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Zombi Volumen Aurora

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jueves, 1 de febrero de 2018

Hembra alfa

HISTORIA DE NURIA:
Episodio 1
Episodio 2
-

EPISODIO 3

—Dadnos agua y mantas —ordena la mujer que acaba de salir del metro.
Es bonita, y puede que más joven que ella. Esta casi desnuda para ese frío: camiseta de tirantes, pantalones militares, botas y mochila.
—¡¿Quiénes sois?! ¡Soltad las...!
—Con el debido respeto, señor, llevamos más de diez horas caminando. Hemos perdido un hombre en los túneles. Tenemos civiles. Y tengo sed. Las armas son nuestras y si las queréis, empezad a disparar por ellas. Si no, dadnos agua y mantas. Ya.
Nacho y su equipo están apuntándolos mientras cierran el semicírculo a su alrededor. Cinco hombres y tres mujeres encañonando a seis desconocidos, de los cuales solo cuatro van armados y ninguno parece poder más con sus cuerpos...
Ella da unos cuantos pasos alejándose de la espalda de Nacho por si acaso, y busca detrás de qué cubrirse sin perder la visión en ningún momento a los nuevos. Los otros quince de su grupo miran desde el otro lado de la calle con la misma curiosidad atemorizada de siempre.
Nacho gira solo la cabeza hacia atrás y, mirando por encima de ella, se dirige a los civiles.
—¡Vamos! ¡Traedle ropa y agua a esta gente! —Ha hablado en general, pero mirando claramente a Benito.
El maduro regordete y aludido asiente, tratando de hacer gesto de tomarse con diligencia el encargo, y empieza a organizar rápido un grupito que va hasta las cosas comunes y rebusca.
Por un momento deja de fijarse en la escena a las puertas del metro. Por una de las calles que llegan desde el centro de salud se están acercando cuatro zombis. Y al fondo parece haber más... También a lo lejos, en las vías, aunque no está claro si se están moviendo aquellos.
Nacho también los ha visto, y se torna hacia Laura.
—¡Laura!
La mujer confirma y deja de apuntar a los recién llegados, dándoles la espalda, tratando de francotirar a los que están llegando.
Los borregos se han alejado corriendo del área y casi se están mezclando en el confuso frente entre los dos grupos.
La líder del otro grupo grita "¡Quieta!" sin alzar verdaderamente la voz, y avanza colgándose el arma al hombro hasta atravesar el cerco de sus compañeros. Después se da la vuelta un instante mientras desenfunda su machete, hace un gesto autoritario con la cabeza mientras ordena "¡Ernesto!" y sigue su camino hacia los que ya están entrando en la avenida principal.
El chico tuerto corretea hasta ponerse a su lado y desenvaina otro cuchillo.
Eficaces y mecánicos, él los patea y sujeta sus brazos en el suelo, ella se echa encima y les incrusta el filo en un ojo.
Después, vuelven...
—Sois idiotas si matáis a los débiles a tiros —espeta quieta frente a Nacho, mirándolo sin titubeos intensamente a los ojos.
Instintivamente, ella da otro paso más hacia atrás.

Parapetados dentro de la estación de metro, las puertas parecen aguantar el embate de los seis o siete que ya se han acumulado. Ella se ha sentado junto a su "amante", pero él discute casi dándole la espalda.
—Seguir las vías del tren es una estupidez —reitera casi con desdén la tal Cristina.
Nacho ladea el rostro mirándola a ella directamente un momento. Ella recuerda que la noche anterior también discutió a solas con él por lo mismo, ella tampoco lo veía buena idea. Mejor no abre la boca.
—Son la ruta de salida más segura de la ciudad. Es una vía de evacuación ensayada...
—¿Y en tus ensayos también os preocupaba que todos los demás... los tan listos como tú que han intentado salir por ahí... que esos se hayan vuelto locos y os intentaran comer?
—En la mayor parte de su recorrido están protegidas por los lados, si al frente hay enemigos podemos abatirlos, en un solo ángulo, y si nos sobrepasan retirarnos sobre terreno seguro.
—En la mayor parte del recorrido están encerradas —resalta— por ambos lados. Ya he visto cómo los abatís. Las vías pasan al lado de los barrios. Solo necesitamos que uno, uno solo de los que gritan, nos oiga, y vendrán todos. Seremos un autoservicio.
—Esa es tu opinión, aquí el...
—No —atropella cortando sin levantar la voz—. Al otro lado —señala con la nariz la pared opuesta de la estación— hay un polígono industrial. Lo he patrullado. Sale de la ciudad hasta Punto. Los edificios nos cubrirán. Cuando empezó de madrugada estarían abandonadas, y los que les haya dado a ir por allí, seguramente sigan vivos y tengan cosas. Vamos a ir por ahí.
—¡¿Quién te crees que eres?! ¡Tú no das ninguna orden aquí!
—¿Quién ha dicho nada de dar órdenes? —Sonríe—. Nosotros nos vamos por ahí. Si queréis ser el mozo del "telepi" de los locos es cosa vuestra. Si quieres venirte y seguir dando órdenes, por mí bien. Pero me harás caso a mí.
Nacho abre la boca como para ir a decir algo que no encuentra a tiempo, pero la otra ya se ha levantado.
—¡Ernesto, Paco! Ya hemos descansado, ¡nos vamos! Cogedles comida para un día de todos y dádsela a Marisol para que la lleve.
—¡Sí, jefa! —el tal Ernesto, incorporándose de un bote.
Su líder, por su lado, vuelve a quedarse como a punto de hablar, luego niega con la cabeza con una sonrisa de gato y salta.
—¡De acuerdo, por el polígono! ¡Vamos chicos, en pie!
Cristina gira, le sonríe... como... y luego voltea avanzando hacia los suyos. Él le apoya a ella una mano recia en el muslo antes de levantarse, pero sus ojos reposan todo un segundo en las nalgas de la otra, antes de girarse con una mirada que quiere hacerla creer que la desea a ella.
Sabe que esa noche follarán, él pensando en Cristina.

Los dos días siguientes avanzan muy despacio. Al final han acabado encerrados en una nave y las paredes están rodeadas de zombis cuya peste penetra dentro. Cristina ya es quien da todas las órdenes. Ella, ella sigue tirándose a Nacho... pero él y Cristina pasan todo el resto del tiempo juntos, organizando. Parece que ahora están haciendo un plan para encargarse de los que los rodean. Los hombres de Cristina nunca se alejan de su dueña... los de Nacho casi parecen obedecerla también; en su caso ahora la miran como el juguete roto en que se ha convertido... siguen compartiendo las cosas privilegiadas con ella como si fuera la novia del líder... todavía.

Cinco días después se les acaba toda la comida que les quedaba a los borregos. Los cadáveres fuera se acumulan por cientos, y siguen llegando. Los que gritan en el tejado de enfrente no paran de atraerlos... por algún motivo no les atacan directamente. Ella todavía puede comer con los perros.

En todo el día siguiente nadie come tampoco, más que ella, las dos latinas que trajo Cristina y los que llevan armas. La manada se levanta y exige que compartan lo poco que les queda. Ernesto, ante una mirada aprobadora de Cristina, le hace un corte profundo en la cara a Benito, macho líder de la chusma. La revuelta se aplaca. Pero está claro que no morirán de hambre sin pelear.
Por fin. A la noche, en misión sigilosa coordinada entre los jefes de los dos grupos, los armados consiguen escabullirse y abatir a los zombis que chillaban en la azotea de enfrente.

Por la mañana muy temprano oye desde el colchón vacío que a lo lejos Nacho y Cristina discuten bastante. Ella con su perpetuo tono de suficiencia. Él como un crío que grita. Él dice que tienen que salir a los campos, que ya están al alcance de la mano, que casi mueren allí encerrados. Ella que en los campos no hay comida, que se quedarán a aprovisionarse.
Y entonces llega y la despierta de un zarandeo, aunque ya estaba despierta. Parece muy malhumorado.
—¡Eh!, si quieres merecer lo que comes, sal y gánatelo. Que comes como una gorda.
Frente a ella hay una pistola. Mira perpleja. Al fondo están mezclados los chicos de Cristina y los soldados de Nacho, con la actitud y el equipo de cuando van a salir. Sumisa, asiente y se levanta cogiendo el arma de entre las manos de su... amante...
Las calles están frías. Los pocos que estaban despiertos dentro han mirado con curiosidad hiriente como ella salía con el resto.
Cristina lidera el grupo, andando al frente con Nacho. Los demás van algo detrás, aunque por delante también de ella; está segura de que cuchichean vigilándola de reojo. Listos para reírse de sus torpezas.
Era más fácil ir solo entre los muertos que hacerlo con esa presión encima. No va a hacer nada. Quien no hace nada no la caga. Solo tiene que asegurarse de figurar... Odia la inseguridad. Se da asco de saberse derrotada.
Pronto parecen haber olvidado las dos cabezas del grupo su bronca... ahora están riéndose entre los dos bromas que no alcanza a oír. Aunque un par de veces Cristina le ha echado una mirada a ella desde la distancia demasiado... juguetona... sonriente como...

Pero la mañana va pasando y cae el mediodía. Y han puesto patas arriba demasiados almacenes para encontrar únicamente una casi vacía máquina expendedora y una cafetería con absolutamente todo podrido salvo el café. Y hay demasiados zombis. Por todas partes. Matando más y más de ellos, casi a punto de morir varias veces todos, se están poniendo muy nerviosos y ya nadie habla nada que no sea necesario. De algún modo, Cristina y Ernesto consiguen no estar nunca en peligro. Ella siempre acaba por salvar el día, hasta impidió que la agarrasen desde una ventana, de un empujón con que la tiró al suelo. Tiene una pistola... le sería tan fácil dispararla... ¡¿Por qué no lo hace?!
Y en una nave, mientras todos estan rebuscando en la planta de abajo o en otro de los edificios, Antonio da una voz directamente a la jefa desde arriba.
Todos suben.
Tras una puerta a un despacho cerrado que ha tirado de una patada hay un hombre y una mujer de la edad de sus padres, ocultando pobremente con sus cuerpos tres mochilas muy grandes.
—Hola... —empieza con timidez el hombre desde el fondo, levantándose, acercándose un poco con las manos en alto.
—Dadnos vuestras cosas. Después, si queréis, podéis veniros con nosotros —interrumpe como siempre Cristina.
—Por favor no... Señorita... Nosotros nos vamos...
—Ernesto, coge las mochilas.
Ernesto obedece, yendo hacia ellas.
—Por favor no, señorita, por favor... ¡NO!
Ernesto ha agarrado las correas del primer macuto y el hombre agarra el cuerpo principal forcejeando. La mujer se ha puesto en pie con aspecto de estar en automático e intenta agarrar a su marido de un brazo, pero éste la aparta con un gesto brusco de hombro. El perro golpea muy fuerte la cara del anciano, a voz de "¡Que la sueltes, viejo!".
—¡NO! —berrea derribado.
Saltando rápido, casi temblando de ira, desde el suelo con una navaja en la mano, lanza un corte al brazo del joven, que suelta la mochila e intenta cubrirse un poco, sin evitar por completo el filo. Cae de culo llevándose la otra mano a la herida y chillando. El otro salta hacia él, pero un disparo único y brusco suena; ella pega un bote asustada, y el arma de Cristina ha asesinado...
En grito desarticulado, la mujer corre hacia el cuerpo. Después, balbuceando algo, chilla y carga hacia Cristina. Esta vez es Ernesto quien asesina. Después, mirándose la sangre en la mano y la manga de la chaqueta cortada, se lía a patadas con el cuerpo macho sacrificado, a voces de "¡Hijo de puta!".
Ella sale corriendo. Baja. Sale a la calle. Hay zombis viniendo desde el fondo. Se cae de culo y llora. Llora. Eso no puede ser. No puede ser. No puede ser. No puede ser...
—Vámonos ya. Hemos hecho mucho ruido —Nacho, desde dentro.
Y cuando pasa a su lado, ni la mira. También está pálido...
Todos la ignoran, la pasan de largo. Menos Ernesto. Él se para y la observa, con el saco salpicado de sangre a la espalda. Le tiende la mano. Ella lo mira, borroso en sus ojos irritados. No hace nada. Él se encoge de hombros y sigue al resto.
Los zombis vienen y los suyos están cada vez más lejos. Se levanta y corre para alcanzarlos. Por el camino, entre peleas, van mirando su botín...
En la nave donde están todos, la propia Cristina le tira un paquete de chorizo envasado a Benito, casi directamente a la mal vendada cara. Luego, dejan las mochilas en el suelo y habla.
—Comed, vestíos y nos vamos.
Y los borregos comen.
Ella no.

Todo el resto del día y de la noche se lo pasan entre calles, entre hangares, entre cosas que apestan y muerte; rebuscando menos concienzudamente que a la mañana y pelando. Hasta que por fin paran en la última fachada del polígono, frente a la línea de apartamentos y solares que es el borde de Punto.

Ese día, sin apenas pararse mucho, los perros salen a por más cosas. Y al día siguiente. Siempre traen algo. Y aquellas dos noches, Nacho la folla como si quisiera romperla.
A la tercera noche no. A la tercera noche, se tumba de lado y la ignora. Ella lo toca y él le aparta la mano. Desde que se instalaron en aquel nuevo almacén, Cristina y él hablan siempre en privado, en secreto, en el despacho que es la habitación de ella.
De madrugada se levanta, sube las escaleras y entra en el despacho. Ella finge que duerme.
Tarda más de una hora en volver. Se tumba. Conoce el olor de su sudor fresco. Ella finge que duerme.
Ella, ella será una vieja zorra. Pero la otra... la otra es una loba. Tiene que apartarse de su camino.
Por la mañana recoge sus cosas y se busca un hueco entre las cajas, instalándose con los mansos. Y llora, llora sabiendo que todos la observan a través de las paredes de cartón de su nicho; riéndose, cuchicheando, de la fracasada que es.

—¡Eh tú, la guapa! —Ernesto la ha invadido, todavía medio desnuda, en el cuarto de baño, susurrando.
Solo la separa de él una puertecita cerrada que ni siquiera llega al suelo.
—Tú... —insiste.
Ella se sube la cremallera del pantalón vaquero muy rápido y sale.
—¿Qué? —Intenta sonar seca, no asustada.
—Tranquila. Que te vas a ir, ¿no?
—¿Qué?
—Te vi cuando nos cargamos al viejo. Tú no estás hecha para esto. Y sé cómo miras a Cristina, y sé que sabes que ella también lo sabe... Ya no pintas nada aquí.
No le contesta, solo lo mira en silencio.
—Que yo también me voy, no te preocupes —lo suelta casi como si fuera un chiste, como si estuviera intentando aplacarla de un mal humor infantil.
—¿Y a mí qué? —esta vez sabe lograr un buen tono distante.
—Que no me voy a ir solo. No me gusta. Me acabo poniendo nervioso y hago el tonto.
Ella calla.
—Bueno mira, da igual... —Hace ademán de irse.
De repente siente un impulso asustado de que se largue.
—¿Tú no eras amigo de Cristina? —apresura, sintiéndose inmediatamente culpable de no saber conservar la frialdad.
—¡¿Amigo?! —La risa casi le hace levantar la voz—. ¿Sabes?, esa tía está loca. No te confundas. Me la tiraría hasta que me doliera. Sabe lo que hay que hacer... —pausa—. ¿Sabes?, oí... con los que estábamos antes... que al poco de llegar se cargó a su novio... a martillazos en la cabeza —hace gestos como si amartillara, de una mano cerrada contra la otra abierta—, cuando se convirtió en uno de esos locos quiero decir. Eso no te deja bien. Esa tía va a sobrevivir y yo le encanto, por algo no le gusta matar a la gente ella misma, y sabe que esa orden yo la cumplo a gusto. Pero...
—¿Qué quieres de mí?
—Pues que desde que tu novio se la tira estos tres días, ya nadie le discute nada. Van a prepararse para entrar a Punto, para tener muchas más cosas. Ya viste cómo va, matar gente y eso... Vamos a movernos todos para allá, y seguro que le sale todo bien. Es muy buena. Pero todos los demás a su lado... bueno, somos los demás... no sé si me entiendes.
Asiente.
—Pues eso, que... no quiero estar ahí para cuando se complique todo.
—"¡Uhum!" —profiere, fingiendo aburrimiento.
—Yo no puedo coger cosas, a mí todo el mundo me mira. Pero a ti... tú ya no le importas a nadie.
—¿Y si le cuento todo esto?
—Pues un pin "pa" ti, y yo ya me daré cuenta... no me va a pasar nada. No es que me vaya a matar ni nada para que no me vaya, pero mejor que no lo sepa... ¿Crees que vas a aguantar mucho aquí o qué?
Piensa un momento.
—No.
—Pues eso. Que esta noche nos vamos. Consigue toda la comida que puedas para los dos. Seguro que nos hacemos amigos.
Le sonríe y, con el mismo movimiento de cuerpo nervioso con que le ha hablado, se marcha, dejándola sola y sucia de no haber tenido tiempo para limpiarse bien. Soluciona eso.



Los días con Ernesto no son tan malos como esperaba. Debe de tener algún problema mental, está claro. No es normal lo nervioso que hace todo... Pero es... amable. A su manera. La verdad es que la está cuidando bastante.
La primera jornada fue muy larga entre sembrados. Pero la ausencia de zombis hacía todo mucho menos... terrible. Sentía que podía respirar. Y el pueblo en el que se instalaron era casi un parque de atracciones comparado con Madrid. Vacío de gente y lleno de cosas. Los pocos muertos vivientes que encontraban los ejecutaba él. Aunque con mucho más espacio para ella, se aseguró de demostrarle que no era inútil para nada.
Fue la quinta noche a solas cuando medio dormida lo notó tumbarse en su cama a su lado y olerle la nuca. Sospechaba que no era la primera vez.
Se giró, lo miró al ojo asustado y se aseguró de que lo disfrutase muchísimo.
La siguiente... ¿quincena?, la pasó follando; comiendo; pensando en los viejos muertos..., en sus padres muertos seguro en la villa; y llorando. Y, sorprendida por ello, muy de cuando en cuando, riendo sinceramente ante las tonterías de crío de Ernesto. Avanzando hacia el este. Despacio, de pueblo en pueblo conforme iban agotando las cosas fáciles de conseguir. Evitando todos los peligros. Guiándolo ella en secreto hacia casa. Hacia su casa...
Hasta que esa mañana, de nuevo entre sembrados, el eco de la ira de Dios, reventando como un trueno en plena calma el suelo, los sorprendió de espaldas. Y al girarse, una ráfaga de aire todavía agitada los despeinó, escapando el propio viento del horizonte de humo negro en que se había convertido todo el oeste, alzándose como una noche de día más arriba que ningún monte.
Ernesto la agarró de una mano y, en la nada de los campos, la tiró a una línea arada con él, cubriéndola con su propio cuerpo. Pocos segundos después, pequeños fragmentos de Madrid llovieron como diminutas pelotitas rojas por todas partes.

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