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Zombi Volumen Aurora

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jueves, 15 de febrero de 2018

Volumen Aurora - Capítulo 4 - Libro de Diana (Episodio 11)

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Volumen Aurora:
Prólogo
Episodio 1 - Capítulo 1, Libro de Danko
Episodio 2 - Capítulo 1, Libro de Álvaro
Episodio 3 - Capítulo 2, Libro de Andrea
Episodio 4 - Capítulo 2, Libro de Diana
Episodio 5 - Capítulo 3, Libro de Merlo
Episodio 6 - Capítulo 3, Libro de Carla
Episodio 7 - Capítulo 3, Libro de Hugo
Episodio 8 - Capítulo 3, Libro de Álvaro
Episodio 9 - Capítulo 4, Libro de Adán
Episodio 10 - Capítulo 4, Libro de Danko
Episodio 11 - Capítulo 4, Libro de Diana
Episodio 12 - Capítulo 5, Libro de Esteban  
Episodio 13 - Capítulo 5, Libro de Álvaro
Episodio 14 - Capítulo 5, Libro de Hugo  

       

Capítulo 4 – Here be dragons
"Now I am become death, the destroyer of worlds" – J. Robert Oppenheimer.






Libro de Diana
22/11/2012; 21:33 – Buenatarde                          Población humana viva: 1.812.228.047



Con las rodillas recogidas entre sus brazos, extiende la mano izquierda y vuelve a observar la palidez de sus dedos y sus uñas ennegrecidas, bajo el único filo de luz nocturna que entra por la persiana apenas alzada. Recuerda el día de la bomba.



Álvaro madrugó mucho más que ella y al cabo la despertó e invitó a subirse al tejado con él, orientados hacia el sureste. Le prohibió mirar en ningún momento hacia otro lado hasta que él la avisara. Sabía que corría riesgo de quedarse ciega, no era necesario que se preocupara. Tampoco que la avisara… no se demoró mucho el inquietante destello que, aun de día, se reflejó en todas las ventanas del pueblo tras los árboles y brilló contra todas las paredes de cal blanca. Tal vez minutos después, llegó el terremoto leve, vibrante, y después el estruendo. Como un trueno, muy grave y muy largo, uno que pareciera no ir a cesar nunca; al principio creciendo de volumen en vez de apagándose, luego alargándose suave como un avión que volara bajo…
Para entonces por fin se levantaron y cambiaron al agua del tejado que permitía contemplarlo. Llenando el horizonte al oeste, un tronco de humo blanco anillado volaba y crecía lentamente, y muchas torrecitas pequeñas y curvas como funciones logarítmicas a su alrededor. Pasaron muchísimos pájaros en dirección contraria y, cuando casi estaba callándose el estruendo, llegó otro eco mucho más suave, como una corriente de aire sin viento, desde el norte. Allí, muy lejos, una delgada línea negra, desproporcionadamente ancha en la parte alta, se distinguía contra la línea de copas de árboles y el cielo…
Recuerda coger la mano de Álvaro, sentado a su lado. Estuvieron mucho tiempo callados. Pero se sintió mucho menos triste de lo que esperaba. Realmente no pensó en demasiadas cosas… solo seguía a su lado, por si él sí estaba reflexionando, por acompañarlo si la necesitaba… A lo mejor él estaba igual que ella.
Fue muy curioso que lo primero que le dijera fuera que había cierta belleza terrible “en aquella cosa”. A ella también se lo pareció y volvió a sentirse sobrecogida por la escala de la humareda, como cuando se mira demasiado tiempo al cielo nocturno… Y ahora a lo mejor va a morir… y la muerte no le parece terrorífica… sólo… enorme.



—Tranquila… no le des vueltas… Yo también… ya se nos pasará… si no va a más… se irá —susurra.
—Álvaro… —Lo mira y se abraza a su espalda llorando—. ¡Tengo mucha hambre! —exclama en voz baja.
—Yo también… yo también… —El cuerpo de su amigo se gira recibiéndola y una mano acaricia su cogote…
Se acuerda del dolor de cabeza… de los zombis…



Toda la mañana de la explosión fue tranquila… muy silenciosa. Anecdóticamente, vieron caer desde el cielo “cosas”. Fragmentos de algo quemado. Nada aterrizó cerca de ellos, y la lluvia apenas duró un par de minutos. Pero después de comer llegaron los primeros gritos. Por la ventana vieron llegar cinco o seis gritones empapados, desde el pueblo, por los caminos y entre los árboles, chillando, en dirección al gigantesco pilar que se había vuelto negro.
En cuanto hubieron cruzado, corrieron a cerrar todas las puertas, ventanas y persianas, dejando solamente pequeños filos abajo. Y después los gritones llegaron por cientos.
El miedo le regresa al cuerpo como un dolor que volviera a excitar. Al principio pasaban de largo la casa. Era increíble verlos en un número tan grande. Los ecos de sus rugidos asfixiaban desde todas partes cualquier otro sonido de la noche. Y entonces, no sabe por qué, uno de ellos se puso a dar patadas a su puerta.
Y los cercanos lo acompañaron; y enseguida tenían a lo mejor treinta de aquellas cosas golpeando los muros. Los oía por el tejado y por las paredes. Dispararon contra las paredes y las persianas desde fuera… dispararon… y los cristales estallaban aquí y allá. Iban a entrar y los iban a devorar…
Y entonces se fueron… Y sabe por qué se fueron… Llegaron los zombis, los lentos, pero entre ellos, el dolor de cabeza. Algo entró a la planta de abajo y cruzó de largo destruyendo los muros.
Y no estaba solo. No sabía cuántos había pero pudo escuchar los cortes, espaciados en el tiempo, a veces árboles, a veces carne, a veces las paredes de su casa y de otras… Y prácticamente en toda la madrugada no cesó el dolor de cabeza. Poco recuerda de aquella noche más que retorcerse por los suelos; mareada, hendida en las sienes y frente, vomitando cada poco igual que Álvaro.
Las marcas de su hiel todavía están en la madera del cuarto, que apenas han abandonado ni se han atrevido a limpiar a fondo y ventilar. En algún momento, no obstante, su cuerpo debió rendirse al sufrimiento. Desconoce si se durmió o se desmayó.
A la mañana, ella y Álvaro estaban pálidos, ojerosos y malolientes, y los zombis seguían vagando… No en grandes frentes, dispersos aquí y allá, todos hacia el mismo sitio…
Al mediodía llegó el segundo gran grupo. La planta baja estaba destrozada, aunque al menos las escaleras también, y tal vez eso evitara que hubieran subido no-muertos al atravesar su finca.
Primero pasaron corriendo los gritones… había habido alguno a lo largo del día, pero esa vez eran manada de nuevo. Tal vez más pequeña que la anterior… Encerrados tras una única puerta estrecha entre ellos y el mundo muerto, suplicó que no les descubrieran otra vez…
Después hubo cierta quietud rota por zombis atolondrados hasta el ocaso. Y llegó aquello…
No lo vieron… sólo lo sintieron. Tal vez a mitad de noche le despertó Álvaro moviéndose. Estaba junto a la ventana buscando y ordenaba guardar silencio. Algo muy pesado se movía. El suelo retumbaba con sus pisadas y respiraba profundo. Fuera lo que fuera, anunció su desaparición con un estruendo de decenas de árboles resquebrajándose, alejándose.
Durante el almuerzo siguiente llegó el grupo rezagado de aquella nueva ola. Álvaro mencionó que creía que estaban viendo ciudades moverse… que esas concentraciones debían de ser los zombis de las ciudades más próximas, en línea con ellos y la explosión. Que temía que fuera a seguir pasando…
Y entre los bobos y lentos, había más invisibles. La agonía era insufrible, las chiribitas llenando por todas partes cuanto veía, la cabeza palpitándole, el atontamiento espeso… Una habitación entera de la planta de arriba se desplomó cuando alguno de ellos cortó las paredes bajo ella. La pared de su cuarto se agrietó amenazadoramente…
Para cuando hubieron marchado y el frío oscuro e invernal se coló, se instaló en ella el hambre. Devoraron ella y él comida de la que tenían en el cuarto, sin quedar saciada aun cuando le empezó a doler la tripa y su cuerpo se sentía pesado, hasta que él ordenó que pararan. Que esa hambre no era normal… que habían sido esas cosas, que ya le pasó, que a lo mejor toda la comida que les quedaba para el futuro era la que tenían allí.
Al despertarse tenía una acidez terrible acompañada de un dolor agudo de estómago sobrecargado… y todavía hambre… hambre que ha seguido con ella todo el día… apaciguándose lentamente. ¿Así se sentirán los zombis?



—Yo también tengo hambre pequeña, yo también la tengo…
—Quiero que se acabe ya…
—Lo hará… Tranquila, recuerda que yo ya he estado así… si no nos volvemos a exponer pasará…
—¿Y si vuelven a venir?, ¿una tercera ola? ¿Y si vuelven a pasar blancos,…?
—Tenemos que irnos antes de que eso ocurra…
—¿…vamos a convertirnos en ellos?
—No, ni hablar.
Se aparta de él, volviendo a darse cuenta súbita de lo que no quiere aceptar.
—A lo mejor podemos quedarnos… A lo mejor ya ha pasado…
—Ya lo hemos hablado… Ya no queda nada aquí… no queda pueblo… ni gente, ni casa. Ya no queda casa, ni nada… lo siento.
—No me quiero ir…
—Ni yo…
Guardan silencio breve hasta que él lo rompe.
—Quería esperar a movernos a que el hongo hubiera desaparecido. Es lo que los está atrayendo… creo que cuando lo haga empezarán a disgregarse… Mañana a primera hora, si ya no está, nos vamos. Duerme…
—No puedo, tengo hambre… —Se siente por un momento como si se estuviera comportando caprichosa y se avergüenza, pero tiene hambre…
—Lo sé, lo siento… —Reprime con todas sus fuerzas suplicarle que le deje comer un poco.
—¿Dónde vamos a ir? —Se desliza hacia su colchón, a tumbarse doblada para intentar llamar a un sueño que no llega. La habitación la estrangula y a la vez teme salir de ella.
—No lo sé… Al este. Lejos de esto.
—Todo va a estar igual…
—Puede… No, todo no.
—¿Qué?
—No lo sé… tenemos que ir lo suficientemente lejos como para que no se haya sentido la bomba…
—¿Dónde?
—No lo sé, al este.
—¿Pero dónde?
—No lo sé Diana, lo siento… tal vez podamos cruzar el mar, yo qué sé.
—¡¿Cómo vamos a cruzar el mar?!
—¡Joder que no lo sé!
—¡Vale Álvaro! Vete a la porra… —termina susurrando.
Silencio. Llora.
—Lo siento Diana.
—Yo también —solloza girando a mirar a su amigo.
Él baja de la cama y le da un abrazo. Apesta. Le da igual. Se aprieta con él. Le hace una pequeña mueca con un labio que le hace sentirse un poco reconfortada, mientras vuelve a su sitio.
—Además —empieza levantándose a mirar por la ventana, como buscando—, me preocupa una cosa… he oído hablar de la lluvia radiactiva… no lo había pensado antes… o no quería pensarlo… pero ya no hay casa. Quiero que nos alejemos de esto cuanto antes. Cuanto más al este mejor.
—Vale… al este.
—Sí.
—Vamos a lograrlo.
—Claro que sí.



Echa un último vistazo a los escombros de la casa, su casa… en cierto sentido, mucho más “su casa” que aquella, seguro calcinada, de sus padres. Sus padres… ¿sus padres?  Recuerda la cara muertaviviente e inexpresiva de su madre. Fría, profunda, sus dientes tratando de alcanzarla… ¿pero cómo era su cara antes?
Se obsesiona en intentar recordarla mientras camina rumbo al pueblo, al lado de Álvaro, sin lograr que vuelva del todo; cuando piensa en una parte de ella es como si se le escapasen las otras, como si no pudiera verla al completo.
La despierta un golpe amistoso en su hombro. Álvaro la está mirando. Ella le devuelve un empujoncito y un intento insincero de sonrisa sincera. Él tampoco consigue que ella se crea la suya. Pero de repente, lanza un dedo hacia su costado y le hace cosquillas.
Se las devuelve mientras da una pequeña carrera jugando, intentando evitar que pueda atraparla.
Mira hacia atrás conforme llega a su lado. Él también mira. Su casa está ya lejos sobre la pequeña cuesta, prácticamente desmoronada, y la rotonda de entrada se les echa encima. Un par de zombis desde los campos y otros tres de una de las calles exteriores han comenzado a ir hacia ellos. Los dos los ignoran y ríen jugando a su improvisado pilla-pilla hasta empezar a subir la primera callejuela entre casas deshechas. Aquella en que hace unos días estuvieron divirtiéndose probando el arma que Álvaro había fabricado.
—Vamos a concentrarnos a partir de aquí. Cualquier cosa podría haberse quedado atascada entre las casas. ¿Vale?
—Vale…
La mayoría de las viviendas están destrozadas. Algunas se han desplomado enteras, otras tienen tabiques arrancados y huellas de zarpas aquí y allá. Y la mayor parte de los cacharros, algunos muebles, ropas, de todo…, ha sido esparcida a las calles y desordenada por todas partes, supone al paso de los zombis por entre los hogares expuestos. En el horizonte que dejan atrás solo queda un informe nubarrón en el lugar donde antes estaba la apocalíptica columna de mármol gaseoso.
Al menos, al levantarse sentía un apetito normal; se han concedido desayunar con cuidado y ambos han corroborado quedar satisfechos… como humanos. El color ha regresado levemente a las mejillas de su compañero y él le ha dicho que ella tiene mejor aspecto también. Aunque sus manos siguen igual, y en él siguen las profundas y malsanas ojeras, con ojos amarillentos en la profundidad…
Revisa mentalmente, con pena, lo que han podido cargar de cuanto tenían y aún quedaba intacto… Por suerte la mayoría de las cosas las habían ido dejando arriba, menos la mayoría de la comida…
Ella escogió vestirse con una gruesa chaqueta de cuero marrón dura y que apenas le queda grande, con pelo ocre alrededor del cuello, generosa en bolsillos. En uno de los del vientre ha guardado cuatro balas. Guantes a juego en material y color. Alrededor de las mangas ha tenido la idea de enrollar revistas de caza del viejo y sujetarlas con la cinta americana de él, que pese al mal talante por marcharse no ha dejado de elogiarle la idea. La elogia tanto… pero le gusta ver que se pone contento haciéndolo, así que le deja. Él ha seguido usando las placas de madera que ya tenían fabricadas.
A las piernas su nueva prenda favorita, unos pantalones de camuflaje militar verdosos y algo elásticos, que fueran de quien fueran, le quedan como un guante. Le ayudan a sentirse como una tía dura.
En la cintura, él le ha cedido su cinturón porta herramientas y lo ha llenado con cuatro cartuchos rápidamente accesibles, unas tijeras para chapa y alambre, uno de los cuchillos de caza grandes, el teléfono móvil apagado, con batería nueva, dentro de una funda de tela para walkie-talkies y la granada negra.
A los pies, unas botas oscuras de montaña, solamente un número más grandes que su pie, y en la derecha doblada, por indicación de Álvaro, una pequeña navaja simple a la que no termina de acostumbrarse.
Se ha recogido el pelo en una coleta cómoda y adaptado las gafas de bucear para que, de momento, vayan como una cinta de pelo adicional hasta que las necesite. La boca se la ha envuelto con un pañuelo verde oscuro.
A parte de la camiseta de algodón denso, de cuello y mangas largas que se ha puesto, ha doblado otras cinco en una mochila de senderismo. Cinco braguitas y cinco pares de calcetines más a parte de los puestos, también. Además, sus pantalones vaqueros y el abrigo verde y negro que le han acompañado desde el principio… le gustaría no perderlos. Después de pasarle cuatro cartuchos a Álvaro por si tenía que usar él la escopeta rápidamente, guardó los otros cuarentaicuatro que todavía les quedan en sus dos cajas. Dos latas de verduras, una bolsa de patatas fritas, dos tabletas de chocolate, y una botella-garrafa de cinco litros de agua. Luego, dos cajas de compresas, dos de calmantes-antiinflamatorios, una de antibióticos, un rollo de vendas, un paquete de gasas, el bote de alcohol, hilo y aguja de coser de primeros auxilios, una pastilla de jabón en una cajita de plástico azul, un cepillo para el pelo y otro de dientes y un rectángulo de dentífrico. Finalmente, uno de los dos cuchillos para desollar y su baraja de naipes.
Paralela a la cincha derecha de su macuto lleva colgando, recta por su correa, la escopeta, descansando en su hombro. Menos mal que estuvieron entrenando un poco… aun así se le antoja mucho peso si la marcha se les alarga, aunque por otra parte, irá aligerándose gran parte de lo que llevan… cree que se han dejado llevar un poco, no queriendo renunciar a todo lo que habían atesorado…
Álvaro sigue llevando su gabardina, sus gafas raras, su bufanda, sus vaqueros con cadena, atada a la navaja, y sus botas; también con el pelo recogido. Sabe que, de comida, ha guardado dos kilos de arroz, cuatro latas de guisos precocinados, cuatro pequeñas de fruta en almíbar, cuatro espetecs, otras dos chocolatinas, leche en polvo, sal, y agua como ella; y de bienes médicos más o menos lo mismo; porque esas decisiones las tomaron juntos. Pero desconoce el resto de cosas que haya echado… Lo vio meter un rollo de alambre y el hacha pequeña, pero de hecho, se tomó mucho tiempo decidiendo entre cachivaches mientras ella iba recogiendo comidas. También lleva la guía de carreteras, según le ha dicho arriba del todo, para irla consultando. Su saco parece más pesado que el suyo… y por supuesto, en una mano carga el maletín de la cachimba.
De su cinturón de cuero, cuelga el otro cuchillo de caza y el martillo, y ahora va caminando usando su arma de bastón… Si van a recorrer mucha distancia agradecería encontrar ella también uno. Casi empieza a tener hasta calor.
Se sacude la cabeza con brusquedad, dándose cuenta de estar concentrada recordando, y no concentrada mirando. Álvaro le estruja atento un omóplato y siguen caminando a ritmo sigiloso, asomándose a las esquinas antes de pasar por delante de ellas. ¿Qué harán para cruzar el estanque que les han dicho que había en aquella dirección?, ¿los zombis habrán nadado?, ¿pueden? Ojalá y no hubieran partido su coche en dos…
—Deberíamos buscar un coche —susurra.
—Sí. Pero creo que mejor cuando nos hayamos ido de aquí… ojalá y haya alguno abandonado en las carreteras o lo que sea… No me fío de seguir entre casas ahora mismo…
—¿Por la gente?
—Por lo que sea…
—Vale, como quieras…



Llega un momento, sobre todo cuando van cruzando a la vertiente contraria del poblado, en que se hace difícil siquiera reconocer las calles. La iglesia se ha derrumbado por toda el área del campanario, quedando apenas vestigialmente en pie la fachada de la entrada principal. Ya son dos decenas de no muertos los que les persiguen. A menudo tienen que darse alguna carrerita, rodeando en los últimos momentos a alguno que les corta acercándose de frente. Al menos sólo parecen quedar de los normales… ¿Qué harán si se cruzan con una de esas oleadas?, ¿lo tendrá Álvaro pensado también?
No sabe si es que le gusta hacerse el interesante o si es que lo piensa todo sobre la marcha… No, está claro: las dos cosas.
Poco a poco van abandonando las áreas de escombros y adentrándose en el campo llano. Las parcelas divididas por caminos de tierra los acompañan, y no tardan en dejarse ver los reflejos azules del agua.
—Álvaro, ¿sabes cuánto de ancho es el estanque?
—No, ¿tú?
—No…
Callan por varios pasos.
—¿Vamos a buscar rodearlo?
—No sé… quería acercarme a ver cómo es… ¿Cuánto mide por la costa si no?
—No lo sé… Pero hace frío… —Las nubes se están despejando, pero si acaso, es en un anticiclón helado…
—Ya…
Callan.
—¿Entonces?
—No sé…
Callan.
Cuatro o cinco kilómetros más tarde, con el grupo de caminantes más lento que ellos apenas visible en su retaguardia, llegan al nacimiento de un breve cabo que se adentra en la masa de agua, de tal vez cien metros a lo sumo.
La costa contraria se ve lejana, puede que a trescientos metros o más. Pero ni hacia el norte ni hacia el sur se divisa el fin del lago.
—¿Qué hacemos?
—Podemos tardar una eternidad en bordearlo.
—Ya.
—Es que no sé cuánto hay para el sur. Al norte estaba cerrado, ¿no?
—Creo que sí…
—Ya… —Álvaro se rasca la nuca.
—No querrás nadar, ¿verdad?
—Ni de coña… Pero puede que no haya de otra…
—¡Estará congelada!
—Mira a ver…
Acerca su mano agachándose en una de las orillas. Fría. Muy fría. Fría como si fuera nieve líquida.
—¡Está helada!
—Ya…
Álvaro se sienta en una piedra, mirando hacia la tierra tras el agua. Los zombis siguen acercándose… ¿sería posible luchar contra ellos? Nunca se ha atrevido contra tantos…
—¡Está bien! ¿Cruzamos? —La mira con una sonrisa extraña.
—¿Qué?
—Sí, ¿que si cruzamos?
—¿En serio?
—Yo qué sé… no me apetece dar una vuelta eterna… ni cruzarnos con una tercera ola sin sitio al que huir por culpa del estanque, en un cabo como este…
—¿E intentar hacernos con un coche?
—¿Volver al pueblo?
—Sí…
—“¡Buff!”. Hemos alertado a casi todo lo que habría allí.
—Ya…
—No sé… puede ser… —Saca el mapa de carreteras y empieza a pasar páginas buscando.
—Date prisa… —Se siente incómoda… si los otros se acercan demasiado a la entrada del cabo no habrá forma de salir sin pelear.
Álvaro no contesta por un buen rato, más allá de mudos ruiditos de soliloquio interno.
—¿Álvaro?
—A ver… según estoy entendiendo esto… creo que tenemos un pueblo cerca, al este de esto…
—¿A ver?
Se acerca a comprobar los planos con él. Los mapas que les afectan están repartidos en varias páginas así que es ciertamente difícil componer una imagen mental clara de todo.
—A ver, esto es esto, ¿no? —Indica él una parte que parece presente en sitios distintos de dos páginas diferentes.
—Sí, creo que sí…
—Entonces esta carretera debe de ser aquella…
—Sí…
—Pues no lo sé… ¿qué debe de ser esto?, ¿treinta kilómetros? —Recorre con el dedo el perfil del lago que figura partido en tres caras, separadas por algunas entre medias…
—No sé, puede…
—Nos llevaría todo el día andarlo…
—Ya, no, yo digo de coger un coche en el pueblo…
—¿Y luego ir a la A-40?
—Sí, ésta de aquí…
—¿Tú has visto coches sanos por el pueblo?
—Alguno…
—Ya, alguno… Pero no tenemos las llaves… Habría que buscarlas por escombros…
—Sí eso sí… Álvaro, empiezan a estar cerca…
—Ya, los veo, los veo…
—Tenemos que hacer lo que sea ya…
—Sí, sí, “joer”. Pero…
—Yo qué sé…
—A ver, yo creo que si volvemos al pueblo vamos a tirarnos todo el día buscando, a lo mejor para nada…
—Pues volvemos a casa…
—Ya bueno… preferiría no arriesgarme a que pase otra horda…
—Pero podemos cruzarnos con cualquiera yendo hacia el este también.
—No, mira. Abre por una página de las más generales. A ver… yo creo… no lo sé… pero es que es lo mejor que tenemos… Piensa de dónde puedan venir los zombis… Yo creo que la primera que vimos era una puntita de la de Cuenca —Coloca el dedo sobre el punto anotado—. Por eso aunque estaba más cerca había menos… no estábamos muy en línea recta…
—¿Entonces la segunda crees que era de Teruel? —Entendiendo la idea indica ella la otra ciudad.
—Exacto…
—¿Han cruzado toda la sierra?
—No creo… Debe haber un montón en las montañas ahora mismo…
—Ya… Y entonces si nos quedamos…
—Castellón.
—…Castellón.
—Exacto.
—Por eso no te convence tampoco mucho ir por la A-40 aunque pudiéramos…
—Estaríamos muy en línea… y si vamos muy al sur podríamos incluso encontrarnos con lo que venga de Valencia…
—¿Todo esto ya lo habías mirado?
—Sí…
—¿Cuándo?
—Anteayer… ¿por?
—¿Y por qué no me has dicho nada?
—Ah, no sé… ¿te molesta?
—Un poco…
—Lo siento… Pero no había hecho ningún plan ni nada tampoco… sólo… estuve pensando un poco…
—No sé, comparte estas cosas conmigo, ¿vale?
—Vale… De todos modos… —Silencio.
—De todos modos, ¿qué?
—Nada, nada.
—¿Qué?
—Que no, que era una mala idea, mi boca iba a ir más rápido que mi cabeza.
—¿Qué?, jopé Álvaro, dímelo.
—¡Ay! Nada… iba a haber dicho que podías haberlo pensado tú también.
Silencio…
—Vete a la porra.
—Joer… ¡no seas injusta! ¡Me he arrepentido incluso antes de decirlo!
—Pero lo has pensado. —Joder, que se vaya a la porra, ¿no? Ahora que justo empezaba a sentirse un poco cómplice de estar haciendo un plan con él…
Empiezan a oírse muy suaves los gemidos que, en el silencio acuoso de la pequeña playa, llegan desde su séquito. Él la mira bastante preocupado, casi entristecido, casi le da pena.
—Vale, perdona… a lo mejor me he pasado un poco…
—No, siento que te haya sentado así… intentaré decirte en lo que ande pensando.
—Entonces… tu plan ahora sería ir un poco por aquí, ¿no?
—Sí. Bueno; un poco más hacia el norte… evitar la sierra de Cuenca…
—¿Andando?
—O en coche… eso da igual.
—Mejor en coche…
—Sí, mejor…
—Pero los de Castellón a lo mejor se han ido hacia Barcelona…
—A lo mejor… No sé… ¿La mitad? Pero, ¿y si nos quedamos y vienen? O si nos los cruzamos por ahí…
—Ya…
—Vale… pues entonces si los de Teruel llegaron ayer cruzando la sierra… no deberían tardar mucho más ya los otros… Por eso no quiero dar el rodeo tampoco…
—Ya, ya…
—¿No te parece bien?
—No, sí, a ver, tiene sentido…
—Es que no lo sé…
—Ya, yo tampoco. Perdona… vale… Pero es que está congelada… ¿cómo quieres hacerlo?
—Pues… —Alarga mucho la “e”. Parece algo más animado. No le gusta hacerle sentir mal. Su tono juguetón le hace sentir alegre a ella también, ya se imagina lo que le va a decir…—. Vamos a tener que desnudarnos… meter todo en la mochila… y nadar.
—¡¿Qué?! —Exagera su sorpresa y, sólo un poquito, su pudor.
—Como se nos moje la ropa nos morimos…
—Pero…
—Yo creo que no hay otra.
—Pero… ¿enteros?
—No sé… ¿Sí? Quiero decir… al otro lado hay árboles… al cruzar podemos intentar hacer un fuego para secarnos nosotros… pero si esperamos a que se seque la ropa… no vamos a haber ganado mucho…
—¡No quiero que me veas desnuda!
—Vale, ¡pues no miro! ¿Qué quieres que te diga?… —ríe—. ¿O prefieres ponerte las bragas mojadas?
—No…
—Pues ale, que al final van a acabar llegando esos…
—¿Y si… —de repente se le ocurre la idea y siente un miedo casi como si se hubiera tirado ya al agua congelada—…hay alguno en el agua?
—Pues… —Esta vez su pues no suena nada juguetón— A ver… si hay alguno, será que está atrapado, ¿no?
—¿Supongo?
—El agua está clara… ¿Sabes nadar bien?
—Más o menos.
—¿Podrás nadar recta y sujetar la mochila sobre tu cabeza?
—No lo sé… Creo que sí.
—Iré yo delante, intenta ir todo lo tumbada que puedas sin sumergirte, ¿vale?
Asiente susurrando un gemidito preocupado.
Sin dejarla mentalizarse apenas, ni de ir a desnudarse, ni de los zombis, él ha abierto su mochila y ha empezado a quitarse la ropa, casi con teatral seguridad… Aunque cuando llega a los calzoncillos, cree atisbar una pizca de vergüenza que se le ha escapado del disimulo.
Ella sigue sin haberse quitado nada.
—¡Ve tú delante, y ni se te ocurra darte la vuelta! —Se desabrocha la chaqueta.
—Vale, vale —ríe, y se quita los calzoncillos de un movimiento brusco.
Ella profiere un chillidito afectado y se tapa los ojos con las manos al tiempo que ladea la cara, agravando aún más sus carcajadas. Sin embargo, en cuanto entrevé por un pequeño resquicio que él encara el problema con la cabeza y suspira, seguramente por lo que se avecina, se atreve a apartar un poquito más los dedos y echar un furtivo vistazo.
¿Es la primera vez que ve un pene adulto en persona? Puede que de pequeña viera el de su padre… o alguno en la playa… no está segura. Se le antoja extraño. Apenas lo distingue,  oculto  entre el cuerpo girándose del amigo y el vello, como una morena ocultándose en su cueva.
Ríe un momentito para sus adentros y empieza a desvestirse con una idea traicionera en la cabeza…
Quedándose sólo en bragas y sin sujetador, la camiseta de algodón recogida hasta las costillas y anudada, lo acompaña en la retaguardia.
Él se da una carrera hasta la orilla, se detiene unos segundos, y después, gritando, se lanza aún con más energía, empezando a salpicar agua con grandes zancadas.
—¡QUÉ… PUTO… FRÍO! —Ella ríe, autocompadeciéndose de que, ahora, también le va a tocar…
Traga saliva, respira con fuerza y, concienciada de que mejor pasarlo cuanto antes, abraza su pesado equipaje y se lanza al trote a nadar en su estela.
—¡Qué puto frío! —corrobora, saboreando la palabrota. Y empieza a tiritar, sin ninguna protección contra el aire ni el agua.
Se vuelve profundo enseguida; Álvaro, abriendo el camino, nada torcido, sujetando con una mano su saco con el maletín atado a una cincha, e impulsándose con las otras tres extremidades, parece que intentando sondear el fondo.
—¡No tragues agua! —le dice desde el frente.
Cierto… por un momento piensa que es alguna clase de broma respecto de que no se ahogue, pero entonces cae en la cuenta de que puede estar contaminada.
Ella está yendo todo lo tumbada que puede, con la nuca en ángulo con la espalda, mojándose la barbilla y tratando de evitar a toda costa que se le empape el pelo, debería cortárselo…; se propulsa sólo con las piernas, usando ambas manos, extendidas frente a ella, para sostener la mochila, que aun así se está humedeciendo por abajo.
El frío es inenarrable, de hecho se le hace tan atroz que, como si sus nervios se rindieran a él, deja de notarlo casi al instante, y solo le queda un malestar blanquecino generalizado. Todos los poros de su cuerpo parecen haberse contraído en desesperada defensa.
Tal vez pasada un poco la mitad de la distancia, Álvaro se detiene y empieza a sólo sostenerse. Su mochila parece tener el culo calado, igual que la propia que se ha resignado a dejar deslizar sobre la superficie, incapaz de elevarla del todo sin hundirse ella misma.
De repente empieza a trazar una larga curva y advierte señalando con un dedo bajo el agua, acompañado de palabras de “cuidado ahí”.
Ella empieza a acortar, siguiendo la que va calculando será su nueva ruta, imaginándose lo que ha visto; aunque no tarda en divisarlo también. Zarandeándose la imagen con los leves vaivenes cristalinos, en el fondo, hay una persona. Parece hinchada, aunque es difícil reconocer sus rasgos. Lanza lentos zarpazos distantes. No sabe muy bien contra qué estará enganchado… incluso juraría que sería posible pasarle por encima sin riesgos, pero sabe que el agua puede hacer engañoso el medir distancias.
En cuanto Álvaro empieza a poder andar en vez de bracear, siente casi hasta un arranque de celos y aprieta con vigor redoblado el ritmo, echándosele de golpe encima todo el frío bloqueado. Casi agradece haberse acostumbrado a ducharse con agua fría todo ese tiempo, y las mañanas de ejercicio con su amigo.
¿Cuánto han estado ahí?, ¿diez o quince minutos? Es como si hubiera sido una hora de agonía.
—¡Joder, joder, joder, joder! —el amigo.
¡Frío, frío, frío, frío!
—¡Joder, joder, joder, JODER!
¡Frío, frío, frío, FRÍO!
En silencio, concentrándose en intentar no sentirlo, pero incapaz de ello, va dando pesados saltos tras y como él, intentando estar cada vez menos tiempo en contacto con el embalse.
Cuando ya han salido y él se ha pegado una larga carrera y vuelto, empieza a dar saltitos tiritando, agitándose. Claramente despreocupado por completo de ello, está mostrándole de nuevo su miembro, que se sacude con él, abrazándose los brazos entre sí. Ella hace todos los esfuerzos que puede por no mirarlo, aunque algún vistazo se le escapa… ¿es más pequeño ahora? Espera que no se dé cuenta, aunque siempre se da cuenta de todo, pero ahora parece muy ocupado… sobreviviendo…
—¡Odio… el… PUTO… frío! —tartamudea.
Ella se abraza el tórax semiconscientemente, ocultándolo. Es inevitable que la camiseta empapada se le esté marcando contra el pecho.
—¡DIOS! —grita con todas sus fuerzas.
—Voy… voy a intentar hacer fuego… maldita… quítate eso a lo que me voy, anda…
Él, sin preocuparse lo más mínimo de su desnudez, se da la vuelta enseñándole su culo con la piel de gallina y empieza a corretear hacia los árboles cercanos, dando titubeantes y temblorosas zancadas de equilibrio inestable… seguramente se esté pinchando con cosas los pies, pasada la orilla de piedrecitas alisadas.
Ella trota también hacia unos arbustos, con la mochila agarrada, y padece en sus carnes la tortura de las ramitas y chinas como agujas. Después, agachada tras ellos, se quita las bragas empapadas e intenta con dudosa eficacia secarse la entrepierna con ellas, congelada y sin rasurar desde que todo aquello empezó. Menos mal que al menos sus piernas son rubitas y de pelo muy fino…
Abriendo con velocidad compulsiva de hipotermia, desordena hasta dar con unas bragas secas.
—“¡¿Eeehi?!”.
A diez o doce metros, desde la maleza, se acerca un no-muerto, no mucho mejor vestido que ella, llenísimo de cortes superficiales por todas sus capas exteriores de piel y ropa.
¡Mierda…! La escopeta está junto a la mochila de Álvaro… sus cuchillos…, siente una inseguridad e indefensión extrema de tener que pelear desnuda… Si grita Álvaro la va a ver sin nada…
—¡Álvaro!, ¡un zombi! —Se asegura de poner un tono serio y, reculando, arrastrando las nalgas desprotegidas por el polvo y las hojitas, va rebuscando el cuchillo todo lo rápido que puede.
—¡Voy!
Suenan pasos de muy apresurada carrera. Pobre, se va a dejar los pies en ello… debería haberse ocupado ella sola. Si es que es tonta… Tiene que aprender a controlar mejor el impulso de miedo inicial, si sabe que luego se le pasa, leñe.
Adánico en todos los sentidos, aparece por entre la maleza, blandiendo la alabarda.
Ella, abandonándose al confort de la seguridad, se tapa sutilmente sus órganos con las manos y aguarda sentada… deseando volver atrás y haber solucionado la situación por sí misma.
De un movimiento inusitadamente iracundo por parte del compañero, a grito de “¡hijo de puta!”, la cabeza del zombi se deforma hasta lo irreconocible  de un impacto con la parte roma de roca del arma. Después, con elegancia de estatua, lo ve realizar un tajo rápido sobre el ya cadáver en el suelo que, preventivamente, le separa la cabeza del cuerpo.
Dándole la espalda, empieza a hablar.
—Tranquila… —Se gira encarándola, con los ojos cerrados con teatral fuerza y una sonrisa reconfortante—. Seguro que habrías sabido encargarte de él… Vístete y vente conmigo, que voy a hacer un fuego.
Asiente conmovida mientras lo observa marcharse, tropezándose varias heroicas veces por su ceguera voluntaria.
—Gracias… —dice bajito, dándose cuenta de que no puede oírla, pero sabiendo perfectamente que lo está haciendo.
—Te aseguro que no hay por qué darlas —responde en voz bien alta.
Insistiendo un poco más en secarse sus partes y axilas lo mejor que la tela húmeda le permite, ahora con la camiseta, apretujándola para que pierda líquido, se quita arenilla del culo e ingles luego, y después estrujándose las puntas del pelo también, se pone una manga larga nueva y unas braguitas y sale de su escondrijo.
La sequedad y textura tibia de la ropa, sumada a la súbita adrenalina reciente, parecen haber logrado expulsar un poco el frío. Sólo un poco. Sigue calada desde los sucios pies terrosos hasta el cabello.
Para cuando llega Álvaro ya se ha puesto los calzoncillos y ha amontonado un grupito de piedras donde está acumulando ramitas muy finas, hojas de aguja secas y tiras de papel higiénico. Luego empieza a enchufar a la amalgama con el soplete de la shisha.
—¡Hola!
—Hola… —tirita.
—¿Estás bien?
—Sí…, sí. ¿Te ayudo?
—No hace falta… Oye… buena idea, ¿qué vas a hacer?, ¿llevar la ropa fuera para que se vaya secando?
—Sí, ese era el plan… —Tal y como se está arrodillando sobre el intento de hoguera, esconde decorosamente su cuerpo.
—Podías haberlo compartido conmigo… me habría apuntado… —Le saca la lengua, entiende que bromea respecto de la pequeña riña de antes.
Puede tomárselo por las buenas o por las malas. Como que equiparase en seriedad una tontería como esa con no hacerla partícipe de los planes conjuntos, o como una simple protesta por haberle dejado desnudarse… Decide aceptar la segunda vía, dándose cuenta de que lleva demasiados segundos sin responder.
—¡Te aguantas!, una dama no revela sus secretos —suelta  casi melodramáticamente.
—Ni un caballero mira a la damisela…
—¡No soy ninguna damisela!
—Lo sé.
Silencio.
—Oye Álvaro…
—¿Sí?
—Gracias.
—“Joer”. Puedes confiar en mí, ¿no?
Sí.
—Sí.
Recibe un puñetazo en el hombro que, dada la posición del otro, le obliga a tener que ladear respetuosa y graciosamente la cabeza. Ríen los dos al poco. Se alegra de que entienda que para ella es importante que no la viera… sin nada…
—¿Te ayudo?
—Vale, ve echando tronquitos de estos más anchos —ramas claramente recién partidas—, donde veas que hay ascua viva; o llama.
—Vale.
—Ten cuidado, no te quemes.
—Sí, sí…
Se quema un poquito un par de veces la yema de los dedos. Lo justo para que solo escueza un pelín varios segundos después. Intentan soplar para que el fuego se adhiera a la madera tierna.
Pasados otros diez minutos aproximadamente, tienen un fuego de un par de palmos de altura. Álvaro se sienta sobre su mochila, abrazándolo con las piernas.
Ella, al principio para que él pueda secarse bien, va varias veces a por más troncos, partiendo ramas bajas de árboles y de arbustos; pero luego continúa encargándose de ello, sabiéndose deudora de que él haya trabajado en poner el fuego en marcha, y la haya protegido.
Ambos van cambiando de postura conforme las partes lejanas a las brasas se les van quedando frías. Poco a poco, se siente ir recuperando el calor en las manos y en los pies. Con algo de humedad pegada, ceden a vestirse por completo; y el calor de los abrigos, sentados sobre sus mochilas junto a las brasas, resulta tan reconfortante que, incluso pese al agobio de los zombis, se permite gemir un poquito reconfortada… No quiere irse de casa, joder, no quiere… y se está yendo. Siente pena. Tal vez debería haber dejado que se le secaran un poquito más los pies antes de ponerse los calcetines…
Los zombis que les perseguían se han lanzado a las aguas. Pueden verlos y oírlos. Algunos han desaparecido. Otros flotan y prácticamente solo patalean difusamente.
Se pregunta cómo lograrían cruzar la primera vez. Ellos no son el problema, sino más bien al contrario, una comedia cínica.
Lo son los otros. Desde todas partes están viniendo. Muchos. Puede que teniendo en cuenta todos los horizontes, lleguen casi a la centena. Desde el sur, el norte, y sobre todo el este. No son una horda. Están desperdigados. Con mucha distancia entre ellos. Sus gritos y el escaso humo deben de haberlos alertado…
Comparte con Álvaro que cree que deben de ser los que no han podido cruzar el lago; él está de acuerdo. El caso es que la situación se va volviendo más y más arriesgada por momentos.
Pasados otros diez minutos recobrando el color de sus cuerpos y ya sin ir a añadir nuevo combustible, dejan que la hoguera muera y se pertrechan como antes de todo aquello. Cuelga su ropa interior de una anilla en la parte trasera de la mochila con la esperanza de que el paseo la vaya secando.
Al tacto, la tela del macuto sigue mojada por debajo, espera que también seque y no le dé olores a nada…
Sacudiéndose y estirándose, se levantan y desperezan. Reanudando la marcha. Nota un tenue y vagamente rojizo dolor en los hombros al volver a cargarse el peso encima. El tobillo le protesta al contacto con la navaja… pero tiene que hacerse a ello, es lo que les espera. La piel tras las orejas le escuece un poco de la goma de las gafas de bucear.
Sin cómodo margen, reanudan el paso, directos al primer grupito de tres muertos vivientes, que provienen de la misma dirección que, piensan, deben seguir para llegar al pueblo más cercano.
No es difícil rodearles, el problema son los muchos que se les van acumulando. Y los que siguen llegando.
Tras andar media hora por terreno bastante molesto de subidas y bajadas breves acaban desistiendo de ir a Villaocaso del Monarca y siguen un camino hacia el norte. Tuviera razón o no Álvaro, está claro que la mayor parte están llegando desde el este. Empiezan a agobiarse con que incluso pudieran ser la vanguardia de lo que esté viniendo desde Castellón, pese a no haber escuchado o divisado gritones. Además, hay uno muy quieto, lejano, pero que pese a verles no hace nada. Y Álvaro se ha puesto muy serio al verlo… Normal… Camina con él, abrazada por un buen rato a su codo como quien no quiere la cosa. No dice nada… le gustaría quitarle malos recuerdos de la cabeza.
Es apabullante. Los pies le duelen, y las mochilas les ralentizan. Detrás una enorme turba de zombis los persigue. Comentan la posibilidad de correr para intentar darles esquinazo, o al menos apretar mucho el paso, pero es que, aunque más goteados que antes, sigue habiendo dispersos en todas partes… y los horizontes son espaciosos y llanos… podrían agotarse para nada. Y la navaja molesta en el pie… y los hombros duelen.



—¡A tomar por saco! —grita enervada, bufando. Se agacha, coge la navaja de su calcetín y la lanza adelante en el camino.
Álvaro la mira más sorprendido que reprochando. Le ha salido una rozadura en la piel…
—Lo siento…
—No pasa nada…
Se pega una carrera y la recoge, guardándosela en un bolsillo.
—¿Estás bien?
—No…
—No podemos parar ahora…
—No quiero parar…
—Ánimo…
No responde. Sabe que tiene que aceptarlo. Es sólo que… da igual. Se concentra en el camino. El sol ha cambiado de posición claramente y ya debe de haber sido mediodía. Tiene hambre y ni siquiera pueden pararse a comer a gusto.
La carretera de un único carril para cada sentido acaba anunciando el pueblo de Tiberio. Aunque hasta divisarlo se alargan en una ruta por kilómetros de leve cuesta arriba, y luego curvas de pendiente descendente, pasando por entre parcelas, primero de árboles bajos y sin fruto y luego de girasoles. Al menos la reciente orografía esconde de forma falsamente tranquilizadora a la procesión a su espalda, y por el recorrido van cruzando con muchísimos menos. Se permiten ejecutar entre los dos a uno solitario en la carretera, solamente por intentar animarse sádicamente un poco.
Aprovechan el descanso posterior para respirar, beber agua y abrirse, para los dos, media chocolatina y la bolsa de patatas, de la que continúan picando al reanudar la marcha, y acaban tirando vacía a la cuneta. Ella con esa extraña sensación de transgredir una norma que… ya no importa. El estómago no se siente lleno, pero debería de estar bien alimentada después de aquello, en calorías al menos.
Tiberio está… si cabe… peor que Buenatarde… sin un lago que lo protegiera… La mayor parte está reducida a escombros. Quedan casas enteras y coches… Pero más de la mitad se han caído. Y hay muchos. No sabe por qué se han acumulado allí, pero la hueste distante parece igual de enorme que la que los estaba persiguiendo… ¿la habrán dado esquinazo ya?
—¿Qué hacemos?
—Joder…
—No podemos meternos ahí…
—No…
—Mierda. Quería encontrar un coche…
—Ya. —Álvaro se rasca la cabeza claramente hastiado.
—¿Nos salimos del camino?
—Sí. Sí.
—¿Estás bien?
—Sí. Venga. Vamos al este.
Realmente el pueblo está casi hacia su este ahora mismo, estima. Retroceden bastante por la curva, esperando no llamar la atención de nada de lo allí acumulado, confiados de la distancia que los separa. Remontando un pequeño repecho de pajas “pinchagudas” emprenden un largo rodeo por el sur…
El terreno irregular es terrible para los pies. La mayor parte, simples descampados sin aprovechamiento alguno. También unas pocas parcelas de girasoles y hortalizas abandonadas.
Casi a la vez que el pueblo se ha vuelto invisible permanentemente, entre lomas y árboles de vereda, divisan una pequeña parcela que van pasando de largo, a mano izquierda, recorrida por paneles solares alineados. Discuten brevemente si podría haber algo de interés en ella, pero descartan desviarse para acercarse. No obstante, ligeramente en su dirección nace, antes de llegar, un sendero sin asfaltar, creen que en la dirección noreste que desean.
Álvaro ha sacado la guía y la lleva en la mano, pero ha negado que aparezcan aquellos caminos… Al menos, caminar por terreno liso y sin pliegues duros o yerbajos altos se agradece. Pero el gozo dura poco. La ruta solo se adentra en una plantación de algo que no saben qué es y desaparece entre árboles pequeños sin fruto visible. Intenta recordar de los manuales que estudió, pero no consigue caer en la cuenta de qué son.
Sin vallar, la propiedad se termina y vuelven a encontrarse paseando a través de cerros y terraplenes casi veinte minutos, hasta otro camino tangente al suyo.
Lo acompañan para descansar un poco las plantas heridas. Vuelven a ver a un zombi desde que se desviaron. Quieto en medio del camino, los observa unos segundos, grita estirando todos sus dedos y empieza a trotar nervioso hacia ellos.
Ella saca rápido dos cartuchos y pelea un segundo para abrir la recámara de la escopeta. Álvaro da un paso al frente y blande su arma. Los dos permanecen en silencio y se echan unas miradas serias. Contra esos solo cabe luchar o esconderse.
Lo apunta y sigue con la mira mientras se acerca. Va recto, no parece un disparo difícil… Él le pone la mano en el cañón un instante y susurra “déjame intentarlo primero, sin…”. No termina la frase ante la proximidad de la cosa, pero, quedándose preocupada, acepta.
Se aleja un paso de él dejándole espacio y ganando comodidad de tiro, casi a la vez que su amigo oscila la alabarda preparándose para recibir a la criatura.
El gritón, con una herida enorme en la clavícula y el vientre y sangre rojiza seca en toda la ropa, por lo demás limpia, salta con los brazos por delante hacia Álvaro.
Él hace girar todo su cuerpo descargando la energía angular acumulada. El enemigo pone las dos manos en medio bloqueándolo. El filo le cercena ambos brazos y le impacta directo en la cara. Desde su paso inestable vuela despedido hacia un lado y Álvaro se recoloca girando un poquito hacia su espalda y levantando su asta todo lo larga que es sobre su cabeza.
Él no-muerto se gira. Su cara se ha deformado y tiene un corte anguloso en la sien que le ha arrancado y dejado colgando un ojo. Ve el inminente ataque venir y empieza a rodar sobre su eje con vigorosa agilidad, causando que Álvaro falle contundentemente dos veces. La tercera le acierta en el centro de la espalda con un sonido ronco y quebradizo y entonces el otro empieza a chillar aún más histéricamente y a retorcerse en todas direcciones. Parece que se ha quedado enganchado en la cuchilla, que Álvaro mantiene en el sitio, zarandeándose con los tirones de la bestia.
Ella ya está corriendo hacia el lugar para cuando llega la voz de “¡ayuda!” de su compañero, contenida y jadeante.
El ser, sin manos, parece incapaz de salir de aquello. Sus brazos dejan expuesto el hueso, y sangran muy viscosamente algo negro. Pero su piel sigue morena y tersa…
Destapa el arma en carrera, dejando que caigan los dos disparos en potencia al suelo y, agarrándola por el cañón metálico, empieza a apalearlo con la culata en la nuca y la nariz, cada vez que la mira lanzando dentelladas vacías.
Siete u ocho golpes después, deja de moverse, con la cabeza llena de brechas. Le duelen las manos. Álvaro le pone un pie en la espalda acercándose y dándole a ella una palmada sin aliento. Después, con gesto cansino, desincrusta con todo su cuerpo la herramienta, la gira, y le propina un mazazo con la piedra que convierte su calavera en fragmentos pulposos. Después se deja caer de culo al suelo y respira. Si a ella le han dolido los dedos de batear con todas sus fuerzas, cómo debe de tener él los brazos…
Recoge sus balas de la tierra y vuelve a guardarlas en el bolsillo, mientras se dirige hacia el amigo.
—¿Estás bien? Creo que era reciente…
—Sí, sí… —jadea—. Sí lo era…
—Joder… —No tiene sentido darle más vueltas…—. Por cierto… creo que son más duros que los normales, ¿no?
—Yo también lo creo. Tal vez más que las personas… No lo sé… Se meten unas ostias de película ellos solos y no se desguazan…
—Ya… Oye… Deberíamos movernos… estaba gritando y…
—Sí, sí… sólo un segundo por favor.
Se toma seis o siete y después, arqueando mucho la espalda en estiramiento extraño, se incorpora pronunciando un quejido largo y desarticulado hacia el cosmos.
—¿Seguimos?
—¡Sí!



La tarde se va terminando ventosa, amenazando con una noche nublada; quedarán una o dos horas de luz. Y un riachuelo se interpone entre ellos y continuar la marcha. Sus aguas fluyen desde el este, así que por ahora lo van siguiendo… seguramente sea el Guadiela… Pero si es así, ninguno de los dos está demasiado cómodo con no estar todavía un poco más al norte de él…
Lentamente el frío ha ido atravesando sus capas de ropa, especialmente filtrándose por sus axilas y lumbares sudadas. Los árboles y prados con césped son el panorama que los acompaña ahora, y esos colores le acentúan aún más la desagradable sensación de ver su propia respiración y sentir constantemente como si unos gélidos fantasmas le abrazaran las costillas… Necesita entrar en calor.
Propone, sin ninguna gana, trotar un poco. Álvaro, frotándose las manos y con aspecto de estar en las mismas meditaciones, asiente. Siente que está endeudándose energéticamente ya…
Demoran por lo menos otro kilómetro en avistar un puente que permita cruzar. Desde luego, con la oscuridad acechante no era una opción haber vuelto a mojarse.
La visión de la pasarela les sirve de señal para dejar de correr, y ahora se acercan a ella solamente a paso vivo. Bastante inquietos. Los dos confirman creer haber oído ecos de gritos…
La otra vertiente les ofrece pronto un área amplia de bosque mediterráneo y descampados, con varios caminos que se adentran en él… y nada de aquello figura en la guía. Están perdidos. Estiman que hacia “arriba”, en algún momento, tendrían que cruzar con una carretera… Es la mejor apuesta que tienen.
Sigue helando. Empieza a rociarles un perforante calabobos. Deberían haber cogido impermeables… El cuero de la chaqueta se le impregna rápidamente con cada gotita que le impacta.
Y así, tiritando poco tiempo después, demoran casi otra media hora en ver la carretera asfaltada. Al menos llegan.
Allí, con la ruta en la distancia, lo ayuda con su cuerpo a proteger los mapas y echarles un ojo. Discuten brevemente, casi de malas maneras, sobre qué rasgos del mapa son qué cosas que están viendo. Al final cree que él tiene razón, y que aquello es la N-320. Si la siguen, acabaría llevándoles hacia el sur que tanto están intentando evitar, pero antes de que volviera a cruzar el río debería tener un desvío a mano izquierda, hacia el pueblo Retiro de los Infantes. Acuerdan que harán el alto allí. No saben exactamente a qué altura de la carretera están, pero creen que si exprimen un poco más sus fuerzas deberían poder alcanzarlo en una hora o dos, según. Los pies se le indignan ante la idea, pero no les quedará más remedio que tragar… Beber ha ido bebiendo, pero vuelve a notarse muy hambrienta, y cuando se para las piernas le tiemblan un poco. Lo malo es que… si todas sus teorías son correctas… ese pueblo habrá estado en línea recta casi perfecta entre Madrid y Teruel…
Esperan que al menos, sin un embalse que hiciera de barrera, casi todo cuanto lo cruzara haya pasado de largo… De hecho, es cierto que desde que han cruzado el río no han vuelto a ver a ningún zombi…
Van con prisas ante la noche que ya domina casi por completo el mundo, sobreoscurecido a causa de las nubes. Al menos no ha empeorado el flujo de lluvia.
Pisando por unas explanadas, puede que en barbecho, hacia una arboleda paralela a la carretera en busca de cierto cobijo del agua, sienten de nuevo los berridos. Y ya no cesan. Corren hacia los árboles…
—¡Por aquí! —susurra Álvaro en grito, y la coge de la mano derecha—. Con el ruido de la lluvia… tienen que estar muy cerca.
—“¡Hm!” —asiente rebuscando en su bolsillo y guardando bien apretados en su otro puño los cartuchos.
Llegan al escaso cobijo de los troncos, no más gruesos que personas. Son de acículas perennes…
—¡¿Qué hacemos?! —Cada vez se oyen más cercanas las voces. Serán diez o veinte.
—No se te ocurra disparar… —contesta, moviendo la cabeza en todas direcciones como ella.
—Ya… —Evidentemente. Pero por si no queda más remedio, carga la munición.
Prácticamente sincronizados, miran hacia arriba. Aunque no sea buena, no hay otra opción.
—¡Tú primero!
Ella se pega al tronco del árbol colgándose de nuevo la escopeta en la espalda, y lo abraza. Empieza a hacer fuerza con los brazos y las piernas, mientras Álvaro la alza primero de las caderas, luego del culo y finalmente de los pies; empujándola para que consiga subir su peso a la primera rama.
Después ella se intenta agachar y tenderle una mano, pero él la descarta y empieza a encaramarse a pulso, hacia una rama diferente, un poco más alta.
Como mucho, el árbol tendrá siete u ocho metros de altura, y las últimas ramas son demasiado estrechas como para plantearse utilizarlas… Cualquier cosa que mire un poco hacia arriba podrá verlos con facilidad… Las copas tienen cierta distancia entre sí…
Joder… Pese a todo, trepan. Trepan todo lo que pueden hasta que los peldaños de madera se vuelven quebradizos, en lados opuestos del árbol.
Y allí sentada en una rama en la que apenas le cabe una nalga, temblando, ni sabe si de frío o de miedo, apretuja la escopeta contra su pecho y cierra los ojos al sentir, no ya los gruñidos ora agudos ora roncos, sino las pisadas…
Dos pares de pisadas corriendo salvajemente. Dándose claros golpes contra cosas. Tiembla sin mirar y llora.
¡Está harta! ¡Joder!
Están abajo… Aprieta muchísimo los parpados e intenta pensar en otra cosa para no chillar. Piensa en la casa y siente una punzada de dolor… piensa en sus padres y se pone histérica…
Piensa en Álvaro. Está ahí. A su espalda, tras el tronco… Está ahí… Respira. Respira. Respira. El aire duele al pasar por su garganta sin ir antes por la nariz. La nariz también duele en cualquier caso… No se atreve a sorberse los mocos, que le caen por los labios congelándoselos.
Los pasos se alejan… Los gritos se alejan… Respira…
No. Hay más. Otro par de pies en carrera se acercan. Se atreve a mirar. Por entre los huecos de las hojas escruta fragmentos de la imagen de una persona. Va impactando contra ramas, raíces y arbustos. Cae al suelo y galopa varios metros antes de reincorporarse. Llega hasta su árbol. Se va…
Yendo ahora de lo intenso a lo leve, los chillidos van desapareciendo. De cuando en cuando llegan ecos de aquí y allá. De otros… En algún sitio. Desde el sur y desde el norte.
—Creo que ya ha pasado…
Ella no contesta. Se queda inmóvil, relajando la tensión de los músculos que descubre agarrotados. Sorbiéndose y limpiándose con una manga los mocos, intentando concentrarse en bajar sus pulsaciones…
—¿Estás bien?
—Sí… —responde sin ánimo.
Álvaro desciende a una rama más gruesa y se queda mirándola.
—¿Estás bien?
Lo mira. Tiene pintada su sonrisita tierna. Sin responder, se descuelga con cierta prisa y pasa con tiento hasta su rama. Él abre los ojos con curiosidad. Se sabe llorando de nuevo.
Sin concederle oportunidad a defensa alguna, se abraza encima de él, apoyando sus ojos en su pecho sentado y mojado y llora escondida en sus huesudas costillas.
—¡Estoy harta!
—Tranquila, ya ha pasado… —Su mano le acaricia reconfortantemente la nuca.
Apenas un poco después de que diga aquello, abrupto y próximo, un gutural quejido le hace dar un bote. No llegan a oírlo correr. Solo su voz alejándose.
—Bueno, más o menos… —cierra al cabo él de nuevo, con un intento de tono de broma.
—¡Tengo frío, hambre, estoy empapada y me duelen los pies!, ¡y tú estás igual, joder! Estoy harta.
—No pasa nada, yo estoy bien, vamos a comer algo y solucionamos eso al menos, además…
—¡Sí, sí pasa! Y como a ti no te importa, estoy yo harta por los dos. —Intenta girarse para que le vea poner un esbozo de sonrisa. Ella misma no sabe ya si está jugando o hablando en serio.
—…Mira —ríe un momento con ella—, ha dejado de llover…
Mira hacia arriba. Nada cae. Por unos instantes. Luego vuelve a lloverles encima. Con más ganas incluso.
—Bueno, más o menos… —dice ella esta vez. Y ríen. Ella ríe muchísimo, mucho más de lo que tendría sentido por aquella tontería. Hasta que los pulmones cansados de tragar aire frío le queman, comprimidos además por intentar hacerlo silenciosamente.
Acaban comiendo del resto de chocolatina que tenían y decidiendo esperar allí arriba hasta que sea seguro bajar. Sabe que eso significa que pasarán la noche allí, porque en la oscuridad casi absoluta que se ha formado, no van a arriesgarse a moverse entre posibles gritones. Comentan la escasa cantidad de ellos que ha pasado por allí…
Álvaro propone tras discutirlo muy bajito por un rato que, dado que la explosión ocurrió hace días, el hongo se disolvió ayer del todo, está nublado y lloviendo… es muy probable que aquella enorme horda que creen pudiera estar viniendo se esté disgregando…
Eso sería bueno… y malo. Siente un pinchazo de ganas de hacer de vientre súbito. De esos difíciles de aguantar, que indican cierta descomposición…
No. No. No…
Como salvada por el timbre de clase, nota en algún momento su mente advertirle de un ataque de sueño inminente. Valora sus posibilidades y no le gustan; pero rendida, mojada, asustada, hambrienta e intermitentemente acosada por retortijones, decide no desaprovechar la oportunidad y, recogida entre las piernas y brazos de Álvaro, se deja llevar.
Su mochila la protege ligeramente como manta, y el cuerpo del amigo le regala algo de calor. Ella también puede darle un poco al menos…


Tira el último cuadradito de papel higiénico al suelo, ya totalmente limpio. “Definitivamente mejor fuera que dentro”.
Brevemente el alivio le nubla el malestar generalizado. Especialmente el maldito labio de abajo. Cuando se levantó y bostezó notó como la piel reseca se le fisuraba escociendo mogollón… y ya no sabe si intentar hidratárselo con la lengua para que la saliva se le congele en nada con el aire o dejarlo que siga seco… No quiere ni pensar en la noche que ha pasado. Ha sido horrible. Cuando no la despertaban las gotas de agua contra su cara lo hacía el frío, obligándola a intentar cambiar de postura inútilmente para guarecerse de él. Y si no lo hacían las punzadas en el estómago. Y si no los sutiles movimientos del compañero. Y si no los inquietantes ruidos de la noche; una vez una voz en grito estuvo merodeando por un buen rato invisiblemente cerca de ellos… Y no quiere ni pensar cómo habrá sido para el otro, que sabe se estuvo encargando de evitar que ninguno de los dos cayera al vacío insondable del suelo…
No está segura de si lo habrá desvelado al bajarse, pero ya había luz y no podía aguantarse más.
De nuevo pertrechada con la mochila, escopeta cargada en mano y cuchillo en rápido acceso, empieza a caminar sin prisa de vuelta, procurando no hacer ruidos que lo levanten tempranamente.
El aire es bastante fresco, pero hace tiempo que no llueve. Tal vez no debería haberse alejado tanto para hacer aquello… pero bueno, todavía está a una voz del amigo, y más cerca podría haberla oído… o peor, visto sin querer…
La mañana por lo demás está tranquila, hasta canta algún pájaro muy de cuando en cuando. Entre los árboles el horizonte es cercano e inquietante por lo monótono y ligerísimamente brumoso, pero no hay ningún indicio de peligro. Aunque lleva sintiéndose aturdida desde que se despertó. Y le duelen contracturados todos los músculos del cuerpo, algunos incluso intensamente, especialmente en las manos y brazos con los que prácticamente no dejó de hacer fuerza en toda la noche. Y el cuello le chilla si lo gira demasiado, todavía no recuperado de la extraña postura en que estuvo por horas… y deberían comer algo completo ya.
Oye unos golpecitos. Qué pena, le gustaría que hubiera podido dormir un poco más, y despertarlo con una hoguerita que ya se las apañaría para hacer con el olor de una lata calentándose… Qué frío tiene… no puede parar de temblar…
No. Algo pasa. Hay alguien hablando. Con súbita astucia, empieza a caminar muy despacio, temerosa de cualquier rama traicionera. Un poquito más cerca. Un poquito más cerca…
—Que no te muevas —un susurro—, saca la mano de tu bolsillo despacio…
Se agazapa tras un tronco con arbustos hasta la altura de las rodillas alrededor. Asoma la cabeza lentamente.
—Tío, no tiene que haber problemas —Álvaro—. Pero no puedo darte mis cosas. En serio, por favor…
—¡Que sueltes la puta mochila! —De repente la voz se vuelve histérica.
Álvaro está de espaldas al tronco, un pelín agachado, con la mochila a sus pies, agarrada con su mano derecha, y su alabarda tirada fuera de su alcance. Pegado a él hay un hombre muy moreno, cubierto por un abrigo grueso y muy sucio, hiede incluso para ella a cinco o seis metros, y su cara… es un esqueleto humano. La piel de sus dedos y mejillas está incrustada en los huesos, y sus ojeras revelan unos ojos algo hinchados. En su diestra porta un cuchillo grande tendido hacia un lado, amenazadoramente, y con la otra zarpa está agarrando el saco de su amigo.
Con mucho cuidado descuelga su escopeta y apunta, notando como se le acelera el pulso y le tiemblan las manos. Está tan cerca de Álvaro.
—Puedo compartir comida… no puedo dár…
—¡QUE ME DES LA PUTA MOCHILA! —La voz se vuelve tan aguda que casi duele.
El hombre acerca el cuchillo hacia el cuello del compañero…
Tensión en sus sienes. Los ojos desmesuradamente abiertos. Miedo y rabia. No. ¡No!
Aprieta el gatillo y el eco reverbera mate medio segundo. Roto acústicamente por tanto árbol.
Apenas se fija en qué ha ocurrido, sale gritando no sabe muy bien por qué hacia un cuerpo que se desploma casi a cámara lenta.
—¡Hijo de puta!
—¡NO!
—¡Diana!
Conforme llega a la altura del cadáver, le da una patada en el torso. Gira la cara llena de ira hacia Álvaro… que no la está mirando… sino que mira a algún lugar a su espalda y está extendiendo ambas manos vacías hacia allí, intentando decir algo…
Suena otro disparo. ¿No ha sido suyo?
¿Cae contra el suelo?
No puede respirar…
—¡NO! —Es una voz femenina.
—¡JODER! —¿Álvaro?
Dos carreras. Una se aleja, la otra se acerca.
Otro disparo que no es suyo… Es… distinto…
—“¡AARG!”.
Alguien trastabilla.
—¡CABRONES!, ¡ZORRA!, ¡VOY A…!, ¡DIOS, NO!, ¡HIJOS DE PUTA! —La voz está totalmente rota entre el llanto y la ira y sonidos incomprensibles.
Suenan dos golpes casi seguidos. Uno de choque, otro de… carne…
—¡DIANA! ¡Diana!, ¡joder!
Los pies de Álvaro se acercan.
De repente nota una arcada venirle desde dentro y empieza a toser seca e irrefrenablemente, como atragantada, y acto seguido coge una involuntaria y compulsiva bocanada larga de aire y sigue tosiendo.
Los brazos vuelven a responder. Intenta ponerse aunque sea a gatas mientras tose.
El compañero la coge del vientre y le da la vuelta alzándola, sosteniendo su peso con una de sus piernas que se le clava un poquito en la columna…
—¡Diana!, ¡Diana!, ¡joder! ¿Estás bien?, ¿estás bien?
El omóplato derecho le arde… Llega de golpe el dolor. Es un escozor de puro rojo que cada dos por tres lanza mordiscos de blanco electrizante.
—No… lo sé… —responde atragantándose.
Cree que puede levantarse. Joder. Duele. Le tiemblan las piernas y se nota mareada… Álvaro la ayuda ante su amago de intento… Una vez recta puede mantener el equilibrio sola… Pero duele mucho.
Él da una vueltecita alrededor de ella, sin perder en ningún momento el contacto de sus manos con sus brazos. Pronunciando nervioso cosas que parecen su nombre, o “joder”…
—Un momento… puede que te duela… —hilvana de repente con voz algo más serena.
Siente un pinchazo agudo en la zona ya achicharrada, del que evidentemente se queja, más confusa que fastidiada.
—Menos mal… —susurra.
De repente, la abrazan con fuerza por el vientre y siente un beso largo en el cogote, que, sin entender nada, la reconforta mucho. Busca las manos de su amigo sosteniéndola y las aprieta con las suyas.
—¿Qué ocurre…?
—Son perdigones solo… puedo ver uno…
—¿El qué?
—Joder… pensaba que te perdía, cuando te disparó y te caíste…
—¿Me dispararon?
—Sí… lo siento…
Se han separado y ahora se miran frente a frente. Él tiene los ojos algo enrojecidos. Parece pelear por no llorar. ¿La han disparado?
Mira alrededor un segundo. En el suelo hay a bastantes metros una mujer. Famélica. Con el cuello abierto ampliamente y un enorme charco de sangre roja empapándola. Y las hojitas del mismo tipo que ella se ha clavado cuando estaba en el suelo. Y la escopeta de madera que utilizó… contra ella…
Hay mucha sangre por todas partes. Álvaro tiene los dedos manchados también de sangre. ¿Su sangre de cuando le ha tocado?
Se nota marearse y apoya la mano en el hombro ajeno. Él la sostiene apresuradamente.
—¿Estás bien?, ¿qué te ocurre?
—Solamente estoy un poco mareada… —Pierde la vista por un segundo.
Él la agarra de la cadera y deja que cargue su brazo y cabeza en su espalda.
—Tenemos que movernos, ¿vale Diana? Yo te llevo. Hemos disparado demasiado aquí… —Nota que le quita la mochila. Está volviendo a recuperar la vista al menos.
—Lo siento… —Han empezado a caminar.
—¡¿Qué?! Por favor. Pero si puede que me hayas salvado la vida… esos dos… ya no eran personas…
—Tenían hambre…
—Lo sé…
—No quiero que nos pase a nosotros…
—No dejaremos que ocurra.
Silencio meditabundo. Y paseo con pies doloridos a través de los árboles, hacia la carretera…
—De verdad, lo siento yo… —rompe él como desde un pensamiento profundo—. Debía haber sido más rápido y no haberte…
—“¡Shhh!”. —Pausa larga—. Tonto.
Ríen. Breve. Pero ríen. Y duele.



—¡Mira!
—¿Qué? —Sigue un poco aturdida. Duele.
—¡Allí!
En medio de la carretera hay un coche. Parece de los de día cero… por el zombi dentro con la piel totalmente cuarteada, los ojos en cuencas arrugadas, las uñas y dientes de amarillo negruzco. Su cabeza se reactiva con agilidad. ¡Eso significa que debe de tener las llaves puestas!
Le pide que le deje su mochila. Se siente capaz de andar sola. Puede. Domina la marcha acercándose con ilusión. Un coche por fin…
El zombi les mira y empieza a lanzar dentelladas que pringan el cristal… Lleva el cinturón.
Él abre su puerta y esquivando sus manos un segundo, aprieta el pulsador de la correa, liberándolo. Cae de boca en el asfalto, y allí, antes de que se levante, le corta la nuca. Supone que para evitar que manche aún más. La peste que emana todo es vomitiva.
Miran sus pantalones. Están hinchados; llenos de… algo… y el asiento del conductor tiene una mancha grande y no del todo seca de “eso”.
—Dios…
—Ya…
Se miran. Álvaro empieza a abrir las puertas. Todas.
—¿Te parece que dejemos que se ventile un poco…?
—Por favor…
—Podemos comer algo, mirar el mapa…
—Sí, sí, lo que sea… —El hambre se le había pasado un poco.
—Si llega cualquier problema, nos montamos…
Se plantean hacer un fuego pero… cualquier cosa con la que intentarlo parece muy lejana… y están mal descansados y perezosos. El frío… es como si ya no lo sintiera tanto. Es el peso de la mochila contra un solo hombro lo que más le está jodiendo ahora mismo. Y los pies; cuando se cambió los calcetines al desnudarse por la mañana tenían sangre. Y la herida. Y los labios cortados. Y sentirse tan sumamente pringosa y a la vez las manos secas y como con arenilla…
Abren el bote de fruta en almíbar y una fabada que comen fría y laboriosamente con las navajas. Mientras comen se nota marearse un poco un par de veces. Le duele la cabeza, pero decide no preocuparlo más.
—Oye Diana… Deberíamos mirarte la herida. No quiero que se te infecte…
—Vale…
—Pero voy a tener que quitarte los perdigones…
—Va a doler, ¿verdad?
—Esto… seguramente… —Pone su tono de broma.
—Ya… y cómo…
—Tengo una idea… poco ortodoxa…
—¿Hace falta?
—Si te los dejo ahí… no creo que la pregunta será si se te infectará, sino cuándo…
—Pero…
—Además, para limpiarla y ponerte una gasa, voy a tener que quitarlos igualmente…
—Ya… —Jopé…
—La chaqueta no voy a poder arreglarla, lo siento… aunque puedo ponerle un parche chulo algún día.
—Vale…
—Te gusta esa chaqueta, ¿no?
—Sí…
—Bueno, pues vamos a empezar por lo primero…
Se quita la chaqueta y el jersey, pero en cuanto empieza a levantarse la camiseta, sólo por atrás, nota su piel despegándose con besos abrasivos de la tela.
—¡Aú!
Intentan hacerlo de un movimiento rápido pero no agresivo. Se deja la prenda puesta por delante, sujeta con su nuca, y toda la espalda al aire. ¡Qué maldito frío!
—Vale, creo que puedo verlos bien… cuento seis, aunque rebuscaré un poquito, no me deje alguno…
—¿Cómo vas a…?
Él no contesta por un rato. Con cara de circunstancias, abre el maletín de la shisha, saca las pinzas y se las enseña, mientras las enchufa en la punta por un buen rato con el soplete y le dedica una media sonrisa muy empática… Jo-der.
Se prepara e intenta mentalizarse. Nota uno de sus dedos fríos contra su piel fría y pega un bote involuntario; aunque sabe que ni se ha acercado a la herida, ya le ha dolido.
—Lo siento, esto te va a doler a ti más que a mí… —suelta con su terrible humor—. Pero vas a tenerte que estar quieta.
—Date prisa por favor.
—Sí, sí. Lo prometo.
Esta vez sí que le toca en la herida. Cree que ha sido con su dedo. Un dedo que siente como una aguja, y no puede evitar dar otro salto solamente un poco contenido.
—Se ha formado un poco de costra… voy a tener que tirar bastante…
—Lo que sea…
Se hace un largo silencio terriblemente expectante.
—Toma.
—¿Qué?
—Muérdelo. —Le da un palo.
—¿Sí?
—Sí.
Se lo pone en la boca y obedece.
Una mano le pasa por debajo del vientre y cruza hasta su hombro derecho, sujetándola con súbita fuerza. Y de repente empieza…
Dios, Dios, Dios, ¡Dios!, ¡Dios!, ¡DIOS! Su cabeza se llena de destellos aberrantes. Escarlatas. Plateados. Casi dorados.
Las lágrimas deslizan cálidas por sus mejillas a borbotones mientras muerde hasta dolerle las muelas, y un hilito de sangre abrasador resbala siguiendo sus vértebras, pintándoselas en la mente.
—¡ME CAGO EN DIOS! —chilla con el sexto tirón grimoso seguido del escaso alivio que siente, escupiendo el palo con vehemencia y perjurando que más vale sea el último.
Álvaro da una vuelta en torno a ella, colocándose de frente con una sonrisita.
—¡¿Qué pasa?! —espeta borde.
—Vas aprendiendo. —Se tapa la boca con la mano mientras mueve los ojos hacia arriba muy sardónico.
—Que te den…
—Ya está pequeña. Ya está…
—¡¿Ya?! —exclama no pudiendo contener hasta ilusión.
—Sí, sólo queda limpiar y ponerte una gasita o algo.
—¡¿Más?!
—¡Eh!, tranquila, esto no va a ser nada. En comparación ya verás que no es nada…
Es cierto que el hombro se siente algo aliviado… pero puede ser hasta entumecimiento. Puede que el frío esté ayudando un poco.
Y también es verdad que el alcohol le escuece un montón. Y que en comparación no es nada. Cuando siente la gasa contra la piel reconfortándola y otras limpiándole la sangre que le ha brotado, y las tiras de esparadrapo pegándose a su carne sana… no puede creérselo.
Empieza a articular el hombro. Como comprobando que todo siga en su sitio.
—¿Qué tal?
—Mejor. Mucho mejor… —Sigue doliendo… pero un dolor… no diría más suave, pero sí como más… sano.
—Me alegro. —Sonríe.
—Tú… ¿estás bien?
—Eh… sí, ¿por qué?
—También te disparó, ¿no? —Mira la quemadura en el hombro de su chaqueta, en la que ya se había fijado mientras caminaban.
—Ah, sí… noté el golpe, pero parece que no pasó de la chaqueta. No creo que nos hubiera merecido la pena habérnosla llevado.
—¿Su escopeta?
—Sí…
—No sé. —Se encoge de hombros sintiendo un repentino pinchacito—. ¡Au!
—No muevas mucho el brazo —ríe.
Da un par de vueltas alrededor del coche poniendo gesto fastidiado y regresa sacando la guía.
—Había pensado… ¿Estás bien? —Acaba de sentir otro mareo. Debe de haber puesto mala cara…
—Sí, sí, creo que me ha mareado un poco todo.
—Normal… ¿quieres que te deje un momento?
—No, no, dime.
—¿Segura?
—Sí.
—Vale, a ver. Había pensado… si ya tenemos coche no hace falta que vayamos al pueblo… Podríamos coger esta carretera —le enseña una—, e ir hacia el norte. Por estos caminos para evitar lo que sea que se esté moviendo desde Zaragoza —señala unas vías rurales—; y luego, ya en la N-211 es todo recto hacia el este, y muy lejos de cualquier problema yo creo… por lo menos hasta este cruce, que podríamos ir hacia el sur para no acercarnos a Cataluña…
—Me parece bien… —No se siente muy capaz de pensar ahora mismo, supone que tendrá sentido lo que le dice. Y le da rabia, porque le gusta hacer los planes con él.
—Pues hecho, no perdamos tiempo, que empieza a hacerse tarde. —Es cierto que el sol amenaza con cruzar el cénit—. En el coche podrás estar a gusto y sentadita.
—Vale…
Cogen las cosas y las lanzan al asiento de atrás. Casi como si fuera a despedirles, aparece lejano el primer zombi que han visto desde que llegaran allí, arrastrando los pies por el mismo camino que van a emprender.
Ignorándolo, inofensivo tan distante, se sienta de copiloto. El mal olor se ha despejado solo un poco, pero lo que queda contribuye a aturdirla más.
Álvaro cierra todas las puertas y, encogiéndose de hombros en un gesto de descarte resignado, elige una de las camisetas de su mochila y la dobla echándola encima de la mancha del asiento.
—¿Te importa arrancarlo tú?
—Vale.
Gira las llaves y el coche se enciende traqueteando unos segundos.
—¡Bien! Tenemos la mitad de depósito.
Ve que le sonríe e intenta devolverle el gesto como puede.
Empiezan a circular. Se fija un par de veces en que no pasa nunca de los cuarenta o cincuenta kilómetros por hora. Están en un coche por fin… Por fin… Se deja estirar a sí misma en el asiento, repanchingándose, relajando músculos que ni se había dado cuenta tener en tensión. Los pies empiezan a devolverle una sensación calma, como acolchada, su espalda sin cargar la mochila casi la siente como si se hubiera comprimido y estuviera volviendo a expandirse… y los ojos se le cierran.



Un bache abrupto le despierta. Maldito frío, joder…
—¿Podemos subir las ventanillas de una vez? —dice dándose cuenta de hablar con un tono borde…
—Hola… ¿qué?, las tenía abiertas por el olor… si quieres sí…
—Da igual.
—Espera, busco cómo subirlas…
—Que da igual, Álvaro, déjalo.
Él parece mirarla un instante, luego se queda callado conduciendo. Se siente mal, aturdida, la siesta le ha sentado fatal, está congelada.
Mira al frente, a la carretera. Tierra compactada, árboles y explanadas…
Ha matado a un hombre… No sabe si ha soñado con eso, pero ahora está en su cabeza. Le ha volado la cabeza de un disparo… Y no le importa mucho. Estaba amenazando a Álvaro… merecía morir, no podía saber si le habría hecho daño o no… merecía morir. Realmente le da igual. Pero entonces, ¿por qué está llorando?
—Diana… ¿estás bien?
—Sí…
—¿Te está doliendo algo?
—No…
—¿Entonces qué ocurre canija?
La mano del amigo suelta la caja de cambios un momento y se acerca hasta su mejilla, recogiéndole una lágrima con el dedo.
—No lo sé… no sé ni por qué lloro… —Se tapa el rostro con los dedos.
El otro no dice nada por diez o veinte segundos.
—Bueno, con eso puedo ayudarte… Porque es totalmente normal… “joer”, habíamos hecho mucho en esa casa, llevamos dos días sin parar de andar… hemos tenido que dormir en un árbol lloviéndonos encima, con cosas debajo que se nos querían comer… te han disparado, y te duele, y nunca te habías imaginado tu vida así… y has tenido que matar a una persona… y sabes que solamente quería comer…
—Tú también has matado a alguien… —responde con un hilito de voz.
—Para mí ha sido más fácil, te había disparado, pensé que te había matado… sólo tenía miedo e ira en ese momento…
—Yo también pensaba que iban a hacerte daño…
—Gracias por ayudarme… ojalá y las cosas no tuvieran que ser así… lo que intento decir es que… es una mierda. Lo sé. No serías humana si no estuvieras destrozada…
—Pero tú…
—Yo nunca he sido muy de llorar… No significa que no esté hecho polvo.
No le responde, así que él vuelve a hablar.
—Diana…
—¿Sí?
—De verdad, muchas gracias por estar conmigo, me alegro mucho de tenerte.
Tuerce la cara a mirarle. Se sonríen. Y vuelve a llorar. Lágrimas mucho menos desagradables esta vez. Busca su mano en la palanca y se la aprieta. Él le devuelve la fuerza con un pulgar.
Al frente aparece una carretera secante, mucho mejor asfaltada que la que están recorriendo, llena de baches.
—Mira, creo que es la N-221… —Un cartel que avisa de un pueblo próximo y Teruel a ciento cinco kilómetros se lo confirma.
—¿Cuánto llevamos?
—Pues… no lo sé. Una hora larga, casi dos a lo mejor…
—¿Dónde vamos a ir?
—¿Te refieres una vez en la costa?
—Sí…
—No lo sé… la carretera lleva a una ciudad llamada Vinaroz… a lo mejor es muy grande… había pensado en ir viendo por allí a ver si algún pueblo pequeño como… en el que estábamos, está bien o algo…
—Vale…
—¿Te parece bien?
—¿Tú crees que encontraremos otro sitio parecido?
—Seguro. —Le guiña un ojo. Sabe que lo dice por decir… pero le conforta igualmente.
—¿Has visto muchos… zombis?
—Qué va. Ha estado muy tranquilo todo.
—Guay… —Hace mucho frío…—. Voy a subir un poco la ventana, ¿vale?
—Vale, voy a subirlas todas, espera.
El motorcito de las puertas empieza a chirriar alzándolas cuando otro sonido los detiene. Incluso paran el coche.
Inconfundibles, hélices. Abren y salen. Un helicóptero vuela. Es verde y marrón, y tiene un logo pintado a los lados. Debe de ir bastante bajo, no sabría decir… viene desde el noroeste. No pasa exactamente sobre sus cabezas, pero intentan hacerle señas igualmente. Álvaro ha intentado detenerla al principio, pero luego se ha sumado.
—El caso es que ese logo… me suena de algo…
—¿De qué?
—No lo sé ahora mismo…
—Jo, se van…
—Ya… bueno, no podemos culparles…
—Ya…
Permanecen inmóviles, viéndolo alejarse por tal vez diez minutos; ha ganado altura también. Ella quiere esperar a que desaparezca; es muy guay verlo. Álvaro ha hecho un ademán de querer seguir, pero luego se ha sentado sobre el capó a mirar.
El vehículo, bastante chiquitito y distante, se queda quieto en el aire unos segundos. Y después, girando descontrolado, cae recto todo lo que había subido.
La explosión que lo sucede llega a oírse donde están y una pequeña humareda asciende negra hacia las nubes blancas.
Asustada, busca a Álvaro. Él tiene los ojos muy abiertos y se ha puesto de pie.
—¡¿Has visto si le ha impactado algo?!
—¡No!
—¡Joder!
—¿Qué hacemos?
—No sé… Vámonos, ¿no?
—Sí, vale…
Suben raudos a su vehículo y arrancan. ¿Qué les habrá pasado? El humo les llega desde el sur, bastante alineado con la carretera a Teruel… En el cruce que iban a seguir hacia el este Álvaro detiene el coche y la mira.
—¿Qué ocurre?
—Llevo un rato dándole vueltas… sé que he visto ese logo en alguna parte… En cualquier caso, era un helicóptero militar, ¿no?… Pueden haber sobrevivido, si no a lo mejor ha quedado algo…
—Puede…
—Me gustaría acercarme, con cuidado, al menor peligro nos vamos, pero sólo si a ti te parece bien…
—Si tú quieres, vale…
—¿Segura?
—Sí.
—Vamos entonces.
Tuercen a la derecha y, sin prisa, siguen conduciendo, rumbo sur ahora. Subir las ventanillas no ha hecho gran cosa con el frío…
La humareda lleva un rato en que casi se ha despejado; llega desde detrás de un pequeño polígono de hangares. Se bajan del coche y empiezan a darles la vuelta. Deben atravesar una línea de árboles también.
Y tras ella, el accidente. Ennegrecidas, hay un montón de piezas del helicóptero esparcidas y un minúsculo cráter. La cola se ha separado y está a varios metros del cuerpo principal, igual que las hélices.
Se acercan, hay varias cajas y cosas tiradas. Fotografías aéreas, planos, botellas… Hay tres cadáveres… uno en el interior del armazón, totalmente calcinado. De los otros dos, uno está fuera. Salvo por las piernas, que tiene dobladas de forma imposible, casi pareciera ahora mismo que no le hubiera ocurrido nada… tiene algunos raspones, pero está muerto… sobre un arma… parece una ametralladora de película… se acerca a él y, sorprendida de la poca importancia que le da a hacerlo, empieza a rebuscar en sus bolsillos.
Álvaro se ha detenido fuera, mirando la pegatina de una las cajas desparramadas que han quedado bastante intactas, contienen carretes de fotos y parece que se ha guardado alguno, pero sobre todo se ha parado a observar las pegatinas.
Encuentra tres cargadores más, idénticos al que lleva puesto; a parte de un cuchillo, una cartera y un reloj que ignora… Mejor no arriesgarse a verlo como a una persona.
—¡Álvaro!, ¿qué es esto?
—¿El qué? ¡Oh! ¡Joder! ¡Eso es un AK!
—¿Un AK? ¿Eso es bueno?
—¡Y tanto!
Se acerca hacia ella pidiéndoselo. Ella se lo pasa de buen talante y se alegra viendo la ilusión en su rostro. Ha oído antes el nombre de AK-47, si no se equivoca… deben de ser buenas armas…
Van juntos hacia la cabina, frente a cuya parte de delante está el que queda tendido, sobre césped un poco chamuscado. Está partido a trocitos… Aún humea un poquito el motor…
Él se ha ido hacia los pedazos del muerto, pero a ella le llama la atención algo del esqueleto metálico…
Se acerca.
—¡“LOL”! ¡¿Has visto el tamaño de esta cosa?!
—¿Eh?, ¿qué? —Deja de mirar por un momento lo que quiera que le esté escamando.
El amigo, con una mano sujetando el AK, exhibe con la otra una pistola gris enorme.
—Debe ser una puta Desert Eagle, o una Magnum, o yo qué sé…
—¿Qué bien, no? —Se siente contenta; supone que cuando le dé él una larga explicación de lo fantásticas que son esas armas apreciará aún más haberlas encontrado.
—No te haces una idea…
Pero… Vuelve a girarse. Se permite incluso subirse un poco dentro del metal con la cristalera reventada. Está caliente todavía.
Desde el oeste más o menos llegan ruidos de motores terrestres. Pero… Joder. Es el destrozo. Hay una parte que no es normal. El metal está abierto por marcas limpias de garras y el asiento descuartizado, llenísimo de sangre.
—Álvaro…
—Los oigo, los oigo, tranquila, voy a ver si encuentro más cargadores y nos largamos cagando ostias…
—Álvaro…
—¡Joder! Ya sé de qué me suena ese logo… Es el mismo que tenían los de la organización… mis amigos, los que te dije que se fueron a jugar a una cosa de zombis… ¡esa organización tenía este logo! Joder… necesito pensar en esto con calma.
Algo le susurra en la cabeza… no entiende qué dice… son tonos… como palabras extrañas… tiene miedo…
—¡Álvaro!
—¿Qué pasa?
Ella le señala las marcas en el metal. Las voces son cada vez más fuertes. Él también pone una cara extraña, como si las estuviera oyendo. Los motores se acercan.
—¿Qué pasa…?
De la nada. Junto a él, aparece un hombre enorme. Alto como la noche. Hecho de noche. Su cabeza, sus ojos, todo es negro. De músculos muy finos y redondeados, sin volumen apenas. Y verdadero negro sobre negro, sus dedos, sus garras, sus filos. Cuchillas desproporcionadas que nacen desde sus manos y cubren el más que generoso metro y medio que las separa hacia el suelo.
Y cuando sus ojos insondables los observan, las voces redoblan vehemencia en su cabeza, como chillidos en un dialecto más antiguo que la propia voz…
—¡ÁLVARO!
Él ha visto también la cosa y ha chillado desarticuladamente, casi cayéndose. Lo otro… abre la boca que revela ser un abismo, desencajando la cara sin hacer ningún ruido y, con agilidad y velocidad inesperada, levanta un brazo girando todo su cuerpo e intentando asestar un larguísimo zarpazo a su amigo, que salta cuerpo a tierra y su mochila, receptora del impacto, simplemente se desintegra, lanzando todo tipo de cosas por los aires. Ella levanta el cañón y apunta temblando.
—¡ÁLVARO!
Sin aviso de ningún tipo, con un sutil y agudo ruido de succión, el ser desaparece.
—¡ÁLVARO!
Álvaro corre hacia ella. Sin prestar el más mínimo cuidado a todo cuanto se le ha caído y se le va cayendo, cargando solo las armas a las que va aferrándose abrazado, y aquello que milagrosamente no se le sale de la mochila partida.
Vuelve a aparecer, acompañado de un ruido explosivo. Muy leve, como el descorche de una botella grande. Está casi entre ella y él, y el amigo frena en seco chillando “¡joder!”.
Aprieta el gatillo, con el cañón enfilado a solo tres metros de su cara. Le mueve la cabeza. Le mueve cabeza como una bofetada sin ganas. La cosa tuerce el cuello y la observa abriendo la boca desmesuradamente.
Apunta a su garganta expuesta y dispara de nuevo.
Nada. Ni siquiera lo desplaza.
—¡Diana!
El ser levanta el brazo, amenazando con descargarlo sobre ella, que intenta recular como puede… y desaparece con otra patética succión.
Por un instante, se miran confusos. Ella no sabe qué hacer. Él tampoco parece saberlo.
—¡Eh! ¡Vosotros! ¡Tirad ahora mismo las armas! ¡Todo esto es propiedad del Ejército de Liberación!
Un todoterreno oscuro ha aparcado saliendo de entre los árboles, y tras sus puertas abiertas hay tres mujeres militares y un hombre, armados, apuntándolos con rifles.
Álvaro gira todo el cuerpo hacia ellos y, extendiendo las manos sin soltar nada, grita.
—¡Cuidado!
—¡Tirad…!
Con otro estallido, el monstruo reaparece, contrastando con la claridad blanca del cielo, flotando unos centímetros sobre el suelo, y cae inmediatamente.
—¡Joder!
—¡Qué es eso!
Ellos saltan cada uno hacia un lado, al mismo tiempo que el otro bando empieza a abrir fuego… no sabe muy bien si hacia ellos o hacia la cosa.
La criatura, que los estaba mirando y parecía haber querido intentar atacarlos, empieza a recibir impactos por todo su cuerpo que la arrastran contra la chapa del helicóptero.
Cuando el repique metálico de balas cesa, no hay en su torso de obsidiana mate una sola herida visible, y se gira encarando a los del vehículo.
—¡Diana!, ¡al coche!
—¡Sí!
Corren, dando la vuelta cada uno al helicóptero por un lado distinto. Siente el sonido de disparos, de gritos, de algo que aparece y desaparece…
Y frente a ella, un muro como un pilar humano negro la detiene al chocarse contra él. Rebota y cae de culo al suelo. La mano de la muerte se alza hacia ella.
—¡Diana!
Interpone chillando la escopeta, como un escudo desesperado. Y entonces, sintiendo una leve brisa de velocidad y una mancha negra que se acerca, recuerda la sensación del labio que se le abrió por la mañana… solo que muy aguda y en toda la cara.
—¡DIANA!



La cara derecha le duele muchísimo… no es capaz de abrir el ojo, la boca le sabe a sangre… ¿Álvaro la acaba de dejar en el suelo? Está gritando algo… hay disparos. Son profundos, pesados, más nítidos que los de su escopeta…
Se nota apoyada contra una pared dura. Hay zombis que gimen. Tiene sangre seca por todas partes… Hace mucho frío…
—¡El hospital está cerrado! ¡Por favor, marchaos!
—¡Que me abráis la PUTA puerta! —Álvaro. Suenan más disparos desde la misma posición en la que está. También hay ecos de gritos distantes…
—¡No podemos! —Es una voz femenina…—. ¡Chico! ¡La primera planta está llena de esas cosas…! ¡Marchaos!, ¡no queda nada aquí!
—¡Voy a entrar y llegar hasta donde estáis…! Y… ¡Os juro por mi vida que como no estéis preparados para ayudarla me lío a tiros con todos vosotros! ¡Daos puta prisa ya!
—Señor.
—¡ME CAGO EN DIOS!
Una ráfaga de tiros de otro arma la sobrecoge. Se esfuerza todo lo que puede en abrir el ojo izquierdo. El gesto hace que le lleguen terribles punzadas desde la ceja derecha.
Ve al amigo dando una patada a una puerta. Están los dos en una posición elevada, un rellano sobre unas escaleras. A un lado la calle, un paseo largo amurallado hasta otra principal, que está llenándose de zombis que se acercan. Al otro un edificio grande, con un cartel azul que reza “Hospital San José”.
Álvaro porta cogido con ambas manos el rifle. Su escopeta… debió de partirse… joder… ¿esa cosa…?
Apunta hacia el interior y empieza a disparar bala a bala, reculando hacia la barandilla.
Un no-muerto aparece en su línea de visión. Va reptando por el suelo hacia ella… su cabeza estalla.
—¡Tranquila Diana! Vas a ponerte bien, te lo prometo…
—Álvaro…
—Tranquila. —Silencio—. ¡Joder!
Desaparece dentro corriendo y perjurando. Siente disparos. Y sus voces. Y los gemidos y gruñidos. Y gritos que llegan desde los muros. Gritos antinaturales, como los que se acercan desde fuera. Y golpes… Está muy mareada. No puede parar de tiritar… la cara se siente tan sucia… El olor de su sangre está por todas partes… El hedor de dentro escapa. Ha vuelto a tener que cerrar los ojos… Ahora los disparos suenan por ráfagas…
Unas manos firmes la recogen. Caminan con ella. Hace lo que puede por aferrarse al cuello. Suben… Intenta abrir el ojo… Hay una puerta doble cerrada frente a ellos.
—¡Que-abráis-la-PUTA-PUERTA!
—Señor… no podemos… lo hemos prohibido para que no entren esas cosas…
—¡O la abrís y nos dejáis pasar y luego la cerráis de nuevo o empiezo a disparar hasta que no quede puerta!
—Señor… hay enfermos aquí.
—¡Me suda, toda, la, puta, polla! ¡OSTIA!
Algo está subiendo las escaleras. Álvaro se gira con ella. Extiende la pistola frente a su cara; es enorme. Una mujer en bata de hospital sucia remonta lentamente los escalones. Hay berridos ya en la calle cercana…
Aprieta el gatillo. El estallido le ensordece. Nota el retroceso contra su propio cuerpo sostenido por un brazo y medio del compañero. La bala falla reventando el azulejo contra el que impacta.
Otro disparo. Un pitido intenso en sus oídos. Cree que chilla. El cráneo de mujer explota. Una mano le aprieta cálidamente en la espalda un instante.
—Abrid, ¡YA!
Silencio.
—Me cago en Dios… —Casi lo dice susurrando—. ¡TRES! —Ahora son puros vozarrones—. ¡DOS!
Ve al amigo apartarse con ella un paso de la puerta y dejándola caer de modo que sus pies toquen el suelo, aún abrazada por su zurda, pone recta la pistola encañonando la cerradura.
—Álvaro… —No…
—¡UNO!
No puede hablar. No puede pararlo… Los dedos que la envuelven le masajean un segundo la nuca deslizando el antebrazo por su espalda.
Una cara de hombre se asoma por el ojo de buey.
—¡Quieto! Por favor, no dispare. Vamos a abrirle, ¿vale? Tranquilícese. Nos va a llevar un momento. Hay un montón de cosas en medio…
—Tienen un minuto.
Los ecos de los berridos resuenan dentro de las paredes inferiores. Algo trastea mucho tras la puerta.
—¡Vamos!, ¡joder!
Pasos en carrera llegan a la escalera. Dobla la esquina otra chica. Apenas adolescente… de su edad a lo mejor. Rubia. En vaqueros casi destruidos y solo con jirones de ropa en el torso… Su brazo izquierdo no está y los cortes y agujeros están por todas partes de su piel desnuda y azulada.
Chilla muy agudo y empieza a subir a saltos.
“¡BUNG!”. Casi cuando estaba a su altura vuela hacia atrás con la cara deshaciéndose en una nube de sangre. Intenta no respirar. Le duele tanto. Joder. ¡Joder!
—¡Dios! ¡Tranquilícese!
—¡No os disparaba a vosotros!, gilipollas. ¡VAMOS!
—Sí. Sí… Le juro que voy todo lo rápido que puedo…
—¡YA!
Hay más arañazos, choques y chillidos que se acercan.
Con un último arrastre de algo, siente que se abren las puertas. Un hombre en bata blanca se aparta un paso y Álvaro entra con ella como si el hospital fuera suyo. Dos mujeres, una en mono verde y otra con la misma prenda sucia que el hombre, la recogen de las manos de Álvaro, que retiene un segundo sin soltarla.
—Su vida me vale las vuestras. “Tenerlo” claro.
—Chico —la médico—, haremos lo que podamos…
—No. La salvaréis, o no salimos ninguno de aquí —sentencia con una seriedad que nunca le había escuchado.
Se la llevan en volandas. De lejos oye un último fragmento de conversación: “Vamos, ayúdame a cerrar de nuevo, ¡joder!”, “Sí… sí. ¡Voy!”; antes de desvanecerse de nuevo….



—Menudo novio que tienes, ¿eh?
—¿Qué? No es mi novio…—Está tumbada en una cama cómoda.
—Álvaro se llama, ¿no? —Joder, la cara empieza a chillarle sin callarse ni un segundo.
—Me duele mucho la cara… —Oye disparos…
—Tranquila, tienes un corte bastante grande, vamos a… —Se nota sumamente mareada, no tiene fuerzas para abrir los ojos, no tiene fuerzas…
—¡Haced que pare! ¡Me duele! —berrea perdiendo la voz lentamente…
—Tranquila Diana. ¿Diana…?
Diana…



—¿…bien? —Es Álvaro…
—Sí, sí… El corte no era gran cosa. Podría haber sido muchísimo peor si le hubiera tocado el ojo… Ha estado cerca. ¿Con qué se lo ha hecho? —Hay un deje extraño.
—¿Entonces qué le ocurre?
—Le hemos puesto la vacuna contra el tétanos y antibióticos. La herida en su espalda…
—No le ha mordido nada doctora, no se preocupe, y gracias… ¿pero por qué estaba tan mal? Pensé que iba a perderla…
“Álvaro…”. No consigue hablar.
—No, no… para nada. De verdad, se va a poner bien. Lo más grave que traía era la hipotermia.
—¿Hipotermia?
—Sí…
—¡Joder! —Suena un golpe.
—Tranquilo… Seguro que no ha sido culpa tuya…
—Sí. Sí lo ha sido… ¿Y ahora qué?
—En cuanto recupere el calor volverá a sentirse bien. En cinco días o así se le podrán quitar los puntos para minimizar la cicatriz, aunque debería tener cuidado con la zona por un tiempo… pero vamos de lo importante mañana debería encontrarse mucho mejor.
—Álvaro… —¡Por fin lo consigue!
Silencio.
—Os dejo a solas.
Unos pasos se alejan. Una puerta se cierra y algo se desliza por el suelo. Después van hacia ella.
—Hola enana —Le agarran una mano. Abre un ojo.
—Hola… —Intenta sonreír y le da un pinchazo el labio superior, y el inferior más flojito…— ¡Ay!
—¿Cómo te encuentras? —Está oscuro, pero reconoce la silueta de su amigo.
—Me duele…
—Lo siento mucho…
—¡No ha sido culpa tuya!
—No pensé en el frío…
—¿Y qué hubieras hecho?
—No lo sé… Quisiste que subiera las ventanas…
—¿Qué?
—En el coche.
—¿Qué? Ah. Ay. No seas idiota…
—Lo siento…
—Que no, jo. Yo también lo siento.
—¿Por qué? Debió haberme atacado a mí el zombi…
—Anda… ¿Y cómo te iba a haber llevado yo?
—Seguro que habrías podido…
—¿Dónde estamos?
—En Teruel. A las afueras, creo…
—¿Teruel?
—Sí.
—¿Qué vamos a hacer?
—Por ahora esperar a que te pongas bien.
—Ya, ¿pero luego?
—Ya lo pensaremos…
—¿Estoy muy fea?
Silencio. Él le acaricia con suavidad la cara y ríe un momentito. Se da cuenta de estar vestida con un mono de paciente. Sus prendas están malamente dobladas en una de las sillas cercanas.
—Tú qué vas a estar fea. No seas tonta anda.
—En serio…
—En serio.
Vuelve a intentar sonreír y vuelve a dolerle.
—¿Me va a quedar cicatriz?
—Seguro que muy poquita…
—¿Sí?
—Sí. —Se tranquiliza.
—Gracias…
—No me las des. Al final todo lo que necesitabas eran unas cuantas mantas encima. —Se percata del peso contra su cuerpo.
—Gracias.
—¡Anda!
Se aleja de ella y se sienta en una silla a los pies de la cama. Se fija en que ha colocado otra silla atrancando la puerta. Por fin puede verlo algo mejor al contraluz del atardecer.
Está empapado de sangre ajena. Con el pelo muy sucio y apelmazado. Dentro sólo hay una mochila, la de ella. Llena de cosas, y la ametralladora. La pistola abulta en su pantalón. Parece agotado y sudadísimo.
—¿Qué te ha pasado?
—¿Eh? ¿A mí?
—Sí…
—Nada…
—Dime…
—Unos cuantos zombis…
Ella calla interrogativamente.
—Cuando te dejé con ellos… Llegaron gritones a la puerta… y tenía pinta de que acabarían tirándola…
—¿Qué puerta?
—La de la planta… aquí…
—Ah, vale… ¿Pero qué te ha pasado?
—Salí por el otro lado y fui a enfrentarlos… Pero me rodearon abajo y… bueno… tuve que matarlos a todos. Ojalá me hubieras visto.
—¿Te han mordido?
—No, no. Descuida, de verdad.
—¿Estás bien?
—Sí…
—¿De verdad?
—Que sí. Sólo me duelen un poco los brazos.
—¿Un poco?
—Bueno, bastante.
—¿Y eso?
—Me quedé sin balas… Bueno. Todavía nos queda un cargador del AK, pero no tenía tiempo de buscarlo… y la guja pesa…
—Ya…
—¡Maté a dos gritones a la vez con ella!
—Joder… no lo digas así. Te podían haber matado…
—Bueno… no negaré que lo vi cerca…
—Álvaro… —se horroriza.
—Tranquila. Ya está todo arreglado. Ahora no tenemos que temer nada de abajo.
—Siento no haber estado ahí para verte…
—Ya, me siento heroico… Debía haber cincuenta o más… —Su voz suena a exageración adrede.
—Jolín.
—Ya ves —Le sonríe.
Callan por un rato.
—¿La escopeta…?
—Ya encontraremos otra. Seguimos teniendo la munición. Menos mal que fue mi mochila y no la tuya la que se rompió.
—Lo siento…
—¡Que no pidas perdón!, ¡leñe! —Le tira flojito un envoltorio vacío.
—Perdón… —Siente como la mira mal—. ¡Perdón, perdón, perdón! —ríe.
Él también.
—¿Y tus cosas…?
—“En el fondo del mar, matarile, rile, rile…”.
—“Joer”…
—Solo era ropa y algo de comida… Aquí tienen bastante; las cocinas arriba son todas para ellos. ¿Tienes hambre?
—Un poco.
—Toma.
Le tiende un batido de chocolate sin abrir, con pajita propia, y unos fritos a mitad.
—Gracias… ¿Qué nos queda entonces?
—Pues… Tus cosas… Un poco de comida, las medicinas, las balas de la escopeta… y yo…, la pistola…, aún tiene un par de balas. Y el AK, con un cargador entero… la guja y alguna herramienta. Y la shisha en el coche…
—Hemos estado peor…
—Y que lo digas… Si intento fumar aquí, me van a mirar muy mal, ¿verdad?
—Seguramente…
—Eso pensaba… —Se resigna con tono hastiado.
Vuelven a pasar largo rato de silencio tranquilo, ella repasando mentalmente todo lo que han perdido en tan poco tiempo…
Se hace de noche.
—Álvaro…
—“¿Hm?”.
—¿Crees que llegaremos al mar?
—¿Crees que llegaremos al mar? —repite con un hilito de voz, doblado en la silla y nuca contra la pared.
Observa sonriendo entristecida al amigo extenuado y decide intentar dormir también.



Tiene sueños extraños. Oye voces. Como si le hablaran. Pero no pronuncian nada… parecen… hambrientas…
A la mañana siguiente, pasa mucho tiempo aburrida, esperando hasta que aparece Álvaro. Duchado, vestido con prendas nuevas, cargando una mochila azul bastante más pequeña que la otra y de aspecto lleno.
Ella se fija en que alguien debió de lavar su cuerpo cuando estuvo ayer inconsciente y que tiene una gasa nueva en la herida de la espalda… Siente un poco de vergüenza de nuevo al pensar en ello, viendo limpio al amigo.
—¡¿Qué tal?! Se te ve mucho mejor…
—Sí… me he hecho con comida y cosas… —dice tapándose la boca con gesto perverso y afectado—. ¡Y tienen duchas que funcionan! Aunque frías…
—Me alegro… —Sonríe. Le duele menos.
—Tú también tienes mucho mejor aspecto. Te ha vuelto el color a la cara. ¿Te encuentras bien?
—Sí, mucho mejor.
—¡Great!
Pone un pulgar hacia arriba.
—¿Quieres desayunar?
—Vale.
—¿La ropa…? —Comparten chocolatina, garrafa y unos cereales en agua azucarada.
—Me dijeron que había mucha en las taquillas, de los que trabajaban aquí y se fueron… que mirase si algo me valía. No es bonita pero… conservo la gabardina —Guiña el ojo.
—Tal vez deberíamos salir y juntarnos con ellos…
—Tal vez… —Parece meditabundo.
—Voy al baño un momento.
—Claro.
Cuando pone los pies descalzos en el suelo, se sorprende de sentir las piernas con fuerza. Sus brazos también parecen fuertes… busca sus botas y metiendo nada más que la punta en ellas se desliza hacia el cuartito.
Nada más se levanta del inodoro se mira al espejo sin demora. Al principio se queda impactada. Pero cuando lo contrasta con la sensación que tiene de dolor, se alegra de que sea mucho más pequeño el corte de lo que esperaba. Una línea rojiza y levemente hinchada, cosida con un zurcido de hilo translúcido, la recorre un poco torcida desde la mitad de un lado de la frente hasta la ceja, que ha partido. Esa es la peor parte; luego desaparece unos cuantos dedos y vuelve a marcarse contra su mejilla y pómulo por unos cuantos centímetros nada más, y haciendo una última aparición en su labio superior. Ese ni se lo han cosido; parece un corte pequeño. Paralela a ella hay otra mucho más pequeña en su entrecejo, que es más un arañazo que un verdadero corte. Realmente espera que cuando se cure sólo le quede una línea. Recordando el tamaño de las garras de aquella cosa… sólo pudo haberla rozado…
Ríe para sus adentros pensando que jamás imaginaría haberse tomado una línea en la cara como “sólo una línea”. Se la aprieta un poquito con el dedo y ésta le devuelve un pinchazo enervado. Decide dejarla en paz y encargarse del otro problemilla que acaba de acosarla.
Sale del baño a voz de “un momentito”, coge su mochila, y regresa dentro ante los ojos curiosos del amigo.
Con paciencia, emplea el agua del grifo, jabón, y una de las toallas para lavarse la entrepierna cuidadosamente y se coloca una compresa. Después, ya que la tiene a mano, se quita el no demasiado pudoroso mono y se viste con su ropa limpia. En vaqueros, calcetines, botas y camiseta, sale fuera.
—¡Oh!, qué guapa.
—Gracias. —Le dedica una dolorosa sonrisa. Su labio inferior cortado por el frío ya apenas protesta. Es el otro ahora, muy agudo.
—Oye, no tengo ni idea, a lo mejor deberías seguir bajo las mantas…
—No lo sé… Puede… Me duele la espalda ya de estar tumbada.
—Vale, como quieras. ¿Te encuentras bien?
—Sí, sí. Bastante.
—Si vuelves a sentirte mareada o lo que sea, dímelo, ¿vale?
—Vale. —Se sienta en la cama mirándolo—. ¿Salimos…?
—La verdad… es que preferiría que nos quedásemos por aquí.
—…con… ¿No te fías de ellos?
—No mucho…
—Parecen buena gente…
—Estoy casi seguro de que lo son…
—¿Entonces?
—No lo sé…
—No te entiendo…
—A ver, he estado hablando un ratito con ellos… Por lo visto son los dos médicos y la enfermera que conocimos, otros tres pacientes que se han quedado, creo que sanos ya, y dos crónicos que no se pueden levantar, uno seguramente muera pronto, creen. Necesitan hacerle no sé qué que no pueden…
—Ya…
—Y me han estado preguntando por cómo está todo fuera. Llevan aquí desde el principio. Realmente se hacen una idea de la escala y de todo lo que estará ocurriendo… pero no lo han vivido por ellos mismos y…
—¿Y?
—Nosotros entramos aquí a tiros. A ver… ellos todavía, simplemente, no creo que se hayan mentalizado del mundo que hay fuera… Siguen… como si fuera como antes… Ver alguien amenazarte con un arma de fuego es muy impactante… Y no creo que vayan a olvidarlo… Lo entienden pero no lo sienten. “Agh”. No sé si me explico.
—No sé…
—El médico no dejaba de mirar mis armas… Están muy asustados. Todavía tienen bastante comida pero tienen que saber que en algún momento se les va a acabar, y nosotros hemos entrado aquí por la fuerza y vamos a estar unos días gastando sus cosas… No sé. A veces el miedo puede hacer peor a la gente que la maldad.
—¿Crees que intentarán quitarnos las armas?
—Seguro que no les gusta que las tengamos al menos… No sé, él parece estar al mando más o menos… y tienen que haber visto tanta gente morir por no dejarla pasar… Se han atrincherado aquí… No me siento del todo seguro de que no intentarán algo… y tienen drogas a mano. No creo que nos mataran pero…
—“Joer”…
—A ver… no lo sé… No vamos a estar aquí mucho, si no sí que deberíamos hacer lo posible por conocerlos… pero yo creo que lo mejor es que pensemos en irnos en cuanto te quiten los puntos y ya está. Les agradezcamos como podamos lo que han hecho por nosotros y nos larguemos…
—Pero que seamos precavidos y no les demos oportunidad de hacer ninguna tontería…
—Exacto…
—Pero si quisieran hacernos daño, podrían habérmelo hecho cuando estuve con ellos…
—Es que no creo que quieran hacernos daño exactamente… Simplemente… les pone incómodos hasta la idea de abrir las puertas de nuevo. Comenté en broma que si alguno era fumador podíamos echarnos una shisha en el coche y él saltó muy fuerte que no había que abrir las puertas para tonterías…
—Hombre… es que fumar no es importante…
—Claro que no es importante. Lo importante es que aunque no se oye ya ningún zombi abajo, me encargué de ello, siguen sin atreverse a abrir una puerta, aunque sea para estirar las piernas y ver algo más que las paredes del hospital. Llevan, ¿qué?, ¿casi dos meses aquí?
—“Hm” —asiente.
—¿Te imaginas? Eso me demuestra que en el fondo están muy acojonados.
—Pero es normal… si no han salido nun…
—Claro que es normal, joder. Pero la gente tan acojonada es inestable…
—Ya…
—De todos modos, lo vamos viendo… tendrán que venir a verte en algún momento. Si no luego salgo a preguntarles si ya puedes salir de la cama o qué…
—Vale. ¿Salimos los dos?
—Sí, vale. Voy a ir fregando nuestros boles del desayuno, que han sido muy amables dejándome coger esas cosas, eso no se lo podemos negar… Y las que no saben que he cogido…
—Álvaro… —reprocha.
—Lo siento. Pero no sabemos si puede que tengamos que salir corriendo…
—No sé…
—Buscaremos la forma de compensárselo, ¿vale?
—Sí.
—Trato.
—Podríamos decirles que se vengan con nosotros…
—Lo he pensado, si quieres se lo decimos… pero no creo que se atrevan.
—Podemos probar.
—Cuando vayamos a irnos, ¿vale?
—Vale.
Desaparece en el cuarto de baño y lo oye fregando brevemente. Luego regresa.
—Oye.
—Dime.
—Ayer… ¿Qué pasó? Después de que esa cosa me… de que me desmayara. —De repente se le hace duro decir directamente que le cortara en la cara… la palabra “contagio” llena su mente y la reprime lo que puede. Está bien, está bien…
—¿Después?
—Sí…
—¡Puf!. Realmente ni lo sé… A ver te cogí muy rápido y te arrastré al coche. Los otros no paraban de disparar. No volví a ver a esa cosa… Estaba… solo pensaba que tenía que llevarte a un hospital. Por eso vine a Teruel… está bastante vacía la ciudad…
—Gracias…
—Que no me las des, leñe.
—Perdona…
—¿Qué te ocurre?
—No sé… ¿y si me lo ha pegado?
—No, ni lo pienses, no seas boba, a mí ya me cortaron con unas garras como esas y no me ha pasado nada…
—¡No soy boba! No era el mismo tipo… los otros si te arañan te puedes contagiar…
—En verdad no lo hemos comprobado…
—Pero y si…
—Que no. No quiero que te me vuelvas loca con la idea tú ahora, te necesito conmigo, ¿vale?
—Sí… —Tuerce el labio que le grita que no lo haga.
—En serio, vas a estar bien. Sabemos que son dos días, y ya ha pasado uno y te encuentras bien.
—¿Por eso me preguntaste que si estaba mareada?
—Que no… De verdad. Te pregunté por la hipotermia…
Silencio. No se encuentra bien. No mareada. ¿No? Mentalmente. Preocupada. ¿O se encuentra mal? Mierda. “Sabes que siempre has sido un poco hipocondríaca, no empieces ahora…”.
—¿Tú qué crees que era?
—¿El qué?
—Eso…
—Eso… —Tarda unos segundos en entenderla, parece—. No lo sé, supongo que otro tipo nuevo de zombi, por si no tuviéramos ya pocos.
—No le hacían nada… las balas…
—Ya…
—¿Funcionarán las granadas negras?
—Esperemos…
—Aún no entiendo muy bien qué pasaba.
—Yo tampoco… no sé si se volvía invisible, se teletransportaba… yo creo que era eso… Por los ruidos…
—¿Alguna idea de cómo?
—Sí, porque tenía dominadas las tres sílabas de poder de su Thu’um, aunque el de susurrar hacía otras cosas en el juego…
—¿Qué? ¡Álvaro, te estoy hablando en serio!
—Ya lo sé. No tengo ni idea. A lo mejor el próximo que nos encontremos puede viajar en el tiempo.
—Álvaro…
—Ay, de verdad, es que no lo sé…
—Pues dímelo, pero no me vaciles…
—Sabes que soy así… perdona…
—Vale… pero…
“Knoc, knoc”.
—¿Se puede?
Se miran. Ella le asiente.
—Sí, pasa.
Aparecen las dos mujeres.
—¿Cómo te encuentras Diana? ¡Oh! Si te has levantado de la cama y todo…
—Sí… ¿No debo?
—No, no, como tú te encuentres. Si te sientes fuerte puedes hacer lo que quieras, venía a verte la heridica… —Le hace gracia el acento de las dos, no lo había oído nunca; vuelven agudas un montón de palabras.
—Vale.
—Pensaba que era un corte limpio… —Álvaro habla muy cordial, pero algo… algo de lo que cree que ahora mismo sólo ella podría percatarse, le hace sentirlo suspicaz.
—Sí, eso parece, pero… mejor estar seguros de que va todo bien.
—Vale, vale…
—¿Nos dejas? —le hablan a ella ahora.
—Sí, sí, gracias…
Le toca la enfermera un poco en la cara, escuece cuando la aprieta en los puntos. La médico observa.
—¿Cómo te lo hiciste?
—¿Eh? —Mira rápido al amigo. Todos la miran. Él solamente le devuelve una sonrisa… —Me cortaron, no sé si era un machete… o una espada…
—¡Jolín! —la enfermera—. ¿Qué añicos tienes?
—Quince…
—Lo siento mucho mi chica…
—No pasa nada…
La enfermera parece conmovida.
—¿Con una espada entonces? —la otra.
—No lo sé…
—Fue un machete —Álvaro—. Nos atacaron para robarnos.
—De acuerdo. Gracias. Todo parece estar bien…
—¿Sí? —ella.
—Sí, no hay signos de que se quiera infectar…
—Eso es bueno, ¿no?
—Sí, niña —la enfermera—. En unos días podremos quitarte los puntos. Verás que sólo te queda una manchica.
Ella le devuelve una sonrisa. Después se retiran, pero vuelven a hablarles desde el umbral.
—Si ella se encuentra bien… si os apetece, podéis veniros fuera con nosotros.
—Vale, gracias —Álvaro—. Luego lo vemos… la verdad es que tenemos los pies hechos polvo, ya habréis visto los suyos. Por ahora nos apetece descansar…
—De acuerdo.
Sale cerrando tras de sí.
—¿Quería comprobar si era un riesgo, verdad?
—Sí…
—Es que puedo serlo…
—No vuelvas a eso, anda…
—Debe de saber que esta herida no es de un machete.
—Puede sospecharlo, pero no saberlo…
—No sé… podríamos decirles la verdad.
—Sí, vale, pero cuando hayan pasado los dos días que tarda la conversión, no quiero que esta gente se ponga histérica, sospecho que simplemente la posibilidad de tener un zombi aquí dentro les haría enloquecer…
—Pero es que…
—Que no vuelvas a eso, ¿vale?
—Vale… No seas tan brusco conmigo…
—Perdona.
Se hace un largo y pesado silencio.
—¿Te apetece jugar a las cartas?
—¡De acuerdo!
Se sientan los dos en la cama y extienden la baraja…
—¿Cuándo cumples los años, por cierto?
—El siete de julio… —responde tímida.
—Habrá que hacer algo entonces…
—No hicimos nada para el tuyo…
—Ya, es que ni me acordé de la fecha en que estábamos… Lo cual es irónico.
—¿Por?
—Es el cinco de noviembre… —Hace una pausa—. ¿No?, ¿“remember, remember, the fith of november”? ¿En serio? Déjalo.
—¿Qué pasa?
—Nada.
En verdad, tiene un punto adorable tan lleno de referencias extrañas… empieza a sentir curiosidad por ellas.
—¿De verdad no has visto V de Vendetta?
—Ah, ¡sí!
—¡Entonces peor!
—Lo siento… sí… “Recuerden, recuerden, el cinco de noviembre”… Ahora sí me ha venido.
—En fin… Te salvas.
El día se le pasa pesadísimamente largo… Al final ni las cartas ni la compañía consiguen evitar que a ratos le arda la cara y le asfixien las cuatro paredes de la diminuta habitación de hospital… y han ido llegando bastantes zombis al patio y muros del edificio… Suponen que por los disparos de ayer. Por lo menos treinta o cuarenta rodeándolos… Al menos los pies están descansando. Al menos…
Sin nada mejor que hacer, atrancan la puerta e intentan dormir temprano. Él tumbado a lo largo de cuatro sillas, pese a que ella lo invitara a compartir cama. Con los abrigos de los dos puestos por encima. Es cierto que si se mueve sin querer y le da en los puntos podría hacerle mucho daño…
Casi dormida, recuerda el riesgo de su corte… no ha tenido ningún síntoma extraño durante el día…



El monstruo está frente a ella. La observa con sus ojos negros. Con su cara negra y sus cuchillas… Le susurra su hambre… Y desaparece… y vuelve a estar… y vuelve a desaparecer en la oscuridad de la noche… hay campos y casas… y vuelve a verlo. Cada vez más cerca. Cada vez sus zarpas más cercanas a su piel… “Diana”… Lo tiene casi encima… “Diana”…
—¡Diana!
—¿Eh?, ¿qué pasa?
—Estabas teniendo una pesadilla. ¿También estabas soñando con el monstruo?
—Sí…
—¿Ayer también soñaste con él?
—Sí, ¿qué pasa? —Le molesta la raja, especialmente en la frente.
—¿Oíste las voces las dos veces?
—Sí… ¿Qué ocurre, Álvaro?
—Tenemos que irnos ya.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Yo también he soñado con él… lo he sentido. Está viniendo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo he visto… estaba pasando por los mismos sitios por los que pasé al venir… No lo sé… No quiero quedarme a averiguarlo.
—¿Estás seguro?
—No.
Silencio.
—Vale, vámonos —ella.
Tiene miedo. Confía en él.
—Hay zombis fuera, tenemos que salir sin disparar, sin hacer ruido…
—Sí. Hay que avisar al resto…
—Sí… A ver cómo se lo explicamos…
—Ya…
—Vamos rápido, de verdad se sentía cerca. No perdamos tiempo con lo trivial.
—Sí, ¡voy!
Pega un salto de la cama. Le duele la cabeza un poquito de moverse tan rápido. Se pertrechan sin hiatos.
Él ha cogido las mochilas de los dos. Decide no discutirle ahora que hay prisa. Le pasa el AK a voz de “no lleva seguro”. No lo ha utilizado nunca… En fin. Él carga con la alabarda aparte de la pistola.
En el vestíbulo a oscuras no parece haber nadie. Empiezan a recorrerlo adelante y atrás a voces de “¡Despertad!”.
Acaban saliendo de las diversas puertas. Álvaro se dirige al médico directamente.
—Escuchad… —Sin embargo habla en plural…— Tenemos que irnos todos de aquí…
—¿Qué…? ¿Qué ocurre? —La doctora es la primera en hablar somnolientamente.
—Viene una criatura. La misma que nos atacó el otro día… No sabemos qué es pero no se la puede matar… las balas no le hacen nada y tiene que estar a punto de llegar.
—¿Cómo lo sabéis? —pregunta él. Los demás parecen hacer ademanes de cuchichear y ponerse nerviosos.
—Lo sabemos, ¿qué más da?
—¿Cómo lo sabéis? —insiste autoritario.
—Lo hemos soñado —interviene ella. Tratando de sonar decidida. Quiere apoyar a Álvaro.
—¿Que lo habéis qué? —Al perfil de la luz, distingue una de sus cejas arqueadas.
—Mirad… —sigue—, sé que es una locura. Pero ahí fuera hay cosas que no tienen sentido… La cosa que me hizo esto —se señala—, era un hombre, negro de verdad… no de raza… —Empieza a sentir estar aturullándose—. El caso es que mediría tres metros de alto… todo en él era negro y se teletransportaba cada pocos segundos y sus garras derribaron un helicóptero…
—¿No le dijiste a Alba que te habían cortado con un machete?
—Mentí, ¿vale? No quería que pensarais que estaba contagiada ni nada…
—Puede que tenga delirios de fiebre… es una de las fases…
—No está delirando. Yo estaba con ella cuando le pasó. Estoy sano y vi lo mismo que os está contando. Y a mí no me cortó en dos esa cosa de milagro.
—¿Y ahora habéis soñado con esa cosa?
—Sí. Mira, a mí me da igual que nos creáis o no. Nosotros marchamos ya, y si queréis veniros con nosotros, os ayudaremos a llegar a la costa… Allí pretendemos encontrar un mejor refugio. Si os quedáis, lo que viene va a hacer pedacitos de todos vosotros.
—¿Has mirado ahí fuera? Por culpa de vuestro escándalo del otro día han rodeado por completo el edificio.
—No me jodas. No creo que sea la primera vez que os hayan rodeado. Sabéis que se acabarían marchando los que estén fuera. De todos modos, hasta de eso vamos a encargarnos nosotros así que todo lo que tenéis que decidir es si os quedáis y morís u os venís con nosotros.
—Chico… te dejamos entrar, curamos a tu amiga, y ahora vas a hacer que toda esta gente muera. Aquí tenemos pacientes que no podemos abandonar.
—Entré. Me ayudasteis porque no os dejé otro remedio. Y si quisiera mataros para robaros habría empezado por tu habitación en el silencio de la noche.
—¡Parad! De verdad. No somos enemigos. Joder. Estoy jodidamente harta ya de tener casi más problemas con las personas que con los zombis… ¿No os dais cuenta de que todo el mundo se está muriendo ahí fuera? ¡Dios! Los que quedamos… ¡“Joer”!
—¿Zombis? ¿En serio? ¿Así los llamáis para no sentiros unos asesinos por matar a tantos como matasteis al llegar? Las enfermedades tienen cura, la muerte no.
—¿Te has acercado siquiera a uno de ellos? —Álvaro— Si lo hubieras hecho, si hubieras visto los ojos de uno de ellos a menos de dos metros sabrías perfectamente que esas cosas no están vivas. Ya no.
—La noche en que todo esto pasó estaba aquí porque mi mujer estaba ingresada aquí esperando dar a luz… Ni siquiera es mi hospital. Vuélveme a hablar así de ella… vamos, hazlo.
La voz del hombre se ha vuelto muy áspera. Mucho más fuerte que nunca antes.
—Nada de eso cambia que si os quedáis moriréis.
Silencio.
—Escuchad. No sé qué quiere esta gente. Pero os garantizo que el hospital es seguro. Salir es un riesgo innecesario para nadie; y aquí no vamos a abrir las puertas y volver a exponernos a lo que hay fuera.
—¡Claro que vais a abrir las puertas!
—Si queréis salir, hacedlo por la ventana —sentencia el interlocutor, conservando bastante de la fuerza de antes—. Sólo es un primero.
Él y Álvaro se miran a los ojos, seguramente invisibles los del uno para el otro en la oscuridad. La que supone que es Alba está sirviendo de cobijo a la enfermera que también la atendió, escondida casi sin parecer darse cuenta de ello tras su cuerpo.
Hay otro chico joven al que no ha visto en ningún momento, en el corredor con ellos, y asomando la cabeza desde sus cuartos otras tres personas más.
Siguen en silencio varios segundos más… Teme que Álvaro lo golpee o algo peor. Teme que el otro intente atacarlos o algo peor… Teme que toda la humanidad que quede se haya contagiado de la misma gilipollez… Pero pase lo que pase, está con Álvaro.
—Diana, por favor, vete a la habitación y haz ruido por la ventana de ese lado para atraerlos, yo voy a buscar cómo bajar desde aquí.
—Sí…
Duda un segundo. Luego se apresura hacia Alba y trata de hablarle muy bajo al oído, sabiendo tener los ojos clavados de ambos hombres en su nuca.
—Alba… Escúchame, por favor. No quiero que os pase nada… Esa cosa que viene… toma. —Saca la granada negra que todavía sigue en su cinturón de herramientas, y la coloca en la mano de la otra intentando que nadie más pueda ver qué hace—. Por favor, no le digas a nadie que te lo he dado… creo que te lo quitarían… Tiene un botón arriba. Si lo pulsas matará a todos los zom… enfermos de esto que haya cerca. Sólo tiene un uso, pero puede ser lo único que pueda dañar a esa cosa si viene… No me digas nada, quédatelo como agradecimiento.
La mujer parece desconcertada. Solo asiente.
—¡Voy!
Corre perdiéndolos de vista, abre y empieza a dar voces. Intentando controlar un tono que avise a lo que haya cerca… pero no lo que pudiera estar cerca.
Pierde la noción de cuánto rato pasa. Con los zombis gruñendo abajo, como siluetas difusas en la oscuridad, apenas distinguibles sus manos extendidas hacia el cielo… y más que llegan por las callejuelas. A veces el miedo le juega malas pasadas y cree oír voces fugaces como producto de los gemidos, o ver siluetas humanas negras en las formas y bultos de la noche…
—¡Diana!, ¡vámonos! —Llega un cuchicheo gritado desde el hall.
Se esconde al refugio de los muros y trota hacia allí. Todos siguen casi donde estaban, salvo Alba y la enfermera, que parece haberse relajado un poco. Ve una tira de correas de persiana atadas por los extremos y a la pata de uno de los sofás.
El doctor los sigue todo el tiempo con la cabeza.
Álvaro le pide que baje primero. Sabe que sea por lo que sea lo está haciendo pensando en ella… Sin dudar se sienta sobre el alfeizar, agarra la “cuerda”, se da la vuelta y se deja caer controlando el descenso con las manos. Cuando llega al suelo le pican muchísimo pese a los guantes. Está a un lado de las mismas escaleras en que tiene recuerdos fugaces de que la dejara Álvaro el otro día.
El amigo no tarda en aparecer también, casi al mismo tiempo que una silueta humana dobla la esquina y empieza a arrastrar los pies hacia ellos rechinando los dientes.
Caen dos mochilas que intenta recoger con cierta torpeza y después el otro baja a pequeñas brazadas acompañadas de bufidos de esfuerzo. Ella saca el cuchillo y se prepara para recibir al que viene, aunque el margen es amplio.
—¡Vamos al coche!
—¡Guía!
Coge su propia mochila antes de que el otro tenga tiempo de quitársela y lo acompaña muy de cerca. Realmente no había confusión. El suyo es el que está parado en el centro del carril de acceso. Montan los dos sin llegar a enfrentar al no-muerto y él arranca nerviosamente.
Siente un vuelco en el estómago esperando que vuelva a ocurrir un accidente al tocar él las llaves de contacto… pero nada pasa más allá del coche dando novatas maniobras para cambiar de sentido… Álvaro parece no haberse dado ni cuenta. Echa su mochila a los sitios de atrás y se desliza un poco en el asiento poniéndose el cinturón de seguridad. Desde el este llega una línea de luz anunciando el alba y, al alivio de la tensión y la desasosegante seguridad, empieza a llorar abundante y silenciosamente mientras se alejan del edificio.
—¡En serio! ¡Qué putas ganas me han quedado de partirle la cara a ese gilipollas! ¿Diana? ¿Diana, estás bien?
—¡¿Por qué todo el mundo es imbécil?! —grita con voz rota.
Él la mira. Luego habla un rato. Intenta consolarla. Intenta explicarle que hay de todo. Que lo ha hecho genial, que no podía haberlo hecho mejor para intentar convencerlo. Que ya no es una niña y él no habría encontrado mejores palabras. Que esa gente es normal que esté así, que el único gilipollas era el tío… Que encontrarán buena gente. Que encontrarán refugio junto al mar. O en una isla… Luego calla y conduce apretándole una mano de hito en hito.
Al final. Deja de llorar. Es que podrían haberse ido todos juntos. Podrían haber hecho un grupo. Podrían haberse hecho las cosas más fáciles los unos a los otros… Ya es plenamente de día. Frío y con luz azulada todavía. Despejado el cielo al menos. Van rumbo norte. Supone que a retomar la ruta de hace unos días… aunque a lo mejor ya no estén aquellas hordas de zombis que temían…
—Álvaro…
—¿Qué pasa? —responde muy dulcemente.
—¿Puede que nos hayamos equivocado?
—Puede…
—Pero si esa cosa estaba yendo hacia allí…
—Lo mejor que podíamos hacer es lo que hemos hecho y lo que hemos intentado…
—Te vas a enfadar conmigo…
—¿Por qué?
—Le he dado la granada negra a Alba…
El otro la mira un segundo, al principio sin gesto, luego casi a la vez que arquea muy levemente una ceja gira la cabeza y se queda mirando a la carretera.
Pasan minutos.
—No me dejes así, por favor.
—No pasa nada. —Su voz suena forzadamente neutra.
—Estás enfadado.
—No pasa nada.
—Lo siento…
—No le des más vueltas.
Silencio. Silencio. Vuelve a tener ganas de llorar. Tenía que hacer algo por ellos. Se han llevado su comida, sus ropas, la han curado… ¡¿Por qué se siente tan culpable?! La granada era de Álvaro. No debería haberlo hecho… se la regaló a ella… Lo ha traicionado…
De repente, todo el morro del coche a cincuenta kilómetros por hora se arruga. La sangre se le aprieta contra la nariz y los ojos. El cinturón le ejerce una gran presión contra el torso y el vientre, los cristales estallan. Álvaro se sacude bruscamente. Nota un latigazo en el cuello y un impacto de vuelta con la nuca contra el reposacabezas. La vista se le llena de chiribitas un segundo que desaparecen y un hombre hecho de luz blanca sale despedido hacia atrás rebotando contra el vehículo que ha quedado quieto en el sitio.
No sabe en qué orden ni a qué velocidad procesa todo eso su cerebro. Intercambia miradas con él. Tiene los ojos muy abiertos y la boca con los labios apartados hasta enseñar los dientes. Está negando con la cabeza mientras se recoloca en el asiento.
Le duele la cabeza, siente mareo… hay algo extraño… familiar…
Cree que súbitamente los dos caen en la misma cuenta.
Él se quita el cinturón compulsivamente gritando algo difuso parecido a “¡Corre!”. Y sale a pasos aturdidos pero nerviosos, sacando la enorme pistola de su cadera y arrastrando la guja.
—¡JODER! ¡ME CAGO EN TODO YA! —Sus berridos le retumban en los oídos. Intenta desabrocharse el cinturón—. ¡ESTO ES UN CHISTE YA! ¡UNA PUTA BROMA!
Levantándose delante, muy cerca de Álvaro, aparece en su campo de visión una silueta blanca rodeada de chiribitas, de rodillas, con unos dedos negros muy largos.
—¡ME CAGO EN DIOS YA!
La cosa agita los brazos en barridos circulares que hacen restallar el aire.
—¡Álvaro corre!
Ella ya ha logrado abrir la puerta y está saliendo despacio procurando no caerse. ¡¿Por qué se sigue acercando hacia la cosa?!
Él, evidentemente muy mareado, estira el brazo de la pistola mientras apoya el otro contra su propio estómago.
—¡ESTOY YA HASTA LA POLLA! —Dispara a la cabeza. El eco retumba. El ser translúcido para ella vence hacia un lado y se estampa contra el suelo volviendo a agitarse para levantarse—. ¡DE LOS ZOMBIS!, ¡DE LAS PERSONAS!, ¡Y DE TODO!
Se acerca aún más a la cosa y vuelve a disparar contra su nuca. Ella empieza a correr hacia él, tiene que hacerlo entrar en razón y que corra…
El mareo desaparece. Las chiribitas, la luz… sólo queda un cuerpo enorme, raquítico y blanco sobre el asfalto, con un agujero en su cráneo de cera.
Se detiene.
—¡HASTA LA POLLA!
Él recoge el arma del suelo dejando caer la agotada pistola plateada y, blandiéndola en enorme arco, lanza con vehemente saña la roca hacia la cabeza inerte.
Los huesos estallan en una masa de pulpa negra por dentro, y la piedra se mella contra el asfalto crujiendo casi tanto como los disparos.
—¡JODER!
El pobre se deja caer de culo hacia atrás y, ladeándose, empieza a vomitar.
—Dios… —Parece llorar.
Vuelve a correr a su lado. Se agacha junto a él.
Se gira limpiándose los labios con la manga y se abraza a sus hombros a llorar en su clavícula.
—¡Lo siento!, ¡hemos perdido también el coche! —balbucea.
Empieza a acariciarle el pelo.
—Encontraremos más. Estamos bien. Estamos vivos…
—Tú no debes pasar frío ahora…
—No pasa nada, estoy bien…
—¡Lo siento mucho Diana!
—Álvaro…
—No he podido hacer más. Te lo juro. No he podido hacer más.
—Lo sé… Lo sé…
—Siento haberme enfadado contigo.
—No… no debí darle la granada…
—¡Es que ya no tenemos nada!
Lo abraza en silencio. Le frota la espalda. Su aliento le apesta sin importarle. Le agarra una mano y se la aprieta. Él es genial.
—Álvaro… —La mira con ojos enrojecidos pero ya sin lágrimas— Estamos juntos.
—Sí, estamos juntos… —Sonríe con mirada triste.
—Gracias…
Él vuelve a abrazársele muy fuerte y solloza otro par de veces…



Caminan todo el día, siguiendo la carretera, pero fuera de ella siempre que pueden. A veces, cogidos de la mano. El frío y el dolor de pies vuelven. El peso en los hombros. El escozor en sus heridas. Sin embargo se nota muy serena. Casi… contenta. Un coche. Solamente piden un coche, aunque sea para dormir la noche… Los que han ido encontrando, estaban demasiado destruidos.
Cuando siente que ha pasado tiempo suficiente, lo elogia efusivamente por haber logrado matar uno de esos, aunque todo cuanto quiere es reprocharle la temeridad. Es cierto que siente cierta… esperanza, al haber descubierto que se los puede matar con balas… Después de atropellarlos con un coche… Y acertando de cerca en la cabeza… Con una pistola enorme…
El paisaje es agotadoramente monocromo. De marrones y leves verdes. Hecho de suaves pendientes cortadas en fallas por la carretera. No se han atrevido a acercarse a los pueblos indicados, y dan rodeos a los que inevitablemente atraviesa la ruta. No tienen ganas de luchar. Solo de caminar y encontrar otro coche…
Y, al menos eso, les concede el universo. Casi ya sin luz, entre “villa ninguna parte” y “en medio de la nada”, divisan ligeramente ladeado en la cuneta un monovolumen contra el quitamiedos.
Los doscientos o trescientos metros que los separan se le hacen eternos, pero llegan. No están las llaves dentro… y tiene la rueda delantera derecha reventada y el capó arrugado, pero el hacha de Álvaro sirve para forzar una de las puertas y dentro el aire se siente mucho más cálido… o la ausencia de viento engaña… En cualquier caso, dormirán allí.
Ambos atrás, él le insiste hasta lo incontestable en que se tumbe ella, y él, con la cabeza malamente girada hacia dentro, se acomoda cuanto puede sentado. Acaba por quitarse las botas y calcetines y ponerle sus pies en el regazo, acurrucándose muy doblada en los dos asientos que le ha dejado. Desde el accidente le molestan un poquito las cervicales…
Pero no hay incomodidad ni frío… solamente… sueño.





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