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Zombi Volumen Aurora

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miércoles, 20 de junio de 2018

Inútil...

HISTORIA DE ANTONIO:
Episodio 1
Episodio 2
Episodio 3 
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EPISODIO 4

Amarillo y rojo… Como la vieja bandera para la que trabajaba… Amarillo ojo. Da igual que los ojos estén abiertos o cerrados, cuanto sigue grabados en ellos es el amarillo y el rojo, en forma de un hongo que bandereara como la vieja bandera… aniquilada de un fulgor en su corazón. En el corazón de la bandera y en sus ojos.
Y Madrid sólo es cenizas. Pero no son cenizas de Madrid. Los miles de grados que se alcanzan en el núcleo de una detonación atómica convierten la materia en gas: son las cenizas de lo que había debajo de Madrid lo que hay ahora en el cráter de Madrid.
Y sus ojos que solo ven rojo y amarillo vuelven a llorar. ¡Grita!, maldice… ojalá fuera una persona que tuviera algo a lo que maldecir. Se maldice a sí mismo por su ineptitud.
—Antonio, tranquilo, estamos a salvo, estás teniendo una pesadilla…
Sabe que está teniendo una pesadilla. Un recuerdo que es una pesadilla.
—Lo sé. Ana…
Se da la vuelta para no “mirarla” y vuelve a intentar no dormir…



Fracasa, porque la leve claridad que puede captar lo desvela. Hay una silueta oscureciendo la ventana frente a él. Se lanza hacia atrás rápidamente y pone los brazos entre medias.
—¡Ana!
—Soy yo Antonio, ¡tranquilo…!
—¡Ana! —dice, tratando de aparentar relajarse más de lo que la adrenalina en su sangre le permite—, el protocolo al acercarte a alguien con visión mermada es asegurarte de que se da cuenta de tu presencia… Deberías saberlo.
—Lo siento… —alarga, mucho con voz abrumada—. Yo solo quería… comprobar como tenías los ojos… siguen igual…
—Lo sé. Son míos.
—Lo siento mucho Antonio…
Es un error grave de protocolo… Es un error grave… Sabe que su humor está descontrolado esos días. Pero es un error grave.
Objetivamente hablando la pérdida de la vista ha sido culpa suya… si sólo contara con un médico que le pudiera decir si tiene el aspecto de una herida superficial de córnea sanable o de una quemadura de retina crónica…
—Siguen muy rojos…
No responde. Objetivamente hablando ha sido culpa suya. Objetivamente… han tenido suerte de encontrar ese pueblo habitado después de la explosión. Objetivamente ha tenido suerte de que Ana estuviera allí para ayudarlo a llegar hasta donde están. Y ahora tienen cama y comida. Objetivamente lo malo que le ha ocurrido ha sido culpa suya, lo bueno se lo ha dado el azar…
—Déjame Ana, quiero dormir —balbucea, conteniendo un bufido de ira.
—Estaré en la habitación de al lado.



Vuelve a no decir nada. Aunque esta vez no logra dormirse dando vueltas sobre las sábanas. ¿O sí…?
Suenan las campanas de mediodía y el picor arenoso de los ojos lo desvela. Los gritos desgarrados lo ponen en pie.
No son los berridos habituales por el pueblo de los infectados hiperactivos. Suenan a persona viva… es una mujer. No sabe si es su oído afinado o su mente racional lo que los reconoce, pero provienen del campanario. Inés es quien se encargaba de hacer sonar las campanas, y es ella quien chilla. Por poco tiempo. Luego, luego suenan los berridos de siempre, desde el campanario.
El intervalo ha sido demasiado breve como para que les haya dado tiempo a llegar: ya estaban allí… sus hipótesis se confirman.
Ana llama a su puerta, mientras él se está poniendo en pie.
—Pasa.
Pasa.
—Antonio…
—Vamos abajo —ordena.
Ella lo acompaña detrás. Le llega el olor de su pelo. ¿Echa de menos las noches que durmieron juntos? Se siente tan solo en su abismo de tenues colores y sombras…
—Crees que… —titubea ella.
—Ha muerto. Los que gritan estaban esperando. Les hemos hecho lo mismo demasiadas veces.
—Dios… —ahoga. ¿Está llorando?
Con la mano siguiendo la barandilla recorre las escaleras, comprobando desde muy arriba si ya habían acabado los peldaños, en lo que sabe debe verse como un ejercicio patético desde fuera.
Ana lo sostiene de un brazo cuando van a llegar al suelo. Él se sacude con, sabe, infantil orgullo, y va hacia donde debería de estar el salón.



Golpea por cuarta vez la mesita pequeña junto a la puerta al entrar, buscando el perchero con ropa de abrigo por si deben salir. Sus ropas huelen mal. No, es él quien huele mal.
—Ana.
—¿Sí?
—Voy a necesitar que me ayudes a lavarme esta tarde…
—Eh… —tarda unos segundos en responder—, de acuerdo…
—Gracias.
—Antonio… siéntate. Yo vigilo…
—Prefiero estar de pie.
Después de estar un par de minutos sintiéndose ridículo de pie sin poder ver nada, se sienta en el sillón junto al perchero.
Poco rato después llaman con vehemencia a la puerta.
—¡Abrid! —es la enérgica voz de Atanasio.
—Voy —dice Ana, siguiendo sus instrucciones de hablar bajo aun cuando otros griten. La puerta se abre—. ¿Qué ha pasado?
—¡Han matado a Inés! ¡Se la han comido viva!
—¿Los habéis visto? —interviene él, de nuevo en pie por instinto.
—¡¿Que si los hemos visto?! ¡Entramos yo, Ramón y el Moreno! Detrás venían la Nere y el “Míguel”…
—¿Los habéis matado?, ¿os han mordido?
—¡Qué va! —se atraganta. Fumador y nervioso…—. Yo le intenté dar con la pala, pero huyeron.
—¿Huyeron?
—Eso he dicho, ostia.
Se calla y vuelve al sillón.
—Vamos a ir a buscar a esos cabrones, hay que matar a esos hijos de puta. ¿Venís?
Silencio.
—Yo no puedo meterme en escaramuzas en mi estado, Atanasio —responde serio—, Ana tiene que quedarse para cuidarme.
—Vale, niño —suelta con desprecio no disimulado—. Ya nos encargamos los mayores…
—Atanasio, no ve…
—Y a mí me han prohibido los médicos beber, fumar y hacer ejercicio. Si se me llevan será con los pies por delante.
—Atanasio, no es lo…
—Déjalo Ana, tiene razón.
—Antonio, no podemos…
—No, somos unos cobardes. Gracias Atanasio, trataremos de ayudaros de otro modo…
El hombre bufa y se va de un portazo. Fuera farfulla algo de que el Moreno tenía cojones al menos.
—Antonio, es imposible que tú puedas…
—Es imposible que pueda discutir con alguien como él. Es cierto que no hemos hecho nada desde que hemos llegado. Este pueblo necesitará de un médico… tenemos trabajo Ana.
—Yo no soy…
—Yo sí. Y tú mis ojos. Ahora ayúdame a lavarme…
Trabajo. El trabajo es lo único que puede reconstruir la sociedad. Y tiene una investigación pendiente. Nota palpitar sus ojos. Lo que tiene valor de él es lo que está detrás de ellos, que se cuezan si quieren. La ceguera no le impedirá ser el investigador que arregló esto. Se frota las manos abandonándose voluntariamente a sus delirios.
—Ana. Esto es muy malo. Los infectados hiperactivos están aprendiendo…
—Lo entiendo…
—No, esto es muy malo.
Tal vez, sólo tal vez, si en el pueblo hay una clínica, puedan tener algo que le ayude con los ojos. Ana podría leer libros al respecto guiada por él.
—Procura que no me caiga mientras me quito la ropa.
Intentando que no adquiera ninguna solemnidad el momento, se quita la ropa interior con la misma frialdad con que se quita todo lo demás. Sabe que Ana debe de estar apartando la mirada.
—Puedes…
—Sí, sí puedo —suelta mientras pasa un pie por encima de la bañera, rechazando la ayuda.
Al tocar el mármol resbala. Ana lo sujeta de un brazo y del vientre.
—¡Maldita sea!
En cuanto recupera el equilibrio la otra lo suelta casi con un espasmo asustado.
—¡Me cago en todo! —¿Hacía cuanto que no gritaba a nada porque sí?
Carece de utilidad práctica la ira en esas circunstancias. Respira apoyando una mano en la pared y levanta la otra pierna para pasar.
Ruega con la mente a Ana que no lo sujete, pero le agradece cuando nota que lo ayuda a guardar el equilibrio.
Se friega el cuerpo con esponja y un jabón que le acerca la… compañera. Intermitentes picores le han indicado que su higiene, sin poder ver nada, debe de haber empeorado bastante.
No sabe cuándo ni cómo se las ha apañado, pero ella le ha traído nuevas ropas justo cuando quería salir, y lo ha ayudado a secarse bien los pies y el pelo. Sería conveniente cortárselo y llevar gorra.


Hay alguien frente a la puerta. Se levanta de la cama de un bote. Golpean la puerta principal… El corazón le late muy fuerte. Busca a tientas el cuchillo junto a su mesita… No, están llamando. Solo están llamando frenéticamente.
—¡Ana! —intenta chillar bajito.
—Voy —confirma ella.
Él se asoma al umbral intentando doblemente no ver nada, mientras la oye bajar. Siguen llamando.
Abren…
—¡Socorro! —es Nerea. Está llorando e histérica.
—¡¿Qué ocurre?!
—¡Los que gritan! —no oye ningún grito…
—¡¿Qué?!
—¡¿Están atacando las casas?! ¡No chillan!
—¡¿Cuándo?!
—¡Ahora! Oh Dios… ¡Oh Dios…!
—¡Dejad de chillar las dos! —espeta gritando.
—Pero… pero… ¡Creo que los han matado!
—¿A quiénes? —Ana.
—Silencio —repite autoritario.
Todos callan.
En la noche, entre vientos y algún ruido de aves, se escuchan grititos sordos por lo menos de cinco de esos, intermitentemente, de un lado a otro del pueblo…
Comunicándose a graznidos bajos…
—No hagáis un solo ruido más. Hay uno cerca.
Los guijarros de la calle opuesta a la entrada crujen débilmente justo tras la pared.

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