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Zombi Volumen Aurora

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jueves, 8 de febrero de 2018

Volumen Aurora - Capítulo 4 - Libro de Danko (Episodio 10)

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Volumen Aurora:
Prólogo
Episodio 1 - Capítulo 1, Libro de Danko
Episodio 2 - Capítulo 1, Libro de Álvaro
Episodio 3 - Capítulo 2, Libro de Andrea
Episodio 4 - Capítulo 2, Libro de Diana
Episodio 5 - Capítulo 3, Libro de Merlo
Episodio 6 - Capítulo 3, Libro de Carla
Episodio 7 - Capítulo 3, Libro de Hugo
Episodio 8 - Capítulo 3, Libro de Álvaro
Episodio 9 - Capítulo 4, Libro de Adán
Episodio 10 - Capítulo 4, Libro de Danko
Episodio 11 - Capítulo 4, Libro de Diana
Episodio 12 - Capítulo 5, Libro de Esteban  
Episodio 13 - Capítulo 5, Libro de Álvaro
Episodio 14 - Capítulo 5, Libro de Hugo  

       

Capítulo 4 – Here be dragons
"Now I am become death, the destroyer of worlds" – J. Robert Oppenheimer.





Libro de Danko
18/11/2012; 12:00 – Madrid                            Población humana viva: 1.872.214.465



Cuarentaicinco horas”. Ya ha perdido demasiado tiempo ahí tumbado, aunque a veces divagara haciendo planes y preparando escusas. Se levanta y vuelve a mirar todas sus cosas. El piano es eléctrico… Va hasta el salón decorado por mano materna de forma tradicional, con un enorme monitor de ordenador frente al sofá de tela. Observa las fotografías sobre el mueble, de él y sus hermanas; y de su padre y su madre juntos, en una juventud que nunca conoció. Agarra todas con sus marcos y las envuelve en un trapo de la cocina. Después, en la habitación de sus padres, rebusca entre los cajones hasta que encuentra los dos libros de fotos que ella ha ido rellenando… Agradecido, mete todo en su mochila, justo sobre los dos álbumes que también se llevó de casa de Jesús.

A continuación añade una bolsa de cereales sin abrir y va a por las herramientas. Sí… si va a ir por donde cree, le será útil; pone una batería nueva en el taladro de mano de su padre y se lo lleva. También guarda una navaja multiusos con linternita llavero. Se siente tranquilo de comprobar, al menos, que no hay signos de pelea ni heridas, sólo de que han revuelto un poco precisamente entre las herramientas y de que han salido rápido dejando cacharros sin fregar… Revisa su rifle. Diez balas gastadas. Intercambia el cargador por el otro entero y se entretiene en rellenarlo con las de la caja. Le quedan exactamente ochenta, entre el cargador que traía el subfusil, el que se llevó y la caja. Haciendo un último chequeo de su cuarto, suelta en el saco unas gafas de sol, previsoramente.

Sin conseguir caer en nada más que le gustaría llevarse de allí, sale, dándole unas palmaditas de despedida a la puerta que deja abierta. De todas formas aún tiene cuatro plantas de casas a las que llamar antes de decidirse por un plan.


Empieza por la de al lado, simétrica a la suya, a voz de “Soy Danko, del cuarto ‘d’”; pero nadie responde. En la primera de en frente nadie hace caso, pero a la vez que llama a la segunda, oye pasos viniendo y ruido de mirilla. Abren con la cadena echada.

—Hola —saluda. Es Ernesto, ¿lo reconocerá? Él apenas lo conoce, vivía con su mujer… desde luego huele como si llevase mucho tiempo descuidándose, y su ropa tiene varias manchas de sangre, sobre todo en las mangas y en la base de las deportivas. Ya se ha acostumbrado a ver a todo el mundo vistiendo arrugado. Puede que ella esté escondida dentro pero… no le da esa sensación.

—Hola… ¿Danko?

—Sí, ¿cómo estás?

—Bueno… Vivías en frente, ¿no?
—Sí.
—Pensé que no había nadie.
—Ya, no, mis padres no están, vine buscándoles.
—Ah.
Se hace un silencio espeso, claramente el otro está rumiando algo con los ojos fijos siempre en el suelo.
—Bueno, venía a avisarte. Han dicho por la radio que en cuarentaicuatro horas van a tirar… una bomba atómica, en la ciudad… Deberías irte.
—¿Qué?
—Siento no poderte decir más. Las salidas están bloqueadas, si puedes hacerte con una moto…
—Pero, ¿cómo? ¿Una bomba atómica? ¿Es cosa de tu gente? —Su mirada cambia un segundo, como si despertara de algo.
—¿Mi gente?
—Sí…
El otro hace una señal leve con la cabeza; aún sigue sujetando la puerta con las manos en gesto desconfiado. ¿A qué se refiere?
Ah sí, la armadura, y el casco sujeto en su mano…
—¿Conoces a los que llevan esta armadura?
—¿Qué? —Su vista ha vuelto a caer.
—Sí, has dicho “mi gente”.
—¿No estás con ellos?
—No… un hombre bajo un coche la llevaba —suelta rápidamente—; tuve que quitarle el coche de encima…
—Ah…
—¿De qué los conoces?
—Vinieron… nos dieron algo de comida y nos pidieron los DNIs… —Mira hacia abajo. Ah, pobre.
—¿Cuándo?
—No sé… al cuarto o quinto día…
—Lo siento…
—¿Por?
—Tu mujer…
—Ah… sí.
—Lo siento.
—Gracias.
—Tienes que irte antes de que tiren esa cosa…
—Sí, vale.
—Las salidas principales son imposibles, busca alguna ruta por carreteras pequeñas.
—Vale… —Sigue respondiendo mecánicamente…
—Bueno… —prosigue tras un nuevo parón breve—. ¿Sabes si hay más gente viva aquí?
—¿Qué?
—Si queda alguien más en el edificio.
—¿Eh? No… Sí. La semana pasada oí discutir mucho a los rumanos de abajo —En el tercero viven dos parejas jóvenes—. Creo que también estaba la señora del primero…
—¿Quién?
—Marta… —No sabe quién es ahora mismo…
—Vale, gracias.
—Nada…
Se aleja un momento de la puerta, haciendo ademán de irse, ante lo que el otro hace ademán de cerrar.
—¿Quieres que te espere a que cojas tus cosas y te ayude a salir del edificio?
—¿Qué? No, no, gracias…
—Vale. Me voy entonces…
La puerta se cierra lentamente… No puede hacer más. Baja al tercero. En la primera casa que se encuentra le están respondiendo unos gruñidos y golpes zombis. Aun así llama, por si acaso hubiera alguien tan idiota como para estar conviviendo con una de esas cosas dentro. Golpes y gemidos…
Nadie en la de al lado. Llega frente al hogar de los rumanos. No ha tratado mucho con ellos, pero le parecían genéricos, gente amable y ruidosa. A veces salía o entraba mucha juventud de allí; lo típico en pisos de jóvenes. Llama. Silencio. Insiste. Silencio. La puerta está manchada de sangre alrededor de la cerradura… no significa nada necesariamente… si han estado entrando y saliendo es posible que la hayan manchado simplemente. Por si acaso, a voz en grito, informa de la bomba atómica.
Así que los de la armadura han ido pidiendo DNIs con algún propósito y dando comida… Puede que la gente desconfíe de él por culpa de ella, pero como para quitársela.
En la vivienda de al lado no contestan tampoco… si hubiera alguien debería haberlo escuchado igualmente.
En todo el segundo piso tampoco parece haber nadie, ni vivo ni no-muerto. Aunque oye los andares lánguidos y balbuceantes de algo en la primera planta.
Baja hasta la puerta desde la que proviene el ruido. Llama y ante los manotazos contra la madera como única respuesta, como antes, repite la advertencia. Prueba a tocar en la siguiente y, pegando la oreja, queda convencido de que no hay nadie. Abren a su espalda, sorprendiéndolo.
—¿Qué es eso de una bomba? —¡Ah!, sí, Marta, ya sabe quién es…
Observa a su interlocutora. Una mujer de unos cincuenta o sesenta años, de pocas palabras que recuerde. Fornida de brazos y piernas, con anchas caderas pero sin barriga. Su piel sigue morena y arrugada en la cabeza redonda. Su pelo ha crecido cano un dedo dejando sin secretos el rubio oscuro del resto de su melena. Viste pantalones negros y de aspecto grueso, unas botas grandes de montaña en terrible contraste y una chaqueta de chándal gris oscuro, limpia y apretada contra el cuerpo. Sujeta una pistola en la mano derecha aunque no le está apuntando. Se fija muchísimo en un largo palo de madera liso, con larguísimos tornillos saliendo en varias direcciones desde la cabeza y una escopeta negra, apoyados ambos en el quicio interior del umbral.
—Hola… Marta.
—Hola. Eres del cuarto, ¿no?
—Sí.
—¿Qué es eso de una bomba?
—Lo escuché por la radio esta mañana. En cuarentaicuatro horas… Pasado mañana a las nueve van a volar la ciudad.
—¿Estás seguro?
—Bastante, la gente que lo decía parecía tener medios…
—¿Tú estás con los de esas armaduras?
—¿Qué? Ah. No, encontré a uno… estaba bajo las ruedas de un coche.
—Ya… —Él hace un gesto con la cabeza hacia la escopeta—. La tenía un policía muerto.
—Ah.
—¿Qué vas a hacer?
—Voy a buscar a mis padres. Al aeropuerto.
—Vale. Gracias.
Cierra tras ella. Se siente un poco perplejo. Encogiéndose de hombros interiormente, decide que es momento de irse. La escopeta de la mujer ha terminado de persuadirle de ponerse ya el casco e ir con la ametralladora en la mano. Abre su portal con intención de poner rumbo hacia el metro de Astro.
Doblando la esquina, antes de haber terminado de salir él, en cruce súbito, casi choque, se topa con un grupo de dos chicas y un chico algo mayores que él, cargando mochilas, una de ellas con una pistola en la mano y él con otra.
—¡Fute! —empieza la más adelantada dando un salto hacia atrás, apuntándolo.
Empiezan a gritarse cosas entre ellos en rumano y ella a soltarle tiros alejándose varios pasos de él. Cierra tras de sí y corre sintiendo el pico de adrenalina, a buscar cobertura tras la escalera. Cree entender algo así como “mátalo”.
La chica lo ha seguido hasta la cristalera y sigue disparándolo. Nota un impacto escalofriante contra su espalda que casi lo derriba. Medio deslizándose, rueda a ponerse tras los escalones de piedra, escuchando el impacto de una última bala contra el suelo. Seis o siete tiros ha contado.
Entre sí, los otros hablan a voces nerviosas. Se lleva los dedos malamente a la espalda. No parece haberse roto la placa, pero le gustaría verla. Está bastante seguro de que no le duele nada por allí ni tiene ninguna sensación extraña. Joder… deja la mochila en el suelo y se prepara para asomarse; no sin preocuparse por si el cristal del casco aguantaría un disparo directo.
Están preguntándose algo… La chica dice que le ha dado. Apenas entiende nada. Usan la palabra sangre varias veces. Demasiadas veces… Comprueba un momento que no hay sangre donde está…
—¡Soy Danko! —prueba—; ¡del cuarto “d”! ¡No quiero problemas! ¡Y no estoy sangrando!
Silencio…
—¡¿El búlgaro?! —habla el chico… le gustaría recordar sus nombres. Uno cree que era Alex, pero no sabe si éste o aquel cuya falta sospecha…
—¡Da!
—¡Sal!
Silencio.
—¡Voy a salir! ¡Como disparéis soy yo el que lleva armadura!
Se incorpora agachado bajo el falso techo y, despacio, sale con el fusil hacia abajo. Frente a él, la chica y el chico están apuntándolo rectos y, tras ellos, oculta en la esquina, la otra. No deben de poder verle bien en la oscuridad.
—Bajad las armas, ¡coño!
—¡Tira la tuya! —la chica.
—¡No os estoy apuntando, tía! ¡Dejad de apuntarme!
Dicen algo en rumano entre ellos y la chica medio cubierta hace un movimiento que le pone un poco nervioso, pero sólo enciende una linterna y lo enchufa con ella.
—¡Quítate el casco!
—Para eso tenemos que guardar las armas todos…
—¡Que sueltes eso y te quites el casco!
—Tranquila Ana —El chico baja su arma y la de su compañera con la otra mano.
—Alex… —protesta.
—Vamos a pasar, ¿vale?
—¡Vale!
Vuelven a decir algo en rumano, muy nerviosos, él parece que intentando ser conciliador, pero nada tranquilo. Abre y entra, sujetando para que las otras pasen. Los separan seis metros. Su sangre le aprieta en los ojos.
—Vale. Si guardáis las pistolas, yo me cuelgo esto y me quito el casco.
—Vale, empiezo yo. ­—Hace un gesto como de amortiguar con ambas manos, y se coloca la pistola tras el pantalón.
Decide seguir él. Sigue teniendo la ventaja de la armadura. El casco no se lo quita ni de coña hasta que la otra recoja también. Se pone la correa en un solo hombro, lista para dejarla caer. Y permanece de pie mirando a la que aún tiene el dedo apoyado en el gatillo.
—¡Quítate el casco!
—Vamos Ana…
La chica mira a su compañero, parece que muy enfadada, pero cree que sólo está asustada.
Como con frustración, se la mete contra la cadera. Él se lleva los dedos hasta las pestañas de sujeción de las correas bajo el cuello y, tampoco muy convencido, se lo retira.
—Es él… —murmura Alex entre dientes…
La chica le responde bajo en rumano con tono nada amistoso… Decide jugársela de nuevo.
—No estoy con los de las armaduras. Me la encontré.
—¿Por qué vamos a creerte?
—Lo siento, tío —salta el otro—; déjale ya Ana, le hemos disparado nosotros…
—¡Ellos dispararon primero!
—Hace dos semanas. No tendría ni por qué saberlo.
—¿Esa gente os disparó?
—Sí.
—¿Por qué? —Le inquieta que la otra chica siga callada tanto rato, mirándolo tras los hombros de sus compañeros.
—No sé… encontramos uno de sus coches abandonados…
—Alex, tío, deja de contarle la Biblia, no sabemos aún si está con ellos. —Agradece que estén hablando en español, ahora al menos.
—Bueno mirad, me da igual. Tengo que ir a por mis padres. El del cuarto me dijo que a lo mejor estabais en casa. Va a caer una bomba en la ciudad. Pasado mañana a las nueve, de la mañana. Yo me piro.
Se gira a recoger su mochila.
—¡No te muevas! —Ana ha sacado rápido su arma y lo está encañonando hacia la cara.
—¡Ana!
No tiene ganas de liarse a tiros con ellos…
—¡Cállate ya!
—Ana…
Decide quedarse en silencio mientras discuten, mirándola con una ceja arqueada. Los nervios y su pulso están histéricos… no se siente nada parecido a cuando Esteban lo apuntó… y la diferencia le jode.
Alex se interpone delante de la que supone es su novia, levantando las manos.
—Ana, tranquila… —Se gira hacia él—. Danko, tranquilo, por favor…
—¡Apártate!
—…Perdónanos estamos muy nerviosos… —Agarra con el puño el cañón de la otra y lo vuelve a bajar forcejeando un poco. Al final van a acabar haciéndose daño…
—Bueno, me largo. —Aprovecha la oportunidad para volver a ponerse el casco, aunque sin abrochar.
—¡Espera! Mira…
—¡Ya se ha puesto el casco!
—¡Tranquilízate de una vez, joder! —Alza la voz conteniéndose todo lo que puede—. Si quisiera liarme a tiros ya podría. ¿Lo estoy haciendo?
La chica calla.
—Vale, a ver, ¿qué queréis?
—Perdona, otra vez, de verdad…
—No me pidas perdón, me habéis disparado, si no fuera por la armadura estaría muerto.
—Lo sé…, lo siento…
—Ya. No, no te acerques más.
—Vale, vale, perdona. Hemos tenido muchos problemas hoy… cuando esa gente nos vio junto a su coche se liaron a tiros. Dieron a Costin en el brazo… Y le quitamos la bala, pero… no sé. Creemos que se le ha infectado… Ella es su novia. —Hace un gesto hacia la chica callada y pálida; él le deja que haga todos los silencios incómodos que quiera explicándose—. Hoy hemos ido a buscar ayuda… pero… no hay nadie que sepa nada. Sólo le hemos traído antibióticos.
—Ya.
—Nos hemos asustado al verte salir así…
—Que vale.
—Bueno… —Pone un gesto muy apenado, como si realmente le doliera no poder arreglar las cosas. Le da pena, pero también le da igual—. Qué es eso de… la bomba.
—No lo sé. Unos que se llaman “Ejército de Liberación” lo dijeron por la radio.
—¿Funcionan las radios?
—Casi nada. Sólo les hemos oído retransmitir a ellos.
—¿Ves como está con ellos?
—Claro, porque no puedo tener amigos.
—¡No me vaciles!
—Mira, me da igual…
—Entonces… ¿pasado mañana?
—Sí. Todo Madrid kaputz. Dijeron que iba a ser nuclear.
—Joder…
—Las autopistas no se pueden usar, tendréis que buscar otra forma de salir.
—Ya…
—¿Qué vamos a hacer con Costin? —Vaya, por fin la otra parece calmarse… solamente hace falta que le hagan entrar en la cabeza que le va a caer una bomba atómica encima para lograrlo…
—No lo sé…
—Deberíais ir con él y prepararos.
—Sí…
—Adiós.
—Gracias. —Parece ir a hacer ademán de estrecharle la mano, pero luego, como apenado o sobrepasado, empieza a subir las escaleras mirando al suelo.
—Lo siento. —Ana pasa sobre su cabeza esquivando su mirada.
La otra joven también evita el contacto visual y sigue a sus compañeros.
—¡Panda de retrasados rumanos! —Marta.
Mira hacia arriba. A mitad del ascenso se han quedado los tres, bloqueados por la vieja que los ha detenido, escopeta desde la cadera por delante; todos los demás desarmados…
Lleva un abrigo grueso, encima de la chaqueta, y una mochila enorme a la espalda con el palo atravesado en un asa. La pistola debe de tenerla escondida.
—¡La calle se ha llenado de locos por vuestra culpa! ¡Cómo salgo ahora!
—Señora…
—¡Vais a matarlos vosotros!
Mira por la cristalera, el primer zombi ya se divisa entre los hierros. Pero con tanto disparo no será el último. Los rumanos están paralizados…
—Marta. Déjalos. Tienen un amigo herido. Yo te ayudo a salir…
La anciana lo mira…
—¿Tú sabes hacer un… puente a un coche? —Pronuncia la palabra como con duda.
Empieza a reírse. Él solo. Dejando a todo el mundo confuso y en situación cada vez más ridícula… Ríe.
—Hay muchos coches. —Respira—. Sí, con alguno lo lograremos…
Vuelve a hacerse el silencio.
—Está bien, pasad. ¡Que os vea subir!
Y en efecto los encañona durante todo su ascenso. Luego baja hasta su altura. Ya hay gemidos y manos rompiendo los cristales…
—¿Sabes? Hace unos días me metí en el garaje y hice ruido, para atraer esas cosas… y que si venían más se acumulasen allí. Pero alguien se los ha llevado.
—Vaya… —Siente curiosidad por cómo sería ella antes de todo.
—¿Cómo vamos a salir? —Oye abrirse y cerrarse una puerta arriba.
—Voy a coger mis cosas y ahora vemos… puede servirme para probar una cosa…
—Vale…
Cuando llega hasta su mochila ve perfectamente un agujero de entrada y otro más pequeño al otro lado… “Mierda…”. Abre con bastante prisa. La bolsa de cereales está reventada y hay añicos crujientes por todas partes. Respirando y poniendo los ojos en blanco, vuelca todas sus cosas en el suelo. Ve caer la bala achatada entre ellas.
—¿Esos niñatos rumanos te han disparado?
—Sí… —Empieza a ir recogiendo todo mientras lo va limpiando del polvillo amarillento, sin tampoco demasiado esmero, atando con prisas las cosas entre sí de nuevo.
—¿Sabes? Yo en verdad no soy racista —continúa—, pero es que…
—Ya.
—Es que son unos inconscientes los rumanos.
—Ha sido mala suerte… nos hemos cruzado y se han asustado.
—Bueno, es que tú también vas fino, con las cruces nazis y esa cosa en la mano… pero aun así; no se puede ir disparando porque sí, con tanto loco suelto… Es que, es de ser tontos. ¿Cómo querían salir luego?
—Ya, supongo que tiene razón. —Le cae bien. Está claro que está loca, pero le cae bien.
Sacude la taladradora algo más minuciosamente y se cuelga ambas asas de la mochila, junto con la ametralladora por la correa, con la herramienta en la mano.
—Quiero probar a ver si esto puede matarlos…
—¿No va a hacer mucho ruido?
—Puede… pero a lo mejor luego me hace falta saber cuánto de bien va…
—Bueno, bueno… ten cuidado, si haces mucho ruido vienen unos que chillan y corren un montón.
—Vale, ¡gracias!
Mira al frente, a la decena de zombis que atorados y con los brazos atravesando el enrejado mientras se cortan con los cristales, compiten por ver cuál es el primero en ser su conejillo de indias. Le gustaría quitarse el torso de la coraza para evaluar los daños de la bala, pero no está seguro de que la vieja no fuera a intentar aprovechar para robársela.
“Te ha tocado”. Se acerca al primero, le apoya la bola de hierro contra los dientes, que empieza a mordisquear, y aprieta el gatillo de la herramienta, que muy aguda, empieza a girar.
La apoya contra su frente y presiona. Sin mucho esfuerzo, salpicando un poquito en el instante inicial, la broca entra y sale por completo, impregnada de rojo, convirtiendo al zombi en un peso muerto. Funciona… Continúa. Varias manos lo agarran del brazo manco y tiran de él, pero no hacen nada por defenderse del taladro.
Con el cuarto empiezan a llegar los gritos. La vieja se asusta y queja de  que ahí están. No pasa nada. Deben de ser un par, tres a lo sumo. Se apresura a en acabar con los que tiene sin saborearlo e indica a la otra que se esconda tras las escaleras. Al final acaba teniendo que limpiarse la visera de la película granate que la ha cubierto. Los berridos histéricos suenan muy cerca. Dos, concluye.
Guarda el nuevo juguete y desenfunda el machete, preparándose para recibirlos.
Apenas pone el pie fuera, divisa, viniendo desde el lado contrario al aparcamiento, un grupo de al menos treinta no-muertos, algo diseminados. Por el otro, un hombre y una niña esprintando y con ira redoblada. Con los de la izquierda no contaba…
Vuelve a guarecerse, soltando el sable y empuñando el subfusil, apoyándolo contra su otro antebrazo como caballete. Apenas unos segundos después, las dos criaturas se estampan contra los hierros y tratan de meter la cabeza. Apunta a la niña y aprieta el gatillo a apenas tres pasos de distancia. Ve como su ojo derecho estalla y cae de nuca inerte. ¿Qué tendría, doce años? Se da cuenta de no sentir el más mínimo remordimiento…
Cambia de ángulo para apuntar al otro, que da un bote hacia atrás y corre huyendo entre chillidos furiosos… “Mierda”.
Sin embargo, cómicamente, vuelve a aparecer y estamparse contra el metal. Y vuelve a irse. Y vuelve a aparecer, y a placar al portal. Y a irse…
“Está bien…”. Se prepara. Espera. Disparo. Muerto. Más gritos desde algún lugar distante… Le da pereza. Espera, “purificando” entre tanto a los muertos vivientes que van apareciendo por goteo. La vieja se ha asomado, ha farfullado algo y ha vuelto a esconderse para cuando llegaban los gritos. Si sólo tuviera su otra mano… A veces tiene que resistir el impulso de intentar agarrar a alguno con un miembro fantasma; espera acabar acostumbrándose pronto. Se cabrea esperando que aparezca.
Esta vez ha tocado otro hombre, que sujeta la cabeza aún mordisqueante de un zombi… Bueno… Disparo. Muerto. Y a seguir atrincherado en el portal taladrando sienes y frentes…
Se divierte contándolos. A partir del veintitrés han empezado a caerse tropezando con el escalón de cadáveres acumulados. Es más incómodo taladrarlos a la altura de su espinilla, pero funciona igual. “Treintaiuno”. Diría que es el último, aunque sigue habiendo gemidos sin localizar en el ambiente.
Y como empezaba a sospechar, la puerta no se abre por el peso de los cuerpos. Empuja con fuerza hasta hacer hueco como para encajar el mango del machete y que el retorno no la vuelva a cerrar. Después se sienta con la espalda contra ella y empieza a empujarse con las botas en la pared. Muy lenta va cediendo. Va comprobando, reduciendo la fuerza a tramos, que el efecto muelle no sea muy fuerte y, en cuanto puede, recoge su espada y contorsiona hasta lograr caer fuera, encima de humanoides podridos y muertos, pringándose aquí y allá. Los trepa y desde el otro lado va agarrando y apartándolos de la entrada. Otro zombi más llega desde el aparcamiento. Se toma su tiempo en despejar el camino hasta que lo tiene cerca y le corta la cabeza de un movimiento desenroscado; le da un calambre leve en la muñeca de la inercia que acumula. Tarea completada.
—¡Señora!, ¡despejado!
—¿Seguro?
—Sí.
Marta sale del escondrijo y abre cómodamente con el hueco que él le ha dejado.
—¡Huele fatal!
—Ya bueno… —Se alegra del filtro en los cascos. O lo que sea que tengan.
—¿Y ahora?
—Vamos hacia el metro, a ver si encontramos algún coche que nos valga…
—Vale chico.
Subfusil en mano, acompañado por la señora, inicia el camino. La parada está a escasos trescientos metros. Podrá verla en cuanto pasen dos bloques de pisos y sigan un poco la curva de la calle.
Les siguen enseguida, de aquí y allá van filtrándose más de aquellos. Uno a rastras sin mover las piernas por algún motivo. Los ignoraría, pero… va perdiendo el tiempo en matarlos.
Por fin alcanza una vía principal y asfaltada. Hay muchos coches aparcados, otros tantos accidentados… Y un edificio entero desplomado en escombros. Por muchos sitios encuentra verjas, vehículos y paredes cortados en añicos… Esos de las garras son invisibles se supone… No quiere pasar demasiado tiempo por allí.
—Marta… Sabe conducir, ¿no?
—Sí, sí… pero a los españoles no nos enseñan a robar coches.
—Ya, bueno —ríe—. ¿Cree que podrá irse de la ciudad?
—No hay de otra chico. ¿Tú no te quieres venir?
—No puedo…
—De héroes están las tumbas llenas…
—A lo mejor ahora están vacías…
La señora lo mira sin expresión alguna en el rostro. Él, con su bola, estalla el cristal del copiloto del primer coche, entra y se cambia de lado. Utiliza la navaja para abrir bajo el volante y, con la visera levantada y la linternita entre los dientes, observa la maraña de cables. Intentando seguirlos. En teoría hay que conectar los dos cables de corriente entre sí y luego el de arranque momentáneamente a ellos… apuesta por tres y los corta, despelucha y junta. Nada ocurre. Bueno. Un coche roto, a por el siguiente.
De nuevo lo avería. Será por coches. La señora se queja mientras abre la cabeza de un zombi de un único golpe con su garrote de guerra.
Otro. “¡Bruum!, ¡raca, raca, raca!”. A la tercera va la vencida…
—¡Por fin!
—De nada…
—Gracias, gracias…
—¿Tiene dónde irse?
—Sí. Seguro que la Agustina estará apostándose que los que nos fuimos a la ciudad hemos “defenestrao”. Buena cara se le va a quedar…
—Me alegro. Tenga en cuenta que no se puede salir por autopista.
—No te preocupes, hace mucho que me quitaron el carné, no voy a ir de primeras por la autopista.
—No me refiero a… yo… bueno.
—Lo sé, te piensas que estoy senil, ¿o qué? Me irá bien. ¿Seguro que no te vienes?
—No, no… ¿Por dónde va a salir?
—Ya lo he “pensao”. Me iré al barrio viejo, para ir por las vías del tren.
—¿Por las vías?
—Sí —suelta con tono cansino.
—No es mala idea… pero si a alguien más se le ha ocurrido y se han atascado…
—Bueno, es lo que hay. Si no, ya veré…
—¿Segura que se las apañará?
—Sí, sí. ¿Qué vas a hacer de todos modos?, ¿llevarme contigo al aeropuerto?
—No…
—Me ofrecería a llevarte… pero…
—Ya, no se preocupe. Yo también voy a coger el tren…
—¿Vas a ir por el metro o qué?
—Ocurrió de noche… no debería estar muy mal.
—Puede ser…
—Bueno, adiós entonces.
—Buena suerte, chico.
—Igualmente.
Se queda a observar que maniobre bien. Desaparcando golpea una vez al coche de delante, pero parece que se las apaña. Vuelve a fijarse en los cortes de garras por todas partes y trota hasta poder ver los escalones hacia su destino. Sigue sin ocurrírsele ninguna idea mejor. Espera que lo de las vías de tren le salga bien a Marta, lo tendrá en cuenta para cuando se tenga que marchar él.



“Cuarentaitrés horas”.
Empieza a serrar despacio la parte de la cerradura del enrejado. Sobre su cabeza siente una pareja de gritos violentos. Espera que no sean por él, pero no puede hacer aquello con menos ruido.
Cede, y al abrirse chirría como un barco. Los gritos se vuelven espasmódicos unos segundos y empiezan a acercarse. Corre adentro a ocultarse en la esquina oscura y se asoma. Saca el machete, duda de cuantos ecos pueda hacer una bala allí dentro y no quiere alertar a lo que pueda haber abajo. Primero, aparece un zombi lerdo que rueda escaleras abajo y, para cuando toca fondo, no se mueve, con el cuello torcido innaturalmente. Aunque sigue gimiendo.
Al poco, dos hombres que apenas puede ver descienden corriendo a saltos. Se esconde en la curva. Los oye gritar. Están acercándose… Calcula la altura del cuello.
En cuanto lo siente cerca, sale lanzando la cuchillada al mismo tiempo. El filo del arma se le incrusta lateralmente a la altura de las orejas. El otro gritón chilla con boca desencajada de serpiente y le lanza un puñetazo contra la cara. Su casco impacta contra la pared y se tambalea. Tuerce para encararlo, pero ya le ha saltado encima y caen al suelo. Nota la boca contra su clavícula metálica. Lo abraza y empieza a darle mamporros contra la nuca. El enemigo empieza a darle puñetazos y codazos por todas partes. Propina mazazo tras mazazo, una y otra vez, hasta que, de repente, siente una grima similar a la de apretar un huevo fresco con los dedos y la cosa deja de moverse. Se lo quita y se levanta a recuperar el sable, que limpia con las ropas de su víctima.
Envaina y utiliza la mano para llevar la linterna grande, que enciende y apunta muy angulada hacia el suelo.
Todo parece hasta limpio, con sus paredes de grandes placas naranjas y suelo de baldosas sin sangre…
Profundiza hasta los torniquetes y examina. La caseta del controlador, los techos, las escaleras mecánicas… todo sigue intacto. Rompe el cristal para hacerse con un plano, aunque en teoría sabe el camino que va a seguir.
Salta la barrera y empieza a bajar por los largos escalones metálicos, que ha escogido frente a la escalera central simplemente porque le parece más divertido.
Abajo se detiene a alumbrar unos segundos. Viendo a través del estrecho tubo de luz de su herramienta, las sombras se proyectan por todas partes, y nota incluso una sutil punzada de miedo, imaginando cualquier cosa acechando tras las esquinas y pliegues.
Penetra hasta el surco y oye un gemido. Reprochándose sus reflejos, alumbra en su dirección. Parece llegar de algún lugar del túnel pero no ve la causa… Vuelve a iluminar hacia sus pies y salta a las vías.
El paseo va a ser largo… calcula once o doce estaciones.
Comprueba, haciendo un rápido barrido, la dirección que no va a recorrer. Despejada. Teme muchísimo que la luz vaya a ir delatándolo… pero la oscuridad es absoluta, no puede intentar adaptar su ojo lo más mínimo. No consigue decidirse sobre si es mejor idea ir enfocando al suelo o a largas distancias…
Con decisión, se introduce en el túnel. Pese a que pisa lentamente, sus pasos hacen pequeños ecos. En sus oasis de luz distingue los raíles, el suelo de cemento, envoltorios vacíos de vez en cuando, papeles, y muchísimo polvo. Un ilocalizable, caprichoso y espaciado goteo lo acompaña y atormenta. Y está esa incesante respiración entrecortada.
“¡¿Grahoo?!”. Los gemidos cesan dando paso al bostezo sorprendido del zombi, aunque hay algo articulado en él… Ilumina. La mujer, a unos diez metros de él, tuerce la cara, parcialmente tapada por el cabello negro y sucio, vistiendo un camisón y alpargatas y varios cortes resecos y profundos. Grita, grita con tantas fuerzas que le arranca el corazón del pecho en susto. Corre hacia él. Intenta asestarle un golpe pero le salta encima. Se le abraza al cuello derribándolo. La linterna le vuela de las manos, rodando en un calidoscopio de sombras. Intenta girarse a ciegas. La presión cede sin motivo. Se levanta todo lo apresurado que puede. La criatura recoge la linterna del suelo y se la estampa con ambas manos estallándola. El impacto le tira de culo.
Cuando trata de incorporarse algo lo agarra del brazo sano. Siente como se lo muerde. Lanza un directo a donde espera se encuentre su cara. Nota impactar con algo y luego la tensión en su muñeca desaparece acompañada de ruido de traspiés y caída. Se lanzaría a por ella, pero, ¿dónde?
Recibe otro puñetazo y lo agarran de la nuca estampándole contra la pared. Consigue dar un codazo recuperando el equilibrio y apartándolo. La siente corriendo en la oscuridad, gritando, como alrededor de él, que no para de respirar frenéticamente. Intenta llevarse la mano hacia el sable y en ese momento recibe un placaje imprevisto en el estómago que lo sienta.
Lanza un golpe pero acierta al aire. Los gritos de la cosa han vuelto a alejarse de él. Joder…
Encara la dirección de los berridos y chilla con todas sus fuerzas cabreadísimo.
—¡No puedo verte hija de puta cobarde! —Joder, es que le ha roto la linterna, va tener que ir con la minúscula del llavero.
Conforme exclama, algo corre. Da una patada al frente, como una apuesta. Nota el contacto y la transmisión de impulso, trastabillando él hacia atrás. Puede intentar luchar provocándola entonces…
—¡Yo tampoco necesito luz, hija de puta!
De repente un flashazo lo ciega. Parpadea varias veces rápido lagrimando. Ante sus ojos, el visor se ha iluminado de un tono blanquecino y puede ver monocromáticamente, en gris de distintas claridades, todo cuanto le rodea. Todo. La zombi se ha incorporado y corre a placarle. Da un paso a un lado y torpemente ella tropieza y cae de boca. Parece seguir ciega por su parte… Visión nocturna… ¡¿No podía haberse activado antes?!
Desenvaina el machete y espera con él alzado. La muerta viviente, de pie otra vez, trota vagamente en su dirección. Iniciando el movimiento desde el hombro y pasando toda su fuerza a la muñeca, hace descender la hoja que hunde por completo en su cráneo hasta el tope, salpicándole inmediatamente los grumos de sangre coagulada encima.
Vuelve a envainar. ¡Visión nocturna! Joder… Casi agradece el encuentro tan temprano. ¿Activación por voz? ¿Su casco se verá iluminado desde fuera? ¿De dónde obtiene la energía? Se siente tentado de quitárselo e intentar comprobarlo, pero teme enredar con lo que desconoce. Cuando esté a salvo tiene muchas, muchísimas, pruebas que hacer.
—Luz. —Nada ocurre—. Luz. —Nada—. Desactivar luz. —El visor se apaga—. Luz. —Se enciende—. Apagar luz. —Se apaga—. Visión nocturna. —Se enciende—. Apagar. —Nada—. Cancelar visión nocturna. —Nada—. Desactivar visión nocturna. —Se apaga. De acuerdo, se hace a la idea…—. Encender visión nocturna.
Se cruje hombros y cuello y vuelve a caminar. La zurda, todavía desacostumbrada a servirle de mano principal, vuelve a dolerle levemente del impacto. Joder… Visión nocturna. Ríe mientras camina y va negando con la cabeza.
La siguiente estación, Gorriti, es próxima y solo le lleva unos minutos alcanzarla. Con amplio margen, distingue y cuenta doce figuras atoradas entre andenes, y otra más sobre el derecho. Esa parada es un intercambiador entre la línea que sigue y la circular de la ciudad, así que entiende que haya en ella mayor tránsito que en otras pero… si todo aquello ocurrió de madrugada, ¿de dónde habrá llegado esa gente?
Muy sigilosamente, pegado a la izquierda, se va acercando hasta la plataforma de peatones. Aliviado de alcanzarla, trepa raudo. Un par de exclamaciones confusas y alertadas lo saludan desde abajo.
Se queda muy quieto, quiere utilizarlos para comprobar si el brillo de su visor puede verse desde fuera. Ningún grito al menos…
Dos de los zombis se han girado y están mirando fijamente en su dirección. “Uoohh”. Extienden los brazos y caminan hacia él. Uno se tropieza contra los raíles, cae, se levanta y vuelve a ir dirigiéndose a sus pies.
El que estaba subido al andén contrario anda hacia el vacío y cae toscamente. Los demás se han dado la vuelta y empiezan a caminar a trompicones directos. No vagamente encaminados al ruido, menos aún al sonido de sus “compañeros”, sino directos hacia sus pies. Todos se van apelotonando alrededor de la superficie llenando el espacio que tienen bajo él. Definitivamente están viéndolo. Y tiene indicios recientes de que no ven en la oscuridad mejor que las personas…
Deja la mochila en el suelo y parsimoniosamente saca el taladro; no tiene ganas de cansarse más el brazo. Ésta es exactamente la situación que había imaginado, sonríe.
Mientras está en ello, uno de los más distantes, ¡ha apoyado ambas manos contra el suelo y ha levantado todo su cuerpo hasta auparse!
Se acerca hasta él y sin misericordia lo vuelve a empujar fuera por el hombro mientras se está poniendo de pie. “Serás el último en morir…”.
Las criaturas lo van persiguiendo aplastándose contra el cambio de nivel. Por su reacción, no deben de ver su brazo, pues conforme se acerca sólo intentan tender los suyos hacia él. Apoya taladro contra cráneo de uno, pulsa el gatillo y aprieta, un poco arqueado para evitar que lo agarren de las piernas. Apoya taladro contra cráneo de otro, pulsa el gatillo y aprieta. Apoya taladro contra cráneo de otra, pulsa el gatillo y aprieta…
Para el séptimo, el mismo zombi de antes ha vuelto a subirse… Lo vuelve a tirar y a apoyar el taladro contra el cráneo de otra y apretar. Luego otro, luego otro, luego otro. Termina con una zombi y se queda observando con curiosidad al escalador.
¡Vuelve a poner las manos y, muy parsimoniosamente, gatea hasta arriba! Se acerca él con aún menos piedad que antes y le coloca la broca en la nuca, dejando que use su propia fuerza de levantarse para incrustársela. Se suma un nuevo enemigo por el amplio pasillo para trenes. Espera, lo deja acercarse y lo ejecuta.
No es ni limpio ni silencioso el proceso, pero sí cómodo.
Antes de bajar, hace una comprobación. Pega su cara todo lo que puede a una pared. No percibe aumento en la claridad de la misma… El brillo de su yelmo debe de ser muy leve…
“Cuarentaidós horas”. Con mucha calma reemprende la marcha. Su gran ventaja es la vista ahora mismo, quiere evitar que el sonido se la arrebate. Además se nota cansado; ¿cuándo va a poder volver a reposar…? Cae en que, realmente, no ha pasado ni un día desde que pelearan contra la manada gritona en la mina… y sólo había podido dormir unas horas antes de aquello. Hugo… Se sacude somnoliento las preocupaciones. Debe estar concentrado…
El túnel parece ahora un diáfano espacio de blancos y negros, todavía algo inquietante, pero mucho menos terrorífico. Y sigue acompañándolo el goteo…
El tramo es mucho más largo ahora, y con alguna curva. Distingue una pequeña criatura observándolo distante que corretea a guarecerse en un agujero bajo las vías nada más se acerca mínimamente.
En cuanto puede vislumbrar los nuevos andenes los escruta quieto. No parece haber nada ni nadie en ellos. Se aproxima cautelosamente y en cuanto llega a la esquina comprueba los ángulos muertos. Despejado…
Sigue avanzando. Las siguientes tres estaciones son todas ellas intercambiadores; cada cual más céntrico.
Casi crujen más los cacharros en su mochila que las juntas de su armadura.
Con el apeadero a la vista, ralentiza aún más. Hay inconfundibles respiraciones lánguidas en largas vocales entre la “u” y la “o”. Casi entrando distingue a dos zombis quietos, mirando la misma pared. Hay algo que produce un leve zumbido. De repente un brillito pequeño pero que satura por segundos la visión nocturna, acompañado de un chisporroteo. Normalidad de nuevo. Otro brillito.
Sin moverse ni un ápice, levanta despacio el visor. Oscuridad plena con bostezos zombis. Una gotita impacta sobre su cabeza. Y por fin, observa como de un enchufe a altura de suelo salta una pequeña maraña de chispitas que ilumina momentáneamente de tenues reflejos azulados las inmediaciones, resaltando todas las facciones desgastadas y sangrientas de las criaturas.
Y vuelve a apagarse. Y vuelve a encenderse.
Luego lo examinará. Primero enfrentará a aquellos con tranquilidad. Baja de nuevo el cristal y, midiendo cada paso, se encarama al lateral contrario, de forma inevitablemente ruidosa.
Nada reacciona. Los no-muertos siguen dándole la espalda auntras haberse puesto de pie. Da un pequeño pisotón para que vayan a por él y su taladro.
Nada.
Observa. Los destellos son muy molestos cada vez que ocurren. Da un pisotón fuerte. Nada.
Les pega una voz. Nada.
Aprovecha la perpleja calma para beber un trago de agua. Se da un paseo sin cuidado por las papeleras a lo largo de todo el andén, hasta encontrar una botella de plástico que saca en una. Vigila de reojo a la pareja, preparado para ametrallarlos… Está bastante seguro de que son dos anómalos como el que encontraron y que Adán le describió. Calcula que puede tener que correr huyendo sobre sus pasos en cualquier momento futuro. Tiene que matar una amenaza como esa.
Pega un puñetazo bien sonoro a la cesta de chapa. Nada…
Arroja la botella vacía que acierta de lado contra la nuca de uno de ellos. ¡¿Nada?!
Siguen gimiendo. Siguen quietos. Contemplando los ocasionales brillos. No quiere disparar… Abatir a esos cuerpo a cuerpo no es una opción… Están las granadas negras…
Coloca el MP5 apoyado contra su brazo malo y alineado con sus ojos. Dispara una bala. Le da en el cuello al primero, que sacude cabeza y cuerpo con el impacto y sigue después en la misma posición. Dispara otra vez. Cráneo. El ser cae pesado. Se prepara para el estallido, está a veinte metros, debería de ser seguro…
Nada… Salvo el eco del disparo reverberando por los túneles… Parpadea varias veces e intenta rascarse una nalga que ha decidido empezar a picarle.
Se cuelga el arma y desenvainando salta a cruzar. Trepa y con cierta tensión se coloca tras la espalda del que queda. Si amenaza con estallar intentará usar el andén de cobertura…
Hachazo horizontal en posición de huida. En cuanto conecta pega un saltito apartándose, preparado para las consecuencias.
Nada.
Ni siquiera ha muerto la criatura, que sigue embobada con una raja enorme a lo largo de la sien y frente, supurante y viscosa.
Levanta el arma y la deja caer con todo su peso vertical sintiendo como el refuerzo trasero de la hoja hace tope del impacto. El objetivo se desploma desincrustándose él mismo a su caer.
Contempla ambos cadáveres.
Desliza de nuevo el cristal frente a sus ojos y observa las chiribitas de electricidad que restallan cada pocos segundos. Distingue ahora un enorme charco de sangre bajo el enchufe cortocircuitado… Pero se supone que no hay corriente… Ni las luces de emergencia están encendidas…
Se acerca un par de pasos hasta colocarse donde estaba antes uno de ellos, expectante por el nuevo chasquido. Y sucede. Y de repente recuerda la aurora y la sensación de irse a morir.
Retorciéndose por el suelo trata de alejarse de aquello, la cabeza le retumba como un tambor azul brillante, las articulaciones y nervios le relampaguean como si le clavasen agujas azules brillantes, las tripas se le revuelven hasta del agua y estrangulan entre sí como una constricción infinita y azul brillante. Rueda dejándose caer en golpe desapercibido contra las vías y se arrastra lejos.
Todo cesa de golpe, menos el recuerdo. Con fuerza infernal, esprinta alejándose hasta jadear, hasta que la razón vuelve a tener cabida. Para a mirar. Distantes, terroríficas, vuelve a ver saltar las chispas como si fueran un simple e inofensivo cortocircuito.
Algo lo abraza por la espalda y lo muerde en la nuca. Se cubre apresurado los ojos recuperando la visión más allá de lo que quiera que haya sido eso. No lo zarandean, debe de ser un zombi normal. Da un codazo ganando espacio como para girarse y colocarse de frente. Es un hombre de edad avanzada y escasas heridas. Lleva un uniforme, juraría que de trabajador del metro. Lo golpea dos veces seguidas destrozándole la nariz y separándose lo suficiente como para clavarle el pincho triangular del arma por un ojo.
Nota el pavor incrustado en el alma… No es miedo… es simplemente, huida, de la… muerte.
Por un rato a paso acelerado, sigue los raíles. Tras tal vez cien metros cruza con dos zombis en medio de la nada, deambulando sin rumbo fijo, chocando con los muros y cambiando de trayectoria mientras gimen bajito… Tiene que haberlos atraído su disparo de antes. Espera sin moverse, sable en mano, a que el primero se le acerque.
Pretendía pillarlo por sorpresa, pero la luz de su casco debe de haberlo advertido, porque empieza a dirigírsele directo. De dos cortes muy seguidos consigue que no se levante. El segundo también parece normal y alertado. Lo espera y silenciosamente le incrusta el pincho como si fuera un estoque, tratando de evitar seguir recibiendo pequeños latigazos en la muñeca.
Por fin divisa la nueva prueba. Y hay bastantes criaturas. Quince estima. Bien distribuidas por el espacio. Moviéndose como hormigas sin propósito.
No será fácil colarse entre ellos para subirse a un andén. No, no será posible, sigilosamente no. Necesita una aproximación más agresiva. Hará otro experimento; se tapa la cara con ambos brazos, de manera que apenas se deja una fina rendija para ver. Va paso a paso. El momento será justo cuando el primero se alerte. Va intentando seguir la línea recta más despejada hasta el dique de cemento. Otro paso, otro paso. No parece que haya ningún anómalo entre ellos al menos, pero no se sentirá a salvo hasta que no se hayan activado todos.
Otro paso, otro paso. Con la linterna y una sola mano… ¿hubiera podido avanzar?
“¿Iaaah?”. Corre hacia el que tiene de frente, ignorando al que se ha girado a mirar más o menos en su dirección. Puede que sólo le hubiera oído. Ahora todos empiezan a hacerse las mismas preguntas entre sí. Girando sobre su eje longitudinal en carrera, suelta un corte aprovechando toda la inercia que decapita al primero.
El segundo, brazos por delante, va hacia él. Da un paso a un lado, acercándose hacia otro, para ganar impulso, y placa agachado con la cabeza su vientre, arrastrándolo unos pasos en los que le abraza las piernas y se levanta dirigiendo gran violencia a sus músculos inferiores, lanzando al zombi sobre sus hombros y hacia atrás, extenuado.
Salta a apoyar la barriga sobre la altura superior y repta desde ahí hasta alejarse bastante del borde. Después rueda para ponerse bocarriba, vigilando que ninguno haga ademán de subirse, y se toma un minuto para respirar profundamente y regenerar energía. Está claro que no ha sido la mejor estrategia para conservar sus fuerzas… pero ha sido eficiente.
Intentando mover los dedos de ambas manos como para bombear sangre y despejarse, aunque sólo logrando hacerlo con una, hace un par de intentos exclusivamente psicológicos de levantarse y en el tercero, por fin, envía señales suficientes a sus piernas y brazos para que lo incorporen. Deja la mochila en el suelo, saca el taladro y contempla su séquito de fans que le implora atención.
Aprieta un par de veces el gatillo al vacío, confiriéndose ánimo, y se arrodilla para ir sacrificándolos. Prácticamente no tiene ni que moverse, los que van cayendo dejan hueco a los siguientes.
No tardan mucho en aparecer otros dos por el túnel… y berridos de una única voz distantes… y otros dos más mientras los gritos se acercan… Cuando ve llegar corriendo a un hombre en la distancia deja la herramienta, recoge el sable del suelo, va hacia una pared pegando la espalda contra ella y espera… Ya lo han derribado demasiadas veces.
La criatura, en pura rabia, se estampa contra el filo del apeadero. Después, palpándolo con agresivos manotazos, se sube a él. Busca girando brusco a un lado y a otro la cabeza. Mientras, se han repuesto todos los que había matado y están llegando más a paso tranquilo, gimiendo. El gritón centra la cara en su dirección; emite un chillido drásticamente intenso mientras sacude todo su cuerpo como si tuviera un ataque y corre hacia él.
Confiado de su invisibilidad parcial, levanta el machete sobre su cabeza y apoya la bola de hierro sobre la muñeca armada para intentar imprimir fuerza con ambos brazos.
El monstruo va de cara, y él se la arranca de un único movimiento, hundiéndole la hoja en el centro del cráneo. Los berridos dejan de llenar el ambiente, desvelando multitud de pasos y respiraciones desde el túnel. Se enfunda el arma, agarra el taladro y aguarda.
Llegan un par de decenas por el túnel. Lentamente. Uno a uno, o en parejas y tríos. Sigue esperando.
Parece que ya no llega ninguno más. Evalúa, suspira y se arrodilla. Todo lo que le acompaña por varios minutos es el ruido agudo de la broca revolucionada y los salpicones que, opacos, cada poco tiene que irse limpiando del retrovisor con el revés del antebrazo. Le acaban doliendo las piernas de la postura, aunque el armazón de metal ayuda a sustentarle. Cambia de posición una vez, separándose del montón de cadáveres que ha ido construyendo y que impedía a los muertos vivientes que se acercaran bien a él, o les hacía caerse tropezando cada poco, ralentizando todo mucho.
Apaga la taladradora. El sonido aún le retumba en los oídos. Contempla las dos masas de cuerpos grises en distintas claridades que ha dejado; una más grande que otra. La sangre y las heridas de todos ellos se confunden con sus ropas y suciedades. Mira su propio torso. Está recubierto casi por completo de una película de grises muy oscuros en distintos grados y capas de sequedad.
“Cuarentaiuna horas y media”. Procurando no pensar en nada, saca la botella de agua, levanta la visera, evitando respirar todo el tiempo que está abierta, y pega un par de tragos. La guarda, baja el visor y salta al túnel. Ha desaparecido cierta sensación de hambre que empezaba a tener. Pero apenas pone unos pasos en la gruta, en un crescendo muy exigente, la vejiga le informa de la obligación casi inmediata de mear. Mira hacia los lados y siente un repentino y extraño pudor… o respeto… y se aleja de los muertos, conteniéndose para no apresurarse hasta lo ruidoso.
Una vez logra estar amparado solo por el túnel vacío, se desengancha las cuatro pestañas gruesas que sostienen la placa que actúa de coquilla, dudando de si logrará hacerlo a tiempo, sacudiendo la pierna en un intento de apaciguar la histeria, y se alivia por fin contra una pared.
Se recoge y vuelve a colocar la chapa, observando como de frente va acercándose una mujer a paso y gemidos casi curiosos. Sus pataditas deben de haberla alertado. Tantos zombis allí abajo, sin embargo, se le antojan inverosímiles.
Piensa… La estación hacia la que va ahora es Paseo de las Carabelas. Uno de los intercambiadores más grandes de la ciudad, que conecta cuatro líneas muy transitadas de la red. Si los anteriores, meras paradas binarias, estaban con problemas, sospecha que en comparación, ahora, va tener que ser creativo. Pero… eso sigue sin justificar qué hace tanta gente, además infectada, allí abajo.
Avanza lo más en silencio que puede… En cuanto se adentra un poco más empieza a cruzarse con zombis sueltos; cada vez más a menudo. Va lanzando estocadas a sus cabezas, midiendo los movimientos para minimizar aspavientos. Aun así, cuando están cerca, alguno se alerta de la ejecución de sus “amigos”. Se fija en uno partido en dos trozos a un lado y otro del raíl derecho, como si le hubiera pasado el tren por encima… Espera que sin corriente eléctrica ya eso no tenga que preocuparle.
La densidad de los grupitos va aumentando, como ecos de lo que debe de haber más adelante; y ni siquiera vislumbra los andenes todavía. Y desde luego los gemidos de muchos hacen eco por las paredes. Afinando juraría poder sentir algún graznido apagado de gritón… También ha percibido de golpe un sonido inidentificado, como de ráfagas breves de viento.
Se detiene y escruta. Seis no-muertos balbuceantes están yendo hacia él a unos quince metros. Está mareado… Tal vez debería haber comido algo sólido. En cuanto pueda disolverá la leche en polvo, aunque sea en la botella de agua y con la navaja…
Sigue sin pasársele; se agacha y apoya contra una pared intentando recobrarse. Ahora retrocederá, en cuanto se recupere un poco. La vista se le nubla y el visor empieza a desajustarse marcando mucho más los blancos y negros y haciendo difuso ver cualquier cosa. Muy mal momento para que la tecnología le falle.
Empieza a dar pasitos hacia atrás, sin incorporarse del todo. Espera.
No es el monitor. Toda la vista se le está llenando de parásitos de distorsión, no puede ver ni el interior del casco y un agudo pitido estalla en sus oídos con un fuerte dolor tras las sienes.
Alza la cabeza boquiabierto. Frente a él, enorme y raquítico, un hombre de puro blanco y mármol, eclipsando todo el mundo de nada y partículas de luz negra y blanca, hace ascender uno de sus larguísimos brazos hacia él, acabados en dedos de… negro.
Trata de moverse hacia atrás. Una fuerza lo pone de pie a la vez que un estallido de rojo abrasador lo inunda desde la barbilla. Está agitando horizontalmente su otro brazo; trata de saltar de espaldas, aunque sea hacia los zombis. Otro sonido agudísimo y rápido acompaña una descarga de electricidad roja dentro de su mente, ubicada en su pecho.
Aterriza. Rueda. Repta. Gatea y corre. Choca contra un zombi. Vuelve a ver. Está yendo en el sentido de los enemigos. Lo abrazan. Gritando e insultando, gira con brutal esfuerzo sobre su eje, zarandeándose y golpeando la cabeza de la criatura con todo cuanto tiene. Consigue lanzarlo a un lado. El dolor en su barbilla es insufrible. Otro quiere agarrarlo. Salta y empieza a esprintar una amplia curva, tratando de volver sobre sus pasos por el lado contrario al de la cosa. Suelta el machete sin miramientos y se descuelga el subfusil.
Aún puede ver la silueta de luz blanca del monstruo. Tuerce la palanquita del arma y aprieta el gatillo desde la cadera, sin parar de moverse, escupiéndole una ráfaga sostenida sin apuntar. ¡Puede ver chispas de las balas al impactarle resonando! ¿Está siquiera conteniéndolo?
Pegado a la pared contraria, consigue sobrepasarlo. Gritos. Muchísimos gritos histéricos a su espalda. Esprinta con todas sus fuerzas a través del pasadizo despejado que se ha ido creando. El pecho le escuece con rabia, y ahora puede oler la podredumbre del lugar, que inhala jadeando entre berrinches de su barbilla cada vez que el aire pasa por ella.
Corre. Aprieta sus piernas hasta que queman. Al frente ya divisa los andenes donde su reciente masacre. Escucha las pisadas en carrera que lo persiguen.
Sin detenerse ladea el cuello un instante para vigilar; hay cinco gritones corriendo tras él a escasos veinte o treinta metros, y otros tantos tal vez al doble de distancia. Atisba justo a tiempo para ver como uno de los lejanos se hace trocitos en la nada.
Pega un brinco a subirse a la plataforma, lanzando al mismo tiempo la mochila hacia la pared. La abre con toda la prisa que puede.
Se gira alertado de los pasos que entran; suelta una ráfaga lo mejor apuntada que puede hacia sus cabezas y torsos conforme llegan chocando contra el cambio de altura. Todos caen de espaldas. Aprovecha para coger del saco la granada negra y el otro cargador y colocarlos malamente en su cinturón. Después se da la vuelta encarando los enemigos y va arrastrando con el talón la bolsa, intentando llegar a la pared contraria para que no lo rodeen.
Cuatro de los gritones se levantan; ni se para a buscar los agujeros. Entran otros tres. Empiezan a subirse tanteando. Suelta un par de tiros rápidos más, pero falla con la distancia. Tiene que hacerlos valer mejor.
Cuatro ya están arriba. El dolor le desconcentra. Si encuentran los boquetes que seguro tiene en la armadura está perdido. Está obsesionado por comprobarse las heridas, pero al menos puede mover los brazos y la boca.
El primero se le tira de boca. Le suelta tres tiros automáticos que impactan en su pecho y cara, cancelándole el salto. Aparecen cuatro más por el túnel. Y se suben los que estaban llegando. Ya son más de diez. Y le escuece muchísimo.
Vienen tres a la vez. Aprieta el gatillo conforme están a mitad de camino. Le estalla la frente al del centro. Al que había acertado antes se reincorpora.
Dispara de nuevo. “¡Clic!”.
¿Cambiar el cargador?, ¡lento! ¿Taladro?, ¡lento! ¿Sable?, ¡perdido! ¿Huir?, ¡LENTO!
Dos saltan sobre él. A uno le propina un derechazo que lo manda a las vías. El otro falla el placaje estampándose con el muro. Se gira a intentar agarrarlo para tirarlo fuera. ¡Necesita recargar! Le tocan la espalda y rápido lo sujetan del brazo. Vuelve a girar para intentar encarar a ese. El otro, desde el suelo, le engancha una pierna y tira tumbándolo.
Unas manos empiezan a darle puñetazos contra la cara. El visor no para de vibrar como si amenazase con perder la imagen ante los golpes. Algo le está dando bocados por el metal, subiendo, como buscando por su cuerpo.
Respira. Finge no resistirse. Apunta y, sin avisar, utilizando fuerza hasta desde los abdominales, se incorpora de cintura para arriba dando un mazazo en el centro de la cara al que tiene encima, que vuela de espaldas y se queda quieto, con el cráneo hundido. Sujeta con la bola del hombro al que ahora está mordisqueándole la coquilla, ascendiendo, y se gira con él poniéndole la rodilla en el cuello. Sus manos le arañan por todas partes. Agarra el subfusil con la garganta y una punzada de dolor en la barbilla que lo hace chillar maldiciones, y le cambia el cargador con la mano liberada.
Dispara a bocajarro en la boca al que tiene debajo. Dispara casi a bocajarro a otro que se le está tirando encima desde la plataforma. Suelta tres tiros rápidos al pecho a otro que viene también corriendo por su misma altura haciendo que se caiga de culo. Desde detrás lo enganchan del cuello y lo tumban. Apunta por encima de sí gritando y suelta una ráfaga que hace que le estalle una cara justo encima.
De la nada uno se le ha sentado en el vientre y se lanza a morderle el cuello. ¡Eso está desprotegido!
—¡No cabrón!
Siente un súbito dolor de cabeza y el gritón se queda paralizado, en la posición que estaba. Lo dispara en la frente intentando levantarse, matándolo.
Algo pesado se le estampa contra la cara desequilibrándolo. Un tablón de los de separación entre hierros.
Busca. Cuatro gritones en la plataforma, a unos quince metros de él. Chillando y sin moverse más allá de pasos laterales; con los brazos en garras. Como examinando o buscando… Siete más de pie, abajo, rodeándolo. Chillándose los unos a los otros.
Desde las vías, uno intenta esprintar hacia él. Le suelta dos tiros ejecutores. Uno de los tumbados en la plataforma se sacude convulsionando en el suelo y se reincorpora, con media frente destapada. Carga, berreando por encima de todos los demás. Espera a tenerlo a cinco metros y le vuela bien esta vez la cabeza.
Deben de quedarle pocas balas en el cargador. Diez gritones…
Y a tropel, por el túnel, primero una docena tímida. Luego todo un frente sin fin de zombis aparece en procesión. Los gritones vibran muy nerviosos y empiezan a acercarse a pasitos. Suelta un tiro de advertencia que hace que la mayoría salten hacia atrás.
Vuelven a quedarse quietos armando escándalo. Los normales empiezan a irse distribuyendo a lo largo del borde. Ya ni siquiera puede permitirse caer.
Y del fondo, reventando la pared, una estela de vísceras saltando en pedazos se va acercando. Y llega al andén. Y lo empieza a arrancar a trozos. Y el pecho le arde al moverlo. Y la barbilla… Y los gritones vuelven a caminar hacia él, primero. Y luego trotan.
Dispara acertando a uno en la sien. No se detienen. Ocho cubriéndole los noventa grados de escape opuestos a la esquina contra la que se arrincona cuanto puede.
Imposible. No queda otra. Apresuradamente, saca el cilindro de metal, quita la tapa y aprieta el botón, arrojándolo al medio de los raíles.
Se aparta la visera y se deja caer de espaldas, lleno de miedo, escuchando a ciegas la oscuridad que se le cierne encima, rendido al dolor si aquello no funciona. Aquel blanco no le dejará sufrir demasiado…
Un zumbido breve e intenso, como una descarga súbita de electricidad, llena de una luz azulada la estación durante un segundo, revelando las formas y colores de las decenas de criaturas que la habitan, de los gritones que ignorándola empiezan a agarrar, morder y golpear su cuerpo, mientras él se protege pecho y cara con los brazos.
Y conforme mengua, en sus últimos destellos, le permite ver como la enorme masa de hombres y mujeres entre andenes se desploma estruendosa, absolutamente inerte.
Luego oscuridad y más gritos y golpes contra su cuerpo. Algo lo agarra y eleva en el aire estampándolo contra el suelo. Intenta levantarse y le patean en el casco volviéndolo a tumbar. Un chillido salta sobre él…
Y un peso quieto cae sobre su cuerpo, acompañado del sonido de varios cuerpos venciéndose y cráneos rebotando brevemente contra el cemento. Y silencio…
Que rompe un estallido de piedra. Se pone de pie y baja el visor. Comiéndose la superficie, algo sigue avanzando, arrancando trozos, acortando distancia, vagamente hacia él.
Todos los gritones yacen a su lado, en diversas posturas, simplemente… muertos.
Algo pesado se cae. Lo busca. Puede verlo. Tumbado sobre la rampa de escombros, el cuerpo blanquecino y alargado del blanco. Sin garras y sin brillo. Sin moverse. Sin su presencia absoluta. Sin sus garras…
Se acerca temeroso a su cadáver. Lo tiene al alcance de los pies. Le da una patadita. Parece de piel, blando… sin embargo en él no hay agujero de bala alguno. Saca la navaja de la mochila y lo apuñala.
La punta entra suavemente. Y sale, dejando una raja supurante de mejunje oscuro y espeso… Tuviera lo que tuviera… ya no lo tiene. Sólo conserva su color y su tamaño deforme…
La herida en su pecho, parece que se está acostumbrando a ella. La barbilla en cambio hace que se le salten lágrimas involuntarias.
Llegan gemidos desde el túnel. Se asoma. Una línea de no-muertos lo remonta desde la curva tras la cual no puede ver, tropezando a ciegas con los cuerpos de los caídos.
Corre a ocultarse en la plataforma. Va a por su mochila. ¿Va a tener que matarlos a todos con la taladradora? No se ve capaz. No cree que la pequeña herramienta pudiera aguantarlo tampoco. No tiene el tiempo que haría falta para ello.
Busca de lado a lado. Se fija en el túnel que conduciría a las escaleras hacia el nivel superior de la estación. Intentando correr y no hacer ruido a la vez, se dirige a la esquina. Se esconde tras ella. Espera.
Espera.
Aparecen los primeros, caminando de frente, rectos. Como encauzados por los límites laterales del camino. Lo ignoran. Algunos tropiezan y caen. Otros tras ellos se chocan con los primeros y se derrumban. Los que van viniendo más atrás van empujándolos. Juraría que empiezan a pasar unos por encima de otros.
Se esconde raudo ante el aullido bobo de uno de ellos. No sabe cuál, no sabe si habrá visto algo…
El sonido del fluir de pasos lo alivia. Con mucho cuidado vuelve a ponerse en pie, a sentirse más seguro adentrándose un poquito en el pasillo peatonal. El cansancio lo golpea. Nota molestas las articulaciones, especialmente el cuello. Y el vientre y la espalda que le acusa el peso de la armadura. Pese a la armadura, nota que la paliza le ha dañado un poco.
En cuanto encuentra un escalón para sentarse en él, se acomoda un poco con la mochila entre las piernas y, con miedo, se desencaja los enganches del casco para evaluarlo, con pequeños latigazos desde la boca. Después, en movimiento ensayado aunque incómodo, se empuja con la bola de metal las palanquitas del guante en la mano izquierda, para después pisarla intentando quitárselo.
Ha estado a punto de llevársela a la herida, pero ha recordado lo pringada que está de mejunje zombi. ¿Los gritones que mató le habrán llovido encima?
Con la piel desnuda, se lleva los dedos al pecho. Tiene una raja que lo recorre horizontalmente, ligeramente diagonal hacia arriba desde su izquierda a su derecha, que ha dividido la placa de la armadura en dos mitades, con una franja de dos o tres centímetros vacía. Revisa el contorno que le escuece al rozarlo. Joder… Le ha arrancado el pezón derecho, y escuece muchísimo. Llega casi hasta su hombro izquierdo. Sabiendo lo que va a pasar, se mete el dedo dentro. Da una patada de la que se arrepiente inmediatamente, evitando chillar a cambio, al menos. Solo entra la yema. Apenas si llega la uña. Es superficial… Ahora la barbilla. No, primero organizarse antes de quitarse el casco.
Saca el rollo de vendas y corta tres tiras largas con las tijeritas de la navaja multiusos. Se mete una en la boca y la muerde. Las otras dos las empapa de alcohol. Se desanuda lentamente la coraza y la saca por su cabeza junto con el yelmo. Coge una de las untadas y empieza a pasársela por la herida; al principio por los bordes, como posponiendo lo inevitable. Después, respirando muchísimo, empieza a metérsela por la hendidura, intentando rebañar y limpiar cualquier cosa que pueda haber dentro.
Gime y llora entre estallidos blancos insufribles en su cabeza. El tiempo que tarda se le hace como un viaje en autobús a Bulgaria. Cuando se da cuenta de que está llegando al extremo contrario de la herida, hasta sonríe entre sollozos.
Tira el vendaje a un lado y agarra la otra tira. A ciegas se palpa la cara con los dedos, sujetando entre meñique y anular el lino. Esa herida se imagina cómo es. Cuando la alcanza con la punta del índice, cierra los ojos previsoramente, aunque ya estuviera ciego. La palpa. Le han cortado separando parte del hueso. Se introduce la falange sacudiendo todo su cuerpo contra las paredes y peldaños de dolor puro y blanco. Entra casi hasta la mitad del primer huesecillo. Joder. Y tiene que volver a pasar por ello. Empapa de aún más alcohol la improvisada gasa y, respirando muy fuerte, muy rápido, no queriendo hacerlo… envuelve corazón, índice y pulgar con ella y decide empezar esta vez por lo malo. Se los introduce e intenta rebañar.
No solo llora y se hace daño en los dientes de clavarlos contra el paño, viviendo un universo de terribles destellos que sacuden su cuerpo, sino que nota la grimosa sensación del hueso de alrededor del área afectada ligeramente móvil, algo suelto con la pérdida de sustento…
Rebaña, rebaña cuanto puede. Empieza a reír cuando termina, lo más ridículo es que a lo mejor el propio corte ha sido infeccioso, y tratar de limpiar las gotas de gritón muerto así no sirva de nada. Apura un poco más los bordes y pasa a la segunda parte.
Impregnándola esta vez solo de unas gotitas de alcohol para no asfixiarse, se envuelve la barbilla y garganta en varias vueltas de tela. Aprieta aunque le duela. No sabe si tendrá sentido, pero espera que el hueso, de algún modo, se fije. Se muere de grima pensando que en algún momento se le termine de separar la mandíbula.
Después, bañándola más generosamente, se da amplias vueltas en el torso sangrante, hasta asegurarse de que la capa exterior esté totalmente seca. Hace un nudo en los bordes respectivos de ambos vendajes y se serena un poco. La presión en ambas heridas y tal vez el contraste de la brutalidad con que acaba de tratarlas, lo alivian un poco.
Vuelve a ponerse la coraza, abrochándola, y después palpa el casco con las manos. En efecto le falta todo un pedazo en la parte de abajo, la que cubría su barbilla. Ya no le protegerá del hedor de los zombis…
Se lo pone, recobrando el sentido de la vista, en escala de blancos y negros.
Saca la caja de antiinflamatorios y se toma dos de un trago. A continuación abre los antibióticos y se toma el primero. Va a hacer un tratamiento completo, desde luego.
Finalmente, desanuda la bolsa de la leche en polvo, la mezcla con una de sus botellas de agua y empieza a agitarla con vigor, bebiéndose después casi todo.
Empieza a recobrar un ritmo de latidos e inhalaciones más normal. ¿Hay algo más que podría hacer? Si encuentra a su hermana tal vez ella pueda cosérselo… Alguien debería coserle el corte en el pecho al menos.
Apenas si piensa en que ha vuelto a bloquear a un zombi… Vuelve a prestar atención al oído. Parece que el tránsito de muertos vivientes sigue saludable…
Antes de volver a meter la mano en el guante se limpia la sal de las mejillas y los mocos que han fluido de su nariz, y después seca la fina película contra la tela de la mochila.
Coloca los dos cargadores frente a él, abre la caja de balas y empieza a rellenarlos torpemente. Todavía tenía seis disparos en el arma. Cuando termina, sólo quedan cuatro balas sin poner.
La barbilla está volviendo a escocerle intensamente, y el pecho cada vez que lo mueve un poco…



Lleva un rato desde que no escucha ningún sonido viniendo del túnel. Vuelve a asomarse. Lo ve vacío. Decide poner el cargador extra en su cinturón, pese a que no sea muy sólido tenerlo ahí.
Desciende por la grieta que dejó el blanco a las vías. La visión es impactante. Todos aquellos zombis que estuvieron allí cuando tiró la granada, yacen como una alfombra podrida. Y hiede hasta la arcada contenida.
Se apresura a abandonar el lugar. Bien entrado el pasadizo empieza a buscar por los suelos su espada perdida. Queda un no-muerto en el camino, arrastrándose con una pierna, como un niño perdido. Le pisa la cabeza.
El tono claro y reflectante del metal afilado no se le hace difícil de encontrar. Gracias. La envaina y sigue caminando con el subfusil en la mano. Depende del momento, el dolor se le vuelve el centro de todo cuanto puede pensar o simplemente está ahí como información molesta.
Alcanza los andenes de Paseo de las Carabelas. Inofensivos, sin nada habitándolos. Y sin embargo, desde algún lugar por entre pasillos llegan muchísimos gemidos. El intercambiador sigue infectado… Sigue sin entender qué hacía toda esa gente allí abajo…
“Cuarenta horas y treintaicinco”. Intentando perder el menor tiempo posible en ese lugar, reanuda sin detenerse más que a mirar la hora. Ya no hay vuelta atrás, no con todos aquellos zombis en la retaguardia.
Tanto el túnel como la siguiente parada están desiertos. Empieza a estar seguro de que las grandes manadas de zombis deben de tener el efecto de atraer a los desperdigados hacia ellas. ¡Joder cómo le duele la puta barbilla!
Avanza. Sacudiendo la cabeza, indignado consigo mismo por sus errores, avanza. Tenía que haber sabido que su malestar era causado por uno de esos blancos. “¡Joder!”.
En largo recorrido, agarrotado ya del peso y el dolor, alcanza el siguiente alto. Despejado… “Gracias”.
Para apoyando la espalda contra el dique a recobrarse un poco. Añadido a sus heridas, empieza a notar un dolor cálido en sus hombros y lumbares. Da igual. Ya da igual todo… Si tiene éxito… si tiene éxito habrá merecido la pena. Si sólo pudiera estar con su padre…
Da unos tragos a una de las botellas de agua sin abrir, vuelve a mear y continúa. En la próxima estación deberá hacer un cambio de línea, el único en su ruta, ya directo hacia el aeropuerto.
Dos no-muertos por el largo camino entre maderas y hierros. Juntos y lerdos. No se percatan de él casi hasta que se les puede echar encima. Sablazo a uno, patada y estocada al otro y remate al primero. Le molesta la mano. Le arde la barbilla, húmeda y tan ensangrentada que le llega al olfato. Teme que su salud comprometa la misión…
Sin apenas darse cuenta de alcanzarlo, lee el cartel “Bogotá” sobre un banco de piedra. Agotado escala, primero con el dolorido pecho y luego con las rodillas, al andén.
Se queda tumbado unos segundos. Levantarse implica mover toda la armadura. “¡Vamos, joder!”. Suspirando profundamente, bombea energía primero a sus brazos y luego a sus cuádriceps y glúteos para ponerse de pie. No hay muertos vivientes. Ni gemidos.
Aturdido, encuentra el acceso a las escaleras. Agarrándose a la barandilla, paso a paso, va remontando la subida.
Recorre los pasillos y ascensos un poco en piloto automático; conoce la estación, acostumbrado a ir a comprar allí, a veces, especias y productos de su tierra a una tienda especializada. Pensar en ello le da mucha hambre. Daría lo que fuera por una buena musaka ahora mismo.
Cuando ve de frente el acceso a los raíles de la nueva línea, tarda unos segundos en procesar lo que encuentra, inmóvil.
Desde el otro lado, en sentido hacia el centro, llega tanta luz que distorsiona su casco.
—Desactivar luz.
Se ve obligado a parpadear muy rápido. En general, lo envuelve la oscuridad, pero de frente llegan dos focos de luz que deslumbran sus ojos desacostumbrados. La vista se le humedece unos segundos. Intenta mantenerse lo más pegado a la pared que puede, analizando.
En el andén opuesto al acceso desde el que llega han construido un muro de maderas y chapa atornilladas, aislándolo de toda escalada posible, y sobre él hay un hombre vestido de militar y con un rifle metálico entre las manos, con aspecto ocioso. Claramente no lo ha visto. La luz no puede estar alumbrando bien el corredor en que se encuentra. Esforzándose distingue un cable grueso que llega desde la apertura del sentido contrario, seguramente alimentando las lámparas.
Revisando la estructura ve ropas y telas tendidas sobre el andamiaje… Están haciendo vida allí…
No habría forma de pasar por la estación sin ser visto. De todos modos, tiene que avisarles de la bomba. Colgándose el subfusil a la espalda y levantando las manos, pasa por el medio del pasillo.
—¡Hola! —llama la atención un poco antes de entrar, intentando en la medida de lo posible no sobresaltar al guardia.
—¡Joder!, ¡quieto! —El hombre apunta su arma hacia él.
—¡Me llamo Danko!, ¡no estoy con la gente que lleva esta armadura, se la cogí a un muerto!
—¡Quieto!
—¡Sí, sí! ¡Tranquilo!
Sin dejar de mantenerlo en la mira de su arma, oye que el hombre habla bajito a alguien cercano y luego a un walkie-talkie. No tarda en aparecer otro, con un casco y un largo rifle marrón con mirilla. También lo dirige hacia él.
—¡Escuchad! ¡Tengo mucha prisa!, ¡tengo que deciros una cosa y me marcho!
—¡Silencio!
Trata de oír lo mejor que puede las palabras que dice el otro por lo bajo.
—Dice que no está con ellos, señor. —Breve silencio—. ¿Seguro, señor? Quiere decir algo… —Silencio—. De acuerdo… —Pone una cara muy resignada.
No espera un segundo más.
—¡Luz!
Corre. Corre con todas sus fuerzas, a la vez que el visor se activa y cambia a la escala de blancos y negros. Hacia el túnel, hacia su destino, huyendo de las inminentes balas.
Y sin error, escucha el ronco ametrallar a su espalda. Tuerce la cadera mientras trota, desenganchándose el rifle. Súbitamente, en rápida sucesión, nota una ristra de impactos contra él que lo derriban al suelo. No duele. No duele. No duele. Gateando sigue hacia delante, levantándose a tropezones. Lanza él una ráfaga completamente sin mirar sobre su hombro.
“¡Bum!”. Grave, como atragantado, un estallido mucho más resonante revienta un trocito de pared a su lado. Ruido de cerrojo… Esprinta de nuevo el sprint que estaba abandonando. La ametralladora cesa. La luz del foco lo persigue…
“¡Bum!”. Cae al suelo sin motivo… Se incorpora sobre la pierna izquierda y apoya la derecha para seguir la carrera… “¡AAAAAHHH!”.
—¡AAAAAHHH!
Restallante. Primero blanco y luego muy brevemente azul hacia el morado y finalmente el rojo, la pierna le aberra de dolor.
Empieza a pegar saltos intentando equilibrarse. Alejándose. Hacia adelante. Casi puede ver la curva en el túnel, casi estará a salvo…
“¡Bum!”. Esta vez sí nota el impacto. Su espalda se expande y contrae violentamente volviendo a tirarlo y siente una agudísima punzada contra el hombro izquierdo, achicharrándolo en su cabeza.
Si vuelve a levantarse, morirá, seguro.
Gira a ponerse bocarriba. Apunta muy rápido en dirección a la distorsión que lo deslumbra, y aprieta el gatillo por casi un segundo, dejando que su muñeca vibre un poquito para esparcir aún más la ráfaga.
Los cristales estallan y los dos hombres se parapetan. Es su única oportunidad.
Arrastrándose rápido, vuelve a recuperar la verticalidad y, dando botes con la pierna sana, se abalanza hasta cubrirse con el giro de las vías.
—¡Gilipollas!, ¡anormales, cabrones de mierda!, ¡hijos de puta! ¡Pasado mañana va a caer una bomba atómica en la ciudad…! —Respira un segundo—. ¡Ojalá y os mate hijos de la gran puta!
Lanza otra ráfaga a la libanesa hasta agotar la munición y mira hacia el lado vacío del camino. Ya está, ya les ha avisado. Que les jodan. Pone rápidamente el otro cargador en el arma.
Apoya la bola de acero contra la pared e intenta incorporarse. El hombro izquierdo le arde al moverlo. Apoya la pierna derecha. Duele muchísimo…
Se levanta rabiando y empieza a cojear, minimizando el contacto con el suelo de su pie herido. Más vale y no lo persigan, porque no piensa pensarse dos veces tirar a matar, se promete. Joder. “¡¿Por qué?!”. Él sólo… “¡Sólo quería advertirles, ostia!”.
Nota su sangre fluyendo, escurriéndosele por la ropa bajo la armadura hacia el pie, empapándola caliente.
Aún le queda mucho por delante. Cojea. Cojea por el largo túnel. En esa línea las estaciones son mucho más largas. Y él mucho más lento. Cojea. Y empieza a llorar. Llora voluntariamente. Incomprendido, triste, frustrado, cabreado, indignado, asustado, dolorido… llora.
Muy lentamente, siguiendo el interminable pasillo monótono, acaba alcanzando el siguiente andén. No oye a nadie viniendo tras él… Cada vez que pisa un acto reflejo le hace apartar la pierna en silencioso grito. Cada vez que respira el omóplato se le vuelve ácido y burbujeante, como si intentase expulsar algo. Cada vez que sacude la cabeza dándose fuerzas, la barbilla le raja el alma… Y el pecho… siempre escuece. Y los pies se le están llenando de ampollas…
Se ladea cargando su peso recostado en el quicio. Cambia de cargador con mano temblorosa y guarda el gastado en la mochila. Descansa. No puede. Tiene que seguir. No puede. Tiene que… “Treintainueve horas y cinco minutos…”. Le gustaría poder irse con todo un día de ventaja…
Mira al frente. Animándose, se da en la cabeza blindada un mazazo, que hace que el visor le vibre y, aprovechando el pequeño oasis de apoyo, va dando zancadas, usando el borde de la plataforma como respaldo, mientras mantiene recogida la pata herida. Debería tratársela… Si se sienta no continuará… Sería tan fácil quedarse quieto y dormir…
Cuarenta kilómetros. Si han sido generosos recomendando distancias de seguridad, serán veinte el área afectada. Eso es al menos un megatón. Tan cerca… no sentiría nada…
El túnel es tan largo. Tan largo… Su mente debe de haberse apagado, porque conforme está llegando no recuerda el trecho recorrido. Sólo dolor. Eso sí estaba. El dolor sí. Mucho tiempo de solitario dolor.
Océano de Espejos es otro intercambiador. Y en los raíles ve cinco no-muertos. No puede luchar cuerpo a cuerpo… Apunta al primero a la cabeza, desde la oscuridad, a diez metros. Los pinchazos en el hombro al intentar levantar el brazo le dificultan mucho concentrarse.
Aprieta el gatillo y la cosa en su mira cae muerta, con una pequeña deformación abrupta de su cráneo. Las otras cuatro giran hacia él gimiendo sorprendidas. Ningún anómalo… Dispara. Dispara. Dispara y falla. Dispara. Dispara.
Resuella y deja caer la mano, pudiendo librarse aliviado de la tensión hiriente en la espalda.
Avanza. Usa de nuevo su brazo para empujarse mientras puede con el cemento. Se nota mareado y sabe que no es ningún blanco. Tiene frío…
“Treintaiocho horas y cuarto…”.
Las gotas aquí y allá lo acompañan. Ha visto otra rata escabulléndose. Si fuera lista debería seguirlo. Cree que ha dejado de sangrar por el pie… Puede apoyarlo un poco más… o a lo mejor se ha acostumbrado al sufrimiento. Intenta ir más rápido, pero puede que solamente lo imagine.
Vías. Maderas atravesadas. Huecos a los laterales cada poco. Tuberías y cables. Gotitas. Todo igual. Se ríen de él y lo engañan para que no sepa que avanza.
¡Joder! Llega. ¡Llega! Joder. Es la última parada. La siguiente será el aeropuerto. Sólo un poco más. Un poco. Habrá unos veinte zombis esparcidos. En la anterior había cinco… Eso ya lo ha vivido. Sólo puede significar una cosa. Una bola enorme delante. Si Paseo de las Carabelas estaba llena, cómo estará el aeropuerto… único sitio de todos con los que se ha cruzado en el que tiene algo de sentido que se haya acumulado la gente…
Querría disparar pero… ya ni tiene balas para todos, y, no. No puede hacer tanto ruido esta vez. Veinte…
Desenvaina y se acerca al primero que se le interpone para llegar al andén. Que ninguno chille, por favor… ni otras mierdas raras.
Volviendo a llorar aguantando el dolor, pisa normal, sigilosamente, notándose morir cada vez que carga su peso en muslo perforado.
El no-muerto se gira exclamando un poco antes de lo que pretendía. Da un par de saltos zurdos a por él y le lanza un corte rápido en la cabeza, con todo el arco de su cuerpo de izquierda a derecha. Otro de retroceso de derecha a izquierda y otro vertical usando su propio peso. La cosa cae al suelo, no le importa si viva o muerta, aunque muerta.
Corre a zancadas de una sola pierna a llegar al cambio de nivel y brinca subiéndose, viendo como los demás zombis se dirigen hacia él, algunos tropezando, en colectiva sorpresa entusiasmada.
En cuanto se encuentra con medio cuerpo encima, rueda terminando de auparse y se quita la mochila. Suelta el mandoble y coge el taladro. Ningún chillido. Nada extraordinario a la vista. Lo enciende y lo hace girar un instante comprobando que funcione. Funciona.
Paciencia. Más llegan desde el túnel. Empieza a desatornillarles el cerebro, con mucha calma, intentando encontrar las posiciones que menos le estremezcan. De nuevo, tiene que moverse a lo largo de la peana para que no se tropiecen con los cuerpos de sus “hermanos” ejecutados.
¿Treinta al final? Se da cuenta de que le cuesta mucho más que antes recobrar el aliento, encima intoxicado por la peste de los muertos. Está sudado y cada vez más helado.
Desciende y se mete por la gruta. Mareado. Todo lo que lo rodea se siente lejano…
Sus sospechas se confirman pronto. No hace falta penetrar demasiado para encontrarse con más de ellos entre raíles… como la última vez. El aeropuerto debe de estar lleno.
Regresa, espera, antes de haber alertado a nada. Se sorprende de ser capaz de pensar en un plan.
Sube escaleras arriba, buscando el ascensor cuyo hueco ha divisado en el nivel inferior. Subir escalones es muy duro. Tiene que ir uno a uno. Se lo toma sin medir lo que le va quedando, solo centrándose en cada peldaño del camino.
Encuentra la cabina en la planta intermedia. Escucha primero, cerciorándose de que nada respira ni se mueve sobre su cabeza y, después, pone el taladro en modo percutor y lo aprieta contra el cristal de la máquina.
Aprieta gatillo y herramienta reventando en añicos el acceso. Vuelve a escuchar. Nada se mueve.
Se mete dentro. Los preparativos están hechos, pero decide tomarse el tiempo que necesita ahora que no tiene complicaciones.
Se quita el yelmo momentáneamente para desvestirse de la coraza. Conforme se la saca nota un mordiente pellizco de dolor en la espalda pero, acto seguido, un enorme alivio. Vuelve a ponerse sus “ojos”.
En la placa trasera de la armadura distingue perfectamente una bala alargada, incrustada a medias, con la punta ensangrentada. Le cuesta muchísimo esfuerzo sacarla y tirarla al suelo. Estaba bien atascada. Eso seguro le habría atravesado de un lado a otro…
Joder, qué bien se siente el hombro ahora. Duele más, pero menos. Más constante, más rojo; pero mucho menos intenso y azul.
Carraspea y se agarra la prenda inferior desde la cintura, desanudándola. Con movimientos leves, va tirando, sintiendo brevemente como su piel atravesada se despega llorando de su ropa, hasta que consigue quedarse en calzoncillos.
Se mira la pierna derecha. Tiene un agujero de entrada y otro de salida en muslo, en la parte grasa, que coinciden con los de la chapa en su pernera. Y muchísima costra alrededor. Cree que no ha tocado el hueso… ni arterias grandes o ya habría muerto.
Coge las vendas, toma aire mientras les vuelca alcohol encima, y las usa para limpiarse primero, meterse un poquito de ellas luego en los boquetes, y finalmente darse un montón de vueltas alrededor.
Con la perforación leve del omóplato solo se enrolla unas cuantas capas diagonales desde el hombro al costado, cubriéndola. No tiene ni una falange de profundidad.
De nuevo tiene las mejillas totalmente humedecidas. Vuelve a vestirse, sufriendo y disfrutando a la vez, del dolor en tantas partes de su cuerpo y el reciente alivio en cada caso.
Parece que la cabeza se le ha centrado un poco. Pone las últimas balas en el cargador que está usando. Tira la cajita y se incorpora con una energía extraña. Vigorosa y a la vez lánguida.
Lentamente, conservando fuerzas para lo que tiene que hacer, vuelve a las vías. Grita hacia el túnel al aeropuerto con todas sus fuerzas y dispara dos balas espaciadas.
Los gritos que le responden por decenas no se hacen esperar. Algo viene corriendo.
Él también corre, sintiendo cada pisada diestra que da hasta en sus recuerdos. Sube; tuerce hacia el ascensor y se mete en él, encerrando el mundo fuera.
Si todo sale bien, los muertos vivientes deberían fluir hacia atrás, hacia el centro de la ciudad, siguiendo la línea y sus fronteras, ignorándolo… Ojalá y esos militares de mierda, o paramilitares, o lo que sean, no le hayan hecho caso. Ojalá y hayan pensado que miente. Ojalá y sigan allí para recibir toda la manada que les ha enviado… Y se mueran todos los cabrones.
Escucha los gritos pasando amortiguados de largo. Está funcionando. Se alejan hasta volverse inaudibles.
Y entonces, nuevos gritos.
Unos pocos nada más. Están subiendo. ¡¿Por qué?! Agarra la ametralladora y apunta hacia el umbral. Llegan hasta su nivel. Se detienen y se quedan berreando por la zona.
Vuelven a acercarse. Muy rápido. Hacia él. Hacia su escondite. ¡¿Cómo saben que está ahí!?
Aparece la cara del primero. Dispara borrándola, espalda contra pared, sentado y machete a mano.
Dos ahora. Mata a uno con una ráfaga. Otro empuja entrando y cayéndose, tropezando con la barra de hierro atravesada del ascensor. Otra cara más. ¡Fuego al que está dentro!
El que queda consigue subírsele en el pecho. Lo zarandea y golpea. Le apoya el MP5 contra el vientre y lo escupe lejos con cuatro tiros automáticos. Antes de dejarle que se levante, a grito de “¡Hijo de puta!”, le coloca el arma junto a los ojos y le mete dos balas.
Cree que ese último le ha vuelto a salpicar sangre zombi encima…
No puede permitirse las dudas. No con lo herido que está.
Empapa de alcohol las vendas y, dejándose gritar, total más ruido que la ametralladora no va a hacer, se las vuelve a pasar por la piel cortada y costrosa de la barbilla, el pecho y la pierna.
¡JODER!
Resuella. Se incorpora malamente a sacar los cuerpos nauseabundos de la cabina y, con extremo cuidado, baja al metro.
Se asoma. Incontables zombis están atorados contra su andén, extendiendo los brazos. Intentando trepar. Uno lo ha conseguido y merodea dándose con las paredes. Pero… cree… parece… que todos los que están viniendo desde delante los están empujando, o aplastando, o arrastrando… Sí… sigue habiendo un flujo…
Se esconde raudo y, sin absolutamente ninguna prisa, apenas arrastrando los pies para no hacer ruido, empieza a regresar.
“En serio. ¡¿Cómo cojones han sabido que estaba ahí?!”. Han ido casi directos hasta él…
¡Joder!
Cuenta. Cinco balas le quedan. Punto.
De verdad. ¿Por qué?
Apenas puede pensar con claridad. Nota la mente abotargada; como cubierta por una neblina inexplorable y pesada.
Bueno. Al menos parece que la mayor parte del plan está funcionando y los zombis están despejando la parada del aeropuerto. Tiene muchísimo frío. Todo su cuerpo pesa tanto…
“Treintaiséis horas y cincuentaiséis…”. Sigue teniendo tiempo. Tiempo para encontrarse con los suyos y ayudarlos, y salvarlos, y que lo salven… Oye la voz de su hermana, como dispersa. Como distante. Le habla de la playa… pero hace mucho que no ha ido a la playa con ella. Sólo tiene que esperar. Aguantar un poco más… esperar… seguir un poco más. Sólo…

Unos susurros le hablan en sueños, no hablan en un idioma humano, hablan en un idioma de música… pero los entiende… y no tienen sentido… El corazón le late asustadísimo, despertándolo. Está envuelto en sudor.
¡Los gritones de antes! Hay una única explicación posible, a la que salta su mente como en un brote de inspiración súbita que hubiera tenido durmiendo. Podían detectarlo. Todo el tiempo que ya ha pasado por los túneles ha tenido la misma sensación… los zombis… incluso aunque a veces pudieran ver la luz en su casco, le sorprendía lo bien que lo ubicaban. Siempre persiguen a los humanos por encima de cualquier cosa, encerrados en coches o en armaduras… pero nunca se confunden entre ellos… Tal vez… Tal vez tengan algún modo… extraordinario de detectarles. ¿Puede que algunos más que otros? ¿Los gritones mejor que los normales? ¿Los blancos aún mejor? No… muchos gritones le pasaron de largo. ¿Se está rayando sin sentido?
Tanto tiempo en los túneles… “Veintitrés horas y catorce”.
E, interrumpiendo sus divagaciones, como poniendo fin a la tregua para recordarle dónde está, vuelve el dolor. Global. En los músculos y las plantas de los pies, casi amistoso. El pecho y la espalda como ardiendo en rojo tibio. La pierna de un orgulloso morado brillante y claro, puede que incluso menos denso estando quieto que el resto, pero destructor en cuanto ejerce la más mínima fuerza. Y la barbilla… Es como un arañar de pizarra, blanco y continuo, en su cabeza.
Está agarrotado y entumecido. Hambriento. Se da cuenta de que se ha hecho pis encima. Eso significa que se desmayó, no se durmió. No siente frío ahora mismo… ¿Aquel frío debió de ser por la pérdida de sangre? A lo mejor ha estado mucho más cerca de morirse de lo que imagina. Debería comer algo para reponerse… pero no tiene nada. Ha sido una mala decisión. Trata de incorporarse un poco, y nota una debilidad evidente en los brazos y las punzadas en la pierna. Son tal vez más suaves que al principio, pero va a tener que volver a acostumbrarse al dolor…
Espera… Se lanza el reloj contra la cara. “¡¿Veintitrés horas y trece le quedan nada más?!”. Vuelve a hacer las cuentas. Son las nueve y cuarentaisiete de la mañana. “¡Joder!”. ¡Tiene que ponerse en marcha YA!
“La primera vez será la más difícil”. Se empieza a repetir a sí mismo, y bombeando determinación y resignación a todo su cuerpo, se agarra con la mano que tiene a la barandilla y se incorpora entre destellos que sacuden su cuerpo de dolor. Cuando por fin está de pie, nota como le tiemblan las piernas y brazos. Está muy cansado… sólo quiere dejarse caer y volver a quedarse quieto. Le obsesiona comer algo y quedarse inmóvil. Tiene que hacer un esfuerzo constante, tambaleándose en la cabina, para no rendirse y dejarse arrastrar de espaldas a sentarse. Si no empieza a andar no podrá resistirse. Se agacha sin soltar el apoyo, saca y toma rápidos dos antiinflamatorios y un antibiótico, luego engancha la mochila pasando la bola por entre una de las asas y colocándosela con movimientos de hombros, cambia el apoyo a ese brazo y coge entre los dedos la correa de subfusil que se cuelga y se yergue listo para salir.
Un momento. Los susurros de sus sueños. Siguen ahí. ¿Lo han estado todo el tiempo?
Son muy leves, es como si los tuviera dentro, como si los pensara él. Sonidos inconexos, apenas articulados… incomprensibles… Casi como una cancioncita grave. Recuerda el miedo con que se levantó.
No está alucinando. No lo está. Hay algo. Algo lo causa. Se asoma fuera del cubículo, sintiendo una naciente taquicardia.
Pasillo vacío. A un lado las escaleras hacia el andén. Al otro las que suben a la superficie. Puede presentirlo… está ahí en algún sitio. Sigue algo mareado desde que se ha puesto en pie. Apoya el casco contra la pared y cierra los ojos reprimiendo las náuseas. Quiere saber dónde se encuentra lo que lo esté provocando… ¿Si es un nuevo tipo de anómalo o será cosa de los blancos también? O qué… Sólo le quedan cinco disparos… ¿Dónde estará?, ¿arriba o abajo?
Nota un pitido intenso en su cabeza que acompaña una fuerte jaqueca. De repente no está en él, se ha expandido, y puede notarlos como parte de sí mismo… Sobre él, en algún sitio, no puede ver formas, pero hay dos cosas pequeñas… son zombis, son él… y en otro sentido, en diagonal hacia abajo, hay algo… y es muy grande.
Abre los ojos que vislumbran la inminente pared. “Ostia… puta”. La jaqueca le queda residual… Recuerda la dirección que ha sentido… es el andén. Algo gotea hacia su boca. Levanta el cristal y comprueba. Es sangre. Está como para perder más…
¿Lo ha hecho él?, ¿lo ha hecho la cosa?
Se mueve. Muy despacio. Hacia el descenso; bajando luego peldaño a peldaño. Quiere comprobarlo. Debe seguir avanzando por ahí… sea lo que haya sido, ahora está advertido, al menos. ¿Lo que haya también lo habrá “visto” a él?
Se asoma a la esquina. No necesita buscar. En la plataforma contraria, de espaldas, inmóvil, hay un hombre. En su universo de grises de distintos tonos, esa cosa es el negro.
No puede distinguir contornos ni sombras en su cuerpo estirado, casi ni el volumen de la saturación del negro. Solamente una silueta humana larguísima y fina. Tal vez dos metros y medio de alta. Con piernas como espolones: raquíticas y ensanchadas en sus peanas. Hombros estrechos y cabeza redonda. Y sus brazos, delgados hasta lo esquelético, terminan en unos dedos alargadísimos, arrastrando por en suelo… No arrastran, arañan. Son zarpas acabadas en punta aún más oscuras que su impenetrable piel, y alrededor de ellas la luz forma un contorno atenuado, como si la absorbiera… Ya ha vivido lo que son esas cuchillas.
Los susurros son fuertes ahora; sigue sin entender pronunciación alguna, sólo tonos en sucesión, como un tarareo exótico o un torpe canto difónico.
Como si se hubiera perdido algo en un parpadeo que no ha dado, el ser ya no está. Pero su murmullo continúa, balbuceando en su pensamiento, no a través del aire. Busca. Sólo rotando los ojos, sin atreverse a mover nada, a permitir que ninguna parte de su cuerpo haga el más mínimo ruido. Sin saber si tiembla ya por debilidad o por miedo…
Y entonces, de nuevo sin causa, sin transporte, sin percibir el fotograma de su movimiento, vuelve ahí; en la misma posición…
Y unos segundos después deja de estar. Y después, está…
Se esconde tras la esquina. ¿Cómo se supone que va a cruzar con aquello en medio? Se plantea ni plantearse intentar dispararle en la nuca a traición. Nota el terror de la ignorancia… pero hay algo que si entiende: sus garras, y sólo ellas ya son algo a lo que debe tener miedo. “No… su andén, no el mío…”.
Como si tuviera mente propia y quisiera opinar, la barbilla le asesta una puñalada especialmente aguda.
No tiene sentido darle más vueltas. Debe salir por allí e ir por fuera. Sólo es una parada. Tal vez no sea tan mala idea después de todo. Podrá ver el aeropuerto mientras se acerca…
Tomándose todo el tiempo de precauciones que le hace falta, va regresando sobre sus pasos. Pasito medio cojo a pasito medio cojo. Midiendo pisar en el suelo sin hacer ningún ruido.
Cuando apoya la pierna herida en el último escalón, respira. Había dos zombis arriba. Estaban sobre su cabeza… por la altura cree que en la calle. Pronto podrá comprobarlo. No quiere pelear tan cerca de eso…
Cruza cansinamente los torniquetes. Escogiendo sin un criterio definido una de las salidas, por fin atisba luz.
—Desactivar visión nocturna.
Claridad de colores naturales… todavía en penumbra. Se acerca a los peldaños de piedra y aguanta un rato, dando un largo trago de agua mientras respira el suave tufo a sudor, sangre y orín que lo acompaña; esperando a que los ojos se le vayan acostumbrando.
Sale, dejando a su espalda el letrero solitario “Parque de los Países” de la parada.
Agradece el contraste del olor limpio y ligero del aire mientras ignora el frío que se le cuela por entre las partes húmedas de la ropa en sobacos, espalda e ingles. Hace un día nublado de blanco, luminoso sin embargo. Disfruta simplemente de tragar aire fresco. “Veintitrés horas y cuarentainueve…”.
Desde una de las bocas más cercana viene arrastrando los pies un hombre mayor, vistiendo un traje marrón hinchado de heces y una gorra oscura. Desde la otra, más distante, dos mujeres, una de ellas latina y delgada, la otra gruesa y de rostro irreconocible de heridas…
Conoce el parque que quedaría siguiendo la acera hacia el este. Y junto a él se encuentran las verjas del recinto ferial de la ciudad, lleno de banderas, naves y otros edificios; junto a un parking, con escasos vehículos aparcados… Pero… ¿hacia dónde queda el aeropuerto?
“¡Joder con la puta pierna!”. Los zombis se acercan. De verdad no va a disparar ni mínimamente cerca de esa estación.
Pensando en salir huyendo sin rumbo claro, no mucho más rápido que los zombis, sabe, se fija en una de las vallas… está tirada y doblada, de dentro a fuera.
El complejo es enorme y está desierto, con las puertas cerradas… pero… siente un atisbo de idea. Le merece la pena comprobarlo.
Cojea. Cojea hasta llegar a la parte derribada. Tiene manchas como de polvo negro sobre el metal. Podrían ser ruedas… grandes… Agarra uno de los tubos metálicos partidos y lo empieza a usar de bastón. Mejora mucho.
Saliendo del parking, siguiendo una vía asfaltada a izquierdas, va dando un rodeo al hall de cristal. Parece intacto… Uno de los zombis ha encontrado la forma de entrar siguiendo sus pasos. El resto se han agolpado contra la valla y ahora lo persiguen por fuera.
Sí. ¡Sí! Bueno, sin emocionarse, aún no está hecho. Ve tres camiones sin tráileres aparcados, y el hueco de uno en medio; todos ellos junto a una puerta metálica abierta.
Le toma como cinco minutos llegar desde el lateral hasta ella a su paso.
—Activar visión nocturna.
Se introduce en la oscuridad sin misterios. La puerta la han forzado. Es un almacén lleno de estanterías con cajas. Y en el centro, sobre unos soportes, dos contenedores alargados de chapa y cerrados. No se oye un solo ruido más allá de sus pasos y algún crujido tonto.
Parece haber oficinas, tanto a su altura, como en un nivel superior cuyas escaleras de acceso no encuentra a simple vista, en el laberinto de falsos pasillos.
La ventana del cubículo principal está hecha añicos y la puerta de madera entreabierta. Decide seguir los pasos de los que llegaran antes que él…
Empieza a rebuscar, primero por las paredes, luego dentro de los cajones, hasta que, tras un escritorio, ve uno con la cerradura reventada. Hay cinco llaves de vehículos; no querría haberse visto arriesgando los camiones intentando puentearlos. Coge una de las más grandotas, con botones, y se prepara para irse, dejando el resto guardadas. Ya volverá si no sirve para ninguno. No. Vuelve. Coge tres de las otras cuatro. Deja una sobre el escritorio más cercano. Otra dentro de uno de los cajones más a la vista que ya revisó, y la última decide sacarla para depositarla en una de las mesas junto a la entrada.
Pega un bote al dirigirse hacia allí. La muerta viviente latina, a apenas tres metros de él, da un par de tropezones algo enérgicos levantando sus manos en garra hacia sus hombros mientras gorgotea un famélico rugido. Se ha reactivado el dolor de su pierna por culpa de su salto asustado.
La golpea con todas sus fuerzas en la cara con la barra de hierro tirándola de lado y la suelta dejando que caiga haciendo ecos en la oscuridad, desenvainando el sable listo para apuñalarla.
—“¡Graaaariggg!”.
“Mierda”.
—¡Mierda!, ¡joder, iros ya a tomar por culo, pesaos!
Atraviesa de dos pinchazos cargando su peso en ellos el cráneo de la otra.
A sus gritos, responden otros, chocándose, parece, con decenas de cosas, en una carrera difícil de localizar.
Revisando un instante tener la retaguardia despejada, deja las llaves donde pretendía, envaina el sable saliendo sin dar la espalda al almacén y se descuelga el rifle.
Si puede evitar el enfrentamiento, mejor. Aprieta el botón de apertura con el mismo pulgar que agarra el mango del subfusil.
Unas luces parpadean. “¡Sí!”.
A saltos de una sola pierna, corre hacia la puerta. Sube a pulso con su brazo y pie buenos, causando que le tire el agujero del omóplato. Abre, se sienta lanzando la mochila al asiento del copiloto y cierra de un portazo.
Mete las llaves mientras mira los controles. Tres pedales y muchas posiciones en la palanca de la caja de cambios. Nunca ha conducido uno… pero no parece distinto de un coche… Lo jodido será hacer cambios de marcha… Arranca pisando el embrague y, cruzando su brazo sobre su vientre para manipularlo, busca y mete la “R”.
Acelera desembragando con tiento. El titán se pone en marcha yendo de culo. El gritón asoma y empieza a correr a por él. Aumenta la fuerza y retrocede rápido ganándole distancia. Frena. Sonríe. Coloca con paciencia la primera y acelera.
Noventa kilos de persona y carne multiplicados por siete metros por segundo se enfrentan a los cuatro mil kilos de camión y chapa multiplicados por ocho metros por segundo y medio. El gritón pierde.
Desrevolucionando el motor, dejando que vaya casi a su propia fuerza en la segunda marcha, va dando la vuelta para salir. “Veintitrés horas y dos minutos”.
El depósito está por la mitad. Su tanque es blanco y alto, y le encanta. Odia que vayan a teñírselo de rojo. Se censura recordando lo cerca que está del metro apretar el claxon un par de veces.
Ahora sólo tiene que buscar por las calles algún cartel que indique el aeropuerto. Hay un cartel que marca el rumbo a la M-11. Sabe que esa carretera conecta con él. Se deja guiar paralelo al parque.
Acelerar y frenar hacen que le den pequeñas punzadas en la herida. Muy súbitamente, el cansancio y el hambre vuelven a caérsele encima. Y el hombro, con el brazo constantemente en tensión o forzando posturas para llegar a los cambios, está especialmente tirante. A cambio nota la mandíbula algo más apaciguada.
Conforme va acercándose, va encontrando cada vez más accidentes. Sin poder maniobrar bien, los va embistiendo muy suavemente, apartándolos a un lado y otro. La máquina responde sin quejas.
No tarda en alcanzar la rotonda de acceso a la autopista. Saturada. No tanto como las de salida de la ciudad, pero imposible de circularla con nada… Sin embargo, se levanta un poco del asiento evitando forzar la pierna. ¡Sí! ¡Ahí está!
Son difíciles de distinguir, pero prestando atención se pueden ver unas naves a lo lejos que cree reconocer, pero además, unas muy leves manchas negras y largas en el horizonte no pueden ser otra cosa sino las pistas…
No parecen estar exactamente en la dirección que sigue la autopista indicada por los carteles para llegar, debe de hacer una curva más adelante. Sin embargo el puente que la cruza por encima sí apunta en la dirección…
Revisa todo lo incorporado que puede. Multitud de zombis están empezando a rodear su vehículo quieto. Mientras ninguno haga nada raro no le preocupan.
Juraría que lo que se interpone entre él y su objetivo son solo descampados secos rodeados de verjas finitas… ¿Podría ir campo a través?
No pierde nada por intentarlo… Pensar en andar los pocos kilómetros que habrá hasta le duele. El camión debería de rodar bien por entre baches pequeños.
El puente tampoco está despejado de vehículos, pero hay espacio entre ellos. Zigzaguear es imposible. Pone la primera, y tan despacio que la velocidad ni se marca en el cuentakilómetros, intenta que su amigo avance.
Chirría apartando y arrastrando los coches abandonados, rozando con ellos. Muchos con los cristales rotos y todavía ocupados…
Gemidos y gruñidos en procesión lo van siguiendo, golpeando y manchando su chapa; alguno que otro colándose entre las ruedas explotando o poniéndose entre su morro y el siguiente coche, siendo aplastado y partido en dos.
Lento, va cruzándola. Le lleva un par de minutos, con un par de atrancos en los que tiene que retroceder y cargar con velocidad, para deshacer los nudos compactos, intentando no pasarse tampoco con la fuerza de los impactos. El pobre hocico de su compañero está quedando como un cromo.
Despunta al otro lado del cuello de botella, saliendo a una rotonda casi vacía, habiendo dejado un generoso pasillo por el que circular. Sin pensarlo dos veces, aplasta una valla de tela metálica que tiene delante y se mete en terreno no asfaltado, obcecado en ir todo lo en línea recta que sea posible.
Enfrenta, apenas entra, una leve cuesta hacia arriba que acaba en una empinada pendiente. Trata de dejar que el motor y los frenos retengan su bestia todo lo que puedan, deslizando sobre la tierra malamente compactada.
El punto de inflexión de la curvatura, hacia llano de nuevo, se hace muy brusco y él bota violentamente varias veces en el asiento, destrozándose de dolor, pero por lo demás, la máquina parece indemne una vez se detiene por completo. Se pone el cinturón de seguridad y reanuda.
Baches, muchos baches cuyas ondas por su cuerpo siente demasiado nítidamente por varios metros, hasta llegar a un camino de arena prensada que agradece muchísimo. Por el desnivel, ha perdido de vista los hangares y pistas, pero convencido de que, a ojo, ese camino no se desvía demasiado, decide seguirlo hasta tener nueva confirmación visual.
Empieza a practicar, yendo muy despacio, el intentar cambiar de marcha con la mano de la maza, usándola como gancho para meterlas en dirección a popa, y una combinación del metal como tope y su antebrazo rozando como empuje para las de sentido proa. No funciona muy bien… pero lo hace al fin y al cabo. Tal vez con práctica…
El sendero acaba conectando hasta discurrir paralelo, tras el quitamiedos, a una vía de servicio que enseguida se une a la autopista. Sigue sin poder ver bien al otro lado, pero los hangares no pueden estar lejos ya. El problema es que está colapsada. Coches abandonados por todas partes, y no demasiado tupidos entre sí, no-muertos hasta donde le alcanza la vista, los más cercanos concentrándose hacia su camión. Tiene que encontrar la forma de cruzarlo.
Sigue circulando, creando un retardado eco en forma de onda de criaturas que lo persiguen. Cuatro o cinco corriendo a lo largo del kilómetro que alcanza a ver aproximadamente.
Pasa de largo un túnel que la atravesaba aprovechando un desnivel… seguramente un riachuelo ahora subterráneo o algo similar, lleno de gruesos árboles. Hasta su “compañero” tiene sus límites. Pero poco tiempo después, justo antes de una curva que empezaría a alejarlo por completo, ve otro mucho más diáfano. Está parcialmente inundado, pero en él apenas si hay troncos jóvenes y finos. Tal vez esos si pueda quebrarlos sin dañar nada importante…
Todo dependerá de que los tramos cuyo fondo no puede ver no sean muy profundos. No lo parecen. Necesita algo de velocidad, para poder partir las maderas y minimizar el riesgo de encallar; pero no tanta como para que un choque súbito llegue a ninguna parte crucial del vehículo… Prueba a intentar mantener veinte kilómetros por hora.
El morro parte la primera bolsa de agua, lanzando gigantescos filos hacia los lados. ¡No es profundo! Las ramas y cuerpos vegetales crujen y se parten a con estruendo. Algo le arranca el retrovisor derecho. Enseguida empieza a rodar fuera del arroyo, sobre una vía de tierra hecha por los surcos paralelos de ruedas durante años, entre dos diques grandes de hormigón. Pasa por debajo de cuatro puentes consecutivos y próximos desde los cuales llegan exclamaciones pesadas y sorprendidas. En una franja de baches oye chirriar el techo contra la roca de arriba.
¡Ha cruzado! Al frente, tiene otra mancha de agua mucho más grande que la anterior, a los pies de una especie de muro pequeño con aspecto de presa, y un poco antes de ambos, una rampa de salida de cemento.
La remonta y, apenas llega arriba y sube al ralentí un montículo lleno de arbustos, comprende. Está dentro del aeropuerto. Junto a la esquina de uno de los parkings, al lado de una carretera asfaltada interior, sin apenas coches en ninguna parte más allá de los aparcados, que se bifurca varias veces en un conglomerado de rotondas en varias direcciones y calles que se extienden hasta el horizonte de pistas.
Y el destrozo es épico. Reflexiona por primera vez, viéndolo, la mala suerte que tuvieron las personas que se encontraran en el aire cuando todo empezó.
Los edificios están devastados por segmentos, como si hubieran llovido meteoritos. Salas enteras de escombros se mezclan con fuselaje ennegrecido y frío que se extiende por todas partes entre pequeños cráteres y círculos de material, seguramente orgánico e inorgánico, calcinado. Y hay zombis allá donde mire, deambulando encerrados entre las vallas del lugar. Cientos. Puede que miles. Muchos ya rumbo hacia él. El terreno es gigantesco y eso hace que la red de criaturas no sea estrecha, pero sí gigante. Los gemidos y el hedor se cuelan por sus ventanas cerradas.
Bajarse del camión sería un suicidio. Y la barbilla escoge ese momento para volver a joderle con ganas. Apretando los dientes, empieza a moverse, al principio casi por hacer algo. Revienta una lámina del quitamiedos para al menos ir por camino pavimentado y dejar de lagrimar con cada meneo. Piensa qué hacer. Vagamente reconoce que está en la periferia de la terminal cuatro, no es un mal sitio para empezar; si su familia fue a buscar un vuelo a Bulgaria seguramente se dirigirían hacia allí, pero si el plan de su padre era robar una avioneta podrían estar en cualquier parte… De hecho, viendo como está todo, se pregunta si acaso llegarían a entrar. Pero no es posible que su padre se marchara sin volver a dejarle una nueva nota, si no está muerto, jamás lo habría enviado allí.
Rodando muy despacio, más y más cosas lo persiguen, rodeándolo cada vez más, entre un escándalo de chillidos de unas docenas de gritones que van desmarcándose hacia él. Tiene tiempo aún. Tiene tiempo aún. “Veintidós horas exactas”.
Lo mejor que puede esperar hacer es ir por los hangares… si tiene que meterse en las propias terminales andando va a ser intenso… No, no es viable meterse ahí dentro.
Empieza a proporcionarle más gasolina, intentando evitar que le cierren en un anillo completo de zombis y gritones. Se permite zigzaguear ligeramente, intentando arrollar a la mayor cantidad de dientes y uñas que tratan de clavarse en el capó.
Aun sabiendo la inutilidad de sus actos, da toda una vuelta rápida en torno a los aparcamientos de aviones más cercanos. La mayor parte de ellos están destruidos, y hay muchas ausencias que los han dejado casi desiertos. Al menos hasta la zona que conecta con el área de servicios y que está llenísima de criaturas… da un amplio giro volviendo sobre sus rodaduras.
Se fija en que la maraña antes dispersa se ha ido concentrando en una densa bola que lo persigue…
Empieza a convertir en mosquitos fusionados contra el metal a los gritones que se lanzan de boca hacia el radiador de la cabina, chocando a buena velocidad. Algunos de ellos no se lanzan contra el tanque directamente, sino que parecen simplemente esperar a que los sobrepase para volver a perseguirlo, evitando la muerte.
Rumbo al norte, al anexo. La primera cara de aeroplanos, está negra como de un incendio reciente. Por ahora, va atropellando con gusto a los zombis con que se cruza sin complicaciones, más allá de los baches leves que sacuden su maltrecho cuerpo.
Rodeando el complejo para inspeccionar los jumbos en la grada contraria, ve el lateral de un Boeing 737 con una pared pintada de letras grandes y sangrientas, descansando junto a una pequeña pila de cadáveres y un montón de no-muertos vivos enredando en sus ruedas. Son letras en cirílico, sólo unas pocas, construyendo la palabra “Danko”.
El corazón late. El dolor muere. Los ojos se empapan. La sonrisa se dibuja. Acelera muchísimo, acercándose. Ha llegado a un plan para encargarse de los problemas.
Espera a estar muy cerca de los zombis que acosan el avión, y justo antes de pasarles de largo, pulsa el claxon muy suave y rápidamente.
Las criaturas exclaman un “¡¿Aheii?!” colectivo y se despegan del aluminio hacia su máquina.
Frena. Vira espaciosamente y regresa. Observa los cientos de zombis que lo persiguen acumulados en un enorme frente. Impacta su silueta. Dos gritones más han goteado desde alguna parte.
Uno de los monstruos junto a su “vuelo” no lo enfrenta. Sólo observa silencioso sus movimientos.
Lo sea o no, decide que es uno de los que explotan. No puede matarlo tan cerca del fuselaje.
Se detiene paralelo a él a cierta distancia, dejando que le alcancen las criaturas más cercanas y se acerquen los corredores.
Pita. Pita insistentemente. El bicho sólo lo mira. Pasa un minuto. Hay varios muertos vivientes agarrándose a los hierros de su quita-zombis. Espera.
Sin motivo ni provocación alguna aparente, de repente el ser decide ponerse a correr frenético hacia él. Es uno de los que mencionó Adán, sin duda.
Acelera. Directo al cerco zombi como un bolo. Va comprobando con el retrovisor que le queda que el peligroso va tras él. También los chillones.
Abre un túnel de cuerpos humanos y sigue alejándose en línea recta. Tuerce a cien metros de todo y echa el freno de mano. Asoma el subfusil por la ventana y aguarda. Cinco balas para acertarle en la cabeza antes de los veinte metros.
Usa el filo de la puerta para apoyar con más solidez y se inclina sobre la mirilla. No hay prisa, ha de ser en el momento adecuado.
Sesenta metros. Cincuenta. Cuarenta… Primer eco de su disparo…
Treintaicinco. Treinta. Veinticinco… Segundo eco de su disparo.
Veinte… Tercer eco de su disparo. Frente. Muerte. Tres segundos. Explosión…
El ácido disuelve instantáneamente a uno de los dos gritones que intentan cazarlo. “¡Mierda!”. Si lo hubiera sabido podría haberlo intentado matar en medio de la bola de zombis.
Atropella al furioso que queda y decide poner en marcha su plan.
Bien distante del Boeing, empieza a dar anchas vueltas circulares alrededor de la enorme multitud podrida.
Las criaturas reaccionan fluyendo como una retrasada espiral, que hace estela de sus giros. Y desde el exterior, más y más se van sumando.
Poco a poco, sin detenerse en ningún momento, aplastando a quien se queda en la línea de su órbita cada vez más amplia, el horizonte se va despejando de no-muerte, y apenas queda ninguno desperdigado en esa área…
 Ahora, al ralentí, se los lleva como un bostezante ejército, hacia la valla más cercana, apenas un poco más velozmente que ellos para que no se dispersen.
Cuando los reúne casi junto a ella, se aleja unas decenas de metros acelerando, da media vuelta y empieza.
Embiste en ida y en vuelta, en un vaivén de aniquilación, aprovechando el asfalto de la pista de despegue para ir a entre cuarenta y cincuenta kilómetros por hora.
Las vísceras, los huesos, la sangre… salen despedidos por todas partes; muchos hasta sus cristales empapándolos. Algunos mutilados. Otros totalmente destruidos. Va barriéndolos en filas sin dejarles siquiera defenderse. Diez, veinte, treinta… sesenta… cien. Cuenta puramente a ojo sus bajas, fastidiado de no tener tiempo para calcular el número exacto.
La aglomeración va mermando lentamente. De repente, cerca del centro de la misma percibe, casi con visión periférica, como estalla por donde su trayectoria cortaría un grupito de cinco o seis zombis en un petardeo de carnes, huesos y pedacitos.
Da un volantazo muy rápido hacia la izquierda. Arrollando menos criaturas de las previstas, justo a tiempo de sentir un chirrido agudo en el límite de lo audible, que arranca en enormes surcos el casco delantero del motor y la puerta del copiloto…
¡Todo sigue funcionando! Su titán sigue respirando pese a tener las tripas al aire.
Ya no regresa a seguir aplastándolos.
—¡Cabrón de mierda! —Tiene muchísimas ganas de matarlo como una venganza personal, pero ahora hay cosas más importantes… y sus heridas le proporcionan el miedo suficiente como para ni plantearlo.
Conduce hasta pegarse al enrejado y lo espera, junto con el resto de las aún decenas, tal vez ciento y pico zombis, que aún le quedarían por matar.
El avión se encontrará a unos setecientos metros. Él tardaría en llegar un minuto a lo sumo… El blanco invisible… asumiéndole un ritmo de como mucho tres kilómetros por hora, unos diez… Ese será el tiempo del que disponga para abrazarse, besarse y explicarse con su familia, antes de largarse.
“Veinte horas y quince minutos”.
Nada más ve desaparecer a pedazos un par de ellos, arranca y a todo gas va hacia allí.
Se acerca usando el claxon. Reprimiéndo el impulso de saltar fuera pensando en su pierna, baja desescalando y apuñala en estocada desenfundada a un zombi de los avanzados del nuevo frente que está viniendo.
Se quita el casco y empieza a hablar en búlgaro, mirando a la puerta de embarque, gritando saludos.
Se abre. Y al otro lado está su primera hermana mayor. Le impide que salte con él y se ayudan para que suba, utilizando una escala de tela anudada. Le mosquea mucho no ver a nadie más.
Ella, muy sucia y casi tan maloliente como él, le cuenta que lleva tres semanas viviendo de la comida envasada del avión. Que papá se marchó hace dos, a la base militar de Ardor de Torre, a muy pocos kilómetros de allí, dijo que a por un helicóptero para ir a buscarlo a él; que tienen que esperar a que vuelva.
Le dice que mamá no lo ha logrado. Que fue mordida mientras intentaban llegar. Él intenta reprimirse un momento y luego decide que no le da la gana y astilla una de las ventanillas de buey con un puñetazo con su mazo. Llora tapándose la cara.
Y ni siquiera una mínima parte del rato que querría hacerlo. Que necesitaría.
Le habla a ella de las prisas, por la bomba y por el blanco… le pregunta si tiene el botiquín de papá. Ella asiente también llorando. Abrazada a su costado menos sucio y con la cabeza enredada a la suya. Pero no dice nada de su mano perdida.
Le pide que coja sus cosas y se marchen. Que por favor conduzca ella el camión…
Propone alejarse todo lo que puedan. Rumbo noroeste al principio, por terreno salvaje, buscando vías de tren que seguirán mientras conserven dirección norte o este y después, todo lo que lleguen por los sembrados hacia el este. Sin prisas; incluso si van a diez kilómetros por hora, tendrán tiempo. De sobra. Y cuando la ciudad estalle, buscarán a papá.
En el camión, le pide a ella que conduzca, dándole las indicaciones básicas sobre el manejo, sobre los baches, y sobre aplastar vallas y zombis. Él se abandona a una dolorida siesta de lágrimas silenciosas, entrelazando a tramos sus dedos a los de la hermana con la que nunca supo entenderse.



Sobre raíles en la nada, cubiertos por matojos. Lejos de poder ver cualquier edificio de la ciudad ni zombi alguno, se detienen. Ella, quejándose de nunca haber cosido nada que no fueran encías, toma el hilo antiséptico, el pequeño garfio para la piel del botiquín militar, y procede a coserle y volver a desinfectarle todas las heridas, mientras él sangra y chilla de puro blanco hasta desmayarse.



Y de repente, aguantando desde hace tiempo escozores mucho más calmados, un destello en el espejo. Después un estruendo imposible y ronco que hace vibrar suelo y cristales del camión.
Y además lleva las gafas de sol…
Saca un cigarro y le pide a su hermana, quien ha detenido el vehículo, que se lo encienda. Acto seguido, le indica que siga conduciendo por los baches de arados, saca la mano amputada por la ventanilla y se pone a disfrutar entre bocanadas de humo, siempre sin girarse, de ver crecer un hongo atómico en el retrovisor. Ha caído con cinco minutos de retraso…




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