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miércoles, 24 de enero de 2018

Líneas de sangre

HISTORIA DE LUCAS:

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EPISODIO 1

¿A dónde puede ir? Gabriel sigue sin volver.
No va a volver. No. ¿Ha sido culpa suya? ¡¿Qué más podría haber hecho?! El muy idiota le tiró a esa loca encima. Ni siquiera hizo nada por ayudarlo...
Estaba poseído. Él no habría podido hacer nada contra eso. Recuerda cuando a su madre también le dieron esos males. Ni la Ruca supo hacer nada... Cada vez está más claro que los demonios campan ahora por la tierra. O han vencido a Dios o no le importa... Gabriel parecía algo más cuerdo que el resto...
Cuando entraron en el avión a ellos no les tocaron. Deben de ser más fuertes contra ellos... ¿Pero por qué sucumbió luego?
Encerrado de nuevo en el cobertizo, tratando de aislarse de la nueva noche incipiente, vuelve a llorar. Su ropa está tan manchada de sangre...
Sangre... No es la primera vez que ha oído hablar de la sangre mala de los enfermos. Muchas enfermedades humanas se transmiten por la sangre... y Gabriel se hizo un corte en la mano... con la tierra.
Compulsivamente se desnuda al frígido atardecer de su miserable desván, quedando solo en calzoncillos, calcetines y zapatos. Después se lava en el fregadero su cuerpo moreno y fuerte, frotándose mediante una esponja algo mohosa las manos y la cara con ahínco redoblado.
Tiene sentido... si los demonios moran en la tierra, tal vez entraron en él a través de su sangre. Tal vez su fuerza le permitió combatirlos... por eso no estaba igual que el resto... Pero los demonios siempre ganan.
Y su nariz ha sangrado mucho... Vuelve a lavársela pese a que ahora parezca limpia. Debe alejarse de la sangre. La sangre es mala...
Es el apocalipsis... y si estaba así en África y en Europa... también lo está en casa. Es el apocalipsis, ya no hay casa. Solo queda esperar al rapto y sobrevivir hasta él. En su cuerpo no va a entrar ningún demonio, reza escupiendo al suelo con desprecio y juramento.
Pero... ¿qué puede hacer? Apenas se ha atrevido a moverse de allí... en el pueblo parecía haber más poseídos. Sin embargo, tiene mucha hambre... su cuerpo ya es muy delgado, y si no come bien los músculos no tardarán en consumírsele.
Mañana, mañana tiene que encontrar comida. No pueden ser los únicos que hayan resistido a los demonios.



Su novia está sobre él. Sus grandes tetas zarandeándose desnudas frente a su cara, al ritmo de su cadera introduciéndolo una y otra vez dentro de ella. Su larga cabellera negra y rizada le oculta la cara. Él intenta acariciársela constantemente, pero ella lo detiene con las manos. Sabe que algo va mal. Y entonces se fija con atención. Se fija en sus ojos resplandecientes de gris perdido tras su pelo, y el asco y el miedo lo inundan; ya está, se acabó, ha cruzado sangres con el demonio. Trata de zafarse pero su fuerza es inhumana. No puede dejar de follar... la impotencia y el pavor lo electrocutan entre retorcimientos vacuos.
Y así, cae de bruces el medio metro que lo separaba del suelo, desde los listones enlonados en que se había tendido. Los brazos inauditamente raudos en haberse interpuesto entre él y la chapa le duelen muchísimo ahora.
Se levanta como un suricato en alerta. Mira alrededor todo cuanto hay. Sabe dónde está. Sabe lo que está pasando.
Corre abajo. Entra luz desde el exterior. Ignora la pestilencia de heces y podredumbre que llega desde los dos cuerpos tendidos. Se lanza hacia el fregadero y mientras deja que el agua corra expone toda su piel a los rayos de luz que entran desde la ventana más cercana. Revisa una y otra vez, en busca de la más mínima herida, el más mínimo corte o raspón. En su muñeca izquierda ve un incipiente enrojecimiento y girarla le produce destellos en la mente, pero no hay sangre. No hay sangre. Suspira aliviado, sin que ello niegue que se pase un minuto por cada extremidad fregándoselas minuciosamente con la pastilla de jabón humedecida de anoche.
Los demonios han intentado atraparlo, no hay duda. Deberá protegerse en sus sueños. Si solo hubiera hecho más caso a la Ruca...
La luz que entra desde fuera es blanquecina, todavía débil. Piensa en su novia. ¿El sueño habrá sido también un presagio?
Es solo una chica al fin y al cabo... "las hay en todos los puertos", se sacude.
Arrastrando una de las cajas, otea por la ventana de la entrada. Ha amanecido nublado. Fuera la carretera está vacía, al igual que parecen los otros almacenes adosados que apenas puede ver. Y al fondo ese paisaje extraterrestremente marrón, tan desaprovechado sin pastos ni nada. Las vallas parecen cercarlos como propiedades, pero nadie parece estar utilizando el suelo...
Su tripa le recuerda el desayuno con un retortijón, y se sorprende de la flaqueza de sus brazos adormecidos por sostenerlo paralelo al tragaluz. Normalmente podrían hacer mucho más que eso, joder, si es uno de sus ejercicios favoritos.
Se deja caer y busca... Busca más tiempo del que tarda en encontrar la respuesta, o más bien la pregunta. Sus prendas siguen hechas un revoltiño en una esquina, pero fuera hace demasiado frío como para salir. Ya está lo bastante helado como para exponerse al viento.
De repente recuerda los días de adolescencia, antes de entrar en la academia, en que se podía pasear casi todo el año sin camiseta y en pantalón corto por el barrio, presumiendo se cuerpo flaco y musculado... jugando, peleando, con las chicas... pero eso era en su tierra. Estos países norteños no están hechos para que viva la gente. Su raza ha sabido dónde vivir, no como estos paliduchos.
Y no es solo el frío... también está la sangre. Salir así sería como pedirles a los demonios que rasgaran su piel y se metieran en sus entrañas.
Todo cuanto tiene a mano en ese lugar que no pueda estar ya infectado es un impermeable polvoriento sobre una percha junto a la entrada.
Le queda más grande de lo que esperaría, pese a cerrarlo hasta el límite de la cremallera, pero con sus piernas no le cabe hacer otra cosa que volver a ponerse su pantalón. La lona es demasiado gruesa como para intentar introducirla entre medias. Al menos no está tan manchado como el resto de lo que llevaba.
Asfixiado de los vapores invisibles que emanan de los cuerpos, sale al exterior y toma una bocanada como si estuviera saliendo de la piscina.
Rumbo al pueblo, se deletrea mentalmente el cartel como si pudiera servirle de algo: "Ar-man-ti-ca".



El viejo hombre le pone un plato delante calentado al gas. No reconoce la legumbre diminuta, pero el olor y el sabor le son casi hogareños. No habla inglés, pero uno en portugués, el otro en español lo entiende y se hace entender... "Gracias". Esa palabra la conoce y la emplea a menudo.
Es moreno y de pocas palabras, y ambas cosas las respeta. Tiene el cuerpo de haber trabajado hasta envejecer como su padre. Su casa es pequeña y sucia tal y como debe ser. Y come.
Los pantalones marrones y el polo con pelotillas que le ha prestado le quedan cortos y anchos, incomodándole bastante los movimientos, pero hasta que encuentre algo mejor, sabrá acostumbrarse. Se sienta a su lado y lo observa de un modo penetrante por un buen rato, luego balbucea algo doblemente ininteligible y se va a mirar por las ventanas. Él apura hasta dejar bien limpia la porcelana y se levanta a ponerlo en agua y acompañarlo.
"Gracias", profiere, y a continuación acompaña en su idioma, "esto es una locura", sin esperar que lo entienda.
El hombre le sonríe y le responde, "sí es de locos sí". Se alegra de que se parezcan sus idiomas.
No sabe qué hacer durante toda la mañana, se limita a limpiar el serrucho y fregar los cubiertos del anciano por demostrar gratitud. El otro, entre tanto, parece prestarle poca atención. Se ha limitado a sentarse en un sillón y sestear, sin que se le escape que de hito en hito lo vigila. De cuanto han hablado, lo poco que ha sacado en claro es que al medio día harían "algo".
Los poseídos, entre tanto, se han ido acumulando en la calle adoquinada, siguiéndoles seguro desde los campos en que lo encontró. Por suerte parecen no saber exactamente dónde se encuentran.
¿Y si Gabriel consigue vencer a su demonio? ¿Debería volver al cobertizo a decirle dónde ha ido? Pero... ¿Dónde ha ido? Está claro que no va a vivir para siempre con ese hombre...
Vuelve a sentir una punzada de inseguridad sobre el descontrol que lo envuelve, y que soluciona dejando de pensar al respecto y, para su desgracia, en Gabriel... Volver a liberar a los pasajeros... Qué estupidez. "¡Deja de pensar en Gabriel!".
El tiempo pasa tan lento... ni la televisión, ni las luces, ni ningún electrodoméstico funcionan. Solo queda el leve tufo a ancianidad del apartamento para distraerlo. Trata de mediar un par de conversaciones con señor, pero más allá de darse cuenta de que no se han presentado y darse sus nombres mutuamente, la similitud de sus idiomas no les alcanza para más. "A-ta-na-sio", se repite mentalmente. Tiene cierta fuerza el nombre...
Por fin, con las calles bien amarilleadas por el sol, se levanta de su trono aquel todavía poderoso caballero y da largas zancadas decididas por su casa. Por su lado él espera algo desconcertado ante la súbita energía.
A-ta-na-sio regresa enchaquetado y con un jersey de lana y un abrigo de tela para él. Lo colma en gratitud y vagas reverencias mientras se viste, interrumpidas por el espontáneo ademán del otro de ir hacia la puerta. ¡Siguen allí fuera todos esos!
Con la mano en el pomo, el reciente compañero se detiene mirándolo.
Casi sincronizadas, empiezan a repicar campanas y el rostro arrugado del otro sonríe y asiente como para sí mismo, como si estuviera esperándolo.
Se oyen un par de gritos desgarrados por el pueblo, que empiezan a volver a sonar una y otra vez, puede que con el tiempo, a distancias distintas.
A-ta-na-sio le dice cosas y le hace gestos hacia las ventanas. Entiende que quiere que compruebe, así que se dirige hasta la más próxima a la entrada y, moviendo solo unos centímetros la cortina, vigila la calle. Puede ver como media docena de personas se desplazan a paso muy lento en dirección a los rechinares metálicos, que se alargan durante todo un minuto... Ese sonido... Le suena haberlo oído desde el cobertizo... Gabriel...
Cuando no queda nadie a la vista hace un gesto de asentimiento hacia el otro, que comprueba su reloj de muñeca y abre un quicio, asomando la cabeza.
Después, sin volver a introducirse, le hace gestos con la mano y sale. Lo acompaña.
Empiezan a recorrer estrechos pasillos entre viviendas de cal y piedra. Los gritos de antes suenan ahora desde la misma dirección que las campanadas, hasta que unos minutos después éstas han dejado de oírse, pero los berridos continúan.
Un niño... poseído... ha comenzado a seguirlos... A-ta-na-sio le ha susurrado cosas ante su preocupación y le ha hecho gestos con la mano como de que no se preocupase, acelerando el paso mucho, simplemente. Más pronto que tarde acaban dándole esquinazo.
Ni cuarto de hora después, doblando una esquina, el ágil pueblerino le dice algo con el verbo "estar". ¿Puede que estén llegando a donde quiera que lo lleve? Acto seguido, junto al cartel del edificio que rodean, A-ta-na-sio escupe y pega una patada al cartel, sin apenas detenerse. Lo lee. La palabra la reconoce: "Geriátrico". Se sonríe de admiración, siguiendo la estela de aquel bombardero: viejo, destartalado, de chapas hendidas, pero que no cree haya necesitado una sola reparación en su vida para seguir volando al frente.
No mucho después, tras atravesar un breve trecho de vías más modernas hasta reentrar en la parte vieja del pueblo, con gesto complacido, su acompañante señala con ambos brazos como si exhibiera y dice "El-me-són".
Dentro encuentra por lo menos un par de docenas de personas, la mayoría con aspecto de ser de la misma generación que su bombardero, aunque ninguno igual de magnífico; pero también un par de jóvenes y otro par de muchachas.
Abruptamente sonríe acongojado en aquel jaleoso silencio de caras mirándolo, con la timidez de saberse extranjero ante un montón de gente que se conoce entre sí desde hace mucho. Hacía mucho tiempo que no sentía vergüenza alguna ante nada, menos capaz de eclipsar momentáneamente el miedo enquistado que lo acompañaba.
Mientras A-ta-na-sio se dedica brevemente a estrechar manos de un selecto grupo de los presentes, él levanta la mano en saludo amilanado y, pronto, le llueve encima el chaparrón de presentaciones y nombres, los cuales, en su mayoría, se ve incapaz de recordar.
Por instinto, se asegura de memorizar el de las mozas.






En las lindes del "bos-que-zue-lo" al otro lado del río, espera oír las campanas. Odia hacer la noche fuera, en la chozas de labranza. Observa el enorme saco que ha arrastrado. Esta es la parte fácil, para no hacer ruido por el pueblo deberá llevar todos y cada uno de los kilos del fajo de aceitunas en vilo. Está claro que tardarán en darle a él, "el moreno", una furgoneta o una mula... Sea como fuere, le da igual. Lo que no ve es el momento de volver al colchón de la increíble Nerea. Hasta su nombre es bonito. "Ne-rea", saborea. Si solo fuera un poco más valiente se atrevería a volver antes de que suenen las campanas. Deben de faltar horas todavía. Desde que decidieron dar caza a los locos (él sigue convencido de que son demonios) las calles son mucho más seguras... pero aun así... ¿Quién le pone el cascabel a los que gritan?
Sentado en su roca, con las primeras casas de Armántica a la vista, se ensimisma. Todo ha cambiado tanto... rememora a Larissa, su novia... su exnovia. Desde luego era mucho más... "abierta" que Nerea en la cama... pero Nerea tiene algo... esa especie de "vergüenza" suya le resulta muy excitante. Es como si hubiera pasado una eternidad. ¿Qué ha transcurrido? ¿Poco más de un mes? Le cuesta recordar el pasado; no, no le cuesta, solo que parece tan lejano... Todo se ha vuelto tan extraño...: le duelen cosas. Casi siempre huele mal. El miedo... no recuerda cuándo fue la última vez que se relajó sin mirar cada dos o tres minutos a su alrededor o cada quince o veinte por una ventana... pero todo es mucho más... "sencillo"; le sorprende lo mucho que se ha encaprichado de su nueva chica. Si pudiera, ¿volvería?
¿Volvería?
Momentáneamente piensa en Gabriel. ¿Será un demonio vagando perdido por algún lugar ahora?
El aire. Eso sí que lo echa de menos. Como se lo decía a su madre cuando aún podía ganar a veces al demonio: le encantaba ser un pájaro. Daría todas las "Nereas" del mundo por volver a serlo. Pero si no tiene alas será ave de tierra... Sí, vivirá igual de ligero que hasta ahora. El rapto no ha llegado, al menos no para él. Y si nadie va a volver a subirle a los cielos, pasará por la tierra sin ningún peso, como si flotara.
Dándose cuenta apenas consciente de como se le desdibuja la sonrisilla que tenía pintada en la cara, su ojo reacostumbrado a la alerta constante, como cuando vivía en las casas bajas y todo el mundo podía hacerles daño, se fija en el minúsculo corpúsculo del cielo. Sin duda por los reflejos es metal, eso lo aprendió como piloto pero, aun así, no se habría dado cuenta de él si no fuera por su gigantesco paracaídas. Poco más que un borrón rojizo en el cielo, pero dada la gran distancia a que se encuentra eso hacia el sur, debe de ser desmesurado.
Y de repente recuerda famosas historias de pilotos y de aviones. Historias de...
Ignorando el saco, Nerea, el campanario, sus memorias y cualquier otra cosa, salta dejando sus propios pensamientos atrás y corre hasta los árboles, hasta el río, hasta poner su espalda contra un tronco entre él y esa cosa, listo para saltar a las aguas al menor indicio de que ocurra lo que, está convencido, va a pasar.

2 comentarios:

  1. ¡Hola! Me gusta mucho cómo en cada texto cambias la forma de narrar según el personaje y eso aporta a que uno se meta mejor en su personalidad, o lo odie un poco… (Antonio ejem Antonio). En este también me ha gustado, sobre todo, tu forma de narrar. Cómo vas dibujando al personaje, su mentalidad (que tampoco me ha gustado mucho, no parece tener mucho aprecio por las mujeres salvo casi como cosa, parece…) y los que le rodean. El realismo de cada detalle, como el idioma, como la forma de juntar el pasado, el recuerdo y las costumbres del protagonista con el nuevo entorno en el que se ha visto obligado a aterrizar y quedarse… (¿quién será la Ruca? Suena a una especie de bruja o anciana sabia…) Por cierto, tiene mucha suerte de acabar en un sitio lleno de viejos con unas pocas mujeres que no van a tener casi más remedio que fijarse en él… Ojalá esa cosa que cae del cielo le haga mucha pupa... O no sé, porque aunque sea "malo" me gusta tanto como lo construyes que hasta me daría pena perderlo como personaje.
    ¡Sigue así, escribiendo cada día mejor! ;)

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  2. ¡Muchas gracias por tu comentario Caminante! Me alegra mucho ver que os gusta, y también me alegro de conseguir plasmar los efectos que deseo y que se entienda que el discurso y la narración de cada personaje están encapsuladas y lo reflejan exclusivamente a él.

    Gracias por los ánimos, ¡espero que sigamos creciendo juntos!

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