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Zombi Volumen Aurora

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jueves, 8 de marzo de 2018

Volumen Aurora - Capítulo 5 - Libro de Hugo (Episodio 14)

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Volumen Aurora:
Prólogo
Episodio 1 - Capítulo 1, Libro de Danko
Episodio 2 - Capítulo 1, Libro de Álvaro
Episodio 3 - Capítulo 2, Libro de Andrea
Episodio 4 - Capítulo 2, Libro de Diana
Episodio 5 - Capítulo 3, Libro de Merlo
Episodio 6 - Capítulo 3, Libro de Carla
Episodio 7 - Capítulo 3, Libro de Hugo
Episodio 8 - Capítulo 3, Libro de Álvaro
Episodio 9 - Capítulo 4, Libro de Adán
Episodio 10 - Capítulo 4, Libro de Danko
Episodio 11 - Capítulo 4, Libro de Diana
Episodio 12 - Capítulo 5, Libro de Esteban
Episodio 13 - Capítulo 5, Libro de Álvaro
Episodio 14 - Capítulo 5, Libro de Hugo  

       


Capítulo 5 – Huir hacia delante
"En una revolución se triunfa o se muere" – Ernesto Guevara.









Libro de Hugo
01/12/2012; 09:11 – Embalse Colleja                Población humana viva: 1.714.850.805



Adán, Danko y su novia visten las armaduras. Están junto a la placa que han rerreciclado del muro que construyeron, algo debilitado tras el trabajo en que empeñaron toda la tarde de ayer. Para él la misión es llevar a Carla hasta el helicóptero, que desde la desaparición de Esteban… no mueve ni un músculo. Merlo se está encargando de Andrea, que apenas parece algo más entera.
Siguen esperando a ese supervisor que nunca llega. La barrera portátil que han fabricado… la idea sigue sin convencerle. ¿Parará balas hasta el helicóptero mientras los tres compañeros acorazados la vayan llevando? Seguramente. Pero el tanque… No. Y el tanque no parece muy dispuesto a esperar más. Ignoran, fingiendo no estar, las voces del tal Cruces. Pero…
¡Vale! vuelve a gritar. ¡Habéis tenido tiempo suficiente…! ¡Carguen!
Es el final. Todos menos su novia se apartan de la barricada, que no durará ni medio disparo de esa cosa. Ella, sin embargo, se encarama y la salta.
¡A tomar por culo! Va… Mierda, no puede ir detrás. Carla… Los otros dos de las armaduras, no sin parecer pensárselo un par de veces, también cruzan acompañándola.
¡Oh! ¡Hola! ¡¿Quién eres?!
No responden. Gordan le pasa a su hijo la placa que han fabricado por encima de la grieta y vuelve a agarrar el peso ligero de Liliana que no para de revolverse… Precisamente él, que se opuso tanto a montarla en el helicóptero, hasta discutir a gritos con el propio Danko… Es un hombre de palabra…
¿Qué coño es eso? ríe la voz. He oído de mis chicos que vieron a vuestro líder… tener unos problemillas. Puede sentir a Carla retorciéndose por dentro, aunque su cuerpo sigue sin parecer exteriorizar nada.
¡Sargento Cruces! ¡Soy Abigaile Williams! Licenciada del ejército de tierra francés. Solicito permiso y salvoconducto para que yo y mis chicos abandonemos la posición.
¡Señorita Williams! Perdone, no sabía que había alguien militar en su grupo. Habríamos hablado con usted. Permiso concedido señorita. De uno en uno, diríjanse a la puerta de salida y vayan marchándose. Les garantizo salvoconducto.
Señor. No podemos organizar la evacuación de tal forma, señor. Necesitamos el helicóptero para seguir adelante con nuestro trabajo, señor. Solicito permiso para embarcar a mis compañeros en él y marcharnos.
Viéndola hacer un gesto sutil de la mano para que salgan, traduce él mismo las órdenes a los demás.
No sabe cuándo lo habrán planificado, si es que lo han hecho, pero Danko y Adán han colocado el rectángulo de chapa y madera de tal forma que pueda cubrirles nada más bajen y se agachen.
Señorita Williams, lamento denegar su petición. Recientemente hemos sufrido baja de uno de nuestros activos aéreos, y tomamos propiedad del aquí presente para el bien común de la humanidad.
Justo conforme él también llega al suelo, tirando de Carla, más lento que nadie por tener que cargar su peso prácticamente muerto, ve a su chica quitarle con un dedo una anilla, que sigue conservando entre su meñique y anular, a una granada oculta tras su cadera y tras la cobertura móvil. Entonces, sin despegar los dedos del tirador, la levanta muy lentamente por encima de su cabeza hasta exhibirla.
Sargento Cruces. No deseamos posicionarnos en contra de los intereses de la humanidad. Pero nuestras vidas dependen de que podamos tomar ese helicóptero. Por ello, he de insistir en que de no permitirnos acceder a él, arrojaré esta granada al propio vehículo y la que tengo en mi espalda hacia ustedes. En su espalda no hay nada que él vea.
El hombre sonríe. Seguramente, si no llevase la armadura, ya estarían abriendo fuego contra ella. Ante un gesto de su nariz señalándola, el tanque, dramáticamente lento, baja el cañón unos grados hasta enfilarla como una amenaza abierta.
Por su lado ya han conseguido cruzar todos, agazapados tras la plancha que agarran de sus asas caseras los amigos… Se fija en la valla que han destrozado para entrar… Ella, bajando los brazos, vuelve a poner la anilla en secreto.
Soldado Williams, estoy seguro de que habrá aprendido que la amenaza a un superior no acarrea nada bueno. Estamos más que dispuestos a dejarles unirse a nosotros si es lo que desean, especialmente a usted. Pero tiene que comprender que ese helicóptero en sus manos nos vale lo mismo que destruido. Su peso en la negociación es nulo. Le invito a que nos arroje también esa segunda granada que no creo que tenga ¿Las granadas no las llevaba de hecho Tsveta en su caja?; será el momento en que ustedes reciban el fuego de artillería. Por nuestro lado, no creo que nos cueste mucho cubrirnos tras Come-Muertos Da unas palmaditas al tanque.
Señor…
Conforme ella habla, el gesto del otro cambia un poco y mira hacia sus compañeros medio segundo, para volver a girarse hacia Abi, con una sonrisa y la boca abriéndose a punto de interrumpirla, enérgico.
Cuarentaisiete cae desde el cielo del acantilado bajo el que se encuentra la mina, estrellándose como una roca milenaria contra el suelo, entre ellos y el tubo de la máquina de guerra. En el mismo segundo se yergue, demostrando todo su tamaño al contraste con el sol anticiclónico de la mañana.
Qué… ¿Qué ostias…? ¡FUEGO!
Una salva de balas de más de diez hombres con fusiles repica contra ellos. Todas las cabezas aliadas se esconden, él por reflejo al menos.
Hasta que el estallido brutal del fogonazo de la caballería lo ensordece. La explosión de aire del impacto contra el ente lo derriba al suelo y lo desplaza medio metro casi.
Cuarentaisiete ha recibido el cañonazo, atravesando con su cuerpo el escudo que habían hecho, partiéndolo, sin llevarse a nadie de milagro en su trayectoria, pero derribando a todos, y se ha estampado contra el muro trasero, que ha crujido partiéndosele la primera placa. Se levanta de nuevo, recibiendo cientos de impactos por el cuerpo de cosas pequeñas que hacen saltar chispas y muchas rebotan…
Abollado hasta haberse hecho plano, se desliza desde su pectoral desnudo el manchurrón metálico en que se ha convertido el proyectil de tanque que le han disparado, como un enorme disco de hierro que se despega de su cuerpo sin ojos, sin nariz, sin rasguños… glorioso e imponente…
¡CORRED! Abi.
Todos obedecen, arrastrando a la gente hacia el bicho en que ninguno ha montado todavía, hasta que, tirando dentro sin miramientos a Lili, se van lanzando primero los búlgaros a ocupar sus posiciones de vuelo; el padre de piloto, Danko de copiloto, y la hermana justo tras ellos.
Quedándose atrás, sin ya nada que lo pueda proteger de bala alguna, agarra de los brazos a Carla que, reticente a moverse, lo obliga a casi echársela a la espalda, y corre.
El ametrallamiento dura unos segundos. Después, nadie a parte de ellos se mueve. Los treinta hombres que los apuntaban y se reían antes se han quedado hieráticos, mirando como muñecos, soltando las pistolas de sus manos y observando embobados al “monstruo”.
¡FUEGO A DISCRECIÓN! suelta el mando, incapaz de mover apenas los músculos de su cara, como ya vio ocurrirle a Danko. Los treinta están paralizados…
No sabe si reír o gritar. Corre. Corre.
La paz sin disparos dura apenas unos segundos. Entonces empiezan a llover, contra todo en general, muchísimos. Pero no hay nadie cercano capaz de mover un dedo para atacarles… Las balas vienen… mierda, desde los francotiradores fuera.
Corre más.
Corre muchísimo más, hasta casi hacer saltar primero a la novia de Esteban, y luego a sí mismo, dentro del metal blindado cuyas puertas empiezan a cerrar.
El ser que los está ayudando, de repente, ruge desde su boca sorda y a él le duele la cabeza un instante, un instante como… Después se marchita tal cual vino el intenso pitido y Tsveta se gira a hablarles, casi a la vez que están empezando a despegar acosados por los disparos lejanos.
Es mío el agradeceros toda la información que me habéis ido descubriendo, que no ha sido mía el encontrar solo, antes. Pausa hierática. Otra vez, no hay nada ya que sea nuestro el debernos al otro. Cuarentaisiete la suelta por fin, ante la mirada preocupada de su familia, especialmente del incrédulo padre.



Conforme se van volviendo diminutas las cosas abajo, y el resto se va alejando de las ventanas que han resistido bien los disparos, cree distinguir un único coche negro, remontando el acceso cuesta arriba hacia la mina, de la cual han empezado a huir por el campo los soldados del ejército, unos a pie, otros siguiendo la estela del tanque, campo a través.
Entonces observa a los amigos, que le devuelven miradas pálidas, y busca su origen.
Carla está tumbada en el suelo del aparato, junto a la revoltosa Lili, inconsciente… sangrando con muchísima velocidad desde una herida gruesa justo en el centro de su espalda. Abigaile y Adán se lanzan a intentar taponarla.
Ponen rumbo a la cara noreste de la montaña, hacia la vivienda en que el amigo se supone que ha guardado cosas…
Y Carla… Carla se está muriendo, con su sangre por el suelo de metal que tiñe de providencia.





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