasta algún lugar poco poblado, un polígono o algo, mejor… Evitad calles principales. Por las autopistas no se puede salir en coche, están todas bloqueadas.
—Gracias…
—Si queréis —Ella—, podéis venir con nosotros. El pueblo está muy bien, tenemos una tomatera…
—Lo siento —él.
—Hemos venido aquí a por más gente… Acabamos de empezar.
—¡Pero la bomba también os pillará si os quedáis!
—Lo sabemos —Danko—. No tenemos intención de quedarnos… pero no sabemos cuándo nos iremos…
—Tenéis los cojones bien cuadrados chavales. —Se levanta—. Ver jóvenes como vosotros así… creo que lo arreglaréis.
—Seguro.
—Nosotros ya somos viejos. No perdáis más tiempo con nosotros entonces, que tenéis mucho por delante todavía.
—¿Queréis llevaros algo?, aún nos quedan algunos cereales…
—No, no, qué va; de hecho… —Danko abre su mochila y desliza del nudo la botella de Coca-Cola; apenas ha bebido un par de tragos, parece—. No es mucho pero tiene azúcar. Os servirá para el viaje.
—¡Faltaría! No, no, eso es vuestro…
—Insisto. —Coloca el líquido sobre la mesa. Piensa en dejarles él la suya también, pero teme que pueda ofenderles.
El hombre los mira. Parece que tanto él como su esposa tienen lágrimas.
—Al menos, llevaos una de esas cosas. —Señala las granadas negras.
—Podéis necesitarlas todas…
—Tenemos tres, coged una. ¿Queréis balas?
—No, de verdad.
Francisco agarra uno de los cilindros y se lo pone en la mano.
—Quédatelo, por favor. No me gusta estar en deuda con la gente.
—Vale…
Danko la guarda en su mochila.
—Gracias.
—No, a vosotros. Vamos, marchaos. Nosotros recogeremos por aquí. No perdáis más tiempo. Nos iremos antes de que anochezca, por si os lo volvéis a pensar.
—Vale, gracias. Espera. Oye, ¿te importaría darme las llaves de su casa?
—¿De Jesús?
—Sí.
—Claro…
El vecino rebusca en un armarito el llaverito, aunque como en unos puntos suspensivos largos, que hacen que su compañero continúe hablando.
—Me gustaría buscar unas cosas…
—Vale, vale… Tranquilo. —Le entrega las llaves.
—Gracias.
Se despiden con fuertes abrazos. Esta vez también son fuertes para él. Cuando les cierran la puerta a su espalda, saca su bebida de la mochila y la deja en el suelo, a la vista.
—Voy un momento a casa de Jesús.
—¿Te acompaño?
—Como quieras… —De nuevo unos puntos suspensivos largos mientras ya lo está dejando atrás hacia la puerta.
Decide quedarse vigilando en la esquina. Sea lo que sea que esté haciendo no le entretiene mucho, cinco minutos a lo sumo.
—¿Buscabas algo de su paradero?
—¿Eh…? No…
Más puntos suspensivos…
Salen, y nada más pisan la calle, le golpea el hedor nauseabundo de los cuerpos en descomposición. ¿Antes no estaba? Se miran asqueados, tapándose las bocas. Se pone el casco, a ver…
Pues sí… parece que filtra el aire…  botella de oxígeno propia no tiene… a saber. Danko también se lo pone.
Se da cuenta de que ha empezado a llover flojito. A lo mejor eso amortigua el sonido de la moto… pero ahora todo deslizará más.
—Adán, en serio, vete ya a por Lili…
—¡Pero si estamos al lado!
—Escucha, yo ya sé que mi familia no está en casa.
—¿Por qué?
—Mi padre no trabajaba el día que pasó.
—¿Y qué?
—No se habría quedado quieto… Si sobrevivió trataría de llevarlas a algún sitio más seguro… Y si no… mi hermana y mi madre no lo habrán logrado.
—Pero… no lo sabes. Pero… da igual, ¿qué más da que te acompañe? Digo yo…
—Sé que voy a verlos… a matarlos. O a buscarlos.
—Que no seas capullo. Vamos. Y ya allí vemos.
—Joder que…
—Que no, ostias.
Silencio.
—Vale. —Larga pausa—. Gracias.
Arranca rumbo a casa de Danko, no es ni un kilómetro. Escoge previsoramente cruzar de barrio por un puente peatonal. Al otro lado las calles siguen calmadas. Un par de zombis comen algo reciente de un cubo de basura tumbado… Parece verse una mano humana dentro. Atraviesa de nuevo del revés una rotonda y baja la cuesta hacia su destino.
Tanto en el puente para vehículos que puede ver ahora como en las plazas hay bastantes coches accidentados. Además desde allí se llega a otro acceso a la autopista. Hay no-muertos; unas cuantas decenas, pero disgregados.
Entre criaturas y hierros, acaba metiendo la moto por un parquecito de tierra y torciendo a derechas por la calle peatonal interior que da acceso al recibidor de su amigo. Para un poco antes, alertado por el ruido de golpes y gruñidos sosos. Echa la pata y, callados, se acercan a inspeccionar.
Asomándose juntos muy poquito, ve en la vía-parking trasera un grupo de puede que veinte criaturas, golpeando el portón de un garaje que conecta. Retroceden hasta el portal y Danko saca las llaves muy bien agarradas. Pese a todo, tintinean un poquito. No hay exclamaciones sorprendidas. Están a lo suyo.
Abren, ayudando él a sujetar la puerta. Chirría un poquito… no hay exclamaciones sorprendidas. ¡Bien! Cierran tras de sí. Cruje. No hay exclamaciones sorprendidas…
Cuatro plantas sin ascensor más arriba, y un zombi que ejecutan en la segunda planta; después, están frente a su casa.
—Quiero entrar solo.
—No hace falta…
—De verdad.
—Vale…
Danko mete la llave en la cerradura pegando la oreja. Luego entra y deja entornado tras de sí.
Lo oye andando por el piso. No parece haber pelea… ni conversación. Espera. Espera… Un minuto después, una voz lejana le indica que pase. Va.
Nunca ha estado en su casa. Una cocina lo distrae fugazmente a mano derecha. Llega al salón, algo antiguo, con un ordenador conectado a un monitor presidiendo, en lugar del televisor; como en su casa. Hay un pasillo y al fondo, con varias puertas entornadas entre medias, una habitación abierta. Va hacia allí. El otro está tumbado en la que supone será su cama, con el casco a los pies. Mira al techo.
—Mi padre ha dejado una nota. —Mira al suelo; hay un papel con jeroglíficos en él.
—¿Qué pone?
—“Nos vamos a casa, si encuentras esto, espérame aquí”.
—¿A… casa? —Pone tono como de obviedad.
—Sí.
—Pero…
—Mi padre era piloto.
—Ya…
—Tengo que ir al aeropuerto. —Ríe largamente.
—Pero, dice que esperes…
—Ya… —Sigue riendo.
Aguanta hasta que para. No sabe muy bien quéestá pensando.
—¿Qué ocurre?
—Pues que, a lo mejor se las ha llevado de vuelta y ha regresado a buscarme… a lo mejor se han quedado allí esperando y no puede volver… probablemente no sabe de la bomba… Sea lo que sea, no está aquí.
—Ya…
—Quiere una avioneta, o un helicóptero, o coger un puñetero vuelo en business… están en el aeropuerto. Y no hay tiempo para quedarme unas vacaciones esperando. Así que, si quiero poder enterarme de qué ha pasado… Tengo que ir al aeropuerto.
—Danko, eso está lejos…
—Sí, y seguro que medio Madrid ha intentado ir allí. Ya lo sé. Y a lo mejor ni han llegado; o aunque vaya no encuentre nada, o ya se habrán ido…
—Por eso, no tiene sentido.
—No, nada de eso cambia nada de que la siguiente información está allí.
—Ya, pero es que no tiene razón, Danko. —Eleva un poco la voz— Es un suicidio.
—Puede.
—Volvamos juntos, ya les buscaremos después…
—¿Cuando dos o tres megatones borren todo?
—No lo sé… ¡muerto no ganas nada, tío!
—¿Y si fuera lo último que supieras de Lili, que fue para allá?
Calla diez segundos.
—No lo sé…
—Tengo que ir al aeropuerto. —Vuelve a reír.
—Vale, pues voy contigo.
—No.
—No puedes impedírmelo.
—¿Ya no quieres salvar a tu novia?
—¡Que te den! —Hace ademán de ir a salir, pero se queda. Se ha cabreado bastante… pero el otro… no hace nada. Le pone aún más nervioso eso.
—Lo siento —suelta por fin.
—Si vamos los dos… —Intenta contenerse de darle un guantazo a la pared, sigue sin ser su casa—. Podremos acabar antes, sea lo que sea.
—Que no. —Se sienta en la cama brusco. Se alegra de que haya un cambio, aunque sea agresivo—. Pírate ya, anda. Quiero estar solo. —Ahora se está mirando la bola de metal…
—Danko.
—Sabes que no hay tiempo. Sé que no hay tiempo. Eso y los zombis. Encárgate de Lili, de tus padres, de los de Hugo… No es que tengas poco…
—Tío… no quiero dejarte aquí.
—Pues ódiame. Yo qué sé. Soy el que te está dejando tirado ahora; pero pírate y haz lo que tienes que hacer.
Se quedan sin hablarse por un buen rato; cruzando la mirada, él casi llorando, escondido tras su casco. Después se acerca hasta darle un puñetazo en el hombro muy solemne.
—Lo siento —dice temblando.
—Gracias.
Danko se incorpora y, con gesto de “da igual que no sea de hombres”, lo abraza con fuerza.
Sale despacio, cerrando largamente los ojos, abriéndolos sólo para ver que el otro se está volviendo a tumbar. Llega al vestíbulo y cierra la puerta tras de sí.
Fuera, observa su moto. Está destrozada la pobre. Llena de tierra y arañazos, con el manillar izquierdo un poco doblado. Pero nada aparente en la mecánica. Espera que siga pudiendo hacer el camino de vuelta al búnker… De repente le impacta el silencio. Estar allí, a la luz del día de tormenta… y solamente escuchar las gotas, los crujidos, los gemidos, algunos ecos de golpes aquí y allá, algún grito sumamente distante; y entre unos sonidos y otros, silencio… “Deja de pensar”. Decide salir por donde los zombis, para quitárselos a Danko.
Empieza a callejear por rutas entre bloques de edificios. Solamente tiene que subir un par de kilómetros. Conoce bien el barrio y quiere evitar pasar cerca de la enorme comisaría-cochera… nada bueno puede quedar allí. ¿Por qué Danko tiene que ser tan suyo? Joder, no quiere que muera… pero, ¿qué puede hacer? Él también haría lo que fuera por encontrar a Lili… pero irse al aeropuerto solo es una locura. Solo o acompañado. Joder, él tampoco quiere morir. ¿No va a volver a verlo más? Se pone triste de pensar en eso…
No hay forma de evitar cortar a través de la avenida amplia que ya está viendo. Ha sufrido claramente bastante, está llena de cadáveres, y hay varios furgones de los nacionales… algunos parados bloqueando tramos de la calle, otros derribados… y algunos agentes no-muertos, entre el goteo de zombis que más o menos la puebla. Mierda, son bastantes, puede esquivarlos, pero está muy cerca de casa… Tendrá que dar un rodeo para que no se le acumulen en el portal. Empieza a trazarlo mentalmente, se pasará primero por la casa de Hugo en cualquier caso, que está más cerca…
Algo grande vuela grave por encima de él. Detiene la moto. Los primeros dos zombis están a unos quince metros. Mira. Algo grande se posa en la esquina del tejado del bloque más próximo y le devuelve la mirada. Lo apunta con el fusil. Algo grande se deja caer como un meteorito contra el suelo, reventando la acera, y se reincorpora. Decenas de gemidos sorprendidos primero, hambrientos después, inician su marcha por todas partes hacia el lugar. La cosa empieza a caminar hacia él.
Está desnuda, de piel color carne bronceada; piernas humanas muy musculosas, sin nada ahí abajo… Mide tal vez tres metros de alto y su torso es desproporcionadamente ancho. De sus hombros salen dos alas gigantes acabadas en manos humanas, con una membrana que parece cartílago, conectando hasta su costado. Sus ojos, de iris grisáceos y muy pequeños para su tamaño, están hundidos en un enorme hueso frontal, del que parte una nariz sin orificios, al igual que su boca, tapada por completo por una película translúcida similar a la que compone sus alas. A los lados del cráneo tiene unas grandes y puntiagudas orejas élficas. Y sigue avanzando. Reafirma apuntarla, consciente de los zombis que le están rodeando… ¿Podría dar esquinazo a eso conduciendo?
—¡Quieto! —Se parece más a Cuarentaisiete que a los zombis, a lo mejor escucha…—. Como… como te acerques, ¡te mato! —El valor le flaquea.
El ser se detiene. Tuerce la cabeza mirándolo, como un animal que inspeccionase. Él traga saliva.
Súbitamente, abriendo la mandíbula como una serpiente, estirando su piel hasta marcarse contra ella una enorme hilera de colmillos ocultos, produce un eco atronador y pesado, como el crujir metálico de un barco enorme. Y se siente muy extraño. Es como si… como si…
De repente, se da cuenta de que está en el suelo, los oídos le zumban un poco y la cabeza le duele levemente. La cosa está justo encima de él, casi envolviéndole con sus alas, sujetándole con sus manos de las muñecas contra el asfalto; el peso le hace mucho daño contra la magullada muñeca. Y su rostro grotesco está pegado al cristal de su visor. Sus ojos minúsculos, no más grandes que los suyos propios… No sabe dónde ha quedado el rifle, o la moto… Y el primer zombi se agacha hacia él también.
“Está bien, te lo advertí, ahora tengo que matarte…”, piensa, casi divertido, casi abandonándose a su suerte ya.
La monstruosidad suelta una de sus manos, agarra lentamente al zombi de un brazo y, como si fuera un trapo, lo lanza contra otro cercano, con tal mala leche que los cuerpos de ambos se parten. Después vuelve a cogerlo a él. Se queda absolutamente quieto. Ni siquiera tiene miedo ahora mismo… sólo… espera; oyendo el flujo de su propia sangre acelerada.
Cinco segundos, diez segundos, quince segundos. Lo suelta. Se yergue con él entre sus piernas y empieza a aletear, con tal fuerza que nota como simplemente el aire también lo aplasta un poco. Y despega. Y se aleja rápidamente hacia las nubes, hacia alguna parte…
Abrumado, se sienta. Se quedaría así, mirándolo irse simplemente, si no fuera… porque zombis. Se sacude la cabeza y busca la ametralladora. Está a un par de metros, y la moto a cuatro, tras una no-muerta. “Ok”. “Hola supongo…”.
Se echa para atrás levantando las piernas, sacudiéndose con el balanceo, y levantándose de un único movimiento, empujando con los abdominales. Corre a recoger su arma, rodea a la policía muerta viviente y se sube a su montura. Tira. Sea lo que sea… ya ha pasado, supone. Le está volviendo a escocer la quemadura bajo el guante…
No va por el camino más corto, sino que decide ir remontando la avenida y torcer dos veces a derechas después, para acabar volviendo a torcer dos veces a izquierdas, cambiando de calles hasta llegar a la acera peatonal de su colega… Otro que a lo mejor la diña… Recuerda como lo protegía en el instituto de los que se metían con él… Vuelve a sentirse mal…
Salta la verja que delimita el espacio de los soportales y rompe con el puño el cristal de la celosía interior. Abre y empieza a trotar por las escaleras. Hay bastantes zombis atrapados. Acaba matando a cinco usando la culata del rifle y la paciencia.
Llega a la puerta. Llama intentando parecer lo más humano posible al golpear. Insiste. Insiste. Él no conoce a ningún vecino… Prueba. Llama a todas las casas de la planta. En una le devuelven la llamada, y ya no paran. Regresa a la de su amigo, quitándose el casco y pegando la oreja. Mierda. Hay gemidos… a lo mejor los está confundiendo con los de otra parte…
Patadas. Muchas patadas. Muchas. No quiere gastar balas. Más patadas. Menos mal que lleva armadura. Al final, cede, y cree que todo el edificio está gruñéndole por el escándalo. “Lo siento”.
Pasa. Cocina y salón vacíos. Pasillo. Puertas cerradas. Golpes. Al menos… intentará saber quiénes… sintiéndose mal, se alegra de no haber entablado nunca mucha amistad con la familia de Hugo… ¿qué puede encontrarse en su casa o la de los suyos?
Abre el cuarto de los padres. Ambos se le echan encima. Él tiene las tripas abiertas a mordiscos. Ella no parece tener ninguna herida. Suspirando triste, golpea al uno, lanza a la otra. Igualmente va a matarlos la bomba… Intentando dejarlos en la habitación ella logra morderle varias veces las placas, por prestarle menos atención, pero al final, vuelve a encerrarlos. Falta la hermana. Está golpeando la puerta rítmicamente desde el otro lado… no hace falta ni que la abra. Sólo por si acaso, pregunta una vez presentándose. No hay respuesta humana.
Alicaído, vuelve al exterior. Cuatro zombis se le han acumulado en la valla. Los lleva hasta un extremo y después corre a saltarla por el otro. Conduce los escasos cien metros hasta su edificio. “Por favor…”.
Aparca y abre la verja delimitadora. Luego el portón interior. Ocho pisos de escaleras. No le gusta nada. Zombis, mucha sangre, casas abiertas, destrozos, y hasta un gritón encerrado en un piso del quinto. Mata a tres normales en el ascenso. Menos mal que la armadura le está facilitando muchísimo la vida… Empieza a sentirse un poco cansado. Necesita recuperar una buena arma cuerpo a cuerpo. En casa tiene…
Su puerta delante, cerrada… Se acerca y llama. Silencio. Silencio. “Gaaar”. “¡bom!”, “¡bom!”, “¡graaarrrr!”, “¡bom!”. No… no, no, no, no, ¡no!
Abre y da una patada a la puerta con mucha mala ostia. “¡Abagagk!”. Suena un impacto muy fuerte al otro lado. Entra raudo y cierra. Su novia está en el suelo, incorporándose. Mierda, joder, le ha partido la nariz… no le sangra… “Lo siento”. Ella se lanza torpemente hacia él y empieza a morderle el pecho de la armadura.
¡No, no, no, no, no! Joder… Ella no… ¡Que no! La va arrastrando hacia el salón. Mira hacia todos lados, sujetándola de los hombros; comparado con ella, tiene infinitamente más fuerza, aunque sí que nota que le agarra con mala leche. Ve los cascos de la moto. Dejando que lo muerda, coge uno y se lo pone apartándola un segundo. Ella hace un sonido muy extraño y empieza a darle cabezazos con él, intentando morderlo. Sus manos lo agarran, arañan, y golpean por todas partes. La lanza al sofá y corre a su cuarto. Coge su chaquetita de cuero de carretera, regresa topándosela en el pasillo y la abraza con ella, bajándole los brazos. Se la pone del revés y abrocha la chaqueta. La vuelve a tumbar en el sillón, pero en cuanto la suelta se agita como una lombriz. Cae. Rompe el cristal de la mesita con el casco y empieza a revolverlo todo. Menos mal que es chiquitita… Se bambolea una y otra vez, intentando levantarse sin las manos. Coge la cinta de carrocero de un cajón y le tapa la visera con una cartulina y varias vueltas. Después, le enrolla siete capas de cinta americana alrededor de torso y brazos, no vaya a ser que la chaqueta no aguante eternamente, y la deja de nuevo en el suelo.
Al principio ella se retuerce, rueda, choca con cosas, se sacude y zarandea, armando escándalo y gruñendo; pero conforme va pasando tiempo, mientras él observa sin hacer ruido en el sofá, se calma. Prueba a decir simplemente “eh”. El baile se reinicia por otros cinco minutos. Después, vuelve a quedarse quieta, gimiendo continuamente. El reloj en la pared marca las doce menos cuarto.
Él, llora. Llora mucho rato, mirándola tras el casco que empaña. Se lo quita. La armadura le agobia. Todo le agobia. Se quita el torso y queda con el pecho al frío aire.
Su mano… Su mano derecha… En la izquierda tiene la muñeca un poquito hinchada. Pero la derecha… está blancuzca… de la pequeña quemadura en el dedo nace un enorme bulto negro, y las venas que conectan ahí, como una red azul, se le marcan todas de un tono exageradamente vivo bajo la piel. Se toca contra la herida con el índice de la otra. No duele casi en comparación con el aspecto. Sus uñas amarillas y negras… Lo que faltaba…
Se levanta. Da vueltas por la habitación. Va al baño. Mea. Se mira en el espejo con la linterna, los ojos inyectados en sangre y amarillentos; ojeroso y pálido… Vuelve. Hiede… sus dos serpientes… sus tres hámsteres… sus dos “gecos”, todos están muertos pudriéndose en sus jaulas. Y ella está histérica chocando con todo, esparciendo en el aire el olor de todo cuanto se ha hecho encima.
Se vuelve a ir. Regresa. Coge su mochila. Se prepara un vaso de leche en la cocina. Se da un paseo por la casa. Y otro. Y otro. Se sienta. La pobre tiene que estar hasta haciéndose daño con tanta sacudida. Se pone sólo los mitones de la armadura. Agarra los guantes de moto de su cajón y, por debajo de su chaqueta, con esfuerzo, se los coloca a ella para que no pueda arañar… Teme haberle partido algún dedo forcejeando para que se los metiera.
Se sienta. Se pone de pie. Da vueltas. “¡JODER!”. Suelta un puñetazo con la mano “enferma” y todas sus fuerzas al televisor plano. Lo atraviesa, cortándose abundantemente por todo el antebrazo. Lo desincrusta ignorando y casi hasta disfrutando del dolor. Se arranca los cristalitos con los dedos. Va a la cocina y se envuelve la piel sangrante de papel higiénico que sujeta con cinta adhesiva. ¿Por qué coño no ha utilizado las vendas? Empieza a dar patadas contra una pared, y a gritar y a llorar. Lanza una silla por la ventana reventándola y asoma su fibroso cuerpo al exterior, berreando a pleno pulmón. Le contestan más gritos por la ciudad.
Se deja caer de espaldas al suelo y, reclinándose, llora temblando.


Empieza a fumarse un porro. Ha dejado atada a Lili contra la cama en otra habitación, para que no ande armando tanto jaleo…
Luego se fuma otro porro. Éste ya empieza a hacer efecto. Se tumba y se deja cabecear. Ya casi ni nota el mal olor… Y duerme abrazado por la leve tranquilidad de la droga.
Lo despiertan golpes contra su puerta. Son rítmicos. Gimen. La luz ha cambiado un poco, y ahora llueve mucho más fuerte. Mira el reloj. Las cuatro y media de la tarde. Le duele la cabeza, y ahora tiene las venas azules hasta el codo, y la piel blanquísima. Y muchísima hambre.
Los cadáveres de sus mascotas huelen tan bien… Desencaja la mirada. Entiende lo que le está pasando. No sabe si es el ansia o un punto de razón, pero quiere saciarse antes de que empeore. Se echa directamente los polvos de leche que había guardado en la garganta y los traga. Se bebe toda la botella de agua entera. Arranca la puerta de un armario y empieza a masticar pasta cruda, hasta que encuentra un paquete de galletas por el que la sustituye. Lo devora entero.
Se siente algo mejor… No puede… no debe seguir ahí un momento más ahora mismo. Le duele el estómago de repente… Se pone con prisas la armadura. Descuelga de la pared su katana. No está afilada pero tiene punta. No es imitación, es muy dura. La coloca con su correa en la espalda, igual que la ametralladora. Saca de un armario su cuchillo grande de supervivencia, con su propia funda que engancha en el cinturón de la armadura. Sin mochila, solo con las llaves de casa y de la moto, la granada negra y los tres cargadores en diversos bolsillos, abre cuchillo en mano.
Con el primer ataque clava el filo en la frente del zombi, pero no la perfora bien. Este empieza a empujar intentando agarrarlo, ayudándole a él a hacer fuerza para terminar de hundirlo. Entra hasta la empuñadura. Sigue moviéndose… Retuerce. Se desploma. Ya confiado de su armadura, cansado, dolorido, hastiado, no ha hecho esfuerzos por luchar bien, y ha dejado que lo golpeara e intentara arañar donde ha querido. Es un muy buen cuchillo, pero ni punto de comparación con los sables del búnker. Cierra. Baja. Mata cansinamente y sin prisa, tras los barrotes, a los ocho que se han agrupado en torno a su casa, seguramente persiguiéndolo.
Arranca la moto. Al menos no llevar la mochila alivia un poco… pero a la vez que el dolor de estómago mengua, el hambre vuelve.
El otro le dijo que no… pero decide ir a casa de Esteban. No está muy lejos… puede intentar hacerle el favor.
Pasa por encima de un puente bastante maltrecho. Algo ha derrumbado todo un carril. Mierda, un gritón. Encima atlético, un hombre de mediana edad. Para, y con desdén, lo apunta con el rifle. Dispara a cinco metros de distancia, aún con una mano apoyada en la BMW.
El enemigo da un salto a un lado esquivando la bala y se lanza a por él. “¡¿What the fuck?!”.
Caen al suelo rodando. El bicho queda sobre él y empieza a aporrearle en el pecho como un simio, lanzando dentelladas cada vez que baja contra su metal. Más perplejo que preocupado, saca despacio el cuchillo de su funda y arremete directo contra su sien. El otro, con más que humana destreza, gira su antebrazo y lo interpone bloqueando el golpe, y acto seguido le da un directo con su izquierda hacia la mandíbula. No le hace daño, pero le tuerce la cara. Y vuelve a seguir golpeándolo mientras chilla. Y le está sujetando la muñeca del arma que vuelve a dolerle. “Puto cabrón de mierda”.
La siguiente vez que la criatura baja a intentar morderlo, él se incorpora muy rápido dándole un cabezazo. Le aparece una astilla en el cristal del visor. Sin dejarlo recuperarse le da un puñetazo con la mano derecha. Cae de espaldas con la nariz torcida. Él rueda hacia atrás levantándose y el otro también. Quedan frente a frente, él con el cuchillo en la mano, cogido del revés ahora.
“Muy bien. Yo me canso, tú no. Tú te rompes, yo no”. La criatura no va de frente a por él, sino que empieza a ir dando pasos laterales, rodeándolo mientras se acerca, con los dos brazos hacia los lados y las palmas en garras. Él se coloca en guardia de kempo. La cosa carga sin aviso y chilla. Intenta darle un puñetazo en la cara. Puede encajarlo; se deja dar para intentar intercambiar un corte hacia su garganta. El monstruo vuelve a sujetarle de la mano del cuchillo, cruzando su brazo a través de su cuerpo. Él tira hacia sí y le propina un rodillazo en el estómago, volviendo a separarse.
Vuelve a arremeter, ahora va de boca. Él pega un salto a un lado e intenta soltarle un tajo hacia las tripas, pero el zombi esquiva deslizándose hacia atrás. Tiene que encontrar la forma de debilitarlo… Su rifle está al alcance del gritón… pero parece que al menos no llega su inteligencia a eso…
Decide pasar al ataque. Empieza a lanzarle cuchilladas. La criatura va reculando en una dirección y en otra, y hasta encuentra el momento para asestarle otro puñetazo en la cara. Mierda, no, mala idea, así se agotará. Su ventaja está en lo contrario, en ser defensivo. Vuelve a quedarse quieto, pero en ese mismo instante la criatura aprovecha para saltarle encima sorprendiéndolo. Vuelven a rodar por el suelo. Esta vez acaba él encima. Espera… la cosa le ha agarrado del casco y está estirando hacia afuera. ¡Joder! Menos mal que la armadura lo agarra con unas correas y unos dientes que hay que desabrochar primero… Mala jugada. Eso le da la oportunidad de hundirle, por fin, la hoja; por la base de su nuca. La criatura emite un último berrido desgarrado y queda quieta, podrida.
“Me cago en la puta”. Recoge el subfusil, apuñala en un ojo al característico zombi oportunista, y vuelve a conducir. El hambre no ha empeorado al menos…
Conforme se va adentrando en el barrio, arquea mucho una ceja y para la moto. Decide ir a pie; sólo tiene que seguir unos cien metros la avenida principal por la que va… y empieza a arrepentirse preocupado de los tiros que ha metido antes.
El panorama es parecido al de todas partes. Cadáveres, zombis agrupados en dos focos, uno muy lejano junto a un centro comercial, otro más cerca frente a un bar, y alguno pululando, entre coches y cristales de tiendas rotas… Salvo por una estela de destrucción. Puede reconocer perfectamente una franja de entre diez y veinte metros de ancho según la zona, que sigue una línea casi perfectamente recta, en la cual hay coches aplastados, farolas arrancadas, cráteres como personas de grandes en el suelo… y bloques de edificios atravesados de lado a lado, con agujeros de varias plantas de altura. Algunos han colapsado y solo quedan escombros… y fuera de esa franja hay demasiados coches reventados y en ángulos extraños… que no puede sino imaginar que hubieran sido lanzados. Empieza a plantearse volver… siente un sobrecogimiento rayano con el miedo… pero el edificio de Esteban no ha estado en la trayectoria de lo que quiera que fuera eso… Con hambre, sigue caminando. Quiere hacer el mínimo ruido posible.
Dejando atrás a paso ligero a los zombis que, sabe, luego tendrá que enfrentar, entra en el portal; los cristales ya estaban rotos.
El amigo y sus padres tienen dos pisos, uno encima del otro, para ellos; decide empezar por el de más abajo que es en el que viven él y los hermanos…
Y no necesita más. Han pegado con celo un aviso en la puerta. “Esteban, Dani, no entréis. Vuestro hermano no está bien. Hemos ido a buscar ayuda”.
Bueno… entonces la pregunta es a cuál de los padres habrá mordido. Llama de todos modos, allí y en la planta de arriba, intentando cerciorarse de que sólo se escuche a un zombi. Sorprendentemente, el edificio está bastante bien. Sólo había un charco de sangre sin cadáver en la segunda planta.
Cuando queda convencido de que solo es una criatura la que hay dentro respondiendo, baja. Ya pensará qué decirle a Esteban… y a Hugo…
“A tomar por culo”. Siete zombis frente a los hierros del portal. Qué pereza le da. Sigue hambriento. Cuchillo, cuchillo, cuchillo, cuchillo, cuchillo, cuchillo, cuchillo, cuchillo. Uno ha requerido dos intentos. Si no se mueven es más fácil ser certero con un solo golpe.
Suspira. Ya nada más que tiene que ir a buscar a sus propios padres… La moto ya ha pasado de medio depósito… Se sentiría más conmocionado por todo lo que ve… si no fuera por su mano, y el hambre, y Lili… ¡Joder!
Empieza a acelerar como si estuviera echando una carrera. Y se cae deslizando, tomando una curva. No ha pasado nada. Ni siquiera puede estar cabreado a gusto. Recoge el vehículo de nuevo. Respira varias veces intentando tranquilizarse y reanuda la marcha. Sale de la carretera hasta un carril de bicis que le lleva hasta un puente peatonal, por donde cruza de barrio de nuevo; sobre la autopista en la que casi se matan antes. Algunos zombis tienden sus brazos hacia él, entre coches y destrozos. Le extraña no haber encontrado a nadie por las calles… ¿Tras tanto tiempo ya nadie saldrá?
Sube la cuesta de césped de un parque y pasa de nuevo a la calzada, ascendiendo hasta torcer a izquierdas. El parque estaba absolutamente vacío. Aquí, pasando entre torres de viviendas, ya hay gemidos de nuevo. ¿Y una zona de coches y paredes cortadas a trozos? ¿Zombis fantasma? Recuerda el que vio… pero, ¿qué dijo Hugo que tenían de especial a parte de garras y el dolor de cabeza? En fin. Llega al portal de su viejo hogar, contiguo a un colegio, ahora abandonado.
No lleva las llaves… tenía una copia en casa y no las ha cogido. “Bien Adán, bien”. La cristalera está rota, pero no le cabe el mitón entre los barrotes.
Pierde mucho tiempo intentando hacer palanca con el cuchillo para bajar el tirador, hasta lograr abrir. Más o menos a la vez que entra, una adolescente cae rodando las escaleras; de piel azulada y con mordiscos por todas partes. Se encarga de que no se moleste en volver a levantarse.
Sube. Puerta cerrada. Llama. Tiene miedo; se arrepiente de haber llamado. Si sus padres son zombis, o su hermano pequeño, ahora mismo no quiere verlo. Está a punto de salir corriendo hacia atrás, pero el silencio lo tranquiliza.
Se quita el casco para intentar pegar la oreja; justo a tiempo de ver, con el espacio de visión ganado, la silueta de un hombre andando agazapado detrás de él, acercándosele.
Pega un grito breve, a la vez que salta hacia atrás lanzándole irreflexivamente el casco a la cara. El impacto lo tira al suelo quejándose. Apenas se ve bien, pero distingue una navaja en su mano derecha. No le suena como uno de sus antiguos vecinos.
—¡Cabrón! ¡Dame lo que llevas!
—¡¿Pero qué coño te pasa?! —Empieza a desengancharse el rifle de la espalda.
—¡Hijo de puta!
Frente a él, a unos doce metros, sale de una puerta entornada una mujer famélica, con una pistola en las manos. Le suelta tres tiros seguidos.
Nota un impacto brutal contra su pecho que lo tira de culo hasta la pared, y medio segundo después, en lo que se intenta mover, un segundo contra su esternón, pegado al cuello. Pierde el aire y tose. De la otra bala no se sabe qué ha sido.
Mirando con absoluta ira, casi cegado de adrenalina y apartando los labios hasta enseñar sus dientes de rabia, se comprueba. No encuentra la bala del segundo tiro, pero la del primero está clavada y aplastada contra su coraza, que tiene dos pequeñitas líneas astilladas saliendo del punto de impacto. Desde la mujer se escucha un clic muy gratificante. Se levanta crujiéndose el cuello y mirándola enloquecido. El otro, joven, se ha puesto de pie, pero se tambalea como buscando el equilibrio, con la nariz chorreándole sangre.
La mujer, pone un último gesto de pánico, antes de que apriete él tres veces el gatillo y ella caiga inerte impactando con la nuca en el suelo. El chico lo consigue enfocar por fin. Mira hacia un lado un momento y después de nuevo hacia él; interpone una mano entre los dos y empieza a suplicar histérico echándose para atrás: “No, no, no, por favor…”.
“¿Debería perdonarlo?”. Lo apunta. Le clava un tiro centrado en la frente. Se acerca al cadáver. Se lo merece…
Va a ir a recoger la pistola de la otra pero, no recuerda cuándo tomó la decisión de hacer tal cosa, se da cuenta de que está sobre el cuerpo del hombre, arrancándole un pedazo de cuello con los dientes y masticando hasta tragárselo, disfrutando del sabor de la nauseabunda sangre en su lengua y garganta.
Pega un brinco y se aleja deslizando por el suelo con culo y pies, aterrado y sumamente repugnado. Pero su estómago se siente tan bien… No puede evitar pensar en toda la carne que aún le queda.
Muy rápido, como dudando de lograrlo si fuera más despacio, se acerca a él corriendo y lo arrastra de un brazo hasta meterlo dentro de la casa abierta, junto con la chica, cerrando tras de sí de un portazo y dejándose caer apoyando la espalda contra la madera, a respirar. ¿Qué le está ocurriendo?
Tiene la respiración muy agitada, y ganas de vomitar ahora. Se ha olvidado de la pistola… Estaba vacía igualmente. ¡Joder! La gente está fatal… él no fue quien empezó con los tiros…
Parpadea rápido varias veces y agita la cabeza como intentando despejársela. ¿Cuántas balas le quedarán? Saca el cargador. Tres. Lo cambia por otro nuevo de veinte.
Aún negando con la cabeza, se levanta y pega la oreja contra su puerta. Con todo ese ruido, si hay alguien dentro, o se habría acercado a mirar o se habría escondido… Pero cualquier zombi estaría activo, y solamente escucha crujidos difusos. Nada que indique pasos…
Empieza a dar patadas. Por un buen rato. No funcionan, la puerta es blindada. Ya allí no puede marcharse… Vuelve a poner el cargador casi vacío y mete los tres disparos en puntos donde cree que habrá cierres. Y, sustituyéndolo, sigue con las patadas. A la sexta, la bisagra salta por fin abriéndose estrepitosamente.
La revisa de arriba abajo, cada vez más aliviado. Hay signos de mucho desorden superficial, y una capa de polvo que sabe que ni en esas circunstancias su madre habría tolerado… Llevan fuera bastante. Tiene la esperanza de que hayan podido llegar al pueblo. No encuentra nota alguna para él, pero ver a la gata muerta en el cuarto de baño le hace sospechar que cuando salieron no pensaban no ir a volver. Le da un poco de penita, pero el listón de alterarle está recientemente muy alto…
Sale agridulcemente sonriente. Recoge su casco del suelo y se lo equipa.
Caminando hacia la puerta de salida, ve delante de sus ojos como desaparecen rechinando líneas enteras de hierro, y algo entra propulsando lo que queda hacia delante. Ah, sí… eso, “fantasmas”… invisibilidad. Ya recuerda.
Corre como un cabrón hacia atrás. Quiere besar los pies del arquitecto que hizo dos accesos a su edificio. Abre y sale a la calle. No ve nada persiguiéndolo, pero no es que tenga especial interés tampoco… ¿Contagiaban estando cerca? Algo así…
Bueno, pues le toca dar toda la vuelta al edificio trotando. Varios grupitos de zombis se están arremolinando hacia allí; desde luego, silencioso no ha sido.
Cuando por fin pone el culo en la BMW maltrecha, nota una enorme paz que lo inunda. Que le den a todo. A toda leche, rueda hacia su casa. Su casa… con su novia… Su vieja gata muerta… “Mierda”, Merlo vive al lado… joder, es que sólo sería dejarse caer calle abajo para comprobarlo. No le dijo nada, se había olvidado, pero… Y está la cosa blanca esa rondando. Habrá de ser muy rápido. “¡Joder!”.
Casi derrapando, gira en seco y acelera todo lo que puede; no quiere tardar ni dos minutos. Si están allí los padres ya perderá tiempo en explicarles.
La celosía está cortada a trocitos. Alguien estuvo aquí también… Nueve plantas escaleras arriba. Tres zombis normales que asesina a cuchillo; un gritón no muy evolucionado de dos balazos. Puerta abierta de par en par. Casa desordenadísima y claramente saqueada en varias rondas. Nadie dentro. Ninguna nota. ¡A casa!



Se da cuenta, al aparcar, de que no recuerda el viaje de ida. De nuevo hay zombis contra la verja de su portal… No le apetece. Está cansado y harto. Salta por el lateral del garaje subterráneo, colándose en el soportal interior seguro y pasa al recibidor dejándolos detrás, a que gruñan todo lo que les apetezca. Y entra… Y tiene hambre… y eso ya no se siente como su casa…
Pasa la noche más terrible que recuerda, esperando a Danko. No puede dormir. Da vueltas y más vueltas. A veces tumbado en el colchón oyendo a Lili gemir. A veces dándose paseos de un lado para otro, intentando no pensar, oyéndola darse golpes contra todo, seguramente nerviosa por el ruido que él anda haciendo. Otras veces solo sentado mirando al infinito, sin quitarse el casco porque la peste a cadáver solo le redobla el hambre que siente. Dolorido de hombros y caderas del peso de haber llevado todo el día la armadura. Y a veces grita y rompe cosas cuando los recuerdos y las ideas se le arremolinan y aturullan en erupción. Y a veces llora.
Se ha comprobado en el espejo. El segundo disparo que recibió debió de rebotar, porque sólo queda una muesca en la placa de su clavícula. Sigue el avance de su brazo. A primeras horas de la noche parecía que estaba igual que a la tarde, pero conforme ha ido avanzando la madrugada, inspeccionándose de tanto en cuando con la linterna, ha visto como las venas han ido desmarcándosele. Hacia la última indagación, a las cinco de la mañana, ya ni siquiera podían apreciarse más allá del área circundante a la herida, que se ha desinflamado y, juraría que todo en general en él, desde las uñas hasta su rostro, ha ido adquiriendo un tono más saludable, aunque lejos de su moreno habitual.
Para cuando empieza a despuntar el alba, se siente dar una cabezada rápida. Percatándose, muy aliviado, de que su estómago ya no se siente como revuelto y caníbal… sólo… un poco vacío. Y tiene muchas ganas de cagar. Se desnuda para el empeño, y ya de paso comprueba que no le ha ocurrido nada. Ni siquiera tiene moratones en el pecho o el cuello. Buena armadura…
Histérico ya de esperar, conforme dan las diez de la mañana, pero sabiendo de mucho antes que el amigo no va a aparecer, enrolla una cuerda fina varias veces alrededor del tronco de Lili y tira de ella hacia fuera. Ha tenido demasiado tiempo para pensar, y tener demasiadas ideas para su propio bien, sospecha. Pero si existe una cura, la va a encontrar y se la va a dar. Se la lleva. Y más vale que nadie se le oponga al respecto.
Agradece que, al menos, entre zarandeos y protestas gruñonas, ella es capaz de seguirlo andando, despacio, ante sus tirones. Temía, que confusa, solamente fuera a ir tropezando y tuviera que acabar arrastrándola por los suelos.
Cuando llegan a la moto, no sin dificultades, acaba consiguiéndola poner sobre el depósito, de espaldas a los mandos. Se tumba un poco sobre ella, que no se opone demasiado al contacto, y se ata fuerte para sujetarla con varias vueltas de vientre a vientre, como si fuera un mono abrazado. Mochila, rifle y katana en la espalda. Pone la primera marcha con intención de salir de la ciudad lo más campo a través que pueda.
“Mucha suerte Danko, donde quiera que estés”.




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